Hace dos años escribí este relato, inspirándome en una situación familiar. Espero que os guste.
La casa estaba en penumbra; la luz del sol se colaba entre las rendijas de las persianas, iluminando el retrato en blanco y negro de la pareja, de rostros de unos treinta y tantos años, sonrientes. Él con sus gafas de lentes gruesas, las entradas incipientes en su frente huidiza y el bigote de aquella época; ella con los cabellos oscuros, y rizados a la moda de los años cuarenta, su vestido de volantes y su rostro de muñeca de porcelana.
El anciano caminaba arrastrando los pies, sujeto al brazo de su sobrina y solo veía sombras y formas borrosas a través de sus gafas en el amplio salón, lleno de recuerdos de sus viajes y de los libros que había atesorado durante toda su vida.
Se sintió inútil , no era capaz de moverse él solo sin caer al suelo, ni vestirse, ni comer; sabía que ya no volvería a tomar decisiones por sí mismo y que ya no podría permanecer en su casa. Su mundo se le estaba desmoronando.
Le habían preparado la maleta y habían intentado tranquilizarle; su sobrina le había peinado los blancos cabellos y le había puesto su colonia favorita, la misma que llevaba utilizando cuarenta años, entre palabras de cariño. Él la escuchaba y sentía un desgarro en el alma por tener que dejar su casa. Sabía que era para siempre y que habían terminado esas tardes de verano en las que se sentaba en el balcón con su mujer, para beber limonada y leer el periódico.
El anciano no podía hablar, tenía un nudo en la garganta que le enmudecía. Su familia le dijo que ya había llegado la hora. "En verdad es ya la hora", pensó, mientras le temblaba todo el cuerpo.
Caminaron hacia la entrada y él se detuvo delante su reloj inglés de péndulo; hizo un leve gesto con la cabeza y su sobrina le soltó un momento, con los ojos húmedos por las lágrimas.
Con las manos temblorosas, abrió la caja del reloj y con una profunda tristeza detuvo el mecanismo del que había marcado las horas de su juventud y su vejez, con la misma melodía que el Big Ben. Cuando las cadenas bloquearon el mecanismo, las campanas dejaron de sonar. Solo quedó el silencio.
Sobre las manecillas, en la esfera, rezaba "Tempus Fugit".