Esto es el infierno y el único lugar fresco y húmedo de mi reino es este trono
de piedra sucia de sudor y sangres secas, sangres muertas desleídas en humores
sexuales.
Mis testículos agradecen la caricia del frío y mi pene corrupto se endurece, se
eleva y toma el poder de mi pensamiento.
Soy el Dios Polla que llena y rasga carnes, que escupe un semen hirviendo, una
leche obscena.
Si ese Dios superfluo y homosexual rodeado de sus asexuados querubines asomara
su divino y trino ojo en mi reino, le escupiría con este glande amoratado y
colapsado de sangre y le cegaría con mi zumo de maldad pura.
Soy bestia, soy dios y soy aquello que más se temen y más repugna. No es una
maldición, es mi soberana voluntad. Mi volición firme y desenfrenada.
Pero cuando el ansia se apodera de mí, puedo notar como las hembras primates
sienten que sus sexos laten al compás de las venas que alimentan e irrigan mi
puto pene.
Estoy caliente, ardo.
Cuando no os mato, primates, deseo follaros. Follar y partir en dos con mi rabo
al rojo a las monas, a las primates que más cerca tengo. A las que tienen la
desgracia de estar en un lugar equivocado en un mal tiempo.
El ansia por follar acrecienta de tal modo mi ira, que Dios llena el mundo de
ángeles protectores en esos momentos para evitar la extinción de sus queridos
primates.
Con el pene expandiéndose en mi puño, siento que todo el poder se concentra en
el bálano y podría ahogar este universo idiota que Dios creó, con una andanada
de semen.
Grito, lanzo tal rugido que migas de piedra y polvo caen en finas cortinas desde
el inalcanzable techo de esta oscura y húmeda cueva.
Mis crueles se esconden entre las profundas grietas y mi Dama Oscura se
despereza en la Ara del Dolor. Se libera de las cadenas con las que envuelve su
deseable cuerpo de oscura y suave piel.
Lamible...
Sus pechos pesados y duros hacen ostentación de unos pezones duros y contraídos
y siento su deseo de que mi boca los chupe, los hiera con los dientes. Que la
mortifique mientras su coño suda anhelos.
Se sienta en la piedra y separa sus piernas, de su sexo se desliza un fluido
denso y pegajoso como el que ahora recubre mi glande hipersensibilizado.
A veces consigue que eyacule sin tocarme y le arrancaría su bella cabeza llevado
por el éxtasis de mi placer.
—Tócate 666, mi señor. Que la Maldad hecha bestia, unte mi coño con tu lava
blanca –lo pronuncia en un susurro, pero el eco de su voz retumba en cada piedra
en infinitos lugares.
Su gemido libidinoso es un canto de sirenas.
Le gusta que me masturbe, le encanta cuando gruño y agito con fuerza mi puño;
los testículos pesados y llenos parecen aplastarse con cada sacudida de mi puño.
No soy cuidadoso con mis genitales cuando estoy caliente, salido como un perro
en celo.
Un perro rabioso...
Si ahora se acercara a mí, la penetraría con tal furia, que sentiría aplastarse
la matriz y mis cojones golpearían sus dilatados y resbaladizos labios del coño.
Separaría con mis brazos sus piernas para dejar su sexo indefenso, hasta el
punto de descoyuntarlas.
Le empujaría ese ano duro, plantaría mi glande y empujaría hasta que se mordiera
la lengua de placer-dolor.
La baba de mi pijo ha lubricado el puño y siento que un placer creciente que
tiñe de rojo el aire.
La Dama Oscura acaricia su perla dura, la golpea gimiendo impúdicamente ante mí,
con tal lujuria que pienso que va estallar mi glande. Su presión es
insoportable.
Ante ella estrangulo mi pene, lo castigo por lo que me hace, me ha poseído...
—¡Puta! —Susurro batiendo con fuerza el pene— ¡Puta!
Responde con un gemido, acariciando su sagrada raja abierta con la palma de la
mano. Baja del altar y se acerca a mi trono con los muslos brillantes y húmedos
de sí misma.
Se eleva sobre mis rodillas y pisando los apoyabrazos de negro granito, se clava
a mí. Sus nalgas se abren y la fragancia de su coño llega a mí.
Su coño me cubre, me empapa con su jugo. Su carne resbala en la mía y siento su
coño oprimir mi pene desbocado. Mis testículos hierven, el semen llena los
conductos seminales y me expando en el aire con un embate de placer, llevado por
los espasmos de su coño.
Siento fundirme con ella. Clavo mis dientes en su cuello y atenazo su coño
colmado con una mano, con fuerza, noto su clítoris palpitar ávido de ser
chupado.
Le arranco gemidos que no sabe si son de dolor o placer.
Y siento en mi boca el dulce y acre sabor de su sangre.
Mis crueles gimen como perros asustados entre las entrañas de roca.
La Dama Oscura ha quedado inmóvil y presiona con fuerza su mano en la mía.
Quiere que le aplaste ese coño que la está matando de placer.
Mi semen fluye entre nuestros dedos, espeso, caliente.
Noto en mi glande como sus pulmones vuelven a aspirar aire y su vientre
contraído.
Su sistema nervioso colapsado...
Mierda... Mi polla estalla en leche dentro de ella y lamo el sudor de su
espalda.
Las sombras, mis crueles, emergen de las profundidades; traen consigo un pequeño
primate que llora asustado aferrando un muñeco en su pequeño puño.
Estoy tranquilo, mi ira se ha disipado, ha sido expulsada por el pijo y ahora
gotea de nuestros sexos enfriándose en la piel y en la roca.
La Dama Oscura masajea su sexo sentada a mis pies, untando los dedos de en el
semen que se le escapa entre los muslos.
Lentas gotas de mi leche gotean en la piel de su torso desde mi rabo relajado.
Llevo la mano a mi nuca y saco el puñal enterrado entre mis omoplatos. Lo lanzo
sin ningún tipo de alegría.
Se clava certero en el pequeño cuello del primate.
Muere sin soltar su juguete y con una mueca de dolor y espanto. Sus grandes ojos
verdes no se han cerrado.
A los crueles se les escapa la risa, y a mí también. Todos reímos a carcajadas
ante el cadáver del pequeño primate.
—Devolvedlo a su cuna —consigo articular.
—Que revienten de angustia y se pudran en vida sus padres.
¿O acaso pensáis que por haber follado os odio menos, primates?
Os contaré más cosas, más secretos, terrores, corridas... Descuartizamientos.
Me voy a lavar la polla, que esto se seca y me incomoda.
Siempre sangriento: 666
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