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Artículo de Lucia Etxebarria   Lista de mensajes  
Responder | Reenviar Mensaje #148 de 749 |
Francisca Martín-Cano Abreu
http://es.geocities.com/contraandrocentrismo/biblio.htm
Apartado 854-50080 Zaragoza
17/9/05


Queridos foristas:

Tenía archivado este artículo de Lucia Etxebarria y hoy os lo envío, porque
descubrí este verano que aún hay personas con conceptos poco claros, y
aunque no sea el caso de mis foristas, nunca está de más explicitar lo que
es ser: varón o mujer "feminista".

Un abrazo, Francisca
--

http://www.clubcultura.com/clubliteratura/clubescritores/luciaetxebarria/eva
.pdf.

QUÉ SIGNIFICA SER MUJER
Y POR QUÉ NECESITAMOS HOMBRES FEMINISTAS
My candle burns at both ends.
It will not last the night.
But ah, my foes, and, oh, my friends.
It gives a lovely night.
Edna St. Vincent Millay

Ser feminista no quiere decir odiar a los hombres, ni por supuesto, ser
lesbiana. Tampoco
implica renunciar al sujetador, el lápiz de labios, los tacones de aguja y
los pendientes. Se trata de
reclamar el poder de las mujeres y el derecho de cada una de nosotras a
utilizar ese poder según nuestros
propios términos. La que suscribe, por ejemplo, se considera feminista y usa
maquillaje de cuando en
cuando y sujetador todos los días (y más le vale, dado que no es
precisamente una sílfide).
Esa concepción trasnochada que equipara el ideario feminista con la
corriente más radical del feminismo
histórico es tan absurda como la que asocia nacionalismo a terrorismo: se
trata de tomar la parte por el
todo.
En nuestra sociedad hemos heredado una visión del feminismo como ideología
represora a través
de los medios de comunicación ­dirigidos sobre todo por hombres­ y, según
esta visión, una feminista es
una mujer difícil. Impera un concepto monocromo, unidimensional, del
feminismo que se identifica con
el feminismo separatista, la corriente más radical del feminismo de los años
setenta que propugnaba que,
siendo el macho el explotador directo de la mujer, ésta debería distanciarse
del hombre, ³no pactar con el
enemigo². En los noventa se requiere una redefinición, para que deje de
existir ese absurdo personaje de
mujer que dice: ³Yo no soy feminista, pero... (y a continuación va
desglosando los puntos fundamentales
del ideario feminista, uno por uno) ... pero aspiro a ganar igual que un
hombre, pero no me gusta que se
me juzgue sólo por mi físico, pero creo que los medios de comunicación
presentan una imagen falsa de lo
que es la mujer, etc, etc, etc...². Resultaría gracioso si no fuese
aterrador el hecho de que la mayor parte
de las mujeres que están de acuerdo con el ideario feminista no se
identifican a sí mismas como
feministas.
El feminismo se engloba dentro de una ideología progresista en la que
también se integrarían la
lucha contra el racismo, la xenofobia o la homofobia, es decir, una
ideología que asume que a todos los
seres humanos han de corresponderles los mismos derechos sin distinción de
sexo, raza, opción sexual,
religión o credo.
En el imaginario popular, una feminista es la mujer que quiere ser más
fuerte que los hombres, o
que quiere vivir sin hombres o que quiere ser un hombre. Pero para mí una
mujer feminista no se define
en absoluto según su relación con los hombres, sino según su relación
consigo misma y con el resto de la
población en general. Feminista es la mujer que quiere ser considerada y
tratada como un ser humano y
pretende conseguir ciertas medidas sociales que se lo garanticen: control de
su cuerpo, incluyendo el de-
recho a la anticoncepción y al aborto, el fin de la discriminación social y
salarial, permisos de maternidad,
guarderías subvencionadas... Feminista es la mujer que se plantea el derecho
a disfrutar de su propio
bienestar y que desea ser juzgada como un individuo antes que como miembro
de un grupo con una sola
personalidad, una sola función social, un único camino de acceso a la
felicidad. La feminista es la mujer
que considera que tiene valor por sí misma, y no como medio para conseguir
los objetivos de otros: sus
fetos, sus hijos, su familia, sus jefes o sus compañeros sentimentales.
Los planteamientos y reivindicaciones del movimiento feminista, o de lo que
se ha dado en
llamar posfeminismo, tercera ola feminista o feminismo del poder (versus
feminismo de la diferencia),
esto es, las reivindicaciones de una serie de mujeres que han crecido en una
sociedad que ya asume,
teóricamente pero no en la práctica, la igualdad de derechos y deberes de
hombres y mujeres, propugnan
un orden social más equitativo que redundaría en beneficio de todo el
sistema, no sólo en el nuestro
propio. No hemos venido a proclamar la lucha de sexos, sino a abrir un
debate acerca de la necesidad de
replantear la vigencia de unos roles obsoletos sobre lo que en nuestra
sociedad se considera masculino y
femenino, que lejos de ser producto de una tendencia natural son
construcciones sociales destinadas a
reforzar la separación artificial entre hombres y mujeres, a apuntalar una
distancia creada para mantener
una estructura de poder desequilibrada e injusta que nos perjudica a la
postre a ambos sexos. En las tres
últimas décadas las construcciones de género que se habían mantenido durante
milenios se han hecho
añicos. Las mujeres, en su voluntad de redefinirse, han obligado al hombre a
hacer otro tanto.

³Yo no soy feminista, sino femenina², es una frase que me pone de los
nervios y que suelen
utilizar, por lo general, starlettes cuyo cociente de inteligencia parece
ser inversamente proporcional a su
volumen torácico.
Entonces habría que definir qué significa ser femenina: ¿Pintarse? ¿Llevar
tacones? ¿Usar
sujetador? ¿Leer el Hola? ¿Tener un buen par de tetas?
Pues no va por ahí la cosa. La feminidad es una cuestión genética, dado que
la evolución ha
determinado los dos sexos de la especie humana diferenciando el vigésimo
tercer par en sus cromosomas:
XX en la mujer y XY en el hombre. La diferencia entre el hombre y la mujer
estriba, primordialmente, en
que la hembra puede parir y el hombre no. Y la condición de reproductora,
asociada a un patrón de mujer
recolectora/ hombre cazador dará lugar a ciertas, muy relativas y muy
escasas, diferencias marcadas por
la genética. La mayoría de las desemejanzas que se supone que existen entre
hombres y mujeres no son
reales ni universales, sino relativas y puntuales: se construyen según las
necesidades de cada sociedad.
Pero aunque las conexiones entre los roles que adoptamos y nuestra identidad
sexual ­lo que sentimos
que significa ser hombre o mujer­ sean arbitrarias, se nos ha condicionado
para que creamos que están
necesariamente unidas.
No hace mucho, un amigo me invitó a cenar a su casa. El tal amigo es padre
de dos criaturas,
niño y niña, ambos rubios, ojiazules, simpáticos y monísimos. Yo no supe
distinguir al uno de la otra. Y
no porque los dos usaran el pelo corto y se pusieran pantalones, sino porque
ambos lucían una melenita a
lo paje y llevaban vestiditos. El niño se había empeñado en ponerse el
trajecito estampado con corazones
de la niña, que le gustaba más que sus vaqueros. De la misma forma quería
jugar con las muñecas de su
hermana y que su madre le peinara con coletitas, igual que a ella. A su mamá
la historia no parecía
preocuparle demasiado, pero, eso sí, no le permitía al querubín ponerse
falda y coletas fuera de casa ³para
que los otros niños no se rieran de él². Además, la madre pensaba que el
problema de su hijo es que ³era
femenino². A mí no me pareció que el niño fuera femenino en absoluto.
Simplemente, que se adaptaba a
los juegos y las actitudes de la hermana, a la que se le veía muy unido, y
que parecía ser la dominante en
la relación fraternal. El niño no era femenino ni masculino, porque la
feminidad o la masculinidad no se
definen mediante atributos externos tales como el atuendo o el peinado.
Ningún estilo indumentario es
intrínsecamente masculino o femenino: se convierte en tal en el momento en
que una determinada
sociedad lo define así.
Los tacones, por ejemplo, ¿son femeninos? Sí, en nuestra sociedad. Pero en
tiempos de Luis
XVIII eran masculinos. Los duques y marqueses y chambelanes de su corte se
empolvaban la cara,
usaban pelucas y lunares postizos, se pirraban por las casacas estampadas,
los pañuelos de encaje y las
medias de seda y solían caminar alzados sobre unos tacones de diez
centímetros. Y creo recordar que el
monarca que impuso tal moda fue padre de diecitantos hijos...
El pelo largo, ¿masculino o femenino? Bueno, Sansón, que era un hombre muy
hombre si hay
que creer en las escrituras, llevaba el pelo largo y todos recordamos cómo
perdió su fuerza de diez leones
cuando Dalila se lo cortó. En la mayoría de las tribus sudamericanas los
guerreros llevan el pelo largo.
Los mandarines chinos también se dejaban crecer el pelo y se lo trenzaban
primorosamente (amén de
dejarse las uñas largas). Y las vírgenes de algunas tribus africanas lo
llevan cortísimo para simbolizar su
doncellez.
¿El maquillaje? Masculino en mayor proporción que femenino, puesto que en la
casi totalidad de
las tribus preindustriales el maquillaje se reserva a los hombres, que son
los guerrerros, mientras que las
mujeres no se pintan el rostro. También los mandarines se maquillaban. En la
sociedad árabe tanto los
hombres como las mujeres se pintan los ojos. Sólo la sociedad industrial
moderna reserva el maquillaje
exclusivamente a las mujeres.
Las faldas... ¿son femeninas? Los hombres árabes utilizan chilabas; los
escoceses, kilts; los
patricios romanos llevaban túnicas, los monarcas, mantos; los mandarines,
kimonos. En China, sin embargo, las campesinas llevan pantalones.
En realidad lo que en nuestra sociedad se entiende como atributos femeninos
no son sino
atributos de riqueza: el pelo largo resultaba, hasta la aparición del agua
corriente y las cremas suavizantes,
muy costoso de mantener y peinar, y sólo alguien que contara con criados
podía lucirlo; los incómodos
tacones, amén de hacerle parecer más alto a uno, obviamente, indicaban que
su poseedor pertenecía a la
nobleza y que no estaba obligado a andar si no quería; los pantalones (como
cualquier mujer sabe) son
más prácticos para trabajar y por eso eran prenda de campesinos y
palafreneros, y las uñas largas y
cuidadas eran privativas de aquellos que no tenían que realizar trabajos
manuales.
Desde el momento en que en nuestra sociedad la mujer (o un tipo de mujer) se
convierte en un
objeto que denota la riqueza de su poseedor, se le destinan a ella los
atributos externos de riqueza. Las
mujeres de clase baja, las que trabajaban y parían, ni llevaban tacones ni
lucían peinados complicados ni
se maquillaban. Pero las mujeres de burgueses, que no tenían que atender a
la casa o a los niños puesto
que contaban con servidumbre encargada de hacerlo, no tenían otro fin que el
ornamental: cuanto más
hermosas fueran, más podía su marido presumir de ellas.
En las tribus preindustriales no hay mujeres-objeto. Las mujeres trabajan, y
por lo tanto no se las
adorna. En el campo un ama de casa se ocupa no sólo de su casa, sino también
de todo lo que la rodea: la
huerta, la granja, etc... Pero en la sociedad llamada moderna siempre se ha
decorado a las mujeres de
clase alta, y a medida que la sociedad se democratiza y se va trasladando
del entorno rural al urbano, el
papel femenino es menos útil y más ornamental, no sólo en la clase alta,
sino también en la media.
Es decir, hasta el siglo xx la mujer adornada siempre había sido la mujer de
clase alta, la
burguesa o la prostituta. Una campesina no usaba joyas ni polvos ni corsé ni
perfumes. Pero a mediados
de este siglo, en una sociedad urbana y tecnológica, a la mujer se la
recluye en un piso a cuidar de una
casa con electrodomésticos que no requieren excesivo cuidado y de un par de
niños (no suelen ser más) a
los que sólo habrá que atender cuando sean muy pequeños, puesto que después
pasarán la mayor parte del
día en el colegio. El cutis de esta mujer no va a arrugarse después de
recoger la cosecha en el campo, ni
sus manos se secarán a cuenta de acarrear agua todo el día, ni quince partos
sucesivos arruinarán su
figura. En el impasse que transcurre entre la creación de la sociedad
típicamente urbana y la
incorporación de la mujer al mundo laboral es cuando se crea la mujer objeto
típica de los años cincuenta
y sesenta USA sacralizada en las películas de Doris Day: una muñequita de
pelo falsamente alisado y
decolorado, con las mejillas encendidas a base de carmín y los labios
reperfilados en forma de corazón,
que está esperando a su adorado esposo con la cena preparada y el martini en
la mano. Es como un
caniche: mientras servía para cazar patos a nadie le preocupaba su aspecto,
se trataba un perro de aguas
más, sucio y con rizos enmarañados. Pero cuando se convierte en animal de
compañía, sin otra función
aparente que la de resultar mono y gracioso, es cuando se le acicala
convirtiéndolo en ese animalito
ridículo con pompones con el que ahora le identificamos.
Y ojo, que con esto no quiero decir que sea horrible pintarse, ponerse
tacones y usar maquillaje.
Tan saludable es expresar la propia sexualidad como querer ofrecer el mejor
aspecto de un@ mism@. Lo
que es patético es que este derecho se vete a uno de los sexos y se conceda
al otro no como herramienta
para expresar una sexualidad libre y asumida, sino como espejo para reflejar
la del otro, los deseos del
otro, las fantasías del otro. Por eso las drag-queens, al apropiarse de los
atributos sexuales externos
tradicionalmente reservados a las mujeres, realizan, conscientemente o no,
una protesta política, una
reivindicación y recuperación de la identidad sexual pasiva masculina que no
se admite en nuestra
sociedad, en la que el hombre sólo puede expresar un rol sexual activo (y
por eso se dice que una mujer se
entrega a un hombre, que un hombre la posee, la toma o la hace suya, y no se
dice que una mujer posea,
tome o haga suyo a un hombre, ni que un hombre entregue su virginidad a una
mujer). Y es que las drags
no intentan vestirse de mujeres, sino de seres hipersexuados. Una drag se
diferencia de un travesti en que
no pretende en ningún momento ser una mujer, sino un hombre vestido de
objeto (y no sujeto) de deseo,
cosa muy distinta.
La ³feminidad², es decir, la asunción de determinadas vestimentas y
actitudes al sexo femenino,
se convierte en una camisa de fuerza, en un paquete de normas absurdas
destinadas a mantener a hombres
y mujeres en su lugar. La tal ³feminidad² no es difícil de aparentar. Todo
lo que una mujer tiene que
hacer para parecer femenina es mostrarse pasiva, sumisa, incompetente,
desvalida y quejica. Lo último
que se espera de una mujer femenina es que sea capaz de conseguir algo por
sí misma. A los hombres, al
contrario, se les incita a definirse a sí mismos por medio del éxito, a
conducir un Golf, a situarse
socialmente por encima de vecinos y compañeros, a convertirse en ejecutivos
respetados, a no mostrar sus
emociones, a no llorar en público.
Si comparamos a mujeres y hombres, el trato diferenciado que se les asigna
desde el nacimiento
hace difícil determinar qué se debe a la biología y qué a la socialización,
qué comportamiento es
femenino o masculino per se y cuál no.
Masculinidad y feminidad, en nuestra sociedad, son construcciones
relacionales: lo femenino es
lo que no es masculino, y viceversa. Nada es masculino o femenino de por sí,
sólo en tanto en cuanto se
lo compare con su opuesto. Aunque el macho y la hembra puedan tener
características universales (como
explicaré más tarde), no se puede comprender la construcción social de la
masculinidad o de la feminidad
sin que la una haga referencia a la otra. La masculinidad no constituye una
esencia, sino una ideología
que legitima el entramado de un tejido social: Como la mujer, ³por
naturaleza², es menos promiscua que
el hombre, se justifica el doble rasero según el cual las aventuras sexuales
que refuerzan el estatus social
de un hombre le quedan absolutamente prohibidas a la mujer que vaya a ser su
esposa. Y como el hombre
es agresivo ³por naturaleza², se espera de él que se convierta en un hincha
de fútbol gritón, o en un taxista
gañán, o en un ejecutivo agresivo. Y a nadie le haría particular ilusión que
un niño, con o, aspire a ser un
sumiso secretario, un sensible bailarín o un modesto profesor de preescolar.

Pero los niños no nacen agresivos ni las niñas pasivas. La mirada y la
convicción de los padres
acerca del sexo de su hijo son absolutamente determinantes para el
desarrollo de su identidad sexual. El
comportamiento que las sociedades definen como convenientemente masculino
está elaborado, en
realidad, con maniobras defensivas: temor a las mujeres, temor a mostrar
cualquier tipo de feminidad ­
ternura, pasividad, cuidado a terceros­ y temor a ser deseado por otro
hombre. La identidad masculina se
asocia al hecho de poseer, tomar, penetrar, dominar y afirmarse utilizando
la fuerza si es necesario,
mientras que la femenina se asocia al ser femenino, dócil, pasivo y sumiso.
Todos los bebés se identifican con su madre e interiorizan sus cualidades
básicas. Cuando un
niño pequeño tiene dieciocho meses ya ha desarrollado una percepción de que
es un chico, de que es
diferente a su madre. A medida que crece va comprendiendo que, a diferencia
de su madre, nunca se
pondrá vestidos, que no le crecerán los pechos. También entenderá que él no
será el principal responsable
de la educación de sus hijos, la persona que les alimentará, les cambiará
los pañales o les consolará
cuando lloren. De su padre, si está cerca, y del mundo exterior ­los medios
de comunicación, sus
compañeros, la escuela, los libros­ aprenderá que ser un hombre significa
trabajar fuera de casa, ser fuerte
y rudo, no llorar y estar dispuesto a pelearse o a ir a la guerra. Y
asimilará que los hombres son más
importantes y dominantes en el mundo adulto, puesto que son quienes lo
organizan. Una inmensa mayoría
de líderes políticos, profesionales y religiosos son hombres. Los trabajos
que desempeñan los hombres
gozan de más prestigio y están mejor remunerados que los de las mujeres. En
sus relaciones con las
mujeres, los hombres, tradicionalmente, do-
minan, y son quienes inician las relaciones, sacan a las mujeres y las
invitan. Las mujeres casadas adoptan
el apellido de sus maridos, y pese a que ellas se ocupan de toda o casi toda
la educación infantil, sus hijos
llevan primero el apellido del padre. Así que, sin necesidad de que se le
diga nada, el niño pequeño
comprende rápidamente que en el mundo adulto la estructura de poder es justo
la inversa a la de su
pequeño mundo.
Es lo que se suele denominar como roles: la predeterminación en la conducta
de una persona,
algo que la sociedad espera y anima. Dichos papeles están íntimamente
ligados al concepto de norma ­
cómo se debe comportar la gente­ y al concepto de estereotipo ­cómo se suele
comportar la gente­. Así,
los roles son patrones de comportamiento relacionados con lo que se suele
hacer y con lo que idealmente
se debería hacer. Los roles sexuales se corresponden al comportamiento
aprendido en función de los
hábitos culturales y se convierten en indiscutibles opresores. La identidad
de género se aprende. Esto es,
una persona nace con un sexo determinado, hombre o mujer, pero más tarde
tendrá que avenirse a adoptar
determinados comportamientos o actitudes, los que corresponden a su género.
Al hablar de género nos
referimos a una serie de patrones que cada cultura adjudica a cada sexo.
Inevitablemente, la cultura en la que vivimos configura y limita nuestra
imaginación, y, al
permitirnos actuar, pensar y sentir de una cierta manera, hace cada vez más
complicado o imposible que
podamos actuar o sentir de una forma opuesta o simplemente diferente
En nuestra cultura hemos atribuido tradicionalmente a cada sexo unas
diferencias de género muy
claras:
MASCULINO
FEMENINO
azul
corbata
agresivo
obsesionado con el sexo
sólo piensa en lo mismo
triunfador
ejecutivo
proveedor
sobrio
serio
el fútbol
el Marca
Soberano es cosa de hombres
Compórtate como un hombre
rosa
pendientes
pasiva
reticente al sexo
le duele siempre la cabeza
poco ambiciosa
secretaria
distribuidora
estridente
frívola
el cotilleo
el Hola
Ausonia, porque me gusta ser mujer
Utiliza tus armas de mujer
De esta forma nuestros papás, nuestras mamás y nuestras maestras nos
inculcaron desde
pequeñitas la idea de que para hacernos valer tendríamos que encontrar a un
hombre que cuidara de
nosotras y de nuestra progenie; y a ellos la de que para crecer como hombres
de verdad deberían
agenciarse una buena mujercita que cocinara, limpiara y planchase para
ellos, sin que eso fuera
impedimento para que de vez en cuando se hicieran con otra menos buena que
hiciera por ellos algo
diferente. Me dirán que mi generación no ha crecido con esos parámetros. Y
les responderé que ¡anda ya!
Por ejemplo (y esto lo he contado unas tres mil veces), en el colegio las
monjas me decían que
³debía esforzarme en hacer los deberes porque algún día tendría que
ayudarles a mis hijos a hacer los
suyos²; en mi casa a las niñas nos correspondía hacer las camas y recoger la
mesa y la cocina después de
comer, mientras los chicos se pegaban una vida de lo más regalada exentos de
tales obligaciones (he de
reconocer que yo, con aquello de que era la benjamina, exageraba a
conciencia mi natural patoso y torpe
con el fin de escaquearme en lo posible de las tareas domésticas); y en el
barrio el chico con una historia
sexual era un hombre con todas las letras y con más cojones que el caballo
de Espartero, pero la chica a la
que se supusiera ³fácil² era una puta. Esta doble moral justificaba que mis
hermanos no tuvieran hora de
llegada a casa (o toque de queda) e incluso que pudieran, si querían, dormir
fuera de ella, pero también
justificaba, ojo, que se armara la marimorena si yo aparecía más tarde de
las once. Y si protestaba porque
a mis hermanos no se les exigía la misma puntualidad, la respuesta era
siempre la misma: ³¡Es diferente:
ellos son chicos!². Y atención, que no estoy criticando a mis padres:
semejante comportamiento era la
tónica general en todas las familias de mi entorno.
La feminidad, en su visión tradicional, se centra en la imagen de la mujer
como madre, persona
que da alimento, calor y apoyo emocional. La masculinidad se centra en el
mando: engloba la acción del
hombre luchando para vencer obstáculos, controlar la naturaleza y
constituirse en patriarca.
Pero desde que se acepta la incorporación de la mujer al campo laboral,
estos roles tienen que
cambiar: la mujer ya no puede ser exclusivamente pasiva y frívola y el
hombre reivindica su derecho a
interesarse por la moda, la decoración o el corazoneo si le da la gana, sin
que esto implique que se le
tache inmediatamente de homosexual (o femenino, según nuestra cultura,
aunque la apetencia hacia un
sexo u otro no predetermina la adecuación del individuo a ningún patrón de
genero).
Una vez hemos admitido que la mayoría de las diferencias que
tradicionalmente se establecen
entre los sexos no son naturales sino que se adjudican arbitrariamente según
cada cultura, la cuestión a
debate es: ¿existen las diferencias reales entre hombres y mujeres? Y si
existen, ¿cuáles son?
Los sociobiólogos de los sesenta y setenta, seguidos por los psicólogos
evolucionistas de los
noventa, promovieron, respecto a la evolución humana, la ³teoría de la
prostitución², esto es, que puesto
que los hombres vagabundeaban siempre libres, el gran reto para la hembra
prehistórica consistía en
atrapar un macho cazador y retenerle mediante una especie de pacto: ³Comida
a cambio de sexo². La
caballerosa concesión derivada de esta hipótesis es que la mujer de hoy
puede hacer lo que quiera ­fundar
una empresa, conducir un taxi, pilotar un avión­, pero sólo a cambio de
engañar a su instinto de hembra.
Hasta ahora las feministas han sido reacias a admitir diferencias de género,
arguyendo que todas,
salvo las más obvias y visibles, son producto de la cultura y no de los
genes, y podrían ser eliminadas
mediante una legislación adecuada y nuevos programas de educación.
Pero las diferencias son reales y variadas. Las mujeres tienden a ser más
diestras (en el sentido
literal de utilizar la mano derecha, no que sean más hábiles) y menos
daltónicas que los hombres. Sus
cerebros son más pequeños, para corresponder a unos cuerpos también más
pequeños, pero su densidad
de neuronas es mayor. Las mujeres tienen más inmunoglobulinas en la sangre;
los hombres, más
hemoglobina. Los hombres sintonizan más con sus dolores internos; las
mujeres dedican más regiones del
cerebro a la tristeza. Puntúen ustedes.
Los hombres integran el sexo físicamente más imponente. Por lo general son
un 10% más altos,
un 20% más pesados (que pesan más, no que sean una lata, quiero decir,
aunque también) y un 30% más
fuertes, especialmente de cintura para arriba. Pero las mujeres son más
resistentes a la fatiga. Además,
esta diferencia muscular no es tan estricta. Las atletas de hoy pueden
correr, nadar y patinar más rápido
que cualquier hombre de hace unas décadas, y, tal y como va la cosa, con la
diferencia entre marcas
reduciéndose en cada nuevo torneo, la brecha intersexos puede cerrarse
cualquier día. Desde 1964, los
tiempos femeninos en maratones han descendido un 34%, en comparación con el
4,2% de los hombres. Si
la tendencia continúa, las maratonistas femeninas podrían dejar a los
hombres atrás el próximo siglo.
Al parecer, es en el sistema límbico (situado en la parte interna del
cerebro) donde deberíamos
buscar el origen de la tendencia agresiva masculina, del instinto sexual y
de muchas otras funciones
vitales. Una de las partes que componen este sistema, el hipotálamo, está
adquiriendo cada vez más
importancia en los estudios sobre sexualidad. En las mujeres está mucho más
desarrollado, y en los
homosexuales es claramente mayor que en el resto de los hombres. (Un
elemento que evidencia el hecho
de que, con toda probabilidad ya antes de nacer, la cantidad de hormonas
estimula la evolución en una
fase determinada, como se verá más tarde.)
Las mujeres cuentan con mayor número de células cónicas en la retina, por lo
cual son capaces
de describir los colores con mayor detalle. Los ojos de las mujeres
presentan mayor superficie blanca que
los de los hombres, y gracias a este hecho envían y reciben mayor número de
señales oculares al poder
descifrar con mayor precisión la dirección de la mirada. También poseen una
visión periférica más
amplia: un ángulo de visión clara de al menos 45 grados por cada lado y por
encima de la nariz. Los ojos
de los hombres suelen ser más grandes y su cerebro los configura para una
visión cilíndrica ³tipo túnel² a
larga distancia, puesto que como cazadores necesitaban un tipo de visión que
les permitiese identificar un
blanco a gran distancia y perseguirlo con la vista; mientras que ellas,
puericultoras, necesitaban visión
periférica para controlar la actividad de las crías que jugueteaban a su
alrededor.
Las mujeres tienen más oído que los hombres y mayor capacidad para
distinguir sonidos agudos:
sus cerebros están programados para distinguir el llanto de un bebé en pleno
sueño. También muestran
mayor sensibilidad para diferenciar las tonalidades en el volumen de voz,
por lo que pueden detectar los
cambios emocionales. El sentido del tacto, del gusto y del olfato está más
desarrollado en las mujeres.
Los hombres poseen mayor capacidad para detectar el origen de un sonido.
Estas diferencias se adecuan a
los diferentes patrones genéticos como cazadores/puericultoras-recolectoras.
Pero esta afirmación no debe malinterpretarse. De lo que estamos hablando es
de promedios. Es
imposible partir de una base en la que todo sea blanco o negro.
A medida que la biología avanza, algunas de las diferencias entre sexos se
presentan más
complicadas de lo que aprendimos en las lecciones del colegio, en las que se
nos enseñaba que la
testosterona era la hormona de los chicos y el estrógeno la de las chicas.
Pues bien, no solamente están las
dos hormonas presentes en ambos sexos, sino que el estrógeno es muy activo,
y actúa sobre todo tipo de
tejido. Los hombres deficientes en estrógeno no son más masculinos,
simplemente son más propensos a
enfermedades como la osteoporosis. Las mujeres producen testosterona, y
pueden incluso necesitarla para
la excitación sexual. Pese a su reputación como hormona masculina, los
científicos no encuentran una
relación clara entre los niveles de testosterona y la agresividad. De hecho,
los niveles de testosterona en
los hombres descienden ante riesgos concretos como tirarse en paracaídas (o,
a juzgar por Salvar al
soldado Ryan, desembarcar en Normandía). De modo, que sean los que sean los
adornos moleculares del
estrógeno y la testosterona, no deberían incluirse más entre ellos los
colores azul y rosa para dividir la
maternidad de un hospital.
Las hembras tienen una anatomía más sociable, incluyendo un útero que se
acomoda cada mes
con la esperanza de albergar una criatura, y un par de prominencias en el
pecho de las que esa misma
criatura podría luego alimentarse. Las células fetales derivadas de un
embarazo pueden sobrevivir en la
sangre de una mujer décadas después del alumbramiento. Lo que es más: las
legendarias cargas de la
condición femenina se revelan a veces como refuerzos. Es decir, lo que hasta
ahora estaba considerado
como una maldición o un bochorno va camino de ser visto como una ventaja.
Consíderese el síndrome premenstrual. Muchas mujeres lo experimentan como un
estado de
elevada actividad, lucidez intelectual y sentimientos de bienestar, y, según
los últimos descubrimientos
científicos, parece ser que no andan tan equivocadas. Efectivamente, al
producirse un cambio hormonal
global pueden aumentar los índices de agresividad, pero también los de
concentración. Algo así como
tomar cocaína.
O la menopausia, que ha acaparado un replanteamiento aún más decisivo. De
considerarse como
una vergüenza, un hecho que había que ocultar, puesto que descalificaba a la
mujer como sexualmente
deseable, ha pasado a convertirse en un rito iniciático que merece
celebrarse. La menopausia ya no se
considera como el final de una etapa, sino como el principio de otra: la
entrada en una nueva era de
madurez y sabiduría. O al menos así lo creen dos mujeres de Nueva York, la
escritora free-lance Beverley
Douglas y la artista gráfica Alice Simpson, que acaban de lanzar una
colección de tarjetas de felicitación
sobre el tema. Y también las Red Hot Mamas (Las Mamás Sofocadas), un grupo
de feministas que
crearon asociaciones de apoyo para mujeres menopáusicas, asociaciones que en
principio sólo operaban
en Brooklyn y que actualmente se han extendido a 18 estados de Estados
Unidos.
³Somos una especie multisexuada en la que los elementos denominados machos y
hembras no se
oponen², decía el ensayista John Stoltenberg. Y es que durante las primeras
semanas de gestación los
embriones XX y XY son anatómicamente idénticos, dotados a la vez tanto de
canales masculinos como
femeninos. Son también sexualmente bipotenciales. Su futura diferenciación
sexual vendrá determinada
por la cantidad de hormonas femeninas (estrógeno) y masculinas (testoterona)
que el embrión desarrolle.
Pero, atención, hombres y mujeres poseemos las dos clases de hormonas, y es
la proporción la que
determina el género: a mayor cantidad de hormonas femeninas se es mujer; y a
la inversa, hombre.
El macho XY posee todos los genes presentes en la hembra XX y además hereda
genes del
cromosoma Y. En cierto sentido el macho es la hembra más algo. El sexo
hembra es el sexo base en todos
los mamíferos, dado que el programa embrionario se orienta a la producción
de hembras: Durante las
primeras semanas los embriones XX y XY son anatómicamente idénticos, dotados
a la vez tanto de
canales femeninos como masculinos, y más tarde desarrollan unas
características específicas de cada
sexo.
En el primero de los estudios evolutivos de una célula fecundada en el útero
materno el hombre y
la mujer son biológicamente idénticos. Será sólo a partir de la influencia
de algunos genes en los
cromosomas sexuales cuando el embrión evolucionará hacia un sexo u otro:
Si el embrión tiende hacia el hombre las hormonas masculinas dejarán que se
atrofien los
núcleos de las estructuras femeninas; y viceversa si tiende hacia la mujer.
Es decir, aunque aparentemente hombres y mujeres son idénticos al principio
de sus vidas,
evolucionan debido a la acción de genes y hormonas y se convierten en seres
biológica y corporalmente
diferenciados.
Cada uno de nosotros es hombre-mujer. La cultura hebrea, con el mito de Adán
y Eva, ya
preestableció roles. Pero ¿de dónde venían Adán y Eva? Y sobre todo, si no
habían nacido de mujer ¿por
qué se les representa con ombligo?
El caso es que no existen características propias de un sexo que sean
completamente ignoradas
por el otro. La identidad sexual se parece a un juego de elementos
complementarios, cuya intensidad varía
de un individuo a otro. Por ejemplo, aunque se suponga que la agresividad es
una característica
masculina, una mujer muy agresiva puede serlo más que un hombre pacífico.
De esta forma se rebate el argumento de que nuestros comportamientos deban
ir relacionados con nuestro
aspecto físico, con nuestro sexo biológico masculino o femenino. En el
primero de los estadios evolutivos
de un embrión humano, el futuro hombre y la futura mujer son biológicamente
idénticos. Las diferencias
corporales entre el hombre y la mujer son en cierto aspecto intercambiables:
existen algunos aspectos
sexuales secundarios (acumulación de grasas, pecho, pelo, o voz) que varían
sensiblemente entre
individuos y entre razas. Un hombre oriental, por ejemplo, se parece mucho a
una mujer occidental (ahora
que se llevan delgadas). Algunos hombres y mujeres se parecen entre sí más
que lo que puedan parecerse
entre sí individuos del mismo sexo. Así que en cierto modo el hombre y la
mujer son creaciones
imaginarias.
Además, cada ser humano es el resultado de la ecuación nature + nurture, es
decir, de la suma
de sus códigos genéticos más la educación que haya recibido, lo que quiere
decir que un hombre y una
mujer, aunque parezcan diferentes debido a sus distintos patrones genéticos,
pueden acabar pareciéndose
al haberse socializado en una misma cultura. Es decir: un hombre y una mujer
que hayan crecido en un
mismo barrio se parecen más entre sí de lo que puedan parecerse un ejecutivo
neoyorquino y un guerrero
maorí, o una sevillana de Triana y una campesina de Manchuria...
Así que, contemplada tanto desde la mesa de laboratorio como desde la de la
cocina, la
diferencia es fascinante y puede incluso convertirse en factor de fuerza.
Ahora que entendemos que las
diferencias entre hombres y mujeres son exactamente eso, diferencias, y no
defectos, taras o
enfermedades, podremos aceptarnos a nosotras mismas no como el segundo sexo
sino como uno de los
dos sexos que morfológicamente puede adoptar un espécimen humano, asumiendo
que las diferencias de
sexo NO implican diferencias de derechos ni deberes, ni tampoco diferencias
sustanciales de
comportamiento.
En resumidas cuentas, lo que une a los dos sexos es mucho más importante que
lo que los
diferencia, y ésta constituye la razón principal para reclamar una igualdad
de derechos.
Las feministas creemos que hay que iniciar la deconstrucción de la
masculinidad y la feminidad
tradicionales puesto que el desigual ritmo de los perfiles de género está
dificultando nuestras vidas, las de
hombres y mujeres, nuestras relaciones y nuestras posibilidades para
desarrollarnos como individuos
libres. Nos está poniendo muy difícil la comprensión mutua, e incluso
aquello que llamamos felicidad. Y
se trata de una responsabilidad de ambos sexos, porque la cuestión perjudica
a ambos sexos. Necesitamos
hombres feministas tanto como necesitamos mujeres feministas... ¿Por qué?
a) Porque la asignación de determinados comportamientos en función del
género impide el
desarrollo total de la personalidad de los individuos.
Las mujeres son coquetas, sumisas, exageradamente emocionales y sexualmente
pasivas,
mientras que los hombres son agresivos, menos emocionales y cariñosos,
sexualmente activos y poco
sensibles... Estos estereotipos no se basan en ninguna verdad científica
irrebatible o absoluta, y no
constituyen, en realidad, más que asunciones falsas. Pero mientras la
sociedad siga dando por hecho que
una mujer y un hombre deben tener diferentes comportamientos, una mujer va a
tener difícil convertirse
en una profesional cualificada y ser reconocida y respetada como tal, y a un
hombre se le vetará el acceso
a determinadas profesiones (peluquero, bailarín...) a no ser que asuma
cargar con el sambenito todavía
socialmente despectivo de maricón; y encontrará además mayores dificultades,
debido a socialización,
ambiente y educación, para expresarse en términos emocionales sin que sea
tachado de blando. El que
ponga en duda esta afirmación que eche un vistazo al ambiente de su empresa,
y se plantee lo que
sucedería si un ejecutivo se permitiese llorar en público o coger de la mano
a un colega, sanísimos
comportamientos que sin embargo las secretarias practican a diario sin rubor
alguno.
b) Porque la discriminación laboral de la mujer y el nulo apoyo a las madres
trabajadoras ha
provocado un descenso drástico de la tasa de natalidad.
Las mujeres suelen firmar contratos de seis meses que no son renovados en
caso de embarazo.
En las esferas ejecutivas se asume que la nueva madre se avendrá a no
disfrutar del permiso completo o a
estar permanentemente disponible en su domicilio como extensión de su
trabajo. Los permisos de
maternidad no se respetan en casi ninguna empresa, aunque es prácticamente
imposible criar a un niño de
pocos meses y mantener a la vez una jornada laboral de ocho horas diarias.
El 98% de las empresas
españolas no dispone de servicios de guardería.
c) Porque una sociedad con una tasa de natalidad cero se suicida.
La tasa de fertilidad española es la más baja del mundo; uno coma cero siete
hijos por mujer. El
Estado, sin contribuyentes, no podrá afrontar el gasto de las pensiones, y
por otra parte la maquinaria
industrial, sin consumidores, se autodestruirá. (Y la llegada de los
inmigrantes no supondrá una solución
al problema, puesto que no serán contribuyentes ni consumidores.) En los
últimos veinticinco años
estamos viviendo una serie de crisis económicas endémicas debidas, entre
otras razones paramétricas, al
descenso de la población. En definitivas cuentas: el escaso apoyo a la mujer
trabajadora va a significar el
fin de la sociedad capitalista tal y como la conocemos. Cualquier sistema
político sensato habría intentado
paliar esta forzada situación. Sorprende que ningún partido político incluya
en su programa una medida
urgente: la garantía para las madres trabajadoras de guarderías estatales,
públicas gratuitas o
subvencionadas. En sólo treinta años las mujeres han pasado de no pensar en
el mercado laboral como
proyecto vital a prácticamente considerarlo el único modo de vida. La falta
de adaptación de la sociedad a
este cambio ha traído como consecuencia el drástico descenso de la
natalidad, es decir, la incorporación
de la mujer al mercado laboral ha corrido paralela a su inhibición como
reproductora. Pero no se trata de
mujeres que hayan decidido libremente escoger entre trabajo y maternidad,
sino que se ven forzadas por
las circunstancias a posponer la maternidad, a optar por un único hijo o a
renunciar a ella puesto que,
desgraciadamente, los años fértiles de una mujer son los de desarrollo y
promoción en su carrera.
d) Porque una sociedad que no permite iguales oportunidades laborales a
ambos sexos impide
las relaciones emocionales libres.
Las mujeres suelen realizar los trabajos feminizados, aquellos con los
salarios más bajos y las
menores posibilidades de promoción: secretarias (99% de mujeres), maestras
de preescolar (97% M),
cajeras (94% M) y servicios relacionados con la alimentación (75% M).
También son las primeras en ser
despedidas en momentos de crisis: el 75% del paro es femenino. Además,
cobran en España un 30%
menos que sus colegas masculinos, aunque muchas veces ellas mismas
desconocen esta diferencia, dado
que los salarios se negocian en privado. De esta manera las mujeres son las
primeras en renunciar a su
trabajo cuando llegan los niños, lo que años más tarde, en caso de
desavenencias de la pareja, puede
traducirse en :
­Empobrecimiento del varón, obligado a ceder su casa y su renta para el
mantenimiento de su
mujer y sus
hijos.
­Empobrecimiento de la mujer, si el varón se niega a hacer lo anterior.
­Deterioro inevitable de la convivencia cuando la pareja decide, por razones
económicas, seguir
compartiendo el mismo techo, lo que acaba degenerando en los altísimos
niveles de violencia
doméstica y terrorismo íntimo que conoce nuestro país.
Mis expectativas respecto al feminismo han cambiado. Solía creer que se
trataba de una
ideología, de un compromiso político, de grandes objetivos que nada tenían
que ver con mi rutina diaria,
con mi día a día. Durante mi adolescencia, la retórica feminista versaba
sobre todo sobre la igualdad:
¿Eran hombres y mujeres iguales? ¿Existía alguna diferencia biológica que
garantizase la superioridad del
macho? ¿Podrían las mujeres deshacerse del sambenito de ser ³el sexo débil²?
¿Era la cocina el lugar que
realmente correspondía a la mujer? Eran grandes ideas. Importantes,
transgresoras. Incitaban al debate.
Obligaron a millones de personas a modificar su concepto de las mujeres.
Pero ahora queremos más que
ideas. Necesitamos hechos.
Nuestras abuelas, nuestras madres, nuestras hermanas mayores, defendieron
como nadie la teoría
de la igualdad. Asumida ésta, ahora nos toca discutir sobre cómo hablar,
cómo trabajar, cómo combatir el
sexismo día a día. En todas las oficinas en las que he trabajado se defendía
la igualdad. Pero la mayor
parte de las veces la teoría estaba reñida con la práctica: las secretarias
eran mujeres y no hombres, en las
altas esferas ejecutivas prácticamente no había mujeres, el acoso sexual
estaba a la orden del día... (¡ay!
esos señores encorbatados que no hacían más que llamarme bonita o monísima,
y que no despegaban los
ojos de mis tetas, pero que no dudarían en calificarme de ninfómana si me
atrevía a decir en público que
el mensajero estaba bueno...). Ahora nos toca luchar, en la práctica. Y no
contra los hombres, sino con los
hombres, en pro de un sistema social más justo.
Y es que ser hombre no implica ser machista, por definición. Ni ser mujer
implica ser feminista.
De hecho no me gusta utilizar la palabra machismo, que implica que el
problema lo han creado los
hombres, y prefiero utilizar la palabra sexismo, que define a un problema
creado por la discriminación en
función de sexo.
Millones de veces he oído que no hay peor enemiga para una mujer que otra
mujer. Esta
afirmación es cierta, porque la peor enemiga de una mujer suele ser
precisamente ella misma. Y esto es
porque el peor amigo y el peor enemigo de cualquiera suele ser uno mismo,
que es quien mejor conoce
sus necesidades y sus puntos débiles. Y también, nadie lo duda, hay mujeres
misóginas. Este concepto
suena tan raro como hablar de un negro del Ku Klux Klan y, sin embargo, si
se piensa con cuidado, no es
tan absurdo, puesto que cuando en los Estados Unidos del Sur se proclamó la
emancipación, miles de
esclavos aseguraron que preferían quedarse sirviendo en sus antiguas
plantaciones antes que salir al
exterior a buscarse los garbanzos, porque tenían miedo a morir de hambre si
se arriesgaban a emprender
por su cuenta la aventura de la vida. Cualquiera que haya tenido un canario
conoce el pánico que el pájaro
siente a abandonar su jaula, y es que el miedo a la libertad es uno de los
más antiguos, y está acendrado
en todos nosotros.
Existen montones de mujeres que odian a sus semejantes, sea por celos, por
envidia o por miedo.
¿Quién no ha conocido, por ejemplo, a una secretaria que se negaba a
trabajar para una mujer ejecutiva?
¿O a una de esas mujeres que afirma orgullosamente tener muchos amigos y
ninguna amiga? ¿U otra que
muestra una antipatía inmediata hacia cualquier mujer guapa que se
interponga en su camino? Existen
muchas mujeres que desconfían de su propio sexo, y que lo saben e incluso lo
admiten. Y también hay
otras muchas que ni siquiera son conscientes de su postura, por ejemplo:
La mujer que considera a su marido o a sus hijos el centro de su existencia
y supedita toda su
vida a la de su hombre o su familia.
La entrega excesiva hacia otros acaba por hacerle olvidar a cualquier
persona que posee una
personalidad propia. El tema de la madre castradora que ve con terror cómo
sus hijos la abandonan para
emprender su propia vida e intenta boicotear por todos los medios
­disfrazando tales medios de amor­
cualquier afirmación de independencia de su hija es moneda de uso tan común
en la historia de la
literatura que no me extenderé en él. Ese tipo de mujer inevitablemente
amarga a sus propias criaturas con
su exceso equivocado de amor. Y no es que yo critique la maternidad. Muy al
contrario, me parece una
experiencia enriquecedora, positiva, y altamente recomendable. Pero una
mujer no debe vivir a través de
sus hijos, sino asumir que cuando los pare sólo funciona como vehículo: hace
llegar a este mundo una
vida independiente y autónoma, que puede y debe funcionar por sí misma, por
mucho que requiera del
amor, el apoyo y la atención de su madre.
La que culpa de la infidelidad de su marido/amante a la mujer que se acuesta
con él, y le
exculpa a él, como si un hombre no tuviera capacidad de elección y la mujer
fuese un ser demoníaco y
tentador que le obligara a actuar contra sus propiosdeseos.
Nunca existe ³esa otra mujer que me lo robó². Nadie roba a nadie, porque
cada uno nos
pertenecemos a nosotros mismos (o, según se mire, a Dios). La inclinación
sexual responde siempre a una
elección personal.
La mujer de carrera insolidaria que ha conseguido compaginar con éxito
maternidad y trabajo y
se empeña en asegurar que ³la mujer ya no está discriminada y que el
feminismo no tiene sentido o está
pasado de moda².
Esta mujer olvida que a una madre trabajadora se le siguen presentando, a
día de hoy, numerosos
conflictos, y que hace una falta una suerte excepcional para resolverlos,
por no decir dinero o relaciones.
La que lo ha tenido fácil no tiene derecho a hablar en nombre de la
generalidad de su sexo.
La feminista de la diferencia, la que examina con ojo crítico a la paranoica
y competitiva
sociedad capitalista asumiéndola a lo masculino y opina que es mejor
quedarse en casa que salir al
mundo laboral y fracasar.
La elección se basa en una suposición absurda y en un no menos absurdo
sistema de
equiparación de roles al género: o te quedas en casa, donde esperas poder
expresar tu ternura, dar y recibir
calor, comportarte espontánea y generosamente, ser femenina, o entras en el
mundo masculino y juegas el
juego como un hombre, es decir: control, impasividad, fines sobre medios,
explotación. Pero los
problemas de la sociedad capitalista son problemas políticos, no de género.
La nuestra no es una sociedad
creada por y para los hombres; también la apoyan las mujeres que se quedan
en casa reproduciendo este
sistema. Nuestra sociedad no cambiará en tanto todos, hombres y mujeres, no
hagamos algo por resolver
sus defectos.
Pero nuestro peor enemigo no son las mujeres que nos desprecian, de la misma
forma que a
veces nuestro mejor amigo puede ser un hombre. La mejor amiga o la peor
enemiga de una mujer es ella
misma, porque al fin y al cabo la única persona con la que sabemos que vamos
a contar durante toda
nuestra vida es la que llevamos dentro. Nuestros amigos, nuestros amantes,
nuestras familias, pueden
abandonarnos o morirse, pero, queramos o no, nosotras no podemos librarnos
nunca de la carga de
nuestro yo, que no se morirá hasta que nuestro cuerpo se muera. No comparto
la idea freudiana de que en
toda mujer se esconde una masoquista, pero sé que existen pautas de
autodestrucción típicamente
femeninas, no heredadas en los genes sino aprendidas por educación, del
tipo:
­Cuando creemos la mentira de que somos incapaces de crear obras
importantes: la endémica
subestima femenina. Cuando asumimos que literatura femenina equivale a
subliteratura y nos
avergonzamos de decir que hacemos literatura, cine, o arte de mujeres.
Cuando nos conformamos con
producir trabajos artísticos o intelectuales en los que imitamos a los
hombres, mintiendo a los demás, pero
sobre todo a nosotras mismas.
­Cuando no damos la importancia debida a nuestro trabajo o a nosotras
mismas, cuando
pensamos que son más importantes las necesidades de las demás que las
propias. Cuando no nos
esforzamos en llegar al techo de nuestras posibilidades y no conseguimos
prestar a nuestro trabajo el
mismo cuidado o atención que dedicamos a nuestros amantes, nuestros maridos
o nuestros hijos.
­Cuando practicamos la hostilidad horizontal, es decir: el desprecio por
nuestra propia clase.
Cuando permitimos que el espíritu de odio y desdén hacia la mujer que nos
han inculcado se traduzca en
proyecciones superficiales hacia otras mujeres. Cuando odiamos a otra mujer
sólo porque es más guapa o
tiene más éxito. Cuando asumimos que las guapas son tontas por definición y
las feas unas amargadas.
Cuando hacemos extensiva nuestra escasa autoestima hacia el miedo o la
desconfianza hacia otras
mujeres a las que no respetamos precisamente por ser como nosotras. Cuando
consideramos a las demás
mujeres como potenciales rivales y no como seguras aliadas.
­Cuando nos convertimos en adictas a la aprobación masculina y no
consideramos justificada
nuestra existencia en tanto no tengamos un hombre al lado, sea cual sea el
precio que paguemos por su
compañía. Cuando nos enganchamos a un concepto peligroso del amor: el del
amor como sacrificio y el
de la amante como redentora de su hombre. Cuando sacrificamos lo más
importante de nuestro yo ­
nuestra autoestima, nuestra valoración, nuestro ego, nuestra estabilidad­ a
un hombre: lloramos porque no
nos llama, o porque nos deja, o porque es infiel, o porque no nos valora, y
nos olvidamos de que nadie
podrá estimarnos en tanto no nos valoremos a nosotras mismas.
Resumiendo: victimismo, hipocresía, trivialización del propio valor,
desprecio de nosotras
mismas y de nuestras semejantes, adicción al amor. Éstas son las lacras
femeninas más típicas. Pero no
son inevitables ni difíciles de combatir. Una mujer fuerte se valora, se
quiere y busca modelos en otras
mujeres para aprender a seguir haciéndolo día a día. Identificado el
problema, definida la solución.
Integrarse en la cultura de la pasividad y adaptarse a sus reglas significa
degradarse y negar nuestra propia
plenitud, una plenitud que todavía está por llegar. El camino para
alcanzarla empieza y acaba en nosotras.
Porque detrás de cada gran mujer siempre hay una gran mujer: ella misma.
Va siendo hora de meternos en la cabeza que el futuro está en nuestras
manos, no en nuestras
piernas.




Sáb, 17 de Sep, 2005 11:27 am

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17 de Sep, 2005
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