Cagándose en las
perolas
Escribe Luis CASADO (El Periodista 25/08/2006)
¿Sabes como se llama el Chief of Staff del ejército
norteamericano? ¿O el Chef d’Etat Major de la Marina Nacional
francesa? ¿Conoces la chapa del General Inspektor de la Luftwaffe alemana? No
te inquietes. Casi nadie les conoce, entre otros porque una de las obligaciones
de tales cargos es la reserva, lo que viene a significar que sin autorización
del poder civil deben cerrar el tarro. En los países democráticos, para bien o
para mal, el Comandante en Jefe de las fuerzas armadas es el presidente de la
república, el jefe de gobierno o el jefe de Estado. En una república que
financia desde los calzoncillos de un almirante hasta las velas del buque
escuela, desde los bototos del recluta hasta la gasolina de los blindados,
desde los meaderos del mess de los oficiales hasta los avioncitos F-16, la
única legitimidad de mando es la que entrega el voto ciudadano al elegir
democráticamente al primer mandatario. Tal vez por eso Georges Clemenceau, que
estaba dotado de un ingenio cáustico y definitivo, dijo que la guerra es una
cosa demasiado seria para dejársela a los militares. El mismo afirmaba que
basta con agregar el adjetivo militar a una palabra para que esta pierda toda
significación. La “justicia militar” no es justicia decía, como la
“música militar” no es música. En la copia feliz del edén aun no
nos enteramos y tenemos una “escuela militar”. Mejor aun, tenemos
una “academia de guerra” la que, visto el nombre, debe tener
pretensiones intelectuales. Todo el mundo sabe que cualquier cretino es capaz
de iniciar una guerra y no es Dobeliú Bush quién me desmentiría. Para ello no
hay que ir a la escuela y aun menos a una academia: basta con ser chalao de la azotea. Lo difícil es
hacer la paz, y para eso no hay escuelas ni academias. Si no me crees mira lo
que ocurre con Israel y los palestinos. En esta interminable guerra los
generales son numerosos, todos fueron a alguna “escuela militar” y
tal vez por eso perdura. Henri Jeanson, que veía el lado positivo de las cosas,
decía “La guerra justifica la existencia de los militares:
eliminándolos”. Se ve que no conoció las guerras de ahora, que sólo matan
civiles. Quienes fueron a alguna “escuela militar” cometieron el
Holocausto en Europa, las masacres de Nankin en China, el horror de My Lai en
Vietnam, bombardearon Dresden, tiraron la bomba atómica en Japón, organizaron la Operación Cóndor,
masacran iraquíes en Haditha, destrozan el Líbano, exterminan pueblos enteros
en Africa, la lista es larga. En la malla curricular de las “escuelas
militares” hay especialidades. Por ejemplo la “inteligencia
militar”, que es un oximorón. Otra alta especialidad es la tortura, que
es al adiestramiento militar lo que la anatomía a la medicina: el punto de
partida. Nuestros aliados estratégicos, los EEUU, lo comprendieron hace ya
tiempo y han creado, osemos el término, universidades para ello. Fort Benning
(Georgia) es una de esas “universidades militares” que enseña la
tortura. Últimamente, países que la sufrieron en carne propia han prohibido a
sus militares frecuentar Fort Benning, entre ellos Argentina, Brasil, Perú y
Bolivia. A la hora en que escribo ignoro si los militares chilenos siguen
frecuentando Fort Benning, eufemísticamente conocida como Western Hemisphere
Institute for Security Cooperation, pero sabemos que tu general Izurieta
propone rendirle homenaje a Pinochet lo que ya es todo un programa.
Afortunadamente el gobierno y el senador Escalona le han hecho ver a Izurieta
que está cagándose en las perolas pero la constitución mamarracho heredada del
dictador aun les permite a los “comandantes en jefe” hacer y decir
lo que les sale de la punta del nabo, incluyendo enormidades como lo del
homenaje al Sr. López. De donde es fácil concluir que la tan cacareada transición
no ha terminado y no terminará sino cuando se haya convocado una Asamblea
Constituyente que genere una constitución democrática. Una que establezca,
entre otras cosas, que ningún generalito puede cagarse en las perolas si antes
no recibe una orden del Presidente de la República.