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DIOGENES GIUNCHETTI ROSIN

 

 

  

EL DIARIO ESPIRITUAL

 

S de noviembre de 1966.

 

 

 

 

 

 

 

Hoy hace cuatro meses que perdimos a nuestros hijos. Si Diógenes estuviera vivo, habría cumplido ayer diecisiete años.

 

Desde que ellos desencamaron, ando peregrinando con mi esposo, haciendo todo lo posible para salvarlo de la angustia. Él, por desgracia, todavía no posee la fe viva que me anima y que me da la certeza del reencuentro.

 

Espero con paciencia, pero con gran ansiedad, el día de mi partida para el Más Allá. No obstante, procuro sufrir lo menos posible, sustituyendo el dolor por la oración y por el servicio activo posible. No quiero abreviar mi vida terrenal con el sufrimiento, pues sería un suicidio lento, que no deja de ser un crimen, y prolongo naturalmente ese reencuentro tan deseado.

 

Será, bien lo sé, el día más feliz para mi espíritu, pero espero con resignación la voluntad de Dios.

 

En el momento en que escribo esta líneas, nos encontramos nuevamente en Lindóia.

 

Sufro por estar separada de mis padres, hermanos y demás familiares, que tanto me han amparado en este dolor, pero si Dios quiere, cumpliré mi misión hasta el fin.

 

Aquí, recibí hoy una gran lección espiritual, por mi interpretación, de un trecho del mensaje enviado por mi inolvidable Drausio.

 

Refiriéndose al hermano, él dice: "Diógenes está bien. No obstante, es el corazón juvenil que todos nosotros conocemos".

 

¡Quedé preocupadísima! Tuve temor de que él no estuviese progresando. Me olvidé de que él "está bien", lo que, naturalmente, quiere decir que estaba muy bien amparado, recordándome, sólo, lo del "corazón juvenil que todos conocemos".

 

Así, consciente de que el único medio de que dispongo para ayudarlos es la oración, oraba todo el día pidiendo a Dios que permitiese que Diógenes progresara como su hermano.

 

Me olvidaba de que él había estado menos tiempo en la Tierra, y que por tanto, había tenido menos oportunidad de perfeccionarse; que solamente había vivido dieciséis años y medio; que mis lecciones no podían ser integralmente asimiladas por un joven cuyo cerebro se hallaba todavía en desarrollo; que en relación con su edad, él había aprendido mucho, pues era obediente, bueno, sincero y jamás mentiroso; que estudiaba en contra de su voluntad, solamente para proporcionarme alegría.

 

Olvidaba así, de todo ese bagaje que él llevara, y de que naturalmente Dios lo compensaría, me quedé muy afligida.

 

¡Qué importante es saber orar! Pues a pesar de toda mi fe, del estudio que he hecho de la Doctrina Espirita, aún así tengo mucho que aprender. ¡Casi perjudiqué a mi hijo!

Es lo que vine a saber, con una revelación que tuve hoy.

 

Me mostraron, en pleno día, un periodiquito espiritual, en el que estaba impresa, una columna entera, dedicada a mi querido hijo Diógenes.

 

Contenía muchas palabras de elogio referentes a él, pero no pude retenerlas todas. Sólo me recuerdo que decía que Diógenes estaba eti estudio profundo de la espiritualidad, en una escuela del Más Allá, y que, con tanto amor, casi lo había perjudicado.

 

El periódico decía, poco más o menos, esto: "Y la madre, llevada por el exceso de amor maternal, quería el mismo grado de evolución para los dos, olvidándose de que, tanto en la Tierra como en el Espacio, somos útiles los unos a los otros. Esto suscitó comentarios en el Espacio, entre espíritus de poca evolución. Llegaron hasta a hacer apuestas sobre que él no regresaría a las aulas, yendo ellos a reunirse a la puerta de la escuela, para enterarse del resultado.

 

"Pero como siempre, allí se dirigió Diógenes, mostrando firmeza de carácter y de convicción de lo que estaba haciendo. Su voluntad de progresar, sirvió de lección a los mal intencionados y a los haraganes".

 

¡Oh, Padre Celestial! Perdóname si el amor me llevó a errar, y, sobre todo, ¡ampara a mi hijo! ¡Que desde aquí yo pueda hacerle sentir todo mi amor, toda mi gratitud, por la felicidad que me proporcionó mientras estuvo en la Tierra! Espero, ¡oh Dios! Que en el día de nuestro reencuentro, pueda abrazarlo pidiéndole perdón.

 

Después, como sucedió otras veces, me vi, en espíritu, en la casa de mi hermana Nena, contándole todo lo sucedido.

 

Ella, que era madrina de Diógenes, quedó muy entusiasmada, y me preguntó: "¿Quién era el mensajero que te mostró el mensaje?"

 

 

Le respondí que no lo sabía. Pero, volviendo en mí, oigo la voz del amigo de la Vida Mayor que se presentó: "Lázaro".

 

 

Gracias Te doy, ¡oh Padre Celestial! Por permitir que me orienten.

 

 

 

Te agradezco, también, que me permitas saber que mi inolvidable Diógenes, continúa estudioso como siempre, consciente de que, como en la Tierra, el estudio en el Más Allá se hace también necesario.

 

A ti, querido hijo, mi gratitud, pues por vez primera en el día de tu aniversario, eres tú quien me trae el presente. ¡Y qué presente! El más valioso de toda mi vida. La certeza de que estás progresando.

 

¡Que Dios te bendiga, Diógenes!

 

PÉRDIDA DE SERES QUERIDOS



Do, 7 de Sep, 2008 10:11 am

mari_luzespi...
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Mari
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