Soñé como tantas veces que caía a gran velocidad y aterrizaba en el
colchón con el corazón acelerado, no soñé que me ayudabas, no soñé
que tus manos hicieran intento alguno por alcanzar las mías.
Tú estabas allí, mirándome caer, tranquila y sin importarte nada.
Sonreías hablando con alguien y me decías adiós con un breve gesto de
la mano cuando el trozo de mundo que me soportaba se hundía.
Me tragó la tierra.
Clavaba mis uñas en las paredes del abismo, destrocé mis dedos
intentando frenar la caída.
No me importaba subir, volver allá arriba; me hubiera conformado con
quedarme allí, sin caer.
Porque sabía lo que ocurría al final, sabía que despertaría junto a
ti, junto a tu olor, a tu piel, a tu cuerpo aburrido.
De nuevo pegado a tu belleza vacía e insípida.
Y tú a mi lado dormida, no notaste la tremenda sacudida de la cama al
caer a tu lado de nuevo.
Cuando duermes no aprecio tus ojos, la indiferencia que emana de
ellos. Ese ímpetu idiota de levantarte en seguida para limpiar, para
poner la casa en orden, asear.
Hace tanto que no te follo al despertar...
Es cuando estás dormida que tu cuerpo me gusta, cuando no hay nada de
tu voluntad que lo mueve. Cuando estás dormida tu cuerpo adquiere una
belleza griega, clásica.
Pero cuando abres los ojos se esfuma toda tu belleza y todo es
mediocre, haces mi vida mediocre. Creo notar hasta tu coño seco y no
me apetece follarte.
Cuando abres los ojos eres un mar aséptico, y ni tu coño abierto ante
mí me estimula.
Me siento hastiado, cansado de ti.
No te quiero, no te amo. Ya no me gusta tu olor ni tu tacto.
No me gusta tu voz, la que me da el permiso adecuado para tocarte
sólo cuando tú lo deseas; me gustan más mis sueños en los que me
traga la tierra; en los que me veo liberado de ti cayendo por ese
profundo y terrorífico abismo.
Te quiero dormida
Imaginé miles de veces follarte al despertar, penetrar tu coño en la
cocina, lamer tus muslos acercándome a gatas cuando descansas en el
sillón mostrándome el vello que sobresale de tus bragas.
Me masturbo en el lavabo, pensando que te jodo sin tu permiso, en un
arrebato salvaje.
Imagino llegar a casa y sacar mi pene duro para entrar así y
excitarte, provocar tu deseo.
No soñé con caer continuamente, con desaparecer de esta trampa de
vulgaridad, de un matrimonio educado y civilizado.
Me das asco cuando estás despierta. Cuando controlas el momento en el
que has de ser follada y besada. Odio el control al que sometes cada
uno de los momentos en los que estoy contigo.
Soñé otra vez que la tierra me tragaba, y no me estrellé contra el
colchón. Caí dolorosamente de pie en un lugar de luz, sin sombras.
Donde no había olores y tus ojos me miraban indiferentes, tus pechos
preciosos mantenían unos pezones que no se erizarían jamás. Y tu coño
se mantendría siempre cerrado hasta que me dieras permiso para
metértela. Para no lamerte si no estás de humor.
Siempre a tu voluntad.
Tus ojos preciosos pero repugnantes e idiotas así me lo decían.
Y desperté sintiendo escalofríos. Desperté con el absoluto
convencimiento de que nuestra vida sería para siempre así de
repugnante. Monótona, plana...
Patética.
Porque ya hasta mis sueños pareces controlar.
Podría marchar sin decir una sola palabra o pedirte el divorcio.
Pero no puede ser tan fácil; he esperado años imaginando que un día
podría tomarte sin permiso, sin que me rechazaras porque no es el
momento adecuado.
Atisbar algo de deseo salvaje en ti.
Me he despertado sobresaltado, sudoroso. Ya no puedo más, he ido al
lavabo a fumar. He cogido la botella de éter que guardaba en el fondo
del armario de la pica y una toalla.
También he cogido unas bridas para sujetar cables y el costurero.
No puedo más.
Mientras duerme le coloco la toalla empapada en éter en el rostro y
todo su cuerpo se relaja notablemente, su respiración se ha
ralentizado.
Con las bridas sujeto sus muñecas y tobillos usando el somier de
anclaje.
Elijo una aguja cualquiera del costurero y la enhebro con hilo negro,
el primero que he cogido. Me la pela el color.
Primero los labios, cierro su boca impidiendo que se abra fijando una
brida que envuelve su cabeza inmovilizando el maxilar.
Con lentas puntadas voy cosiendo sus labios, a veces noto el roce
incómodo que hace la punta de la aguja entre los dientes y debo parar
unos segundos para recuperar el aplomo. La sangre mana abundante y
preciso limpiarla continuamente por cada puntada que doy.
Ha abierto los ojos en algún momento y ha intentado abrir la boca. Ha
roto dos puntadas antes de que el éter la volviera a dormir.
Ahora ya está, sus labios han quedado horribles, están morados porque
las puntadas fuertemente apretadas cortan el flujo sanguíneo. Pero ya
no podrá abrir la boca.
Con dificultad pellizco los párpados de su ojo izquierdo, vuelvo a
enhebrar más hilo y comienzo a coserlos. Es inevitable que haya
pinchado un par de veces el globo ocular.
Por lo menos no sangran tanto como los labios.
Estoy tan concentrado en mi trabajo que he tardado unos minutos en
darme cuenta de que estaba despierta, lo he notado en las lágrimas
que se deslizaban por entre los párpados ya cosidos del ojo izquierdo.
Y por sus pequeños espasmos de dolor, está tan bien sujeta que apenas
puede moverse.
Le coloco otra vez la toalla en la nariz y en apenas veinte segundos
vuelve a dormir.
Acabo de coser los párpados del ojo derecho y me enciendo un cigarro
esperando que se disipe el efecto del éter.
Se agita con terror, histérica; y sus mudos intentos por gritar me
excitan. Me excita ver sus ojos cerrados por mi voluntad, su cara
llena de sangre porque cada movimiento de sus labios o de sus
párpados provoca pequeñas hemorragias entre las prietas puntadas que
le he dado.
Con las tijeras rasgo la parte superior del pijama de franela, gordo
y asexuado. Sus pezones siguen tan muertos como siempre. Pero tengo
la cubitera en la mesita y le paso un hielo. Los pezones responden
con rapidez, se han contraído con dureza y puedo lamerlos, morderlos
hasta hacerlos sangrar.
Sé que a ella no le gusta, que no es el momento adecuado para sexo.
Da igual, nunca cambiará, nunca se preocupará si yo estoy excitado.
Corto el pantalón y las bragas, me excita desnudarla así.
Y me hundo entre sus piernas lamiendo su coño, se lo muerdo, estiro
sus labios hasta que mi pene se moja excitado. Pero de su coño no
sale fluido alguno, no colabora; no se deja excitar.
Así que voy a la cocina y vuelvo con una aceitera, riego su pubis con
aceite, con mucho aceite y lo restrego por su vagina, sé que está
llorando, lo noto en el movimiento de sus costillas, en los espasmos
de su vientre.
Aplico mis aceitosos dedos en el útero, en el clítoris.
El brillo del aceite en su coño y entre sus muslos le da un aire
mojado. Es preciosa cuando está excitada, cuando no habla, cuando no
mira.
No se si soñé que la follaba así, pero parece irreal este momento.
Y la penetro, la penetro con fuertes golpes, secos y duros. Haciendo
que nuestros pubis se rocen. Con mi vello acaricio su clítoris pero
no noto que se contraiga, que se endurezca.
Y a pesar de ello, me corro dentro de ella, apoyo mi pene en sus
muslos mientras me acabo de vaciar y la dejo así, pringada de sangre,
aceite y semen. De mi saliva...
Que se limpie si puede.
Y me he quedado dormido a su lado, no he soñado con caída alguna. No
he soñado con ella, ni siquiera era consciente de su existencia.
Y me desperté tranquilo, sin sobresaltos. Sin esa sensación de
frustración que siempre me embargaba al despertar tras una caída.
Así que le clavo un cuchillo en el corazón para que jamás pueda
volver a controlar mis sueños, mi vida, mi excitación.
Y encendiendo otro cigarro, marco el número de mis suegros en el
teléfono y les comunico que su hija se encuentra indispuesta, que hoy
no iremos de compras con ellos. Mi suegra quiere hablar con su hija y
cuelgo el teléfono.
Sé que me pudriré durante unos años en la cárcel, pero es mejor eso
que soñar con una caída por un abismo en el que siempre está ella al
final.
Iconoclasta