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VÍCTOR HUGO El Poeta del Más Allá VÍCTOR HUGO Y LAS EXISTENCIAS SUCESIVAS DEL SER
El autor de Las Contemplaciones no era un negador de las vidas sucesivas del alma: por el contrario, creía en ellas como en una infinita teoría a través de la cual el Ser pasando de un lejano histórico a un nuevo tiempo se engrandece espiritualmente. Se sentía protagonista en la gran evolución palingenésica de la humanidad; por eso las distintas edades del pasado repercutían vivamente en su sensibilidad poética. La visión cosmológica que poseía lo aproximaba al pensamiento de Camilo Flammarión, quien proclamó la doctrina de la pluralidad de mundos habitados en relación con la pluralidad de las existencias del alma. El universo era para el poeta un escenario en el cual el Espíritu actúa para escalar las gradas de lo infinito. Aceptaba por eso la concepción kardeciana resumida en este lema: “Nacer, morir y renacer y progresar siempre, tal es la ley”. En este aspecto Víctor Hugo coincidía con grandes poetas como Goethe, Whitman, Lamartine, Emerson y otros que fueron colocados por sus ideas palingenésicas bajo el signo de la Cruz Ansata. Cuando el poeta dijo: “La cuna tiene un ayer y la tumba un mañana”, hizo pública declaración de sus ideas filosóficas basadas en la reencarnación. Su genio inmenso y omniabarcante no resistía las limitaciones de una sola existencia para el alma. No obstante las interpretaciones teológicas, Hugo creía que Jesús había hablado de un hombre palingenésico cuando, dirigiéndose a Nicodemo, dijo: Os es necesario nacer otra vez. Leer su estudio sobre Las Almas es ver cómo el poeta se introdujo en el drama de los espíritus cuyas características particulares, tan disímiles entre sí, patentizan los variados desenvolvimientos de cada ser, lo que revela el proceso palingenésico vivido por cada alma. Para Víctor Hugo el hombre no es un compuesto físico-químico que al descomponerse se pierde en la nada. Concebía al hombre como un espíritu reencarnado que trae su historial originado en vidas anteriores. La poesía en este sentido se revela como una acumulación de elevadas virtudes morales que se transforman en armonía y belleza. Porque la belleza para el poeta palingenésico es una expresión superior del Ser, por medio de la cual penetra en la esencia religiosa de todo lo creado. El hombre entra y sale del proceso histórico mediante la ley de los renacimientos y. a medida que se desprende del mundo material, se consubstancia con la realidad del Espíritu inmortal. Víctor Hugo militaba en esa legión de espíritus iluminados a la cual pertenecían José Mazzini, Emilio Castelar, José Garibaldi, José Pi y Margal, los que se inspiraron moral y socialmente en las ideas palingenésicas. Pero en Hugo la intuición que le hizo comprender que “la cuna tiene un ayer y la tumba un mañana”, se expresó con sonoridades enraizadas en lo cósmico y lo divino. Su genio poético le permitió sentir la presencia del pasado palingenésico tal como lo percibió en Tierra Santa Alfonso de Lamartine. En efecto, fue allí donde el autor de Jocelyn recordó una vida anterior relacionada con los tiempos apostólicos. Víctor Hugo confirió sus convicciones palingenésicas al final de sus días, al expresar lo siguiente: “Hace medio siglo que escribo en prosa y en verso: historia, filosofía, drama, novela, leyenda, sátira, oda, canción, todo lo he ensayado y sólo he podido decir la milésima parte de lo que siento en mí. Cuando yazga en la tumba, diré: “terminé mi jornada” y no “terminé mi vida”. Mi existencia comenzará de nuevo al otro día. La tumba no es un callejón sin salida, sino una avenida. Mi obra es sólo un principio y la sed de infinito prueba que existe lo Infinito. ‘Soy hombre pero soy una chispa divina que, insignificante como soy, me siento Dios porque yo también pongo orden en mi caos interior. “Viviré mil vidas futuras, continuaré mi obra, escalaré de siglo en siglo todas las rocas, todos los peligros, todos los amores, todas las pasiones, todas las angustias y después de miles de ascensiones, librado, transformado mi espíritu volverá a su fuente, uniéndose con la realidad absoluta, como el rayo de luz vuelve al Sol.” El gran poeta francés era un lírico profundamente religioso; de ahí sus ímpetus por una vida eterna y palingenésicamente renovada. Como tantos otros genios poéticos se adhirió a la concepción de un ser infinito y espiritual que nace, muere y renace. Su espíritu anhelaba “un entrar y salir” en la humanidad a fin de participar existencialmente en todos los procesos históricos y sentirse protagonista en todos los episodios de la historia universal. Este misterio palingenésico del hombre y el universo es lo que pondrá de manifiesto la Nueva Poesía, la excelsa Gaya Ciencia de los grandes poemas humanos y sobrehumanos. La Nueva Poesía tal como la sintieron Hugo, Whitman, Goethe, Nervo, Capdevila y tantos ilustres poetas más le revelará a la humanidad que sin “vidas sucesivas” del Ser todo estará desvinculado en el gran proceso de la Creación. En cambio, con un hombre palingenésico, con un Ser que nace, muere y renace, todo se une y enlaza en el universo. La historia se presenta como un proceso universal determinado por el “proceso individual” de los espíritus reencarnados. Y Víctor Hugo cantó ese constante renacimiento de las almas para que el hombre comprenda que él está siempre presente en los vastos escenarios de la historia. En el poema El aparecido de su libro Las Contemplaciones la idea del regreso palingenésico de los espíritus está dramáticamente descrita. Se refiere a una madre que feliz y contenta adoraba a su hijito, con quien soñaba un venturoso porvenir. Pero un día, dice el poeta, que “ese gavilán que se llama el croup penetró bruscamente en aquella morada feliz, y arrojándose sobre el niño, le cogió por la garganta”. La infortunada madre al verse sin su adorado hijo, destrozado por las garras de la muerte “permaneció tres meses inmóvil, con las miradas fijas, murmurando un nombre ininteligible y mirando siempre en la misma parte de la pared”. Más adelante el poema continúa: “Transcurrió el tiempo; pasaron días, semanas y meses, y luego aquella mujer conoció que iba a ser madre por segunda vez”. Cuando advino al mundo el nuevo niño, la madre “palideció y lanzó un grito: -¿Quién es este ser extraño? - exclamó. Después cayendo de rodillas, añadió: -“¡No, no lo quiero; tendrías celos, mi querido dormido, y me harías cargos, porque creerías que te habría olvidado y que otro ocupaba tu lugar; mi madre le quiere, le encuentra hermoso, se ríe con él y le besa; pero yo, yo estoy en la tumba! ¡No lo quiero, no¡ Así le hacía hablar su dolor profundo”. “Cuando amaneció -prosigue el poema-, al ver su esposo que era padre de otro hijo, exclamó alborozado: ¡Es niño! Pero el esposo era el único que estaba alegre en la casa; la madre permaneció estando triste, sin olvidar un instante al otro niño muerto. Le trajeron al recién nacido, dejó que se lo acercasen y lo acercó a su pecho; pero de pronto, pensando sin cesar menos en el nuevo hijo que en el perdido, preocupándose menos de sus mantillas que del sudario, exclamó: -¡Aquel ángel está solo en el sepulcro! Pero por un milagro que le devolvió la dicha, oyó aquella madre que el recién nacido hablaba en sus brazos. con voz que le era muy conocida, y que le decía muy bajo: ¡Soy yo!. . ., ¡pero no lo digas!” En efecto, el primer niño fallecido había regresado por la gran ley de la reencarnación. El ser llorado e invocado tan desesperadamente había vuelto a las entrañas de su madre y a través de ellas había renacido para calmar su dolor y proseguir así su ciclo de crecimiento espiritual. Con este poema Víctor Hugo venció las negruras de la tumba y le dijo a la cultura filosófica de su tiempo que el hombre es una entidad inmortal que “encarna y desencarna” a fin de alcanzar estados superiores y divinos. De ahí que en ese mismo poema le dio a la maternidad un nuevo significado filosófico y religioso, cuando expresa: “¡Oh, madres! La cuna comienza con la tumba. La eternidad encierra más de un divino secreto”.
HUMBERTO MARIOTTI | ||||||
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