En algún lugar del tiempo y el espacio, donde la amo. Era Eterna de Mi Bella.
Año Cero de nuestro señor.
Hola mi bella:
"-Nunca me escribiste una carta". Me dijiste.
El simple comentario me hizo feliz. Y triste: no tiene una carta como cualquier
amante posee para abrazar en su pecho cuando el amor duele.
Comprendí con un relámpago clarificador, que no te podía amar como escritor, que
no podía haber asomo alguno de intención literaria. Y en algún momento rechacé
la posibilidad de escribirte, porque estás en todas partes, eres omnipresente en
mi vida. Era necesario hablarte, mirarte y mimarte.
No fue un plan, no sabía porque no te escribí una carta de amor; sólo el tiempo
lo ha desvelado, en un momento de lucidez de los pocos que tengo viviendo en ti.
Fue un instinto no escribirte mi amor. No soy tan inteligente como para trazar
un plan.
Si hubiera escrito una carta para hacerte saber lo que te amo, mi amor se
hubiera visto diluido entre palabras románticas e ilusiones. Un escritor más
idealizando. Escribo tanto, mi bella, que temía perderte entre letras y sueños.
Como si escribirte, te eternizara plana en el papel, algo que archivar, algo que
publicar.
No se puede escribir tu sensualidad, es un baño puramente sensorial. No se puede
describir...
No podía arriesgar más tiempo en unas palabras que te hicieran sonreír y decidir
que soy hábil.
"No más escribir de ella en secreto", pensaba, "la necesito". Necesito la
crudeza de un "te amo" a bocajarro, algo no usual. Algo definitivo.
Que no cupiera una sola duda de que mi pensamiento era íntegramente tuyo.
En cada renglón de aquel cadáver exquisito que un día comenzamos cincelaba como
un atormentado escultor mi deseo en cada línea. Estabas allí, deseable hasta la
tortura. Eras tú sudando, eras tú buscando, eras tú amando y deseando. Estabas
sola como yo, porque todo ese amor, toda esa densa pasión, te abandona en el
mundo, un mal lugar para el amor en estado puro. Y era yo triste como un llanto
de ballena. Como un pez en la arena ahogándose de tanto aire.
"-Te amo", te dije.
"-¿Si?", preguntaste haciendo que mi corazón se detuviera, tuve miedo tanto
miedo en tan poco tiempo, mi bella, ante aquella pregunta.
Luego me lloró el cuerpo por dentro, liberado al fin, cuando te sentiste feliz
al ser amada. Cuando sentí que lo deseabas. El universo estalló, mi bella. Una
supernova calcinó lo plano y lo inamovible.
Detonamos en el cosmos miles de "te amo y te quiero y te he buscado tanto
tiempo..."
No podía enmascarar más el amor, tenía que ser claro, directo y conciso. Como un
telegrama urgente.
Era urgente amarte, sin metáforas ni eufemismos. Te amo orgánicamente.
Y cuando mi amor quedó asentado en nuestro libro de la vida, cuando te
identifiqué como lo que en todas mis vidas busqué, supe que todo lo escrito y lo
que queda por escribir serías tú.
Y ahora que todo está claro, ya sí que es el momento de escribirte una carta.
Un escritor debe amar sin la palabra; y con la palabra envolver el amor como
envolvería tu cuerpo con el mío.
¿Sabes que pensar en ti, hace que mi nariz sienta el olor fresco de los frutos
ácidos, de crujientes texturas, de pieles suaves y aterciopeladas? Siempre que
entras, que hablas, que estás, mi olfato se afina y te siento. Y cuando te vas,
cuando deseo llorar al quedarme solo, entonces siento ese olor más profundo en
mí y produce una melancolía devastadora, mi bella. Ahora el universo tiene olor.
Y sonido.
Es tu voz, que acaba por hacer el mundo mudo. No hay otra, es de locos; pero es
tu voz, en serio mi amor. Es tu voz la que se sobrepone a los ruidos del mundo.
Eres una diosa.
Y una ornitorrinca. Los amantes hacen chistes en la trágica distancia,
reventando con risas la desesperación. Qué valientes somos, mi bella.
Y eres mi vida.
Perdona la carta de amor tardía. Perdona que te amara primero sin concesiones,
con la brutalidad de un hombre primitivo, de un hombre muy poco listo.
Si supieras como odio lo que te ha hecho daño... Si supieras que podría ser el
más frío aniquilador de la humanidad por ti.
Te sonreiría enamorado cortando el cuello del malo.
Pecas de sangre en mi rostro, como un asesino de asesinos travieso.
Perdona la carta tardía mi bella. Necesitaba amarte primero brutalmente, como
hombre.
Ahora sólo descanso tranquilo, ronroneo con cierta pereza mis palabras a tu
alma. A ti.
Esta es mi primera carta de amor en un milenio. No ha sido por desidia, es
porque te quiero tanto, que me demoro en pensar.
Siempre dije que yo salía ganando en este amor. Eres lo más valioso.
¿Ves mi bella? Me había olvidado que sabía escribir desde que te encontré.
Qué idiota...
Te puedo contar de largos fines de semana, de mirar correr las horas lentas. Yo
también soy parecido a ti en eso, en ser un dios. Un dios aburrido en su trono e
impotente ante un tiempo que no acaba de avanzar hacia el momento de encontrarse
con su diosa.
Un dios que tamborilea aburrido los dedos en su mandíbula, esperando el momento
de soltar todos esos "te amo" acumulados en su garganta, en los pulmones, en la
boca, en el corazón. En los huesos.
Mi vida, perdona la carta de amor tardía que ambos necesitábamos para abrazarnos
en los momentos duros.
No soy malo, sólo tonto, cielo.
Un beso, mi bella G.
Hasta siempre, mi amor.
P.
200911161250
Iconoclasta