Elogio de la bicicleta
Ricardo Marqués
Público
En la reciente década de 1970, el pensador Ivan Illich escribió:
“El americano típico consagra más de 1.500 horas por año a su automóvil:
sentado dentro de él, en marcha o parado, trabajando para pagarlo, para
pagar la gasolina, las llantas, los peajes, el seguro, las infracciones y
los impuestos (…) Estas 1.500 horas le sirven para recorrer unos 10.000
kilómetros al año, lo que significa que se desplaza a una velocidad de 6
kilómetros por hora”, aproximadamente la mitad de la velocidad que
desarrolla un ciclista urbano sin esforzarse. Más de 30 años después, las
palabras de Illich siguen siendo válidas, excepto que ahora se podrían
aplicar a la práctica totalidad del mundo desarrollado más las economías
“emergentes” de Oriente; es decir, a buena parte de la humanidad. Hoy
sabemos, además, que este uso compulsivo del automóvil es uno de los
mayores responsables del crecimiento desbocado de las emisiones de gases
de efecto invernadero, de la pérdida de habitabilidad de las ciudades
–grandes y pequeñas–, del enorme gasto de tiempo social provocado por los
atascos, de que la calle haya dejado de ser un lugar transitable para
niños y ancianos, del deterioro de buena parte de nuestros monumentos y
lugares de encuentro tradicionales y del enorme estrés al que viven
sometidos los habitantes de las grandes ciudades.
En España, las emisiones de gases de efecto invernadero directamente
ligadas al sector transporte han crecido más de un 80% desde 1995,
aproximadamente el doble que el crecimiento global de tales emisiones,
hasta superar la cuarta parte del total. No obstante, basta con echar un
vistazo a los planes de movilidad que se redactan en nuestro país, desde
el recientemente aprobado Plan de Infraestructuras hasta los planes del
más humilde ayuntamiento, para darse cuenta de que el automóvil privado
sigue siendo el rey con muy raras excepciones. Como mucho, se anuncian
planes de fomento del transporte público –generalmente en forma de
costosas infraestructuras como trenes AVE o metros urbanos– y, al final
del documento, se hace una breve mención de la bicicleta, sin planes ni
compromisos concretos, ni mucho menos un presupuesto mínimamente digno,
quizás para cumplir sobre el papel con algún compromiso político
adquirido en algún foro nacional o internacional, como la Carta de
Aalborg o la Semana Europea de la Movilidad, que cada septiembre nos
sirve para denunciar las vergüenzas de la insostenible inmovilidad que
padecen la mayoría de las ciudades españolas.
Sin embargo, bicicleta es, con mucho, y pese a su inmerecido ostracismo,
el vehículo más eficiente y mejor adaptado a la movilidad urbana. La gran
mayoría de los desplazamientos urbanos no superan los 10 kilómetros, una
distancia perfectamente asumible por un ciclista. La bicicleta, además,
está completamente libre de emisiones nocivas, no hace ruido, es
saludable, apenas sí ocupa espacio urbano circulando y para aparcar
–mucho menos, desde luego, que cualquier otro vehículo–, y no necesita
costosas infraestructuras. ¿Por qué, entonces, es sistemáticamente
ignorada por quienes planifican la movilidad urbana en España? Cuando se
les pregunta suelen responder que “en España no hay cultura de la
bicicleta”, pero aparte de que dicha afirmación resulta extraña en un
país que acaba de ganar tres Tours seguidos, el ejemplo de las escasas
ciudades españolas que han decidido tomarse en serio la bicicleta
(Barcelona, Donosti-San Sebastián y Sevilla) desmiente radicalmente dicha
afirmación. En todas ellas ha bastado una mínima inversión pública, desde
luego incomparablemente menor que la dedicada a otros medios de
transporte, para provocar una impresionante aceptación ciudadana, más
allá incluso de lo esperado por los propios promotores de la
idea.
La bicicleta ofrece la única alternativa eficaz a la creciente demanda de
un modo de transporte individual, flexible y, al mismo tiempo,
ecológicamente sostenible para las modernas ciudades suburbanizadas con
grandes áreas de población dispersa y horarios cada vez más flexibles. De
ese modo, la moderna ciudad suburbanizada y postindustrial, que parece
haber perdido la escala humana debido a la superpoblación y a las largas
distancias, empieza a recuperar de nuevo esa escala para el hombre –y la
mujer– en bicicleta. Por otro lado, la intermodalidad entre la bicicleta
y el transporte público de gran capacidad, que es ya moneda corriente en
muchas ciudades del norte y centro de Europa, es la solución más
adecuada, ecológica y eficaz a las crecientes necesidades de movilidad en
las grandes metrópolis. A este respecto, la jornada bicicleta-transporte
público-bicicleta, apoyada en consignas y aparcamientos para bicis en las
terminales del transporte público y/o en los sistemas de bicicletas
públicas que ciudades como París, Barcelona o Sevilla están
experimentando tan eficazmente, no conoce rival ni en coste, ni en
eficacia ni en sostenibilidad. En la actual ciudad automovilizada, la
bicicleta solo tiene un inconveniente: hay que tener una mente libre de
prejuicios para poder apreciar sus ventajas.
Ricardo Marqués es profesor de la Universidad de
Sevilla