Píldora totalitaria
Escribe
Sabido es que
Jesucristo no dejó ningún escrito. Sus enseñanzas son conocidas a través de los
Evangelios, textos escritos siglos después de su muerte y que nunca tuvieron la
pretensión de fijar el dogma, las verdades fundamentales en las cuales debían
apoyarse los cristianos. Inicialmente fue la comunidad cristiana quién definió
o expresó estas verdades, fuente que, conocida bajo el nombre de Tradición, fue
tanto o más importante que los Evangelios para todas las iglesias cristianas. A
la Tradición se le reconoció el carácter de “infalibilidad”, admitiendo que la comunidad cristiana
no puede equivocarse, unánimemente, en lo que toca a su religión. De ahí el
conocido adagio “Vox populi, vox Dei”
(la voz del pueblo es la voz de Dios) que de algún modo consagró el origen
democrático del pensamiento cristiano. Hasta que llegó el inenarrable Papa Pío
Nono e inventó que el infalible era él, y que a la comunidad cristiana le
podían dar morcilla. Para ello Pío Nono convocó un Concilio Vaticano que proclamó
en 1870, con la oposición de numerosos obispos, el dogma de la infalibilidad
papal. Para decirlo de algún modo, el pueblo cristiano tuvo que tragarse una
píldora totalitaria. Curiosamente, Gian Maria Mastai Ferretti, de frustrada
vocación militar, inició su papado aplicando medidas tan progresistas que hoy
en día la curia pontificia lo habría acusado de comunista. Pero a Pío IX el
progresismo le duró poco: unos dos años de los treinta y dos que duró su reinado.
Las revoluciones europeas de 1848 lo alejaron para siempre de toda veleidad
democrática y lo llevaron a afirmar un sinfín de enormidades como por ejemplo
que es útil que la religión católica sea considerada como la única religión del
Estado, que es la única verdadera, que en caso de conflicto legal entre el
poder civil y la iglesia debe prevalecer el criterio de la iglesia, e incluso
que "Socialismo y democracia son unas
calamidades” (Pío IX Qui
pliribus - 1846 ; Singulari
quidam - 1854; Syllabus
chap. IV). Tales aberraciones no son de extrañar en un tipo que se permitió
afirmar “No es contrario a la ley
natural y divina vender, comprar, o intercambiar un esclavo”
(sic). Tal vez por eso le premiaron en Santiago con el puente que lleva su
nombre. Si te cuento todo esto es porque conviene saber de donde viene la
autoridad moral y la eminente sabiduría que le permiten al Episcopado sugerir,
a propósito de la píldora del día después, que la política del gobierno sobre
fertilidad “recuerda políticas
públicas fijadas en regímenes totalitarios”. Uno no sabe si el
Episcopado se refiere al papado de Pío Nono, a