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LA CREENCIA EN DIOS Jaén, 15 de enero de 1935.   Lista de mensajes  
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         m. p.

 

LA CREENCIA EN DIOS CONFIRMADA CON EL CONOCIMIENTO DE LAS LEYES ESPIRITISTAS

CONSEJOS A UN NUEVO HERMANO

 

 

 

 

La paz sincera, y si pudiera ser eterna, ansía mi alma para vosotros: He observado que os ha movido el ánimo de procurar un nuevo vástago, aunque ya algo iniciado, no en una doctrina positivista, no en un dogma acomodaticio, no en una expresión vaga de un conjunto de filosofías de un sector de la humanidad, no en una extensión de politeístas, no en una fugaz y efímera doctrina basamentada en suposiciones y supersticiones, sino en el conocimiento de las Leyes Espirituales, que tienen que ser úni­cas y por consiguiente, universales y que harán que la humanidad sea de un mismo pensar, un mismo decir y un mismo hacer.

 

Si nos remontamos a tiempos de los vuestros prehistóricos, catalo­gando, aunando acontecimientos, podemos observar que la intuición del hombre en la existencia de Algo Superior fue, en principio, vaga, seguida después de una certidumbre más exacta. Que en todas las épocas, en todos los acontecimientos, aunque el hombre haya querido desvirtuarlos, ha habido una razón poderosísima, una muestra inequívoca, una visualidad recta, perceptible de una manera luminosa e intuitiva, que ha ocupado la prominencia de vuestro cerebro, en él y el alma y en el alma esa creencia en un Ser Superior a todos nosotros, que se define con la palabra DIOS. Pero he aquí, hermanos míos, que como Dios es indefinido e indefinible, la humanidad ha tenido que usar sofismas, anatematizaciones y ha tenido que formarse una incompleta comprensión, que desvirtuada, además, por el egoísmo y la avaricia que aún envenenan profundamente a la humanidad, ha estado muy reacia a profesar de una manera rotunda y de convicción, la excelencia, el poder, la magnitud, la sabiduría, el amor; esa virtud inefa­ble, esa ciencia incognocible para el hombre y esa grandiosidad que nunca, en vuestro mundo ni en el nuestro, ha podido inventarse palabra que lo circunscriba ni pensamiento que lo conozca; ese excelso ser, esa grandio­sidad que imaginativamente todos procuramos definir y que no llegaremos a conocer mientras no seamos mucho más puros, es la palabra DIOS; no dicha con los labios, sino sentida por el alma y que repercuta ese senti­miento en el corazón. Y una vez que, lo mismo que la mujer pulsa el arpa, a nosotros nos pulse la sensibilidad de nuestro corazón y saque por los colores y las radiaciones de nuestros sentimientos la palabra DIOS, expre­sada por los labios y sentida con el corazón y el alma. Y cuando tal haya­mos conseguido, cuando tal hayamos empezado a sentir, iremos dándonos cuenta exacta que hemos dado un paso decisivo en nuestro progreso espi­ritual.

 

Me podréis decir y hacer muchas objeciones. Sería mi complacencia poderlas contestar, pero como creo que no tendremos necesidad de usar la expresión controvertida, vamos a exponer entre nosotros mismos las razones que existen para afirmar la existencia de DIOS, si yo tuviera la suerte de no molestares.

 

-Todo lo contrario, hermano; nos encanta tu exposición -se le con­testa.

 

-El hombre, piense como piense, tiene una razón poderosísima para en ninguna circunstancia negar a Dios:

 

1.° Porque cuando el hombre, en el siglo en que pasáis, que domina en alto grado la ciencia, observa que cuanto va descubriendo se halla den­tro de leyes creadas de antemano, es porque hay algo muy por encima de él, que con una antelación incalculable las hizo existir para que el hombre, con su esfuerzo e inteligencia, las descubriese para su bienestar y progreso.

 

2.°     Si el hombre observase a sí mismo y ve que su materia está regida por unas leyes, que esas leyes tienen que estar regidas por otras supe­riores y que, por consecuencia, todo efecto tiene su causa; si hay un efecto que es superior a su capacidad de creación, tiene que haber una causa más superior todavía. Si es un poco analizador e investigador y se preocupa, en esos momentos que tan continuamente desperdiciáis, se pre­ocupa, repito, de mirar al cielo que es su eterna patria, observará magni­ficencias constelares, atracciones eternas, mundos que radican en inmen­sas órbitas regidos por la fuerza; la fuerza por una ley eterna, que esa ley es un efecto que ha tenido su causa. Si contempla esas perlas divinas que adornan vuestro cielo en esas noches apacibles del verano; si atenta­mente profundiza en su observación descubriendo esas lejanísimas gala­xias o esos cometas que pasan velozmente por vuestro radio óptico y os dan un adiós eterno; esos brillantes azulados que llenan vuestra bóveda celeste, que dicen: aquí hay otros mundos, aquí hay otros soles y, en cam­bio, está el mismo DIOS vuestro; igualmente, si observáis las diferentes transformaciones o cambios de su corteza terrestre de vuestro planeta, podréis sacar la lógica consecuencia de que esos cambios son efectos consecuentes a causas superiores. Si seguís siendo observadores, admiraréis la perfección y excelsitud de vuestra flora, sus bellos colores, delicados  perfumes y combinaciones anatómicas admirables, y si, por fin, observáis detenidamente las maravillas y desenvolvimiento de cuanto existe en el microcosmos, después de haber observado el inmenso del macrocosmos, podréis asentar, sin miedo a equivocaros, que todos esos efecto tienen sus magistrales causas y, por consiguiente, en todos esos acontecimientos, en todas esas realidades y en todas esas creaciones, la mano de Dios está presente, que es innegable, que nada tiene que aprender por que todo lo sabe; que somos todos seres finitos, que estamos protegida por el infinito Padre de todas las cosas. Y cuando hayáis meditado catalogado en vuestro cerebro, herido por los panoramas ópticos que han pasado por vuestra mente, comprobaréis ahí una MANO MAESTRA sin  límites, un Arquitecto sublime que todo lo ha creado, y apreciaréis, en fin que, poco a poco, la luz va reemplazando a las tinieblas y las religiones se van modificando y volviendo a su pureza primitiva, so pena de desaparecer, porque la humanidad tiene ya percepciones para digerir (permitirme la frase) las nuevas ideas espiritualistas, producto de las mismas leyes, sepultándose progresivamente lo viejo, incongruente e irracional, podría­mos decir, para resurgir, orlada con la razón, la verdad cristiana, que ha de ser universal merced al conocimiento de la ciencia Espiritista.

 

-¿Os molesto?

 

-De ninguna manera; te oímos con mucha atención -se le contesta.

 

 -No es mi costumbre personalizar un consejo, que al partir de mí es humilde, sincero y en él pongo todo mi corazón, pero esta noche, haciendo una excepción en mi costumbre, me voy a permitir, rogándoos  intercedáis el perdón, darle ese humilde consejo a este hermano nuevo que nos está honrando con su presencia.

 

La ciencia espiritista es muy delicada. Antes de creerla es preciso sentirla y razonarla. No se puede en ella tomar de corrido como en otras filosofías o religiones. Hay que abstenerse de emitir un pensamiento sin antes hacer una pregunta íntima a vuestra conciencia, si es o no razonable lo que vais a exponer.  Es preciso sostener una capacidad inquebrantable y mantenerla con la fe, Leer, sí, pero no leer letras; leer lo que quieren decir las letras. Estudiar muy despacio, y a la vez que estudias ese amigo mudo del libro que casi nunca miente, estudiares vosotros con él e identificares, siempre siendo un poco escrupulosos en cuanto leáis. Y si a pesar de ello veis que la razón que radica en vosotros, ineludiblemente, os flama y os induce a que creáis más lógico aquello que otra cosa, entonces entre­gares de lleno al estudio. Tener la seguridad, hermanos, que él os irá mar­cando el derrotero a seguir, pero sin precipitaciones y sin creer todo lo que os digan, sino catalogando y analizándolo detenidamente. Y cuando hayáis hecho un escrutinio general de una de las cosas que os hayan dicho o hayáis estudiado, entonces ir escogiendo con las pinzas de vuestra con­ciencia lo que veáis razonable. Y como, sin duda, encontraréis la lógica en esas cosas, entonces, y sólo entonces, haceos propósito de fe en esta ciencia, en la seguridad de que cuando la hayáis asimilado estará vuestra alma preparada para concepciones más elevadas, para comprensiones de más envergadura y, por consiguiente, para la tranquilidad de vuestro espí­ritu en los fenómenos que quizá en vosotros mismos pudieran desarrollarse.

 

Y siendo así un alumno consciente y tomando metódicamente estos estudios, observaréis cómo vuestra alma toma una tranquilidad y un bien­estar asombrosos veréis como flores las lágrimas y las encontraréis lejos de la desesperación y más razonables. Los sufrimientos morales que os aquejen los tomaréis con la dulzura y la resignación del héroe, y compro­baréis, en fin, cómo en vuestros actos y en vuestras palabras dais un sentimiento profundo, no anatematizando para que no os anatematicen y, de este modo, no os podrán decir que sois filósofos sin filosofía, sino que filosofáis con vosotros mismos y os habéis acostumbrado a rectificar vuestros defectos, antes que intentar rectificárselos al hermano. Esa es la ley y esa es la razón que debe imperar en vosotros. Si así empezáis el estudio, tener la seguridad, hermanos, que la cultura espiritual vuestra aumentará considerablemente y afrontaréis los acontecimientos con una óptica muy distinta. Y haciéndoos observadores conscientes de la creación, que es el libro abierto que tenemos para el estudio, descubriréis que sobre todas las cosas está DIOS y después Sus mensajeros, que son los espíritus superiores que os ayudan y dirigen la materia que con tanto trabajo lleváis en vuestra odisea por la tierra.

 

Esa paz que os deseaba al principio os sigo deseando. Que con vuestra alma esté la alegría y la satisfacción del deber cumplido, y cuando con esa bella luz que adorna la conciencia que ha sabido realizar su deber, os dispongáis al reposo, elevar una plegaria al Padre, digna de vuestro amor y llena de arrepentimiento, por si hubieseis, impensadamente, come­tido alguna falta. Al hacerlo así observaréis cómo vuestra alma se tran­quiliza, y al marcharse momentáneamente de vuestro cuerpo durante el sueño, se dirigirá a focos de luz que la elevarán y fortalecerán para que en el nuevo día que se abre a todos y, al besaros esa fuente de energía Divina que es el Sol, comencéis nuevas y bellas acciones con fructíferos resultados, como sois vosotros dignos de hacerlas.

Vuestro guía, DEMEURE.

 

 

Extraído del libro Desde La Otra Vida.

 

GRUPO ESPIRITA LUZ CIENCIA Y AMOR.

 

Manuel Uceda Flores.



Do, 2 de Mar, 2008 11:04 am

mari_luzespi...
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MariCarmen
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2 de Mar, 2008
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