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: EL ETERNO MENSAJE DEL MONTE   Lista de mensajes  
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EL ETERNO MENSAJE

DEL MONTE

León Tolstoi

 

Presentación.

 

"En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios. Él estaba en el principio con Dios. Todas las cosas fueron hechas por intermedio de él, y sin él nada de lo que fue hecho se hizo. "

 

(Juan, Cap. l : versículos 1 al 3)

 

Desde los tiempos en que yo peregrinaba por el Planeta, en mi última encarnación, cuando viví en una bella región de la "Santa Rusia", denominada lasnaia  Poliana, tan grata a mi corazón, me sentía poderosamente atraído por la figura del dulce Nazareno que un día habitó la Tierra, dejando a los hombres la herencia de su Evangelio, notable código de contenido moral insuperable, enseñanzas cuya estricta observancia serían suficientes para transformar nuestro Orbe en un bendito mundo de paz y de prosperidad, bajo las divinas leyes de Amor, Justicia y Caridad.

 

Muchas veces, sentado en la baranda de la residencia, apreciando la puesta del sol-que en mi tierra natal se reviste de poética belleza-, o caminando por las plantaciones de la propiedad rural perteneciente a nuestra familia, me perdía en divagaciones teniendo la excelsa imagen de Jesús de Nazaret como foco central de mis devaneos. Me parecía verlo en medio del pueblo en las más bellas prédicas, ocasiones en las que tejía las sencillas parábolas que se perpetuarían en el tiempo y en el espacio orientando a las criaturas humanas.

 

Confieso que la figura del Cristo ejercía tan grande fascinación sobre mí que parecía ganar vida y colorido, movimiento y sonoridad. Todo aquello me era extremadamente familiar y, por las vías de la intuición, yo "sentía" que había vivido allá, en aquella época; que conociera al humilde carpintero galileo, que oyera los mensajes de su boca y cuya voz repercutía indeleblemente aun en mis oídos.

 

Hoy, como habitante de la Espiritualidad y ciudadano del Universo, "sé" que estuve "allá". Los archivos psíquicos me mostraron eso sin sombra de duda. Sin embargo, en la ocasión, no aproveché la gran oportunidad que me fuera concedida por Dios, lo que lamenté y sufrí por los siglos futuros en dolorosas encarnaciones, pues el Espíritu eterno reconocía que fallara, y la conciencia despertando no le concedía paz.

 

Así, siempre tuve el impulso de escribir sobre las vidas de cuántos estuvieron con Jesús en aquella época, de cuantos convivieron con él y fueron conquistados por el suave y, al mismo tiempo, revolucionario mensaje, que repercutiera en sus Espíritus haciendo que se transformasen a la luz del Evangelio Redentor.

 

Especialmente el Sermón del Monte, que considero la más extraordinaria pieza oratoria que jamás oí, el más bello poema que haya sido dado escuchar a alguien. (...)

 

Escribo sin ninguna pretensión literaria, que ahora considero de menor interés para el ser inmortal, ante el crecimiento interior al que debe propender el verdadero discípulo de Cristo, candidato a trabajador en su mies. Me confieso humildemente agradecido al Maestro Mayor por la oportunidad de poder servir en su nombre.

 

No obstante, la grandiosidad de aquél que vino a la Tierra y que fue conocido como JESÚS DE NAZARET, sólo será reconocida con el paso del tiempo y la consecuente evolución del género humano, tal como escribió inspirado el apóstol Juan, en el capítulo 1, versículos 4 y 5:

 

"En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz resplandece en las tinieblas, y las tinieblas no prevalecerán contra ella"

 

El Paralítico

 

"Pues, todo cuanto queréis que los hombres os hagan, haced vosotros a ellos; porque esta es la ley y los profetas. "

 

(Mateo, Cap. 7: versículo 12)

 

Hace mucho tiempo, en Judea, vivía un joven llamado David. Naciera sano, tuviera una infancia alegre y descuidada y la juventud llena de placeres y diversiones.

 

Era fuerte, bonito y elegante, razón por la cual las mujeres se apasionaban perdidamente por él. Pero, en una mañana de invierno despertó con cierta debilidad en las piernas, acompañada de horribles dolores que lo obligaron a permanecer en el lecho.

 

Al cabo de una semana, intentó levantarse, mas no lo consiguió. Los médicos, consultados, le recomendaron tisanas, ungüentos, baños y masajes; pero nada de eso fue eficaz para aliviarle la dolorosa situación.

 

David, al percibir que ya no podría tener una vida normal como cualquier otro joven de su edad, se dejó dominar por incoercible desesperación. Lloró mucho, debatiéndose en angustias inenarrables. Con todo, después de algunos meses, se conformó con lo que no podría cambiar: estaba paralítico. La alegría desapareció de su vida, tornándose una persona triste y melancólica.

 

A pesar de la desgracia que lo alcanzara en pleno florecimiento de las esperanzas, poseía un corazón bien formado y sentía piedad de las otras personas, no obstante su propio sufrimiento.

 

En cierta ocasión oyó hablar de un profeta, que andaba curando ciegos y sordos, cojos y estropeados, endemoniados* y hasta leprosos, y se tomó de vivo interés por conocerlo.

 

Al ser informado de que ese hombre-conocido como Jesús de Nazaret, un carpintero galileo -se aproximaba a su ciudad, deseó ardientemente ir a su encuentro. También quería ser curado por él, como ya ocurriera con tantas personas.

 

De familia muy pobre y sin recursos para alquilar un carruaje que lo transportase más confortablemente, suplicó a su hermano mayor, Jacobo, que improvisase una camilla y lo llevase al encuentro del carpintero galileo.

 

Al principio, el hermano se negó. No creía en milagros y temía alimentar falsas esperanzas en David, pues sabía que su enfermedad era irreversible. Sin embargo, éste insistió tanto que él acabó accediendo.

 

Salieron al otro día muy temprano, acompañados de otras personas que también deseaban conocer al rabí. Por el camino iban encontrando más gentes, muchas de ellas enfermas, que se dirigían para el mismo lugar donde estaría Jesús. Al aproximarse al sitio, avistaron a gran número de personas.

 

--------------------------------------

(*) Entiéndase por "endemoniado" cualquier persona obsesa, esto es, criatura humana encarnada, sujeta, a través de vínculos espirituales, a Espíritu desencarnado inferior y vengativo, u obsesor.

 

Bajo intensa expectativa, se acomodaron lo mejor posible, dadas las circunstancias, y se quedaron también esperando.

 

Una incontable multitud de criaturas enfermas y necesitadas se aglomeraba allí: ciegos, sordos, mudos, paralíticos, leprosos, en fin toda la escoria del mundo. Todos traían estampada en el rostro la secreta esperanza de ser curados por el profeta Nazareno.

 

Al lado de David, un pobre infeliz también aguardaba como tantos otros. Se pusieron a conversar y David llegó a saber que Jonás, además de paralítico, también era ciego. Completamente tomado por una enfermedad que, en poco tiempo, lo redujera a aquella condición atroz. Tan solo conseguía oír y hablar. Nada más.

 

David sintió profunda compasión por el pobre hombre que estaba allí casi en la condición de un vegetal. El, David, por lo menos podía mover los brazos a voluntad, hacer alguna tarea con las manos, ayudando a Jacobo en el mantenimiento de la casa; veía y apreciaba lo que acontecía a su alrededor, participando de todo. Sólo no podía andar con sus propias piernas. Imaginó como debía ser triste la vida de Jonás, sumergido en las tinieblas eternas.

 

En ese momento el ruido de la turba indicó que el profeta se aproximaba, y ellos se callaron.

 

De donde estaban, podían ver toda la gente que se agitaba sufrida y ansiosa.

 

La figura majestuosa que asomó de la multitud dejó a David muy impresionado. Al caminar, posó su mirada en el pueblo, que se aquietara por completo.

 

Vestíase con mucha sencillez, con una túnica de tejido rústico. Los cabellos castaños, repartidos a la nazarena, descendían hasta los hombros, y traía tanta paz y ternura estampadas en el rostro que David se enterneció. Al ver aquellos ojos que eran dos pedazos de un cielo muy azul, el joven sintió ímpetus de arrodillarse a los pies del maestro galileo, no lo pudo hacer debido a sus precarias condiciones físicas, que no lo permitían.

 

El profeta comenzó a hablar con voz tierna y acento inolvidable. Bajo la suave brisa que soplaba. David sintió inmensa paz invadiéndole el corazón.

 

Mientras Jesús hablaba, la gran masa humana se dejaba prender bajo el magnetismo de aquella figura extraordinaria.

 

"Bienaventurados los humildes de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados." (*)

 

El llamado del Rabí a todas las criaturas tristes y desesperadas repercutió en el alma de David, sensibilizándolo hasta las lágrimas. Miró a su alrededor y vio que muchos de los que allí estaban, al igual que él, también lloraban emocionados.

 

Y Él continuó hablando y explicando su doctrina al pueblo hambriento de consuelo y de paz. Cuando terminó su alocución, el Profeta Nazareno comenzó a atender, imponiendo las manos diáfanas sobre la cabeza de cuantos se aproximaban.

 

La multitud se agitó. Como todos deseaban acercarse del maestro, se formó un gran tumulto. Jesús curaba sin cesar, pero era muy difícil llegar hasta él. Las personas se apretujaban con ansias de ser atendidas. En la confusión que se estableciera, David consiguió aproximarse conducido por Jacobo. El Rabí curaba desde hacía horas y su fisonomía demostraba cansancio.

 

Un hombre que estaba siempre junto a él y que decían era uno de sus discípulos, un pescador de nombre Simón Barjonas, afirmó con voz muy fuerte:

 

-El Maestro necesita retirarse. Sólo atenderá a una persona más.

 

David sonrió. Estaba muy cerca del Nazareno y con certeza sería él el beneficiado.

 

En ese instante, mirando al lado, vio al pobre e infeliz paralítico Jonás, con quien estuviera conversando mientras aguardaba y por quien nutriera sincero afecto, y se sintió henchido de infinita compasión. El compañero ni siquiera podría tener la felicidad, que le fuera concedida, de ver la figura majestuosa del Maestro galileo, allí tan cerca, visto que, aparte de todo lo demás, era ciego.

 

Jesús dijera un poco antes: "Pues, todo cuanto queréis que los hombres hagan por vosotros, haced así vosotros también por ellos; porque esta es la ley y los profetas."

 

Buscó con la vista al Rabí de Galilea, que lo miraba con ojos serenos y tiernos. Las palabras oídas hacía poco de la boca de Jesús repercutían aún en sus oídos y sintió, en lo íntimo del alma, que el mensaje le sería suficiente para toda la vida. Ser curado ya no le parecía tan importante.

 

Sonrió al Maestro y se viró hacia el paralítico a su lado. Jesús lo entendió, sin necesidad de palabras.

 

Acercándose más, el profeta colocó la mano suavemente sobre la cabeza de David.

 

El joven sintió un nudo en la garganta y las lágrimas le inundaron el rostro, tal era la emoción que lo dominaba en aquel momento supremo. Entendió la lección y percibió que el Maestro aprobaba su gesto.

 

Enseguida, el rabí se dirigió a Jonás, que intentaba entender lo que estaba sucediendo en aquel momento a su alrededor e, imponiéndole la mano en la cabeza, le ordenó:

 

-¡Levántate y anda! Estás curado.

 

Bajo gritos de alegría, el hombre se levantó del lecho improvisado, exclamando:

 

-¡Aleluya! ¡Aleluya! ¡Estoy curado! ¡Estoy viendo! -y lloraba y reía, y reía y lloraba.

 

El Nazareno se alejó envuelto por la multitud y en poco tiempo el lugar quedó desierto.

 

David, aunque no había sido curado, retornó a casa satisfecho. Jacob no entendió lo que pasara ante sus ojos, considerando un absurdo que el hermano no hubiese aprovechado la oportunidad que tuviera, estando tan cerca de Jesús.

 

David permanecía callado y pensativo durante todo el trayecto de regreso a la aldea, ni siquiera se daba cuenta de las recriminaciones del hermano. Las palabras que oyera de la boca del Mesías (ahora no tenía ninguna duda de que lo fuese realmente) le propiciarían infinito consuelo y resignación ante los infortunios.

 

 Renunciara a la única oportunidad que tuviera de ser curado milagrosamente por el Maestro galileo, pero eso ahora ya no le parecía que tuviese tanta importancia. Una nueva luz le naciera en lo íntimo clarificando la comprensión de sus problemas.

 

Regresó a su localidad resignado y dispuesto a proseguir soportando la enfermedad, confiando en aquel Dios que era todo amor y misericordia, al cual Jesús se refiriera.

 

Al llegar a casa, cuando el hermano Jacobo lo ayudaba a dejar la camilla improvisada para acomodarse en el lecho. David percibió lleno de júbilo - ¡oh!, ¡maravilla! -, que también podía andar. Pues, de igual manera, había sido curado, merced a la infinita bondad de aquel Maestro Jesús, que era todo compasión por los sufridores.

 

En ese momento, profundamente emocionado, David recordó las palabras que él le dijera y que permanecerían grabadas en su Espíritu para siempre:

 

-"HAZ A LOS OTROS TODO LO QUE QUIERAS QUE ELLOS TE HAGAN."

 

(Transcripto del libro El Eterno Mensaje del Monte, León Tolstoi, autor espiritual, Celia Xavier de Camargo, médium psicográfica. Primera edición, Casa Editora O Clarim - marzo de 1999, páginas 11 a la 13. 19 y 22 a la 27)

 

ANUARIO ESPIRITA 2004.



Vie, 2 de Nov, 2007 8:51 am

mari_luzespi...
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MariCarmen
mari_luzespi...
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2 de Nov, 2007
8:52 am
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