El calor se ceba en mí, el invierno se ha ido a la mierda y mi cuerpo
responderá de mala forma: sudaré más, mis testículos olerán más
fuerte y me masturbaré más a menudo.
Mierda de verano… Es un ciclo del que se me tendría que dispensar
padecer, porque al final, mi deseo sexual en verano y en invierno
viene a ser el mismo: escaso. Yo no tendría que formar parte del
ciclo natural de los animales. Soy extraño, ajeno. Lo rechazo.
Soy inhumano.
Sí, tengo dos piernas, dos brazos y mis cojones intactos. Esto sumado
a mi capacidad para coger una pluma y escribir incoherencias que
pueda leer otro, me convierte en animal; pero no pedí serlo.
Hombres y mujeres en verano, se excitan más, follan más, o por lo
menos piensan más en hacerlo. Su instinto primitivo les obliga a
buscar sitios donde descansar y las grandes manadas humanas, en los
meses de calor, van de un sitio a otro con sus cerebros a bajo
rendimiento buscando barrizales y campos donde restregar sus
genitales recocidos.
Yo no busco nada, me conformo con que ellos desaparezcan, que se
larguen a sus mierdas de destinos, que se preñen las hembras, que las
jodan los machos. Yo sólo fumaré y me revolcaré en barro si así me
apetece.
Me rebozaré en polvo, cogeré mi pene duro y siempre húmedo y me
masturbaré gimiendo como una puta ante su cliente. Engañando a la
furcia vida; que no sepa que me pudre estar vivo en este tiempo y
lugar.
Calor de mierda, sol asqueroso… Estoy harto, aburrido de que cada
ciclo sea invariable. Es tanta mi desesperanza, que a veces me
encuentro deseando que ocurra una catástrofe natural a escala
planetaria. Algo que me arranque de esta vida aburrida, monótona y
ahora calurosa.
La única ventaja de toda esta mierda de calor, es que las putas en la
carretera, se ponen menos ropa.
Está demasiado delgada, no me gusta, pero lo único que quiero es
salir de esta carretera, de este arrancar y parar agobiante;
sacudirme de encima la sensación de estar pudriéndome al lado de
ellos, de los ajenos a mí. Y son todos.
A veces, cuando la puta tiene mi pene en su boca y succiona haciendo
que mis testículos se contraigan de placer, me encuentro deseando que
una bola de fuego caída del cielo arrase un continente cualquiera. Me
la pela el continente que sea; me la pela de la misma forma que esta
puta lo hace por veinticinco euros (es una yonqui que se cotiza a la
baja para poder chutarse en vena cualquier mierda que le den). No
tengo pasión en mi aborrecimiento, como ella no pone pasión en
lamerme el bálano.
Me irrita mucho sudar cuando me la chupan.
Podría tocarme la lotería y ser yo el que desapareciera, pero me
parece mucho más improbable, el mundo está contra mí y sólo espero
algo malo.
Está todo mal.
No me gusta. El sol es mi enemigo, el hombre es mi enemigo, el
planeta es aburrido y previsible. Hostil.
Mi pensamiento es cuanto menos, peligroso. Lo reconozco, peligroso
para mí y para los demás. Soy un individuo defectuoso entre la
especie humana y eso no puede ser bueno para nadie. Cuando joda a
otra mujer y la deje preñada, el hijo será un animal como yo y lo
condenaré a padecer este calor y tener oscuros pensamientos cuando el
invierno desaparece.
Seré el primero de una dinastía de fracasados y frustrados.
Por veinticinco euros más, la puta accede a montarse sobre mis muslos
y follarme. Yo me dejo follar, hace demasiada calor y no tengo ganas
de trabajar. Que se mueva la yonqui. El volante la obliga a pegarse
demasiado a mí y un pezón sucio y seco, se me posa en los labios.
No tengo condón y ella dice tener el sida, ya me lo dijo, hace
tiempo, peron nunca se acuerda. También me importa poco, no puede ser
peor el sida que este calor entre la manada, este tufo a carne humana
sudorosa y combustible quemado.
De alguna forma inverosímil en una puta, su vagina está lubricada,
aceitosa, blanda… Seguramente se ha metido algo de calidad.
Enterrar mi pene en ella es tan fácil como sudar.
Y me corro, todo el semen en su coño. No me extrañaría que se quedara
preñada. Tampoco es problema, se tomará la píldora del día después y
en el peor de los casos, que con el mono se olvide de tomársela, no
llegará a desarrollar más que medio feto. Está en los huesos, la
enfermedad se la come, la agota.
Y la verdad es que debe tener la matriz tan podrida por la enfermedad
que no saldrá nada de ahí, no formará vida alguna y mis
espermatozoides buscarán como locos un óvulo que no es más que un
quiste pequeño e inútil.
Pesa nada y parece que todo es coño. Me gustan los coños ágiles.
Pegados a un cuerpo liviano.
Maldito calor...
Le doy los cincuenta euros y baja del coche, se pasa una toallita de
papel por la vagina, se limpia los muslos de semen y la boca con el
dorso de la mano.
Es curioso cómo crecen los hijos, cómo se convierten en algo
totalmente diferente a lo que sus padres son. Y lo que soñaban que
serían el día de mañana esos hijos que uno quiere más que su propia
vida.
Hace años que la puta no me llama papá, hace tiempo que dejó de ser
mi pequeña. Un verano y un viaje de fin de curso. Cuando volvió a
casa, en su mirada no había inocencia. Había experiencia y en sus
ojos escleróticas rayadas por finas venas.
Dejó de hablar y yo me sentí mal, me sentí traicionado y el miedo a
su pérdida hizo mella en mi ánimo. El calor de cada verano me trae
recuerdos de una hija perdida. De una puta que no tiene cerebro.
Recuerdo haber vomitado los primeros días en los que acudía al centro
de desintoxicación para visitarla, para desear ver algo de ella tal y
como la conocía antes de aquel verano. Recuerdo a mi mujer llorando;
la casa se hizo angustiosa como un cementerio de tumbas abiertas, de
huesos al aire.
Para ella no había más pensamiento que el deseo vehemente de salir de
aquel centro y volver al caballo, a meterse mierda en las venas y en
la nariz.
Los veranos son sucios como la sangre toxicómana, sucios como
excrementos sanguinolientos de sidosas hemorragias.
Un verano nació una yonqui y murió un padre que no debería haberlo
sido jamás.
Puto verano. Está tan podrido su cerebro que no guarda un solo
recuerdo de mí; ni mis ojos taladrando los suyos evocan nada en su
mente estropeada.
Con dificultad, lo que una vez fue mi hija, se sube las bragas y mete
los billetes doblados mil veces en un minúsculo monedero.
—Hasta la semana que viene —me despido a través de la ventanilla.
Aún huele el coño de lo que fue mi hija en el asiento.
—Adiós, Alonso —me responde con la voz rasposa, con los labios mal
pintados.
Al principio no podía creerlo, no podía creer que no me conociera.
Odio el mundo entero, odio todo lo que se mueve sea bello, feo, malo
o bueno.
Odio este mundo en el que tengo que follarme a mi hija para poder
verla y tocarla. Odio este mundo que ha podrido a mi hija y mi vida.
Nunca aceptó volver con nosotros, era consciente de su propia
degeneración, sólo le quedaba dignidad. Y la dignidad se convirtió en
una especie de cruzada en la que ella no quería limosnas ni ayuda, no
aceptaba nada.
Y perdió la memoria, un día la vi aquí mismo, en este descampado
junto a la carretera; ya me había olvidado. Le di el dinero y me hizo
una mamada. Le acaricié el pelo y me dijo que no lo hiciera, que era
sólo trabajo.
Su madre murió en silencio una noche en la cama, a mi lado. De un
infarto, de un ronquido que no oí. Me desperté al lado de un cuerpo
frío. Y me pegué a él, absorbí todo aquel frío mortal y lloré un poco.
Era verano, y llamé a un médico de urgencia. Mientras llegaba, me
volví a abrazar a su cuerpo frío.
Calor…
A veces pienso en lanzar el coche por el acantilado, con las
ventanillas abiertas y volar… Aire fresco del mar…
Pero aún, a pesar de todo, tengo la esperanza de que ocurra algo
malo, algo que sea tan atroz y salvaje, que me lleve a olvidar toda
esta mierda de vida.
Ni siquiera la puta que me ha follado y que un día fue mi hija, me
importa ya.
Sexo y destrucción, el sexo para mí, la destrucción para ellos.
Hace tanta calor… Y se ha estropeado el aire acondicionado.
Mierda de coches asiáticos…
Iconoclasta
Relatos Blue
iLibros