Francisca Martín-Cano Abreu
En primer lugar, nosotros al decir que estas obras de arte, a pesar de que fueron realizadas alejadas entre sí varios milenios, representan el 14 de febrero y propician la lluvia, cometemos una imprecisión. Nos referimos al hecho de que en realidad deberíamos decir "reflejan el día de fiesta que coincidía con la que tenía la misma situación estelar correspondiente al atardecer del 14 de febrero de hace 5 milenios". O sea el día en que las Híadas “Las Lluviosas” se iba al ocaso al atardecer, fijado hace 5 milenios, en el 14 de febrero. Y hoy tal situación estelar se produce en el atardecer del 1 de mayo.
Deberíamos explicitar que, si una obra de arte fue realizada en el Paleolítico y la otra en el Neolítico, pero ambas utilizan similares elementos para aludir a las mismas constelaciones, deberíamos ser más precisas. En realidad la escena paleolítica sería realizada exactamente hace 18.000 años y reflejaría el evento estelar de Híadas yéndose al ocaso con fecha del 15 de agosto, al final del verano y antes del otoño. Y la neolítica sería realizada exactamente hace 5.300 años, y reflejaría el evento estelar vespertino de las Híadas “Las Lluviosas” yéndose al ocaso al final del invierno y antes de la primavera: el 14 de febrero. Hoy el mismo hecho astronómico de Híadas “Las Lluviosas” yéndose al ocaso tiene lugar el atardecer del 1 de mayo. O sea que estarían separadas entre sí justamente seis meses.
De donde se deduce más exactamente que los milenios en que fueron realizadas las obras de arte con motivos que aluden metafóricamente al fenómeno de la lluvia, fueron realizadas, bien alrededor del año 16000 adne las paleolíticas, o alrededor del IV milenio adne las neolíticas. Sólo en cualquiera de estos casos, el ocaso de la constelación Híadas "Las Lluviosas" era coincidente con el fenómeno benéfico de las lluvias en tiempo de bonanza climática: en el Paleolítico al final del verano, y en el Neolítico al final del invierno. Entonces era coincidente con el fenómeno de las lluvias necesarias para el crecimiento de la vegetación y la germinación de las semillas. Y lluvias a las que alude semánticamente, y cuando fue bautizada esta constelación Híadas "Las Lluviosas", que desde luego no fue con carácter arbitrario. (Y lluvias que no se referían a las que tenían lugar en el invierno en el hemisferio norte, cuya agua hace crecer los ríos, y ha sido concretizado desde la más remota antigüedad, en obras de arte como figuras femeninas con vasijas, metáfora del agua que la Madre Naturaleza volcaba desde el cielo).
Explica el hecho de que estén separadas casi 13 mil años, y no 26.000 que serían los que deberían de transcurrir para que se repitiera el ciclo, el hecho de que sea también seis meses los que separarían el ocaso entre Híadas antes de la primavera y el ocaso de Híadas antes del otoño, fechas en las que se inician los dos períodos en que la vegetación surge y la Naturaleza se renueva. En el caso de las neolíticas, tras el frío invierno, y en el de las paleolíticas, tras el seco verano, en los que se podían propiciar las lluvias generadoras y benéficas para el resurgir de la vegetación. Por lo que a pesar de que la misma configuración estelar esté separada en el tiempo seis meses, da la casualidad que son dos momentos del año en que es semejante el clima esperado: tiempo de bonanza y lluvias para que la vegetación se renueve.
Frente a la pregunta del por qué debían preocuparse nuestros ancestros de la Edad del Hielo, hace 18.000 años, de que lloviese, si aún estaban en período de glaciación, he de recordar que precisamente en este período, tras la última glaciación hace unos 24.000 años, durante la transición climática, mientras los glaciares van retrocediendo, en las tierras liberadas a causa del deshielo, se empieza a repoblar con la flora de esa época. Pero en los territorios liberados, aún falta algunos milenios para que la estepa y la tundra sea colonizada por árboles y se produzca la gran expansión de los bosques, que posibilite el aumento de animales comestibles, en estas regiones boscosas.
De forma que nuestros ancestros artistas al final del período glacial (Solutrense), residentes en regiones en donde aún impera un clima seco, “inventan” el arte parietal de las cuevas maternales, a la vez que las prácticas religiosas basadas en las más arcaicas mitologías, con las que intentan convencer “mágicamente” a la Divinidad Maternal, para que los proteja y alimente, como una Madre protege y alimenta a sus hijos. Y para ello es primordial que envíe la lluvia necesaria para que la hierba crezca, para que los animales herbívoros, susceptibles de ser comidos, estén bien gordos y se multipliquen, y para que haya suficientes vegetales, alimento imprescindible para pueblos recolectores.
Y curiosamente en este período del Paleolítico, piden que llueva al final del verano, cuando tras el seco y caluroso verano, las lluvias antes del otoño van a propiciar el resurgir de la vegetación [no como en períodos posteriores con un clima más templado, que necesitan que llueva tanto al final del invierno, para que estas lluvias produzcan el resurgir de la vegetación en la primavera, con la llegada del buen tiempo, y haya cosecha de la primera época agrícola (frutas de verano). Como también necesitan que llueva al final del verano, para que las lluvias antes del otoño permitan el resurgir de la vegetación y haya cosecha en la segunda época agrícola (frutas de invierno)].
De ahí que las pinturas en cuevas realizadas en el Paleolítico: en Altamira, Lascaux.... tengan carácter mágico y sean propiciatorias de lluvia después del verano y aseguradoras del aumento de la vegetación, dependiente de la lluvia, para conseguir mejora en la alimentación, que es este período es de caza de animales herbívoros y recolección de vegetales y frutos silvestres.
Mientras que las obras de arte neolíticas: arte rupestre del Levante español y otras, fueron realizadas por pueblos que se alimentaban ya de la agricultura, y propiciarían la lluvia para hacer germinar la semilla enterrada. De ahí que ya aparezca la figura humana mitológica del panteón Neolítico: femenina o masculina fálica representante de la semilla que germina y protagonista de la historia de la agricultura. Y que es representada desplazándose a zancadas, o cayéndose o muriendo a causa de flechas clavadas (= cons. Orión va al ocaso coincidiendo con orto de Flecha), ya que concretiza al paredro de la Diosa Madre, que como semilla muere y resucita y que narra la historia de la agricultura.
Y aunque algunas de estas obras neolíticas están datadas por los historiadores de manera imprecisa alrededor del V milenio adne y otras en el IV milenio adne, consideramos que por la temática y símbolos, tuvieron que ser realizadas en el IV milenio adne, por lo que la datación de los historiadores no sería exacta. Más preciso sería datarlas alrededor del año 3300 adne, justo en el momento en que tal hecho astronómico tenía lugar: la constelación Híadas “Las Lluviosas” se iba al ocaso el 14 de febrero al atardecer y surgía la constelación Flecha (hoy tal evento tiene lugar el 1 de mayo), y era coincidente con el fenómeno de las lluvias, propiciatorias de la germinación de las semillas.
Desde luego ninguno de estos modelos que han sido consideradas "escenas de caza" por muchos historiadores, en los que aparecen figuras de cazadoras o animales con venablos clavados, tanto paleolíticas como neolíticas, tenían finalidad de propiciar o asegurar la caza. Nosotros discrepamos de esta "teoría", al igual que divergía Leroi-Gourhan desde que la puso en entredicho ya hace casi medio siglo, a pesar de que se siga defendiendo, aún en contra de las evidencias que la niegan.
Hay varias razones que lo evidencian: la primera es que los animales representados en las escenas artísticas, no son los que servían de alimento a los artistas que las realizaron. Y la segunda es que muchas obras están realizadas por pueblos que no se alimentaban de la caza, así que no existía ningún interés en asegurarla.
La primera evidencia científica la aporta el estudio de los restos de comidas dejados por lo autores de las pinturas de escenas de animales. Se preguntaba Leroi-Gourhan en (1983, 76): "¿por qué no hay más que una única representación del reno en Lascaux, mientras que está presente con exclusividad entre los restos óseos, restos de comidas que cubrían el suelo de la cueva?"
También se preguntaba: "Por qué los animales señalados con heridas en puntos vitales son una fracción restringida de las figuras, mientras que la práctica de la magia habría dejado suponer que la totalidad de los animales deberían estar señalados de ese modo con el signo mortal?