Si os arrancara el corazón, si os viera sufrir hasta que de vuestros lacrimales
manara la sangre, mi dolor de cabeza desaparecería.
Vuestro dolor es mi analgésico.
Sois un tumor que pulsa tras mis ojos, os odio por el solo hecho de que existís,
de que respiráis. Habláis y me rozáis. Necesito que muráis para poder tener
espacio.
Y yo tengo que respirar las miserias y porquería que dejáis flotando en el aire,
cosas que vuestros pulmones idiotas expulsan. Infecciones de imbecilidad.
Lerdos, idiotas, tarados...
No soy un amante de hermosos y edificantes power-points.
No creo en la felicidad que respiro y que no sé aprovechar. Sólo sé que estáis
ahí y vuestra voluntad inculta y deficiente; vuestra imbecilidad es el punto de
partida para gobernar el mundo.
Os odio porque me robáis mi espacio, no me dejáis ver más allá de vuestras
chepas. Siento el asco que palpita aquí, en la nuca, un quiste que se llena
segundo a segundo con pus y asco.
Y la cólera... Si no fuera por ella, no sería hombre. Si no fuera por este pene
erecto y duro que podría usar para partiros en dos, haría sangrar mis cuerdas
vocales deseando a gritos vuestra muerte y enfermedad.
Me tiraré a Negranoche ante vosotros, ante vuestros hijos lameré su sexo, os
dedicaré la Gran Follada como vosotros me dedicáis cada día de mi existencia
vuestra Gran Idiotez. Y ella me llamará cabrón entre suspiros de éxtasis y
lujuria, posando sus manos en mi cabeza obligándome a respirar a través de su
coño. Cogerá mi rabo enhiesto y me masturbará como a un semental, y lloverá mi
semen sobre vuestros ojos vacuos, vuestros ojos idiotas. Vuestros ojos
envidiosos.
La ira... Si vosotros sois mi cáncer, mi cólera es la quimioterapia. La que me
provoca un doloroso vómito de restos amarillos y rojos.
Os detesto hasta lo más hondo, hasta los mismísimos testículos. Odio vuestras
creencias y vuestro civismo. Siento asco de saber que os reproducís en cualquier
lugar, en cualquier momento. Jodería a todas las mujeres del mundo, las
embarazaría para crear mi propia especie. Os impediría vuestra reproducción. Os
esterilizaría a patadas, a golpes, a esputos.
Pagaríais de alguna forma la interferencia que provocáis en mi mente, en mi
voluntad. En mi andar por el planeta.
Esta ira es venenosa, es peligrosa. Os golpearía con los miembros amputados de
vuestras madres, con la piel de vuestros padres haría un látigo y con los huesos
de vuestros hijos, cuchillos para arrancaros la piel a tiras.
Lo tengo todo pensado: mataré focas a patadas, ballenas a hachazos, partiré en
dos a los sonrientes delfines y a un cachorro de tigre blanco quemaré vivo.
Seres inocentes desmembraré sólo por el placer de ver vuestros infectos ojos
entrecerrarse ante el horror de la rabia desatada.
¿Podéis entender la horripilancia de la ira que pulsa en el cuerpo y el cerebro?
Porque alma no hay, es todo rabia.
Soy una pesadilla que ha tomado vida, soy un canto a la liberadora ira. Teñiré
el arco iris de una gama de rojos hemoglobínicos que hasta los dioses sentirán
rechazo al verlo. Iluminaré vuestro mierdoso cielo con la sangre, con vuestra
sangre, con la de ellos.
Con mi orina marcando territorio.
Es tarde para la bondad y los buenos presagios, es tarde para evitar que el filo
del cuchillo se hunda más de lo aconsejable en la fina piel de mi antebrazo y
libere algo de presión. El tejido de las arterias es tan sutil... Y sin embargo
me pregunto como puede contener esta presión sanguínea que envía mi corazón
podrido. Nací para acumular ira, mi genética está basada en la rabia que
contengo.
Gotea la sangre sobre mi perro blanco que la lame en el suelo con glotonería.
Su pelaje níveo adquiere el dramatismo de la tragedia. Lo hace especial. La ira
nos hace especiales a todos los seres. Todos los seres rabiamos en la oscuridad
cuando nadie nos ve.
Gotea la sangre sobre los pechos de Negranoche, derramo mi sangre entre sus
muslos calientes y húmedos. Soy el perro que lame su coño con fruición.
El cenicero es vuestra boca abierta. Envío cartas de amor y sexo a Negranoche,
paso los sellos por vuestras lenguas ensangrentadas.
La ira... Saber, imaginar, soñar que estáis muertos, que sufrís, que penáis, que
os duele hasta el aura que os rodea y que la paranoia de la ira desatada os hace
llorar sangre, es lo único que serena mi ánimo.
Ya estoy más tranquilo, te amo mi vida. Ya no están, los he matado. Te regalo el
mundo.
Llego ante ti cubierto de sangre ajena: ha habido un baño de sangre. Y te deseo
tanto, que te brindo la extinción de la chusma para que nada ni nadie pueda
distraerme de ti.
Te brindo mi vena sajada, te brindo mi cuerpo abierto en canal si así lo
quieres. Pero no me dejes entre ellos.
Tengo un cáncer que no me mata, que no se cura, que late. Un eterno embarazo de
tejido ponzoñoso que lo mantiene vivo: la imbecilidad de La Tierra.
Yo sólo quiero enseñarte la flor que abre sus pétalos y lanza al mundo sus
lágrimas: el rocío de la oscuridad y la soledad. Una sola flor, o al menos la
oportunidad de cogerla, saber que hay una.
Pero la pisan, mi amor.
La pisarían si la hubiera.
Ni llorar la dejan.
Quisiera ver una estrella y soñar que estás allí. Son cosas sencillas.
No me dejan Negranoche. Un imbécil con su moto rompe la magia del momento en la
sucia noche de la ciudad. La tos de un hombre-marrano que llega desde las
paredes me roba las ideas. Las convierte en ira. Sueño que meto en su boca
vidrios rotos y le obligo a masticarlos.
Sólo la ira me mantiene vivo, sólo la rabia mantiene en jaque la mediocridad que
me roba ideas, que me arrebata la sonrisa y la paz.
Ya no me duele la cabeza, tu sonrisa tierna amansa a las fieras. Ojalá pudiera
hacerte responsable de hacer de mí un manso; pero es el dolor de los ajenos lo
que me infunde paz. Son los sueños de sangre y destrucción los que me hacen
llegar a ti como un caballero que ha combatido contra la innombrable bestia del
reino.
Estoy fuera de lugar, Negranoche.
No es mi tiempo, no lo pedí.
¿Se me puede reprochar que mi ira pueda ser la causa de dolor y penuria en el
mundo? No se puede ir contra la naturaleza, se me debe aceptar, como yo acepto a
los idiotas sin arrancarles los ojos.
Te brindo el hambre y la enfermedad. Te brindo la pasión más pútrida, la que
sale de lo más oscuro de mí, como una muestra de absoluta pertenencia a tu
mirada líquida y serena.
Tú que me miras con la sonrisa tierna de quien disfruta con las travesuras de un
niño. Yo que te miro con las escleróticas vidriosas, con los labios sangrando de
morderlos, con la brasa del cigarro calcinando la piel de entre mis dedos.
Así no hay quien folle: tú ríes y yo sangro.
Follemos. Jodamos encima de los muertos, encima de los vivos vacíos. Quiero que
grites como una zorra sobre los ancianos y los enfermos cuando la sientas tan
dentro de ti que tengas que sujetar tu vientre deseado.
Cualquier cosa que nos haga distintos a ellos.
Tengo un cáncer, y es la humanidad.
Y mi quimioterapia es la ira.
Tú, Negranoche, la alucinación de un terminal hasta las cejas de morfina.
Que se pudran.
Iconoclasta