Es hora, mis graves alumnos, de sonreír.
¿Por qué es necesario para vosotros este Máster en Sonrisa Inteligente?
Muy sencillo, la risa se ha convertido en una necesidad social. Sonreír y ser
jovial es una obligación, un requisito cuasi indispensable para ser aceptado
como persona grata a grandes rasgos.
Cuando se entra en detalle, hay muy pocas personas gratas; creo que sólo los que
os habéis matriculado en este máster, un servidor y alguno más que no hemos
tenido la suerte de encontrar.
Y vosotros, no acabáis de hallar la razón para sonreír siempre. La Universidad
de la Risa de los Seres que Guardan un Lamento en el Alma, no busca razones
vanas. No formamos hipócritas, sólo os enseñamos algunos consejos básicos para
poder sobrevivir en un medio que os es hostil. Sonreiréis con el pleno
convencimiento de que no sois idiotas.
Os educamos en la Sonrisa Inteligente porque estáis solos y no hay nadie que os
pueda ayudar.
Mis queridos tristes, vais a sonreír en muy pocas horas y detendréis con esa
sonrisa el palpitar del corazón que tengáis delante. Sea por vuestra sonrisa
irónica o franca.
El Máster de Sonrisa Inteligente para Seres Tristes (MSIST) se ha creado para
combatir la sonrisa hipócrita y fácil.
La sonrisa vana que nos aburre. La sonrisa de la mediocridad, el miedo y el
prejuicio.
Es una paradoja que para poder sonreír, hayáis tenido que llorar ante el
desmesurado importe de la cuota.
Podemos empezar a reír con esta guasa; pero poco, lo suficiente para calentar
los músculos. Vuestros maseteros están un poco atrofiados y no quiero que os
lesionéis. Se nota a la legua que no estáis acostumbrados a esta actividad.
¿No es cierto que alguno de vosotros ha vomitado ante un sonriente pertinaz y
latoso? Uno de esos que tiene más años que un galápago y se comporta como un
adolescente descerebrado.
Si queréis sonreír, recordad su cara, no su sonrisa; porque si la evocáis de
nuevo, no dejaréis de vomitar. Sólo tenéis que recordar vuestro vómito regando
su ropa y sus ojos desmesuradamente abiertos. Recordad ese momento en el que su
risa se transforma en una interjección de sorpresa y sus ojos se empequeñecen
con ira. Los que sonríen son falaces, son víboras de incógnito.
Así me gusta, esa media sonrisa es importante, alumnos míos.
¿Os acordáis de aquello: medio mundo se ríe del otro medio?
Pues ahora sois el medio que ríe y el vómito marca al medio que llora.
¿No es deliciosa la justicia natural del planeta que reparte risas y vómitos tan
equitativamente?
Sí, ya sé que os importa un carajo cada una de las mitades sonrientes, porque
vosotros no pertenecéis a ninguna mitad de esas que amagan su hipocresía con un
disfraz jocoso y animado. Ni siquiera lloráis ostentosamente. Nos pasa que
vivimos entre la multitud porque no pudimos elegir. Vivimos sin ser ellos,
vivimos incrustados, no integrados.
La mediocridad no es un buen lugar para la sonrisa natural. No hay tantos
motivos.
Deberíais hablar seriamente con vuestros progenitores por haberos traído a un
lugar y tiempo en el que la sonrisa os provoca náuseas.
Aunque no todas os dan asco ¿verdad, mis queridos carnales de grave semblante?
He leído vuestras fichas de admisión y sé que todos amáis y deseáis a alguien y
es su única sonrisa la que conjura como un encanto las necias.
Esta noche, cuando vuestra sonrisa de extraños ojos serios se abra ante ella o
él, seguro que os va a proporcionar un buen rato de excesos carnales.
¡Qué cabrones sois! Ahora sí que se os escapa la risa ¿eh, bandidos? Y yo que
pensaba que os habíais inscrito en el curso por razones metafísicas, por los
amores lejanos e intocables o por los muertos queridos que han jalonado vuestra
vida con tristes controles de avituallamiento de dolor.
Y ahora aquí, unos cuantos tristes se parten a reír por una cuestión de sexo
sudoroso. Sois una gozada, los mejores alumnos que un catedrático podría tener.
Es por esa sonrisa por la que estáis aún vivos y no con las putas venas abiertas
llenando de sangre el suelo del lavabo y lanzando materia orgánica por las
cloacas, en lugar de recogerla en un puto contenedor de residuos orgánicos que
los sonrientes de mierda ponen a vuestra disposición por el bien del medio
ambiente, que es hoy más importante que los ojos llenos de moscas de un niño
muerto de sed.
Disculpad, a veces soy visceral con mis cátedras y me dejo llevar por vuestro
dolor e incomprensión. Por el mío también.
A veces me pregunto si vale la pena arrancarse la profunda sensación de malestar
del rostro.
¿Os acordáis de la sarcástica y maliciosa risa de Cheshire, el gato de Alicia en
el País de las Maravillas? A mí de pequeño me daba miedo. Hoy me gusta, me
parece adultamente sarcástica y burlesca.
Walt Disney era potencialmente peligroso si dibujó esa sonrisa para los niños.
Que siga congelado por muchos siglos.
Me gusta que sonriáis con esa naturalidad en una tranquila charla, sois unos
buenos alumnos. Vuestras sonrisas son agua fresca en un mundo seco y
resquebrajado.
Reímos de los muertos y con los muertos, con ese brillo de tristeza inevitable
en los ojos. No lloréis tan abiertamente, mis pesarosos. Recordad a vuestro hijo
muerto y reíd recordando su voz, sus ademanes y besos; el amor que os teníais.
Dejad que sólo los ojos adquieran esa humedad sabia del dolor y detendréis el
corazón de los hipócritas ante la calidad de vuestra sonrisa. Ante la valentía y
el férreo control de un dolor que es cáncer devorando vuestros pulmones.
¿Comprendéis la poca popularidad de la seriedad en esta sociedad preñada de
miserias y banalidades, de necesidades inventadas y de cielos sin estrellas? De
la sucia luz que refleja asfalto y cemento... Nadie sufre, nadie tiene malos
momentos, todo les va bien. Y sonríen, sonríen sin que nadie se lo pida. Están
domados, condicionados como las ratas en un laberinto.
Si un funcionario, un empresario o un banquero se da cuenta de la gravedad de
vuestro rostro, no podréis obtener trabajo, ni dinero, ni os facilitarán un
trámite. Y todo porque no sonreís, no sois simpáticos cuando el dolor corre como
cuchillas entre vuestro tejido neuronal.
No es sólo cuestión estética, mis apreciados seres de escasa sonrisa. En este
medio, es importante el dinero; porque no nos engañemos el dinero es salud y
bienestar. Comida y cobijo.
Ellos pensarán que sois unos deprimidos, que no aportaréis alegría a la
esclavitud que pretenden venderos. Y eso no es bueno para el negocio ni para la
mente cerrada de un funcionario ante el monitor de su ordenador.
Sólo los que ríen trabajan y rinden al cien por cien. Los que disfrutan con la
porquería de comida del comedor de su empresa. Esa es la creencia.
Pero vosotros no queréis eso, no queréis pagar con imbecilidad vuestro paso por
la vida.
Reíd ante la broma de mal gusto que representa trabajar diez horas a cambio de
apenas nada. Sin siquiera poder mirar a un cielo limpio cuando estáis agotados.
Vamos, pesarosos de la vida. Ese brillo triste de vuestros ojos haría un
espectacular contraste con una sonrisa discreta, aunque sólo sea un amago.
Os haría atractivos para un buen montón de mujeres y hombres con cierta
inteligencia.
Esto es una forma amable y eufemística de deciros que hay tantos cerebros
dañados en el mundo, que muy pocos apreciarán la tragedia de una sonrisa franca
y unos ojos tristes. No es que quiera menospreciar al género humano.
Yo no menosprecio a tantos seres que sólo deberían comer y callar. Reproducirse
bajo los efectos de sus ciclos hormonales y un día, evolucionar a una especie de
rumiante bípedo al cual podamos cazar con total libertad de la misma forma que
Búfalo Bill exterminó al bisonte americano. Los estúpidos tienen una facilidad
roedora para reproducirse y el reino de los cielos está lleno de ratas.
Otra vez... Disculpad de nuevo esta exaltación. Es que me parece injusto que
vosotros tengáis que hacer un máster en sonrisas y los otros ocupen cargos que
les proporcionen dinero o poder. O simplemente respiren sin más función que la
de reír y repetirse que los reyes magos existen aún cuando se tienen treinta
años.
Esto no es serio.
¿Lo captáis? Si esto no es serio, es que es cómico.
Vamos... Esa sonrisa.
—Por favor, que el de la fila siete modere su sonrisa. La risa lujuriosa que
provoca el profundo escote de su compañera, no creo que sea adecuada. Sin
embargo, es normal. ¡Qué buena está!
Así, mis amigos, esas risas os vacían un poco de dolor y ansiedad.
No hay que esforzarse mucho cuando nos lo proponemos, siempre hay motivos de
risa. Y cuanto más cruel sea, más eficaz. Que no os preocupe la crueldad.
La crueldad tiene otros responsables.
Una risa cruel es sólo un instinto que parte de nuestra naturaleza. No es ético
reír de quien se cae en la calle de bruces al suelo, sin embargo, no tenéis la
culpa y la vida os ofrece ese momento. Vale la pena aprovecharlo, porque ya ha
habido bastante dolor. Sed animales, sed crueles si es necesario para sonreír.
No dejaréis de ser humanos.
La verdadera sonrisa, aunque joda, pone de manifiesto nuestra naturaleza y sólo
aceptándonos como las bestias que somos, seremos capaces de encontrar verdaderos
momentos hilarantes.
El leproso que intenta sacarse los mocos de la nariz con los nudillos no tiene
nada de jocoso, reíros de lo absurdo, de la importancia que tienen los mocos
cuando no hay dedos. Será una falta leve de ética si vuestros ojos están húmedos
de pesar por algo trágico que no puede abandonaros en ningún momento de vuestra
vida.
Será un crimen cometido por un dictador o un presidente, que ese hombre muera
ahogado por unos mocos que no se ha podido sacar porque no ha querido curarlo
con un par de euros que cuesta el medicamento.
Reíd tranquilos pues.
Vale, he de reconocer que entre mocos y leprosos, esta parte de la lección
resulta un poco escatológica. Pero el rictus concentrado del leproso mientras
intenta engancharlos...
Repórtense, señores. Un poco de seriedad. Tampoco estamos en un concurso de
imitadores. Dejen de hacer eso con los nudillos.
No dejéis de hacerlo con esa sonrisa desinhibida, alumnos de sonrisa trágica.
Pero no os paséis, porque el curso es de cuarenta horas y no quiero que dejéis
de asistir a clase por haber aprendido en sólo unos minutos. Me sentiría solo.
Eso sin contar que os ha costado una pasta.
Mi padre murió hace unas semanas de un infarto. El ascensor estaba estropeado, y
se le escapaba la risa, tenía que bajar siete pisos a pie. Se reía durante el
trayecto en taxi al hospital. Su sonrisa era franca, y sus ojos me decían que me
quería.
Que se moría.
Y yo sonrío con él cada día. Me río de su mala suerte, de un infarto y unas
escaleras. El planeta se asegura de que cada uno muera puntualmente cuando así
lo decide.
Si no es pedir demasiado, y puesto que habéis aprendido mucho, me gustaría que
como ejercicio para hoy le dedicarais una sonrisa imaginando sus bufidos bajando
las escaleras con el corazón partido y rezando un rosario de blasfemias.
Yo dejaré correr unas lágrimas para ser el medio mundo que llora. Pero sólo hoy,
cuando nadie me vea.
Mañana seguiremos con la clase. Sed aplicados, haced los ejercicios.
Iconoclasta