Chile
El Presidente Allende y su raro valor
por Virginia Vidal*
«Tres veces consecutivas, cada seis años, había sido
candidato presidencial mi porfiadísimo compañero. Esta sería la cuarta y la
vencida». Breves historias de Salvado Allende, el
presidente socialista de Chile
«Tres veces consecutivas, cada seis años, había sido
candidato presidencial mi porfiadísimo compañero. Esta sería la cuarta y la
vencida».
Pablo
Neruda: Confieso que he vivido.
Este
porfiadísimo compañero se llamaba Salvador Allende. Asumía la candidatura
después que el poeta había sido precandidato habiendo recorrido el país en una
singular campaña donde renovó el lenguaje político.
Las candidaturas
de Allende eran hitos en cada una de nuestras vidas: lo sentíamos cercano, lo
respetábamos, reconocíamos su consecuencia, pero, en realidad, muy poco
sabíamos de él. En la primera, trabajé por él, siendo estudiante aun sin
derecho a voto. En la segunda: ya estaba casada, tenía dos hijos y fui vocal en
una mesa de San Fernando: ahí en Colchagua había dado un bofetón a la
oligarquía terrateniente al obtener la primera mayoría en la votación
masculina. En la tercera, ya había estado cuatro años fuera del país,
trabajando en la República Popular China y en Checoslovaquia, con mi familia,
donde vivían felices mis tres hijos, y había venido por primera vez de
vacaciones para ser testigo de una terrible amargura por la derrota.
Ahora, era
periodista. En una de esas jornadas, como reportera había acompañado a Pablo
Neruda a su proclamación como candidato a presidente en la comuna de la Granja.
Mientras recorría la feria libre, se tentaba con el cuchillo hechizo de una
verdulera y luego palpaba, olía, saboreaba con los dedos y ojos los frutos de
mar y tierra. Parecía entregado por completo al goce de sus sentidos, pero
luego, en un almuerzo rústico, muy alegre, cuyo anfitrión era el alcalde
Pascual Barraza, Neruda al hablar, nos asombró a todos, al referirse con mucho
conocimiento a los problemas capitales de una de las comunas más populosas,
pero desfavorecidas del país. Eso fue antes de que en una inmensa fiesta
popular en el Parque Cousiño renunciara para proclamar como candidato de la
izquierda a Salvador Allende.
Esta última
campaña de Allende comenzó en el verano de 1969-70 en una humilde población de
Barrancas. Aunque yo era la reportera dedicada a tiempo completo a la actividad
cultural, encargada de mi sección «No sólo
de pan…», Sergio Villegas, el jefe de crónica del diario El
Siglo me encargó el reportaje. Pero ni siquiera se contempló la compañía de un
reportero gráfico. Yo conocía muy bien esa comuna porque me inicié como
periodista reporteando los problemas de vivienda y su carencia y allí había pasado
jornadas enteras para escribir sobre el movimiento de los sin casa y sus
importantes tomas de terreno que culminarían con la formación de las
poblaciones Herminda de la Victoria y
Violeta Parra.
Una tarde a
pleno sol, escasa vegetación, pocos árboles, ausencia de jardines en esa tierra
caliza donde unos chiquillos se ganaban la vida raspando polvo de las rocas y
vendiéndolo como «sapolio», marca de un detergente para fregar las ollas; de
vez en cuando, el viento armaba un remolino feroz, el «pata de cabra», que
barría con cuanto hallaba al paso. Allende, de guayabera y sombrero de paja,
llevaba un megáfono en la mano. No lo acompañábamos sino unas cinco personas;
dos éramos periodistas: uno, famoso, alto y flaco, muy observador, el más agudo
e irreverente comentarista político de ese tiempo: Alejandro Lira Massi. Esa
comitiva no era alegre, pero Allende le ponía humor, confianza y coraje:
«Compañeras, compañeros, aquí está Salvador Allende,
candidato del pueblo, que viene a dialogar con ustedes».
Ni un alma.
Poco menos que las puertas cerradas a piedra y lodo. Ni siquiera aparecía una
muchachita, como en el éxodo de Mio Cid, a pedirle que siguiera de largo. Al
poco rato, en medio de una polvareda, se aproximó la citroneta de Laura
Allende, parlamentaria por el Segundo Distrito, al que pertenecía Barrancas. Por
megáfono la saludó Salvador: «Aquí viene Laurita, atrasada, como de costumbre».
Ella se acercó, severa, y lo regañó. Siguió la caravana por la calle sin
pavimentar.
De pronto,
Allende golpeó las tablas de una puerta. Tardaron en abrir. Se
asomó una mujer hosca. «Compañera, tengo sed. ¿Podría convidarme un vaso de
agua?» La mujer no demostraba mucho ánimo de brindárselo. «Compañera, ¿me
permite pasar? Soy Salvador Allende, senador elegido por el pueblo y ahora
candidato a la Presidencia». Unos niños tímidos se arrimaban
a las pretinas de la madre. «Como parlamentario he hecho las
más importantes leyes de este país para proteger a la madre y al niño. Cuando
sea Presidente, elegido por ustedes, no sólo se realizará un Programa de Cuarenta Medidas
que favorecerá en especial a las madres y a sus hijos, sino que promulgaré el
Código del Niño. ¿Me va a dar un vaso de agua?». La mujer fue al rincón que
hacía de cocina, espantó las moscas y escanció la botella en un jarro
desportillado. Se produjo un amago de conversación en que ella fue respondiendo
con monosílabos. Terminó procediendo como dueña de casa y él se despidió
invitándola a la concentración que se haría al caer la tarde.
Allende siguió
perifoneando con su megáfono. Tocó varias puertas, habló con mujeres de edades
diversas, marcadas todas por la miseria y el sufrimiento; a cada una, la miró
como si fuera la única que existía sobre la tierra.
Fue un
recorrido agobiante. La pequeña comitiva no podía disimular el calor ni el
cansancio. Sólo Allende seguía fresco y animoso. Al atardecer, en un descampado
que estaría destinado a plaza, sobre una improvisada tarima, algunos dirigentes
de la población, jóvenes sobre todo, con el mismo megáfono convocaban a la gente.
Poco a poco, fueron apareciendo algunas personas, pero no se acercaron, sino se
ubicaron en las esquinas, en los alrededores. No sumaban un centenar. Allí el
candidato dijo su discurso.
Al día
siguiente, el periodista Eugenio Lira Massi publicó un artículo donde explicaba
por qué había tomado la decisión de apoyar a Allende: porque se había dado
cuenta de que estaba solo, porque lo había seguido en esa desolada proclamación
del día anterior y no había visto respuesta de su pueblo para el hombre que durante
toda la vida le había estado defendiendo sus intereses. En su breve columna,
Lira fue muy elocuente y estremeció muchas conciencias.
Gradualmente,
esas proclamaciones callejeras en los barrios más desamparados y populosos,
fueron tomando bríos y esparciéndose al país entero. No fue una campaña de
lujo, consumista, de carros suntuosos ni derroche de accesorios y publicidad.
Su fundamento era el Programa
de Cuarenta Medidas. Los resultados ya forman parte
de la historia y baste sólo con recordar la nacionalización del cobre como un
hecho señero en el decurso de este siglo.
El Programa de Cuarenta
Medidas tiene un sólido fundamento en una obra borrada y olvidada
—semejante olvido es una forma de censura—: La realidad médico social chilena,
escrita por Salvador Allende en 1939, cuando era ministro de salubridad del
presidente Pedro Aguirre Cerda. Este lúcido y muy documentado ensayo enfoca
todas las miserias de un pueblo sometido durante ciento veinte años a la
degradación y el yugo de la derecha.
Cuando triunfó
por primera vez en la historia de Chile un candidato de izquierda, Chile tenía
mortalidades infantil y materna de las más altas del mundo, lo cual impedía el
crecimiento de una población que mayoritariamente se debatía agobiada por la
tuberculosis, las venéreas, el alcoholismo. De las condiciones de
vida daba una idea en las urbes el infierno de los conventillos. Ya
entonces Allende había diseñado un programa para una política de salud,
previsión social, educación, vivienda y cultura como única forma de sacar al
país de su marasmo. Más de medio siglo permaneció La realidad médico social
chilena sin ser reeditada. Este libro no se citaba, no figuraba ningún
fragmento suyo en las antologías y recopilaciones de discursos de Allende.
Hortensia Bussi lo recordó en una entrevista y dijo que ella había ayudado a
Salvador a ordenar datos cuando lo estaba escribiendo. Acababan de conocerse.
Estaban en un teatro, cuando empezó el temblor muy fuerte. El remezón y la
alarma les permitieron acercarse y presentarse. Y comenzó el enamoramiento con
la comunicación y el mutuo apoyo en algo tangible: el libro que Allende
escribía...
Era la cuarta
campaña.
La primera
había tenido por generalísimo a un estudiante muy alto y alegre: José Tohá, muy
popular porque había sido elegido presidente de la FECh. Entonces, los afiches
de propaganda se reproducían en silkscreen, como llamábamos corrientemente la
serigrafía, o se hacían a mano pintando con gouaches las hojas de diarios y
pegándoles rondas y figuras recortadas. Nos amanecíamos
confeccionándolos con los estudiantes de Arquitectura y Bellas Artes, sobre
todo. Entre tantos autores, Javier (Maco) Gutiérrez, Sergio Bravo, Yoly
Schwartz, Sergio González Espinoza, Jano Tapia Chuaqui. Estas
verdaderas joyas artesanales no significaban un capricho ni un refinamiento de
estetas sino, simplemente, que no había un céntimo para propaganda y, a falta
de dinero, se acudía a la imaginación creadora.
No sólo en los
afiches se notaba la huella de la creación artística: desde esa primera campaña,
la actividad pública de Allende se caracterizó por la participación de artistas
capaces de ofrecer todas sus manifestaciones en los actos públicos, como la
actriz y cantante Inés Moreno, a más de cantores populares, actores y mimos.
Esa
determinación de ofrecer lo mejor del arte al pueblo fue una innovación que
marcó las campañas allendistas. Culminaría años más tarde cuando, como primera
disposición presidencial, organizara el Tren de la Cultura en el primer verano
de su gobierno con los mejores artistas para recorrer el sur del país y yo
fuera la afortunada en subir a ese tren y reportear todo su recorrido. Entre
los participantes había actores notables como Pedro Villagra, el cantante Julio
Numhauser, los guitarristas Eulogio Dávalos y Miguel Ángel Cherubito, el mimo
Eugenio Noisvander, los cómicos Guillermo Bruce y Sergio Feito. Y a medida que
avanzaba el tren, se incorporaban artistas y escritores. Me reuní con Alfonso
Alcalde en Concepción, iniciando una amistad que duraría hasta su muerte, y
fuimos a ver a Daniel Belmar.
Pronto, Alfonso
Alcalde me invitó a colaborar en su colección «Nosotros los chilenos», de
Editorial Quimantú, con un ensayo sobre la emancipación de la mujer en nuestro
país.
Pero no debo
anticiparme. La mayor manifestación callejera de la primera campaña la encabezó
un bote a vela portado en andas, así, todo el mundo pudo conocer el famoso
«yate», pues Allende había sido acusado de tener una de esas embarcaciones en
Algarrobo. El bote fue echado al agua en la pileta de Plaza Bulnes. El día de
las elecciones, se formaron brigadas contra el cohecho y se denunciaban
encerronas donde se pagaba a los «carneros» con un vaso de vino y una empanada.
Los jóvenes los ubicaban señalándolos con un poco de harina o tiza para
denunciarlos, más de algún carnero sufría una golpiza, pero el castigo a estos
desgraciados no tocaba para nada a los felices cohechadores.
Allende sacó en
aquella oportunidad cincuenta y dos mil votos calificados como los más limpios
de todas las elecciones celebradas hasta esa fecha. Las otras campañas
—este somero testimonio no pretende ser evaluación crítica— se
realizaron con ánimos redoblados y las más diversas iniciativas.
En la cuarta,
desde las palomitas, los rayados murales, el Tren de la Victoria, donde se
llevaba la exposición de grabados, a las once de las pobladoras que elaboraban
queques y canapés; del rasgueo de las guitarras, la participación de los
conjuntos artísticos y cantantes populares hasta los murales iniciados por los
artistas plásticos en el río Mapocho y, sobre todo, por las brigadas juveniles,
reflejaban una propaganda imaginativa realizada por el pueblo mismo: no
derroche de millonadas ni carnaval, sino formas creadoras, por medios entre los
que no sobresalían, por cierto, la radio, la televisión, la mayoría de la
prensa escrita, de llegar a la ciudadanía para que tomara su decisión y fuera
agente del proceso.
¿Y cómo
participaba el candidato? ¿Cómo actuaba Allende? Neruda dice al respecto: «A veces íbamos por las infinitas tierras áridas del
norte de Chile. Allende dormía profundamente en los rincones del automóvil. De
pronto, surgía un pequeño punto rojo en el camino: al acercarnos se convertía
en un grupo de quince o veinte hombres con sus mujeres, sus niños y sus
banderas. Se detenía el coche. Allende se restregaba los ojos para enfrentarse
al sol vertical y al pequeño grupo que cantaba. Se les unía y entonaba con ellos el himno nacional. Después
les hablaba, vivo, rápido y elocuente. Regresaba al coche y continuábamos
recorriendo los larguísimos caminos de Chile. Allende volvía sumergirse en el sueño sin el menor esfuerzo.
Cada veinticinco minutos se repetía la escena: grupo, banderas, canto, discurso
y regreso al sueño. Y era esa
manera de reposar, como un combatiente, la que le daba energías: Enfrentándose
a inmensas manifestaciones de miles y miles de chilenos. Cambiando de automóvil
a tren, de tren a avión, de avión a barco, de barco a caballo, Allende cumplió
sin vacilar las jornadas de aquellos meses agotadores».
¿De dónde
sacaba Allende tanta energía? ¿De dónde provenía tanta voluntad, tanta
disposición y la capacidad de recuperarse en medio de la dificultad y no sólo
esto, sino también la capacidad de no caer desmoralizado ente momentos que
todos asumían como de derrota?
Estirpe de
Patriotas
Incapaz de
claudicar, su voluntad y lealtad al pueblo se sustentan en sus principios, en
su ética, en su intransable consecuencia. Pero hay otra que sería
injusto ignorarla, porque ello significaría desconocer la continuidad histórica
tan deliberadamente embestida. Salvador Allende descendía por
línea directa de criollos ilustrados que fueron soldados de la Independencia de
Chile, de mujeres que se habían entregado con pasión a crear y criar, de seres
que sacrificaron sus vidas por la dignidad de su pueblo. Allende
se refirió a sus orígenes casualmente una sola vez, en una entrevista concedida
a Julio Lanzarotti, la cual no tuvo mayor difusión.
Cuando el
escritor francés Régis Debray entrevistó al presidente y le dijo que provenía
«de una familia bastante acomodada, digamos de una familia burguesa», Allende
respondió de muy escueta manera, sin explayarse:
«Conforme a una definición ortodoxa, mi origen es burgués,
pero agrego que mi familia no estuvo ligada al sector económicamente poderoso
de la burguesía, ya que mis padres ejercieron profesiones denominadas liberales
y los antepasados de mi madre hicieron otro tanto».
Después añadió
algo sobre su ubicación política:
«»«Todos mis
tíos y mi padre fueron militantes del Partido Radical cuando ser radical
implicaba, indiscutiblemente, tener una posición avanzada».
Pero nada más
dijo de sus ancestros.
Vale la pena
detenerse en los orígenes de Salvador Allende, porque sus más directos
antepasados no sólo están estrechamente ligados a la historia de Chile, a su
vida política, social y cultural, sino también fueron destacados protagonistas.
Los hermanos
Allende Garcés son inseparables de la gesta de la independencia de Chile:
Gregorio fue jefe de la escolta del director supremo Bernardo O’Higgins y
su hermano Ramón integró las huestes de los Húsares de la Muerte, cuerpo
fundado por Manuel Rodríguez para defender la república naciente.
Ramón Allende
Garcés fue desterrado durante el gobierno de O’Higgins, después de la
muerte de los hermanos Juan José y Luis Carrera y de Manuel Rodríguez. El
propio José Miguel Carrera, en una de sus cartas, lo menciona entre los
oficiales expatriados y enviados a combatir bajo las órdenes del general Simón
Bolívar. En rigor, fue condenado a muerte, pero se le conmutó la
pena por el expatriamiento.
El historiador
Jaime Eyzaquirre en su libro O’Higgins, rememora
cuánta indignación había en Santiago, después de los asesinatos de los hermanos
Juan José y Luis Carrera:
«Don Ramón Allende, el teniente de la guardia de honor del
Director Supremo fue apresado junto a otros conspiradores decididos a
derribarlo; muy tarde se darían cuenta de que a su reunión secreta había
asistido el propio O’Higgins...»
Luego de
analizar los móviles de O’Higgins para tomar esa determinación y las
conjeturas que sobre ello se hicieron, Eyzaguirre refiere que la Cámara de
Justicia sentenció a los siguientes patriotas a ser pasados por las armas:
«en el término de veinticuatro horas a don Ramón Vásquez de
Novoa, don Martín de la Cuadra y don Ramón Allende, y ordenando el confinamiento
de los demás reos. Pero el
Director, no obstante hallarse seguro de que el triunfo de los revolucionarios
habría acabado con su propia vida, la perdonó a los tres primeros,
conmutándoles la pena capital por la de destierro perpetuo del territorio de la
República».
Ese destierro
perpetuo a cambio de la vida, lo obligaba a ponerse al servicio de Simón
Bolívar y combatir bajo sus banderas.
Don Ramón
Allende peleó en las batallas de Boyacá y Carabobo, decisivas para la
independencia de América. Su determinación la explicaba diciendo: «Todos somos
americanos».
José Zapiola en
sus Recuerdos de treinta años, afirma de los hermanos Allende Garcés: «Habían
pertenecido a nuestro ejército desde la campaña de 1813 y habían conquistado
gran fama por su raro valor».
Don Ramón
Allende al retorno del exilio se radicó en Valparaíso, donde fue comandante del
Cuerpo de Serenos. En este puerto fundó su familia.
El Abuelo Rojo
Ramón
Allende Padín (1845-1884), su descendiente,
abuelo de Salvador Allende Gossens, se tituló de médico en 1865 y se destacó
como gran impulsor de reformas a la higiene pública y a la beneficencia. Emparentado
por línea materna con el eminente médico Vicente Padín (1815-1869), cirujano
militar, decano de la Facultad de Medicina de la Universidad de Chile.
Don Ramón en su
corta vida fundó el hospital San Vicente. Fue presidente de la
Sociedad Médica entre 1876 y 1880. Editó un periódico para
denunciar los problemas de las víctimas de la injusticia social, titulado La Guía del Pueblo.
Gracias a mi
guía porteño, el profesor de Filosofía Sergio Vuskovic Rojo, quien fue Alcalde
de Valparaíso designado durante el gobierno de la Unidad Popular, pude conocer
la primera escuela laica que hubo en Chile fundada por el doctor Allende Padín
en 1871. No lejos de la iglesia de la Matriz, se alza la Escuela Nº 157 «Blas
Cuevas», en cuyo patio se puede ver un busto en bronce de su fundador. Bajo el
gobierno del presidente Allende fue provista de un moderno edificio, inaugurado
para su centenario, con su asistencia, el 25 de octubre de 1971. Un mural
pintado por profesores y alumnos es la mejor crónica ilustrada de la historia
de la escuela, donde tampoco falta el presidente con su bata blanca.
Destacado
dirigente del Partido Radical, Ramón Allende Padín fue elegido diputado por
Santiago de 1876 a 1879 y luego senador por Copiapó de 1879 a 1882, pero
renunció a su sillón parlamentario cuando estalló la Guerra del Pacífico. Marchó
al frente con el Séptimo de Línea. Designado por el gobierno, Superintendente
del Servicio Sanitario en Campaña, organizó la atención y dispuso los recursos
de tal manera que es considerado el fundador de la sanidad militar en el
ejército chileno.
En su Breve Historia de la Medicina en
Chile, el doctor Sergio de Tezanos-Pinto afirma:
«Por decreto supremo del 8 de diciembre de 1879,
firmado por el presidente Aníbal Pinto y por el ministro Gandarillas, se nombró
jefe del Servicio Sanitario en Campaña al doctor Ramón Allende Padín, quien
daría cuenta directa de sus actividades al Intendente General del Ejército, en
Valparaíso.»
Ya había
publicado en el diario Los Tiempos, el 14 de marzo de 1879, un proyecto de
organización de Ambulancias Militares.
Don Ramón
Allende fue director fundador del Cuerpo de Bomberos, luego de la ardua labor
que le cupo desempeñar como médico identificando a las víctimas del incendio de
la Compañía, como bien lo señala el doctor De Tezanos-Pinto:
«Allende Padín se había distinguido como estudiante, a
raíz del incendio de la Compañía, en la identificación y sepultura de las casi
dos mil personas fallecidas en la catástrofe. Fue parlamentario, médico jefe de
un hospital de sanidad, en 1870, en la calle Libertador de Santiago, gran
educador. Falleció a los treinta y nueve años de diabetes.»
Se comprende el
impulso que lo llevó a semejante determinación, luego de la pavorosa
experiencia vivida en plena juventud que puso a prueba su resistencia física,
moral y espiritual.
El incendio de
la iglesia de la Compañía, ubicada donde estuvo durante la Colonia el famoso
Colegio de la Compañía de Jesús y donde después se alzaría el Congreso
Nacional, fue una tragedia de proporciones atroces. Las
personas muertas eran casi todas mujeres, de dos mil a dos mil quinientas,
madres en edad fértil, la mayoría. Trabajaron en el reconocimiento de los
cadáveres los doctores Vicente Padín y Guillermo Middleton, con varios alumnos,
entre ellos, Ramón Allende Padín, debiendo cumplir la penosa tarea entre el
martes y el sábado de la misma semana de la catástrofe. Dice De Tezanos-Pinto:
«Los cadáveres habían llegado al cementerio en doscientas
carretadas y debieron ser amontonados en un terreno vecino y, luego trasladados
en hombros o en carretillas a las fosas comunes que se iban abriendo. Dicen las
crónicas de la época que Allende Padín perdió la salud y casi la vida en tan
sacrificada tarea».
Tan destacado
médico y hombre público no sólo impulsó las medidas favorables a la higiene
pública y la beneficencia, también fue parlamentario, presidente de la Sociedad
Médica, decano de la Facultad de Medicina de la Universidad de Chile y llegó a
ser alto jerarca de las logias masónicas y, como afirma su nieto Salvador:
«Mi abuelo, el
doctor Allende Padín fue Serenísimo Gran Maestre de la Orden Masónica en el
siglo pasado, cuando ser masón significaba luchar […] Mi abuelo fundó la
primera escuela laica de Chile y por su posición lo llamaron el «Rojo Allende».
El doctor
Allende Padín casó con una de las pintoras más importantes del siglo pasado:
Celia Castro.
La Abuela
Artista
Celia
Castro ha sido injustamente olvidada
de nuestra historia artística y sólo se hace referencia a ella en algunas
investigaciones especializadas, aunque se la considera «la primera pintora profesional de nuestro país, es
decir una personalidad que no tuvo otra meta en su agobiada existencia que el
ejercicio desinteresado del arte, al que se entregó con toda su alma»,
en la opinión del historiador Eugenio Pereira Salas.
Celia Castro
nació en Valparaíso en 1860 y murió en Viña del Mar el 19 de junio de 1930. En el
puerto estudió pintura con don Juan Francisco González. Casó muy joven con el
doctor Ramón Allende Padín.
El ejercicio
desinteresado de su arte le proporcionó a Celia Castro el reconocimiento
oportuno del medio cultural nacional, pero también le exigió enormes
sacrificios y dolorosas decisiones, y cómo lo expresa Eugenio Pereira Salas: «Esta temprana consagración le permitió encontrar las
fuerzas necesarias para el desarraigo familiar en una carrera de creación».
Tal ejercicio
ha sido considerado «como una vocación admirable» por José María Palacios
(diario «La Segunda», 29.09.81) y
«una vocación apasionada» por el crítico Enrique Melchers («El Mercurio de Valparaíso», 16.07.84).
La joven viuda
se entregó por completo a la creación artística dando muestras de una vocación
incuestionable a lo largo de su vida. Ese mismo año se trasladó a Santiago y se
incorporó al dinámico grupo de Pedro Lira, quien también tuvo a otras
discípulas muy destacadas: Magdalena y Aurora Mira; estas tres mujeres forman
el gran trío femenino de las artes plásticas del siglo diecinueve.
Un aspecto de
su espíritu rebelde se advierte en su decisión de dejarlo todo para seguir su
vocación, así es como en 1908 acepta la beca que le confiere el gobierno
chileno para irse a París.
Ese mismo año
de 1908, el 26 de junio, su hijo, el abogado Salvador Allende Castro, casado
con Laura Gossens Uribe, la hizo abuela de su primer nieto, un muchachito que,
como el padre, fue bautizado con el nombre de Salvador.
Digno de
destacarse es el ascendiente del maestro de Celia Castro en sus discípulos: fue
Pedro Lira (1849-1912), alumno de Alejandro Ciccarelli (1810-1879). El
napolitano Cicarelli llegó a Chile y aquí se quedó para siempre; es reconocido
no sólo por la calidad de su obra, sino también por haber sido el animador del
medio cultural de la época donde impuso su influencia moral, su capacidad de
crear un intenso espacio para el arte y de rodearse de discípulos que
compartían sus principios, su inquietud y su amor por la creación artística.
Celia es una de
las primeras artistas chilenas que sobresale por su obra y actitud de gran
independencia. Tiene apenas veinticuatro años cuando rompe con
todos los cánones de su tiempo. Se da a conocer en el medio artístico con Las Playeras, hoy en el Museo de Talca. En
este cuadro el mar es el elemento coprotagónico que inviste a las dos mujeres
del primer plano de su calidad de seres dependientes de él y ligados a sus
cambios y movimientos; cabe destacar esta circunstancia, por cuanto en esa
época el mar solía ser ajeno a los pintores nacionales.
En el Salón
Oficial del año 1884 causan asombro veintiséis mujeres pintoras. Celia se
presenta con Una naranja y un limón, Una
piña, Una sandía y un limón, Flores y frutillas, Nísperos, Macetero de
violetas, Erizos. Dicha presencia femenina es destacada por Manuel
Rodríguez Mendoza:
«La mujer chilena rompe de una manera brillante y audaz el
círculo tradicional y estrecho de los antiguos planes de estudio» («La Época», 08.11.1884)
Entonces el
crítico Diógenes afirma que Celia Castro «ha
conseguido sobreponerse a los artistas de profesión en el género que ha
escogido. Sus naturalezas muertas son admirables. Los inteligentes habrán
saboreado con fruición aquellas frutillas, aquella sandía y aquel melón en que
hay tanta verdad y tan intensa riqueza de color» («El Taller
Ilustrado», 20.01.1884). Ella se hace notar entre pintores tan importantes como
Pedro Lira, Magdalena Mira, Cosme San Martín, Ramón Subercaseaux, Juan de Dios
Vargas. Esas mismas naturalezas muertas provocan la entusiasta exclamación de
Benjamín Vicuña Mackenna: «Ha robado a los
trópicos todas sus luces y sus jugos a todas las frutas con su pincel que
destila en el paladar los ricos deleites de la piña…»
El 22 de
febrero de 1885, «La Época» anuncia: «Exposición
de Bellas Artes para el día siguiente en el edificio de la Quinta Normal,
frente a la plazuela que sirve de vestíbulo al Salón». Entre
exponentes como Pedro Lira, Onofre Jarpa, Alberto Orrego Luco, están cuatro
destacadas mujeres: Celia Castro, Magdalena y Aurora Mira, Ana Ovalle.
Del Salón de
Santiago, organizado por la Sociedad «Unión Artística» en la Quinta Normal, en
1888, el joven pero exigente crítico Pedro Balmaceda Toro (1868-1889), hijo del
presidente José Manuel Balmaceda, afirma:
«si hubiese de caracterizar la pintura chilena en algunos de
los cuadros de nuestros pintores, ya sea por la novedad de la factura, por ese
aire que me imagino ha de tener el arte en cada país, según sea su clima y sus
condiciones sociales escogería por ejemplo, El podador (La poda), de
Celia Castro, con su crepúsculo de ópalo disuelto en rosas, La Náyade de
Valenzuela y su Resurrección de la hija de Jairo».
Más adelante,
Pedro Balmaceda ofrece una reflexión que si bien permite apreciar lo que
comúnmente se esperaba de una mujer dedicada al arte, también indica que Celia
había roto con esos prejuicios:
«La señorita Celia Castro abandonó sus naturalezas muertas,
aquellos rinconcitos donde crecían fresas y margaritas, aquellos pequeños
estudios entonados en las luces más vigorosas y a la vez más profundamente
sentidas, para explorar un nuevo campo en el cual, si ha ganado la novedad y la
energía de la factura, ha perdido un poco su temperamento de mujer, aquella
poesía que firmaba todas sus telas».
Con el dramático
retrato titulado Vieja donde se
advierte su exacerbada sensibilidad y su profundidad psicológica ya había
logrado digno reconocimiento.
Con Primero de Noviembre se presenta a la
exposición de Roma.
Elegida por su
maestro, junto a otros pintores chilenos, viaja a Europa en 1889 participa en
la Exposición Universal de París, con motivo del centenario de la Revolución
Francesa. En tan importante muestra le fue conferido el diploma especial de
honor y la tercera medalla.
Al respecto,
Vicente Grez, quien consideraba a Celia «un
alma joven desbordante de vida», comentó en Les Beaux-Arts au Chili:
«Ningún artista ofrece en el mismo grado que la
señorita Castro esa quietud de talento que busca ansiosamente su camino».
Más tarde,
Celia vuelve a exponer en los salones franceses y también en 1904, en la Sala
Latinoamericana de Bellas Artes de París.
Enviada a
Francia como pensionada del gobierno en 1908, Celia permaneció hasta 1927 en
Europa, con breve viaje a Chile, exponiendo en los salones. De su
estancia de más de veinte años en Europa, resultan obras como Techos de París y Techos nevados de París,
con la elegante estatura de edificios de evocación gótica.
Celia Castro
sabe dominar la reciedumbre, la simplicidad y la ternura, como se aprecia en Conejito con su rica gama de grises. También
ama la naturaleza potente, de ello dan testimonio sus Uvas: cuelgan de la rama
viva, acaparan la luz y los granos se tornan incandescentes reflejando el rosa
moscatel y el azul malva velado de esporas, mientras las hojas de parra se
iluminan al trasluz.
Obras suyas
pueden apreciarse hoy en varios museos del país: en el Museo Nacional de Bellas
Artes, Santiago, en el Palacio Baburizza, Cerro Alegre, Museo Municipal de Valparaíso,
y en la Universidad de Concepción, cuya Pinacoteca considera entre sus tesoros
el óleo sobre tela La poda.
En La poda, su figura central es un jardinero
encaramado en un árbol, modelo de equilibrio. Está enmarcado sobriamente con
madera dorada y un paspartout como pasamanería de oro y negra. Se puede
apreciar este óleo sobre tela en la Sala «Tole Peralta» de la Casa del Arte de
la Universidad de Concepción. Prodigio de equilibrio tenso, La poda capta un
momento específico del empeño del ser humano por dominar la naturaleza y
ponerla a su servicio. La poda es
preanuncio de primavera florida y de verano frutoso. Con la intervención del
hombre, los frutos no serán tan abundantes, pero tendrán calidad superior. En
una atmósfera melancólica dada por la vasta gama plateada, un hombre y una
mujer trabajan concentrados en su tarea. El cuadro evoca futuro. El
protagonista es un árbol en primer plano; a la izquierda –en la orilla de
la tela se asoma un tercer árbol aún no podado– asciende el tronco como
señalando la armonía áurea al delimitar el primer tercio del óleo sobre tela, y
se curva como un hombre agobiado. En un nudo de la axila del árbol se apoya el
pie derecho del podador que se equilibra y se asegura afirmando el pie
izquierdo, flexionada la pierna en el nacimiento de otra rama. La mano
izquierda se sujeta de una vara erguida, mientras la mano derecha, muy asida la
tijera de podar, corta una ramita en el ápice. Del rostro tapado por el brazo
que poda, sólo se distinguen parte de la oreja y la sien. Ese rostro dirige su
mirada hacia arriba, mas a la rama, no al cielo. Por efecto de la posición
forzada, el cuerpo del podador se yergue echándose hacia atrás. De camisa
blanca y chaleco pardo como el pantalón, ha de tener muy calado el sombrero de
paja, pero parece equilibrarse como indicando que no hay brisa. Se percibe una
tensión resultante de la no violencia: no viento, no fuego, no lluvia, es
decir, el invierno no es maldición. No hay oscuridad ni amenaza. No hay pobreza
ni frío ni temor ni alarma ni inquietud. El invierno es vida. El segundo tercio
está delimitado por un árbol ya podado, abierto en Y como un hombre que desde
el suelo elevara sus brazos. En el tercer tercio se inclina una joven como
siguiendo la curvatura del primer árbol. El suelo está cubierto
de hojas en descomposición, casi humus, y de ramas cortadas. Todo
indica que los árboles pertenecen a un huerto interior. Árboles y figura
femenina contrastan con la tapia pintada a la cal y rematada por tejas cuyos
intersticios han permitido que broten unas hierbas. Este remate forma ángulo
casi agudo con el tercer plano: más atrás hay otra muralla de tono más sombrío;
corresponde a una casa o bodega y deja en evidencia la inclinación de su
tejado. El cuarto plano es el cielo, formidable indicio de un día nublado, como
amenazante de lluvia; este cielo de plata se ilumina por tenues celajes
rosados. De manera magistral lo describió Pedro Balmaceda Toro: un cielo de
ópalos derretidos.
Celia Castro
logró formidable acierto al dar la luz plata, tonalidad exacta de un día de
invierno chileno; uno de esos días nublados, amenazador de lluvia, de
temperatura casi tibia, esto se nota muy bien por mujer en blusa y el hombre en
mangas de camisa, sin más protección que el chaleco. Otra característica de semejante
día invernal es la ausencia de brisa, que le permite al hombre conservar el
sombrero. La joven sujeta una rama en el momento previo al acto de apoyarla en
una rodilla para quebrarla. El ademán sugiere el empleo que tendrá esa rama y
también las otras: alimentar el fuego, ya sea para calentar la casa, cocinar
los alimentos o lavar la ropa; de modo que la mujer completará el ciclo
podar-quebrar-arder. De su rostro se deja ver la nariz respingona y un pómulo. La
cabellera castaña espesa parece estar atada por un pañuelo del mismo tono. Son
justamente los tonos marrones y sepia los que prevalecen, en contraste con los
matices plateados. Sólo la falda de la mujer tiene flores de colores, aunque
parecen añejos, como si la pátina hubiera querido envejecer su vivacidad. Esta
riqueza de tonalidades pardas —cabellos, ropaje, troncos, tejas, ropaje,
calzado, tierra húmeda, hojas marchitas conjugan los matices castaños—,
ponen énfasis en el vínculo ser humano, tierra, invierno, trabajo. La
joven, como el árbol, se toma el tiempo para dar el fruto, alimentar el fuego,
proseguir la vida.
Llaman la
atención las manos de ella y las de él, manos formadas por el trabajo, muñecas
gruesas, dedos eficaces para asir-se, para sujetar la herramienta que es su
natural prolongación; resulta inevitable no asociar estas manos de homo faber a
los estudios de casi un millar de manos que hizo más tarde Fernand Léger para
sus cuadros de Los Constructores.
Todo el cuadro La poda es una sinfonía del trabajo, una
cotidianeidad sin sombras, ausente de melancolía, captación de un tiempo que
desgasta, da peso, nutre y permite maduración; el muro mismo es concreción de
trabajo humano, La obra en su conjunto no revela ni claridad ni oscuridad sino
serenidad en la labor propia de la estación. Aquí se da con precisión un
aspecto de la obra de Celia Castro al que el crítico Antonio Romera supo
asignarle la debida importancia: «los
efectos psicológicos derivan de la forma plástica, no de lo narrativo».
Para mejor
apreciar la gran obra de Celia Castro es indispensable recorrer la Pinacoteca o
Casa del Arte de la Universidad de Concepción. En la Sala «Tole Peralta», muros
y piso dignamente revestidos de noble madera, hemos podido admirar junto La poda, el Retrato de Belisario Briceño de Juan Francisco González que,
como sabemos, fue maestro de Celia Castro en Valparaíso; dos obras maestras de
Alfredo Valenzuela Puelma: Ninfa de las
cerezas donde alcanzan poderosa significación sensorial las texturas
de piel humana, peluda piel animal y cuero curtido, y El hijo pródigo; dama del abanico, de
Pedro Lira; el retrato de gregorio mira, donde el caballero, que también fue
pintor, contempla la obra de la autora de su efigie: su hija Magdalena Mira y
meditando la lectura, de Julio Fossa Calderón. La Pinacoteca o Casa del Arte de
la Universidad de Concepción merece reconocimiento nacional por corresponderle
el enorme mérito de haber reunido las más notables pinturas del último tercio
del siglo XIX, a más de muchas otras anteriores y posteriores, indispensables
para configurar el mapa de las artes plásticas nacionales.
Celia Castro
aún no ocupa el sitial que le corresponde en nuestra historia cultural y sólo
se hace referencia a ella en algunas investigaciones especializadas, aunque se
la considera «la primera pintora profesional
de nuestro país, es decir una personalidad que no tuvo otra meta en su agobiada
existencia que el ejercicio desinteresado del arte, al que se entregó con toda
su alma», en la opinión del historiador Eugenio Pereira Salas. Un
aspecto de su espíritu rebelde se advierte en su decisión de dejarlo todo para
seguir su vocación artística, así es como en 1908 aceptó la beca que le
confiere el gobierno chileno para irse a París. Ese mismo año, el 26 de junio,
su hijo, el abogado Salvador Allende Castro, casado con Laura Gossens Uribe, la
hizo abuela de su primer nieto, un muchachito que, como el padre, fue bautizado
como Salvador.
Regresó de
Europa en 1927 con su salud quebrantada y se radicó en Valparaíso donde abrió
su taller a los pintores jóvenes. A sus clases asistieron artistas que después
ocuparían destacado lugar en nuestras artes plásticas, como Roko Matsjacic,
René Tornero, Chela Lira, Jim Mendoza. Se caracterizó por su generosidad y su
gran capacidad para demostrar su afecto a los jóvenes artistas que fueron sus
discípulos.
El Padre:
Versos y Humor
Salvador
Allende Castro, hombre de gran sentido del
humor, muy querido en los círculos sociales, ameno improvisador de versos, no
faltó la revista porteña que publicara algún poema suyo y muchos se conservaron
en álbumes femeninos, casó con Laura Gossens Uribe y fueron padres de Salvador,
Laura, Alfredo e Inés.
Doña Laura era
hija de Arsenio Gossens, comerciante francés que se avecindó en Chile y fundó
familia en Concepción y luego se trasladó a Lebu donde organizó el cuerpo de
bomberos; fue padre de Laura y de Arsenio Segundo. Este hijo se cuenta entre
las víctimas de la conspiración juvenil de Lo Cañas contra el presidente José
Manuel Balmaceda, donde la mayoría de los participantes sucumbió a una emboscada
de la que se salvó Arturo Alessandri Palma por no haber tenido caballo para
llegar a la cita.
Salvador
Allende Castro, teniente artillero, participante activo en la batalla de Concón
para la guerra civil de 1891. Militante radical, llegó a ser miembro de la
Junta Central de su partido. Por sus funciones de abogado, notario, miembro del
Consejo de Defensa Fiscal de Valdivia, luego designado relator de la Corte de
Apelaciones, más tarde abogado de la Comisión del Plebiscito de Tacna y Arica,
a cargo de la defensa de los intereses chilenos, estuvo obligado a trasladarse
a puntos extremos del país. Por ello, su hijo Salvador debió estudiar en
ciudades diversas como Santiago, Valdivia, Valparaíso, Tacna.
Del final de
sus días, da cuenta su propio hijo que estaba preso junto con su hermano cuando
agonizaba su padre. En esa ocasión pidió permiso para acompañarlo y fue
conducido con una guardia armada:
«Mi padre estaba enfermo, se le había amputado una
pierna y tenía síntomas de gangrena en la otra. Estaba prácticamente en sus
últimos momentos. De ahí que estando detenidos, se nos permitió a mi hermano y
a mí, ir a ver a nuestro padre. Allí como médico me di cuenta del estado de
gravedad suma en que se encontraba. Pude conversar unos pocos minutos con él y
alcanzó a decirnos que nos legaba una formación limpia y honesta y ningún bien
material. Al día siguiente falleció; en sus funerales hablé para decir que me
consagraría a la lucha social, promesa que creo haber cumplido.»
Salvador
Allende Castro no había alcanzado a conocer a su padre, pero recordó siempre la
frase que su progenitor tenía como divisa: «Lo
importante es permanecer leal a los ideales».
En la hora de
la muerte, la misma lección legaría a sus hijos.
¿Dónde nació
Salvador Allende? Aunque Valparaíso se disputa su cuna, quise salir de dudas y
fui a buscar al Registro Civil los certificados de nacimiento y muerte del
Presidente Allende.
Salvador
Guillermo Allende Gossens nació el 26 de junio de 1908 a la una y media de la
madrugada en avenida España Nº 615, Santiago, como lo demuestra el certificado
firmado por su propio padre que lo inscribió en la Circunscripción Nº 2 del
Registro Civil de Santiago, el diecisiete de julio de ese mismo año, bajo la
partida 1754. Sin embargo, es indiscutible que Salvador sentía como suyo ese
puerto de donde procedían sus antecesores, es así como él mismo afirmó:
«Soy porteño y soy el primer Presidente porteño».
Luchador Social
Campeón juvenil
de decatlón y natación del Liceo Eduardo de la Barra, buen ajedrecista, hizo el
servicio militar, presentándose como voluntario, en el Regimiento de Coraceros
de Viña del Mar.
A muy temprana
edad asume el ideario socialista y participa activamente en las luchas
estudiantiles; reconoció siempre la gran influencia que en él tuvo el zapatero
anarquista Juan Demarchi:
«Cuando era muchacho, en la época en que andaba entre
los catorce y quince años, me acercaba al taller de un artesano zapatero
anarquista, llamado Juan Demarchi, para oírle su conversación y para cambiar
impresiones con él. Eso ocurría en Valparaíso en el período en que era
estudiante del liceo. Cuando terminaba mis clases iba a conversar con ese
anarquista que influyó mucho en mi vida de muchacho. Él tenía, o tal vez
sesenta y tres años, y aceptaba conversar conmigo. Me enseñó a jugar ajedrez,
me hablaba de cosas de la vida, me prestaba libros […], como de Bakunin,
por ejemplo, y sobre todo los comentarios de él eran importantes porque yo no
tenía una vocación de lecturas profundas y él me simplificaba con esa sencillez
y esa claridad que tienen los obreros que han asimilado las cosas.»
Allende fue
presidente del Centro de Alumnos de Medicina y vicepresidente de la Federación
de Estudiantes de Chile. Participó activamente en la lucha estudiantil contra
la dictadura de Carlos Ibáñez del Campo:
«En esa época, antes de 1932, estuve expulsado de la
Universidad y estuve preso […] tuve cinco procesos, fui sometido a cortes
marciales. Cuando vino la caída de la República Socialista de Marmaduke Grove
estaba haciendo mi internado de Medicina en Valparaíso. Entonces pronuncié un
discurso como dirigente universitario en la Escuela de Derecho, como
consecuencia del cual se me detuvo. Además fueron detenidos otros familiares
míos entre los cuales mi cuñado, hermano de Marmaduke Grove, y un hermano mío
que casi no participaba en política».
A poco de
titularse, fundó el Partido Socialista:
«…para poder entrar a trabajar a los hospitales de
Valparaíso tuve que presentarme a cuatro concursos y a pesar de que era el
único oponente no me nombraban por lo que había sido como estudiante. Entré a
trabajar como ayudante de anatomía patológica, es decir, mi primer trabajo fue
muy duro, muy pesado, tenía que hacer autopsias. Siempre en Valparaíso, a pesar
de mi trabajo, hice militancia partidaria y prácticamente yo fui el fundador
del Partido en Valparaíso y recorrí los cerros, y los barrios e iba al
campo…»
Su gran amor
filial por su madre, doña Laura, católica devota, Salvador lo extendió a la
Mamita Rosa, mujer que conoció cuando ya era adolescente, empleada de una tía
suya. La Mamita Rosa no hacía sino representar a las ilustres pero anónimas
mamas que a lo largo de la historia de nuestro país habían criado a hijos que
no habían parido.
La Mamita Rosa
lo regaloneaba, le preparaba la cazuela, el chupe de locos y otros platos
favoritos, a su gusto. Un día, cuando él estaba en una de sus candidaturas, la
anciana llegó muy disgustada porque había ido a comprar a la Vega y sus caseros
se había reído de ella cuando les aseguró que su hijo era Salvador Allende. Éste
sintió que ella merecía un desagravio y decidió acompañarla al día siguiente y,
tomado de su brazo, ante todos los veguinos la llamó con alegría y amor:
«Mamita Rosa». También alcanzó a llevarla a la Moneda cuando fue investido
presidente de la República.
Antes de los
treinta años, Salvador Allende ya había sido elegido diputado. Pronto fue
designado ministro de Salubridad por don Pedro Aguirre Cerda, el primer
presidente de izquierda en la historia de Chile, elegido por el Frente Popular,
a fines de 1938. Como ya dijimos,al comienzo del nuevo año, en un cine, empezó
un fuerte temblor, Allende conoció a la que sería su esposa, una mujer menuda y
bella, de ojos impresionantes, profesora de Historia: Hortensia Bussi.
Con el
terremoto de enero de 1939, Allende demostró su asombrosa capacidad de
organización. A la cabeza de los médicos de este país, inició la mayor obra
médica, social y solidaria para enfrentar una tragedia que había asolado a una
región entera dejando millares de muertos y heridos.
Amistad de
Allende y Neruda
Amor a la vida,
humor, la acción, la audacia, el compromiso y consecuencia son, sin duda,
algunos de los factores que incidieron en la amistad entre Allende y Neruda,
como también el hecho de haber sido senadores en el mismo período. Ambos
vivieron idénticos motivos vitales y fueron estremecidos por similares
experiencias. Llegan al apogeo de sus existencias cuando uno es presidente de
la república y el otro recibe el Premio Nobel mientras representa a Chile en la
embajada de Francia. Le corresponde al presidente
Allende dar a conocer al país que el poeta ha sido galardonado con este premio.
En este momento de gloria, Allende expresa sobriamente:
«Por cierto que no es ésta la oportunidad de señalar o bosquejar
aunque fuera en forma muy somera la obra de Pablo Neruda, cuya prodigiosa
imaginación alcanza todos los aspectos de la vida del hombre, quiero destacar
que nada ha escapado a la imaginación de este poeta nuestro. Sus libros y sus poesías están traducidos desde hace tiempo
a todos los idiomas. Sin embargo,
es útil decir que éste es el premio al poeta comprometido con su pueblo, el que
ha paseado por sus versos una fase significativa de su tarea; por eso es
natural que en esta hora sea el pueblo el que con mayor alegría festeje a su
compatriota, a su hermano».
Esa amistad que
los unía no pudo evitar traslucirse en dicha comunicación:
«Personalmente tengo motivos muy especiales para
sentirme en este instante conmovido por esta distinción que se otorga a Pablo,
con quien durante tantos años participara en los combates populares. Fue un compañero de muchas giras en el Norte, Centro y Sur
de Chile. Siempre recordaré con emoción cómo el pueblo que escuchaba nuestros
discursos políticos escuchaba con emoción y en silencio expectante la lectura
que Pablo hacía de sus versos. Qué bueno fue para mí ver la sensibilidad del
pueblo y cómo los versos del poeta caían en el corazón y la conciencia de las
multitudes chilenas».
Fue portentosa
la indiferencia de los medios comunicacionales ante el Premio Nobel conferido a
Pablo Neruda. Dos factores principales la explican: uno político y el otro,
acultural. El suprapoder que estaba gestando el golpe de Estado tomaba una
medida política contra el gobierno de la Unidad Popular y este gobierno estaba
siendo bloqueado. Se unía al sectarismo el afán de minimizar el suceso cuando
el Nobel lo recibía Neruda, no sólo un poeta famoso sino también un
representante de la izquierda de ese tiempo: una izquierda consecuente.
Por si fuera poco,
ese poeta era el embajador del gobierno de Salvador Allende en Francia. El
manejo de los medios de comunicación por el suprapoder afectaba, como siempre,
al continente entero. También conviene recordar que en esos días Neruda estaba
realizando una gran actividad para dotar de obras de arte al Museo de la
Solidaridad, nacido como una forma del arte y el pensamiento para combatir el
bloqueo.
El factor
acultural indica en qué medida se menosprecia en nuestro país y en todo el
continente el acontecimiento artístico o literario: la cultura no es noticia,
la cultura no vende. Digo todo el continente, porque ningún medio envió
reporteros. De Chile, fuimos Sergio Silva, locutor de Televisión Nacional y yo,
responsable en el diario El Siglo de mi columna cultural «No sólo de pan...» El aculturalismo
impregnaba a otras instancias políticas de la misma izquierda que no hicieron
ni el menor esfuerzo por enviar un representante a Suecia en esas
circunstancias.
Indiscutiblemente,
el Premio Nobel para Pablo Neruda fue la máxima expresión cultural del período.
En Chile, la
alegría de tener otro Premio Nobel después de Gabriela Mistral, quien lo
recibió en 1945, fue refrendada con una de las trascendentes, pero también muy
olvidada, iniciativas del presidente Salvador Allende: la publicación de la Antología Popular de Pablo Neruda,
por la que el vate no percibiría derechos de autor. Formato grande (1/4), con
prólogo de Allende, ciento veintiséis páginas y una breve columna
biobibliográfica en la contratapa; se advierte al inicio:
«Este libro no puede ser puesto en venta. Su finalidad es
que llegue en forma gratuita al pueblo chileno».
El «Colofón»
reza:
«Este libro, que contiene algunos de los poemas de Pablo
Neruda tomados de sus diversas obras, ha sido impreso por orden del Presidente
de la República, compañero Salvador Allende, para ser distribuida entre los más
amplios sectores del pueblo chileno.
La selección fue confiada por el autor a Homero Arce y el
trabajo se realizó entre este escritor y el poeta en su casa de «La Manquel»,
aldea de Condé-sur-Iton, de la Normandía francesa, en el mes de septiembre de
1972.
Fue impreso en los Talleres Gráficos García, terminándose el
20 de noviembre de 1972».
Esta Antología
no alcanzó a repartirse en su totalidad y la mayor parte de la edición fue
quemada por Carabineros en la Editorial Quimantú.donde se hallaban almacenados
los ejemplares.
Vida Cultural
Muchos
acontecimientos bajo el gobierno de Allende revelaban una gran participación de
artistas e intelectuales en el acontecer nacional. Ya durante la campaña, a
partir de una idea del pintor Guillermo Núñez, se realiza una exposición de
serigrafías de cuarenta artistas que se presenta simultáneamente en ochenta
lugares del país en 1970. En Santiago, la inaugura Salvador Allende en la carpa
de un circo instalada en el Parque Forestal, frente a la Escuela de Bellas
Artes y detrás del Museo.
A medida que
iba tomando vuelo la cuarta campaña presidencial de Allende, los comités de la
Unidad Popular (CUP) rivalizaban en iniciativas, entre ellos, el CUP de
Artistas Plásticos. Primero, fueron los murales callejeros, después una carpa
en el Parque Forestal, ante la Escuela de Bellas Artes. Se
abría al público con manifestaciones diversas de arte y allí se ofrecieron
muestras del cine cubano. Comenzaron a hacerse
exposiciones callejeras en los barrios más apartados. Los artistas salían a
pintar murales en espacios abiertos y algunos cometieron la audacia de pintar
los muros de la canalización del río Mapocho. Esta intensa actividad culminó
con el álbum de serigrafías de los exponentes, entre las cuales se destacaba
una espléndida cabeza de caballo de Delia del Carril. De esta serigrafía, el
artista Guillermo Núñez obtuvo muchas copias y se vendía a muy bajo costo, de
modo que se podía hallar hasta en casas muy modestas.
Durante el
gobierno de Allende, tampoco amainaron las realizaciones e iniciativas de los
artistas plásticos y se fueron plasmando en las muestras realizada en el Museo
de Arte Contemporáneo, en la Quinta Normal, por iniciativa de su director
Guillermo Núñez: las Cuarenta «Medidas del
Gobierno Popular», «Los
grabadores de La Granja», «Las
brigadas muralistas», «Encuentro
Chile-Cuba», «Museo de la
Solidaridad», «Apoyo a la lucha
del pueblo brasileño. No a
la Bienal gorila». En «El pueblo tiene arte con Allende» se presentó Delia del
Carril con una de sus obras. ¿Qué interpretaba su caballo? Acaso la metáfora.
Delia del
Carril presenta en aquella ocasión una cabeza de caballo que va a terminar
siendo su obra más difundida y reimpresa hasta ahora. Después del triunfo de
Salvador Allende, también por iniciativa de Guillermo Núñez, en los festejos de
la transmisión del mando, son repartidas en los alrededores de la Moneda diez
mil carpetas con dieciséis dibujos en offset inclusive la famosa cabeza.
Mucho después,
al trabajar en el Instituto de Arte Latinoamericano de la Facultad de Bellas
Artes de la Universidad de Chile, bajo la dirección de Miguel Rojas-Mix, conocí
a Carmen Waugh, cuya eficiencia marchaba al compás de su silencio. Carmen fue
la directora del Museo de Solidaridad «Salvador Allende» hasta que la echaron
ahora en este año de 2005. Muchos años después, ya en «democracia transicional,
transitoria o transitiva», un día invité a mis alumnos a conocer ese museo;
para mi sorpresa, encontré bastante resistencia. Al fin, uno me dijo: «mire, profe, no nos da la gana de ir a ver panfletos
políticos, afiches y cosas por el estilo». Cuando les dije que se
trataba de arte moderno, se entusiasmaron, lo recorrieron con sumo interés y
algunos volvieron.
La llegada al
Instituto de Arte Latinoamericano del crítico de arte brasileño Mario Pedrosa,
el organizador de la Bienal de Sao Paulo, sería determinante para echar las
bases del Museo de Solidaridad, por iniciativa de José María Moreno y Galván y
el apoyo de los artistas de todo el mundo al Comité Internacional de
Solidaridad Artística con Chile. Entre los integrantes de este comité se
hallaban Louis Aragon, Giulio Carlo Argan, Rafael Alberti, Aldo Pellegrin.
En ese período
comenzaron a llegar a Chile muy importantes obras de los maestros de este
siglo: Joan Miró, Calder, Franz Stella, Quaytman, Chillida, Carlo Levi. Desde
Montevideo, doña Manolita Piña, la viuda de Torres García, regaló un cuadro de
su esposo y lo envió por intermedio del doctor Emilio Ellena.
El Museo de la
Solidaridad «Salvador Allende» perteneciente al pueblo de Chilecontiene la más
importante colección de arte contemporáneo existente en nuestro país y una de
las más representativas de América Latina.
Artistas e
intelectuales progresistas habían venido participando ciega y activamente en la
campaña contra la guerra civil, de la que era motor Pablo Neruda. Aún no
hacía un mes que se había estrenado Las troyanas, de Eurípides, en versión de
Jean-Paul Sartre, bajo la dirección de Pedro Orthous. Sufríamos con el dolor de
Hécuba y Andrómaca y no queríamos que nuestro destino se identificara con el de
ellas.
Bajo la
consigna «no a la guerra civil», lanzada por el Partido Comunista, se habían
venido realizando peñas, encuentros, concursos, exposiciones. Recuerdo un
cartel de Gracia Barrios: una madre amamantando a su niño, la sombra de ambos
manchada con sangre. La Sociedad de Escritores de Chile había llamado a un
concurso de poesía, cuento, etc., con el tema impuesto por la consigna: «No al
fascismo, no a la guerra civil».
Durante el
gobierno de Allende, tampoco amainaron las realizaciones e iniciativas de los
artistas plásticos y se fueron plasmando en las muestras realizada en el Museo
de Arte Contemporáneo, en la Quinta Normal, por iniciativa de su director
Guillermo Núñez: las «Cuarenta Medidas del
Gobierno Popular»,«Los grabadores de La Granja», «Las brigadas muralistas», «Encuentro Chile-Cuba», «Museo de la Solidaridad», «Apoyo a la lucha del pueblo brasileño. No a la
Bienal gorila». En «El pueblo tiene arte con Allende» se presentó
Delia con una de sus obras. ¿Qué interpretaba su caballo? Acaso la metáfora.
Parece borrado
de la memoria colectiva el alucinante acto oficial organizado para recibir al
Premio Nobel Pablo Neruda en gloria y majestad.
El Estadio
Nacional dejaba ver vacía no menos de la mitad de las localidades. El
Presidente Allende se hallaba fuera del país. En la tribuna de honor,
se podía ver al general Prats y a José Tohá. Estaba todo el cuerpo
diplomático. En un momento dado, se sintió mal Nada Radovic, esposa del
embajador de Yugoslavia, pero se esforzó para disimular el malestar... Después,
Sanda Dumitrescu, esposa del embajador de Rumania, me diría que tuvo que poner
a prueba el dominio de sí para no ponerse de pie y salir del recinto: uno de
los números del programa era una larga presentación de perros policiales
amaestrados; los uniformados obligaban a los perros a hacer toda clase de
destrezas, inclusive perseguir a un hombre y capturarlo... Sanda exclamaba: «¿Cómo pudieron presentar esas pruebas? ¡Hemos
revivido lo que nos hacían con sus perros los nazis durante la ocupación!»
Esos perros y los recuerdos de Hormiga sobre la guerra
civil española sonarían después como anuncios no oídos de lo que vendría.
Volví de Cuba
el 28 de agosto de 1973, luego de un mes de estancia en la isla, invitada por
el diario Granma. Era de noche y Santiago estaba a
oscuras. Pasé por el diario y sólo había un reportero de turno. Me dijo
que todos estaban en la peña de René Largo Farías celebrando el aniversario de
El Siglo. Fui y los encontré felices. Entre los invitados estaban Víctor Díaz y
su esposa Selenisa Caro. Víctor había sido tipógrafo de la Editora Horizonte.
Siempre me llamaba la atención ver a este hombre moreno de apariencia ruda
tratar con tanta dulzura y delicadeza a su rubia mujer; parecía que los dos
juntos creaban un círculo impenetrable a su alrededor. Pregunté qué estaba
pasando. Le dije al director Sergio Olivares que no entendía nada, pues en el
lobby del «Habana Libre» acaba de encontrarme con Fresia, la esposa de Samuel
Riquelme, subdirector de Investigaciones, que me contó llorando a lágrima viva
que su marido la mandó a Cuba con la hija para salvarla de lo que se venía
encima. Olivares desestimó el asunto como si fuese un chisme de
menor cuantía. Los días sucesivos me dediqué a escribir mis crónicas del viaje
hasta que terribles dolores cervicales me condenaron a un cuello ortopédico, a
un tratamiento de kinesiterapia y a quedarme en cama. El viernes 7 de
septiembre, después de almuerzo, se detuvo un Mercedes Benz ante mi edificio:
algo insólito. Subió a mi departamento un señor que al principio no reconocí
porque venía de civil: el coronel Arturo Barros Vecchiola, ex agregado militar
en Estados Unidos, ex director de FAMAE (Fabrica de Material de Guerra del
Estado). Qué sorpresa. Don Arturo, me conocía desde niña, porque su hermana
Laura fue mi profesora de historia en el Liceo Nº 6 de Niñas. Don Arturo me
advirtió que a muy poca gente había visitado.
Me dijo que se
iba a dar el golpe y que yo me quedara en casa. Me habló de que se pondría
orden y se respetarían todas las medidas de beneficio para el pueblo, sobre
todo en salud y educación y derecho del trabajo. Algo le conté sobre mi reciente
viaje a Cuba, pero lo sentí distante. En cuanto se fue, pese a lo enferma que
estaba: andaba con una minerva y no había movilización, fui al Canal Nueve de
la Universidad de Chile donde se haría el último programa en que yo intervenía,
la semana Cultural, pues se cerraría el canal. Sergio Ortega me dijo que fuera
a Teatinos. «Esperé mucho tiempo. Hablé con Orlando Millas y se rió de mí: ¿Qué te dijo el
coronel Barros del general Prats?» Que es un traidor, le
respondí. ¿Ves? Ese caballero está equivocado. Quédate tranquila.
A Augusto
Olivares, nacido en Punta Arenas el 27 de junio de 1930, hijo de un oficial de
ejército, llamado cariñosamente por sus colegas el «Perro Olivares», lo conocí
personalmente cuando yo trabajaba en China y lo invitamos a mi departamento con
unos pocos chilenos que vivíamos en el «Ioí-ping Huan» u Hotel de la Amistad de
Pekín. Me sorprendieron su sentimentalismo y afectividad sin
disimulo unidos al invariable sentido del humor de este muy conocido periodista
político, fundador de la revista Punto Final. Al casarse con Mireya Latorre, el
Perro Olivares concitó mayor simpatía irradiante del cariño popular por la gran
dama del teatro y la televisión. Con Mireya, hija del escritor Mariano Latorre,
Premio Nacional de Literatura, formaban un neto hogar de intelectuales
comprometidos con la izquierda. Gran amigo de Salvador Allende, estuvo a su
lado como asesor político y miembro de su equipo de prensa. Su suicidio en la
Moneda no es sino la digna decisión de un hombre que tuvo la visión de las
vejaciones y torturas a las que sería sometido y que no estaba dispuesto a
aceptarlas. Habría corrido la misma desdichada suerte de mi inolvidable amigo
de adolescencia Arsenio Poupin, del doctor Eduardo Paredes, Jaime Barrios,
Domingo Blanco Tarres o el doctor Klein.
Ese año de
1973, se conmemoraban los cuatrocientos años del nacimiento de Molière y
esperábamos con entusiasmo la ya anunciada visita de la Comedia Francesa; pero
en el curso de la primera semana de septiembre, la Embajada de Francia avisó
que se había suspendido el viaje de tan importante compañía.
El 11 de
septiembre de 1973, estaba anunciada la inauguración de una exposición contra
el fascismo y la guerra civil en la Universidad Técnica del Estado (UTE), en la
que cantaría Víctor Jara; él también era funcionario del área de extensión y
comunicaciones de dicha universidad.
Del 11 al 12,
la UTE fue sitiada y bombardeada durante toda la noche. En el operativo se
emplearon hasta tanques. Adentro se hallaban seiscientos profesores, estudiantes
y funcionarios decididos a defender su universidad. Dentro de un clima de
pánico, había tareas que cumplir. la gente no caminaba, sino que se arrastraba,
evitando los impactos de la metralla.
Tolerancia
La tolerancia y
consecuencia de Allende fueron ajenas a toda presión; así lo ratificó de muchas
maneras. En lo internacional dio muchas pruebas de ello y no fue la menos
importante la de reunirse con el general Alejandro Lanusse, presidente de
Argentina para firmar en Salta la Declaración Conjunta Chileno Argentina, en
1971. Tolerancia y amplia visión política lo impulsaron a entablar relaciones
diplomáticas con la República Popular China, la nación más grande del mundo, a
reanudar relaciones con Cuba, a relacionarse con todos los países de la tierra
acabando con las exclusiones mezquinas. También la demostró cuando recibió a
los huelguistas del Teniente en la Moneda y por ello recibió la pública condena
de los partidos socialista y comunista.
Fue la
tolerancia el sustento del más revolucionario de sus planteamientos la vía
chilena al socialismo. Allende vivió convencido hasta el fin de que «El pueblo de Chile está conquistando el poder
político sin verse obligado a utilizar las armas. Avanza en el camino de su
liberación social sin haber debido combatir contra un régimen despótico o
dictatorial, sino contra las limitaciones de una democracia liberal. Nuestro
pueblo aspira legítimamente a recorrer la etapa de transición al socialismo sin
tener que recurrir a formas autoritarias de gobierno», como lo
afirmó en su Primer Mensaje al Congreso Pleno. Por esa convicción dio su vida.
Salvador
Allende había sido elegido presidente de la república en 1970, sin embargo es
conveniente reiterar que no había sido elegido por mayoría popular, pues sólo
obtuvo poco más de un tercio de los votos, treinta y seis por ciento, con una
leve superioridad sobre la segunda mayoría. Mayor proporción de
votos. El treinta y nueve por ciento, obtuvo en 1964.
Su elección fue
decidida por el Congreso y aquí sí que estaba representado el sesenta y cuatro
por ciento del electorado chileno que votaba por cambios profundos, por
opciones de socialismo (el candidato demócrata cristiano Radomiro Tomic
proclamaba el socialismo comunitario). Salvador Allende no tenía el enorme
poder que confiere el voto directo a la mayoría absoluta en una elección.
Este factor no
ha sido suficientemente considerado entonces ni después, como tampoco se ha
hecho una reflexión profunda sobre la importancia de Salvador Allende en
nuestra historia, acerca del tremendo significado del Programa de Cuarenta
Medidas, del significado del gobierno de la Unidad Popular ni de los errores
cometidos por todos los partidos de la izquierda y proyectados hasta el
presente.
Un Testimonio
fe la Isla Dawson
En el verano de
1976, ya había noche cerrada al fin de otra jornada en la Isla Negra. Estábamos
leyendo. De repente, Matilde se anima, va a buscar una fuente y dos botellas de
vino, me pasa una y me advierte: «Cuídala como hueso de santo». Partimos en
medio del mayor misterio y la absoluta oscuridad a la casa de la vecina. Nos
recibió Lala de Bulnes y pasamos. Estaban Carlos Matus y su mujer; él acababa
de recuperar la libertad y se hallaba en vísperas de partir al exilio.
Lala, suave,
serena, nos contó las patochadas con que la habían tratado cuando fue a ver a
su hija presa; un guardia hasta revisó uno por uno los tampones higiénicos que
la madre le llevaba. Lala, muy serena, lo dejó hacer, luego le dijo: «bote todo
eso, ya no sirven porque usted les metió los dedos».
La esposa de
Matus, por su parte, dio a conocer la situación de Daniel Vergara, a quien
admiraban por su constancia para ejercitar la mano que le habían herido poco
antes de embarcarlo para la isla Dawson. El mal que fosilizaba su piel, tornaba
más dificultosa la rehabilitación.
Carlos Matus,
economista que en sus ratos libres pintaba cuadros admirables, no podía evitar
hablar de lo acumulado desde que el 11 de septiembre de 1973 entraron en la
Escuela Militar treinta y tres colaboradores directos de Salvador Allende: él
mismo, José Tohá, Jaime Tohá, Daniel Vergara, Clodomiro Almeyda, Arturo Jirón,
Orlando Letelier, Edgardo Enríquez, Patricio Guijón, Alfredo Joignant, Osvaldo
Puccio, Carlos Morales, Carlos Lazo, Fernando Flores, Aníbal Palma, Aniceto
Rodríguez, Eric Schnake, Miguel Lawner, Osvaldo Puccio, Orlando Budnevich,
Enrique Kirberg, Adolfo Silva, Jaime Concha, Vladimiro Arellano, Hugo Miranda,
Julio y Tito Palestro, Carlos Jorquera, Sergio Bitar, Luis Matte, Miguel Muñoz,
Hernán Soto. Se notaba que procuraba atenuar el recuerdo del dolor, pero lo
vivido era más intenso y nos alucinaba. Se nos apretaba la garganta al oír
tantos sufrimientos, como los de Pedro Felipe Ramírez, a quien le anunciaron
que ya podía partir y al último minuto le quitaron la autorización...
Mario Carreño y
su Mujer, la Pintora Ida González
A Ida González
yo la conocía desde que llegó, niña, a un curso inferior al mío en el Liceo N.
6 de Niñas, que fue fundado por Gabriela Mistral. Idita
provenía de las mismas tierras de la fundadora, pues nació en Vicuña. Muy
alegre, con los ojos verdes siempre rientes, ya se destacaba por sus dotes de
pintora. Las mismas profesoras del Liceo la orientaron para que
siguiera estudiando en la Escuela Experimental Artística. La fui a ver. A Mario
Carreño lo encontré rodeado de su serie de cuadros con mascarones del mundo
nerudiano. Me contó que una de las hijas había ganado un premio de pintura
infantil. La entrevistaron en «El Mercurio»
y dedicó su premio a su madrina, que estaba lejos. Nada de esto podía llamar la
atención, salvo que, de habérselo preguntado, la niña habría dicho que su
madrina era la Payita, es decir, Miria Contreras Bell, secretaria de Salvador
Allende...
A Mario le
había ocurrido algo insólito. Días antes del golpe soñó a su comadre llegando
de blanco, muy angustiada. Él no pudo disipar la pesadilla, porque la revivió
de madrugada.
Llamaron a la
puerta de su casa. Carreño vio en el umbral a Payita vestida como enfermera. Llevaba
días huyendo. El hijo de unos amigos la había estado llevando en interminables
recorridos por la ciudad, hasta que se hacía de noche y la guarecían para
dormir. Payita aún nada sabía de su hijo, quien la había acompañado hasta la
Moneda y se lo habían arrebatado a la entrada de Morandé 80. Subió con la
esperanza de que el Presidente la ayudara a salvarlo... El bombardeo. El doctor
Allende, muerto. El hijo perdido para siempre... Al pintor Carreño le costaba
comprender tanta infamia. Pronto, Payita estuvo asilada.
Entretanto,
Carreño sufría siniestras presiones y ofensas. El nuevo decano de la Facultad
de Bellas Artes había llegado a su casa en Valenzuela Castillo, vestido todo de
cuero negro, montado en su motocicleta; se bajó y se desabrochó la bragueta y
mientras le orinaba la puerta de calle, le gritaba alusiones a su país de
origen y soeces improperios...
Muerte Limpia
Mucho se ha
lucubrado sobre la muerte de Salvador Allende, y también calumnias soeces
pretendieron enlodarlo.
El doctor
Arturo Jirón nos entregó en Caracas su directo testimonio de los sucesos de la
Moneda del 11 de septiembre de 1973. Esa madrugada, Arturo invitó a un amigo y
colega suyo, muy ajeno a la política, el doctor Patricio Guijón, de quien
conocía sus dotes de cirujano; por cierto, ambos habían sido discípulos de un
cirujano eminente, don Arturo, el propio padre de quien llegó a ser ministro de
Allende. No sólo se trataba de una gran responsabilidad médica,
sino también de valor, nos dijo Arturo. Tras cuatro horas de
combate, luego que el presidente Allende les hubo exigido a todos sus acompañantes
que abandonaran la Moneda, éstos salieron por Morandé 80. Pero al
doctor Guijón se le ocurrió una peregrina idea: «Ya que estuve en una guerra,
¿por qué no llevarme un recuerdo de ella?» Se devolvió pensando en el casco que
había usado y, en eso, vio el fulgor. La violencia del impacto lo estremeció
obligándolo a apresurarse y entró.
El presidente
Allende estaba sentado en un sillón, los sesos desparramados por la pared. El
doctor Guijón tuvo un reflejo sólo comprensible en un médico: se acercó y cogió
la muñeca de Allende para tomarle el pulso; después entró el coronel Palacios,
lo detuvieron y lo obligaron a declarar por televisión atestiguando el suicidio
de Allende. Comenzó su via crucis. A este hombre inocente lo vituperaron
partidarios y enemigos de Allende y vivió un amargo exilio interior. Por otra
parte, a Arturo Jirón le tocó vivir la pesadilla que culminó en la isla Dawson
donde debió ser el médico de los presos y de los soldados viviendo tensiones
tales que culminaron con una incontenible hemorragia provocada por una úlcera
estomacal reventada. Al fin, en grave estado lo transportaron al hospital de
Punta Arenas…
La muerte de
Allende sigue siendo para los pueblos un asesinato encubierto de suicidio. Hay
algo irrefutable: Allende estaba dispuesto a rendir la vida, pero no a
suicidarse.
El inspector de
Investigaciones Pedro Espinoza declaró oficialmente que era un «suicidio
atípico» . ¿Querría decir un acto casual?
El doctor
Guijón al devolverse a buscar el casco, vio el resplandor previo a la
detonación. Un suicida asegura la boca del arma introduciéndola en su propia
boca, porque, por muy inexperto que sea en el manejo del arma, sabe que el
retroceso exige afirmarla muy bien. En este caso, la boca del fusil estaba a
distancia del mentón de Allende. Él no era un perito en armas y la suya,
bastante compleja, sin duda tenía cargadores intercambiables, con un selector
de tiro al lado derecho que, de seguro, de sus tres fases –ráfaga, tiro a
tiro, seguro —estaba en la segunda. Se sabe que las armas
poseen un embrujo que incita a acariciarlas, es posible que en ese gesto
maquinal haya presionado el disparador. Como en la chaqueta
tenía una tarjeta con el teléfono de la Embajada de la India, se puede deducir
que ese era una suerte de apoyo esperanzador para acudir a un eventual último
refugio.
Armando Moreno
Martín, miembro de la Sociedad Chilena de Historia y Geografía y organizador
del monumental Archivo de Carrera, nos ha contado que le preguntó al coronel
Sergio Larraín, también miembro de la misma Sociedad, médico sanitario y uno de
los participantes en la autopsia de Salvador Allende, si se hallaron huellas de
alcohol o drogas en su cuerpo. Este oficial le respondió que no había en el
cadáver indicio alguno de tales elementos. Moreno Martín, por su parte, cree
que Allende no tuvo nunca el propósito de suicidarse. A su juicio, en el caso
de que el mismo presidente haya disparado, se debería a que, muy agotado o en
estado de máximo stress, al sentarse a reposar un momento, habría accionado,
sin darse cuenta, el gatillo de su arma...
Saqué del
Registro Civil el documento con el registro de la defunción de Salvador
Allende. Esta partida se efectuó el siete de julio de 1975, en Independencia Nª
6, departamento de Santiago, Inscripción Nº 593. Requirente: Segundo Juzgado
Militar de Santiago. Que comprobó la defunción con el certificado del médico
Tomás Tobar Pinochet y José Vásquez Fernández, fojas 448.
Dicha partida
inscrita un año y diez meses después de la muerte. señala que falleció el 11 de
septiembre de 1973 a causa de «herida de bala cérvico buco craneo encefálica» .
En «observaciones» se inscribe: «Inscripción practicada según oficio 499 de
fecha 3 de julio de 1975 del Segundo Juzgado Militar de Santiago. Documentos
archivados con el Nº 499, 450 y 451» . Firma y sello del oficial civil Lya
Barría Barrientos.
Toda conjetura
sobre su determinación final es irrelevante para quien dijo en sus «últimas
palabras» que su sacrificio sería «una lección moral que castigará la felonía,
la cobardía y la traición» Fue asesinado. Por sobre todo, se
impone su última decisión política: poner a resguardo el Acta de la
Independencia firmada por Bernardo O’Higgins en Talca el 12 de febrero de
1818. Para este efecto, le encomendó a su secretaria Miria Contreras Bell, la
Payita, que la sacara de la Moneda y la entregara a un soldado (sic). Ella
cumplió su cometido y vio con horror cómo el soldado hacia añicos el sagrado
papel.
Nunca podremos
conocer los íntimos pensamientos del solitario de la Moneda. Hayan sido cuales
fueren, cumplió su palabra: «Soy y seré el
presidente. Sólo me sacarán muerto» .
Algo tangible
queda de esas horas: sus cinco alocuciones al pueblo de Chile: a las 07.55, a
las 08.15, a las 08.45 y a las 09.03, desde la Radio Corporación y la última, a
las 09.10, desde la Radio Magallanes. En una dijo: «no soy apóstol ni mesías ni
mártir: sólo un luchador social».
Pionero en la solidaridad
con la Revolución Cubana triunfante en 1959 y en la ayuda precisada por los revolucionarios del continente, nadie puede dudar
de la actitud internacionalista
de Salvador Allende; se le puede aplicar
la definición que hizo de Lenin el poeta salvadoreño Roque Dalton:
«no traicionó a
su hermano ni lo denunció ante las masas como aventurerista y anarquista ni lo
dejó solo en la montaña enfrentando a todos sus enemigos porque él hubiera
dicho, en su momento, a los reformistas: «Este no será nuestro camino».
A treinta y dos
años de la conmemoración de su muerte, la izquierda chilena desintegrada, pero
con algunos de sus exponentes en diversos ejercicios, sigue eludiendo una
valoración integral de la vida y obra de Salvador Allende y un análisis
exhaustivo de la experiencia de la Unidad Popular. Se falsea, borra y rebaja su
memoria y, como se ha denunció en publicación de prensa, hasta el 2001, se
prohíbía publicar libros sobre Allende. El culto al olvido se está convirtiendo
en la característica principal de la identidad de los chilenos.
En cambio, su
personalidad y la experiencia de la Unidad Popular han sido objeto de estudio
cabal tanto en los centros de poder, especialmente de las metrópolis, sobre
todo al elaborar políticas para el tercer mundo, como también por gobiernos y
partidos más decididos a generar el poder que a delegarlo o a renunciar a él.
Más allá de las
«pequeñas colinas» —así
llamó el Che Guevara a las adoradas concejalías y escaños parlamentarios que se
disputan reaccionarios y renovados—, Salvador Allende quería ser
presidente para avanzar en al conquista del poder político para el pueblo; de
su consecuencia y raro valor dejó prueba imborrable con su vida y con su
muerte. Por algo, el nombre de Salvador Allende se ha impuesto como el símbolo
más limpio y puro de lo que pudo ser Chile, para la mayoría de los pueblos.
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Virginia Vidal |