Intento desconectar el cerebro de toda esa carga emocional que es el
amor.
Quiero evitar toda pasión. Lo hago para poder vivir.
Necesito ser insensible, la vida con este amor es agotadora.
A lo mejor he escarbado algo más que la zona del amor porque siento
una tristeza desesperante.
Y un poco de odio también. Aunque puede que sea normal, si no hay
capacidad para el amor, sólo queda el odio. A pesar de esto, la
bondad no debería verse alterada; da igual, tampoco quiero ser un
ángel.
Los trozos de cerebro obturan el desagüe del lavabo y la sangre mana
a través de la trepanación que me he hecho en la sien derecha.
Soy médico, tengo conocimientos de anatomía y el cerebro lo he
estudiado durante mucho tiempo. Se podría decir que estoy
lobotomizando el amor en mis sesos. Siempre es complicado taladrarse
el cráneo uno mismo, el cerebro será indoloro pero el tejido que
recubre el cráneo y la calavera, duelen mucho.
Aparte de esto, cuando insertas la fina varilla de acero inoxidable
por el orificio practicado, ocurren cosas que no controlas. A veces
te meas, otras te cagas y otras simplemente se te cae la baba como a
un imbécil.
Se producen también extrañas alteraciones en la consciencia y es
difícil si no se tiene algo de autocontrol, reconocer que estás
flipando pepinillos.
Ha sido difícil encontrar la dosis adecuada para anestesiarme la zona
posterior del cráneo sin quedarme dormido y sin sufrir una gran merma
en mis reflejos. El resultado ha sido que ha dolido mucho. No he
gritado porque me he tragado unos cuantos comprimidos de ansiolíticos
para aplacar las emociones. Me estoy escarbando el cerebro sin ningún
tipo de emoción ni alegría.
No es exacto, hay una parte de mí, que vive con tranquilidad la
intervención, otra parte de mí, permanece prisionera en la zona
oscura y por momentos, engañada por las alucinaciones y reacciones de
la parte del cerebro que gobierna el inconsciente. Es como estar en
una especie de infierno, surrealista. Me ha parecido ver a Dalí
cortándose sus propios ojos con la hoja de afeitar.
Si no fuera por los ansiolíticos, me encontraría llorón y tembloroso.
La pitufina es sorprendentemente erótica. Danza ante mis ojos
mostrándome las aureolas azuladas de sus pechos y canta con su dulce
voz provocándome una erección de lo más humillante dadas las
circunstancias. Tiene los pezones duros como nueces.
Mi madre muerta me sonríe desde el ataúd y picando con sus manos
podridas en la tapilla de vidrio, llama mi atención.
—Levanta la tapa, me duele la espalda de estar acostada tanto tiempo.
Está muerta y no lo sabe. Se me escapa una risita tonta, sin dientes
está horrible.
Los ojos siguen con fijeza la mano derecha que mueve y gira con mucho
cuidado la varilla en mi cerebro, en el lóbulo frontal. No veo un
reflejo de mí en el espejo. Es un hombre extraño.
Mi cara se encuentra grave y seria. Me recuerdo a un vampiro de
película, un rostro sin emoción.
El inconsciente sigue haciendo de las suyas y ahora sufro imágenes
extrañas, vivo una pesadilla en la que en lugar de expulsar cálculos
renales, orino pequeños bebés muertos. El dolor en el glande es
insoportable, afortunadamente la medicación no me deja gritar. Mi
principal misión es salir vivo y con el menor daño posible en el
cerebro.
El meato parece rasgarse hasta partir en dos el glande y la mano
izquierda se aferra al pene para intentar contener el dolor. Como si
el dolor de verdad brotara del glande reventado. Un bebé se ha
quedado atravesado y no acabo de expulsarlo. La mano no puede saber
que es una ilusión, y el cerebro bastante trabajo tiene con auto-
mutilarse como para preocuparse de la polla y sus alucinaciones.
Saco con cuidado el rasca-cerebros y sacudiéndolo en la pica, dejo
caer otro trocito de blanco cerebro.
Parece que va bien, aún tengo el control.
—Soy Jesucristo y bienaventurados sean los padres que sodomizan a sus
hijas e hijos.
Yo no quería decir esto; pero tenía que pronunciar alguna frase para
asegurarme de que no he estropeado la capacidad del lenguaje.
Todos los cerebros no son iguales, ni en medidas ni en morfología,
así que toda la bibliografía médica respecto al cerebro, se ha de
tomar como una ayuda aproximativa y no como una ley o norma de
obligado cumplimiento. Todas esas ilustraciones, fotografías, planos
y esquemas del cerebro, son meramente orientativas. Y las pequeñas
diferencias podrían decidir sobre la felicidad o la imbecilidad.
Aunque no tengo muy claro si son sinónimos. Esto de operarse el
cerebro crea momentos de confusión.
La mano izquierda está golpeando el mármol del lavabo y esta vez, el
dolor es verdaderamente físico. En este estado de narcosis, prefiero
el dolor psíquico y el terror. Son más manejables, ya que es fácil
que tarde o temprano sepa que es una pesadilla. Un hueso fisurado, no
es una pesadilla y duele de cojones.
Un giro más en el rascador y consigo que la mano se tranquilice,
obedece a mi voluntad.
Yo no sé si queda más amor por extraer, ante la duda continúo. Creo
que habrá un momento en el que sentiré cierto alivio en mi alma,
cuando no sienta nada por ella. Tiene que ser así, semejante carga no
se suelta como si nada.
—¡Papá! ¿Cuándo mueras, podré quedarme con tu novia? Es más guapa que
mamá.
Estos críos…
—¿Me dejarás que la folle frente a tu cerebro sin amor? Si quieres,
puedes hacerte una paja, a mí me da igual.
Su madre está también aquí.
—Escarba toda esa mierda que tienes ahí dentro y saca a la puta de
ahí. Sácala y pártela en trozos.
No está mal mi esposa, el vaquero se hunde profundamente en su vagina
y la mano izquierda sueña con meterse dentro y liberar su coño de esa
invasión que la excita.
¿Le excita ver cómo me destrozo el cerebro? Puede que mi mujer no
sea tan horriblemente aburrida como creía. Mi hijo le acaricia el
sexo distraídamente. Es todo un hombrecito con sus trece añazos.
Clic, clic…
Es como haber cagado, se ha ido toda la tensión. Si pienso en ella,
siento una total indiferencia. No se me acelera el pulso y lo que
queda de mi cerebro se encuentra relajado.
Extraigo la varilla rasca-cerebros y por fin puedo respirar aliviado.
Y ahora caigo de rodillas al suelo, vomito todo lo que he estado
reteniendo para una buena asepsia de la zona de operación y tapono
con una gasa el orificio del cráneo. A continuación, extraigo de la
solución salina el tejido de carne y piel que he cortado para tapar
el agujero y con esparadrapo lo sujeto en su lugar. Estoy de
vacaciones y no he de volver al hospital hasta dentro de tres
semanas. Apenas se notará la cicatriz.
El cadáver de mi esposa, se ha enfriado y el corte de su yugular
tiene un aspecto tumefacto, parece que ríe bajo su boca abierta y
asombrada. Los ojos están en blanco.
El cuerpo de mi hijo se encuentra muy cerca de su madre y su brazo
intenta tocarla. El crío está tirado en el recibidor, de costado ya
que el puñal que tiene clavado en el corazón no le ha permitido
arrastrarse con el pecho pegado al suelo. La madre está en el
pasillo. Los separa tan solo el marco de la puerta.
La operación ha sido un éxito, no siento ningún tipo de necesidad de
amar. Incluso siento repelencia por la palabra "amar".
Aparto el cuerpo de mi esposa con el pie para no tropezarme. En el
comedor el climatizador zumba suavemente y el aire fresco me conforta.
Me duele la cabeza.
He debido tener un lapsus, porque no sé cuando he encendido el
cigarrillo. No soy feliz, sólo me encuentro en paz.
¿Por qué están muertos mi mujer e hijo? Creo que he sido yo. Una vez
tuve una amante a la que amé tanto que sentí la necesidad de romper
con todo lo que me obstaculizaba para estar con ella.
Estoy en paz y no necesito nada. Ni siquiera vivir. Seguro que junto
con el amor, he extirpado el deseo de vivir.
Si pudiera recuperar el trozo de cerebro y colocarlo de nuevo…
A la mierda.
Frente a mí un hombre se arranca un trozo de piel de la sien, hay un
agujero negro.
El hombre con un semblante indiferente y sin brillo en los ojos,
aferra una varilla de acero. Hay un lavabo sucio de sangre y carne
blanca. Una pitufina se masturba con sus mini-piernas separadas
sentada en el grifo del lavabo.
Los bebés muertos han atascado el desagüe del inodoro y el agua
rebosa pequeños cuerpos blanquecinos.
La aguja entra rápida como una bala en el cerebro y la hace girar sin
cuidado hasta que queda inmóvil, quieto como un muñeco sin amor, con
la mano colgada de la aguja que ha devastado el cerebro. Respira
rítmicamente y con normalidad.
Las escleróticas de sus ojos se han llenado de sangre y se ha meado.
Clic, clic…
Iconoclasta