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Juliana-María, la mendiga   Lista de mensajes  
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Juliana-María, la mendiga


 

Juliana-María, la mendiga

 

En el pueblo de Villate, cerca de Nozai (Loira inferior) había una pobre mujer llamada Juliana-María, anciana achacosa, que vivía de limosna. Un día cayó en un estanque, de donde la sacó un habitante del país, M A..., quien la socorría habitualmente. Transportada a su domicilio, murió poco tiempo después de resul­tas del accidente. La opinión general fue que quiso suicidarse. El mismo día de su fallecimiento, el que la había salvado, que es espi­ritista y médium, sintió en toda su persona como un rozamiento de alguno que estuviera junto a él, sin explicarse, sin embargo, la causa. Cuando supo la muerte de Juliana-María, tuvo el pensa­miento de que quizá su espíritu hubiera venido a visitarle.

 

Según el parecer de uno de sus amigos, miembro de la Socie­dad Espiritista de París, a quien había hecho presente lo ocurrido, hizo la evocación de esta mujer con el fin de serle útil. Pero antici­padamente pidió consejo a sus guías protectores, de los cuales re­cibió la respuesta siguiente:

 

“Lo puedes y se alegrará, aunque el servicio que te propones prestarle le sea inútil. Es feliz y está consagrada a los que fueron compasivos con ella. Tú eres uno de sus buenos amigos, te deja poco y conversa muchas veces contigo sin tú saberlo. Tarde o tem­prano los servicios prestados tienen recompensa, si no para el fa­vorecido, para aquellos que se interesan por él, lo mismo antes que después de su muerte. Cuando el espíritu no ha tenido tiempo de reconocerse, otros espíritus simpáticos son los que manifiestan en su nombre su reconocimiento.

 

He ahí lo que te explica lo que has sentido el día de su falleci­miento. Ahora es ella quien te ayuda en el bien que quieres hacer. Acuérdate de lo que Jesús dijo: «El que ha sido humillado será elevado.» Tendrás todos los servicios que puede prestarte, si sólo le pides asistencia para ser útil a tu prójimo.”

 

Evocación. Mi buena Juliana-María, ¿sois feliz?. Eso es todo lo que quería saber, lo que no me impedirá pensar muchas veces en vos y no olvidaros nunca en mis oraciones.

R. Ten confianza en Dios, inspira a tus enfermos una fe since­ra, y saldrás bien casi siempre. No te cuides jamás de la recompen­sa que puedes tener, que será mucho mayor de lo que tú esperas. Dios sabe siempre recompensar como lo merece al que se dedica al alivio de sus semejantes, y lleva en sus acciones un desinterés completo. Sin esto todo es ilusión y quimera. Es necesario la fe ante todo, pues de otra manera nada se logra. Acuérdate de esta máxima y te admirarás de los resultados que obtendrás. Son la prueba de esto los dos enfermos que has curado. En las circunstan­cias en que se encontraban, con los simples remedios habrías sali­do mal.

 

Cuando pides a Dios permita a los buenos espíritus derramen sobre ti su fluido benéfico, si esta petición no te hace sentir un es­tremecimiento involuntario, es que tu oración no es bastante fer­viente para que sea escuchada. No lo es sino con las condiciones que te señalo. Esto es lo que tú has experimentado cuando has dicho desde el fondo de tu corazón: “Dios Todopoderoso, Dios misericordioso, Dios de bondad sin límites, escuchad mi oración y permitid a los buenos espíritus me asistan en la curación de... Tened piedad de él, Dios mío, y dadle la salud. Sin vos no puedo nada. Hágase vuestra voluntad.”.

 

Tú has obrado bien en no desdeñar a los humildes. La voz de aquel que sufrió y soportó con resignación las miserias de este mundo, es siempre escuchada, y como ves, un servicio hecho reci­be siempre su recompensa.

 

Ahora, una palabra sobre mí, y ésta te confirmará lo que he ex­presado antes.

 

El Espiritismo te explica mi lenguaje como espíritu. No tengo necesidad de entrar en detalles sobre este asunto. Creo también inútil explicarte mi existencia precedente. La posición en que tú me has conocido en la Tierra debe hacerte comprender y apreciar mis anteriores existencias, que no fueron siempre sin reproche. Llevando una vida de miseria, achacosa, y no pudiendo trabajar, mendigué toda mi vida. No adquirí ningún tesoro. En mi vejez, mis pequeñas economías se limitaban a un centenar de francos, que reservaba para cuando mis piernas no podrían llevarme.

 

Dios ha considerado mi prueba y mi expiación suficientes, y ha puesto un término a ellas, libertándome sin sufrimiento de la vida terrestre, porque no me he suicidado, como se ha creído en un principio. He muerto de repente sobre el borde del estanque, en el momento en que dirigía mi última plegaria a Dios. La pendiente del terreno fue la causa de la presencia de mi cuerpo en el agua.

 

No he sufrido: soy feliz por haber podido cumplir mi cargo sin trabas y con resignación. Me hice útil, en la medida de mis fuerzas y de mis medios, y evité hacer mal al prójimo. Hoy recibo la re­compensa, y doy gracias a Dios, nuestro divino Señor, quien en­dulza la amargura de las pruebas haciéndonos olvidar, durante la vida, nuestras antiguas existencias, y pone a nuestro encuentro almas caritativas para ayudarnos a soportar la carga de nuestras faltas pasadas.

 

Persevera también tú, y como yo, serás recompensado. Te doy las gracias por tus buenas oraciones y por el servicio que me has prestado. No lo olvidaré jamás. Otro día nos volveremos a ver y sabrás muchas cuestiones que por ahora te sería superfluo saber­las. Basta que sepas que te soy adicta del todo, y que estaré siem­pre cerca de ti cuando tengas necesidad de mí para aliviar al que sufre.

 

La pobre buena mujer Juliana-María

 

Habiéndose evocado en la Sociedad de París el 10 de junio de 1864, el espí­ritu de Juliana-María dictó la comunicación siguiente:

 

“Gracias por haber tenido la bondad de admitirme en vuestro centro, querido presidente. Habéis conocido que mis existencias anteriores eran más elevadas como posición social. Si vine a sufrir esta prueba de la pobreza fue para castigarme de un vano orgullo, que me había hecho rechazar al que era pobre y miserable. Enton­ces sufrí esta ley justa del Talión que me hizo la más horrible men­diga de esta comarca, y para probarme la bondad de Dios, no era rechazada de todos, como yo temía. También he soportado mi prueba sin murmurar, presintiendo una vida mejor de donde no debía volver a esta Tierra de destierro y de calamidad.

 

¡Qué felicidad el día en que nuestra alma, joven todavía, pueda entrar en la vida espiritual para volver a ver los seres que ama!, porque yo también he amado, y soy dichosa en haber vuelto a encontrar a los que me han precedido. Gracias al bueno M A... que me abrió la puerta del reconocimiento. Sin su mediumnidad no podría darle las gracias, probarle que mi alma no olvida las di­chosas influencias de su buen corazón y recomendarle propague su divina creencia. Está llamado a conducir almas extraviadas, que esté bien persuadido de mi apoyo. Si puedo le volveré el cén­tuplo de lo que me ha dado instruyéndome en la vía que seguís. Dad gracias al Señor por haber permitido que los espíritus pudie­sen daros instrucciones para alentar al pobre en sus penas, y detener al rico en su orgullo. Sabed comprender la vergüenza que hay en rechazar un desgraciado. Que yo os sirva de ejemplo, a fin de evitar el ir como yo a expiar vuestras faltas en esas dolorosas posi­ciones sociales que os colocan tan bajo, y hacen de vosotros la es­coria de la sociedad.”

 

Juliana-María

 

Habiéndose transmitido esta comunicación a M A..., fue confirmada por la que obtuvo por su parte, que es la que sigue:

 

P. Mi buena Juliana-María, puesto que tenéis a bien ayudar­me con vuestros buenos consejos a fin de hacerme progresar en la vía de nuestra divina doctrina, ¿queréis comunicaros conmigo para aprovecharme de vuestras enseñanzas?.

R. Acuérdate de la recomendación que voy a hacerte, y no te apartes jamás de ella. Sé siempre caritativo en la medida de tus re­cursos. Tú comprendes lo bastante la caridad tal como se debe practicar en todas las posiciones de la vida terrestre. No tengo ne­cesidad de venir a darte una enseñanza sobre este objeto. Tú mismo serás el mejor juez, siguiendo, no obstante, la voz de la conciencia que no te engañará jamás, cuando la escuches sincera­mente.

 

No te engaño sobre las misiones que debes cumplir. Pequeños y grandes tienen la suya. La mía ha sido penosa, pero merecía se­mejante castigo por mis existencias precedentes, como he ido a manifestarlo al buen presidente de la Sociedad madre de París, a la cual os reuniréis todos un día. Este día no está tan distante como piensas. El Espiritismo marcha a paso de gigante, a pesar de todo lo que se hace para ponerle trabas. Marchad, pues, todos sin temor, adeptos a la doctrina, y vuestros esfuerzos serán coronados con el triunfo. ¡Qué os importa lo que se diga de vosotros! Haceos superiores a la crítica insolente que recaerá sobre los adversarios del Espiritismo.

 

¡Orgullosos! Se creen fuertes y piensan abatiros fácilmente. Vosotros, mis buenos amigos, estad tranquilos, y no temáis medi­ros con ellos. Son más fáciles de vencer de lo que creéis. Muchos de entre ellos tienen miedo y temen que la verdad venga por fin a deslumbrarles. Esperad, vendrán a su vez a ayudar al corona­miento del edificio.

Juliana-María

 

Cualquiera que medite las palabras de este espíritu en estas tres comuni­caciones encontrará una porción de enseñanzas. Todos los grandes principios del Espiritismo se encuentran reunidos en ellas. Desde la primera, el espíritu demuestra su superioridad por su lenguaje. Semejante a un hada benéfica, esta mujer resplandeciente hoy día, y como metamorfoseada, viene a prote­ger a aquel que no la desechó cuando vestía los harapos de la miseria.

 

Es una aplicación de estas máximas del Evangelio: “Los grandes serán hu­millados y los pequeños serán elevados. Bienaventurados los humildes. Bie­naventurados los afligidos, porque serán consolados. No menospreciéis a los pequeños, porque aquel que es pequeño en este mundo, puede ser más gran­de de lo que creéis.”

 

El cielo y el infierno.

Allan Kardec



Vie, 29 de Ago, 2008 1:50 pm

ramatis73
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Jacob C. Sanchez
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14 de Sep, 2004
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Jacob.C.Sanchez
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18 de Sep, 2007
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Jacob.C.Sanchez
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