Algunas cosas resultan difíciles de creer, amigo Bosco.
Hay gente para todo.
Yo preparo también un viaje. Ya lo tengo todo organizado. Ya tengo
los billetes de ida y vuelta, la reserva que paga por adelantado, de
hotel. Porque la intención cuenta y no es cosa de que se queden con
las ganas de conocernos, esos italianos. Más por Sestea que por mí,
que por Florencia voy a ir como los Japoneses frente a nuestra
selección de baloncesto, tirando fotos todo el día.
Para ese propósito he de comprarme aún una memoria extra para la
cámara. No sea yo tan tonto como para sobre-escribir las fotos
nuevas con nuevas fotos.
La novedad es que en el equipaje voy a colar un libro: "La fiesta
del Chivo" porque he vuelto a leer tras un largo período sin
hacerlo. Y ahora me parece imposible que esto ocurriera.
Será porque cuando uno coge un buen libro piensa que no puede haber
nada mejor (o muy pocas cosas). Es como regresar a casa y comprobar
que todo está en orden. Como volver al abrazo querido.
Hoy me quedé sólo en la playa, ya sin sol, casi con frío leyendo.
Veremos como sigue...
--- En Annlea@yahoogroups.com, "Roman Suarez Blanco" <romansb@c...>
escribió:
>
> Me voy con Ryszard Kapuscinski, en compañía ambos de Heródoto, al
viejo Oriente profundo, Gran Muralla China incluida. Kapuscinki
entra en China o en India fingiéndose niño de mirada sin embargo tan
sagaz que en seguida se advierte que es el niño menos infantil de la
partida. A nadie se nos habría ocurrido que la cultura china se
desarrolló entre altos muros supuestamente impenetrables, como los
de la interminada Gran Muralla o como los definitivos cierres de la
Ciudad Prohibida. Tal vez alguna de nuestras aldeas más próximas se
parezcan a los chinos en esta cultura impenetrable que se va
desarrollando hacia dentro, con el ombligo del filósofo en el centro
de un mundo sin prójimos o en que los prójimos podrían no ser más
que criaturas soñadas. Cita a Chuan Chou, el que una noche soñó que
era mariposa de alegres colores y al despertar se preguntaba si él
mismo era un sueño de la mariposa soñada o la mariposa un sueño
suyo. Tengo un conocido a quien molestan las mariposas en la
literatura. Descalifica los versos que yo escribo porque "hablan
demasiado de rosas y de mariposas". Es un conocido con fama de
erudito que supongo bien ganada a base de quemarse las pestañas en
lecturas y aprendizajes distintos de los míos, que llevan por las
veredas acertadas, que me relegan a este desprecio que me manifiesta
sin ambages, pero que no me desconcierta, sino que me proporciona
una sensación absolutamente injustificada de confianza en mí mismo
que no tenía antes de que me calificase y desechara de su ilustre
consideración. Yo no lo desprecio. Confieso que me duele que en el
fondo lo que me haya dicho es que estoy escribiendo, y previamente
sintiendo, claro, cursilerías, pero qué se va a hacer, cada uno, por
más que intente dejar de parecerse a sí mismo, ha de llevar pegada
indisolublemente a los pies la sombra propia. Nos llevamos con
nosotros, sin remedio, nuestra forma de ser, sea real o soñada, que
se va consolidando como forma de nuestra energía vital, que no
adquiere la de la cápsula de carne y la estructura de osamenta a que
está adherida, sino la de nuestro modo de ser, que no se advierte
más que tratándonos, cuando somos humanos silenciosos, o
escuchándonos o leyéndonos, si somos de esos humanos transitivos que
necesitamos manifestar lo que sentimos, tal vez porque estemos o tan
vacíos que no podamos retener sentimiento alguno, o tan henchidos
que no nos quepan los sentimientos en el pecho. Recorro la Gran
Muralla China; permanezco atado al suelo chino, que es como un
barrizal de tradiciones, respirando su aire, gastado de silencios.
Los chinos, en torno nuestro, se me antojan una caravana
disparatada, que gira sin decidirse a caminar porque como dijo aquel
emperador de no sé qué dinastía, ¿para qué viajar? ¿a dónde ir, si
ya estamos aquí? Aquí era el corazón de su Ciudad Prohibida, el
centro cultural de su mundo. Ya he descubierto que Heródoto puede
haber sido un sin patria, sin papeles, de su época y tal vez por eso
haya viajado sin cesar y nos haya contado tanto de tantos lugares
que nunca veremos más que a través de los ojos de otro,
interpretados por las neuronas apasionadas de ese otro, que nos
proporcionarán la visión con que nosotros, cuando lleguemos a ese
lugar, vaguemos como peregrinos, como condenados de antemano, en
busca de lo que debe hallarse precisamente allí, pero tal vez no
sepamos nosotros encontrar y así la ciudad de que se trate se irá
borrando poco a poco y si acaso convirtiendo en un fantasma de sí
misma, ya definitivamente inencontrable bajo la hiedra de los
turistas. Me lo decía hace poco uno: no sabes la de vueltas que tuve
que dar por Roma para encontrarla como yo sabía que era.
>
>
>
> Saludos. Bosco. -
>