Entrar
¿Usuario nuevo? Regístrate
Iconoclasta
? ¿Ya estás suscrito? Entrar en Yahoo!

Consejos de Yahoo! Grupos

¿Sabías que...?
Puedes buscar mensajes antiguos en un grupo.

Mensajes

  Mensajes Ayuda
Avanzado
FORO DE PROSA   Lista de mensajes  
Responder | Reenviar Mensaje #185 de 268 |
666 pasa consulta

La sala de espera del consultorio de medicina general se encontraba
repleta de gente, y todos eran ancianos, algunos soportaban con una
mirada apática y aburrida los juegos de los nietos que tenían que
llevar consigo.
Esperaban con expectación y nerviosismo que la enfermera apareciera
por la puerta cerrada de la consulta del médico y gritara sus nombres.
Necesitaban que el médico les dijera que estaban sanos.
La enfermera recepcionista de la segunda planta atendía a un viejo
matrimonio que acudía para que se les recetara sus medicamentos
habituales.

—Esperen en la sala, frente a la consulta siete —les explicó la
enfermera leyendo la citación.


Os tengo tanto asco, os odio tanto que no hay medida alguna en mis
actos contra vosotros. Quiero veros vomitar sangre y sólo así se me
pone dura.
He arrancado el feto a una madre desgarrando su vientre con un
destornillador y lo he lanzado contra el suelo aplastando su cuerpo.


Los viejos anduvieron con los pies muy juntos hasta llegar a un banco
frente a la consulta que les había indicado la recepcionista.
Muchas personas y sobre todo los viejos, son incapaces de descifrar
lo que leen. Necesitan que otra voz con autoridad les diga lo que han
de hacer, que les explique lo que han leído y no han sido capaces de
comprender.
Un hombre corpulento, con pantalones de loneta caqui y una ancha
camisa de lino color beige, ocupó el puesto del matrimonio frente a
la mesa de la recepcionista dejando una gran bolsa de deporte en el
suelo.

—Busca al médico más ocupado de todas las consultas y pídele que
llame al paciente Julio Nerón Agripa. Pídeselo como un favor urgente,
ya que es tu sobrino. Y no aceptes a nadie más para su consulta. No
le pases ninguna llamada.

La voz del hombre pareció taladrar el cerebro de la mujer, se le
abrió la boca involuntariamente y una gota de saliva se le escapó del
labio inferior para caer en el listado de pacientes que tenía aún
entre las manos. Sus ojos estaban brillantes y dilatados de puro
terror. Cogió el auricular del teléfono sin apartar la vista del
tatuaje que aquel hombre tenía en la parte interior del antebrazo
derecho: 666 en números rojos que parecían deshacerse en sangre.
Lloraba y gritaba por dentro, la invasión de su mente era lo más
terrorífico que jamás había sentido y las náuseas... Tenía miedo de
morir y era fácil que así ocurriera. Tecleó una extensión.


He descuartizado a la mujer delante del esposo y le he metido en la
boca los ovarios de su amada.
Me he masturbado ante la puta que agoniza de sida y he manchado sus
cuarteados labios con mi negro semen, le he metido un billete en el
coño.


—¿Nando? Hazme un favor, mi sobrino necesita que le eches un vistazo
al oído derecho, parece una otitis media. ¿Lo puedes llamar ahora a
consulta? Se llama Julio Nerón —contra lo que ella esperaba, sus
palabras surgieron de su boca dinámicas y joviales. Como si sus
labios no supieran que su cerebro estaba atrapado por otro ser, que
su pensamiento había sido relegado a un rincón de su cráneo y que no
podía hacer otra cosa que llorar y gritar en lo más profundo de si
misma.

—Ahora mismo lo llamo Elvira, no hay problema.

El hombre acercó su rostro al suyo y olió su aliento fétido de
podredumbre; si su cuerpo hubiera estado bajo su control, hubiera
vomitado.

—Y ahora escúchame bien, primate de mierda. Contesta tú todas las
llamadas, no desvíes ninguna a ningún médico y cierra la puerta de
entrada a la sala; que no entre ni salga nadie. Tal vez quedes viva
para contar lo que aquí va a ocurrir, pero no te fíes. Cuando vuestra
sangre me cubre, la ira me lleva y no puedo dejar de asesinaros y
cazaros.

Dicho esto, el hombre cogió una mano de la mujer entre las suyas y le
dobló los dedos índice y anular hacia el dorso de la mano, hasta que
estos se descoyuntaron con un crujido incómodo hasta para 666.


Y cada muerte, cada lágrima de primate, me sigue excitando como el
primer día en el que me creé a mí mismo. El día en el que ese Dios
enfermo y afeminado, me creó como ángel, cometió su mayor error.
Siento tanto asco hacia vuestra piel, que necesito abrirla para que
la sangre la cubra y disimule su mantecoso y repelente tacto. Vuestro
cuerpo es como el de las sanguijuelas.


Aunque la enfermera creía estar aullando de dolor, su rostro se
mostraba sonriente y cordial. Tal vez un pequeño brillo de locura
delataba que dentro de aquel cuerpo, no funcionaban las cosas como
deberían.

—No luches contra mí, no puedes hacer nada para evadirte de mi
volición divina y cruel. Relájate, disfruta del miedo. O tu corazón
reventará por la presión. Mi presión.

Soltó su mano.

—Y ahora, haz lo que te he dicho.

La enfermera se dirigió a la entrada de la sala y cerró la puerta,
metió la mano en el bolsillo de su pantalón y sacó un llavero. Cerró
con dos vueltas de llave sin que nadie le prestara atención.
Había demasiada algarabía de voces, los pacientes intentaban
contenerse; pero el murmullo colectivo era como el ruido de las
abejas en una colmena. Hiriente y penetrante.
Volvió a su puesto de trabajo y comenzó a teclear en el ordenador con
total normalidad, salvo que la mano derecha se encontraba en su
regazo, con los dedos tan hinchados, que apenas podía moverlos.

—¡Sr. Julio Nerón! —el doctor Fernando llamó desde la puerta de su
consulta.


Acabo de visitar un consultorio médico, me he sentido atraído por el
fuerte olor genital viejo y el ruido de patas arrastradas de los
primates en su caminar en grandes grupos hacia el edificio. Los he
seguido, me he infectado del olor nauseabundo de su vejez y de sus
ineficaces cerebros. De sus miedos añosos que están incrustados en
sus articulaciones achacosas.


666 se dirigió a la consulta con la enorme bolsa de deporte, parecía
ligera a juzgar por el caminar seguro y derecho del portador; sin
embargo, las asas se encontraban tensas y las costuras parecían estar
a punto de rasgarse por el peso.
Cuando 666 entró en la consulta, el médico ya se encontraba sentado
en su mesa y tecleando el nombre del paciente en el ordenador.

—Siéntese, Julio. Elvira me ha comentado que tiene algún problema con
el oído derecho.

—El problema, Nando, es que las voces de los primates no callan
nunca, siempre hay un lugar en el planeta en el que hablan, nunca
duerme el planeta al mismo tiempo. Es una maldición de la que no
puedo escapar. Cada día me siento invadido por vosotros. Cada día
vuestras voces interfieren mi pensamiento. Si no es en Europa, es en
Australia; pero no he conocido un solo día de silencio en mis
millones de años de vida.

El médico parpadeó mirándolo fijamente sin acabar de entender que
significaba, y sin apenas darse cuenta, se encontró con una masiva
hemorragia de sangre justo por encima del cuello de su camisa. Sintió
los pulmones llenarse con la sangre de las venas seccionadas en el
cuello y su cabeza cayó encima del teclado. Sus pies repiquetearon
unos instantes con vanos esfuerzos por aspirar aire.
666 clavó el cuchillo en la nuca y el médico dejó de moverse, la
consulta disponía de un pequeño balconcito, abrió la puerta y sacó el
cadáver fuera.


Los viejos son plaga en este edificio, los primates canos esperan
agrupados en una sala llena de bancos frente a las puertas de las
consultas que tienen asignadas.


Limpió la sangre con la sábana de la camilla, se puso una bata blanca
que colgaba de una percha en la puerta y cogió el listado de
pacientes. Abrió la puerta de la consulta y llamó al siguiente
paciente.

—¿Ludmila Herguenstein?

—¡Yo! –dijo una vieja septuagenaria con el pelo teñido de un
escandaloso color violeta y lagunas de calvicie que intentaba ocultar
con aquel cabello escaso moldeado como una nube de algodón.

La vieja vestía un conjunto tejano demasiado juvenil para su cuerpo
arrugado.

—Dígame Ludmila, ¿qué le ocurre?

—¿Y el doctor Fernando?

—Se ha sentido indispuesto. Soy su suplente.

—No lo he visto salir y eso que hace unos minutos, ha llamado a un
paciente...

—Ha salido por la puerta de interconsultas —respondió casi con
paciencia señalando una de las puertas laterales que unían las
consultas para uso del personal sanitario—. Y ahora, usted dirá...

—Son estos dolores de cabeza que no me dejan ni dormir. Le traigo la
receta que el doctor Fernando me hizo para la migraña. Necesitaría
más pastillas.

—Siéntese en la camilla, le tomaré la tensión.


Viejos monos cansados y decepcionantemente sanos que sólo acuden al
médico para pasar el rato. Y por un miedo que huele mal y que llevan
impregnado en sus apergaminadas pieles.
Si el médico les dice que están sanos, los primates viejos se sienten
sanos.
Primates canos de lacios y amorfos penes y coños: os mataré a todos.


666 se levantó de su asiento antes que la mujer y cortó un largo
trozo de sábana de papel del soporte portarrollos para extenderla en
la camilla.
La mujer se quitó la cazadora tejana y se estiró en la camilla
arremangándose la manga izquierda del jersey.
El "médico" cogió un tensiómetro electrónico y se lo ciñó al brazo,
pulsó "start" y el manguito comenzó a inflarse en el viejo brazo.

Le colocó la mano izquierda en la frente, presionando con fuerza.

—¿Qué hace? — le preguntó la vieja visiblemente molesta.

La respuesta se la dio un cuchillo que se clavaba en su pecho
izquierdo y se desviaba un poco en su viaje directo al corazón tras
haber rozado una costilla. A pesar de eso, su última sensación antes
de morir, fue que le partían literalmente el corazón.
666 metió los dedos en la devastadora herida y tiró de la carne y las
costillas hasta rasgar la caja torácica. Metió la mano en la herida
hasta enterrar la muñeca.
La mujer daba unos débiles pataleos y sus ojos desmesuradamente
abiertos, ya cristalinos eran los de un pez muerto.
Silbaba distraídamente y cuando sacó el corazón de la vieja caja
torácica, lo mordió y le arrancó un buen trozo que se comió con
glotonería.
Envolvió el cuerpo con la sábana de papel y abriendo la puerta del
balconcito, lo dejó caer encima del cadáver del doctor.
Abrió la puerta de la consulta y llamó al siguiente paciente.

—¡Iván Montilla!

Un anciano con bastón y piernas arqueadas se levantó y cogió de la
mano a su nieto dirigiéndose con él a la consulta.

—Buenos días, doctor —saludó cerrando la puerta—. Vengo con mi nieto
para que vaya aprendiendo el oficio, y cuide de mí —bromeó el hombre.


Mi puta polla se endurece como un hierro cuando pienso en vuestra
sangre al aire, vuestras carnes abiertas, vuestros huesos aplastados.
Mirad mi pene, tengo que apretar con fuerza el puño en él para
controlar toda esta dureza que me provoca imaginar vuestro miedo y
vuestro dolor.


Cuando se fijó en el médico, abrió la boca para preguntar por el
doctor Fernando, pero se interrumpió cuando la pistola con
silenciador que empuñaba el desconocido médico emitió un ruido sordo.
Su nieto se derrumbaba en el suelo con media cabeza deshecha. Otro
tiró pareció arrancarle los genitales, y así fue. Sintió como un
alambre al rojo vivo recorría sus intestinos y el mundo comenzó a
oscurecerse.
Y cuando quiso gritar, no pudo; una mano fría como el hielo le cubría
la boca. Sentía vergüenza al pensar que esa humedad podría ser orina
manando de sus genitales reventados. Era sangre y era orina. Y era la
pena de su nieto muerto.

—Dime, primate. ¿Qué duele más el tiro en los cojones o el tiro en la
cabeza de tu nieto? Viejo mono asqueroso...

El hombre sintió el acero clavarse en su vientre y el doloroso corte
hacia el ombligo, lento y firme, el miedo más que el dolor lo
mantenía inmovilizado. Sintió como los intestinos se retraían en su
abdomen cuando el cuchillo los cortaba. Y sintió el hedor de la
muerte invadiendo su nariz.
Cuando la mano de 666 se hundió en sus tripas y sacó un manojo de
asaduras blancas, el hombre ya estaba prácticamente muerto.

—No soy vuestro médico, soy vuestro forense.

Dos cadáveres más se amontonaron en el exterior de la consulta.


Primates que habéis acatado las normas sin preguntar, sin cuestionar
nada. Normas y leyes que os han inculcado. Viejos monos sin
inquietudes, colaboracionistas de tiranos. Sois pellejos que vaciar.
No quiero vuestras sucias almas, primates de mierda.


—¡Josefa Corcovada!

Una enorme vieja se levantó con dificultad del asiento de la sala de
espera y resoplando se dirigió a la consulta. Cerraba la puerta tras
de si, cuando el médico se abalanzó sobre ella, la agarró del pelo y
le dio un fuerte golpe en la mandíbula con el silenciador de la
pistola. Cayó al suelo dejando ver bajo el vuelo del vestido las
gordas pantorrillas estranguladas por unos calcetines de media.
Olía mal, 666 aspiró su aroma como un animal. Le lanzó una patada al
vientre y la mujer se movió unos centímetros hacia atrás por la
fuerza del impacto.
Otra patada en la cara le hizo pulpa los labios y fracturó la nariz.
Unos brazos dolorosamente fuertes, la elevaron hasta ponerla en pie y
la soltaron cuando sus glúteos se apoyaron en la camilla. De un
empujón, el médico la tumbó boca arriba en la camilla para, acto
seguido, sentir como anudaba el doctor unas gomas en sus muñecas que
fijaba en algún punto bajo la camilla.


Lloráis las muertes de que se anuncian en televisión, porque tenéis
miedo de que os pueda ocurrir a vosotros, puercos primates de ojos
torpes y lento cerebro.
E ignorasteis los asesinatos de vuestro gobierno, de vuestros
sacerdotes y brujos, de los que dictaban las normas. Habéis llegado
aquí cagándoos en los muertos de vuestro silencio y analfabetismo, en
vuestro mediocre conformismo cobarde.


Le llenó la boca con gasas viejas y sucias que había en una papelera.

—Tienes un buen problema de sobrepeso, mona gorda —dijo 666 pasando
el filo del cuchillo por sus ojos. Estos michelines sobran, es sólo
grasa —le había metido la mano entre las piernas y le estaba cogiendo
un buen pellizco de tejido adiposo de uno de los ennegrecidos muslos
interiores, tan interiores, que sintió los nudillos del médico
rozarle la vulva.

Luego, un corte eterno y doloroso, y encima de sus enormes pechos, el
médico depositó un trozo de su muslo, que aún se encontraba jugoso de
sangre reciente.

—Hasta tu coño es grasiento, primate.

La camilla goteaba sangre como una mesa carnicero, como una mesa de
autopsias. Como la mesa de una funeraria.
Y sintió como el cuchillo mutilaba su vagina. Sobre sus pechos, dejó
caer dos trozos de labios mayores.

—¿Lo ves, primate repugnante? Hasta tu coño es grasa pura; no puedo
ni encontrar el clítoris, vaca.

El cuchillo penetró bajo los pechos y la mujer expulsó mocos y sangre
por la nariz reventada. Las escleróticas se habían teñido de sangre y
la camilla, ahora también goteaba orina.
La orina le hacía daño, le escocía la masacre que le había hecho
entre las piernas.
Enterrado bajo el seno izquierdo el puñal giraba en redondo,
separando la mama con lentitud. Su corazón no falló en ningún momento
y aún pudo ver en la mano del médico su pecho mientras se desangraba.
Parecía mucho más grande separado de su cuerpo.
Fue consciente de la mano que masajeaba su vulva, del pene erecto que
salía por la bragueta del pantalón del doctor y se frotaba contra su
brazo inmovilizado. No pudo ver como goteaba un espeso semen negro,
cuando 666 expulsó aquellas gotas de semen residual, la vieja dio un
ronquido y dejó de respirar.

—¡Amada Bautista, a consulta! —anunció 666 desde la puerta de la
consulta visiblemente aburrido.

La mujer entró acompañada por su marido, notablemente más viejo que
ella; ambos arrugaron la nariz al entrar en la consulta por un hedor
insoportable. El suelo estaba pegajoso, sucio; el rojo de la sangre
coagulándose era tan oscuro que era imposible identificar esa mugre
como sangre, y no había razón alguna para hacerlo.

—¿Y el doctor Fernando?

666 miró al techo aburrido, como si la paciencia estuviera pegada
como un chicle en las placas de fibra. Se levantó del asiento
mostrando la ropa de sanitario empapada en sangre, apuntó con la
pistola al marido, un hombre encorvado y muy pequeño que movía la
cabeza como si tuviera un muelle por cuello, y disparó.


Os desmembraré, os desangraré y morderé vuestros cartílagos hasta
cortarlos, mataré hasta la más idiota de vuestras ideas.


La bala entró por debajo de la nuez y salió por un lado del cuello,
bastante alejada de la médula. El hombre cayó al suelo con estrépito,
encima de un taburete de acero. Su boca se llenó de sangre y de su
nariz bajaban dos tímidos regueros que teñían el bigote blanco. La
mujer apenas pudo abrir la boca para gritar, cuando 666 la alcanzó y
con la mano izquierda tapó su boca presionando contra su pecho la
nuca de la mujer; ésta, aunque lo intentaba, era incapaz de ofrecer
la más mínima resistencia. Los viejos tienen más buenas ideas que
fuerza.

—Amada, yo soy bastante bueno matando, pero a veces ocurren estas
cosas. Quería haber hecho un tiro limpio en el cuello que no le
dejara emitir ningún sonido y que me aguantara vivo, al menos unos
diez minutos —le decía al oído—. Me encanta hablar y contaros
historias mientras os mutilo; pero como parece que tiene un resorte
en la cabeza, he fallado por unos milímetros dejando sus venas
seriamente tocadas y derramándose así la sangre por las vías
respiratorias. No durará más de cuatro minutos así que te la he de
meter rápidamente para que disfrute. Entiéndeme, no me gustan las
monas viejas, pero se trata de humillarte, de hacerte daño y por fin
matarte. Y quiero que ese primate agonizando vea toda la escena.
¡Bájate las bragas ahora mismo o te arranco el coño con mis propios
dedos!

La mujer miraba a su marido que intentaba incorporarse a resbalando y
escupiendo sangre como un cuarteado lagarto. Se bajó las bragas
metiendo las manos bajo el vestido, casi cayéndose al suelo a pesar
de la mano que la sujetaba firme y dolorosamente.
Se escuchaban gritos de protesta en la sala y a la recepcionista
intentando calmar a los pacientes.
Viejos primates cobardes de cerebros podridos...
Nunca me saciaré matándoos, vuestro dolor será eterno. Seré tan
brutal exterminándoos, que os parecerá que habéis conseguido la vida
eterna.

—Tengan calma, el cerrajero está a punto de llegar y podrán salir
enseguida —la enfermera de recepción intentaba contener la creciente
impaciencia de la gente; pero la situación la desbordaba.

—¿Y no tienen una salida de emergencia para salir de aquí sin tener
que esperar tanto? En las consultas hay puertas interiores, podríamos
salir por ellas.

—Es cuestión de minutos, señoras y señores, cálmense.

—Yo tengo que recoger a mi nieto en el colegio dentro de diez
minutos, y si dentro de tres minutos esa puerta no está abierta,
saldré por las consultas.
666 cerró sus ojos. Ordenó a los crueles que acudieran a él. Le pidió
a la Dama Oscura que acudiera, estaba excitado.

En pocos segundos, comenzaron a escucharse gritos de dolor, carreras
y gruñidos de bestias furiosas. Algo golpeó tres veces la puerta de
la consulta. Una marea de sangre se filtraba bajo la puerta. Una
sucesión de detonaciones de pistolas se escuchó mucho más cercana.
Los sonidos de las sirenas de la policía y ambulancias se aproximaban.
Obligó a la mujer a sentarse en la camilla empapada de sangre, cortó
con unas tijeras el vestido longitudinalmente desde los bajos hasta
la cintura y dejó al descubierto las piernas y el desnudo vientre de
la vieja.


Primates: sea cual sea vuestra edad, sólo servís para abonar la
tierra de vuestro planeta. Sois carcasas de pollo sin órganos dentro.


—Sé que antes de que los pelos de tu coño se hicieran blancos, ese
mono viejo te lo ha besado muchas veces. Sé que a pesar de que ahora
está arrugado y casi calvo, aún te posa la mano en él y tus muslos
tiemblan evocando su pene bombeando en ti. Cuando te hacía sentir
puta.

666 sacó el cuchillo que llevaba insertado entre los omoplatos y unas
gotas de sangre se desprendieron de la afilada punta de metal. Lanzó
rápidamente el cuchillo hacia adelante y lo volvió a clavar en su
espalda.
Lentamente, la carne del estómago de la mujer se fue abriendo y como
en una presa rota, la sangre se desbordó por su pálida y pellejuda
piel tiñéndola de rojo.

—Mira, te ha venido la regla, a tu edad... —se burló 666 señalando la
vagina por la que se escurría la sangre que manaba de su herida
abierta.

Se bajó los pantalones y quedó desnudo de cintura para abajo, de su
pene goteaba un fluido denso con el que se frotó el glande para
lubricarlo.

—Túmbate y levanta las piernas.

La puerta de la interconsulta se abrió en aquel momento. La Dama
Oscura vestía un pantalón corto ceñido que dejaba al descubierto
parte de sus nalgas. Un cordón negro que debía cerrar el pantalón en
el vientre, estaba flojo y dejaba ver una buena porción de un Monte
de Venus rasurado y terso. La camiseta de tirantes que apenas le
cubría las costillas inferiores, parecía reventar tensada por los
pechos evidentemente erectos. Su melena negra iba recogida en un moño
en la nuca y mechones sueltos bailaban en sus sienes. En la cintura
llevaba una automática cromada y en la mano un cuchillo de filo
japonés.
En la mano izquierda sostenía seis orejas.


Hoy, mis queridos viejos primates, pagaréis caro vuestro conformismo
y abulia. Pagaréis todo ese respeto hacia las normas y leyes que os
ha convertido en subnormales que lloran las muertes de la televisión.
Cuanto más viejos, más hipócritas, primates de mierda.


Guardó el cuchillo en la caña de sus botas militares negras, toscas y
rudas; grotescas en sus piernas musculosas y largas.
Tiró las orejas a la cara del viejo que agonizaba.
Se acercó hasta 666 se pegó a su espalda y besando su nuca le susurró:

—Tus crueles están matando y comiéndose a los primates de la sala de
espera; de los monos del resto de consultas, me he encargado yo.

—¿Quieres que esperemos al arcángel Gabriel antes de matarlos a todos
para que llore por ellos y pueda decirle a Dios que es tu gracia y
voluntad asesinar todos estos monos?

No respondió. La mano ensangrentada de la Dama Oscura asió con fuerza
su pene y comenzó un suave vaivén con el puño. 666 echó la espalda
atrás para tensar el vientre cogiéndose los testículos.

—Tírate para mí a la mona, fóllala. Jode esa basura.

666 sintió como un cálido dedo invadía su ano, hurgaba en su interior
y encontraba la próstata; ante aquella presión se le escapó un chorro
de orina que empapó las piernas de la vieja y cerró los ojos llevado
por el sorpresivo placer.
Un rugido animal escapó de su boca, las venas del cuello se tensaron,
se inflamaron de ira y maldad pura.


Respirad cuanto podáis, porque estáis muertos como muertas las
piedras; sólo que las piedras no sangran.
¿Cuánta sangre almacenan vuestros decadentes cuerpos? Lo sabréis
enseguida, hijos de putos monos.


La Dama Oscura se colocó a su lado y sin soltar el pene, lo hizo
avanzar hasta que su cintura se encontró entre las viejas piernas
temblorosas.
Sacó el cuchillo de su bota y lo clavó en el dorso de la mano derecha
de la mujer atravesándola y clavándolo con fuerza en la madera de la
camilla. La mujer gritó y la dentadura postiza se le desenganchó de
la boca.
El marido emitía una especie de débiles ronquidos y una mancha de
sangre se extendía a su alrededor lentamente hasta alcanzar los pies
de 666 y la Dama Oscura.
La Dama Oscura abrió la vulva de la mujer para facilitar la
penetración y con la otra mano, condujo el pene de 666 hasta el viejo
sexo.

—Ahora mi Dios —dijo escupiendo en el sexo de la anciana.

666 lanzó con fuerza su cintura y el pene entró con sin preámbulos.
Los labios mayores de la vagina fueron arrastrados adentro por la
falta de una buena lubricación. La mujer intentaba por todos los
medios sacarse de dentro aquello que la estaba desgarrando. Las uñas
de los dedos de la mano que tenía libre, se clavaban con fuerza en el
vientre, intentando defenderse de aquel trozo de carne que la hacía
arder por dentro.
La Dama Oscura acabó de rasgar el vestido desde la cintura al pecho y
le arrancó el sujetador para pellizcarle los pezones.

—Sé que está disfrutando la vieja primate, mi Dios. Métesela más, más
fuerte más profunda...


Aprenderéis tarde, y sin que ya os pueda servir de nada, entenderéis
que vuestro comportamiento, la observancia de todas las normas y
leyes; no os aportará ningún bien, ningún premio y mucho menos
respeto.


Se arrodilló ante 666 y sacó la lengua con obscenidad para chupar sus
testículos pesados y cargados de semen. Los cogió entre sus dedos
ávidos y su lengua los lamía, sus labios los sorbían y sus dientes
los amenazaban.
El pene se tiñó de sangre y poco después, por las nalgas de la mujer,
se deslizaban unos pequeños ríos de sangre que goteaban en las botas
de 666.
La Dama Oscura se había abierto completamente el pantaloncito y
acariciaba su sexo con las rodillas muy separadas y flexionadas para
mantener el equilibrio.

—La puta mona está gozando, mi Dios. Empálala.

Una fuerte embestida acompañada de un gutural berrido, hizo que la
mujer abriera desmesuradamente los ojos para quedar completamente
laxa, inerte; salvo por una respiración rápida y jadeante.
Un líquido denso y oscuro manó entre la cópula de ambos sexos, la
Dama Oscura agitaba la base del pene para que se vaciara por completo
de semen.
Cuando 666 retiró el pene, de entre las piernas de la mujer manó un
espeso líquido negro y abundante sangre mezclada.


Viejos monos de mustios genitales, os enseñaré mi pene henchido de
sangre en vuestro último aliento y tal vez, como un acto de
contrición, me besaréis este glande que late excitado ante vuestra
muerte, como si se tratara de un cristo crucificado. Con la misma
devoción. Me correré en vuestras venas abiertas, primates de mierda.


La Dama Oscura limpió con la lengua el glande, se lo metió tan
profundamente que 666 sintió la náusea de su Dama en el miembro.
Cogió la pistola, metió el silenciador en el sexo de la vieja y
disparó tres veces. Una de las balas salió por el ombligo para
clavarse en la pared.
El marido aún respiraba; 666 apoyó la bota en su sien para después
darle una patada en vertical que aplastó el cráneo como un melón.
Olisqueó el aire aspirando la muerte que subía desde su calzado.

—Hasta para morir sus huesos hacen un ruido repugnante. Son como
cucarachas.

Cuando salieron a la sala de espera, cuatro grandes crueles estaban
devorando a una anciana que aún pataleaba. De sus grandes colmillos
retorcidos, pendían jirones de carne y ropa.
Al fondo de la sala, un grupo de treinta personas heridas y temerosas
se agolpaban contra la pared para mantenerse separados de aquellos
enormes osos de pezuñas hendidas y con morros de cerdo, con unos ojos
tan humanos como los suyos. El pelaje de los crueles era pardo,
salpicado de zonas desnudas que dejaban ver una piel rosada por la
que corrían grandes insectos inidentificables.
Un niño oculto entre la gente apiñada, emitía un grito agudo e
irritante, llamaba a su padre y a su madre sin cesar. Sin descanso.

—¡Papa, mama. Papa, mama. Papa, mama...!

666 sacó de la bolsa un fusil ametrallador y disparó ráfagas contra
la gente hasta que la voz calló.
Las sirenas de un buen número de coches de policía y ambulancias
calaban las paredes y daban una banda sonora a la escena. El sonido
de los crueles rasgando y devorando la carne, sólo era comparable en
terror con el hedor de la sangre y la carne muerta.
Uno de los crueles sacó su hocico del vientre de un viejo con las
piernas amputadas y se dirigió a la enfermera de recepción.


Comprenderéis que no hay premio tras cobijarse y aceptar leyes y
creencias. Si hubierais tenido sólo un poco de cerebro útil... Os
hubiera matado igual, soy la maldad pura y vosotros, viejos e
ineficaces cuerpos, mis juguetes desmontables.


—A esa primate no la toquéis, la quiero viva, que cuente lo que ha
visto. Que no la crean; pero tampoco puedan dar una explicación. Que
los primates psíquicos sepan que he sido yo y que Dios, ese maricón
cobarde, los ha abandonado a mí.

El arcángel Gabriel invadió de una luz cegadora la sala cuando
apareció. Lanzó un aria vibrante que emocionó a 666. Apartó a uno de
los crueles de un hombre que escupía sangre y sus tripas rebosaban
por ambos lados del cuerpo. Lo acunó entre sus poderosos brazos,
confortándolo en su agonía.
666 le reventó la cabeza al viejo de un tiro, y las alas blancas del
enorme arcángel se salpicaron de sangre.
Gabriel lloró por el hombre con su cabeza reventada entre las manos.
Siete ángeles menores aparecieron en aquella sucursal del infierno
que se había creado en la Tierra.

—No quiero sus almas viejas, no quiero almas de primates rotos,
cansados y enfermos. Os las podéis quedar. Yo no me llevo mierda a mi
reino. Dile a Dios, Gabriel, que no han muerto suficientes aún. Que
mi ira no tendrá fin, que jamás dejaré de perseguir y matar a
aquellos que dijo hacer a su imagen y semejanza. Cada primate que
destrozo, me hace sentir que mato a ese afeminado que tenéis por jefe
en vuestra mierda de cielo.


Alguien podría ver este acto como una lección para la humanidad, para
todos los primates nacidos y que nacerán. Pero me importa una mierda
que aprendáis o no. Este acto es sólo para mi satisfacción, os odio
tanto...


Y dicho esto, 666 disparó con su fusil contra el grupo de gente que
aún sobrevivía.
La Dama Oscura andaba entre los cuerpos mutilados y disparaba un tiro
de gracia a todos aquellos que se movían o respiraban. Los crueles la
seguían con sus penes erectos, gimiendo de ansiedad por copular con
su ama. Levantó el rostro de una niña pequeña, y olió su boca.

—¡Gabriel! Mi verdadero Dios te la brinda —gritó elevando el cuerpo
de la niña entre sus brazos.


Lo único que pretendo enseñaros, es vuestro corazón en mi mano.


Y dejó que uno de los crueles, le arrancara la cabeza de un zarpazo.
El arcángel Gabriel agitó sus alas con violencia y se lanzó contra el
cruel que masticaba la cabeza de la pequeña, metió sus manos entre
las fauces y las separó y arrancó de su cabeza. El cruel cayó muerto,
sin hacer ningún ruido.
La tez de Gabriel estaba salpicada de coágulos de sangre negra.

—Gabriel... Siempre has sido un poco sensiblero, un poco histriónico.
Deberías estar acostumbrado a ver primates muertos. Primates que
sufren, primates llorando de miedo. Primates que sólo viven el tiempo
que yo les permito. Según mi humor. Y ahora, los monos que entren
aquí y encuentren toda esta basura, serán un mar de dudas. Nadie
entenderá nada. Y la leyenda de mi existencia, volverá a darles algo
inteligente sobre que hablar. Y no creerán en mí porque los primates
son seres miedosos. Y aún así, me temerán y evitarán decir mi nombre.
Dile al puerco Dios, que soy tan Dios como él. Y tú mi esclavo, sólo
vives porque yo te lo permito.


Quiero veros vomitar vuestras viejas entrañas mientras morís como
perros sarnosos.


Los policías estaban golpeando la puerta con un ariete, se oían sus
voces apresuradas.
En el subsuelo, bajo el edificio, una gran tubería de gas se rompió.
666 se dirigió a la enfermera de recepción, uno de los crueles la
olisqueaba arrastrando su hocico húmedo por la mejilla. 666 apartó a
la bestia de una patada y le arrancó la chaqueta del uniforme a la
enfermera. Con el filo del cuchillo, escarificó 666 en su espalda.
Elvira creía enloquecer de dolor sin saber que su boca se relamía
obscenamente con cada corte que el diablo hacía en su espalda.
La puerta estaba a punto de venirse al suelo.
666 arrastró a Elvira del brazo hasta la consulta del Dr. Fernando,
abrió la puerta del balconcito y la lanzó al vacío, a la calle.
Y dejó de empujar su mente.
Cuando la mujer tocó el suelo sintió su cadera estallar; dos
sanitarios se apresuraron a cubrir su torso desnudo y ensangrentado
con una manta y la subieron a una camilla. La ambulancia se la llevó
de allí antes de que el edificio se viniera abajo por una gran
explosión.
Angeles y demonios se diluyeron en el aire, los crueles gritaban
asustados al ver como por enésima vez, sus cuerpos se desintegraban,
no tenían suficiente cerebro para entender esa forma de moverse en el
espacio y en el tiempo. 666 abrazaba a su Dama Oscura por encima de
los pechos, su pene se encontraba encajado entre las nalgas
provocando en la mujer una excitación que sentía bajar por los muslos.
El cuerpo del cruel muerto, quedó allí, con los de los viejos, niños,
médicos y enfermeras.
Cuando los policías y bomberos irrumpieron en la sala, no entendieron
nada durante lo poco que vivieron. La explosión permitió mentir y
buscar una teoría razonable sobre el origen de aquellas 367 muertes.
Elvira se encontraba en la unidad de cuidados intensivos. Un ángel
apareció frente a ella, y su mano suave y cálida le rompió el cuello
con suavidad. Murió con una sonrisa en el rostro, sin miedo; casi
feliz acompañada por un aria celestial.
--------
Dios no podía permitir que quedara un testigo de su incapacidad y
cobardía.
Ya os contaré más aventuras.
Siempre sangriento: 666.

Iconoclasta




Jue, 9 de Oct, 2008 1:22 pm

tricuspide34
Sin conexión Sin conexión
Enviar mensaje Enviar mensaje

Reenviar Mensaje #185 de 268 |
Desplegar mensajes Autor Ordenar por fecha

Da pena ver restos tan antiguos, cadáveres y cultos que no encontraron nada más allá de la muerte. Son tan frágiles las momias... Frágiles y patéticas,...
tricuspide34
Sin conexión Enviar mensaje
2 de Oct, 2008
11:11 pm

La sala de espera del consultorio de medicina general se encontraba repleta de gente, y todos eran ancianos, algunos soportaban con una mirada apática y...
tricuspide34
Sin conexión Enviar mensaje
9 de Oct, 2008
1:22 pm

Es pura holgazanería, hoy no soy bueno ni me encuentro relajado porque alguna reacción química en mi cerebro haya creado endorfinas. Por dejadez sería lo...
tricuspide34
Sin conexión Enviar mensaje
12 de Oct, 2008
12:14 am

Cataluña es una comunidad autónoma española represora, usurera, anti- social y mafiosa. Igual que cualquiera de esas repúblicas tiranas que tanto abundan...
tricuspide34
Sin conexión Enviar mensaje
14 de Oct, 2008
8:32 am

Tengo perro, me gustan los perros; pero al mío, más que quererlo, lo soporto con los puños crispados y las mandíbulas tan apretadas, que se me han roto dos...
tricuspide34
Sin conexión Enviar mensaje
20 de Oct, 2008
11:44 pm

La vida es como la electricidad. La intensidad de la vida es directamente proporcional a las emociones sentidas e inversamente proporcional al hastío. No...
tricuspide34
Sin conexión Enviar mensaje
30 de Oct, 2008
11:44 pm

Es una caída libre. Soñar contigo es precipitarse en la cama de siempre en mitad de la noche, tras una vertiginosa carrera vertical. Así es amarte. Ocurre...
tricuspide34
Sin conexión Enviar mensaje
10 de Nov, 2008
4:47 pm

Hoy tiene que ser especial, un día maravilloso. Me he despertado así de contento. También debe influir que anoche tuve una buena sesión de sexo sudoroso,...
tricuspide34
Sin conexión Enviar mensaje
15 de Nov, 2008
5:49 pm

Podría decir sin asomo alguno de vergüenza, que tengo a Dios entre las piernas. No es crea en Dios; no soy de esos. Sin embargo, eres una Diosa y como...
tricuspide34
Sin conexión Enviar mensaje
19 de Nov, 2008
9:28 am

El nombre del local, aunque vulgar, cacofónico y provinciano; tiene su misterio. Soy un probador de condones aventurero. Uno no sabe dónde se puede encontrar...
tricuspide34
Sin conexión Enviar mensaje
26 de Nov, 2008
7:17 pm

¿Cómo no iba a ser la república bananera de Cataluña, la primera comunidad de España en cobrar al trabajador dos veces las bolsas de plástico del...
tricuspide34
Sin conexión Enviar mensaje
3 de Dic, 2008
7:43 pm

La puta me saludó con frialdad. —¿No es un poco pronto? A las seis de la tarde se toma un café o se va al gimnasio. Era una amargada. —Trabajo en el...
tricuspide34
Sin conexión Enviar mensaje
8 de Dic, 2008
1:15 am

Apagad las luces y encended una vela; no miréis a vuestro alrededor, más allá de la penumbra. Porque estoy ahí, fundido en las sombras. No soy un cuento de...
tricuspide34
Sin conexión Enviar mensaje
9 de Dic, 2008
10:15 pm

Hola bebé. Déjame que te diga algo antes de que tu madre te coja en sus brazos, antes de que sientas cerca su respiración. Sólo durará el tiempo en que...
tricuspide34
Sin conexión Enviar mensaje
15 de Dic, 2008
6:20 pm

No deseo que seas feliz, no deseo en absoluto que encuentres la dicha. Que el amor te sonría con otro. Rogaría a todas las fuerzas del universo porque se te...
tricuspide34
Sin conexión Enviar mensaje
18 de Dic, 2008
3:34 pm

Yo no soy un hombre, soy un animal sin alma. Sólo soy reproductor, un cerebro primitivo y lerdo. Los enamorados claman al viento su amor, escriben poemas de...
tricuspide34
Sin conexión Enviar mensaje
27 de Dic, 2008
9:09 am

Una caída vertiginosa, el corazón acelerado y una fuerte sacudida contra el colchón. Es angustioso; el cerebro me expulsa como si fuera una flema, no quiere...
tricuspide34
Sin conexión Enviar mensaje
31 de Dic, 2008
8:25 am

Si hubiera un misterio que diera por inexplicable qué es ella, aún tendría esperanza para no pensar que soy un hombre preso simplemente de una mujer humana....
tricuspide34
Sin conexión Enviar mensaje
6 de Ene, 2009
12:45 pm

Escuchando al Zapatero lloriquear por Palestina, he sentido una profunda vergüenza de ser español (la verdad es que me la pela ser español, sólo quería...
tricuspide34
Sin conexión Enviar mensaje
11 de Ene, 2009
1:43 am

Soy un dummy que se da golpes continuamente. Tenazmente. Me gusta el deporte de riesgo. Soy osado. Me soban, me fijan en asientos de vehículos y me usan para...
tricuspide34
Sin conexión Enviar mensaje
15 de Ene, 2009
6:49 pm

Demasiados sueños con los muertos. Son ellos los que no me dejan tranquilo. Se empeñan en vivir, en usar mi sangre y respirar por las noches en mi cerebro; y...
tricuspide34
Sin conexión Enviar mensaje
20 de Ene, 2009
3:48 pm

Encontrábame haciendo sudokus en la consulta del traumatólogo por un dolor bastante fuerte que tenía en un dedo tras pillármelo en el archivador. Estaba...
tricuspide34
Sin conexión Enviar mensaje
24 de Ene, 2009
7:36 pm

El 20-1-09 pasará a la historia de mi vida como uno de los días en que me chirriaron los dientes durante más horas y con más frecuencia que en cualquier...
tricuspide34
Sin conexión Enviar mensaje
28 de Ene, 2009
11:51 am

En Enero del 2008, en la autovía de Castelldefells por la que se podía circular a cien kilómetros por hora, se restringió la velocidad a ochenta. Ahora a...
tricuspide34
Sin conexión Enviar mensaje
2 de Feb, 2009
10:11 am

No camino, salto alegre y danzarín en una calle estrecha, tan estrecha que apenas hay unos minutos de sol al día. No me importa que mis mantecas se agiten...
tricuspide34
Sin conexión Enviar mensaje
4 de Feb, 2009
8:50 am

Es hora de un dulce morir, es hora de un beso sereno y líquido, algo que reblandezca las duricias y costras del alma. Porque es necesario dejar que el amor...
tricuspide34
Sin conexión Enviar mensaje
11 de Feb, 2009
11:09 am

Os espero en el infierno, porque esto no es cielo, ni siquiera un purgatorio. Esto es sólo un lugar de tránsito donde escupir con rabia mi semen. Mi semen...
tricuspide34
Sin conexión Enviar mensaje
17 de Feb, 2009
3:52 pm

Ni por un momento se me hubiera ocurrido soñar con transformarme en un ser celestial, en una mitología poderosa y justiciera. Mi natural humildad me hace...
tricuspide34
Sin conexión Enviar mensaje
27 de Feb, 2009
12:20 pm

Si no hay amor, si no hay cariño; que irrumpa el odio y la violencia. La destrucción y la sangre. Cualquier bestialidad antes de que la tristeza anegue las...
tricuspide34
Sin conexión Enviar mensaje
25 de Mar, 2009
3:28 pm

No hay aves trinando, no hay fulgores de colores en el aire; no son las flores más coloridas, fragantes y hermosas. No hay nada de eso, no hay magia, no hay...
tricuspide34
Sin conexión Enviar mensaje
28 de Mar, 2009
3:29 pm
 Primero  |  |  Último 
< Tema anterior  |  Tema siguiente >
Avanzado

Copyright © 2009 Yahoo! Todos los derechos reservados.
Política de Privacidad Actualizada - Condiciones del servicio - Directrices - Ayuda