Llovía a cántaros. Desde las últimas horas de la madrugada había estado
cayendo una débil llovizna que poco a poco se habia convertido en una tupida
cortina de agua. El sol no parecía haber salido y las luces de la habitación
se mantenían encendidas, mientras Eliza miraba a través de la ventana.
-¡Vaya día para una competición hípica! -su hermano entró en la habitación y
se dejó caer sobre un sillón, aún se recuperaba de su terrible accidente y
no participaría en la competición. Eliza tenía que ir sola, aunque eso a la
joven no le molestaba demasiado.
-Dejará de llover -comentó Eliza, apartándose de la ventana y acercándose al
tocador, para arreglarse.
-¿Antes de que se suspenda? -Neal la miró, divertido. ¿Realmente Eliza hacía
todo eso por aquel estúpido desafío?
-Por supuesto. Dejará de llover de un momento a otro -Eliza estaba tan
segura de lo que decía que Neal se encogió de hombros-. ¿Te enteraste si
Candy tenía turno en el hospital?
-No tiene. Seguro que va. ¿Temes la competencia, hermanita? No será el
primero chico que te birle.
-A ti te conviene que no pase ¿no? ¿No sigues todavía pendiente de esa tonta
con coletas?
-Tienes razón. Seduce al medicucho ese. Total, si se va en unos días.
Eliza contempló su imagen en el espejo, y no pudo evitar un débil escalofrío
cuando Neal dijo eso. Se iba. Se iba. En Francia estaban en guerra. Era tan
fácil morir en la guerra.
-Sólo es un juego -pensó-. Solo es una forma de demostrarle a esa tonta lo
que puedo hacer.
Pero Eliza no pudo evitar que la sonrisa se borrara de su rostro. Si el
tiempo no cambiaba, si la competición hípica se suspendía, quizás nunca
volvería a verle.
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Mientras tanto, Michael salía del hospital adentrándose en aquella cortina
de agua que le golpeaba, empapándolo. Había pasado la noche de guardia para
poder tener el día libre. No tenía que haberlo hecho, hubiera podido
presentarse en la competición solo unas pocas horas, y luego marcharse al
hospital. Así habría podido dormir a gusto y no tendría que aguantar toda la
celebración.
No lo hacia por el dinero. Su prima podía ocuparse de todo, él solo tenía
que darse un par de vueltas por allí. Nadie lo echaría de menos si se iba en
un determinado momento.
Michael sacudió la cabeza. ¿Por qué le importaba que nadie lo echara de
menos? ¿Por qué no quería ver que, si se iba, unos hermosos ojos oscuros no
lo seguían con la mirada?
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