EL FARO WEHITTOM
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Jesús Alejandro Godoy "¿...Estás seguro de lo que estás pensando? –me pregunto mentalmente, mientras mi mano se revela a mi cuerpo, y empieza a agitarse furiosamente en el vacío-. Y muy cerca de ahí, muy cerca de mí, el pasillo sé que se entrega a esas luces que parpadean, y esos pasos que van subiendo sigilosamente por las escaleras... uno tras otro"
Miro a través de los cristales de la vieja ventana, fuera se mece una de las hojas de madera golpeada por un violento torrente de ventisca, que lo veo inteligente, como si tratar de arrebatarme de esta habitación lúgubre y
desconfiada, que se encuentra toda repleta de humedad, moho, y un extraño polvillo que se desprende de las paredes y se te mete en los ojos y en la nariz haciéndote estornudar, y que de vez en cuando te deja los ojos rojos y vidriosos como un vampiro.
-¿Estás seguro que esta vez es verdad? –murmuro y entrecierro los ojos, antes de atajarme la mano temblorosa con mi otra mano que sostiene mi Gold Leafe recién encendido-.
Mientras hago eso, miro el mar embravecido a través de la ventana. Solamente vislumbro esporádicamente la silueta de alguna ola, cuando la ilumina la luz del faro Wehittom, que se levanta a lo lejos como un testigo irreverente que de algo está sucediendo. De que algo está por suceder.
Miro el cieloraso. Una cucaracha de enorme porte se escabulle por una grieta muy cerca de donde cuelga la araña principal de la habitación; tiene varios plásticos que giran muy lentamente, símil
cristales de cuarzo, que se lo vendieron –según sé- a la dueña anterior de la casa. Una de las bombillas se ha quemado recién con un sonido mudo, y la otra titila ferozmente.
"A veces sucede –pienso- pero no me dejo alterar. Tengo cosas más importantes de que preocuparme"
Entra una ventisca que me sorprende tratando de ser algo estoico, pero no lo logro, por que recuerdo todo lo que sucedió en este lugar... las rodillas me tiemblan un poco.
Despejo mi mente y suspiro. Paso mi mano por mi frente y me masajeo la sien derecha por un instante.
Vuelvo a mirar el cieloraso.
Pienso qué aventurero vendedor, vendría a ofrecer luminarias de baja calidad a este sitio tan apartado de toda presencia...
Pienso en la dueña anterior de la casa... ¿Cómo se llamaba?
-¡Ahhh sí! ¡La señora Yolanda Gurubía!
–murmuro. Le doy una leve pitada a mi cigarrillo pero no aspiro el humo, por que el quejido de uno de los escalones de madera de me hace volver a la realidad de las cosas una vez más-.
"Está aquí" pienso.
Farfullo algo, y me doy cuenta que estoy más nervioso de lo que calculaba estar.
-La señora Yolanda Gurubía –suspiro-. La seriedad se está volviendo agobiante y un tanto pesada creo, pero es mejor pensar en eso, que en otra cosa.
La marea rompiente me distrae un poco, pero no tanto como para no pensar en la antigua dueña de esta casa de dos plantas.
-y sus "compañeras" –digo quedamente-.
Ésta vez sí aspiro un poco de humo.
La mano me ha empezado a temblar nuevamente, pero no importa tanto como el hecho de que sé que alguien se está acercando; y eso, me asusta ferozmente y me incomoda tanto a
la vez, como para mirar intensamente la puerta de la habitación, imaginando que algo extraño ingresará por ahí a arrebatar todo lo que existe aquí…
Inclino un poco la cabeza y me froto la nuca. Tengo miedo.
"Estoy sudando" pienso.
Miro mi brazo. Mi piel se crispa.
-Escalofríos –murmuro.
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