En El
Periodista de hoy…
La mala educación
Escribe Luis CASADO – para El
Periodista - 28/05/2006
A veces las
weberías te dan motivos de orgullo. Navegando en Internet supe que Chile avanza
en un ambicioso programa de construcción de prisiones que duplicará la
infraestructura existente. La inversión supera los 280 millones de dólares y Ricardo Lagos ya inauguró
la primera cárcel antes del fin de su mandato. Si te intriga que en Chile los
gobiernos inviertan más en prisiones que en escuelas no te acojones, la razón
es simple: es raro que los ministros y los altos cargos vayan a la escuela. La juventud
se moviliza en estos días, hace gala de moderación y reivindica sólo lo
esencial: “beneficios
alimentarios”. Por alguna razón la juventud entiende que para
mejorar la calidad de la educación es bueno que los estudiantes coman: antes de
alimentar el espíritu hay que alimentar el estómago, de otro modo el ruido de
las tripas cubre la voz del profesor, ¡No te jode! También pide la gratuidad de
la PSU para los estudiantes pobres. El senador Escalona la exige para todos:
“Muchas veces, como los
parámetros técnicos no son perfectos, quedan con la prueba gratuita jóvenes que
tienen ingresos y los que no, la tienen que pagar”. Si
entendí bien, para el senador no se trata de justicia sino de evitarle
bochornos a los incompetentes que distribuyen los beneficios que acuerda el
Estado. Y no cuesta caro visto que la PSU recauda una miseria: unos ocho
millones de dólares. Lo caro en la educación privatizada son los privados y los
senadores que olvidan que estudiaron en colegios gratuitos. Otro tema es el de
la tarifa escolar, financiada hasta la fecha por los usuarios del transporte
colectivo. El Estado y el sector privado no ponen ni uno. La tarifa normal es
calculada tomando en cuenta que los estudiantes de menos recursos pagan tarifa
reducida. Se trata pues de solidaridad de gente modesta para con estudiantes
pobres. Los jóvenes piden la gratuidad del transporte y algún Arpagón tose
porque “involucraría recursos cuantiosos”.
No tantos en realidad. Otorgarle la gratuidad a medio millón de estudiantes
tendría un costo inferior a 50 millones de dólares al año, menos del 0,5 % del
excedente fiscal. No me digas que es demasiado: hoy por hoy lo pagan modestas
familias que ni se quejan de un transporte malo, caro y peligroso. No lo digo
yo, sino una webería que promueve el turismo en Chile: “Los buses urbanos,
llamados "Micros" son una amenaza, trate de evitar acercarse mucho a
ellos, son fácilmente identificables ya que están pintados de blanco y
amarillo” (gochile.cl). También está la Jornada Escolar Completa,
que exige pagarles bien a los profesores. Antes no se podía porque no había
dinero. Hoy no se puede porque según los linces del Banco Central “el aumento del consumo interno podría relanzar la
inflación”. Se ve que el mal ajeno es muy llevadero, o para
decirlo en las palabras de Quevedo “... a cada uno se ha de creer en la carga que lleva, que
a mi vista no pesa lo que al miserable le quebranta, y siempre se acuerdan los
hombros de lo que llevan, porque lo que ya llevaron o llevan otros no pesa.”
Puestos
a mostrar la incuria de quienes manejan la manija los jóvenes exigen derogar la Ley Orgánica Constitucional de Enseñanza, uno de los amarres de Pinochet. Que sean los jóvenes los que
le recuerden al país la necesidad de terminar con la Constitución del dictador
habla muy bien de las nuevas generaciones. Louise Michel decía que “la tarea de los profesores, esos oscuros soldados de
la civilización, es darle al pueblo los medios intelectuales para
rebelarse”. Nuestra juventud se adelantó a sus profesores. Y
falta que hacía, porque hay quién llega con un atraso de dos siglos a declarar
el estado de urgencia. El “Comité Central acordó convocar de manera urgente a una Conferencia Nacional
de Educación del PS(...), para abordar el tema de la reforma al sistema
educacional chileno y sus posibles soluciones”. Se ve
que no leyeron Los Miserables,
novela que Víctor Hugo publicó en el año 1862: “La igualdad tiene un órgano: la instrucción gratuita
y obligatoria”. Si la progresía del siglo XXI decide realizar
el programa de Víctor Hugo para el siglo XIX, vamos a necesitar plata.
Sobretodo si se trata de obtener instrucción de calidad. Al respecto Roberto
Pizarro afirma que “la calidad de
la educación es mala, pero no de todos. No lo es para el 8,5 por ciento de los
niños ricos de colegios privados (...) porque el gasto por alumno en colegios
privados es de US$ 2.772 anuales, mientras que el gasto público por alumno
alcanza sólo a US$ 600, vale decir cinco veces menos”. El
primer mundo que queremos imitar gasta unos US$ 9.000 anuales por colegial, y
el doble en los universitarios. Pero vamos de a poco. Si gastásemos US$ 1.000
más por año y por alumno, para un millón de alumnos necesitaríamos mil millones
de dólares. Menos de lo que representa el superávit estructural. El excedente
fiscal de este año podría financiar más de 10 años del incremento del gasto
educacional, sin ni siquiera cobrar royalty. A quién se reposa el culo en el
excedente fiscal le respondemos con Quevedo: “Digo, señor, que este bulto no es caudal, sino hinchazón de postema; y
así, mientras no se baja, cada día tiene más peligro; y quién quita este bulto
más sana que desminuye”. Y con Quevedo le despedimos: “Guarde Dios a vuestra Señoría de sí mismo y a todos
de vuestra merced para que vuestra Excelencia y todos estén guardados de lo
peor”.
Amén.