MAÑANITA DE REYES
Hace tanto que apenas recuerdo si es imaginación o hilacha de memoria, pero
estoy, tal noche como la de hoy, con la frente apoyada entre dos barrotes de la
parte baja del balcón, que no llego más arriba, agazapado, vagamente incrédulo,
atisbo inconsciente de mi por entonces futuro escepticismo. Hace frío, se
adivina, afuera, y los cristales están empañados. No dejan ver con claridad más
que copos deformes de luz, manchas de luz en las copas de las farolas. Brilla el
sueño, como el lomo de un delfín, como una foca recién salida del agua, y, de
pronto, clopetí clop, clopetí clop, resuenan los cascos de los caballos y como
si el regatón de unos espoliques golpeara el suelo, y me invade la seguridad de
que son los Reyes Magos y su cortejo interminable, que cubre a la vez el mundo
conocido para que los juguetes lleguen a la vez a todos los niños, que esperan,
algunos, como yo mismo, aterrorizados, porque quién te asegura que los reyes que
vienen de oriente con sabe Dios que extravagantes costumbres, no se te van a
llevar, memoria genética de los que vivimos a la orilla, conscientes de que en
cualquier momento, si mediterráneos, pueden llegar los bárbaros de Dragut, si
cántabros, que se pueden dibujar en el horizonte los perfiles de cabeza de
dragón de las embarcaciones vikingas, y todos vienen a buscar mujeres de piel de
marfil y niños con todos los dientes, para llenar sus harenes y completar las
escuadras de sus esclavos, mercenarios, efebos, y por eso se nos come el terror,
y nos deja inmóviles, con la frente encajada entre dos barrotes y los ojos
cerrados para que no te vean ellos, los invasores, clopetí clop, que siguen
sonando fuera, con el acompañamiento de los bordones de los espoliques y los
pajes, los escoltas, lo mamelucos y tendrán, digo yo, desde el agujero en medio
de mi ciclón de terrores, unicornios y dromedarios, elefantes y tal vez un mamut
para el rey negro, Baltasar, que es un gigante, aseguran y es el que viene de
más lejos, con los ojos llenos de estrellas.
Me encuentran dormido, postura fetal, hecho un burujo de frío, mis hermanos
mayores, ¡que te han traído un jazzband, con sus platillos, el tambor, el
xilófono!, y un triciclo de ruedas de hierro, que pone como no digan dueñas,
para desesperación de mi madre, las maderas del suelo de la habitación, y unos
grandes soldados de madera, articulados, absolutamente inútiles, desde mi
inocente punto de vista. Mañanita de Reyes. Y habrá que ir al Parque, solo que
ahora a los niños les ponen los Magos cochecitos teledirigidos, con los que
juegan los padres a correr desaforadamente, sin miedo a los controles de
alcoholemia, que acabarán por ponerlos, con guardiaciviles diminutos -eso sí,
exigiré que lleven capas como los lorquianos, con manchas de tinta y de cera,
tricornios brillantes y bigotes descomunales, aterradores-, en los caminos del
parque infantil, para que no nos desmandemos y atropellemos a las niñas de
faldas de volantes, que empujan su instinto de maternidad cómodamente instalado
en sillitas de ruedas minúsculas, bien arropadas las muñecas, con su camisita y
su canesú, no se vayan a constipar.
Y el lunes, 'dita sea, al Cole, sin haber podido llenar siquiera el MP3. -
Saludos.
Bosco. -
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