Es el momento, mi bella. Por ninguna razón en concreto.
Por ti.
Es preciso cuando todo el peso de la realidad, hace del amor una prensa
hidráulica que nos aplasta.
Es hora de extender las alas que soñamos poseer y escapar.
Ha de ser contigo, sé lo que es volar solo. Sé lo que es volar hacia ti, y es
desesperanzador. Nunca llego. Nunca es suficiente.
Ahora o nunca, mi bella.
Se necesitan dos corazones para escapar de la prensa: un corazón cesa el
movimiento de la gris realidad y el otro late más rápido para volar.
O nadar.
O teletransportarse.
Tú congelarás la prensa dando un manotazo al pulsador rojo y se detendrá el
mundo con un chirrido de agonía. Yo aceleraré con fuerza mi corazón y esta vez
servirá para algo más que amarte conteniendo toda mi ansia: te arrancaré de la
asfixiante realidad.
Te raptaré y arrastraré al paraíso donde una narcótica y sedosa vegetación
acogerá nuestros cuerpos y musitará palabras de amor y sensualidad que una brisa
suave transportará como una invisible caricia a los sentidos. Aromas que
erizarán la piel, que al aspirar excitarán nuestras mentes. Las alas de nuestros
torsos se batirán furiosamente libres creando una tormenta de plumas azules y
negras.
Ángeles del paraíso...
No somos ángeles, mi vida. Los ángeles son buenos, son virginales, no follan ni
meten los dedos en tu raja divina.
Y tampoco esto es el paraíso.
Soy perverso y tú no mereces bondad. Todo tu ser dice no quererla. Naciste para
ser amada y tomada.
Brutalmente, obsesivamente.
Nuestras alas caerán porque así lo quieren nuestras conciencias creadoras y de
la tierra emergerán manos sarmentosas que apresarán tus muñecas y tobillos. Se
arrastrarán por tus pechos cerrándose con fuerza en las areolas que tantas veces
he mamado. Inflamando los pezones hasta casi el dolor.
Estranagularán mi pene ante tus ojos y clamaré al pie del volcán blanco un
placer-dolor animal.
Te arañaré la piel, no es por dañarte, es por tenerte en cada resquicio de mí. Y
lameré las heridas arrastrando mi lengua pesada y ávida, saboreando cada célula
tuya.
Clavaré los dedos en tus pechos y aliviaré luego la presión desmesurada del
deseo con la lengua. Amenazaré con los dientes tus pezones dilatados y
sensibilizados.
Una gota de baba se desliza perezosa desde el contraído y maltratado pezón
empapado. Rocío carnal...
La hierba se agitará y no habrá viento. Y yo clavado de rodillas en una tierra
fría, mamaré tu sagrado cáliz tallado entre los muslos.
Beberé de tu coño el elixir de la carne y te inundaré con el mío.
Serás sagradamente mamada.
Jadearás y me ordenarás que te joda con la frente empapada del mador de la
lujuria, con las muñecas heridas por intentar aferrar mi bálano dolorosamente
duro y clavar tus uñas en él, por herir con tus dientes ávidos mi glande tenso
que oscila frente a tu rostro.
Es ese el lugar al que te llevaré. Te arrancaré del mundo y sin piedad te haré
mi reina y esclava en un orco-paraíso de bendita duplicidad.
Somos la dicotomía del amor y la carne. Ni ángeles ni demonios.
Y cuando el deseo se haya saciado, este esquizofrénico paraíso coserá de nuevo
alas a nuestra espalda y hablaremos cosas que no importan, reiremos sin ser
necesario. Volaremos alrededor del imposible cráter blanco que humea rojos
pétalos de flor y ruge alegres melodías de amor.
Lloraremos para bebernos las lágrimas como absenta cristalino y lamentar tanto
tiempo perdido.
Cazaré y untaré en tu vientre mi nombre con la sangre de nuestra comida.
Y ni un solo detalle de nuestra naturaleza quedará oculto en esta naturaleza
extraña y nuestra.
Creadores de Fantasías S.A. Y tú la bella gerente.
¿Oyes esos gruñidos hostiles?
Allí no habrá voces, que como en La Tierra, ahoguen las de los dioses;
escucharemos los gruñidos de las divinidades con sus sagrados sexos presos en
sus puños y de sus dedos descolgarse filamentos de fluido espeso.
Supurarán deseo como una infección.
Ahora son ellos, los otros: ídolos, dioses e idiotas crédulos los que debaten
gimiendo, pegados al invisible cristal que los excluye de este orco-paraíso. ¿No
los ves arañar y empañar con su aliento el invisible y sordo muro que nos rodea
y protege?
¿Sabes que escucharán nuestros suspiros y chapoteos libidinosos? Como animales
en celo se rozarán con lascivia. Ni la masturbación podrán consumar enfermos de
envidia.
Sufrirán hasta que yo lo diga, hasta que me dé la gana.
Su dolor será el voyeur insano que nos excite. Sufrirán toda su puta y eterna
vida. Pagarán mi tiempo perdido sin ti.
Padecerán tumores por aferrar tu coño con la mano y provocar los gemidos y el
movimiento convulso de tus piernas ante las oleadas de placer que mis dedos
provocarán.
Labios entreabiertos por los que se escapa el placer incontenible.
Desearán ser yo, hacer lo que yo.
Desearán matarme y violarte.
Somos los dioses y nuestra unión nunca creará nada, porque nuestro amor excluye
todo, hasta la vida. Somos únicos y mortales.
Mortales porque nos vaciaremos el uno en el otro hasta quedar exhaustos, hasta
cumplir la sagrada comunión de una unión sin límites.
Únicos porque sólo cuando muramos podrán pudrir este lugar con su presencia.
Las finas heridas que se extienden desde tus pechos a los muslos les enfurece.
Como les enfurece la gota de semen que cae de mi pene a tu ombligo adorándote
apresada a la tierra, esclava e indefensa en mi realidad.
Araño mi pene duro y embotado en sangre ante tu sagrada vulva húmeda y
brillante.
Es mi mundo perfecto donde millones de ojos quisieran ser como tú y yo.
Eres mía y te quiero abandonada a mí, de la misma forma que me hiciste tu
esclavo.
Abierta hasta que vea la luz en tu bendito coño.
Hay un momento para el amor y otro para follarte. Es mi mundo, es mi ley.
Ésta es mi voluntad.
Yo no creo mundos piojosos como este en el que nos escupieron.
Nos cagaron.
Porque haber caído aquí, en este tiempo y lugar, no es nacer. No es vivir.
Es precipitarse y penar.
Te arrancaré de este anodino presente,
A ti y a tu coño.
Clavada a mí.
Una sonrisa de dientes ensangrentados, unos labios heridos por dientes que se
clavan soñando el sabor de tu piel. Es el rostro de mi sueño, de mi fantasía.
La sonrisa en el orco-paraíso no es gratuita y tiene el acre sabor del deseo
convulso.
Es el momento, mi bella.
Iconoclasta