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Sobre el escrito de "La tierra suficiente"   Lista de mensajes  
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Queridos amigos:
 
Leí el escrito enviado por Francisca y se me ocurrió hacer un comentario. Al final descubro que se me olvidó mandarlo (creo que no lo he mandado, ¿no?).
 
Os lo mando como anexo así como dentro del mensaje.
 
Saludos,
 

La tierra suficiente

Gloria Hernández

Escritora y catedrática universitaria

Todas las mujeres llevamos dentro la tierra y la semilla. Somos proveedoras inagotables de cariño, de atención, de cuidados, de amor. La mujer primera lo sabía en su corazón. De allí que se hiciera agricultora. Sólo una conocedora real de la paciencia y del esmero pudo dedicarse a inventar el arte de cultivar. Y luego, enseñársela a los demás.

La imagen es ideal: una mujer feliz prodigándose a sí misma y compartiendo su esencia. Pero la escena no se completa a menos que haya con quién compartir esa riqueza interior. El traspié surge cuando, después de mucho tiempo invertido, como mujeres empezamos a preguntarnos quiénes nos escuchan, atienden y aman a nosotras. Porque entonces caemos en la cuenta de que muy pocas veces contamos con un interlocutor real. A pesar de las amistades, familias numerosas, hijos, esposos, parejas, novios o quienes vivan bajo nuestro techo.

En muchas latitudes, las mujeres crecemos aprehendiendo un programa inhumano que yo llamo "Todo corazón". Y así, nos entrenamos desde niñas a entregarnos completas a personas que no van a hacerlo con nosotras; a dejar nuestro pellejo en aras de las causas más inverosímiles pero, especialmente, a no esperar nada a cambio. Y entonces sucede lo que menos teníamos previsto. Nuestros esfuerzos por agradar a nuestros más caros y cercanos seres se vuelven tediosas obligaciones.

Nuestras personalidades como mujeres, esposas, amantes, madres, amigas se van volviendo invisibles. Nos convertimos en aquellos servicios que podamos prodigar. Somos, así, la que mantiene las relaciones públicas familiares, la que plancha, la que cocina, la que escucha los problemas, la que hace las compras, la que ayuda con su trabajo a "redondear" el ingreso familiar, la que presta su cuerpo para urgencias sexuales impersonales, la que lleva y trae a los niños de la escuela.

De allí que la soledad y el vacío se enseñorean en nuestros territorios emocionales. Los matrimonios y las uniones maritales son clarísimos ejemplos de todo lo anterior. Los emprendemos con toda la ilusión y la buena voluntad a nuestro alcance.. Ése que construimos a costa de nuestra despersonalización.

Abuelas, tías, hermanas, amigas y hasta mujeres que no conozco padecemos el mismo síndrome. Somos, estamos tan agradecidas con el caballero azul que vino a completarnos la vida que se la entregamos toda. Y si no estamos contentas todavía, regalamos por doquier los pedazos de nosotras que puedan haber quedado. La loable misión es muy cristiana: debemos servir a los demás. Pero absolutamente injusta. Porque, además, provocamos reacciones ajenas negativas.

Buena parte de las mujeres nos apretamos el cinturón ante la miseria y el desamor porque "así nos toca a nosotras", como alguna vez escuché decir a una amiga. Otras posponen los proyectos personales indefinidamente. Patricia iba a ser pianista, Olga, química bióloga, María Inés quería cantar. Sus más anhelados sueños no son más que recuerdos. Si les pregunto, aducen no haber tenido tiempo...

El tiempo no debiera ser la pérdida inexorable de momentos y de vida. El tiempo podría traernos la experiencia y la reflexión de la mujer primera. Aquélla de la tierra y de la semilla. Ésa que se bastaba a sí misma para ser feliz. Acompañada o solitaria. La que no esperaba redentores ni servía amos. La que no conocía las culpas. Aquella sembradora con la tierra suficiente para cosechar los frutos de los cuidados, de la misericordia y del amor primordial hacia sí misma.

Comentarios a "La tierra suficiente"

Paco Serrano

El escrito de Gloria Hernández refleja la posición ambigua de la mujer en la sociedad patriarcal ante el amor y el cuidado directo a los demás. Digo "directo", en el sentido de que normalmente, los cuidados de la mujer se vuelcan de forma individualizada hacia los seres queridos. Esto hace que, a primera vista, parezca que la única que se dedica al cuidado de los demás es la mujer.

También el hombre dedica normalmente la mayor parte de sus energías y de su tiempo al cuidado o servicio a los demás, solo que no de forma directa e individualizada como la mujer, sino a través de su trabajo fuera de casa. Por ello parece que el hombre se dedica a "sus cosas" y la mujer, al cuidado de los demás. No es cierto, normalmente, tanto el hombre como la mujer dedican, cada uno a su manera, una parte importantísima de su tiempo y energías al cuidado de los demás. De hecho, nunca en la historia de la Humanidad había puesto el varón tanta conciencia, entrega, tiempo y energías en el cuidado de la prole y las tareas del hogar como en los tiempos actuales, tendencia que está creciendo aceleradamente.

En general, no sólo la mujer sino todos los humanos estamos orientados hacia el amor y el cuidado mutuo. Todos y todas hemos tenidos la experiencia en la infancia de recibir, durante un largo período de tiempo, el cuidado maternal y paternal y por eso estamos inclinados de forma constante hacia los demás,  hacia la búsqueda y el encuentro con el Otro, en forma de amor sexual, paterno-filial, amistoso, … así como a la cooperación, ayuda mutua y a la asociación para las actividades diversas de la vida.

El ser humano no tiene más medio de reconocerse que en el Otro. Lo que sucede es que en la sociedad patriarcal predomina el sentido de lo individual y la idea de que el ser humano tiende al egoísmo, a la violencia y agresividad hacia los demás y en esa idea se nos educa. El individualismo, el egoísmo y la violencia o agresividad hacia los demás también es una componente general del ser humano (no sólo del varón, también de las mujeres), la contrapartida a la tendencia amorosa-cooperacionista antes mencionada. En general, la componente individual-agresiva juega un papel protector, limitador y equilibrador necesario, frente a la tendencia amorosa-cooperacionista. Depende del tipo de sociedad para que predomine y se prime en la educación uno u otro aspecto del ser humano. Parece que en la sociedad matriarcal predominó el aspecto amoroso-cooperacionista, mientras que en la sociedad patriarcal estamos viendo cómo predominan los aspectos individualistas, egoístas y agresivos. Posiblemente nunca en la Historia ha tenido la gente una conciencia tan limitada de la dimensión amorosa-cooperacionista de la sociedad como ahora, ni se han dicho tantas suciedades sobre el fondo "natural" individualista, egoísta y agresivo del "Hombre", la versión laica del mito judeo-cristiano del "pecado original".

Ese cuidado directo e individualizado de la mujer es la forma específica que reviste en la mujer esa inclinación del ser humano hacia los demás. Esta forma específica está originada en el papel especial de la mujer en la concepción, gestación y crianza de los niños, actividades que la mujer ejerce con su propio cuerpo, en contacto directo con el Otro.

Aunque la sociedad patriarcal se caracteriza por el predominio de los factores individualistas del ser humano, tendencia incluso acentuada en la sociedad occidental actual, no es menos cierto que la tendencia amorosa-cooperacionista se mantiene en todos nosotros, firmemente asegurada e implantada en todos nosotros, por ser la esencia de nuestras primeras experiencias y vivencias vitales. Pero la búsqueda del Otro, la ayuda mutua y la cooperación con el Otro se realiza mediante los patrones y condicionamientos sociales impuestos por el tipo de sociedad en la que nos toca vivir. Y estos condicionamientos son los de una sociedad patriarcal con base económica centrada en la producción de la mercancía y reproducción incesante del capital. Ello produce que los individuos realicen la búsqueda del Otro, la ayuda mutua y la cooperación con el Otro de una forma alienada, imperfecta, deformada, parcial; una forma que es y no es al mismo tiempo la manifestación espontánea y "natural" de esas tendencias hacia los demás.

Dice la autora del escrito que "las mujeres crecemos aprehendiendo un programa inhumano que yo llamo 'Todo corazón'". Sí es cierto que la mujer ha venido siendo educada para la entrega a los demás, los cuidados directos, el prodigarse y todas esas cosas que se indican en el escrito. En la sociedad patriarcal actual ese condicionante educativo es la base de la alienación femenina y por ello, la mujer suele cifrar sus esperanzas de reconocimiento social y vida amorosa en la actitud de atención y de cuidado directo hacia los demás. También el varón es educado para dedicar su vida al trabajo ligado a su mujer y sus hijos, aspecto que condiciona todos los aspectos de su vida hasta el final de sus días.

Pero entonces ya no es sólo la tendencia "natural" que nos lleva hacia los demás, sino la norma social que nos impone una actitud específica socialmente reconocida. Y, para que los individuos no perciban su alienación y evitar así que busquen su propio sistema de vida, todo ello se reviste de ideología. La ideología es que la mujer es un ser volcado hacia los demás, amante de sus hijos y de sus familiares, que se ofrece a los demás de forma generosa y que el hombre es un ser dedicado al bienestar de la familia mediante los frutos de su trabajo.

Por ello, muchas mujeres dan de forma compulsiva, sin que los demás lo pidan. En principio, hay un fondo generoso, de desprendimiento y de amor hacia los demás. Pero pasado un límite, la generosidad y el desprendimiento excesivo pasa la factura a la mujer y luego, a veces, la mujer pasa la factura a los que la rodean. Esa es la forma alienada de amor y del cuidado hacia los demás actual más importante en la sociedad occidental.

También los hombres llevan dentro la tierra y la semilla, digo yo. También son proveedores de cariño, atención, cuidados y amor, pero no son tan inagotables como las mujeres en el ejercicio de esa actividad. Los hombres están educados para ser inagotables en su entrega al trabajo, al triunfo y promoción social y profesional. El hombre busca el reconocimiento y aceptación de los demás, sobre todo a través del trabajo productivo fuera de casa. Esa es la forma alienada que reviste en el hombre su preocupación por los demás, por su familia, por los más próximos, lo que paradójicamente, a menudo le lleva a la vinculación predominante o exclusiva al trabajo, a desentenderse de hecho de los demás, para perseguir exclusivamente sus propios fines.

Es decir que los hombres y las mujeres nos movemos en un ámbito fuertemente emocional basado en la búsqueda constante del Otro, del reconocimiento de los demás, en sus formas de amor sexual, paterno/maternal, familiar, amistoso y de la cooperación y ayuda mutua. Por medio de nuestra actividad deseamos vincularnos a los más próximos, estableciendo un flujo de entrega multidireccional y a múltiples niveles. Pero las formas de esta vinculación con los demás están condicionadas por la impronta de la sociedad patriarcal, manifestadas a través de las necesidades del capital y de la producción de mercancías. Por ello, en definitiva, el deseo de vinculación emocional se realiza de forma alienada, contradictoria, vacilante, ambigua, tanto en el caso del hombre como de la mujer.

Cuando el hombre o la mujer pierden el norte de la vinculación emocional hacia el otro, cayendo en formas alienadas, deformadas, caricaturales, patológicas, se acaba la fuente de atracción que puede suponer el uno para el otro, ya que la vida amorosa deja de ser original y personal y se convierte en impersonal y resultante de la aplicación de clichés y fórmulas preestablecidas, ya que es el resultado de los condicionantes en los que se mueven los seres humanos en la sociedad occidental actual. Por eso se puede leer en el texto que "una mujer feliz prodigándose a sí misma" de repente se plantea  "después de mucho tiempo invertido" que quién es su "interlocutor real". Pero la situación de no tener quien nos atienda, ame y escuche no es privativa de la mujer, sino que la encontramos también en el hombre. El acercamiento a los demás lo hacemos de manera formularia, compulsiva, de forma no creativa. Sustituimos la búsqueda del otro por las fórmulas de acercamiento. Al final no queda más que la soledad en ambas partes. Solo que el hombre o la mujer perciben esa soledad sólo como el fracaso de su relación con el otro o la otra y en pretendidas condiciones de la mujer o el hombre que le impiden un acercamiento efectivo sin percatarse de que la causa principal está en el patrón amoroso alienado que ambos han aplicado. Al igual que el hombre, la mujer vive el fracaso amoroso como pérdida del hombre y achaca a la condición masculina el origen del fracaso sin más. De ahí la situación de incomprensión mutua con que se mira el hombre y la mujer: ambas partes se achacan mutuamente la culpa en el fracaso de la relación amorosa, sin ver que están intentando reproducir siempre las formas de relación alienadas que nos impone la sociedad.

Pero la educación patriarcal nos introduce a hombres y mujeres un mecanismo más sutil de alienación. La idea de que la mujer es, se constituyen en persona, alcanza su realización, su realidad personal en la medida en que se ciñe a ejercer un papel relacionado con el hombre. Es lo inadvertidamente vierte la autora en el escrito, al decir: "Nuestras personalidades como mujeres, esposas, amantes, madres, amigas se van volviendo invisibles". Esa es la tragedia de muchas mujeres: se han centrado tanto en el papel de esposas (de un hombre), amantes (de un hombre), amigas (de un hombre), madres (de los hijos tenidos con un hombre) que en cuanto dejan de ser apreciadas en ese papel "se hacen invisibles", es decir, desparece su personalidad, no pueden ejercer características propias, independientes de la relación afectiva con el Otro. Ese es uno de los problemas principales en la vida amorosa: la mujer se vincula al hombre no principalmente a través de sus características personales individuales independientes, sino que establece el vínculo-objeto (mujer-esposa, mujer-amante, mujer-madre), dejando poco a poco de ser mujer para convertirse en objeto, en mera suministradora de servicios; dice la autora del escrito al respecto que "Nos convertimos en aquellos servicios que podamos prodigar. Somos, así, la que mantiene las relaciones públicas familiares, la que plancha, la que cocina, la que escucha los problemas, la que hace las compras, la que ayuda con su trabajo a "redondear" el ingreso familiar, la que presta su cuerpo para urgencias sexuales impersonales, la que lleva y trae a los niños de la escuela".  Es decir, al final, la mujer se da cuenta de que su personalidad se ha reducido a lo que en la práctica ya se había plegado ella misma desde el principio: ama de casa pura y dura. Pero además, agrego yo, cuántas veces la que es esposa no puede ser amante o amiga del hombre o la que es madre ya no puede ser amiga (del hijo o hija). Por eso a veces el hombre (posiblemente de forma inconsciente) cuando encuentra una mujer amante o amiga, se resiste a convertirla en esposa, para no perderla como amante o amiga y, en definitiva, también como esposa.

En ese esfuerzo de la mujer por plegarse al rol marcado por el sistema patriarcal, la mujer tiene todas las de perder. Cuanto más insisten las mujeres en ser meramente "esposas, amantes, madres, amigas", es decir, en ser mujeres alienadas, desnaturalizadas ("despersonalizadas", dice nuestra autora con justeza), más va a perder la mujer. Y aquí llegamos a una parte del escrito de Gloria Hernández realmente conmovedor, por reflejar la tragedia de forma escueta: "… la soledad y el vacío se enseñorean de en nuestros territorios emocionales" para seguir diciendo que "Hacemos tan grande el esfuerzo, sin embargo, que tarde o temprano nos quedamos solas en nuestro reino de sombras".

Hay otras aspectos del escrito a los que me gustaría referirme. Por ejemplo, se dice de las mujeres que son “proveedoras inagotables de ...” y que "nos entrenamos desde niñas a entregarnos completas a personas que no van a hacerlo con nosotras". Eso de entregarse por completo a los demás, es para mí otra forma patológica propia de la educación de la mujer en la sociedad patriarcal actual. Esta entrega desmedida, incondicional, aparece así reflejada en el escrito: "Somos, estamos tan agradecidas con el caballero azul que vino a completarnos la vida que se la entregamos toda. Y si no estamos contentas todavía, regalamos por doquier los pedazos de nosotras que puedan haber quedado". Entregarse por completo, sin reservas, hasta el fondo de nuestro ser, es un horror y una alienación y es una forma de provocar en el otro la reacción contraria: el despego, el aprovechamiento, la desvalorización de nuestros esfuerzos, ("Nuestro afán es malinterpretado", continua la autora, "Nuestros esfuerzos [...] se vuelven tediosas obligaciones") e incluso el rechazo ("… provocamos reacciones ajenas negativas"), ya que el exceso de amor (alienado), el exceso de cuidado o de servicio hacia el otro se convierte a menudo en invasión del otro, la ocupación del terreno propio del otro, el terreno que el otro desea mantener libre de la relación con el uno.

Otro aspecto del problema es la actitud señalada en el escrito de "a no esperar nada a cambio". Cierto que nuestro fondo emocional nos impulsa muy a menudo a vivir la emoción o la pasión sin límites; en definitiva, la emoción no conoce límites, ni formas en su concepción más pura. Pero el humano no se compone de pasión o emoción pura y dura. También hay un ego que se defiende, precavido, temeroso de la realización de la entrega, también hay cálculo, previsión, deseo de correspondencia, exigencia al otro de intercambio, de establecimiento del flujo de dar y tomar.

El escrito toca de pasada también un problema esencial en la mujer emocionalmente dependiente: "Buena parte de las mujeres nos apretamos el cinturón ante la miseria y el desamor porque 'así nos toca a nosotras'", dice. Es la resignación, la conformidad, el último parapeto de la mujer dependiente antes de su derrumbe psicológico. Solo que esta resignación y aceptación no puede por menos que estar basada en el masoquismo femenino: la complacencia y el goce íntimo en sentirse desgraciada, despreciada, reducida a nada. Cuando la vida nos presenta un lado desagradable que inunda buena parte de nuestro ser, la tendencia es a convertir el displacer en placer, de forma que "no soy feliz, pero por lo menos, siento, me siento a mí mismo, soy yo, soy". Este es el masoquismo protector que actúa cuando nuestra psique se ve inundada de dolor y es un mecanismo de protección, ya que sin él, quedaríamos bloqueados.

El masoquismo específicamente femenino es una defensa psíquica primordial en la mujer frente a todos los desgastes sufridos por la condición patriarcal de la sociedad actual.

En general, el escrito de Gloria Hernández refleja aspectos importantes de la condición femenina en la sociedad patriarcal actual. Sin embargo es ambiguo ante la identificación del problema: no deja claro el origen del problema, no identifica al régimen patriarcal en el que vivimos. Idealiza en buena medida a la mujer; nos presenta a la mujer como:  "una mujer feliz prodigándose a sí misma y compartiendo su esencia", pero entonces el problema aparece porque no hay un "interlocutor real". Sí aparece una referencia implícita importante a la educación de corte patriarcal "… las mujeres crecemos aprehendiendo un programa inhumano …", pero queda muy en el aire la procedencia de ese programa inhumano, a quién interesa, quién lo promueve.


Paco Serrano
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