Encontrábame haciendo sudokus en la consulta del traumatólogo por un
dolor bastante fuerte que tenía en un dedo tras pillármelo en el
archivador.
Estaba buscando la ficha de los nuevos condones Obama's Maricuelas
Black (ahora es imprescindible que todas las pollas luzcan la cara de
Obama con la misma histeria que en todas las series televisivas
aparezca un maricón y una tortillera ingeniosos y superinteligentes),
la nueva línea de condones para liberales me tenía angustiado, ya que
no sabía si eran aptos para la fuerte tracción anal y peluda de los
más aguerridos juláis, la ficha técnica me iba a desvelar el secreto.
El cuarto de archivadores estaba atiborrado de armarios y la maciza
Yoli también buscaba documentos. Fue ella quien quiso rozar sus
pechos contra mi espalda buscando ayuntamiento carnal en aquel
estrecho pasillo, me empujó con sus tremendos pitones, se cerró el
cajón y me pilló el dedo.
Yo grité, insulté y blasfemé contra Dios, cosa que si hubiera
existido, ya me habría castigado haciendo que la polla se me cayera a
pedazos y la Virgen devolviéndome los insultos arrebolada ella.
— ¡Uy, perdona! ¿Te he hecho daño? —dijo soltando una carcajada sin
inteligencia alguna.
— ¡No, qué va! —dije con ganas de pegarle un tiro entre los ojos.
La falangina del dedo índice de la mano derecha había cogido un color
oscuro, casi negro y si no fuera por el dolor, me hubiera quedado
contemplándolo un rato largo con curiosidad y pensando sobre la
extraña forma en la que el cuerpo reacciona ante las agresiones y
traumas.
Cogió con delicadeza mi dedo sangrante y lo besó manchándose los
labios (los de la cara) de sangre. Todo lo puta que era se hizo
patente en aquel beso que me puso duro el miembro a pesar del dolor
que se ocultaba tras mi sonrisa.
Gracias a mi innata naturaleza sexual, el dolor pasó a segundo plano.
Invité a Yoli a que se diera la vuelta y apoyara sus tetas en los
archivadores que había a su espalda, levanté su falda, hice a un lado
sus braguitas manchándolas de sangre y la penetré con violencia. Su
vagina estaba inundada de flujo, me encanta el chapoteo de los sexos
en cópula. Le pellizqué un solo pezón, el izquierdo, el derecho no
podía ya que si movía el dedo destrozado, corría el riesgo de
eyacular precozmente debido a lo complejo de mi mente. Como nos
encontrábamos en un sitio tan estrecho, ella no pudo doblarse bien y
la penetración fue muy intensa, ya que el ano recibió un fuerte
masajeo. Me corrí balbuceando: "Hija de puta subnormal" y acaricié
la cara interna de sus muslos por los que bajaban dos pequeños ríos
de blanco y cremoso semen.
Se dio la vuelta de nuevo y me besó vigorosamente cogiendo mi bálano
aún pulsante, exprimiendo las últimas gotas de semen.
—Eres un cielo —susurró con aquellos labios aún manchados de sangre.
Me limpié bien el capullo en la tela de su falda antes de irme al
departamento de Recursos Humanos a recoger un volante para que me
visitaran en la mutua.
—Pero la polla la tienes bien ¿no? —preguntó evidentemente alarmada
la jefa de personal.
Es normal que hagan estas preguntas, trabajo con el pene todo el día
y la peña cree que paseo mi terso glande por las pestañas de las
carpetas archivadoras dejando un rastro húmedo como una babosa.
Después de tres horas en la sala de espera de urgencias, desde una
consulta una enfermera gritó mi nombre; recogía su negro cabello bajo
una cofia, una mascarilla con una cruz roja dibujada no dejaba ver
más que sus oscuros y crueles ojos. Un ajustadísimo uniforme se
pegaba a su cuerpo como una piel. Yo calculaba con frialdad y con el
miembro en plena expansión que no debía llevar bragas, no se notaba
costura alguna en su pelvis bajo aquel prieto uniforme.
—El doctor no está, le haré la primera cura.
Me hizo sentar en la camilla.
Yo soy de naturaleza simpática y amable con las mujeres, a los tíos
que les den por culo. Y díjele con un derroche de ingeniosidad:
—¿Quieres que me baje los pantalones?
Lanzó una enigmática sonrisa ante mi ingeniosa pregunta, una especie
de ¡Je! un tanto despectivo, socarrón e inquietante. Yo diría que no
le gustó mi broma a la borde.
—Sí y apóyate en la camilla.
—No jodas —le respondí con la voz contrita.
Soy un bocazas.
Se hicieron añicos mis ilusiones al comprender que me iba a
banderillear contra el tétanos. Pensé por el ruido a lata desgarrada
que debían tener las vacunas en conserva. También escuché el
inconfundible ruido que hacen los guantes de látex, he visto muchas
películas y conozco muy bien ese sonido, siempre precede a los dedos
que invaden el interior de los hombres. Dedos impíos de proctólogos
sin corazón.
—Relájate, salao —dijo con un sarcasmo que no me tranquilizó.
Sentí algo frío presionar el ano y mis peores temores se hicieron
realidad: enema. Esa enfermera debía estar confundida. Yo no
necesitaba una lavativa para calmar el dolor del dedo.
—Me parece que te has equivocado. Yo vengo por un dedo destrozado,
mis intestinos y mi culo están perfectos.
—Pues si sabes tanto ¿por qué no te curas tú solito?
Intenté incorporarme; pero me puso la mano en la espalda obligándome
a quedar en aquella absurda posición.
—¿Qué tiene miedo el machote?
Aquella mujer era un diablo, una psicóloga potente y preparada, no
pude evitar picarme y quedarme quieto para demostrar mi valor y
coraje.
Tampoco se trataba de una lavativa; tras la presión inicial se me
dilató el ojete y luego se cerró tragándose el extraño supositorio.
No me sentía nada excitado, mi sexualidad es muy sana.
Cuando me introdujo el décimo me lagrimeaban los ojos, ya me estaba
aburriendo y tenía el culo dolorido. Me incorporé intentando mantener
con dignidad todo aquello que me había metido.
Sostenía en la mano una lata de aceitunas rellenas y se estaba
comiendo una tan plácidamente, la muy golosa.
—¿Me has metido en el culo media lata de aceitunas?
—Pues sí, me apetecía algo de cerdo relleno.
Qué rencorosa era la hijaputa.
La llamé guarra y alguna cosa más que no me acuerdo. Ella impasible y
sin quitarse la mascarilla, cogió el teléfono de la mesa:
—¿Seguridad? Un paciente está nervioso.
Pasaron apenas unas décimas de segundo cuando apareció el guardia y
me pillaba aún con "uta" entre los labios.
Me aporreó en mis tersas nalgas y salió disparada una aceituna que
impactó en su camisa. Yo grité, él dijo algo descortés y me soltó
otro golpe.
Salió otra aceituna a la velocidad del sonido con estampido que jamás
hubiera pensado que mi cuerpo pudiera producir.
Se quejó y se llevó una mano a la mejilla, se le había quedado pegado
el relleno de anchoa.
—¡Qué cabrón! Ahora en la jeta...
Los seguretas no son muy listos, pero aprenden bien si los sometes a
intensas sesiones de comportamiento condicionado. Ya no me pegó con
la porra en el culo.
Cogiome por el pescuezo sin dejarme subir los pantalones y me echó a
la puta calle. La enfermera gritaba con voz afectada:
—El cerdo quería que se las quitara yo.
Ya una vez en la calle y antes de subirme los pantalones para evitar
que cualquier mujer o julandrón que pasara por allí se amorrara a mi
exuberante y lustroso pilón, intenté librarme de mi carga; me apoyé
en un árbol doblé la cintura y tras un gran esfuerzo lancé una
andanada de aceitunas acompañadas de una sonora ventosidad. El mundo
entero se detuvo guardando silencio con los ojos fijos en mí.
Los vecinos se asomaron a las ventanas sin sospechar siquiera la
procedencia de aquel estampido. Debían temer que se tratara de una
bomba de ETA o Alcaeda.
Hubo un daño colateral que no revistió gravedad: una vieja que salía
de comprarse unas bragas de fantasía en un bazar chino, se estaba
quitando de la dentadura los restos de una aceituna.
Si aquel era un día aciago para la anciana, pensé que en cuanto se
probara aquellas bragas y dadas las noticias sobre las reacciones
alérgicas que producen ciertos productos chinos, se le pondría el
chocho del tamaño de una calabaza. Hay personas a las que el destino
sólo les depara sinsabores y aceitunas rellenas con olor a mierda.
Y por lo visto también era un día aciago para mí; un policía venía a
toda hostia, probablemente porque mi rabo escandalizaba y el cagar
olivas no es algo que te haga popular.
Como quiera que el dedo no afectaba a la motricidad de mis piernas,
salí corriendo a pesar de que el policía me pedía por favor, que me
detuviera para ayudarme a subir los pantalones y llevarme al
gastrointestinal para revisar el porqué de aquellas extrañas,
violentas y exóticas deposiciones públicas.
Tras un par de travesías a la carrera, el poli se dio por vencido
(son las ventajas de vivir en un país con pocos recursos) y yo me
metí en un bar a fumar tomándome una cocacola y un
bocadillotortillapatatas.
Pensé en volver a la mutua y ponerle los cuernos a mi esposa, me
había enamorado de aquella sanitaria traviesa y perversa.
Mi psique es tan compleja...
Iconoclasta