Diario de León (06.07.08)
REPORTAJE 1 UN MUNDO EN EL CAMINO
«El turista exige, el peregrino agradece»
Adolescentes ultracatólicos, «hippies» sin prisa,
octogenarias con la espalda doblada, jóvenes en busca de pareja o
monjes endiosados salpican estos días el Camino «El mejor
cartel publicitario del Camino de Santiago es la imagen del peregrino
andando con su mochila. El día que se pierda esto se pierde el mejor
eslogan». Juan Carlos Pérez, hospedero y presidente de la
Asociación de Amigos del Camino de Santiago en Astorga tiene claro
que el futuro de la Ruta Jacobea está en mantener su idiosincrasia. Y
es que ahora hay mucho «turigrino», concepto inventado por Susana,
voluntaria provisional en uno de los albergues de Hospital de Órbigo.
Turigrino es el que hace el Camino de Santiago ayudado por una tarjeta
de crédito o por un autobús o por una caravana. «Se nota el que
viene de vacaciones y el que viene realmente a hacer el Camino»,
comenta esta joven artesana. Acaba de pasar las fiestas de León con
un puesto en la feria y le ha ido fatal. Ahora ayuda en este albergue
por unos días, pero es un espíritu libre y quién sabe dónde
acabará cuando finalice el verano. Del Camino ha aprendido que «el
turista exige y el peregrino agradece», un lema al que se recurre en
muchas pintadas y carteles de la ruta.
Susana pone en la pista sobre la sorprendente avalancha de peregrinos
surcoreanos. No ha pasado ni media hora y en Astorga aparece el
primero.l Se llama Min y confirma el éxito que ha tenido en su
país el libro sobre el Camino de Santiago, origen de tal revuelo.
Asegura que hay dos o tres libros más, pero ninguno había
conseguido tanta trascedencia. No en vano, este verano se ha visto en
Astorga a uno de los cantantes más populares de Corea del Sur
siguiendo el Camino. «Continúo para tranquilizar mi
espíritu», concluye Min.
En el crucero de Santo Toribio, a la entrada de Astorga desde San Justo,
se encuentran Andrés y Paco. Vienen de Barcelona. Están haciendo
el Camino por fases. Hacen una etapa y vuelven al trabajo. Meses
después, cuando vuelven a coincidir, realizan un nuevo tramo. Y
así llevan haciéndolo cinco ocasiones en periodos de cinco o seis
días. Para uno el Camino es «una terapia» y para el otro,
«una forma de mantener la mente vacía». Se hacen unas fotos y
después se dirigirán a Astorga, donde tienen reservada plaza en
uno de los mejores hoteles. Antes se darán un buen festín,
comiendo cocido maragato en un restaurante muy recomendable. Susana les
llamaría «turigrinos».
El aparcamiento de autobuses de Rabanal del Camino está tomado por un
grupo de jóvenes marianistas de un colegio valenciano. «No somos
una secta», advierte inocentemente uno de ellos. Acaban de iniciar
hoy el Camino desde Astorga, razón por la que muchas de las
adolescentes todavía llevan pintadas las uñas de los pies.
«¿Qué valores estamos aprendiendo, chicos?», les pregunta su
joven monitora. Y ellos van respondiendo espontáneamente.
«Encontrarnos a nosotros mismos», dice un joven.
«Compañerismo», añade otro. «Austeridad», comenta una
tercera con cierta pena. Y es que tienen prohibido durante su periplo
comprar helados o beber Coca Cola. «Es una manera de superarnos a
nosotros mismos». «¡Compartir es vivir!», exclama una chica del
grupo. «¡O morir de hambre!», le responden al unísono varios
chavales.
Pocos solitarios
En uno de los albergues de esta localidad, conocido como El Pilar, el
bullicio es algo inusual a esta hora. Es mediodía y el patio de la
hospedería está repleto de peregrinos. Unos esperan para comer,
otros tienden la ropa que acaban de lavar a mano y otros descansan en
las habitaciones. «Mayo estuvo bien, junio algo bajo y en julio
están viniendo bastantes caminantes, pero sueltos pocos», explica
José Ricardo Rodríguez Morán, uno de los resonsables de este
albergue.
Dice Susana Álvarez, una de las voluntarias del Camino, que por las
mañanas y por las tardes los caminantes «están desubicados».
«Pero al atardecer todo cambia. Empiezan a hacerse los grupos y la
gente comienza a hablar, que es lo que te aporta hacer esta ruta».
«Hay cosas que enternecen», afirma la joven sentada en un
pequeño banco situado frente al altar que preside el patio del
albergue. Resulta peculiar, como todo en el Camino, porque la obra
está realizada por un escultor catalán que ha decidido instalarse
en Hospital de Órbigo después de realizar el Camino de Santiago.
La joven voluntaria, que se pasa los inviernos en África realizando
marroquinería para venderla en verano en España, habla de ternura
cuando recuerda a dos ancianas de más de 80 años que están
haciendo el Camino de Santiago en etapas muy cortas y por su propio pie.
«Es increíble verlas. Llegan con la mochila y aparentemente las
ves bien, pero cuando se la quitan andan así». [Susana inclina su
espalda unos 90 grados para explicar que las ancianas andan totalmente
agachadas y, pese a ello, continúan su ruta diaria con toda
normalidad].
Enamoramientos varios
Enamoramientos hay muchos en el Camino. Sólo hay que recordar el
reciente caso de Biagio Carroccia. Este malagueño se enamoró en
León de una joven con la que intercambió una fugaz mirada frente a
la Catedral. A partir de entonces inició una delirante campaña
mediática para conocerla que culminó con un final feliz, al menos
en aquel momento. Susana Álvarez también habla de enamoramientos.
«Yo conocí el año pasado a un chico alemán. Dijimos, si sale
cara yo me voy a Barcelona y si sale cruz nos vamos juntos una temporada
de viaje». Salió cruz.
En Rabanal del Camino, donde los monjes ya no dejan hacer fotos dentro
de la iglesia del pueblo porque, según dicen, han sido amenazados por
los tribunales alemanes (?), otro albergue, el que depende de la
confraternidad británica de Saint James, deja claro en la puerta
quién tiene prioridad para pernoctar en el centro: «Sólo se
aceptan peregrinos que llevan sumochila sin ayuda». «Es normal
-comenta David García-. Cuando atardece es más fácil para un
peregrino que viene en bici llegar al siguiente pueblo, pero no para uno
que viene andando». David García es hijo de españoles pero vive
en Londres desde muy pequeño. Ahora pasa todos los veranos 15 días
como voluntario en este albergue que cuida junto a su esposa.
Desde la Isla de Man
En Ponferrada, la concentración de peregrinos es aún mayor. La
cocina del albergue está llena de jóvenes preparando ensaladas,
mientras los que esperan la comida toman el sol en el patio. Por aquí
ha pasado gente de Nueva Zelanda, de Isla de Man...
http://www.diariodeleon.es/inicio/noticia.jsp?CAT=345&TEXTO=6966881
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http://www.diariodeleon.es/inicio/noticia.jsp?CAT=345&TEXTO=6966881>
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