El Sublime Peregrino.

ASPECTOS DE JUDEA, GALILEA Y NAZARET EN LA ÉPOCA DE JESÚS
Pregunta: ¿Nos podéis dar una idea aproximada sobre Judea, en la época de Jesús?
Ramatís: Judea, en ese tiempo estaba habitada por varias razas, las que vivían peleando en base a conflictos interminables, que muchas veces terminaban en luchas sangrientas. Se regía bajo el yugo de Roma y estaba representada por los procuradores de la confianza de Tiberio, los que después de cierto tiempo, permanecían en el territorio conquistado. Actuaban inescrupulosamente, pues explotaban para sí mismos, los odios y desentendimientos entre los judíos, para regresar después a Roma con sus arcas repletas de oro.
Anualmente se llamaba a elección para ocupar el cargo de Sumo Sacerdote del Sanedrín, cuyo privilegio era disputadísimo entre las cuatro principales familias de Jerusalén. Ese puesto permitía rendimientos fabulosos y fortuna fácil, aparte de las cargas públicas que exigía el conquistador. Esas familias se movían solapadamente para alcanzar el poder del Sanedrín, promoviendo verdaderas guerras entre ellos .y que arrojaban muy buenos beneficios monetarios a las arcas del procurador romano. La lucha para alcanzar ese puesto era cruenta, se organizaban discordias, intrigas, traiciones y toda clase de ardides para llegar a esa codiciada posición. Hermanos, suegros, padres, e hijos cometían indignas bajezas y perfidias para tentar a la política rastrera y comprar el beneplácito del Procurador, que a modo de ave de rapiña conseguía fortuna fácil en esas provincias tan alejadas de Roma.
La clase sacerdotal vivía lujosamente gracias a las tasas e impuestos que las autoridades romanas imponían al pueblo sojuzgado. Las ofrendas y obligaciones religiosas hacia el Templo de Jehová, proporcionaban un excelente negocio con los animales y aves sacrificados, que más tarde se transformaban en un hermoso caudal de renta, pues se vendían por trozos y a buen precio. Las monedas y los metales preciosos hinchaban las arcas sagradas; los cobradores de tasas y los recolectadores de las grandes y pequeñas rentas se imponían al pueblo agotado por la sangría de Roma. Los infelices judíos pagaban tasas por el uso del agua, por el pan, la carne y cuanto alimento transportaban por los caminos; el tributo variaba conforme a las medidas del terreno ocupado y a la importancia del lugar que se había establecido en el perímetro de la ciudad. Todos los productos llevados al mercado sufrían tasaciones elevadas; los viñateros, cerealistas, labradores y artífices de todos los tipos y regiones estaban obligados a pagar en cada cruce o pasaje del río a los recaudadores la moneda para el César de Roma.
El pueblo, además de esa carga tributaria con el Imperio de Roma, tenía los impuestos de orden religioso, cuyas tasas para el Templo incidían desde la redención del pecador, la santificación del virtuoso, el advenimiento del recién nacido, la maduración de los primeros frutos, hortalizas y otras obligaciones sobre cosas de poca importancia, que terminaba por oprimir totalmente al pueblo. Tanto el tributo romano como el religioso eran obligatorios, siendo severamente punidos aquellos que se negaran a pagarlos. ¡Cuidado de aquel que no pudiera cumplir con la deuda en el plazo prefijado! Perdía su burrito, su vaca, su carnero, aves, el producto de sus viñedos, su campo y todo cuanto fuera posible decomisarle. Y, cuando no se tenía nada más para cubrir el impuesto aplastante e impiadoso del fisco romano y del Sanedrín, entonces le quedaba la prisión; y en ciertos casos, el trabajo de esclavo hasta liquidar la deuda, que no debía exceder de siete años.
También es cierto, que al pueblo le cabía un poco de culpa por esa situación en base a su fanatismo y vieja superstición religiosa, dejándose explotar hasta llegar a transformarse en materia prima de fácil especulación para los sacerdotes cupidos que eran amparados por los mañosos romanos. El Procurador de Roma siempre recibía, pues garantizaba la ejecución de las bulas y decretos forjados por la avidez de lucros, pero no dejaba de ser un vulgar rapiñaje religioso, hábilmente disfrazado como tributos devocionales.
Lo interesante es, que a pesar de la evolución de la idea religiosa, de lo avanzado de la ciencia y de la mayor comprensión sobre la realidad espiritual, todavía existen innumerables fieles que contribuyen para ese negocio tradicional del sacerdocio organizado, como es el mantenido por el Clero Romano moderno. Aunque las ofrendas religiosas o tasas para los templos de hoy es voluntaria, el negocio progresa día a día.
Tal como sucedía en la Judea en el tiempo de Jesús, hoy se cobran en las Iglesias tasas para el bautismo, casamientos, etc., etc. Al lado del templo, la librería vende escapularios, santos, rosarios y reliquias bendecidas por los sacerdotes. La organización progresa realizando campañas bulliciosas para el nuevo "vitraux", o la nueva torre de la iglesia o para revocar las paredes. Se pide el óbolo para promover acciones sociales en los barrios pobres, se requiere ayuda para las procesiones o el traslado de las imágenes y los congresos eucarísticos que en definitiva afectan los cofres del tesoro público. Raras son las autoridades públicas que no sancionan las pesadas subvenciones para construir un lujoso templo como futuro patrimonio estético de la ciudad, o bien, para edificar seminarios de sacerdotes y palacios episcopales.
Por consiguiente, no os será difícil comprobar lo que sucedía en Palestina en el tiempo de Jesús, cuando el Clero Judaico, que tenía enorme influencia sobre el pueblo y las autoridades romanas, abastecía sus arcas mediante pesados impuestos y tributos para mantener la clase parasitaria. Hoy, sin la fuerza de otrora y contando apenas con la capacidad de adoctrinar e influir sobre los creyentes, el Clero Romano canaliza hacia el Vaticano rentas tan fabulosas como las recaudadas por el Sanedrín en el tiempo de Jesús. No hay duda, que muchos de aquellos sacerdotes hebreos, hoy viven reencarnados en la figura de ciertos eclesiásticos al servicio del Catolicismo Romano.
Pregunta: Cuando Jesús nació, ¿qué aspecto tenía Galilea?
Ramatís: Galilea estaba situada en la región norte de Palestina, y en el tiempo de Jesús se extendía desde el río Jordán hasta el mar Muerto. Era una nación casi independiente, constituía una tetrarquía bajo los Herodes. Habitaban en ella varias razas, además de los judíos, como ser los árabes, abisinios, griegos, fenicios, sirios, gente de Tiro, Sidón, Alejandría y algunos africanos. Las características religiosas, las costumbres y temperamentos tan contradictorios entre esos tipos, tal como sucedía en toda la Palestina, también provocaban discordias, fricciones y discusiones, propias de la avaricia y avidez, de lucros en sus negocios. Todo eso, presentaba a Galilea como un mundículo alborotado y cupido, cuyos desentendimientos nacían de las cosas más fútiles y por las razones más tontas.
Frecuentemente peregrinaban por Judea y demás provincias de Palestina, algunos rabíes que se obstinaban en interpretar a su modo las leyes y los preceptos del Tora, que enardecía aún más los ánimos y agravaba las opiniones contradictorias sobre la religión. El flujo continuo de especuladores, charlatanes, mercaderes, camelleros y gente sin trabajo que trataban de quedarse en Judea, aumentaba continuamente las discordias y las injurias, creando situaciones difíciles para las autoridades locales. Por encima de ese espíritu belicoso, propio de la heterogeneidad de razas, los galileos eran hospitalarios, sinceros y buenos, pues no guardaban resentimientos entre sí. En sus contiendas religiosas, bastante ruidosas, jamás descendían espiritualmente, pues no caían en el fanatismo, asperezas de carácter o sediciones religiosas tan comunes entre los fariseos y saduceos de Jerusalén. El Sanedrín comentaba y se mofaba de la devoción ingenua del pueblo de Galilea, se reía de su simplicidad e incapacidad para adherirse a las pompas, al culto ostensivo y a las ceremonias religiosas. Las virtudes de los galileos, que tanto remarcaba el trabajo de Jesús en la fase iniciática de su pregonación de la "Buena Nueva", eran consideradas peculiaridades, propias de un pueblo atrasado, tonto e incapaz.
A través del Viejo Testamento Isaías profetizaba, que la Galilea de los gentiles sería favorecida por la luz del Señor, aunque la posteridad fijó un proverbio que decía: "no puede ser buena cosa, ni buen profeta si proviene de Galilea".
Pregunta: ¿Y qué nos podéis decir de la provincia de Nazaret, donde Jesús vivió casi toda su existencia?
Ramatís: Nazaret, en la época del advenimiento de Jesús era una ciudad pequeña, con un poco más de 2000 habitantes, situada entre sierras, en una pendiente de las montañas que conducía al valle de Jezrael. Los caminos que venían de Séforis y otras partes, además del camino principal de las caravanas, que cortaba el valle desde el mar Muerto hasta Damasco, demarcaban la provincia en todos los sentidos. El clima de Nazaret era muy saludable, pero bastante frío en invierno, presentaba a la vista del
viajero el más bello paisaje de toda Galilea, y quizá del resto del mundo. Los campos cultivados con cebada, trigo y avena, manchaban la pradera de un verde claro, color de limón nuevo para terminar junto a los Montes Tabor y Gilbos, después de formar un delicado tapete de vegetación, recortada por los hilos de agua cristalina de los arroyos y ríos. Visto a la distancia, las colinas bañadas por la luz solar, limitaban el horizonte con tonos azulados, lila y violeta, y adornaban las cimas de las montañas las hermosas coronas de nieve, que completaban el fascinante y encantador paisaje de Nazareth.
Las sierras estaban salpicadas por los atajos y caminos «que subían del valle de Jezrael y serpenteaban entre el verde pasto, y las flores silvestres centelleaban bajo el rocío de la madrugada. Algunos caminos convergían hacia el corazón de la ciudad de Nazaret, que vista de lejos parecía un nido en la concavidad de las montañas, otros tomaban rumbo diferentes, en dirección al mar Muerto o Damasco, a Séforis o Cafarnaum. Esos caminos cruzaban los abundantes viñedos y olivares que abastecían a la
población y al mercado con vinos, sabrosos y el suave aceite de Galilea. Las granjas se multiplicaban por las planicies, pero siempre rodeadas de bosques y cipreses, alternados con las higueras cuajadas de frutos y los limoneros de olor penetrante. De vez en cuando aparecía el color rojizo de las cerezas y los abundantes árboles de granada, que acentuaban aún más el poético paisaje.
Alrededor de la ciudad de Nazaret, formando un caprichoso cinturón se esparcían las casas de madera, construidas principalmente con cedro del Líbano, mezclándose las cabañas bien construidas y las del tipo rudimentario, hechas de barro pisado y cubiertas con hojas de palmeras. A la orilla de los caminos principales, siempre transitados por caravaneros, rabíes, mercaderes, soldados y gente de todas las razas, los buenos galileos habían construido pozos de agua y ranchos con forraje y pasto fresco para los animales cansados. La hospitalidad, aunque era remunerada, estaba al alcance de todos los bolsillos, pues a cualquier hora los retrasados encontraban un buen caldo de pescado, sopa de hortalizas con mucho ajo y cebolla, carne asada, ensalada de muchas variedades sazonadas con el buen aceite del lugar; el pan era de trigo o de centeno, fresco y sabroso y para terminar, servían los ricos y variados frutos de la zona. El vino complementaba la comida y de sobremesa había higos secos o frescos.
Junto a los caminos se encontraban establecimientos especializados de talabartería, herradores para los animales y la carpintería para reparar los carruajes y otros menesteres. También había pequeñas industrias que vendían palas, rastrillos y todo elemento indispensable para la cosecha y molienda del trigo; herramientas y tablas para la construcción; y la industria de la cerámica con sus variados y coloridos tipos de trabajo, como vasos, floreros, cazuelas, todos elaborados con arte y muy buen gusto.
Era muy fácil encontrar las fábricas de tejidos, que hacían desde la simple tela hasta la delicada túnica, como así también se fabricaba en cantidad los toldos de lonas para cubrir los puestos de mercaderías en la vía pública. Se fabricaban chinelas de género, adornadas con pequeñas florcitas para uso doméstico, otras eran de cuerdas o cuero trenzado con base de madera, apropiada para el uso externo. En las proximidades de las ciudades estaban instalados los mercados de flores hechas de papel y género;
hermosos paños bordados con hilos de Sidón; collares y anillos traídos de Egipto o Etiopía, bolsas de paño y seda; tejidos de púrpura, tachos y calderos de cobre provenientes de las fundiciones de Tiro, donde los esclavos se consumían torturados por el trabajo impiadoso. Los aceites aromáticos, las hierbas olorosas, la mirra, el incienso y los filtros amorosos de la India, eran pregonados vivamente por los camelleros. Así era la provincia de Nazaret, con su paisaje encantador y bullicioso, que más tarde serviría para hospedar al más excelso de los huéspedes: Jesús, el Sublime Peregrino.
Pregunta: Aun dentro de la misma Nazaret, ¿gustaríamos conocer otros detalles sobre el lugar donde vivió Jesús?
Ramatís: Solamente las construcciones romanas presentaban un estilo incomún, que se esparcían por toda Palestina. Las residencias de los romanos más prósperos, estaban adornadas con capiteles en miniatura. Las ventanas eran de vidrio en colores, las escaleras de mármol blanco y negro, y en general tenían columnas, cuyas bases terminaban asentadas sobre el mosaico del piso, cuyo color variaba entre una y otra residencia. Eran viviendas amplias y confortables que se prolongaban hasta los jardines, los cuales estaban llenos de flores y adornados con arbustos pequeños, además de los árboles frutales.
Las casas de Nazaret, en su mayoría eran de estilo primario, hechas de bloques, semejantes a las que aun hoy se encuentran en los países habitados por los judíos. Parecían enormes cajones, color gris y blanco, desprovistos de cualquier ornamento. En algunos casos, los menos, adornaban las puertas y las ventanas de las casas con los símbolos de Salomón, o bien, en la parte alta de los frentes colocaban vasijas de barro. Los toldos en colores protegían la entrada del sol; y por la puerta siempre entreabierta, se veía el camastro que servía para el descanso nocturno o la indefectible estera enrollada junto a la pared, a la espera del huésped.
Además, el clima ameno y estable de Galilea no necesitaba construir casas complicadas o disponer de recursos adecuados, como sucede con las regiones tristes y lluviosas. En Nazaret había sosiego total y propio de la naturaleza apacible y encantadora, favorable a las cosechas, a las flores y a la misma vida humana. Por las tardes llenas de sol, cuando se subía las cuestas saturadas de perfumados frutos, era una dulce invitación para descansar y recrearse en la contemplación; virtudes que Jesús siempre reveló en sus peregrinaciones mesiánicas. El sol acogedor, el paisaje hermoso y el viento perfumado, predisponían a las personas para un desprendimiento espiritual. Bajo tales sugestiones que la naturaleza brindaba, afloraban los buenos sentimientos desde lo íntimo del alma, haciendo que las criaturas se olvidaran de las penurias cotidianas y de las vicisitudes comunes.
Nazaret, como un retazo de cielo, como si fuera visto al levantar la punta del velo sideral, no predisponía a la ira, a la decepción, a la avidez, al egoísmo y a la vanidad de los hombres, sino que los dejaba satisfechos y serenos ante esa prodigiosa dádiva de la naturaleza. Era una constante sugestión edénica que despertaba en los galileos el espíritu hospitalario, la afabilidad, la franqueza, la sinceridad e interés por servir y atender a los sufrientes, como a las preocupaciones ajenas. El cielo claro, con reflejos esmeraldinos sobre el azul celeste, bañado por un hermoso y dorado sol, manchaba de color rosado liláceo y oro reluciente la cima de los montes, adornados de nieve. Nazaret, bajo esa hartura de luz y colores, parecía una encantadora paloma, posada entre flores y una vegetación fascinante, cuyo nido estaba formado por las concavidades de las serenas montañas de Galilea. Al fondo, en las quintas de las residencias judaicas, las palmeras agitaban sus verdes ramas, como si fuera un gesto amistoso para el viajero recién llegado. Las palmeras eran parte integrante de la vida de los judíos, pues bajo su sombra pasaban la mayor parte de su existencia. Allí trabajaban, bordaban, estudiaban y comían, inclusive elevaban sus oraciones en los días de fiestas y de gracias.
Los judíos de mejor posición tenían buen gusto: gustaban de los jardines bien cuidados, puesto que era un motivo de esparcimiento espiritual. En general, al costado de los caminos se plantaban las más variadas especies de flores, cual verdadero bordado, cuyo contraste de fondo era el verde majestuoso de la hierba tierna o las pequeñas plantas, exclusivamente para adornos.
Hemos dicho en varias oportunidades, que los moradores de Nazaret no se preocupaban con los adornos artificiales y ornamentaciones exteriores de las casas y calles. Sin embargo, no era fruto de la despreocupación o desgano, sino, se debía al paisaje en sí, cuya belleza natural sustituía cualquier sugerencia humana. Los galileos, en fin, desistían de competir con la naturaleza espléndida y tan hermosa, pues estaban seguros que no podían igualarla jamás dado el encanto del paisaje embebido de luz, el color misterioso que presentaban las amapolas, claveles, jazmines, nardos y la blancura inmaculada de los lirios, como el perfume atractivo de los durazneros, ciruelos y limoneros en flor. Jamás hombre alguno hubiera podido copiar el color azul violáceo de las colinas, el verde encantador de las planicies y la fascinante serpiente plateada del Jordán, corriendo tranquilamente entre pastos y arbustos.
Allí, la poesía alcanzaba su más elevado nivel de espiritualidad; las planicies que se extendían muy lejos, más allá de los cerros y cada tanto se animaban con los movedizos rebaños de ovejas, salpicando de manchas blancas el inmenso y verde tapete de la vegetación de pastoreo; las lavanderas bulliciosas se servían de las aguas cristalinas de los arroyuelos y de las fuentes adormecidas bajo los árboles; la ropa, de diversos colores danzaba sobre las ramas pequeñas de los arbustos, cual cortejo de aves graciosas. La risa cristalina de los niños corriendo cuesta abajo, saltando alegremente en medio de los cabritos, se mezclaban a los cánticos de los jóvenes que recogían la miel o los racimos de uva. Aun el caminito color ocre, parecía una vereda compacta, donde el burrito hacía resonar los cascos. Las abejas y mariposas volaban en enjambre sobre las atractivas y rojizas amapolas. Bandadas de pájaros de todos los tipos revoloteaban pintorescamente sobre las margaritas que surgían a la orilla de los lagos y de las fuentes de agua, donde los animales mitigaban tranquilamente su sed. A la sombra de los coposos árboles, los animalitos de pequeño porte, descansaban tranquilamente y los frutos pequeñitos, como las moras rojizas casi les tocaba el dorso interrumpiéndoles su sueño apacible.
Desde la cima de los montes de toda Galilea, el viajero se sentía conmovido ante ese espectacular escenario, que se perdía en el lejano horizonte. El cielo derramaba sus luces sobre los caminos, lagos, ríos, casas, cabañas y bosques, donde la gente, las aves, los niños, los animales y los insectos se movían en todas direcciones, como si fuera un pacto amigo, jubiloso, de alegría bulliciosa y contagiante.
Ramatís
Psicografiada por: Dr. Hercilio Maes