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SALVADOR ALLENDE AL BORDE DE LA VIDA   Lista de mensajes  
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Rocinante, Agosto 2003

 

SALVADOR ALLENDE AL BORDE DE LA VIDA Jorge Arrate

Cada aniversario del golpe de 1973 despierta la a veces somnolienta admiración por Allende.

Pero el tiempo, de septiembre en septiembre, ajusta las miradas.

Los primeros años, con tonos apologéticos, rechazábamos la idea del suicidio. Si bien no era negada la respetabilidad de la opción, la muerte de Allende por mano ajena parecía, en el imaginario de izquierda, más coherente con la idea de la lucha sin cuartel. Más importante aún, exigíamos a la historia que hubieran sido los golpistas los asesinos de Allende, como si la atrocidad de sus crímenes no bastara para condenarlos, entonces y ahora.

Tiempo más tarde, en una columna en el fenecido diario "La Época", mi conclusión fue distinta a la de catorce años antes: suicidio o asesinato no hacían una gran diferencia. Quienes lanzaron "rockets" sobre La Moneda lo habían hecho con el propósito de ultimar a sus defensores. Allende y los suyos comprendían cabalmente su desventajosa condición en aquella batalla y al resistir como lo hicieron no dejaron lugar a dudas sobre su disposición a morir. Unos querían matar, los otros aceptaban la muerte como destino inminente. Allende, como otros que allí cayeron, luchó con denuedo y perdió la vida en el combate desigual.

Con los años he ido comprendiendo que el suicidio de Allende fue un gesto con significados. Un gesto personal y en especial un gesto político seguramente meditado de modo prolijo.

Si algo caracterizaba a Allende como ser humano era la sensibilidad por su propia estima. Poseía un riguroso sentido del honor. Su concepto de honor estaba firmemente enlazado con el cumplimiento de la palabra solemnemente empeñada y con el respeto de su dignidad y la de sus funciones. Sentía un fuerte compromiso y una enorme responsabilidad frente a quienes, esperanzados, apoyaban su proyecto, a aquellos que habían tenido fe en sus discursos y propuestas, al pueblo. Había dicho que lucharía hasta morir, si era preciso. Y muchos, entre ellos algunos de sus adversarios, lo escucharon decir "me sacarán de aquí sólo con pijama de madera" o "saldré de aquí sólo con los pies por adelante". Allende nunca se imaginó como un derrocado Presidente latinoamericano, administrando en exilio las disputas de sus seguidores y produciendo una y otra vez explicaciones sobre su derrota.

Prever con exactitud ese 11 de septiembre era imposible. Tengo la convicción sin embargo que Allende alcanzó a imaginar partes del episodio. Quizá entonces ratificó una conducta. Era el jefe, no de un partido, de un movimiento o de un gobierno, sino el líder de un proyecto de inmenso significado universal: la audaz tentativa de realizar un segundo modelo de transición al socialismo. Ante la derrota pagaría con la vida, para dotar de orgullo a su pueblo, un pueblo que no debía dejarse masacrar. Para debilitar y denigrar a sus enemigos, traidores, cobardes, rastreros, al impedirles aprisionarlo y someterlo a indignidades. Para fundar un futuro, por lejano que fuera, en que otros hombres, otras generaciones, abrirían nuevas alamedas de libertad.

Allende era un revolucionario que creía en la democracia. Pertenecía a una estirpe que en el siglo veinte, en diversos lugares del planeta, escribió notables episodios de heroísmo y solidaridad. Eran gentes que pensaban que la vida, para ser plena, requería una gran causa, tan grande e importante que justificaba incluso la muerte. Que a veces hasta la hacía imprescindible.

Sí. El tiempo ajusta las miradas. Ocurrirá con la mirada colectiva sobre Allende, que ahora despierta cuando se acerca septiembre, que luego se aquieta, que a veces pareciera no existir. Mi certeza es que será más penetrante, más profunda y sostenida. Será así precisamente por la forma como Allende, ese 11 de septiembre, supo existir y morir en el borde de la vida.

 

 



Mar, 5 de Ago, 2003 10:32 pm

cecymorecl
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