Se ha caído y se ha roto, el golpe de la puerta al cerrarse por una
ráfaga de aire, ha hecho saltar de su soporte la figurita.
El ángel de terracota se ha hecho pedazos contra el suelo. La sonrisa
modelada sigue siendo la misma. Y sus ojos, en otro trozo de cabeza,
tristes y esperanzados niegan la sinceridad de esa sonrisa. Está
segura de que dios los obliga a sonreír a su pesar. A los ángeles les
pasa como a ella: no quieren ser lo que son. Hay cosas mejores.
Entiende a los ángeles.
Y ríe amargamente porque si los ángeles no existen, ella teme que
tampoco existe para el mundo. Tiene miedo de parecerse a un ángel,
tanto en su no querer ser como en la sonrisa falsa y forzada que cada
día le duele más dibujar en su rostro.
A veces ríe con malditas las ganas.
No sabe lo quiere ser, pero esto no; no más tiempo.
¿Cómo va a desear ser lo que es, si una simple figurita barata, pone
en marcha toda la tristeza necesaria para que los ojos se aneguen de
lágrimas?
Una profunda tristeza.
Los ángeles caen porque vuelan, ella se rompe como la paja por
ninguna razón.
La mujer siente ganas de llorar, de arropar el torso del angelito y
acariciar sus alas rotas.
Parece que el pequeño, se agita entre sus manos, que expira el aire
con cansancio, un pequeño gemido, y parece acomodarse entre sus
manos. Tal vez se ha cansado de ser ángel y estar colgado de un
soporte. De ser un adorno de algún dios cruel.
Se pregunta si ha sufrido, si está agonizando con dolor. Tal vez no
sienta nada. Y teme que lo que único que siente el angelito, es
alivio y descanso.
Está cansada como roto el ángel.
El ángel ya ha dejado de ser lo que no quiere ser. Ahora sí que es
bendito.
No quieren dejar de ser ángeles, seguramente por puro aburrimiento.
La eternidad no es un buen negocio. Las alas les deben picar en la
espalda y se les llenan las plumas de piojos.
No son tan perfectos como dicen los gentiles y bondadosos.
Ella a veces se rasca el cuero cabelludo, porque la soledad le irrita
el cabello. Quisiera extirparse con las uñas toda esa soledad. La
angustia de una vida que la obliga a arrastrarse.
Como a los ángeles la eterna bondad les irrita las plumas.
Es todo tan monótono... Tan igual cada día...
Sólo necesita un abrazo, un susurro de amor. ¿Cómo puede vivir con
ellos y sentirse tan terriblemente sola?
¿Cómo no puede querer a un hombre tan bueno?
Ama incongruentemente al ángel roto de la misma forma que amaba a su
hijo cuando ayer mismo era pequeño y la necesitaba.
El ángel se muere entre sus manos hecho pedazos. Y ella, ahora
desinfecta sus heridas con alguna lágrima.
Será tonta... ¿No le ha parecido ver una pluma de arcilla blanca
cayendo en torbellino al suelo?
Los piececitos del ángel están intactos y ella los toca como tocaba
los de su hijo. Ahora ya no, el hijo ha crecido; es un adolescente
incómodo con las ternuras, como todos los adolescentes. Nada especial
El ángel quiere morirse. Y ella se iría con él. No puede dejar sola a
la criatura. No puede dejar que muera así: solo y hecho pedazos.
Su mente está prendida de una tristeza que la hace más bella si cabe.
Su cabello corto y despeinado le da una apariencia adolescente y su
bata transparente, deja ver una piel bronceada y un cuerpo que aún
miran con lujuria los hombres por la calle. Su marido no.
El ángel ya no se mueve, ha muerto y tira su cadáver al cubo de la
basura. Las lágrimas hacen presión en sus ojos y tres gotas compiten
por su rostro por ser cada una la primera en lanzarse al vacío.
Se mira en el espejo y dos ojos de color miel se clavan en los suyos
y por el agujero negro que es la niña del ojo, el pequeño ángel se
interna correteando tras una angelita.
Y un hombre y una mujer también saltan al negro agujero. Y se dejan
llevar por lo que quieren ser, por lo que quieren hacer. El ángel
hace gemir a la angelita. La mujer araña el torso del hombre y gime
también con cada arremetida.
Sus manos abren la bata, y sus pechos asoman agresivos, la mano se
desliza entre el rizado y poblado Monte de Venus; un dedo ávido
colapsa de caricias ese bulto resbaladizo de fibra sensible que es el
centro de placer del universo.
Y al placer se suma un deseo y la caricia es cada vez más agresiva y
los dedos separan los labios y se internan en la humedad mientras una
lágrima ha llegado al pecho y sigue su rumbo al vacío.
El ángel ha muerto y su sexo palpita. La masturbación es triste y
poderosa. Necesita ser amada, quiere ser follada como hace años que
no se siente así.
No es ángel ni madre, ni amante esposa, no quiere ser eso. Ya no. El
tiempo pasa y los ángeles caen y se rompen en pedazos y su última
voluntad es no seguir siendo divinos. Ni bondadosos.
Ella quiere ser follada y sentirse puta. Quiere entre las piernas la
lengua más áspera que la haga lanzar alaridos de placer. No es buena,
no es un ángel. Sólo una mujer con ganas de ser follada. No puede
pensar con bellas palabras, está cansada de las buenas y correctas
ideas que convierten los días en una prisión sin escape.
Y apenas es consciente de que de su sexo mana abundante el flujo y
que la tristeza y el deseo de no ser más lo que es, penetra en lo más
íntimo de ella palpitando, extendiéndose por dentro del organismo
como un virus de placer apocalíptico.
Piensa que le va estallar el sexo por la forma en que parece
expandirse entre sus piernas.
Y con la mano apresando con fiereza su sexo, su orgasmo sube triste,
y el espejo le muestra a la bella mujer de pezones erectos y la tez
perlada de sudor, abrir la boca en un suspiro. En un gemido.
Se sienta temblorosamente sobre la tapa del inodoro, aún con la mano
entre las piernas.
No es una buena mujer, no es una santa, no es una madre afable. Ya no.
A veces teme caer y partirse y no tener a nadie que la llore, que
sujete su cuerpo roto en un último instante.
No quiere un beso en la frente, ese beso que se lo den cuando muera,
cuando se rompa en pedazos y no pueda sentirlo.
Rebusca entre los cajones del armario del lavabo y saca un paquete de
tabaco y un encendedor.
Su respiración se ha sosegado, el humo sube por su rostro y le
escuece en los ojos.
Desde la habitación, donde el ordenador zumba, llega el sonido de
aviso de un diálogo. Con desgana, temiendo encontrarse con su amiga
en este instante, se dirige al ordenador.
Un desconocido, ha abierto una conversación y ella acepta.
Una fotografía de la mujer sonriendo aparece en el avatar del cuadro
de diálogo.
—Eres un ángel —escribe Limbo789
—Lo sé; un ángel roto —teclea con una sonrisa amarga la mujer.
Lágrima y ceniza caen en el teclado. Y tal vez, no está segura, una
pluma de arcilla blanca.
Iconoclasta