No existe mejor sitio para matar, despedazar y exterminar, donde el asesinato,
la cobardía y la falta de cerebro en los primates es algo
común y cotidiano.
Una de las abundantes ciudades que cumplen estas expectativas, es Ciudad Juárez.
Aquí me puedo mover con total impunidad (tranquilidad) y nadie se extraña cuando
los muertos se pudren por docenas en cualquiera de esos
barrios pobres construidos encima del polvo.
Matar a doce primates en un lugar como éste, se hace más rápido de lo que tarda
el sol en prolongar veinticinco centímetros la sombra de
la cruz de Jesucristo el loco.
A veces tardo más llevado por la concentración y el sufrimiento de los monos.
Lo verdaderamente hermoso de estos lugares, es que aunque sus gentes estén
habituadas al dolor y a la constante del miedo, cuando los
matas sufren como cualquier otro primate o incluso más. Esta tierra ardiente,
también les da un calor extraño a sus pasiones y amplifica
dolores y penas. Pero no las alegrías.
Se mortifican en su agonía pensando que no es justo que tan mal vivir, acabe con
una muerte tan cruel y dolorosa.
Mueren pensando que la vida es una mierda.
A veces los primates tenéis algún arranque de sabiduría.
Cuanto más se acerca uno a la frontera con Estados Unidos, los barrios de Ciudad
Juárez degeneran y las casas se convierten en módulos
prefabricados y barracones con techo metálico que alguna grúa ha dejado caer por
accidente en mitad de un barrizal. El asfalto se
convierte en polvo y las casas se distancian cada vez más unas de otras para
dejar espacio a la basura, la mierda y los escondrijos de
droga.
No es difícil pasar las ruedas de mi Aston Martin por el cadáver de una cría de
primate.
—Detén el coche, mi Señor, quiero sus ojos.
Hemos pasado por encima de un primate de unos doce años con la espalda manchada
de sangre, por el retrovisor puedo ver las piernas
destrozadas por los neumáticos de mi excelente coche. De cualquier forma, no ha
debido sentir dolor por haberle aplastado la patas,
seguramente está muerto o insensible con la espina dorsal deshecha por el
balazo.
A los niños los matan como aviso a sus padres, que en su mayor parte se dedican
a trapichear con las drogas de los capos, para que
entiendan que han de seguir trabajando para ellos sin robarles un solo centavo.
No hay mayor muestra de crueldad que matar a un hijo.
Los primates os escudáis en vuestra descendencia y los muertos para justificar
la cobardía y el abuso a otros.
Yo mato cachorros de primates a menudo, aunque me parece bastante aburrido.
Mueren enseguida y sin gritar demasiado. A medida que los
primates crecen, se hacen más miedosos y su capacidad para soportar el dolor
mengua.
La Dama Oscura se lleva la mano entre las piernas y saca de ahí (como me gusta
pensar que de su coño) un puñal de doble filo. Afilado
como un estilete.
Por el espejo retrovisor veo su culo. La falda cortísima se la ha subido y sé
que no lleva bragas, porque ha dejado una mancha oscura en
la tapicería del asiento.
Siempre está caliente, penetrable, follable, violable...
El calor es insoportable y forma una atmósfera densa como la mantequilla. Los
olores a mala comida y excrementos de la única calle de
este poblado lo empeora todo. Aún así, he bajado las ventanillas del coche y
apagado el climatizador.
Llegado el momento de mi gozo, me gusta sudar, me da un aire más patológico.
Cuando los párpados se me escaldan, mi visión vira al rojo, la ira se desata con
rapidez y mi odio llega a matar con sólo aproximarme a
mi presa.
Mi Dama Oscura arrastra el cadáver del pequeño y lo cuelga de la puerta del
coche, doblado en el vano de la ventanilla. Sus largos
cabellos sucios se apoyan en la blanca tapicería y siento deseos de arrancar
esos repugnantes pelos de su muerta cabeza y follarme a la
Dama Oscura frente al inmóvil primate.
—¿Quieres su alma? —me pregunta mirándome intensamente, con expectación.
Elevo la cabeza de la cría de primate cogiendo sus cabellos y uno mi boca a sus
labios muertos, siento el aliento de la podredumbre
invadir mis correosos pulmones. Las vísceras han comenzado a descomponerse, es
la muerte pura.
Su alma aún está perdida, no acaba de asimilar la muerte del cuerpo y sigue ahí,
como el cachorro que se hace un ovillo junto a su madre
muerta. Está perdida, su alma está asustada, lo siento gritar, y a medida que me
trago su alma, siento su miedo entrar como un torrente
en mi ser.
-Soy Dios —siseo con el pene dolorosamente erecto.
Cuando acabo con él y lanzo la carcasa hacia la calle, la Dama Oscura le extirpa
sus vulgares y mediocres ojos pardos y me los muestra
en la palma de su mano.
—Para sus padres. Están ahí, escondidos en algún lugar.
Con toda probabilidad, el macho y la hembra están vivos. Los primates cuanto más
pobres más se reproducen; por lo tanto es de suponer
que tengan más hijos. En muchas civilizaciones simplonas, tener muchos hijos
hace del macho un reproductor digno de admirar y suelen
exhibir a su hembra preñada por sus territorios.
Cuando una familia se queda sin hijos, los sicarios de los señores de la droga,
decapitan al matrimonio y exponen sus cabezas durante
unos días en la puerta de su casa.
El sol cae tan vertical que ni siquiera los perros que se meten bajo el suelo de
los barracones, nos ladran. Desde que hemos dejado el
cadáver, hemos recorrido ochocientos metros lentamente, haciéndonos ver y oír.
Dos cadáveres de adultos machos, se encontraban a pocos
metros el uno del otro.
Los pezones de la Dama Oscura se marcan rotundos contra la sutil tela de seda de
la blusa rosa pálido de Versace, que contrasta
gozosamente con su minifalda negra.
Por su escote bajan gotas de sudor en las que empapo mis dedos. Cuando oprimo su
pecho, ella lleva la mano a mis genitales y todo es
fuego.
Ha separado sus piernas, sus muslos están brillantes de humedad, y sangre. Se ha
tocado con los dedos manchados.
En su puño, derecho mantiene los ojos infantiles ciegos a pesar de estar
tremendamente abiertos.
Son las dos y media de la tarde y cuando paro el motor del coche, se extiende
por todo el poblado un silencio sepulcral. Una vez los
oídos se han acostumbrado, se capta la actividad en las casas: televisores,
gritos, murmullos, peleas.
De una casa se escuchan los llantos de una hembra, la madre del primate. El
padre calla, seguramente colocado con la mercancía con la
que trapichea en la ciudad; coca, mescalina... Hay demasiados cactus de peyote
en este árido poblado.
—¡Miguel deja de beber, cabrón! Nuestro hijo está ahí fuera pudriéndose.
—¡Calla Juanita! Preocúpate de Sara, la vas a despertar; ándale puta. ¿No sabes
que Don Senén no deja retirar los cuerpos hasta el
anochecer? Matarían a Sarita también si nos traemos a Julito.
—¡Cobarde chingón!
Lo bueno de estos primates es que sus conversaciones, son cortas y así tanta
deficiencia mental, no se llega a hacer pesada. Cuando
descuartizas a un intelectual, no calla ni bajo el agua; encuentra cientos de
razones convincentes para él por las que seguir viviendo.
Estamos frente a la puerta de la casa y siento que nos vigilan desde las
ventanas de la casas vecinas: he escuchado cerraduras girar
para asegurar la puerta y algunos televisores han bajado su volumen. Los
miserables están muy cerca de parecer animales y conservan sus
instintos casi como lo tenían antes de evolucionar. Si hubiéramos sido unos
vulgares primates de turistas, nos habrían robado el coche y
secuestrado, tal vez lo intenten. Siempre hay algún mono que destaca por ser más
tarado que otros.
Clavado entre los omoplatos, siento el metal del puñal latir por salir y cortar
carne de mono. En la sobaquera, bajo la americana de
lino beige, pesa con orgullo una Desert Eagle Mark XIX, 44 magnum. Es excesivo
este calibre para los disparos que buscan intimidar o
inmovilizar, puesto que causa hemorragias masivas, muy intensas y arranca
importantes trozos de carne y hueso.
Si se me acabaran las balas, les arrancaré la vida a mordiscos.
Los idiotas, pobres y cobardes jamás se ayudan entre sí, será raro que alguien
intente ayudarlos mientras los destrozamos. Piensan que
somos los importantes amigos del capo del cártel local.
La Dama Oscura se ha abierto la camisa arrancando los botones y sus pechos
asoman libres y enhiestos, musculosos... Bajo la cabeza hasta
coger un pezón entre los dientes y lo amenazo con una presión contenida. Ella
cierra los ojos y separa las piernas llevándose un dedo a
la raja; si le arrancara este duro pezón, se correría ante mí con el seno
manando sangre.
Entraría en esa repugnante madriguera de primates con ella clavada en mí.
Estoy tan caliente que le reventaría todos los agujeros de su puto y deseado
cuerpo.
Es hora de matar y morir. Del grito que rasgue esta cortina de calor ponzoñoso.
No es uno de los lugares más peligrosos del mundo, hoy
será el más doloroso y temeroso.
De una patada abro la puerta y el primer disparo va directo a la cama donde
duerme Sarita. Cuando recibe el impacto de la bala, la
primate de unos cuatro o cinco años, se golpea contra la pared a la vez que sus
brazos se elevan como los de una muñeca rota. La sangre
ha dibujado una mancha con forma de cresta de gallina en la sucia pared. De su
desnuda espalda asoma un trozo de columna vertebral rota.
—Vamos güey. Es hora de morir. Y chingarse a la Juani. ¿Cómo lo ves?
Aún está mirando mi cañón humeante y no creo que haya asimilado mis palabras.
Estoy ante él, lo suficientemente cerca para que su
borracha nariz capte mi olor corporal a carne en descomposición. Cuando intenta
reaccionar ya es tarde, y le he clavado el puñal por
debajo de la axila izquierda, justo entre dos costillas. He atravesado el pulmón
y hace ruido a fuelle roto al respirar.
Por supuesto no puede lanzar grandes gritos, sólo una aguada sangre comienza a
manar de su hocico y boca. Su torso esquelético se hunde
desmesuradamente para captar un aire que no le da consuelo.
La Juanita no ha gritado, la Dama Oscura la mantiene amordazada con su mano y ha
clavado su fino puñal bajo la teta izquierda. En su
blusa blanca y sucia, se extiende lentamente un manchurrón de sangre.
Lamería esa sangre que mana por la morena piel de la primate.
La Dama Oscura obliga a coger a la Juani los ojos de su hijo y al verlos intenta
zafarse de la presa. La Dama Oscura lleva el puñal al
sexo.
—¿Te apetece este consolador? Si te sigues moviendo, te lo meteré para que te
folles con él.
El primate no hace ni caso. Un macho de su edad, normalmente aguanta mejor el
tipo ante estas heridas, pero Miguel no debe ser un hombre
fuerte ni muy sano. Le doy un manotazo al mango del cuchillo que se mantiene
firme contra su piel y cae al suelo hecho un guiñapo,
haciendo ruido al intentar coger más aire. Error, cuanto más fuerza el pulmón,
más se llena de sangre.
—No me he quedado ni con un peso de la mercancía de Don Senén, se lo juro,
señor.
—A mí eso me da igual, lo que quiero es hacer una obra de arte con vosotros.
Dicen que este es un mal lugar para vivir. Que convivís
tanto con la muerte, y sois tan violentos, que no hay nada parecido en todo el
planeta. Mentira, puedo hacer que empeore.
Le desclavo el cuchillo sin ningún cuidado, corto el pantalón por la cinturilla
y como no se está quieto, le hago un profundo corte en
la cresta ilíaca, no me gusta el roce del filo con el hueso. Me da dentera, soy
un dios delicado.
Si no fuera por el humor...
Como es normal, no lleva calzoncillos, lo agarro por los genitales y lo obligo a
ponerse en pie.
—Llama a Don Senén y dile que has perdido parte de su mercancía, que esta tarde
no podrás acercarte a la ciudad para venderla. Y dile
también, que te traiga pasta o quemas la coca que te queda.
Lo que pretendo con esto, es que los primates se acerquen a mí, y no hay nada
más efectivo como el último mono de la manada, retando al
jefe. Vendrá.
Le entrego mi teléfono y durante una eternidad marca los números en el teclado.
La Dama Oscura, manosea el coño de la primate mirándome
con una sonrisa burlona. La primate llora y parece decir el nombre de su macho
en una estúpida letanía.
De su coño mana el olor a hembra preñada y es por ello que la Dama Oscura
acaricia su vientre con sádica ternura.
A través de la ventana, del comedor-cocina-dormitorio-fumadero de esta choza,
puedo ver al vecino de enfrente fisgar. A mí se me da bien
matar con lo que sea, y si hubiera habido cuatro ventanas por en medio, le
hubiera reventado la cabeza con la misma precisión.
A los pocos segundos, sale una mujer de dentro de la casa, seguida por dos
jóvenes.
A la hembra le acierto en un seno y se le desintegra en el aire como un balón. A
uno de los jóvenes le vuelo la cabeza y al otro le
encajo una bala en la barriga; ahora un riñón cuelga por la salida de la bala.
Éste y la hembra, quedan tendidos en el polvoriento suelo
retorciéndose bajo el sol abrasador. Los únicos que se acercan a ellos, son los
famélicos perros que lamen la sangre que mana de sus
cuerpos y muerden tímidamente la carne cruda de las heridas.
Me está entrando hambre.
Los perros se pelean por la comida y sus rugidos me hacen sentir bien, se
parecen a mis crueles en mi oscura y húmeda cueva.
Cojo una de las manos de Miguel, le fuerzo a que las extienda en la mesa y con
la culata de la Desert, le reviento los dedos. Escupe
sangre cada vez más espesa, le queda poco tiempo hasta que la hemorragia le
colapse el pulmón sano. Le rompo la otra mano también
asegurándome que no las podrá usar en lo poco que le queda de vida, clavo mi
puñal en la mesa atravesando su pene. El glande parece una
cabeza casi decapitada. Y contra todo pronóstico, ha gritado el primate; poco
pero lo suficiente para que mi Dama Oscura se excite y
acerque la mano para acariciar el ensangrentado pene clavado a la mesa, como si
fuera un trozo de Jesucristo. El primate resopla y
resopla moviendo espasmódicamente los brazos pero sin tirar de la polla, el
dolor los hace inteligentes.
Me arrodillo frente a la Juani, le arranco la falda negra y las gruesas bragas
de algodón. Hundo la lengua en su coño. No la noto
predispuesta, así que tengo que invadir su mente. Cuando mis dientes amenazan su
clítoris, el flujo empieza a manar y se olvida de la
herida de su teta para gemir como una perra en celo con mi lengua hurgando su
apestoso coño.
La Dama Oscura hunde el cuchillo en su vientre sin que la primate se percate,
siento sus orgasmos en mi lengua. Y la sangre que baja por
su monte de Venus viene a mi boca con todo su intenso sabor.
Cuando corta hacia un lado, he de apartar los intestinos de mis ojos para no
perder visión. El Miguel intenta por todos los medios
mantenerse en pie de puntillas para no rasgar definitiva y dolorosamente el pene
tan bien fijado a la mesa.
Y así, ante el dolor del macho y el enfermizo placer de su hembra, de mi pene
mana tranquilo un semen espeso que provoca un círculo
oscuro en mis pantalones caquis. A veces me corro con la misma tranquilidad que
si me meara. Para eso soy un dios. Vosotros no lo
intentéis, o simplemente os mearéis encima.
La Dama Oscura se está masturbando con la mano oculta tras las nalgas de la mona
que se me está corriendo en la boca. Su respiración
profunda se transmite hasta a los huesos de la mona.
Sin dejar de lamer en su coño, hundo los dedos en su vientre y encuentro el feto
que arranco de un tirón.
Y ahora, es el momento en el que dejo de presionar su mente y dejo que la
naturaleza siga su curso. De una patada la echamos a la calle
para que el poblado se haga una idea de lo que está ocurriendo. El dolor de la
Juani se extiende por toda la tierra caliente. Tropieza
con sus propias tripas al bajar el escalón de la casa y cae de bruces al suelo
provocando un extraño y sucio barro con la sangre.
Hago girar entre mis dedos el feto de primate y lo dejo al lado de la polla
destrozada de Miguel que aún sigue pegado a ella. No parece
haber prestado mucha atención a su mujer y se tambalea casi ya desmayado. Sin
fuerzas para mantenerse en pie. Dentro de unos segundos,
le importará muy poco lo que le queda de pene y decidirá que es mucho mejor
dejarse caer y morir de una puta vez.
Pero morirá cuando yo diga y en el preciso instante que me plazca y ningún ser
vivo, animal, humano o divino podrá distraer mi atención
del dolor de este primate. Sufrirá lo que yo crea necesario.
Le arranco una oreja de un bocado y a pesar de que me desagrada su sabor, me la
trago ante sus enloquecidos ojos.
Dos todoterrenos y una ridícula limusina blanca ruedan por la única calle del
pueblo levantando una polvareda tras ellos. Salimos a la
calle.
Un perro ha entrado en la casa y lame el pene destrozado de Miguel subiendo las
patas delanteras sobre la mesa.
La Dama Oscura se unta con sangre el rasurado monte de Venus y yo me toco el
pene distraídamente observando los vehículos avanzar.
Lo normal para una pistola de este calibre, es disparar a diez metros, pero
vosotros no intentéis hacerlo a sesenta metros como yo,
fallaríais.
Con ocho disparos, mato a los siete sicarios que van sentados en los furgones de
los todo terreno. Cambio el cargador y ya se encuentran
los vehículos a cuarenta metros.
Mato a los conductores y las lunas delanteras, se cubren de sesos y sangre.
La limusina es blindada y sólo he podido reventar los faros.
—Mi Oscura, colócate tras de mí.
Y lo hace, mete una mano en la bragueta de mi pantalón y apresa el glande
amoratado de sangre, resbaladizo y mojado. Sabe que cuando me
toca la polla, mi odio se acentúa hasta derretir la materia que me rodea. Ahora
me masturba y mis ojos se tornan rendijas donde el odio
se confunde con el placer y la muerte es mi vida, el dolor mi fin.
Deseo mataros a todos y que ni uno solo de vosotros deje de gritar hasta su
último aliento.
—¡Miguelito! ¿Qué has hecho, güey? Don Senén quiere hablar contigo, sal de ahí o
quemaremos la casa.
Es uno de los esclavos de Don Senén, el matón que va al lado del conductor.
Cuando deja de gritar, el potente ruido del motor del
Cadillac, apaga cualquier otro sonido.
—¿Eh güey? Te lo saco ahora ¿vale? Espera y te pongo al Miguel delante de las
narices.
La Dama Oscura se toca obscenamente frente al matón mientras entro de nuevo en
la casa.
—Ya está, Miguel. Te quedan unos segundos de vida. Saluda a ese marica de dios,
no quiero tu alma apestosa.
Dicho esto, tiro de sus hombros hasta liberar su pene clavado a la mesa. Ahora
entre las piernas tiene una especie de carne picada que
le cuelga lastimosamente.
Lo acerco a la puerta de la casa.
—¿Quieríais esto?
El sicario me apunta muy profesional él, con las piernas separadas y bien
afianzadas, con la automática sujeta con ambas manos.
Pego la cabeza del cañón a la sien de Miguel. Tras la detonación, de la cabeza
del primate sólo queda colgando del cuello la mandíbula
inferior.
Ya os lo he dicho: disparar con este calibre es una auténtica gozada. Da igual
que disparéis a blancos, negros o asiáticos, niños, o
embarazadas. Compráosla, la disfrutaréis.
Y ya como me apetece, le pego un tiro en la rodilla al pistolero de Don Senén.
Dejo caer la carcasa de Miguel fuera de la vivienda y con el cuchillo aún sucio
de sangre, le corto los testículos al pistolero. Grita
como un cochino.
Le he metido sus propios huevos en la boca a modo de mordaza.
La Dama Oscura acaricia la herida de su entrepierna, y se unta los pechos con la
sangre.
El chófer ha salido y dispara, una bala indolora se clava en mi abdomen y me da
risa.
Le acierto de un balazo en la boca y dientes y huesos quedan estampados en el
techo del blanco vehículo.
Lo blanco me trae siempre a la memoria la vanidad de Dios y su pretendida pureza
y toda esa mierda. Los ángeles no follan porque no
tienen coño ni polla, pero si por ellos fueran, se tirarían a los putos
apóstoles. Los muy promiscuos...
Dios ha tapado el sol con una nube, siempre hace eso cuando los primates gritan
demasiado. Cuando siente envidia de mi poder.
La Dama Oscura ha pegado su vagina a la boca del primate que está perdiendo la
vida por el agujero de sus cojones. La boca rellena de
testículos que intenta respirar masajea accidentalmente su vagina siempre
brillante, resbaladiza, húmeda.
Don Senén es un macho de cuarenta y pocos años, viste traje de lino blanco.
Oculta el rostro tras sus manos cuando abro la puerta y le
apunto con el arma a la cara.
No me quedan balas.
Saco mi puñal de entre los omoplatos y lo clavo en su muslo, tiro del cuchillo y
él con gritos y prisa, corre por el asiento hacia a mí.
Recupero mi cuchillo y sale un chorrito pequeño de sangre.
—¡Así, así, así...! —grita en pleno orgasmo la Dama Oscura.
Su ensangrentado monte de Venus me excita. Sus pezones hirientemente duros
provocan que se deslicen dos gotas de fluido de mi glande,
que se extienden por el pantalón. Da igual la humedad, sea de donde sea, es
bienvenida en este lugar.
—Ándele, don Senén. Entre en nuestra casa, que tenemos que hablar de lo que vale
de verdad la vida y del dolor. Pero no tengo mescalina,
ni coca para amenizar la charla.
Le doy una patada en el culo y le obligo a caminar. La Dama Oscura está sudando
y con el fino estilete, dibuja una amplia sonrisa en la
garganta del moribundo. No se ha molestado en sacarle los cojones de la boca.
—¿Quiénes sois? ¿Os envía Alcázar? Yo os pagaré el doble, ese cabrón tiene los
días contados. Una patrulla del ejército viene para acá.
Y espero que estéis de mi lado cuando lleguen.
—Calla, idiota.
Le he empujado reteníendome de clavarle el puñal en la médula.
Cuando entramos en la casa de Miguel y Juani, el acre olor de la sangre se
extiende por la estancia. El perro está lamiendo la sangre
espesa de la pequeña Sarita.
El feto aún permanece en la mesa. Me pregunto porque, si Dios es tan perfecto,
os hace pasar el mal trago de la gestación en lugar de
nacer ya formados.
Le encanta que sufráis, es un hipócrita vuestro dios. Todos los dioses lo son.
Sólo yo cuento verdades y no prometo nada.
Margaritas a los cerdos, nunca entenderéis nada, Dios os creó idiotas.
Agarro el feto y obligo a Don Senén a tumbarse de espaldas en la mesa, dejo que
aplaste el glande de Miguel con su espalda.
La Dama Oscura se ha arrodillado frente a mí, ha sacado mi endurecido pene y se
lo ha llevado a la boca.
Crispo los dedos de los pies de puro placer.
—A ver, Senén. ¿Cuántos de los capos habéis muerto en las últimas semanas?
—Ninguno.
—¿Y no os aburre matar siempre a estos monos?
Mi Dama produce fuertes ruidos de succión con la felación y siento que me va a
estallar el pene entre sus labios.
La obligo a que se ponga en pie, la tumbo encima del pecho de Senén y la penetro
furiosamente. Sus pechos se mueven frenéticos con las
embestidas y sus muslos tiemblan como gelatina.
El estilete continúa en su mano, tan peligroso como su coño, como su amor por
mí. Contrayendo su coño, oprimiendo mi polla dentro de
ella, clava el cuchillo en la ingle de Don Senén. Es precioso el contraste de la
sangre en el lino blanco. No es una sangre muy clara,
así que presumiblemente ha pinchado un ganglio linfático y duele tanto que Don
Senene no deja de subir su abdomen arriba y abajo para
sacarse a mi Dama de encima. Y me ayuda follarla sin que lo sepa.
Si quieres que un primate haga lo que quieras, le has de proporcionar un dolor
sin contemplaciones. Sólo de esa forma, puedes conseguir
una total atención.
Cuando suelto mi carga de leche, la Dama Oscura se golpea el clítoris con tanta
fuerza que temo que se lo rompa.
Se corre, se corre como una puta. Como una perra en celo.
Con la polla aún tiesa me acerco hasta el rostro de Don Senén.
—¡Estáis muertos, hijoputas!
Me molesta que un primate me dirija la palabra y le meto el pequeño feto en la
boca. Le clavo el puñal en la glotis, cortándola con
cuidado para que no se me desangre enseguida.
Ahora sus ojos se abren desmesuradamente, la Dama Oscura está clavando sus manos
a la mesa con unos clavos y un martillo que se
encontraba en un capazo a la entrada de la casa.
—No me jodas, Senencito, que tú eres uno de los grandes asesinos de este poblado
de miserables. Que tú, primate de mierda, has sido
capaz de imponer el terror entre esta piara de idiotas. Eres sólo un hombre, un
mono. No deberías haber usurpado el poder de un dios —le
sermoneo dirigiéndome ahora a su pies.
Le estoy tatuando 666 en la planta del pie con mi cuchillo.
No, no corro ningún peligro de que me de una patada, la Dama Oscura a encontrado
clavos muy largos y se los ha clavado en ambas rótulas
también.
Las piernecitas del feto asoman por entre sus labios dándole un aire lastimoso.
Tanto poderío y ahora se ha convertido en un vulgar.
No necesito milagros para transformar a los hombres.
Huele a mierda. Senén se ha cagado y meado encima.
Es normal que pasen estas cosas, cuando el primate está sometido a un fuerte
dolor durante cierto tiempo, pierde el control del esfínter
y la próstata y así, una vida que ya de por sí es mediocre, acaba de una forma
humillante. Aunque no creo que les importe mucho morirse
con dignidad, de hecho, sé que no quiere morir.
Mi Dama Oscura observa mi mano cortar la piel, jadeando aún por el esfuerzo de
clavar a Senén en la mesa. Es adorable y me acerco a ella
para besar sus labios y hundir mi lengua en su boca. Chuparla por dentro...
Su alma me dice que quiere unirse a mí.
—Aún no, mi perra preciosa. Eres mía te parieron para mí. Mi esclava...
Se relaja, la siento feliz.
Me aburro de estar aquí, me apetece acercarme al centro de la ciudad para tomar
algo fresco y subir al hotel y follarla mil veces.
Lo cierto es que es tan repetitivo matar, que empiezo a perder el interés por
verlos sufrir.
Me acerco ahora al rostro bien tonifiicado y bronceado de Senén, le hago un
corte continuo bordeando su cara por debajo de los maxilares
hasta llegar al cabello elegantemente implantado en su frente.
De un tirón le arranco la cara, ha sido casi perfecto. Lástima que el labio
superior se haya roto. Me encanta cuando gritan, ni ellos
mismos saben de lo que son capaces de emitir.
Mi Dama se acerca con un salero y espolvorea el tejido ensangrentado con él.
Eso duele. Duele tanto que ha conseguido escupir el feto. Ha caído al suelo y
el perro se lo come con voracidad. A veces mato perros
también por puro aburrimiento y le he cortado el cuello.
Cuando empiezo una faena la acabo y nunca dejo un ser vivo que pueda ser testigo
de mi sacratísima maldad. Y si apareciera una rata, le
arrancaría la cabeza de un bocado.
Cuelgo el rostro del primate en el pomo de la puerta de entrada.
—Vámonos de aquí, mi Dama. Hace demasiada calor.
Me muestra el arma del matón de la limusina. con una sonrisa y una mirada
suplicante.
Acepto.
Abandonamos el Aston Martin en este sucio poblado y volvemos caminando al hotel,
por donde hemos venido; entrando en las casas,
degollando y tiroteando todo lo que sea humano, todo lo que se ha creado a
imagen y semejanza de Dios. Si supiera que cada primate
muerto es una herida a Dios, acabaría con toda la humanidad en un instante. Una
columna de soldados está acercándose al poblado, tal y
como dijo Senén.
Aquí ahora sólo huele a muerte y al coño húmedo y hambriento de mi Dama Oscura.
Mi pene se encabrita... Mis dedos se hunden en su raja
y ella me llama Dios.
Dejaremos que vivan los militares, sólo un tiempo más.
El ángel Sienidín, canta un aria divina bajo el ardiente sol. Sus músculos se
marcan bajo la túnica blanca y sus poderosas alas se baten dulcemente. Le lanzo
una patada de polvo para que se calle de una puta vez.
—¿Por qué no le llevas a Dios el rostro de su imagen y semejanza? Se llama
Senén? Que se cubra su bondadoso pene con ese pellejo.
Dicen que en Ciudad Juárez hay una media de doscientos cincuenta asesinatos al
mes. Gracias a nosotros, batirá records esta semana.
Aunque noventa primates tampoco es como para tirar cohetes. He hecho mejores
trabajos.
Pero quedan miles, millones.
Mi odio no se calma, se calienta cada día más como el planeta, como este sucio y
polvoriento suelo.
Dejadme, mi Dama Oscura me está masturbando, no quiero hablar más.
Os contaré más crueldades, más aventuras. Secretos...
Siempre sangriento: 666.
Iconoclasta