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666 negociando

No sabía, no estaba seguro del tiempo que debía hervir el arroz.
Cuando uno se dedica a tareas arduas y trascendentes, una simpleza como hacer un
arroz se torna un problema irresoluble.
Desesperante si se adereza con una buena dosis de fracaso.
El agua hirviendo ya era más blanca de lo aconsejable, demasiada espuma.
Demasiado trabajo, demasiadas horas invertidas en la ejecución de la última fase
del edificio Almena. Por encima de todos los edificios de la ciudad, despuntaba
la torre acristalada enteramente con vidrios de color bronce y por supuesto,
culminaba con una almena dorada. Un rectángulo perfecto, puro en sus líneas e
indecorosamente alto. Situado casi a pie de mar, le daba a la ciudad un aspecto
medieval, una ciudad ferozmente defendida.
Bajó la potencia de la placa de inducción, la espuma se encogió y el arroz
pareció respirar aliviado. El ingeniero se preguntaba que debía hacer ahora.
Decidió dejarlo a fuego lento toda la vida.
Sólo quedaba coronar el edificio con una enorme antena de comunicaciones y
transmisiones, y por encima de ella, una baliza roja para señalizar su situación
al tráfico aéreo nocturno.
Todo estaba calculado por el gabinete de ingeniería para quien trabajaba. A él
le correspondía elegir los mejores presupuestos para la realización del trabajo.
Estos eran los que estaban entre los más caros y más baratos. Eran más flexibles
a la hora de regatear mejores materiales y una más rápida ejecución sin elevar
el coste.
Quinto había regalado a su empresa tres horas al día durante el último año para
evitar ser despedido tras la finalización de la obra, tal y como su contrato
indicaba.
En realidad habían sido más de tres horas al día, pensaba Quinto con cierta
vergüenza.
No había servido de nada. Una vez rematada la última fase, sería despedido.
Cortaba distraídamente unos tacos de jamón y dejó un rastro de sangre en la
tabla de teflón. No le importaba manchar el jamón con la sangre de la punta de
su dedo índice, ni siquiera se preocupó en limpiarlo.
Su esposa estaba trabajando, su hijo en el colegio. Eran las cuatro de la tarde.
Decidió comer en casa, no estaba de humor para prolongar más la jornada. Se dio
cuenta demasiado tarde, el mal ya estaba hecho, había regalado demasiado tiempo
para nada.
Quiso celebrar consigo mismo el inminente despido.
Lanzó un grito blasfemo cuando el zumo de la cebolla penetró en la herida del
dedo; lo metió bajo el grifo y cuando dejó de escocer, tiró la cebolla y los
tacos de jamón en la sartén caliente. Hundió los dedos en el salero y
mordiéndose el labio, sazonó los ingredientes con cierta ira.
El dulzón aroma de la cebolla y el jamón le hizo pensar por unos segundos que
todo estaba bien, que olía a lo que estaba preparando. Sin engaños.
Tantos cálculos y resolución de problemas que los presupuestos planteaban, le
habían obligado a ver el mundo y la vida como algo mensurable y lógico. Todo
debería funcionar como en una fórmula. Hay constantes físicas que la vida
debería adoptar.
Los materiales tienen un punto de rotura perfectamente definido y aunque difícil
de calcular, tiene un sistema, una lógica y una correspondencia.
No como aquella mierda de arroz.
Tampoco era mensurable su despido después de tantas horas y favores regalados.
No guardaba proporción alguna con el esfuerzo realizado por mantener su puesto
de trabajo. Había pecado de ingenuidad, pero ellos habían pecado de hijos de
puta.
Felipe, el veterano delineante de la oficina se lo dijo muchísimas veces cuando
llegaba la hora de marchar a casa y Quinto seguía sentado en su silla, tecleando
en el ordenador y leyendo todos aquellas cartas e informes.
—Esta gente no se casa con nadie, no regales tu tiempo. No servirá de nada.
—Lo hago por mí, me gusta este proyecto —le mentía Quinto.
Quedaba tan solo un mes para finalizar el proyecto y esa misma tarde, el señor
Ginés, dueño de la empresa de ingeniería que llevaba a cabo el proyecto de la
Almena, le prometió una buena carta de recomendación junto con el talón del
finiquito.
La suerte estaba echada.
No son ponderables la frustración y el desengaño.
Como no sabía calcular el tiempo de cocción del arroz.
Como tampoco sabía como ocultar la vergüenza de contarle a Marga que a pesar de
todos sus esfuerzos, se iba a ir a la calle con una carta de recomendación de
mierda.
Los perfiles de la estructura de la antena debían de tener en su base un grueso
mínimo de veinte milímetros y eso le daba una idea aproximada del peso de la
torre. En la vida no hay forma de calcular la masa de miseria que a veces
ofrece.
Un sueldo no basta para pagar la hipoteca. Cristo necesitaba calzado para el
otoño, pensar en el calzado de su hijo le deprimía. Nunca hubiera creído haber
tenido que pensar en unas zapatillas deportivas para su hijo como un coste que
contabilizar.
En el otoño caen las hojas y su trabajo.
Algo ha fallado, alguien se ha equivocado en los cálculos del proyecto de su
vida. De la misma forma que él se había equivocado al intentar hacer un arroz
que no sabía cocinar.
El finiquito no cubriría ni una décima parte de las horas que había regalado.
Y su orgullo estaba seriamente dañado.
Los humanos no responden con dignidad ante la presión. Cuando las cosas no van
bien rememoran con añoranza los mejores momentos; como si fueran de una vieja y
gloriosa época que jamás volverá.
Estaba revolviendo el frito de cebolla y jamón sin ser consciente que desde su
herida caía la sangre por el tenedor de madera.
Tenía treinta y un años y aún no era un hombre bien situado.
La sangre frita es deliciosa, sea de cerdo de dos patas o de cuatro.
Yo me encontraba fumando con desidia en mi oscura y húmeda cueva, mirando como
mis crueles lamían la piel de mi Dama Oscura gimiendo desesperados de no tener
sus órganos sexuales con los que penetrarla, desgarrarla, reventarla...
En lugar de sus falos, eran las lenguas las que se metían ávidas y ágiles por
los orificios de su cuerpo, toda su maravillosa anatomía se encontraba cubierta
de mis infectos esclavos, enormes cerdos bípedos con unos afilados y retorcidos
colmillos. Sus cuerpos cubiertos de áspero vello, rayaban la piel morena de mi
Dama Oscura. Sus lenguas enormes y velludas dejaban húmedos rastros babosos
entre sus muslos, en sus tetas, en sus labios.
Mi pene se encontraba en reposo en el asiento de gélida piedra del trono,
dormitando entre mis muslos como una serpiente. Respirando imperceptiblemente.
Empapada en babas, la Dama Oscura gemía con gritos que reverberaban en algún
lugar de las penumbras observando mi falo fláccido con sus oscuros y feroces
ojos. Le molesta mi pretendida indiferencia y a ambos nos encanta este retorcido
juego.
A menudo le hago un regalo y eyaculo sin erección, sin un solo ademán o gemido
de placer.
Mi semen comenzó a fluir y el placer parecía reventarme los cojones, pero no lo
dejé entrever y mi Dama Oscura, abrió la boca en un intenso orgasmo deseando
lamer cada gota de mi esencia maligna.
A mis pies, el tronco de un niño, de un primate al que había amputado brazos y
piernas por ser hijo de un pastor de la iglesia evangélica (cantan mucho estos
primates fervorosos y me molesta, me irritan sus voces), se retorcía
desangrándose.
El pequeño de cinco o seis años era una monada. Su sufrimiento, terror y agonía
le otorgaban a su rostro una belleza seráfica.
Los ángeles... Esos ambiguos sexuales que son los esclavos y sodomitas de Dios,
el Gran Viejo Loco que asesina y hace daño con su ponzoñosa bondad.
El Sagrado Hipócrita Esquizofrénico y Trino es un dios voluble y enfermo.
Trastornos tripolares o algo así. A veces mi propio ingenio provoca una risa que
congela las almas de todos los seres vivos.
Cayó una gota de semen en uno de los hombros del pequeño primate y sacudí la
ceniza del habano, que cayó en su espalda sucia de sangre. Aspiré el aroma de su
agonía y el humo del tabaco a la par.
Creé frente a mis ojos una nube tormentosa con todo aquello, y pensé que tal vez
Dios desde ella, podría enviarme unas copias de las tablas de las diez idioteces
que han de observar sus pequeños juguetes.
Y por encima del aroma de tabaco, percibí el olor de la sangre cociéndose. Y mi
pecho se inflamó, mis escleróticas se inyectaron en sangre y mi pene se hizo
duro.
Me puse en pie y relinché como un caballo furioso, de una patada lancé al niño
casi muerto a las sombras y los crueles desaparecieron de mi vista. Mi Dama
Oscura, sin embargo, observaba con interés mi falo.
Oí los pensamientos de un primate especialmente torturado y olí el sofrito de
cebolla, jamón y sangre. Sentí hambre y sed. Había oportunidad de negocio.
A veces compro almas a cambio de favores materiales.
Ahí había una. Me dispuse a negociar.
Lo de negociar es sólo un juego, una forma de distraerme, porque cuando quiero
un alma, no necesito un contrato ni hacer favores de ningún tipo para destrozar
el cuerpo y fumarme el alma como si fuera un porro de marihuana.
De repente, el mundo se enmudeció, no habían sonidos y apenas era audible su
respiración agitada. Le recorrió un escalofrío que erizó los vellos de sus
brazos. Y sintió una gélida corriente de aire en el rostro.
Y escuchó muy cerca de su oído una risa feroz y peligrosa. Pensó que se
desmayaría mientras en la sartén bullía la comida sin un solo sonido. Sin
olores.
Sintió unos dedos fríos y ásperos correr por su espalda.
—Es hora de negociar.
Creyó vivir una pesadilla cuando al girar la cabeza, una masa borrosa y etérea
tomó forma humana. Olía a putrefacción, a carne agusanada, sangre podrida. A
compresas sucias de orina y sangre. Semen viejo y seco.
Olía a todo lo malo que había en el mundo.
—Saca el arroz de ahí, está pasado.
No lo hizo, estaba paralizado. Los ojos verdes de aquel hombre indecentemente
ancho de hombros, de estatura media, y de piernas como robles, era a lo único
que era capaz de prestar atención.
666 susurró (susurré) su nombre al oído y creyó sentir una lengua bífida y
sibilante azotar su oreja.
—Quinto...
Otra forma humana se definió ante él, la mujer de larga melena negra y piel
morena, invadió de voluptuosidad su mente.
— ¿Te gusta? Fóllala.
La Dama Oscura se sentó en la encimera de granito y separó las piernas. Bajo la
corta falda, su sexo se desfloraba húmedo y el clítoris sobresalía impúdicamente
de la vulva. Sintió deseos de arrodillarse ante ella y ahogar su fracaso y
frustración en aquel coño brillante. No era su idea, era una invasión con aroma
putrefacción de la carne.
—Sé que no crees en el alma; aún así, te la compro. Te doy por ella tu trabajo,
un importante aumento de sueldo y años de éxitos y estabilidad. Pongamos unos
diecisiete años, hora más o menos. Momento en el cual, vendré a por ti y me
llevaré tu inexistente alma y con ella crearé a un cruel más que como los otros,
no olvidará jamás que un día fue un primate libre y cada segundo de su
existencia estará acosado por la angustia de una vida pútrida, lo cual
acrecentará su sed de crueldad. Y serás castrado, sólo tu lengua y tus dedos,
podrán entrar aquí —666 separó aún más las piernas de la Dama Oscura y presionó
en su sexo con una uña curvada como una garra para indicarle a qué se refería—.
Siempre hace falta mano de obra en el infierno. Dios tiene ángeles y yo crueles.
Es todo perfecto, todo está en equilibrio y no como tu vida.
Quinto no podía responder, era una pesadilla extraña.
-A ver si así te convences.
Las piernas de aquel hombre se transformaron en pezuñas hendidas, sus brazos se
recubrieron de una piel resquebrajada, escamosa y unas pardas alas membranosas
en las que pulsaban infinitas venas azules, se desplegaron. Su boca pareció
expandirse y una sonrisa babosa de afilados dientes rotos se abrió ante él para
lanzar una carcajada que lo transportó a un mundo tan absurdo como oscuro y
aterrador. La mujer usaba aquel rabo de carne rosada y resbaladiza que nacía del
cóccix del diablo, para acariciar su sexo.
Quinto lloraba de terror puro sin darse cuenta, de hecho, creía estar lanzando
alaridos.
—Tendrás dinero y poder. Tu mujer no trabajará, no te preocupará tu hijo nunca
más, no habrá problemas de otoños ni zapatillas. A los cuarenta y ocho, pagarás.
666 cogió al hombre por la nuca y atrajo hacia la boca abierta su cara. Y cerró
los dientes en la nariz del ingeniero.
—Me llevaré tu alma, de la misma forma que te podría arrancar la nariz; pero si
no hay trato, si no me vendes tu alma; te prometo el dolor más exclusivo y largo
que nadie pueda imaginar.
Cuando abrió la boca y dejó de ejercer presión en la nuca de Quinto, en su nariz
había varios cortes en los que se formaron pequeñas gotas de sangre.
— ¡Dime que hay trato, primate! ¡Dime que amas el poder y el dinero! Dime que
envidias a los que aparcan su cochazo en una casa de dos plantas y sus mujeres
son putas insaciables eternamente aburridas.
666 cogió su mano y se metió el dedo herido en la boca. La lengua se tornó un
filo agudo que penetró y abrió la herida más profundamente. Succionaba la sangre
del hombre que se encontraba paralizado por la saliva que aquel ser metía en su
sangre.
El diablo dejó libre su mano, sus dientes estaban ensangrentados y por su
barbilla se deslizaba una baba sangrienta y espesa, le temblaban los labios de
pura gula.
—Harás lo mismo conmigo para cerrar el trato —dijo adoptando su forma humana.
Mordió la uñas de su dedo índice y la arrancó de un tirón. La Dama Oscura, cerró
el puño con fuerza en sus muslos protegiendo inconscientemente sus uñas.
—Esto no está ocurriendo, estoy dormido, es una pesadilla —musitaba Quinto con
apenas un hilo de voz.
666 sacó su cuchillo de entre los omoplatos, y clavó la punta en un párpado
inferior de Quinto, traspasó el tejido y la punta rozó el globo ocular.
—Puedo seguir presionando para que despiertes, primate.
666 apoyó el dedo al que había arrancado la uña en sus labios.
— ¡Chupa!
—Chupa, chupa, chupa... —susurraba la Dama Oscura.
Quinto abrió la boca y succionó. Sabía a hiel, era amarga y áspera la sangre que
le regaba la lengua y parecía detenerse en su garganta negándose a bajar. Se
esforzó y consiguió tragarla. El siguiente trago era néctar dulce y su lengua
lamía la carne despellejada de aquel dedo ardiente para sacar más sangre.
—Ya está, ya eres mío —dijo 666 retirando el dedo de la boca.
Quinto gimió, deseaba más.
Unos cantos inundaron la casa, fuertes cánticos de voces canoras, de una belleza
extraordinaria. Se escuchaba el suave batir de unas alas y las sombras de
enormes alas se proyectaban en las paredes de la cocina.
—No les prestes atención, Quinto. Sólo es Dios que intenta que te arrepientas.
El mal ya está hecho, pero si los escuchas, te podrían estropear estos
diecisiete años de fortuna que te esperan. Dios es un zorro, y conseguirá que te
vueles la cabeza o te cortes las venas del cuello en el lavabo No escuches nunca
a esos maricones blancos, buscan meterse en tu conciencia y de paso joderme a
mí. ¡Astutos...! Te diré una cosa, los ángeles mueren, he despedazado a unos
cuantos y antes los he sodomizado para después clavarlos en las puertas del
reino de los cielos. No son para tanto. Mueren y sufren como cualquier otro ser
animado, no los respetes.
— ¡Hola! —era su hijo Cristo que llegaba del colegio.
El silencio desapareció inundado por el sonido de la realidad, aquellos dos
seres desaparecieron y tan sólo quedaba de ellos el dulce sabor de la sangre del
diablo en su paladar.
Cristo entró en la cocina siguiendo el aroma del frito. Un chaval de diez años
alto y espigado, de largo cabello moreno y mirada un poco triste.
Quinto pensó que fue padre demasiado pronto, que ahora desearía que su hijo
tuviera menos diez años. Como una temperatura bajo cero, también algo
mensurable.
— ¿Qué no me has oído?
— ¡Hola, Cris! —dijo cogiendo a su hijo entre los brazos, lo abrazó tratando de
ocultar las lágrimas. — ¿Cómo ha ido hoy el cole?
—Bi-bien... —contestó el crío confuso por el abrazo y el extraño tono de voz de
su padre.
El mismo día en el que formalizamos nuestro convenio de alma-fortuna, le hice
una visita al señor Ginés, dueño de la empresa Consultoría de Ingeniería de
Proyectos Especiales, y le obligué a escribir una carta dirigida al jefe de
personal para que prorrogara el contrato de Quinto indefinidamente, con un
aumento del cien por cien de su jornal y nombrándole accionista principal. Lo
elevaba así mismo, al rango de director. Me preocupé de que dejara la carta
encima de la mesa a quien iba dirigida, con una nota que decía: Urgente y
Confidencial.
Antes de entrar en su despacho, tuve que rebanarle el cuello al primate
delineante, un tal Felipe, que en aquellos momentos, estaba dibujando un
proyecto que el propio Ginés le había pasado a última hora.
El hombre no estaba de muy buen humor, a las nueve y media de la noche, un
primate no trabaja contento.
Le coloqué una bolsa de basura bien atada con cinta adhesiva al cuello para que
no se vaciara de sangre allí. La idea era que los otros primates, los policías,
pensaran que mató a Ginés en su despacho y luego se suicidó.
Con Ginés me lo pasé un rato bien. Le corté los párpados, y empujé su mente para
paralizar sus músculos locomotores; pero dejé que los nervios tuvieran una total
sensibilidad al dolor.
Cuando le cortéis a alguien los párpados con unas tijeras, recordad que ha de
estar perfectamente inmóvil, porque no tiene sentido cortar unos párpados
dejando los globos oculares destrozados. Hay que esmerarse un poco. No hay nada
más espectacular que los ojos operativos sin párpados. Eso le da un sufrimiento
añadido al torturado ya que no le permite cerrar los ojos para evadirse de su
propio desmembramiento.
Se debe uno detener unos segundos y admirar esas enormes bolas que se mueven
inquietas. Los restos de sangre, otorgan al primate un carácter de insania
conmovedor. Si hacéis una foto de vuestro primate asesinado, la podéis colgar en
yutub que os dejaré un comentario al respecto, primates de mierda.
No os imagináis lo que es capaz de llorar un recio hombre de negocios: lloraba
escribiendo la carta que le dictaba de su puño y letra, lloraba cuando le
cortaba los párpados y lloraba sin párpados.
Que se meen es natural, pero siempre llama la atención la cantidad de lágrimas
que tenéis almacenadas. Dicen que quien llora mucho, mea poco. Mentira.
Ginés se meó como un viejo incontinente, al menos tres veces; y tenía tan sólo
cincuenta y cinco años.
Y cuando le corté el escroto y le arranqué los testículos, se cagó.
Le hice un profundo corte en la ingle y seccioné la femoral, metí los dedos y
rasgué aún más la herida. A veces se cierran los cortes y la sangre no sale como
a mí me gusta: a chorros o borbotones, con mucha fuerza los primeros segundos.
Es relajante. Yo le iba diciendo que su sufrimiento no acababa más que empezar,
que le esperaba una eternidad de dolor y desasosiego. Él sólo repetía cosas de
sus hijos. En sus últimos chorros de sangre, besé sus labios y aspiré su alma.
Metí a su esclavo Felipe en el despacho, le coloqué un cuchillo entre las manos
y luego le retiré la bolsa de basura de la cabeza, la sangre cubrió sus ropas.
Estaba bastante frío, ya que lo dejé en la silla, justo debajo del difusor de
aire acondicionado.
Nada cuadraba, ni las huellas del cuchillo, ni la sangre casi coagulada del
delineante, ni la muerte tan larga y dolorosa del dueño de la empresa. Se
preguntarían los primates policías sobre los restos de adhesivo en el cuello del
delineante y todo eso.
Pero lo importante era librar de toda sospecha a Quinto, ya que la carta que
Ginés dejó sobre la mesa del jefe de personal era ciertamente extraña. No me
preocupaba una mierda la investigación policial, porque si he de matar a mil
policías y sus hijos, esposas, madres, padres y hermanos, lo hago. Y no es un
alarde gratuito.
Podría haber hecho que a Quinto le cayera una gran suma de dinero jugando a la
lotería o algo así. Pero yo no hago el bien, yo hago las cosas con y por maldad
pura, no tengo un pelo de hipócrita. Ya está Dios para las hipocresías.
A Quinto le fue bien. En pocos meses se hizo dueño de la empresa y firmó varios
contratos importantes con empresas que habían conseguido proyectos en varios
países americanos. Conducía un coche para ir a su oficina, otro para sus ratos
de ocio y otro para moverse entre los lugares lujosos.
Su hijo estudió ingeniería para luego trabajar en la empresa. Su mujer se
convirtió en una de esas primates ocupadas todo el día en ir al gimnasio,
merendar con las amigas y planeando las próximas vacaciones, que solían hacer
cada tres meses.
Quinto vivió la venta de su alma como una pesadilla, aunque sabía
angustiosamente que había ocurrido, la cicatriz de su dedo se abría cada cierto
tiempo y dejaba escapar unas gotas de sangre.
Pensó mil veces en la casualidad del asesinato de Ginés a manos de Felipe el
delineante, la dureza de la mirada del jefe de personal cuando le comunicó su
contrato indefinido y su mejora laboral. Hay primates que con sólo un gesto, ya
se hacen detestables. Seguro que a vosotros también os pasa.
La mirada de reprobación que el jefe de personal le lanzó a Quinto, no me gustó
nada. Una noche entré en su casa, Francisco Elguerrero, se llamaba. Le até las
manos con el cordón del teléfono, lo arrastré hasta el salón y decapité en
aquella amplia y luminosa estancia a su mujer, y luego a los dos gemelos de diez
años. Le perforé varías veces cada pulmón y lo rodeé durante su lenta muerte, de
las cabezas de sus seres amados. Cogí la cabeza de su mujer y acerqué su boca a
la bragueta del pantalón, como si me hiciera una mamada; pero no lanzó ni una
sonrisa.
Y si hubiera reído, le hubiera arrancado los dientes con unos alicates.
Quinto soñaba a menudo con la hediondez de aquel ser, y la enfermiza lujuria que
el sexo de aquella mujer sentada en la cocina despertaba con su feroz descaro.
Las pesadillas eran recurrentes, y su subconsciente buscó salidas a aquella
presión. El tiempo pasaba, diecisiete años no son nada cuando las cosas van
bien, cuando la vida es perfecta. Pero no era perfecto, debía pagar y todo su
ser lo sabía.
Yo me preocupaba que ni un solo día se olvidara de que un día sintió su mundo
amenazado por perder un simple trabajo. Me preocupaba de que aprendiera que hay
cosas peores que perder.
Y buscó paz en la iglesia. Tímidamente, Quinto el calculador y ateo, se acercó a
la iglesia, y un día entró.
Y escuchó a los ángeles.
—Aún no es tarde, abraza a Dios.
Es mentira, Dios no perdona y no recuperaría su alma; pero al igual que la
idiosincrasia de un cerdo es revolcarse en su propia mierda, la de Dios es
buscar quien le adore. Vanidoso...
A partir de aquel momento, cuando quedaban tan sólo cinco años para pagar su
deuda, Quinto se convirtió en un fervoroso católico, cuanto más fuertes eran los
ataques de pánico, más rememoraba con total nitidez aquel día que vendió su
alma, en la cual no creía porque no era mensurable ni proyectable.
Me molestan los físicos y matemáticos, su imaginación está demasiado atada a las
constantes. Son previsibles.
Está bien, más que un trato fue casi un robo, no tuvo opción; pero me comporté
bien con él, le di lo prometido. A otros primates los he matado y torturado sin
más y me he quedado con su alma.
Mi comportamiento es voluble como el de cualquier dios.
Con cuarenta y ocho años debía pagar.
Se encontraba en su despacho, era ya noche entrada y seguía trabajando en el
ordenador, una maqueta de un puente en Arabia Saudí adornaba la mesa de
reuniones y las fotos de su hijo y de su mujer compartían espacio con otras
fotos de de singulares edificios y construcciones en su mesa.
—Es hora de pagar, Quinto.
Entré por la puerta, como cualquier otro primate. El guarda de seguridad del
edificio de oficinas, estaba muerto con el corazón acuchillado. Aún sentía el
sabor rancio de su alma en mi paladar.
—No puedo irme, aún me quedan cosas por hacer. Tienes que darme algo de tiempo,
déjame acabar este proyecto.
Los primates siempre encuentran razonables y lógicos argumentos para hacer
esperar a otros semejantes suyos, sólo que yo no soy un semejante de mierda. Yo
destrozo, mutilo, desangro y me follo a los primates hasta que se convierten en
pulpa, no espero.
—Mira, de morir no te libras, y eso será lo más dulce. Te aseguro que si ahora
mismo no coges este cuchillo y te rebanas el cuello ahora mismo, en pocas horas
te desangrarás igualmente; pero con mucho más dolor y desesperación.
Por toda respuesta, Quinto sacó un crucifijo que llevaba colgado, lo encerró
entre sus manos y comenzó a rezar un padrenuestro.
Estuve a punto de reírme, a punto de morder su cabeza y arrancarla con un
movimiento rápido de mi cuello; pero yo no doy segundas oportunidades a nadie.
Me volatilicé en el aire y el pobre imbécil pensó que me había expulsado con
ayuda de su fe.
La Dama Oscura se encontraba en casa de los Campoamor, una casa de dos pisos
rodeada de un gran jardín en la zona alta de la ciudad. Quinto Campoamor era un
ciudadano de clase media-alta, un ejemplo de éxito social, y tan sólo por su
alma sin apenas valor. Fue injustamente afortunado.
Cristo tenía ya veintisiete años, y seguía viviendo con sus papás, como todo
hijo bien que no acaba de encontrar el momento de independizarse a pesar de
chorrear dinero por los poros de su piel de mono.
Tenía su propia parte de la casa, por la que entraba sin que fuera necesario
encontrarse con sus padres. Había entablado una sensual conversación con la Dama
Oscura. Querer hablar con la Dama Oscura es un eufemismo por penetrarla como a
una perra y morder hasta arrancar sus oscuros pezones.
Ella se había clavado a él, a horcajadas sobre su vientre, hacía subir y bajar
su empapado coño por aquella verga demasiado dura, demasiado ansiosa.
Con el brazo debajo de sus nalgas, masajeaba los cojones del chico, y éste
eyaculó en pocos minutos. La Dama Oscura se enfureció.
—Lo siento, Ana, tendremos que esperar un rato, me has trabajado con mucha
ansia, caliente zorra.
—No puedo esperar, Cristo. Me arde el coño, necesito más de tu leche. Haz un
esfuerzo, mono mío.
—Lo siento nen...
En la espalda, bajo el top que dejaba su ombligo al descubierto, sacó una
varilla fina de acero, una aguja larga. Con la otra mano estaba exprimiendo el
falo de Cristo, arrancándole las últimas gotas de semen que salpicaban sus
pezones. Introdujo con rapidez la aguja por el ano y la clavó profundamente en
la próstata. Tapó con fuerza su boca con la mano a la vez que aprisionaba su
cintura con las rodillas, para frenar las fuertes convulsionaba ante el dolor
indomable que se expandía desde las entrañas del hijo de Quinto.
El pene se endureció de nuevo y la Dama Oscura se sentó sobre él, la sangre que
manaba por el meato lubricaba la penetración y al espesarse hacía un contacto
más intenso.
—Tu padre vendió su alma, y no quiere pagar, dijéramos que tú y tu madre sois
los avales. –hablaba con la voz entrecortada entre embates de placer.
De la cópula rezumaba una sangre espesa y acuosa que bajaba por los rasurados y
contraídos testículos de Cristo. Los muslos de la Dama Oscura estaban rojos de
sangre. Sus ojos negros, brillaban observando la expresión de dolor del chico.
Aparqué mi Aston Martin frente a la puerta de Villa Campoamor, le di una patada
a la puerta de la verja y la abrí.
A través del camino del jardín llegué a la puerta principal, estaba abierta.
En el salón no había nadie, los gemidos de placer de la Dama Oscura me llegaban
desde la otra ala de la casa, el del hijo.
Marga se encontraba en el dormitorio de matrimonio, se estaba acicalando en el
baño de la habitación, seguramente para ir a alguna cena con su Quinto. Tan solo
vestía una braguita de encaje blanca que dejaba ver un monte de Venus abultado
por el abundante vello. Sus pechos eran firmes y duros, y a los cuarenta y pico
largos, ninguna primate tiene unas tetas así. Al igual que su culo: duro y
redondeado. Su rostro era demasiado perfecto, y la nariz artificiosamente
pequeña. Había una importante inversión en cirugía plástica en el cuerpo de la
primate. El resultado era bueno, una mona penetrable, violable. Apta para ser
follada con lujuria mientras se desangra.
Estaba depilándose las cejas y no prestaba demasiada atención a lo que el espejo
reflejaba, hasta que fue demasiado tarde. Claro que también había que tener en
cuenta que las lentillas estaban en su estuche y no en sus cansados ojos de
madura.
La sujeté por la espalda sin molestarme en taparle la boca, mi pene estaba duro
y erecto, fuera de la bragueta del pantalón. Me había humedecido los dedos con
saliva, la obligué a separar las piernas y con el cuchillo rasgué la braguita
por el centro del culo. Le humedecí el ano con los dedos y la penetré. La tenía
completamente inmovilizada y mi glande se abrió paso rasgando el ano.
El bueno de Quinto no había estrenado el culo de su esposa, ni sus amantes.
Quinto era un primate cornudo.
La Dama Oscura había acabado con Cristo, y la vi reflejada en el espejo, detrás
de nosotros, se estaba acariciando con el pene del primogénito; no lo había
amputado limpiamente (es tan impulsiva...) y los nervios y pequeñas venas
colgaban como cables retorcidos, metiéndose entre los labios del coño aquel
fláccido y amoratado glande.
La amo con todas mis almas.
Pero que no se fíe.
—Por favor, por favor... —lloriqueaba la maciza Marga.
Con el cuchillo corté la parte inferior de una nalga y metí allí los dedos, la
primate se mordió la lengua de dolor cuando le arranqué una de las prótesis de
silicona.
Era difícil sodomizarla con toda aquella sangre por el suelo; pero a mí me pasa
como a cualquier animal, cuanta más sangre, más se enfurece y enloquece.
La Dama Oscura se colocó frente a ella, me cogió el cuchillo de la mano y por
debajo del pecho izquierdo hizo un profundo corte, la primate había girado sus
ojos hacia dentro, posiblemente para buscar paz interior.
De aquel corte, además de manar la sangre, cayó otra prótesis de silicona del
tamaño de un limón. La chimpancé había perdido su gracia; con una nalga caída y
una mama desinflada, no molaba.
La Dama Oscura estaba a punto de cortar sus labios para vaciarlos de votox.
—Déjala, tiene que recibir a su marido, si la cortas más se vaciará aquí mismo.
Y no me quiero perder el encuentro.
Hay que trabajar con gusto, no basta con asesinar, los primates sois tan
anodinos, que es preciso hacer de vuestro asesinato y tortura una auténtica
perfomance, algo que deje huella en vuestra alma durante toda la eternidad.
Un coche estaba dirigiéndose a la casa. Olía desde allí el alma de mi primate
afortunado.
Cuando entró en la casa, su mujer bajaba las escaleras ya casi vacía de sangre.
Nosotros íbamos tras ella, divertidos, nerviosos por ver la reacción del
primate.
—Marga... ¿Qué ocurre, cielo?
— ¡Quinto, me matan! Algo le han hecho a Cristo.
Quinto miraba aquel trozo de carne que Marga llevaba en la palma de la mano, con
los dedos muy abiertos; evitando tocarla. No pudo reconocer la polla de su hijo
que le habíamos pegado con pegamento.
—Primate de mierda, me es más fácil aún arrancarte el alma que la polla de tu
cría. Has de pagar y no quiero más demora. Ya nadie te espera, tu empresa ahora
mismo está ardiendo igual que arderá esta casa.
Su hembra había llegado hasta él y la abrazaba manchando su costoso traje de
sangre.
Le tiré el cuchillo a los pies.
—Acaba con su sufrimiento y luego córtate el gaznate. Nos vamos ya, esto me
aburre.
Por toda respuesta, sacó de nuevo su crucifijo de dentro de la camisa y alzó la
mano.
—Vamos, no seas ridículo. Dios se lo está pasando en grande. Seguro que te envía
uno de sus querubines para darte consuelo. Incluso guiará tu mano con un cántico
maricón para cortarte el cuello. Soltará un par de lágrimas y al igual que
cuando intentabas cocinar aquel arroz, todo el tiempo que has pasado rezándole,
no te servirá de nada. No has aprendido nada, mono. Y no me importa, sólo te
quiero como cruel, con toda tu imbecilidad intacta.
—No puedes... Dios me acogerá en su seno, cuida de nosotros.
—Soy yo el que ha cuidado de ti. Es a mí a quien debes sumisión y respeto. Y ya
te he dicho que me estoy cansando de esta mierda.
Entonces, como ya es habitual, una bestia blanca de considerables dimensiones y
que apenas podía desplegar sus blancas alas en aquel salón, aterrizó al lado de
mi mercancía. Como siempre montó su teatro y cantó un aria detestablemente
aburrida.
Quinto lo miraba con sus ojillos encendidos de esperanza.
Esta vez, el pervertido Dios en lugar de enviar a Uriel, el consolador de penas,
envió a un simple custodio, un tal Reiyel, una especie de socorrista divino.
—Éste no viene a salvarte, simplemente te va a dar la mano mientras acabas con
tu mujer y te rajas el cuello. Es como si fuera la carta de recomendación pegada
al finiquito. Y ahora, de una puta vez, mata a tu mona y págame.
Le lancé una mirada furiosa, venenosa a Reiyel y éste se apartó unos metros de
Quinto.
Me acerqué a la pareja, apoyé el cañón de la pistola en la sien de Marga y
disparé, la sien opuesta se desgajó del resto del cráneo y lleno el rostro de
Quinto de sesos.
La Dama Oscura había subido de nuevo las escaleras y tras unos taconeos
deliciosos y prolongados, la oímos avanzar por el piso superior arrastrando
algo.
Cuando llegó a la escalera, lanzó el cuerpo de Cristo que acabó muy cerca de su
padre, mirándole con las cuencas de los ojos vacías. Me metí sus ojos en la boca
y los reventé con los dientes. Los ojos de primate no son tan buenos como los de
reno, pero hay que tener una dieta variada.
Quinto perdió la razón, Reiyel se sentía incómodo al no poder hacer nada por
consolarlo y canturreaba mirando distraídamente una colección de miniaturas de
plata.
La uña de mi índice se prolongó, se curvó y agudizó con una punta tan peligrosa
como mi pensamiento.
La apoyé en el cuello de Quinto e hice un corte superficial. Quinto estaba
paralizado, como aquel día que no sabía cuando sacar el arroz del fuego.
Encima de ese corte, hice otro, y otro, y otro. Y así siete veces hasta que por
fin seccioné la yugular externa e interna.
Dejé que se vaciara pisando su cabeza contra el suelo. Y cuando ya su color era
de un azulón eléctrico, le arranqué los labios de un bocado y con ellos su alma.
Los labios se los escupí al ambiguo ángel custodio.
—Llévaselos a Dios y que se los implante en el culo.
Ha sido él quien se ha llevado a hurtadillas, como una comadreja asustada al
niño agonizante sin brazos ni piernas, el cruel Quinto.
No descansa y a veces me mira con un profundo brillo de primate en sus ojos,
esperando una recompensa.
Y en el infierno, no hay cartas de recomendación. Y lo que es peor: el contrato
es indefinido.
Qué ironía...
Soy tan sarcástico e ingenioso...
Nunca hagáis la pelota, no seáis serviles gratuitamente, primates.
Al final, si no soy yo, será vuestro jefe quien os joda a pesar de vuestros
esfuerzos, de vuestras mamadas. Y que sea vuestro jefe, porque si me obligáis a
comprar vuestra alma no haréis un buen negocio.
Mirad a Quinto jugar con los intestinos del hijo del pastor evangelista. Está
llorando por su hijo y por su esposa, por el constante terror de vivir bajo la
maldad más pura. Y por eso intenta ser cada día más cruel, para eliminar
cualquier rastro de humanidad que un día tuvo.
No lo permitiré jamás, lo recordará siempre, a cada segundo.
¡Así durante toda la puta eternidad! ¡Hasta que a mí me de la gana!
Mi Dama Oscura está apoyando su vulva en mi muslo, se desliza viscosa frotándose
por él. Y mi polla late golpeando la piedra de mi trono.
Ya os contaré más cosas, más negocios.
Más miserias.
Secretos...
Siempre sangriento: 666

Iconoclasta




Mar, 15 de Sep, 2009 10:06 pm

tricuspide34
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Está visto que ni en el medio rural y sanote se puede uno zafar de la estupidez, si a ello le sumamos que es patológicamente rústica, podemos imaginar al...
tricuspide34
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8 de Sep, 2009
3:45 pm

No sabía, no estaba seguro del tiempo que debía hervir el arroz. Cuando uno se dedica a tareas arduas y trascendentes, una simpleza como hacer un arroz se...
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15 de Sep, 2009
10:06 pm

Soy víctima de la terrible amorstruosidad. Creía que se trataba de un mito, una fantasía de mi alocada imaginación. Al principio pensaba que era una...
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17 de Sep, 2009
11:52 pm

Acto I: El ojo crea una lágrima y esta rebosa. Hay algo en la atmósfera que la ha provocado, a pesar de estar abierta la ventana de la habitación. Apenas ha...
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24 de Sep, 2009
3:26 pm

Tengo un tumor que es prácticamente mi hermano. Ha creado su propio mundo en la pierna derecha. Y la mantiene siempre calentita, hinchada... Tibia la tibia......
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29 de Sep, 2009
3:47 pm

Que tenebroso sería el mar mudo: una bestia acechante, silenciosa. Peligrosa. Guardaría para sí sus suspiros de sosiego, sus bramidos de ira. Nos lo...
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4 de Oct, 2009
7:15 pm

Joder, qué nervios... Esto de amar está bien, mola mazo. Bueno, no puedo negar que tiene su punto emotivo e incontrolable. Es un coñazo. No, es maravilloso....
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7 de Oct, 2009
11:51 am

¡Hola! Soy un oso hormiguero. Soy simpático y tengo una trompa y una lengua muy larga. Zzzzzzz... Y muy rápida... ¡Qué buenaz laz hormiguitaz, laz...
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11 de Oct, 2009
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Algo de serenidad, algo de silencio, una brisa sorda, un sol que no caliente. Aunque sea un poco, lo mínimo de cada cosa. Soy el guerrero que sangra y jadea...
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14 de Oct, 2009
12:11 am

Introducción y consideraciones. Hay amores rotos: amantes mal sincronizados con el tiempo y el lugar. Antes escribían sus confidencias en cartas que tardaban...
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15 de Oct, 2009
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En algún momento de la infancia (seguro que fui niño, tuve que serlo), tal vez en mil novecientos sesenta y siete, (más atrás no; los niños tan niños no...
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18 de Oct, 2009
7:15 pm

Es normal esta voz torpe, mi bella. Se han liado mis cuerdas vocales por todo este torrente de amor que se atropella y agolpa por decirte al oído y al espacio...
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25 de Oct, 2009
1:00 am

Estos días que ahora de repente se hacen más largos, con más luz; son una burla de los que ostentan el poder sobre los visibles. Son días más penosos,...
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26 de Oct, 2009
11:48 pm

Habito en los pozos, en lo profundo de ellos, en los pozos de antiguos castillos, pozos de brocal de piedra vieja y negra y de mohosas paredes. En pozos...
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27 de Oct, 2009
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Marchando con el rostro serio, cansado y con ganas de fatigarme aún más. Mucha tensión acumulada. Las calaveras resecas crujen bajo mis botas y parece que...
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31 de Oct, 2009
8:39 am

De una forma sorprendente y con una injusta suerte para los buenos escritores, he tenido la fortuna de participar con treinta relatos en el libro: Todos somos...
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1 de Nov, 2009
12:56 am

Soy el que os entretiene hasta que tome el escenario el gran protagonista de este espectáculo. Soy un telonero, dijéramos que un fracasado al que no saben si...
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6 de Nov, 2009
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— ¿Quién soy? El pequeño se acercaba por detrás de su madre, sigilosamente. Se le escapaba una risa traviesa que ella escuchaba divertida, simulando...
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14 de Nov, 2009
12:33 am

En algún lugar del tiempo y el espacio, donde la amo. Era Eterna de Mi Bella. Año Cero de nuestro señor. Hola mi bella: "-Nunca me escribiste una carta". Me...
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16 de Nov, 2009
6:27 pm

Estaba fumando un cigarro con Estrella, la jefa de contabilidad de la fábrica de condones, que se había ofrecido a probar con su boca la integridad del lote...
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22 de Nov, 2009
11:55 pm

Vendo sistema nervioso central: ocasión única. Los troncos centrales medulares se encuentran en perfecto estado. Compatible con seres angustiados y...
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26 de Nov, 2009
1:59 am

Nadie lo sabe, nadie consigue imaginar a veces lo que siento cuando todo esto que tengo aquí dentro, como un cáncer caliente y viscoso pugna por salir. Es...
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29 de Nov, 2009
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