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EROS, ARTE Y CREACIÓN   Lista de mensajes  
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Eros, arte y creación*

Miguel Lugones Botell1 y Tania Quintana Riverón2
Especialista de I Grado en Ginecología y Obstetricia. Policlínico
Docente. "26 de Julio", Playa. Ciudad de La Habana.
Residente de Endocrinología Pediátrica. Instituto de Endocrinología
y Especialista de I Grado en Medicina General Integral. Ciudad de La
Habana.

"Escribir es un modo del eros..."
Roland Barthes

Si un tema ha sido característico en el arte desde que éste existe
es el que está relacionado con el amor. Lo mismo en las Santas
Escrituras que en la historia profana de los primeros y los más
grandes pueblos del mundo ya hay referencia a éste. No existían
sobre la tierra más que un hombre y una mujer y ya hubo entre uno y
otro una complicidad de seducción. No había más que 3 y ya se
contaron un viejo perjuro, un fratricida y una víctima inocente.
Nemrod funda la esclavitud, poblaciones enteras entregadas a los
vicios perecen por el fuego del cielo, y el lago Asfaltites sumerge
en sus aguas empozoñadas los restos de Sodoma y Gomorra; Loth
cohabita con sus propias hijas y también ya desde la antigüedad
Ovidio y Horacio celebraron en versos pomposos el incesto y el
adulterio.
Los orígenes del arte erótico, cuyas imágenes lo invadieron desde
sus comienzos, se encuentran -como los de todo arte- en la creencia
y el ritual mágico, muy poco relacionado con el placer individual.1
Por que el erotismo no es sexo en bruto. Mientras la sexualidad es
animal, una función natural fundamentalmente; el erotismo se
despliega en la sociedad; está transfigurado por la imaginación:
rito, teatro, etcétera.

En las culturas primitivas en función del artista era el de un dador
de la vida. La cualidad más importante de la obra no era su belleza
o su parecido con la realidad, sino su potencia mágica, su posesión
de vida independiente y su influencia sobre el mundo circundante.1

La visión del arte como forma de generación mágica continuó en las
creencias y prácticas de culturas posteriores más evolucionadas.1 La
historia de que Adán fue creado "del polvo de la tierra", como
aparece en el Génesis, ejemplifica tal sobrevivencia y así lo hacen
las efigies talladas por los egipcios, que pretendieron servir como
sustitutos de cuerpos para las almas de los muertos sin hogar. El
término descriptivo de los egipcios para el escultor era el
de "aquel que se mantiene vivo".
Según el mito griego, Dédalo,2 el inventor de la escultura, hizo
figuras tan poderosamente vivas que tuvieron que encadenarlas a sus
bases, y Pigmalión talló la estatua de una doncella que con la ayuda
de Atenea tomó vida bajo su cincel y con el tiempo llegó a ser su
desposada.

Entre las representaciones conocidas más antiguas del cuerpo humano,
que datan de la Edad de Piedra, hay esculpidas pequeñas figuras y
relieves de mujeres con mamas y caderas muy acentuadas. Algunas
parecen representar mujeres embarazadas, y es probable que estas
imágenes fueran hechas para propiciar la fertilidad de la tribu y la
grey.1 No trataron de ser sólo copias de la realidad, sino de ser la
realidad misma, llevadas a un ser real fuera de la materia muerta en
la realización mágica de un deseo. Su carácter sexual era doble: ser
instrumentos de fecundidad y, a la vez, productos de un proceso
parecido a la reproducción humana.

Señala Población del Castillo3 que el instinto sexual quedó patente
en numerosas esculturas y dibujos prehistóricos, como el llamado
arte antidiluviano en el que Wiegres ha insistido en poner de
manifiesto el conocimiento de la anatomía genital femenina en el
cuaternario, como las venus auriñacienses, que con sus anchas
caderas y vientre péndulo, son como un canto a la maternidad.3

Hay abundantes referencias sexuales en el arte prehistórico y
primitivo que no reflejan un talante de hedonismo descuidado en las
primeras civilizaciones, sino un interés por las apremiantes
necesidades humanas y más en particular por la preservación de la
vida misma.1 Todo el arte sexual de esta etapa era un arte mágico.

Existe una escultura de sólo 11 cm de altura que representa una
mujer del período paleolítico y que se conserva en el Museo de Viena
a la que se le da una interpretación actual de una diosa de la
fecundidad, más que una simple figura erótica, en la que se ven muy
marcados los caracteres sexuales, grandes caderas, pechos
voluminosos y todas las características femeninas.4 Modelos de este
tipo se han encontrado en diferentes cuevas, como las de Les
Combarelles, Lausel y Laugerie Basse. El conjunto de obras y de
imágenes sexuales sirvió para explicar los orígenes misteriosos de
la vida humana, el movimiento del sol y la luna, el ciclo de las
estaciones y la existencia del hombre después de la muerte.4

Mucho antes de que el Cristianismo viniera a revelar sus grandes
secretos de civilización, los hombres rendían un culto idolátrico a
los objetos materiales que impresionaban más directamente sus
sentidos, y se puede asegurar que mucho tiempo antes no había otro
culto que el de los símbolos. La divinidad que presidía a la
reproducción de la especie humana, milagro de todas las épocas,
merecía el homenaje más vehemente. Ese vago deseo que precede a la
unión de dos amantes, la voluptuosidad que acompaña a esta unión, la
dulce languidez que la sigue, todo recibía un nombre, un alma, un
atributo y el amor fue considerado como Rey de los Cielos por las
aclamaciones del mundo.

Los símbolos sexuales adornaron instrumentos de todo tipo y fueron
usados como fetiches o amuletos. También se han encontrado
representaciones de actos sexuales en dibujos de las cuevas
neolíticas, en el arte aborigen de Australia y Africa, etcétera.1

Desde la prehistoria, los objetos de culto a menudo han recibido la
forma de los órganos sexuales. Ese culto que nació con el primer
sentimiento del amor, consagró, en primer término, el emblema de la
virilidad. Hoy mismo los árabes lo ponen por testigo cuando quieren
hacer una promesa solemne y los campesinos de la Pouille le llaman
el miembro santo. Se hacía una divinidad que precedía sucesivamente
el himeneo, la fecundación, los placeres del campo, los ruiseñores,
los bosques, las fuentes...

Según Díódoro, Plutarco, Pausianas, San Jerónimo, Orígenes y otros
escritores antiguos y modernos, el culto al Falo o el signo Príapo
se remonta a la historia de Osiris. He aquí un fragmento de esta
historia:


"Osiris, príncipe de Egipto, esposo de Isis, partió para una guerra
lejana, dejando a su hermano Thypon el cuidado de gobernar sus
estados durante su ausencia. Este engañó cruelmente su confianza.
Buscó ampararse del trono y sobornar a su cuñada. Osiris a su
regreso, se esforzó en retener a su hermano por la dulzura y los
buenos procedimientos; pero el traidor ocultando su perfida bajo la
máscara de la hipocresía, concibió el horrible proyecto de hacer
perecer a su rival. Al efecto lo invitó a un gran festín, al que
asistieron muchos oficiales de su corte que le eran adictos. Después
de la comida se llevó un gran cofre y Typhon propuso a cada
convidado que se metiera en él y llenara su interior. El fue el
primero en intentar la prueba. Cuando le llegó el turno a su
hermano, los conjurados se precipitaron encima y lo cerraron. El
cofre fue arrojado al Nilo con la víctima."
"Isis desconsolada recorrió las riberas del río con la esperanza de
encontrar sus restos; al fin, supo que estaba en Fenicia, allí se
trasladó, lo encontró y lo llevó a Egipto. Pero el implacable Typhon
arrebató el cuerpo de su hermano e hizo cortarlo en numerosos
pedazos que se dispersaron por diversos sitios. La desgraciada Isis
los recogió con cuidado, los hizo dar sepultura y consagró los
órganos genitales que no pudo encontrar.". A su muerte, que ocurrió
poco después de este suceso, los egipcios la elevaron, así como a su
esposo, al rango de los dioses, instituyendo en su honor fies
tas y misterios. Se llevó la representación del Falo de Osiris
consagrado por Isis en procesiones públicas y el culto del emblema
del amor conyugal llegó a ser bien pronto general en Egipto.

Herodoto habla de una fiesta que se celebraba entre los egipcios y
griegos, Pompa Phalli, y añade que las mujeres colgaban a su cuello
pequeñas figuras representando el signo de la virilidad.5 Osiris
vino a ser en el espíritu de los pueblos el símbolo del Sol,
generador de toda Naturaleza y, es notable, que todas las religiones
antiguas estén acordes en la misma doctrina, no diferenciándose más
que en la liturgia. Los scitas, egipcios, fenicios, persas,
babilonios, indios, griegos, etruscos y romanos estuvieron de
acuerdo con este punto. El célebre culto de Mithra no es otro que el
del Sol, el de Osiris, el de la virtud fecundante. Fue lo mismo que
los de Baco, Apolo, Vesta, etc. El Zend-Aresta es el libro de una
religión parecida, como su nombre indica: fuego viviente. Por
último, ese mismo culto ha seguido el curso de la civilización para
llegar a nosotros y se ha manifestado de diferentes formas. En
muchas localidades está aún en uso encender grandes fogatas la
víspera de San Juan, día de la mayor exaltación del Sol, éste es el
solsticio de verano. Esta costumbre se conservaba no hace mucho en
París y la historia de Dulaure dice que los reyes de Francia
consideraban un deben asistir a la fiesta. Los fenicios
transmitieron el culto de Osiris a los pueblos de Oriente.

Los comienzos de la civilización griega y romana ofrecen ejemplos
impresionantes de la influencia de cultos a la sexualidad. Los
campos y rebaños de la Grecia rural estaban custodiados por pilares
o estatuas con representaciones sexuales. Pan, Sileno y los sátiros
lujuriosos eran exhibidos a menudo en estado de excitación sexual e
invadieron las artes y el teatro desde su creación. Hasta se creía
que Fauno, Dios latino del ganado, y Fauna (su contraparte femenina)
espiaban en los campos y bosques, y eran incorporados en imágenes
expresivas de la sensualidad animal.1

El desenfreno de los espíritus de la Naturaleza, la persecusión de
las mujeres, etc., suministraron temas para el drama, la pintura y
la escultura.

Las obras de arte de índole sexual, inspiradas en el culto y
pertenecientes a etapas y regiones diferentes y hasta muy distantes,
muestran enormes variedades de tipos y estilos, pero tienen en común
que cada una tiende, dentro de su propio ambiente cultural, hacia la
abstracción formal y la repetición del estereotipo que caracteriza
al arte primitivo o arcaico en todas partes. No expresan la
individualidad de artistas particulares, sino incorporan las reglas
establecidas para el arte y para el sexo por las diferentes
civilizaciones que las produjeron.1 En esto reflejan las
restricciones que limitan al arte primitivo.

Lentamente las convenciones en desarrollo y no la voluntad
individual de los artistas gobernaron los temas y el estilo. De
igual manera todas las culturas primitivas limitaron la expresión de
la sexualidad. Los hombres y las mujeres no eran libres de actuar de
acuerdo con impulsos individuales. Así, el tratamiento del sexo en
el arte permaneció bajo una doble limitación a través de la mayor
parte de la historia, que en la etapa medieval alcanzó su máxima
expresión, donde permaneció marginada. En esta etapa los temas
sexuales en raras ocasiones entraron al arte sin sanción cristiana y
cuando tenían que mostrarse cuerpos desnudos, como en las escenas de
la Caída de Adán y Eva o de El Juicio Final, se esquematizaban para
quitarles cualquier matiz de sexualidad.

Pero volvamos a los tiempos griegos donde la mitología se llena de
dioses y diosas femeninas, ensalzándolas filósofos, artistas y
políticos, y en el teatro de la cultura no podemos dejar de nombrar
a Safo con sus cánticos de amor. En la mitología griega Eros
representa la fuerza atractiva, que agrega y combina elementos, la
fuerza creadora que anima al mundo, y por ende la pasión amorosa. Al
personificarse este principio abstracto, se hizo de Eros el Dios del
Amor. Como tal, pasó a la mitología romana con el nombre de Cupido.
Los poetas helenísticos, siguiendo una concepción que ya apunta en
Anacreonte, aluden a él como un Dios que castiga y causa
tribulaciones a los que intentan resistir a su influjo. Se le
tributaba culto en varias ciudades de Grecia, principalmente en
Tespias, donde le erigieron un templo con estatuas de Praxiteles.
Safo le compara al viento, que llega de improviso; lo llama "amargo
y dulce a la vez". En las artes plásticas se le representó durante
el período Arcaico como un joven, en el período clásico es un
muchacho, y un niño en el período helenístico. En Samos se le
adoraba como al dios de la Libertad, asunto interesante, pues el
amor siempre se opone a todo tipo de tiranías.6

En este mundo mitológico al que hacemos referencia, los dioses
fueron clasificados en muchos órdenes y los más poderosos, entre
ellos Venus, precedían a los placeres de los sentidos, a los goces
físicos. Júpiter mereció el primer puesto en el palacio de los
dioses porque estaba considerado como el más poderoso atleta en los
combates amorosos. Por causas parecidas mereció Hércules la
apoteosis.

Como ya señalamos, se crearon divinidades de mujeres y es preciso
creer que con objeto de satisfacer las pasiones de los hombres, los
campos y los bosques fueron poblados de creaciones tan bellas como
apasionadas de ninfas amables y voluptuosas, hijas del Océano,
fecundaban las plantas, entre ellas, las orcades presidían a las
montañas, las dríades a las florestas, las hemadriades a los
árboles, a las que estaban unidas sin poder separarse, las náyades a
los ríos y las nereidas a las olas del mar.

Entre este cortejo de divinidades, las más lascivas eran a propósito
para excitar el genio ardiente de los poetas de Egipto, Grecia y
Roma.

Dos cuadros, llamados Polignote y Parrasius han sido citados por
Pausanias y Plinio como excelentes en ese género de composición.

En el arte griego del período helenístico, la obra de tema erótico y
estilo con carga erótica, constituyó una especialidad principal
realizada por muchos artistas, algunos de ellos muy talentosos.5 De
esta etapa es "Afrodita, la llamada Venus de Médici". La importancia
del período helénico en el desarrollo del arte erótico no radicó
tanto en la originalidad de la obra que produjo, sino en la
formación de un vasto repertorio secular que influyó en el arte
erótico posterior de Europa, sobre todo de Roma,7 y dejó sus huellas
en el arte de lugares tan disímiles como África del Norte, el Medio
Oriente y la India. Los rasgos helénicos caracterizaron para siempre
la mera noción de la belleza física y la atracción.

Como hemos señalado, la licencia erótica del arte no avanzó sin
oposición. Entre las poblaciones más ligadas a la tradición del
Imperio, siempre estuvieron presentes corrientes de resistencia. El
rechazo al erotismo pagano tuvo fuerza en el Oriente entre las
sectas semíticas; en Grecia, entre los miembros de las filosofías
estoicas y cínicas,8 y aún en Roma, donde las tradiciones
patriarcales de austeridad y modestia estaban en constante conflicto
con la libertad cosmopolita.

El surgimiento del cristianismo coincidió con la difusión de
prácticas ascéticas entre las comunidades gentiles y judías del
Imperio. Con él declinó la popularidad del arte licencioso y los
artífices de lo erótico se enfrentaron a una doble prohibición que
puso un alto efectivo a su trabajo, lo cual lo hizo declinar.

Sólo hacia fines de la Edad Media los artistas empezaron a tratar el
desnudo más francamente,1 permitiéndose una visión más cercana de lo
antiguo y de la realidad, y osando expresar un tímido deleite en la
belleza del cuerpo humano.

El Renacimiento reclamó una herencia antigua, la de los logros de
Grecia y Roma rehabilitadas y reaparecieron los temas eróticos en el
arte renacentista temprano, pero no fue igualmente compartida por
todas las clases sociales. La erudición humanista legitimaba ahora
la desnudez de Venus, al igual que la teología cristiana había
aceptado anteriormente, con algo de reticencia, la desnudez de Eva.1
De tumbas y bóvedas llenas de ripio, los cazadores de tesoros
sacaron a la luz estatuas y pinturas de belleza espléndida y
sensual. Los artistas las escogieron como modelo, y en sus propias
obras trataron de reincorporar estas divinidades a sus medios
apropiados. Los amores de los dioses, sus fiestas y triunfos, las
viejas fábulas de persecución, disfraz, seducción y abandono,
volvieron así a entrar al repertorio del arte. A partir de entonces
aparecieron imágenes arquetípicas del arte erótico moderno: la Venus
de Botticelli, nacida en el mar en desnudez perfecta; la Venus de
Giorgione; la Leda de Miguel Ángel abrazando al cisne; la Io de
Corregio sostenida por la nube de Júpiter, y muchas otras más.
Interminablemente vueltas a copiar o adaptadas y difundidas a través
de impresos, estas caras, cuerpos y actitudes suministraron el
conjunto básico de tipos eróticos para el arte occidental
posterior.1 La sensualidad que caldeaba las composiciones
mitológicas de Rafael y Tiziano fue templada por el decoro y la
reticencia emocional.

Además de la tendencia clásica en el arte erótico renacentista,
existió otro más popular tomado de la realidad de la vida diaria que
gozó de gran circulación. A partir del siglo xvi esta tendencia
realista del género erótico "bajo", continuó como una alternativa
importante de las tradiciones más grandes del arte erótico.1

De toda esta etapa se han señalado a Rembrandt y a Rubens entre los
pocos grandes maestros del arte erótico de Occidente a causa del
vigor, verdad y profundidad en la concepción del sexo en sus obras.

Los siglos posteriores dieron también su aporte al arte erótico y
así puede verse la importancia que se le da al siglo XVIII donde "en
ningún otro período de la historia occidental el arte erótico ha
sido más cálidamente protegido y más oficialmente promovido que en
los años de 1720 a 1780" al decir de Lucie-Smith. El período produjo
artistas como Antoinie Watteau que se ha comparado con Tiziano,
Corregie y Rubens como productor de obras de arte erótico, donde "lo
rosado de los desnudos despliega gran ingenio, invención y
seducción." Su obra, al igual que la de otros autores como Boucher,
que produjo cuadros muy bellos, como La Muchacha desnuda en 1740,
muy raramente llega al punto de la obscenidad ofensiva.

En el siglo xix, los diferentes movimientos que dominaron el arte
como el neoclasicismo, el romanticismo y el naturalismo, entre
otros, no fueron favorables para el desarrollo de un arte erótico
vigoroso.1 Se señala que mientras los «artistas serios» tenían
dificultad para manejar los temas sexuales, la producción masiva y
comercial de la pornografía que fue estimulada por los avances
tecnológicos de la impresión y del mercado, alcanzó proporciones de
industria.

El arte moderno no ha sido época de oro para el erotismo, pues los
artistas se han preocupado más por otros temas for
males y el surgimiento del abstraccionismo en el siglo xx tuvo un
efecto adverso, pues resulta difícil referirse al sexo en términos
no figurativos en absoluto. Sin embargo, autores como Picasso han
tenido en sus obras repetidas vueltas a los temas eróticos.1

En el presente siglo, con el surgimiento del cinematógrafo, se crean
innumerables posibilidades de representación erótica, y puede
decirse con Ado Kyrou que "no hay cine sin amor". Los actos de amor
son tan naturales y tan aptos como tema para una película como para
cualquier arte representativo y aunque éste no es el único tema
efectivo del cine, es imposible dudar que hacer películas y hacer el
amor han estado ligados durante toda la historia de este medio.

Consideraremos, al menos some-ramente, el lenguaje. Se está
generalmente habituado a ver la pintura del amor como asunto
principal de todas las obras literarias, dramáticas, trágicas o
cómicas, románticas o clásicas. Ha sido también el más fecundo de
los asuntos para la poesía lírica como para la épica.

Mucho antes de la escritura era el mensaje boca a oído lo que
mantuvo de alguna forma las tradiciones de la época y un ejemplo de
ello lo constituyen los poemas honóricos La Ilíada y La Odisea, que
precedieron en siglos a la escritura griega.9 Desde entonces hay
ejemplos de sensualidad y ternura amorosa. En La Ilíada vemos como
Andrómaca, esposa de Héctor, simboliza el tipo inmortal de la más
tierna y abnegada afección conyugal. El texto donde se separa de
Héctor, el cual no volverá de la batalla, es una de las más puras
joyas de la poesía griega y de todos los tiempos (Ilíada, Canto VI).

Pero la creación llega en la escritura hasta plasmar el pensamiento
en códigos que no dejan de tener belleza como el Kama Sutra y el
Ananga Ranga, milenarios documentos de la India, donde el sexo, la
sexualidad y la sexuación son descritos prolija y delicadamente
dentro de un esquema moral y ético que propicia el entendimiento
entre las personas, como parte de un ritual de comunicación de
carácter religioso.9 La ley era inexorable para el que faltaba el
respeto a su mujer. La protección de ésta comienza con el famoso
Código de Hammurabi10 con el contrato matrimonial que dice: "Si un
hombre toma esposa y no ha hecho contrato, el matrimonio no es
legal". El amor estaba desprovisto de toda timidez y así se expresa
en un papiro:" "Yo deseo estar contigo como mujer tuya". También la
lealtad en el amor era muy considerada y así lo dice otro
papiro: "Si mi amado no acude esta noche, yo estaré como las que
reposan en la tumba".

Los árabes antiguos nos legaron libros como Las mil y una noche,
donde además de la amistad, están la sensualidad, el erotismo, la
desesperanza, la infidelidad, y muchas otras vivencias.

En el lenguaje poético, el amor y la sensualidad se desenvuelven en
una atmósfera de belleza en todos los tiempos. Sería inacabable este
trabajo si pretendiéramos enumerar en cada época, cuánto de poesía
amorosa se ha escrito. Siempre la poesía ha sacado al amor de los
ordinario, del plan biológico. La mujer de la poesía es una criatura
magnífica y ya desde los tiempos griegos se conoció a Safo que como
se ha señalado, su poesía está inspirada en el verdadero amor, en la
pasión desairada, en la evocación, y es capaz de los deleites más
serenos, haciendo música de las pasiones. También Mimnermo de
Colofón fue un poeta consagrado al aspecto amoroso y fue el pionero
del hedonismo literario.11

La poesía del amor se nutre de sufrimientos que le son inseparables:
ausencia, separación, imposibilidad de fijar el instante, lo
irrevocable del pasado, la presencia de la muerte, aun cuando no sea
más que hipotética. Estos sufrimientos entran en la literatura como
tradición hasta nuestros días desde Diétima, Amarilis y Sulamita,
entre otros.11

El lenguaje erótico está en innumerables autores: Ovidio, La
Fontaine, Voltaire, Pierre Poys y otros tantos, donde se ha manejado
desde lo vulgar hasta las formas más perfectas de la belleza. Hasta
Shakespeare tornó a este tema tantas veces que se puede sospechar
que consideraba que ningún tratamiento podía explorar más de un
ángulo de su interés.12 "Nunca hubo historia más dolorosa que esta
de Julieta y Romeo", se ha dicho, así como lo "dolorosamente
horrible de la tragedia de Othello".12

Cabe a estas alturas preguntar: ¿Qué rumbos seguirían las emociones
eróticas de un joven, o de cualquier persona, sobre las cuales nunca
hubieran influido directa o indirectamente al menos, la poesía
sexual u otra obra de arte? Inclínase uno a pensar que un camino
recto a un sencillo desenlace puramente animal de la situación
erótica, sin incluir ninguna de esas vagas y profundas regiones de
emoción que constituyen parte tan principal de lo que tratamos de
designar de designar cuando empleamos la palabra amor.

Señalar a través de los siglos los diversos cambios en el ideal
sexual y mostrar cómo la poesía erótica ha determinado cambios en
esos ideales, sería interminable. Pero es seguro que cada uno a su
manera han producido cambios acumulativos y han hecho en sus tiempos
que el punto de vista de las cuestiones sexuales hayan sido
diferentes.

Como ejemplo, podemos detenernos en el movimiento Romántico, que
tuvo distintas características según el país que consideramos: En
Inglaterra fue primordialmente pictórico, en Alemania, musical y en
Francia, literario. Pero siempre se vuelve al ideal caballeresco que
tanto modificó el equilibrio en las relaciones amorosas entre el
hombre y la mujer.13 Wagner es uno que resucita estos temas y las
grandes leyendas para sus obras. Goethe, Chautebriand, Bécquer y
Espronceda figuran entre muchos de los autores que dan una línea
melancólica a sus obras.14

En esta época también la mujer será la determinante de grandes
inspiraciones: Espronceda en su Canto a Teresa, clama por la mujer
que amó; Lamartine inmortaliza figuras de la vida real; Goethe
inmortaliza en la Margarita de Fausto la representación más pura de
su amor por Grechten.14

La música ha estado siempre en la creación a través de Eros. Es así
desde la antigüedad, cuando el lirismo griego se escribía para ser
cantado con acompañamiento musical. Lírica proviene de lira, el
primero de los instrumentos de cuerda usado por los griegos. Una de
las grandes figuras de la música de todos los tiempos, Federico
Chopin, tiene presente en toda su obra a la mujer. El gran
compositor Franz Liszt se inspira en la campesina Alfonsina Plessi,
así como en la otra figura femenina, la princesa rusa; serían ambas
las creadoras de esas bellas páginas melódicas.14 La figura de Clara
Wieck inspira la obra de Schumann, que no es capaz de triunfar hasta
que logra su matrimonio. También en la obra de Wagner retrata en su
Isolda del Tristán, a Matilde Weessendock. Más tarde, ya viudo, se
casa con Cosima Liszt, la hija del gran compositor y de ahí nace El
Anillo de los Nibelungos.14

Como vemos, el sexo y el arte relacionado con éste, se inspiran y se
trasladan a la vez a las regiones del sentimiento puro, que son
imposibles de explorar siguiendo métodos realístios o científicos.
Probablemente ningún instrumento, salvo el arte, la poesía, la
música, será nunca apto para explorarlas. La ciencia llega hasta
cierto límite; mas allá se encuentra lo más importante para el alma
humana, el sentimiento.

Al comienzo señalábamos a Eros como Dios del amor. En literatura, la
rosa es la flor de este dios, con la que se corona. Aquí la creación
es natural. Francisco de Rioja, poeta español, cantó a la rosa,
comparándola con la aurora y haciendo resaltar la brevedad de la
vida floral:

"Pura, encendida Rosa,
Émula de la llama que nace con el día,
¿Cómo naces tan llena de alegría,
si sabes que la edad que te da el Cielo
es apenas un breve y veloz vuelo?"
La historia hizo mérito a esta flor, consagrándola a realzar
elevados valores morales y relevantes virtudes. Para algunos es
presagio de amor firme y duradero, como la rosa que abre al mágico
conjuro del rocío cristalino de la noche o a la frescura del agua de
la fuente.
En nuestra poesía y en nuestra creación musical también hay
referencias a la brevedad o a la fragilidad floral. En este caso, no
por el tiempo, sino quizás cuando en un atardecer éstas mueran al
adivinar que el amor se termina por la existencia de otro querer.
Eso lo expresa muy poéticamente el tema Dos Gardenias, conocido
internacionalmente. Ahí está la grandeza de este símbolo, permanente
en su encanto, en el tiempo y la distancia, pero reacio a perderlo
ante la significación de su emblema de pureza y perfección.

Referencias bibliográficas
Katchadourian AH; Donal TL. Las bases de la sexualidad humana.
Editorial Continental, 1992:445-80.
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Muñoz Ferrer F. De la mujer primitiva a la actual (y 2a. parte). Tok
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Jue, 23 de Dic, 2004 10:17 am

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