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Parecía un verano más. Desde que se trasladaron a vivir a Gijón ―o
lo que es lo mismo, desde que tenía memoria―, en cuando desayunaba
corría desde Begoña a San Lorenzo para inaugurar el día con un
partido en la arena. Cuando estaba hecha la digestión, subían al
Monte Coroña. Salían nadando hasta el Musel, seis kilómetros ida y
vuelta. Iban a casa a comer y por la tarde, otro partido y otra
travesía.
Este verano apuraba la vivencia. Sabía que era el último. Le habían
quedado tres asignaturas del último curso de Peritos. No le
importaba; era listo y sabía que las sacaría en septiembre. Entonces
superaría el peritaje y se iría a hacer Industriales a Bilbao. Ya no
sería nunca lo mismo. Había que aprovechar.
Caía la tarde cuando oyó los primeros disparos. Lo primero que pensó
fue en su familia, en sus hermanos pequeños. Salió corriendo y el
instinto le ayudó a llegar a casa sano y salvo. No tardaron en
llamarle a filas. Nunca podría olvidar el abrazo que le dio su padre
con los ojos llenos de lágrimas cuando le despidió.
Miró al capitán a la luz de la hoguera; pero apartó pronto los ojos.
Habían perdido. El Capitán era gallego y se la había jugado para
luchar por la República. Les separaban menos de cien metros de la
compañía que les tomaría prisioneros a la mañana siguiente. El
rostro contraído por el pánico denotaba que era consciente de lo
que le esperaba. Los nacionales le tratarían como un traidor. Sus
horas estaban contadas.
Tenían hambre, mucha hambre. Llevaban más de un día sin comer; pero
todo había acabado. Organizó la guardia, dio las últimas órdenes, el
soldado se cuadró y él fue a tirarse a un rincón. Durmió como se
duerme a los veinte años, cuando llevas meses viviendo con el
hambre, la sed, el miedo y las marchas interminables, a pie, entre
combate y combate. No notó la dureza del suelo, ni el relente; nada
turbó su descanso.
La mano convulsa que le zarandeaba le despertó con sobresalto. Miró
estupefacto al Capitán y luego el entorno. Estaban solos y el
Capitán le acusaba de deserción. Intentó que entendiera que no podía
llamarle desertor cuando estaba allí. No atendía a razones. Sostenía
que si no se había pasado también él al otro bando era porque se
había dormido.
Se había vuelto loco. Le llevó a empellones contra el muro y fue a
buscar su fusil. Seguía porfiando, intentando salvar la vida,
encañonado por el fusil que le apuntaba. Estaba tan concentrado en
la escena, que nunca pudo recordar con exactitud lo que pasó. Sólo
que sonó un disparo y que no le dio. Entonces vio caer al Capitán de
un modo absurdo. Un instante después estaba ante él un uniforme
nacional y sonó una voz liberadora: "Vete a casa, chaval. ¡Lárgate!"
Arrastró su metro ochenta de huesos y piel por los caminos, bebió en
las fuentes que encontró y sobrevivió con lo único que pudo
encontrar comestible: dos manzanas, los cincuenta kilómetros que le
separaban de su destino.
Ya no tenía fuerzas cuando empujó la portilla de hierro. El chirrido
alertó a la ocupante de la casa. Salió corriendo, riendo y llorando,
al encuentro de aquel mocetón pelirrojo por el que tanto había
penado. Se arrojó en sus brazos y él supo que era el fin de sus
penalidades. Sólo pudo decirle: "hemos perdido".
No supo cómo llegó a la mesa de la cocina. Su abuela era menuda,
apenas medía metro cincuenta; pero lo que importaba era que estaba
allí, ante un plato de sopa, con una jarra de agua delante. Bebió
con ansia y cuando metió el primer bocado en la boca, rompió a
llorar. Estaba vivo.
Darane
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