Fue quitándole la piel
con amoroso cuidado y delicadeza de cirujano orfebre,
destapó
su calavera, hecha de curvas dóciles,
de ternura casi infantil,
y disparó, de una vez los dos cañones
de su escopeta nueva, de caza,
tal vez para probar su dispersión,
o para escuchar el fragoroso ruido de los perdigones
esparciéndose entre pensamientos todavía inconcretos,
de las más diversas formas y colores,
y cuando estuvo muerta y bien muerta,
como una hermosa Blacanieves, como la Bella
Durmiente
del Bosque, pero muerta,
la recubrió con su piel, borró
con infinita paciencia las huellas dactilares,
la puso sobre la cama recién mudada,
bajo el dosel,
cerró, diligente, el mosquitero
y se marchó a hacer sus cosas, silbando una tonadilla
obsesiva.
Hace realmente frío -se dijo al salir del portal-,
iba dejando
sobre el ampo de la nieve unas huellas rojas,
de sangre enamorada,
que en seguida cubrió la nieve con su palidez
de sudario. -
Tus poemas sugieren esta improvisación. Saludos. Bosco. -