| http://www.laopinioncoruna.es/estaticos/domingo/20080601/domingo.html En primera línea del frente Texto: Salvador Rodríguez
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| Soldados, sanitarios y camilleros de la Compañía de Ametralladoras a la que pertenecía Arca. |
Días después de la presentación del libro Álbum de Guerra. Canteiros da
Terra de Montes no Exército Popular da República, su principal
protagonista, Roxelio Arca Rivas, autor de casi todas las fotos
incluidas en el volumen, sufría una pequeña caída que, de no haber sido
por su avanzada edad, no tendría la mayor importancia, pero que, para
una persona de 94 años, puede resultar fatal. Desde entonces, desde ese
leve accidente, Roxelio no sale de casa y siente que su memoria ya no
funciona como debería, como a él le gusta que funcione; en realidad,
como siempre había funcionado hasta hace tan sólo unas semanas: como un
reloj.
Tal vez a Roxelio no le haga mucha gracia que se diga esto,
pero él no es tan só lo “uno de tantos represaliados” del franquismo,
de las víctimas de la Guerra Civil. La culpa no es suya, ni de los
juntaletras, ni “del enemigo”, ni de los amigos, ni siquiera de
Dionisio Pereira, que ha rescatado una historia con tesoro dentro... La
culpa la tiene una cámara Kodak que llegó a sus manos y con la que
retrató a sus compañeros de las Milicias Confederales que, en primera
línea de combate, defendían en la primavera de 1937 las posiciones
republicanas en el frente de Madrid. Arca Rivas se convirtió en
fotoperiodista sin querer —ni era fotógrafo ni era periodista— aunque
las valiosísimas imágenes que captó su Kodak han tardado 71 años en ser
publicadas.
“Non, Roxelio, alomenos conscientemente, nunca tivo vocación
xornalística —nos cuenta Dionisio Pereira— pero sempre foi un deses
homes puntillosos en todo o que fan, detallistas ata o extremo, deses
que teñen bo gusto, vaia, e que se preocupan polas cousiñas máis
miúdas. Iso reflíctese, por exemplo, en que en todas estas fotos se
especifica quen é quen, cos seus nomes, apelidos, sitios onde naceran
ou vivían, e esa teima súa fai que, a estas alturas, todas estas
testemuñas gráficas adquiran un valor engadido, ao que hai que sumar o
feito de que forman parte dunha especie de diario de campaña que
Roxelio escribía día a día na fronte de Madrid, nas pausas entre
batalla e batalla, o mesmo que as fotos, que foron tiradas todas nos
descansos, non en plena loita, claro, porque, a fin de contas, él non
estaba cubrindo unha información senón combatindo nunha guerra; era un
soldado ”.
La inmensa mayoría de los hombres que aparecen en estas imágenes eran
gallegos, casi ninguno, que se sepa, militar profesional, y el porqué
de ambas aseveraciones merece una explicación histórica, más allá de su
pertenencia a estas milicias anarquistas. Se trataba, en su
generalidad, de canteros, albañiles, mamposteros... emigrantes
temporeros que desde el rural gallego pasaban temporadas de nueve meses
empleados en las obras públicas que se realizaban en la capital de
España (también en Asturias, País Vasco o Pirineo aragonés y catalán) a
los que el golpe militar sorprendió —en muchos casos felizmente para su
supervivencia— fuera de Galicia. Roxelio Arca, que a lo largo de su
vida desempeñó múltiples oficios, todos ellos caracterizados por la
habilidad manual, formaba parte de la cuadrilla de canteros de una
comarca célebre en el gremio: la de Terra de Montes. Él nació en el
lugar de Figueroa, parroquia de San Martiño, concello de Cerdedo, y
aquel 23 de marzo de 1936 en que, nuevamente, iba a Madrid para iniciar
otra temporada, no podía sospechar que ésta se iba a prolongar más de
los tres trimestres acostumbrados. “Roxelio era anarquista, afiliado á
CNT —nos aclara Pereira— e o seu pai, Francisco Arca Valiñas, era un
dos máximos dirixentes de El Trabajo, á súa vez integrado na Federación
de Agricultores y Obreros del Ayuntamiento de Cerdedo; non é de
extrañar, con este precedente, que en Madrid Roxelio contactase dende o
primeiro intre coas organizacións obreiras e se móvese sempre nos
ambientes políticos de esquerdas”.
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| Tapias de El Pardo. De derecha a izquierda, Pascual Murciano ‘Tío Cuco’, Roxelio Arca y el teniente Espiga (militar profesional de la sección de Ametralladoras), el sanitario de la compañía y, manejando el telémetro, El Chino. |
Tras el alzamiento del 18 de julio, la, por aquel entonces, potentísima
CNT fue de las primeras organizaciones que puso al servicio de la
defensa de la II República batallones armados y (más o menos) bien
organizados, adquiriendo un protagonismo que, a medida que avanzaba la
guerra, se diluyó para ser finalmente acaparado en su práctica
totalidad por el PCE. Arca Rivas se alistó muy pronto en las Milicias
Confederales, concretamente en el Grupo 33 de la primera Columna
Confederal que se constituyó en Madrid, junto a un buen número de
canteros y trabajadores de la construcción pontevedreses, cuyo bautismo
de fuego, a finales de julio de 1936, consistió en frenar la marcha de
los franquistas en Somosierra, donde hicieron frente al poderoso
ejército del general Mola, cuyo avance consiguieron detener en Paredes
de Buitrago. Del comportamiento de esa Columna, formada por dos mil
milicianos y milicianas comandados por el teniente coronel Francisco
del Rosal, se han escrito no escasas hazañas. Después de cumplir con
éxito esa misión, la Columna fue destinada a la Sierra de Gredos y la
brigada gallega, el citado Grupo 33, pasó a ser incluido dentro del
Batallón Ferrer. Allí se las vieron ni más ni menos que con los moros
de Franco, y esto lo cuenta el propio Roxelio en su diario: “Miércoles,
30 de setiembre de 1936 (...) Aquí en la retirada del pueblo de
Casavieja es donde nosotros empezamos a conocer lo triste y cruel que
es esta guerra para la inocente población civil; familias enteras
abandonando sus hogares para no caer en manos del enemigo y no ser
víctimas de atrocidades que diariamente cometen los moros africanos de
Marruecos con todos aquellos desdichados que caen en sus ensangrentadas
manos. Mujeres locas de espanto con sus hijitos en los brazos y
llorando, corriendo de un sitio para otro y sin saber a dónde
dirigirse, porque en las retiradas precipitadas todo es caos y el ver
todo esto sí que es muy triste...”
Si por algo destacan los textos escritos por Arca en su diario es por
su detallismo, un detallismo no exento, en ocasiones, de crudeza, tal y
como señala Dionisio Pereira: “No seu afán de contar todo o que miraba,
Roxelio non se cortaba á hora de descreber os horrores da guerra”.
Veamos un ejemplo: “8 de enero de 1937... Cuando abandonamos la
trinchera los supervivientes, se encontraba toda bañada de sangre por
sus tres costados, viéndonos obligados a pasar sobre los cadáveres de
varios compañeros muertos y moribundos (sic) un cuadro triste y
doloroso para todos nosotros, al tener que dejarlos abandonados y en
manos del enemigo”.
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| Miembros de la compañía en el chalé Las Flores. |
La Columna Del Rosal (y por tanto el Grupo 33, el de los gallegos) se
reconvirtió, en el otoño de 1936, en la Brigada Mixta que, a su vez, se
incorporaría a la Quinta División del VI Cuerpo del Ejército Popular
con el ya mencionado nombre de Batallón Ferrer, oficialmente 153
Batallón que, tras combatir, además de en Madrid, en el frente de
Aragón, a finales de febrero de 1937 consigue parar la ofensiva
franquista en el Pardo, “situándose —narra esta vez Dionisio Pereira— a
fronte a ambas beiras da estrada nacional da Coruña, separadas as
trincheiras tan só polo ancho da calzada: á esquerda, os fascistas: á
dereita, os republicanos, que ocuparon a antiga Embaixada de Cuba. No
medio de encirrados combates, aquela liña de fronte non mudará xa até o
final da contenda. Daquela, Roxelio e varios dos seus compañeiros de
Soutelo, Presqueiras e Alariz son incorporados á sección de
metralladoras que recibiu o mote de La Máquina de los Gallegos”.
En los primeros días de abril de 1937, aprovechando una breve pausa en
los combates, Rogelio y sus compañeros descansan en un lugar sito en
las inmediaciones de El Pardo, concretamente en los jardines de un
chalé de Las Flores, donde fueron tomadas las imágenes de Álbum de
Guerra. Sorprende en alguna de estas instantáneas la alegría, la
distensión que parecen presidir el ambiente, sobre todo teniendo en
cuenta que el frente de batalla apenas estaba a un kilómetro, pero como
escribió Rogelio, allí están “Viviendo intensamente la vida... porque
la vida es muy corta y en los tiempos que vivimos mucho más aún” .
Días después de tomadas esas fotografías, muchos de quienes aparecen en
ellas caían destrozados por las balas, la metralla o los proyectiles.
Ya en plena debacle republicana, el Batallón Ferrer fue enviado a la
Sierra de Mogorrón (Guadalajara) donde sufrió decenas de bajas. La
unidad, seriamente tocada, se disuelve en la práctica y muchos de sus
componentes suben al frente de Asturias. Roxelio Arca, en cambio, fue
destinado a un nuevo Batallón Divisionario de Ametralladoras, junto a
otros dos vecinos suyos, José Diz y Francisco Bugallo.
“Aos tres cerdedenses —escribe Pereira— tocoulles o mércores 29 de
marzo de 1939 o momento fatídico da rendición na serra turolense de
Camarena, a mans precisamente dunha morea de paisanos integrados no
bando franquista que se comportaron sen ningunha consideración. Logo
dunha penosa marcha, os tres amigos foron concentrados xunto con
milleiros de combatentes republicanos na praza de touros de Teruel e
alí deron en coñecer o que lles agardaba: medo, penalidades, miseria e
malos tratos a mancheas”. Allí, Rogelio aún continuaba escribiendo su
diario.
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| Roxelio Arca, ante el monolito que recuerda el asesinato de su padre. |
Historia de un diario
El 13 de agosto de 1936, en A Ponte do Barco (Cerdedo), la madre de
Roxelio descubría con pavor los cadáveres a la intemperie de su esposo,
Francisco Arca Valiñas, y de Secundino Bugallo Iglesias: sin ninguna
duda, habían sido ejecutados por los franquistas. Es un lugar que nunca
le apeteció visitar a un Roxelio Arca que —libre ya de cargos, pues su
único “delito” era el de haber pertenecido al Ejército de la
República—regresó en cuanto pudo a su Figueroa natal donde, durante los
primeros años de la dura posguerra, tenía que presentarse todos los
días en el cuartel de la Guardia Civil.
Justamente setenta años después de aquel 13 de agosto, las asociaciones
Verbo Xido y Amigos da República lograban que Roxelio se acercase al
sitio donde acabaron con la vida de su padre: habían erguido allí un
monolito en memoria de ambos represaliados y, para Arca, aquel debió
ser uno de los días más emocionantes de su vida.
Dionisio Pereira conoce a Roxelio desde hace ya bastantes años. Pereira
es uno de los más destacados investigadores de la memoria histórica de
la Guerra Civil en Galicia pero, para él, el caso del retratista
siempre fue muy especial, y no ya sólo por el tesoro con que se
encontró, sino porque “en realidade eu din con Roxelio Arca porque fai
uns dez anos trasladeime a vivir a súa aldea. Dende o primeiro intre,
dinme conta de que estaba diante dun home que tiña moitas cousas que
contar, de modo que, axiña, convertiuse nun dos meus mellores
informantes”.
Que Arca Rivas había escrito un diario de guerra era un dato ya
conocido por algunos de sus vecinos; de los que se sabía menos era de
lo de las fotos: “En realidade —dice Pereira— as fotos o que facían era
ilustrar o propio diario, e iso foi co que eu me atopei”.
Las páginas originales de ese diario permanecieron escondidas en la
casa de la patrona de la pensión en la que el cantero residía cuando se
iba a trabajar a Madrid, y no sería hasta mediados de la década de los
90 del siglo pasado cuando su autor decidió recuperar y mecanografiar
los textos que había escrito a mano, a la par que “colocaba” las fotos
en su correspondiente espacio.
Quizás la memoria personal le esté gastando una broma a Roxelio. Sin
embargo, su detallismo, su ansia por contar cosas, su sed de justicia,
se han convertido en un impagable testimonio para la memoria histórica
de hechos que, a lo largo de demasiados años, permanecieron escondidos,
como su diario, plasmado en este Álbum de Guerra de magnífica edición.



