¡ESPERAME!
En busca de luz para mis cansados ojos, fui un verano a Deva, a tomar
los baños de su agitado mar, y entre los bañistas conocía un matrimonio, y
simpatizamos desde los primeros momentos que nos vimos. Ella era una mujer de
cuarenta y cinco años, de distinguidos modales, y el un joven de veinticinco
años, de arrogante figura y porte aristocrático.
Siempre iban juntos, y se les oía reír y charlar alegremente.
Una tarde, varios bañistas
decidieron ir a pasear. Invitado Rafael, este miró a Anita, como pidiéndole
permiso.
-Sí, sí, ve -dijo ella-, mientras tanto daré un paseo con Amalia.
Cuando estuvimos solas paseando,
dije a mi compañera, que era simpatiquísima:
-¡Cuán feliz se conoce que es usted con su esposo!
-¡Ah, sí! -contestó Anita-. Nos quererlos tanto... No puede usted
figurarse el cariño nuestro lo verdadero que es: tiene su historia, una
historia muy original.
-¿Sí?
-Sí, Amalia, sí; historia que yo misma no me explico bien; cuando
volvamos a Madrid quiero estudiar el Espiritismo para comprender sus misterios.
-.El Espiritismo`? ¿Y qué es eso?
(Entonces yo no conocía la escuela filosófica, en la cual, más tarde,
encontré la vida.)
-El Espiritismo, según me han dicho, explica el modo cómo las almas
vuelven a la Tierra repetidas veces.
-¿Las almas?
-Sí; nuestro espíritu: así me lo ha dicho un espiritista. Dice que venimos
a la Tierra cuantas veces nos es necesario, para progresar y, perfeccionarnos.
¡Oh! ¡Debe ser un estudio muy interesante!
-¿Y eso podrá ser cierto?
-Sí, Amalia; lo que es por mí, casi puedo jurar que los espíritus
vuelven a la Tierra. Mi matrimonio, mi felicidad la
debo a la vuelta de Rafael.
-¿A la vuelta de su marido?
-Sí, a su vuelta. Sentémonos y ya le contaré la historia de mi casamiento.
-Buena idea. Precisamente me preocupaban ustedes, por encontrar un no
sé qué en sus costumbres viéndolos tan dichosos en un mundo de desesperados.
-Tiene usted razón, Amalia. Lo que es aquí, al que no piensa matarse,
le falta poco. Yo creo que en este planeta, ser feliz es un egoísmo. No se
puede ser dichoso viendo a tantos desgraciados, ¡Por eso no soy completamente
feliz!
-¡Dichosa usted!
-¡Oh, muy dichosa! Mis días pasan serenos y tranquilos, si bien antes
también he tenido mis sufrimientos.
-¿También'?
-Ya lo creo, ¿quería usted que me eximiera de la ley natural? No; lo
que hay es que yo he tenido la ventaja de padecer cuando menos se fija uno en
ello, en la infancia.
Al nacer, perdí a mi madre. Mi padre contrajo segundas nupcias antes
de cumplir yo dos años; y como mi madrastra era una mujer vulgar, sin
sentimiento, sin corazón, me trató, como era lógico, con desvío, golpeándome
cuando le parecía. Así viví hasta la edad de siete años. Mi padre vivía en una
magnífica quinta de un opulento banquero, cuyos intereses administraba. Un
verano, llegó a la quinta la esposa del banquero, con su hijo Rafael, niño que
contaría doce años, el cual venía muy, enfermo, y para distraerle, la señora
suplicó a mi padre que me dejase vivir con ellos. Mi padre accedió. Yo saltaba
de alegría cuando me vi separada de mi madrastra y me encontré en brazos de
doña Magdalena, la madre de Rafael, que me besó repetidas veces, al mismo
tiempo que decía a mi padre:
-¡Dichoso usted que tiene una niña!
Para abreviar, le diré que al principio pasaba todo el día al lado de
Rafael, y doña Magdalena se encariñó tanto conmigo, que me hacía tener en su
compañía por las noches. Desde entonces no he salido de su casa hasta este
verano, que hemos tenido que venir aquí por Rafael. El enfermito y yo nos
habíamos hecho grandes amigos, y su madre estaba loca de alegría al ver que su
hijo se ponía mejor. Pero al verano siguiente recayó el pobrecito, y ya no pudo
dejar el lecho. Su madre, su padre y yo no le dejábamos ni un momento. El era un
niño muy formal, y yo, no teniendo más que nueve años, parecía una mujercita:
de suerte que hablábamos corno dos personas entradas en años. Una tarde, pocos
días antes de morir, le dijo Rafael a su madre:
-Mira, mamá, si yo hubiera vivido, ya lo sabes, me hubiera casado con
Anita; pero ahora me voy, y te ruego que no la desampares nunca, porque no
quiero que padezca privaciones ni molestias de ningún género. Y tú --me dijo a
mí-, espérame, que ya volveré a buscarte.
Sus padres lloraban, y yo
también, porque Rafael lo era todo para ellos y para mí. Los diez días que
vivió después de lo dicho, me repetía con frecuencia:
-Mira que no te cases, que me esperes, que yo vendré por ti; júrame
que no te casarás.
Yo se lo juré cuantas veces quiso. El pobre murió por fin,
repitiéndome:
-¡Espérame!... ¡Espérame!...
Yo entonces no daba valor a aquellas palabras, mayormente oyendo a su
madre, que decía:
-¡Pobrecito! ¡Ha muerto delirando!
Doña Magdalena y su esposo quedaron inconsolables, porque era el único
hijo que tenían, y se les había ido al otro mundo: yo fui la que les di alguna
conformidad a aquellos dos seres desconsolados. En me moria
de su hijo, me acariciaban, me complacían en todo, y yo con mi cariño les hacía
la vida más llevadera. Al fin, como en la Tierra todo se olvida, aquella
familia volvió a entrar en la vida normal, y yo vivía feliz, muy feliz, porque
mis protectores me adoraban.
Cuando cumplí quince años, principié a tener galanteadores. Doña
Magdalena me decía siempre, que quería casarme a su gusto, con uno que fuera
tan bueno como hubiera sido su hijo; pero yo, de vez en cuando, soñaba con
Rafael, y oía claramente que éste me decía: «¡Espérame, espérame!»
A la mañana siguiente contaba mi sueño a doña Magdalena, y le añadía:
-No, no, yo no quiero casarme. ¿Y si Rafael vuelve?
-¡Criatura! ¡No seas loca! ¿Qué
ha de volver?-decía ella-. ¡Ojalá'. ¡Hijo de mi alma!
Desde que te vi, te deseé para él; pero como él se fue, yo no he de ser
egoísta, y es justo que te cases y hagas a un hombre feliz; pero quisiera que
esto fuese sin separarte de mí.
Lo mismo despierta que soñando, siempre me parecía oír la voz de
Rafael, recordándome mi promesa de esperarle.
En aquel tiempo llegó de Cuba un hermano de mi protectora, casa do, y
su esposa venía muy enferma y en estado interesante. Se hospedaron en casa, y
antes de tiempo, según opinaron los médicos, la joven dio a luz a un niño,
muriendo la madre dos horas después.
No sé por qué, cuando vi a aquel niño tan pequeñito, lo estreché entre
mis brazos, lo cubrí de besos e hice locuras con él. Doña Magdalena lloraba y decía:
-¡Ay! ¡Cómo me recuerda este niño a mi Rafael! Así nació: tan chiquitito, que parecía un juguete...
-Se criará en casa -replicaba yo.
-Así nos parecerá que ha vuelto Rafael; que le pongan el mismo nombre.
Y como aquella familia no hacía más que lo que yo deseaba, pusieronle al niño el nombre que yo había elegido. Vino una
buena nodriza y yo me convertí en niñera.
El niño fue la alegría de la casa. Doña Magdalena no cabía en sí de
gozo con el pequeñuelo; su esposo igualmente; su padre no digo nada; pero la
preferida de Rafael era yo. Cuando comenzó a hablar, mi nombre fue el primero
que pronunció, En fin, los años pasaron, y Rafael yo nos seguimos amando con
loco frenesí.
Tuve varias proporciones para casarme ventajosamente; pero todo mi cariño era para
Rafael. El día que cumplió veinte años, pidió Rafael mi mano con toda seriedad.
En vano le hice presente la diferencia de edades, pues yo contaba dieciocho años
más que él. No hubo objeción alguna que no fuera desechada..
Como ambos nos queríamos y la familla ansiaba nuestra felicidad, nos casamos,
y hace seis años que vivimos todos como en un paraíso.
--¿Y ha tenido usted hijos?
--Una niña preciosa, que se quedó con doña Magdalena, es decir, su
abuela, pues ha sido como la madre de Rafael.
--¿Y por qué cree usted que Rafael ha vuelto a la Tierra?
-Ahora le contaré. Mi marido, de niño, era sonámbulo, y bastantes
sustos que me hizo pasar. A lo mejor se levantaba de la cama, se venía a mi
cuarto, y principiaba a gritar:
-¡Anita!... ¡Anita!... ¡Ya estoy aquí!...
Yo me despertaba y veía a Rafael con los ojos cerrados, pálido como un
muerto.
-Muchacho -le gritaba yo-, ¿a qué vienes aquí?
Y entonces despertaba y se echaba a llorar, porque era muy, llorón, y
ponía en revolución toda la casa. Poco a poco fue perdiendo aquella inquietante
costumbre.
A los quince años volvió a las andadas del sonambulismo, para hacer y
decir lo mismo. Por Fin, nos casamos. Al principio todo iba bien, cuando una
noche, mientras yo dormía tranquilamente, sentí que me tocaban en el hombro. Me
volví y vi a Rafael con los ojos cerrados, medio incorporado y extremadamente
pálido. Comprendí que estaba
sonambulizado , y le dije:
-¡Rafael! ¡Rafael! ¡Despierta!
Pero él, sin hacerme caso, comenzó a decir lo de siempre: -¡Anita!
¡Anita! Ya estoy, aquí.
Sin saber por qué, me acordé en aquel momento del pequeño Rafael
cuando me suplicaba que le esperase prometiendo volver, y maquinalmente le
dije en voz muy baja:
-¿Eres tú, Rafael?
-Sí, he vuelto por ti, para hacerte dichosa con mi amor. ¡Mi amor!...
Que es más profundo que los mares y más inmenso que los cielos. ¡Te quiero
tanto! ¡Tanto!... ¡Si tú lo supieras!... ¡Hace ya muchos siglos que te
quiero!... Pero hasta ahora no he sido digno de vivir junto a ti... ¡.Ves cómo he vuelto?... ¿Ves cómo has hecho bien en esperarme?
¡Cuánto te quiero, Anita!, ¡cuánto te quiero!... ¡Eres tan buena!...
Yo estaba embelesada; no sabía lo que me pasaba. Rafael enmudeció, se
sonrió dulcemente, y abriendo los ojos me preguntó:
-¿Qué tienes? ¿Estás enferma?
-No -le contesté-. ¿Y tú, cómo te encuentras?
-Parece que tengo dolorida la
cabeza.
Yo entonces le conté lo ocurrido, y decidimos no decir nada a la familia,
para no exponernos a que nos juzgaran locos.
El hecho se ha repetido de tarde en tarde, con iguales palabras cariñosas:
«¿Ves cómo he vuelto?»
Y así estamos. Yo, para mí, creo que es el mismo espíritu, porque de
niño tenía los mismos juegos que el otro, las mismas exigencias. tanto, que todos los de casa decían:
--¡Señor, parece que ha venido Rafael en cuerpo y alma!
Volvió Rafael de su excursión de pesca, y delante de todos abrazó a
Anita, como un niño a su madre.
Cuando dejaron Deva, me dieron su dirección de Madrid, y allí nos
volvimos a ver.
En Madrid se dedicaron los esposos a la lectura de las obras de Allan
Kardec, y ellos fueron los que despertaron en mí deseos de conocer tan hermosa
doctrina.
Bienaventurado el espíritu que dice “¡Espérame!”, si el eco
lejano de una voz. querida le contesta: «¡Te
esperaré!»
AMALIA DOMINGO SOLER
CUENTOS ESPIRITISTAS