Es desesperante, tiene que haber algo más, tiene que haber un atisbo de magia y
fantasía. Cada día que vivo, sé más. Soy más sabio y la verdad es un cálculo en
el riñón.
Meo sangre al despertar.
¿O cae de mi cabeza? No lo sé, lejos de Desolación todo es posible, porque en
Desolación no existe la magia, todo es tan previsible como el destino de un
ataúd.
Duele todo esto que espero y deseo, todo aquello que imagino y es imposible.
Está aquí, en mi cabeza. Hay un lugar donde el suelo es tierra y polvo, donde el
cielo no se oculta tras la porquería que la chusma expulsa al aire y se escucha
el viento y la quietud. El mudo rumor de la serenidad aplaca mi desánimo, como
un elixir de paz.
No quiero volver a Desolación, por favor...
Las mieses doradas sucumben plenas ante el peso de los rayos del sol. Son
salvajes y sólo el viento las ha plantado. No hay manos previsibles que cultiven
en mi mundo.
Hay un lugar en el que al mirar las estrellas, siento el vértigo de la
magnificencia del universo.
Hay una luna desde la que ella me mira con una deliciosa sonrisa y es tan fácil
llegar a ella... Me espera, me invita. Me aturde y un camino de cristal desde el
cielo hasta mí, se extiende como la pasarela de una nave espacial.
Unas lágrimas emocionadas se unen con la sangre que mana de mi cabeza. Soy un
esquizofrénico alucinando el mundo como debería ser. Me abandono, olvido el
saber acumulado durante los escasos segundos en el que soy imbécil.
Desolación se vislumbra en el horizonte, partiendo en mil pedazos la luna y el
camino de cristal. Desolación lanza su luz sucia y polvorienta al universo y
rasga el gélido tapiz negro en el que las estrellas lucen. Desolación es la
estrella más negra, la estrella más voraz del universo.
Soy un desolado, un nativo de la frustración.
He inventado lugares en los que el aire trae aromas de clorofila y muerte
salvaje. Mundos en los que mi existencia no se ve alterada por chusma de
incultas palabras, de risas ebrias. Idiotas de cerebro vacío aplastados contra
el planeta como las ratas en el asfalto, en el metal de los coches, en el
dinero.
Y cuando mi pensamiento sabio concluye que no es más que una fantasía, me
encuentro en Desolación.
No es un buen lugar Desolación, donde los sueños se estancan, caducan y como el
agua queda, se corrompen y hacen veneno.
La sabiduría no es un consuelo, no aporta sosiego sólo una comprensión que
maldita sea la falta que me hace.
Es una condena. Desolación es mi gulag, y el vuestro idiotas. Aunque no lo
sepáis.
La ignorancia es la auténtica esperanza y cuanto más vivo, más verdades se
revelan. La idiotez me está vedada desde el mismo momento que me parió una madre
jadeante y quejosa.
Sucio mundo, sucio yo.
Necesito ser imbécil; hay tanta presión y tristeza aquí, en mi cerebro.
Los deseos y los sueños estancados no son errores, no acumulo errores. Nadie lo
hace.
Se acumula la vergüenza como dato a tener en cuenta, como experiencia
inservible.
Y se repite un día, y otro, y otro, y otro...
Los errores se cometen y se incineran sin más. Cobran su precio como las putas y
chaperos a los idiotas que tienen el cerebro en sus genitales, y desaparecen. La
belleza y la magia, sí que se acumulan. Si hubiera nacido antes, unos siglos
antes, hubiera hecho arder el mundo entero para que no se pareciera a esta
infección que respiro.
¿Qué hago con todas esas ilusiones enquistadas? He cortado el cuero cabelludo
con el cuchillo. Estoy tan frustrado que no duele. Sólo me molesta el ruido del
filo contra el cráneo. No hay magia, no aparecerá ante mí un ser misericordioso
que me unte el alma de paz y me transporte lejos de Desolación.
No hay cirujanos que extirpen esperanzas vanas, no hay tratamiento alguno para
la realidad que se extiende ante mí como un vertedero de basura.
¿Qué sentido tiene imaginar belleza y bondad, amor y ternura, fuerza y vida? ¿O
la sonrisa y la dicha? ¿O la bendita lucha y la sangre de una batalla
territorial, animal? La violencia de la supervivencia, de la reproducción. La
simple ira animal. La muerte y la venganza. Los jueces muertos, empalados...
No hay nada de eso en Desolación, y si lo hay, necesito ser deficiente para
verlo.
Que la sabiduría se haga tumor y la extirpen.
Sabiendo lo imposible: ¿por qué cojones mi cerebro sigue soñando con escapar de
aquí? Sabiendo lo imposible ¿por qué insisto en imaginar mundos bien hechos?
No tengo con que romper el hueso. Necesito romper el puto cráneo para que salgan
los sueños caducos e imposibles. ¿Es que no me va ayudar nadie?
Necesito aliviar la presión. Necesito en mis manos el cachorro de un tigre que
juguetea con mis dedos y la madre que me arranca la cabeza de un zarpazo. No
quiero morir en Desolación, es triste, es humillante.
Si un cerebro podrido como el mío es capaz de imaginar en mis manos el cachorro
de un tigre que duerme, es que puede ocurrir.
¿Qué sentido tiene fantasear? Iluso de mierda, estoy acabado.
Debería ocurrir... Para esto me he levantado el cuero cabelludo, desde la sien
izquierda cuelga como un bistec fresco. Si no fuera por el hueso, el cerebro
podría aliviar la presión vaciándose de ilusiones. Si tuviera suerte dañaría
alguna parte de los sesos y me convertiría en subnormal.
¿Qué he hecho para que mi imaginación se desboque?
No quiero, me niego a escribir, a soñar; porque despertar a la verdad duele un
millón. Un millón de voltios que fríen mis sesos, la realidad es una fuente de
energía inagotable. Apestosa.
¿Para cuándo el fin del mundo? Me gustaría vivir para disfrutarlo, No quiero
morir antes de que la humanidad sucumba como la plaga que es.
He soñado caminar por un manto verde y suave; inundado de rocío fresco. Y he
despertado gimiendo con los pies abrasados en un pavimento gris y sucio.
¿Para qué coño imagino mundos mejores?
Puto cerebro de mierda...
Odio la sabiduría; cuando respiro en el mundo que no es mío, se forman en mi
garganta flemas de veneno, ponzoñas mortales para el ánimo y la alegría con las
que desearía contaminar el agua de este planeta erróneo producto de un aciago
azar.
Soy un príncipe encantado convertido en un sapo venenoso, como en un cuento;
pero ni lo peor se hace realidad. Y no soy un sapo. Un cerdo a lo sumo dirían
unos. Un hombre prisionero en la región Mediocridad City, del planeta
Desolación.
Soy un desolado, nativo de la frustración.
Imagino cosas tan bellas que me es imposible aceptar esta porquería de tiempo y
lugar. Lo tangible.
No hay elfos, no hay duendes. No hay ogros, arpías o diablos.
No hay infierno ni paraíso en Desolación, sólo hay monotonía y lisura.
Estoy enfermo, sé la verdad; pero este cerebro podrido sigue creando magia,
belleza y las pasiones más temibles y las más tiernas.
No soy de aquí, no lo seré jamás a menos que algún microorganismo patógeno licúe
mi cerebro. Y me haga idota.
Desolación... ¿Cuándo el fin del mundo? Es otra esperanza de fantasía que tengo
acumulada, presionando: ver estallar Desolación con un trillón de gritos y
lamentos.
Mi hijo me está gritando algo desde Desolación y con una toalla me hace un
turbante que sujeta el trozo de carne que cuelga de mi sien. Limpia la sangre
que cae por el rostro del prisionero de Desolación con un teléfono en la oreja.
—¿No tienes algo con lo que romper el hueso? ¿No puedes ayudarme? Eres mi hijo.
Yo lo haría.
Iconoclasta