Tengo perro, me gustan los perros; pero al mío, más que quererlo, lo
soporto con los puños crispados y las mandíbulas tan apretadas, que
se me han roto dos muelas.
Hay momentos de gran tensión en los que enciendo los cigarros por el
filtro y bebo por la nariz.
Los perros son los mejores amigos del hombre para algunos suertudos.
Son abominables y se follan los cojines sin ningún tipo de pudor.
Puedo ser tolerante hasta que siento el frío morder mis pies. La
bestia que mi mujer e hijo me obligan a soportar, ha hecho
desaparecer las punteras de las zapatillas. ¿Nadie ha probado a
sentirse cómodo en casa con unas zapatillas de franela adaptadas al
verano? También es humillante y si he de recibir alguna visita, lo
hago descalzo. Completamente, porque ahora mismo, también mis
calcetines son lana-verano.
Me cuesta dios y ayuda no meterlo en el congelador durante cuatro o
cinco horas para que su pequeño cerebro baje un poco el ritmo de su
febril actividad.
Tiene la fea costumbre de rascarme las piernas cuando como, es rápido
de reflejos y mis patadas sólo golpean el aire; y cuando pasa el
tiempo y no le doy un solo bocado, con una fuerza y agilidad
inverosímiles, salta y me muerde el codo del brazo que le viene mejor.
No hace propiamente daño, dijéramos que es irritante. No es un
mordisco, es un ataque sistemático y cuanta más sangre ve salir, más
eufórico se pone.
Y como en una extraña realidad, como si no viviéramos en la misma
época, mi perro se tele transporta al otro extremo del piso y sólo
consigo pinchar el aire con el tenedor. El domina el espacio-tiempo,
encuentra gusanos temporales por donde evadirse y volver a aparecer y
me hace sentir fracasado.
También, aún con el tenedor clavado en el aire, reflexiono sobre la
telepatía y si es aplicable a mi perro, o simplemente es que ha
entendido: "Como me vuelvas a morder te atravieso".
Sea como sea, hay que reconocer que el perro es un animal tan
inteligente como un ministro, diputado, alcalde o juez; siempre
jodiendo y siempre indemnes.
Es curioso lo mucho que tienen en común los cerd... los políticos y
los perros.
Y hacen mucha compañía (me refiero a los perros), tanta que uno
desearía a veces disecarlo y poder observar y admirar los detalles
físicos de tan gran compañero de una vez por todas.
Aúno lo he podido observar con calma porque no se está quieto. Si se
extraviara, no podría dar una completa descripción.
A veces me encuentro pensando, en qué coño hacen tres perros
correteando y mordiendo los sofás. Y es sólo un perro con triple
personalidad.
Nunca llegas a conocer a fondo a tu perro ni a tu jefe.
Hay dueños de perros a los que les gustaría que pudieran hablar.
Yo juro que no; si mi perro llegara a hablar, le corto las venas a mi
vecina que está muy buena.
Con lo que hablan mi mujer y mi hijo, tengo una más que completa,
satisfactoria y relajante comunicación verbal.
Asaz...
Se dice que tenemos mucho que aprender de los animales.
Y una mierda, yo ya lo sé todo.
Nadie puede ya hablarme de la lealtad de un perro hacia su dueño.
Hace unos días, paseándolo para que cagara y meara, salió disparado
como un cohete tras una mujer que tiraba del carrito de la compra,
Draco, que así se llama mi perro, hizo presa en la tela de la cesta y
la mujer gritó:
—¿De quién coño es este animal? —En ese mismo instante le desgarraba
los bajos del pantalón haciendo unos zorros con ellos.
—Es mío. Lo siento, pero se me ha escapado —gritaba acercándome a la
mujer y mostrándole la profunda herida abierta que me había hecho la
correa cuando mi leal compañero tiró de ella.
Cuando llegué hasta ellos, el perro dejó de destrozar los pantalones
y se alejó de mí unos prudentes centenares de metros, sentándose en
el borde del horizonte sobre los cuartos traseros mirándome, jadeando
con la lengua colgando.
El hijoputa se reía de mí.
Tomé los datos de la mujer para reclamar los daños al seguro y ella
tomó los míos para denunciarme si en tres días no la llamaban para
acordar el pago del carrito y los pantalones.
Eran las 11:30 AM.
A las 15:18 PM del mismo día, conseguí coger a mi perro gracias a un
extraño que se apiadó de mí y le dijo al perro:
—¡Hola bonito! Ven aquí —y el perro fue.
El hombre me cedió la correa del bicho con una sonrisilla de
condescendencia que me dio por culo. Y pensé que era un cochino
listillo.
Hijo de perra más propiamente, pensé yo cuando giré la cabeza atrás
para volver a agradecerle el favor.
Cuando llegué a casa, metí al perro en el cuarto de baño como castigo
disciplinario. Soy inflexible.
Me lavé y meé en la pica de la cocina para no tener que verlo en toda
la tarde.
Sé que debería haber meado antes de encerrarlo; pero me encontraba
razonablemente histérico.
No creo que los perros sean conscientes de lo fino que es el hilo que
separa la vida de la muerte y por eso nos parecen valientes. De
acuerdo, es osado el condenado, porque cuando por fin lo dejé salir
del baño (soy un buenazo y tampoco me gusta excederme con los
castigos) tras ocho horas, me encontré ante una visión infernal:
había convertido en confeti tres rollos de papel higiénico y en
trapos para mecánicos cuatro toallas de rizo americano, una de ellas
de Homer Simpson.
Salió de su castigo más contento que mierda en bote.
Proferí una larga y exhaustiva retahíla de blasfemias e imprecaciones
y pasé una tarde-noche de lo más distraída, eligiendo el método para
el sacrificio: el veneno o el cuchillo.
Es malo, malísimo. Sabe cómo manipularnos. Cuando salí del lavabo,
con tres bolsas de basura llenas, me lo encontré durmiendo en el
sofá panza arriba y con los testículos relajados cargando a la
derecha.
Parecía un muñeco de peluche. Le saqué de debajo del lomo mis
calzoncillos preguntándome de donde coño los había sacado, puesto que
eran limpios.
Me senté a su lado encendí un cigarro y dudé de si lo vivido durante
las últimas horas era una pesadilla o era real.
Miré las bolsas de basura apiladas en el recibidor y sentí el peso de
la realidad.
Me dormí contagiado por la rítmica respiración de la cruel bestia.
Casi había dormido diez minutos, cuando me despertó arañándome un
brazo con una pata y el hueso de goma que huele a chicle de fresa
entre los dientes. Lo miré fijamente a los ojos, me dio un lametazo
en la cara y nos pusimos a jugar; le cogía el hueso y se lo tiraba
lejos y él me lo traía; y ya puestos, de paso me mordía las manos
cuando se lo intentaba coger. Sus bigotes estaban enrojecidos por las
hemorragias de mis manos.
Manipulador...
No, ni hablar, que los perros no hablen jamás.
Y que no se fíe, un día lo mataré. Me está convirtiendo en un maníaco
poco a poco, lentamente. Ji ji ji ji...
Y mañana hay que bañarlo... Y cortarle las uñas.
Misericordia...
Iconoclasta