Si hubiera un misterio que diera por inexplicable qué es ella, aún
tendría esperanza para no pensar que soy un hombre preso simplemente
de una mujer humana. Un vulgar pelele encoñado de una tía.
No es que me disguste; pero si ha hecho esto conmigo, que se me
permita dudar de su humanidad.
Soy tan sórdido y pragmático que parece una broma amarla tan
perentoriamente. Sé que no estoy loco porque conservo mi trabajo y
ninguna mañana me he despertado en un calabozo vestido con las bragas
y el sostén de mi madre.
Eso no pasaría jamás, hasta el más lejano y remoto de mis nervios
mantiene a buen recaudo el secreto de mi amor por ella. Estoy
enamorado; mas conservo la razón.
Está bien, soy un poco paranoico y amar así debería ser motivo de
alegría; pero soy cauto y pesimista por sistema; hay mucho envidioso
y alguien podría querer apartarme de su lado.
Si algo me ha enseñado la vida, es que hay humanos que sólo viven
para envidiar. Hombres, mujeres, niños, niñas, ancianos y ancianas
que sólo viven para observar con envidia, mientras un hilo de baba
animal se desprende de su belfo inferior.
Ambicionan lo que ellos no podrán conseguir jamás.
Da igual cuánto tengan, coge al tío con más dinero del planeta y
trátalo como a un igual: le rechinarán los dientes y su día estará
marcado por una corrosiva necesidad de demostrarte que es poderoso y
arruinará tu vida para que un día al cruzarte con él, le hagas voto
de admiración mamándosela de rodillas.
Y en medio de toda esta mierda y mediocridad espantosa que a veces se
pega a mi piel como una brea maloliente, está ella.
Conozco el mundo y sé como se comportará cualquier individuo en un
momento determinado. Conociendo esto ¿cómo ha sido posible que ame
tanto a alguien? Porque no hace milagros, no me tiene en un perpetuo
orgasmo.
Habla conmigo con pasmosa sencillez y sin venir a cuento, me pellizca
una mejilla y con un gritito de niña me dice: "¡Uy, cuánto te
quiero!" Yo entre dientes y mirando a izquierda y derecha por si
alguien se ríe, le digo muy rápido y flojito: "Y yo".
Soy parco en palabras. Sé muy bien que cuanto más se habla por ser
ingenioso, más probabilidades hay de que te jodan. O de tener que
conocer a más humanos, cosa que no me apetece, no soy sociable.
A lo largo de la vida he tenido que pedirle a muchos que se callaran;
el dolor de cabeza que me producen me provoca náuseas. El otro día en
el metro, sin ir más lejos, vomité en el pecho de un mendigo que
pedía, puesto que "es mejor pedir que robar". Yo no tenía la gripe ni
gastroenteritis; pero cuando el tipo se me puso delante con la mano
extendida, oliendo a orina y cerveza agria, me dio una arcada y
arrojé toda mi comida en su cazadora tejana sucia y rota.
El se me quedó mirando y yo un tanto asustado por aquella repentina
náusea díjele: "Lárgate apestoso de mierda". El amargo sabor del
vómito me puso de mal humor. Ya digo yo que no soy un buen
conversador.
Con ella no me pasa, la escucho hablar durante horas y me encuentro
ante ella en un océano tranquilo y cálido en cuyas aguas se transmite
su voz y sólo la suya. Nadie interfiere.
No es romántica ni sugerente la idea; pero ella es el tanque de
aislamiento donde se altera mi conciencia, donde me encuentro a salvo
de esta cotidianidad infecciosa.
Qué poderosa es.
Si fuera crédulo o supersticioso, pensaría que es un ente angelical.
Su verdadero encanto radica en que es humana, la parieron así. Si
fuera divina no sería tan frágil.
A veces llora en una escena de una película romántica o dramática. Le
pegaría fuego al cine, a la cinta, al televisor o al lugar donde nos
encontrásemos en ese instante. Y lo que es peor: me gustaría llorar
con ella para que no se sintiera sola en ese momento de acusada
sensibilidad.
No puedo llorar por nadie más que por ella.
Mi amor por ella es algo que transmite hasta mi piel y por esa
sencilla razón, la no-diosa se coge de mi brazo y apoya la cabeza en
mi hombro. Cuando noto su lágrima calar la ropa, me siento hombre en
todo su significado. No hay ninguna prueba de amor tan intensa como
la lágrima de quien amas en tu piel. Cuando eso ocurre, es que no
existe frontera alguna, es más íntimo que follar.
En ese instante en el que me siento bautizado por sus emociones, giro
con disimulo la cabeza a un lado, me soplo las uñas y me las froto
con vanidad en el pecho.
Con chulería sería más correcto.
Si alguien le hiciera daño, le arrancaría la espina dorsal con mis
dedos. No soy un hombre refinado como otros; que no sea un envidioso
y me importen una puta mierda mis congéneres, no hace de mí alguien
pasivo o estoico. No soy inofensivo en absoluto. Y no es por hacerme
publicidad.
Odio en la misma medida que amo y me siento orgulloso de ello.
Así pues, a pesar de ser un hombre práctico y que toca de pies a
tierra, aún me permito soñar cuando camino con ella de la mano. Un
día me guiará por un camino en el aire y saldremos de esta atmósfera
de luz vulgar que tanto me aburre e incluso me pudre; hablando de
cosas banales sin dar importancia al hecho de que el homicida vacío
del espacio no nos mata. Y así acariciaré el terciopelo cósmico.
El polvo de asteroides tan viejo como mi pensamiento se prende en mi
ropa como una pátina vieja; pero en su cabello oscuro parece oro
viejo. El universo huele a melancolía fría y estática. En el espacio
están las añoranzas expuestas y de la mano de mi no-diosa los sueños
viajan en carrusel a nuestro alrededor.
Me siento pequeño y le ruego que no me lleve de vuelta allá abajo.
Quisiera estar más tiempo ahí, toda la vida.
Me pellizca una mejilla y me dice:"¡Uy, cuanto te quiero!".
Los hombres no lloran, y yo que siempre he sido incapaz de llorar,
tengo que taparme los ojos con la mano y decirle que si llego a saber
que salimos al espacio, me pongo gafas de sol, el polvo estelar es un
poco irritante.
Cómo se ríe...
Si hubiera una leyenda sobre ella que explicara el origen de su
divinidad, creería que es una diosa y tal vez la veneraría; pero es
una mujer. Es piel, carne y amor. Sólo es posible amarla y cuidarla
porque es frágil. Casi tanto como yo.
Enciendo un cigarro frente a un planeta que ella llama Dulcerimious,
hay tres lunas una azul, una roja y otra verde. La tierra es ocre,
los pies se hunden en ella y tiene la temperatura de su piel.
Es un cigarro lo que estoy fumando, lo juro. Es ella la especial, la
autora de mundos de inenarrable belleza. De momentos de serenidad.
Cuando mi lágrima cae en aquella tierra, se forma un minúsculo
cráter. Sube una nubecilla de polvo y se arremolina en caprichosas
volutas: un pequeño brillante aparece en el cráter. Ella me mira
atenta, sonriendo.
—Una más, cariño, llora una más por mí.
Lo difícil es llorar sólo una. En este dichoso Dulcerimious, el polvo
me provoca irritación y las lágrimas son incontables e incontenibles.
Dos pequeños cráteres se han formado a nuestros pies, cuyos
brillantes reflejan desde su interior los colores de las tres lunas.
El vértigo de la belleza es simplemente aniquilador y las murallas de
contención de las emociones, hace ya un par de segundos que han
estallado.
Llorar con ella es reír. Se libera el líquido acumulado en el
organismo, seguramente por la descomposición de las sales minerales.
Cualquier físico diría que en esa atmósfera se disuelven con más
rapidez, y ¡hala!, a llorar como una Magdalena.
Es extraño Dulcerimious, no te puedes fiar de ver a un hombre reír,
seguro que está viviendo un drama devastador. Ella se ríe cuando
pienso esto en voz alta; pero se ríe de verdad, no llorando como yo.
Me dan una rabia las listillas...
Cuando la beso y cierro los ojos, mi amor por ella es de esos tres
colores lunares que se han quedado grabados en mi retina y el amor ya
tiene todas las propiedades de un ser vivo. Tamaño, peso calor y
color.
Ella me ahorra la tristeza de la vuelta a la Tierra, no deja de
besarme hasta que siento el sol calentar mis hombros. Mis lágrimas se
han secado y su sonrisa me conforta de esta tristeza que me produce
el retorno.
No hay misterios, no son posibles en este mundo feo; pero ella lo es.
Nada explica como es posible amar con este afán en este tiempo y en
este lugar.
Mi bello misterio...
Iconoclasta