DOMINGO
Ha perdido el domingo su prestancia. Ya no tenemos, como de niños, como los
aldeanos, los payeses, los pieds noirs, un traje relativamente nuevo para los
domingos, ni hacen en casa paella con pollo -el pollo ha perdido su dignidad
también y ahora lo venden sin la que le proporcionaban su clase y condición de
bestezuela semisalvaje, de carnes prietas y oscuras, señor de corral de multitud
de gallinas sueltas por las quintanas y los antuzanos, las corralizas y los
arrodeos de las granjas, las caserías y las masías-, ni asistimos toda la
familia, con el papá de la leontina y la mamá, igual que sus amigas y conocidas,
disfrazada de oso o de leopardo, de astracán o de sencillo conejo de monte, a la
misa mayor de la catedral, que la decían tres curas encuadernados de pan de oro
con bordados de hilo de platino y seda, semiocultos tras de nubes de incienso y
latines y acompañados por un coro desafinado de muchachas alternativamente
anémicas y desmesuradas.
Y sin embargo subsisten.
Ya no son el día estrella, cosa que les ha debido costar, sino un día más del
fin de semana, en que por añadidura ya no es fino ni salir a pasear en calesa,
ni ir a ver escaparates al atardecer, ni bajarse al chiringuito de la esquina a
merendar, su hora, un chocolate con churros, ni siquiera irse al cine, de
matrimonio bien avenido, a las filas del centro, o de taimados novios, a las
filas de atrás, de los mancos, que ahora se mete mano y dan besos en cualquier
parte, como si hubiese un barato, y pienso que será, que tiene que ser, al
final, desconsiderada y tristemente aburrido.
Y sin embargo los sigue habiendo. Hoy lo es. Es domingo. El primero del año.
Domingo para los titiriteros, para los soldados rasos, para el clero secular,
para las sufridas amas de casa, para las niñas y los niños pijos, para los
desarrapados, para los ratones de biblioteca, para las mozas de partido, para
los futuros premios Nóbel y Príncipe de Asturias, para los fracasados
definitivamente, para los agonizantes y para los acabados de nacer, para los
andróginos, los maricas, los excelentísimos señores, los ilustrísimos y sus
ilustrísimas y excelentísimas consortes, para las lesbianas y los excelentísimos
y reverendísimos señores arzobispos de las numerosas archidiócesis, para los
santones y los sumos sacerdotes, los profetas y los profes de enseñanza
primaria, media y superior de los diferentes países. Es definitivamente domingo
y seguro que algún estudiante sin blanca yace sobre su cama, mirando el techo de
la humilde pensión o la techumbre artesonada del colegio mayor o simplemente el
techo de su espartano habitáculo, casi celda monacal o prisión desesperanzada, y
medita acerca de que cómo y de qué manera podría él hacer valer sus pocos años
para convocar a la felicidad como si fuese el hada madrina del cuento de la
Cenicienta, pero de momento como no viene el hada, no tiene ni un clavo ni la
esperanza de disponer de él hasta que se lo dispensen o le lleguen provisiones
de casa, se limita a mirar el techo y ver una techumbre pintada al fresco que
ríase usted de la de la Capilla Sixtina y del tríptico más famoso del Bosco,
ambos superpuestos y virtuales, móviles, ahora que nuestro estudiante, ora
alumbrado, ora en la sombra por los reflejos de la luz y los charcos de
oscuridad que subrepticia y alternativamente, sin orden ni concierto, entran por
la ventana, junto con el sordo rumor de la calle lejana, se ha quedado
profundamente dormido, se ha ido por un roto del tiempo y del espacio al mundo
de al lado, tras del espejo, donde Alicia y los inalcanzables sueños de la
pubertad avanzada, que lo dudas todos y eres todas las cosas como un columpio
que va y viene del yin al yang y veremos si toca, gira que corre y salta la
bolita de marfil de la ruleta, les jeux sont faites -se juega en francés, se dan
órdenes en alemán, se duda en inglés, se canta en castellano y se ama en todos
los idiomas en que los christmas cards más repelentemente cursis, dicen que
dicen -que vaya usted a saber- felices pascuas-. Te imaginas al abajo firmante,
en ocasiones, contemplas, en lo hondo de la imaginación, el recuerdo de su
sonrisa lobuna y sonríes para ti solo. Como el estudiante, nuestro héroe, que
asimismo sonríe, pero él es porque allá donde se encuentre acaba de besar en
sueños a una desconocida que tiene la piel de satén y el beso es como un
estremecimiento de la naturaleza cuando la brisa hiere el hasta ahora mismo
inmóvil borde del bosque, donde te descalzas y dejas las babuchas de la
fantasía. -
Saludos.
Bosco.
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