ARBOLES
Es humilde. Uno de esos que nacen de manera espontánea junto a los ríos, salgueiro, le llaman en la comarca. Da sombra a los patos y a ratos a las nutrias y a alguna trucha pequeña, que mira siempre hacia lo más alto del río como si estuviera pensando si acometer o no la aventura de subir por él arriba hacia las fuentes. No sube nunca. Las truchas deben ser tan indecisas y tan vagas como yo, que me excito hablando contra la rutina, pero me encanta mecerme en su hamaca, dormitasoñando con otros mundos donde criaturas increíbles se me acercan y cuentan sus peculiares historias, pienso que leyendas, no acierto a saber si heroicas o de cobardes, porque son, ya dije, mundos diferentes y lo que me cuentas que les pasa no tiene que ver con nuestras fábulas.
Ahora, por las mañanas, durante el verano, cuando espeso de follaje, este árbol se llena de pájaros que cantan. No identifico el canto de los pájaros. Somos sordos y mudos, los humanos, que hemos perdido las facultades de identificar a los árboles por su nombre, a los pájaros por su canto, a los peligros por su olor, y vagamos ciegos, mudos, sin enterarnos del constante reguero de signos, síntomas y advertencias que nos hace el mundo alrededor, por medio de sus variopintos habitantes. De pronto ha empezado a oler a quemado. En alguna parte, otros árboles, no éste, a Dios gracias, están quemando. Este, al paso de la brisa que huele a madera quemada, se diría que sufre un temblor. Los perros alzan ambas cabezas y con el hocico hacia el oeste olfatean afanosos. Seguro que calibran la distancia del fuego, como si su instinto de cuando los ancestros eran asilvestrados les apuntase en este preciso momento la conveniencia de emprender la huída.
La mar está plana, como respirando con fatiga, bajo el peso de las nubes bajas. La hiere despiadada la luz de un sol decadente, irritado, que finge un camino de platino en busca del imposible horizonte invisible bajo la calima. Algo me dice que bajo el agua quieta se mueren multitud de estrellas que, dormidas, cachorros ingenuos de estrellas, se cayeron anoche de la bóveda del cielo y ahora son estrellas de mar que la mar pondrá mañana, muertas, en la playa, para que las gaviotas, enlutadas de blanco, las entierren con muchísimo esmero y delicadeza.