Algo de serenidad, algo de silencio, una brisa sorda, un sol que no caliente.
Aunque sea un poco, lo mínimo de cada cosa.
Soy el guerrero que sangra y jadea observando a los muertos pudrirse. Sentado
entre cadáveres aún muriendo. Muriendo yo también, serenamente. No importa, no
tengo cosas que hacer. Ya está todo visto, ya está todo perdido.
Sería agradable que la atmósfera dejara de presionar en los hombros.
Necesito un momento de paz para poder identificar el origen de los gusanos que
inundan mi boca. No es por asco, es simple curiosidad.
Me interesa saber si estos gusanos nacen de mí o me invaden.
Son tantos y tan inquietos... Los muerdo; pero son como dedos de bebé que
resulta imposible de hacer daño. Porque si nacen de mí, son hijos míos. Si
entran en mí, tal vez sean los únicos que me amen. Y formarán capullos en mis
órganos, seré un cuerpo lleno de vida.
Padre otra vez...
La atmósfera clava sus garras en mis hombros pesando. Pesando tanto...
Y no me da descanso.
La atmósfera no se mide por peso de columna de agua y superficie; y una mierda:
es plomo que aplasta.
Parto una oruga con los dientes cuya mitad cae entre el escaso vello de mi pecho
retorciéndose. A lo mejor se ríe... Yo me reiría si me partieran en dos.
Ha sido la presión, yo no...
La atmósfera en su afán por aplastarme, mata bebés cuyos dedos riegan mi campo
de muertos y tasajos humanos.
O tal vez, he sido yo y me aterroriza haber perdido lo poco que me quedaba de
humanidad.
No hay silencio, los muertos no saben que lo están y alguno se lamenta; son
ruidos vanos, sus mentes se fueron hace minutos eternos, son sólo ecos de
células que sucumben, se secan. Crepitan como tocino en una plancha caliente,
eso es todo.
Los cadáveres deberían callar si no tienen nada que decir.
No hay una brisa muda; el aire agita con tanta fuerza los árboles que su rumor
consigue llenarme de temor. Son hostiles sus ramas, es amenazador y peligroso el
aire que se hiere entre sus hojas y grita de rabia; como si quisiera comerse mis
gusanos.
El sol es abrasador. Me cubro con cadáveres que se calientan como enfermos
enfebrecidos; no hay salida. La muerte no es fría, es una infección caliente.
Masturbarse es abortar habitantes del planeta, posibles cuerpos. Hay llagas y
heridas anegadas de abortos en mi campo de muertos. No tengo otra cosa que hacer
muriendo; está todo perdido. El semen es pulpa de orugas.
Soy el guerrero cansado y herido, y aunque no he tenido paz, sé que estos
gusanos salen de mi cerebro podrido. No puedo evitar morder fieramente uno y
sentir un aguijonazo de dolor.
Es doloroso matar una idea. Los dedos de un bebé deberían ser lo más sagrado.
Hay un instinto que guía la fuerza de las mandíbulas cuando nos metemos sus
manitas en la boca para no herir la piel inocente.
Algo ocurrió en mi concepción, algo falló porque la tierna idea está tristemente
aplastada entre mis dientes.
Es hora de abrir los ojos, de devolver los gusanos a su lugar, de olvidar la
compañía de los muertos. El cigarro se ha consumido dejando una piel carbonizada
entre los dedos; como si no fueran míos.
El rugido de los martillos neumáticos rompiendo el asfalto de la calzada, el
polvo que hace basura del aire y las voces de una ciudad que me provoca náuseas,
me hacen añorar el campo de los cadáveres aunque no haya la suficiente serenidad
en él.
Los ojos desbordan una venenosa lágrima y me levanto ebrio de frustración del
banco de esta calle repugnante. De esta ciudad hedionda. De este planeta
infecto.
Una rata sucia de grasa y polvo con calvas y rosadas llagas en el lomo, lame
cansada sus patas acurrucada en la valla de protección de la obra. Tan herida y
cansada, que no huye cuando me acerco tanto que huelo su repulsiva vida. Apenas
reacciona cuando piso su cabeza. Crujen los huesos lentamente mientras sus
cuartos traseros aciertan a intentar huir demasiado tarde.
La aplasto cuidadosamente, sin pasión alguna, con efectividad; prolongando la
agonía. Y parece ser que la atmósfera se hace más liviana. Ya no pesa, se diría
que no quiere tocarme.
El chillido agudo de dolor enmascara el ruido de vida a mi alrededor. Sonrío sin
ningún tipo de alegría cuando muere y por un instante se hace un ominoso
silencio
He creado un proyecto de campo de muertos en La Tierra.
Alzo la rata hasta mi cara cogida por el rabo con escrúpulos higiénicos. Aún soy
curioso. No tiene ojos, no tiene nada reconocible de lo que hace unos segundos
fue. Y aún así, sé que mira con horror el rostro de un dios. Las pulgas
abandonan el cadáver como si temieran libar muerte de su piel.
La lanzo por encima de la valla de protección a la calzada reventada para que la
aplasten las máquinas y se pudra en lo más profundo de la tierra, como debería
pudrirme yo.
Hundo profundamente el filo de mi navaja entre uña y carne de uno de mis dedos,
no importa cual, todos duelen igual. Al menos necesito dolor, soy un guerrero
sin su campo de muertos. La lengua está herida por los dientes que amordazan el
rugido del dolor. Se suman los dolores y la vida es un festón negro de rojos
ríos bordados.
Un dolor pegado a otro dolor.
Porque estoy convencido de que no hay nada más que el dolor y la muerte para
liberarme de esta infección que es el planeta en el que está todo perdido y no
hay nada más.
Es la única forma de llegar al campo de los que se pudren y morir con mis
compañeros.
Los gusanos se remueven satisfechos en mi cráneo y uno despistado se ha caído en
mi boca, lo mastico con cierta premura. Otra vez más, sin que nada guíe la
fuerza de mis mandíbulas para evitar el daño.
Mi hijo sale corriendo del colegio hacia mí. Trago el gusano y consigo
sonreírle. Besar su mejilla.
Y meter la mano con el dedo destrozado en el bolsillo del pantalón con un dolor
que es una aguja entrando en el iris.
Cuando cojo su mano, un escalofrío remueve mis larvas inquietas y me pregunto si
lo que me queda de humano instinto, será suficiente para que un día no le ampute
los dedos de un bocado.
Odio tanto esta prisión...
Todo lo sé, todo está perdido.
Estoy abandonado.
Dolor y muerte es el grito guerrero de los que tienen el cerebro podrido.
Iconoclasta