EDUCACIÓN PARA LA
MUERTE

En las pesquisas básicas de la Ciencia Espírita, fundada y desenvuelta por Kardec, los fenómenos mediúmnicos, hoy llamados paranormales, revelaron que los muertos se remozan, rejuvenecen después de la muerte. Las pesquisas posteriores, como las de la Metapsíquica, de la Física Trascendental de Zöllner, de la Biopsíquica de Notzing, de los neometapsiquistas como Gustave Geley y Eugéne Osty, y en las pesquisas psicofísicas de William Crookes, de Sir Oliver Lodge, de Crawford (especialmente sobre la mecánica del ectoplasma) y en las pesquisas actuales de la Parapsicología moderna, este fenómeno se confirmó plenamente. También en los fenómenos de apariciones (estudiados recientemente por Rhine y Louise Rhine, por Pratt y su Grupo Tetha de pesquisas), la confirmación se repite. En nuestras pesquisas personales o de grupo, en la compañía de pesquisadores experimentados como el Dr. Adalberto de Assis Nazaret, o el Dr. Urbano de Assis Xavier (médium de comunicaciones orales, inclusive voz directa, ectoplasmia y efectos físicos en general), constatamos directamente el fenómeno del rejuvene-cimiento. Un periodista radial, hombre de TV, nos contó un hecho curioso al respecto. Su madre le reclamó ingenuamente a él contra las apariciones desafiantes del espíritu del padre, que se le aparecía como un viejo remozado, mostrándole especialmente el rostro sin arrugas diciéndole: “En cuanto usted continua arrugándose, vea como estoy cada vez más joven.”
Cuando se tiene la noción de la diferencia básica entre espíritu y materia será fácil que se comprenda el fenómeno. El espíritu, como elemento natural y básico de la formación de la Tierra, no se desgasta con el tiempo, mientras que la materia sufre desgaste violento. Libre del condicionamiento humano del cuerpo físico, el espíritu humano no sufrirá el envejecimiento. Cuando se manifiestan envejecidos, lo hacen artificialmente, para comprobar su identidad humana.
Por extraño que parezca, el elixir de la larga vida y de la juventud perenne no está en las manos de los vivos, sino en las manos de los muertos. Solo la muerte goza del privilegio de rejuvenecernos. En la dialéctica de la vida y de la muerte esta contradicción se resuelve en la síntesis de la resurrección, en los términos exactos de la enseñanza del Apóstol Pablo, en su primera epístola a los Corintios. Generalmente buscamos en la Tierra lo que solo podremos encontrar en el Cielo. Es este uno de los mejores motivos para no querer rechazar o maldecir a la muerte. Kardec enseñaba que el mundo primitivo, el mundo matriz del que nació el nuestro, es el espiritual. Este mundillo terreno puede desaparecer en cualquier momento, sin que esto afecte en nada la perfección y la armonía del Cosmos. Así como la criatura humana, al nacer en la Tierra, procede del mundo espiritual, también la Tierra, al ser formada en el espacio sideral, procedía de los mundos ancestrales. Le cupo a los materialistas soviéticos – asustados con esta dialéctica desconocida – probar en este siglo que una simple hoja de árbol tiene su matriz espiri-tual intangible e indestructible por nuestros instrumentos materiales.
Aquello que parecía un simple sueño de Platón, el mundo-matriz de las ideas, se tornó realidad científica y tecnológica de la Era Cósmica en las famosas pesquisas de la Universidad de Kirov. El cuerpo bioplasmático de todos los seres vivos y el modelo ideal de todas las cosas existe y puede ser probado por los que desearen procurarlo en las propias cosas y seres. Los duplicados platónicos, vencidas hace millones de años, pueden ser pagas ahora, sin intereses ni corrección monetaria, en las ventanas de la pesquisa científica mundial. El pánico ideológico desencadenado en la URSS por este temerario descubrimiento, con las reacciones políticas inevitables, no empañan de manera alguna la gloria incómoda de los pesquisadores victorianos. Sabemos todos que la pesquisa científica no depende de concesiones estatales, como no dependieron, en la Edad Media, de licencias religiosas. Una pesquisa científica será soberana en sus resultados y la validez de estos dependerá apenas de la autoridad científica de los pesquisadores y de la metodología aplicada.
Si todo se pasó en el plano universitario y las pruebas objetivas resisten a las repeticiones experimentales, ningún poder exterior podrá invalidarlas. Si el Estado Soviético rechazó los resultados contrarios a sus dogmas ideológicos, esto no invalida científicamente los hechos comprobados. En el ámbito del poder estatal el rechazo podrá ser aceptado por la violencia, mas en el plano puramente científico solamente la contra-prueba científica podría invalidarlos. Y como los datos fueran divulgados y confirmados en entrevistas de los pesquisadores para la prensa mundial y publicados por Universidades extranjera, bajo la responsabilidad de entrevistadoras universitarias, en edición oficial universitaria, el problema escapa al poder del Estado interesado en negarlos. Aceptarse la negación por decreto seria violentar los derechos impostergables de la Ciencia, soberana en su ámbito inviolable. Dentro de las normas universales de la Ciencia no habrá ni podrá haber otro rechazo de los resultados más allá de la contraprueba científicamente válida, realizada por científicos capacitados en plano abierto, libre de injerencias extrañas. Si no fuese así y la verdad científica quedase entregada al arbitrio de los Estados poderosos, en detrimento de la verdad y de la propia validez de la Ciencia como tal.
Por otro lado, la realidad del cuerpo bioplasmático ya había sido probada por las pesquisas anteriores de científicos consagrados de Europa y de América, quienes confirmaron la tradición cristiana al respecto, con los mismos resultados de las pesquisas de la Universidad de Kirov. Si el llamado materialismo científico fuese aceptado como árbitro infalible de la Ciencia, en el interés exclusivo de ideologías sociales, la verdad quedaría adscrita al pragmatismo de los Estados interesados y caería en el plano peligroso de los formalismos académicos. Regresaríamos a la sujeción de la Ciencia, lo que vale decir de la verdad, a los déspotas del poder estatal, en sustitución al absolutismo medieval de la Iglesia, con el adendo moderno, pero actual, de la infalibilidad de las revelaciones proféticas.
Ciertas personas se impresionan con pareceres y proclamaciones de entidades paracientíficas que, sin poseer la contra-prueba científica, se arrogan el derecho de condenar al descu-brimiento apoyado apenas en argumentos pseudocientíficos. Tenemos contra esto, en la propia URSS, el episodio Vassiliev contra Rhine, en el cual el notable científico soviético de Lenin-grado intentó desmentir la afirmación del Prof. Rhine de que el pensamiento no es físico. Vassiliev confesó el fracaso de sus intentos de contraprueba y se contentó en afirmar que estaba convencido de lo contrario. Una capitulación que solo sirvió para fortalecer la tesis del científico norte-americano. Y todo quedó en esto, por que no había ni habrá posibilidad de transformarse en materia la naturaleza extrafísica del pensamiento y de la mente.
Las pesquisas sobre la naturaleza del pensamiento han demostrado que no está sujeto a las leyes físicas. No está sujeto a condicionamientos, no se desgasta en las emisiones a grandes distancias, no sufre ninguna influencia de la ley de gravedad y no esta vedado por ninguna barrera física. Un pensamiento emitido aquí y ahora podrá ser captado en el otro hemisferio, ahora mismo o de aquí a varios años. Reconocido como la energía más vigorosa de la que podremos disponer, sería la única que serviría con eficiencia en la comunicación astronáutica. El aislamiento de una nave espacial que pasa por detrás de un cuerpo celeste como la Luna, no pudiendo en este trayecto comunicarse con la Tierra, y roto sin dificultades por el pensamiento. Tendremos así en nosotros mismos los recursos para las incursiones cósmicas. Además de esto el pensamiento recorre las distancias y el tiempo en todas sus dimensiones, pudiendo invadir el futuro y sumer-girse en el pasado, en los fenómenos de precognición (profecía) y de retrocognición (adivinación del pasado). El entrenamiento telepático (transmisión del pensamiento) perfecciona y desenvuelve la acción del pensamiento, permitiendo al hombre la omnipresencia de los dioses. Cuando sabemos que esta energía mental es la misma que constituye al espíritu humano, compren-demos que la sobrevivencia espiritual del hombre es una ley natural y que el dominio de la muerte se restringe apenas al campo material.
En las fotos paranormales obtenidas por los pesquisidores de Kirov, según los señalamientos de Lynn Schroeder y Sheila Ostrander, pesquisidoras de la Universidad americana de Prentice Hall, el cuerpo bioplasmático aparece radiante, sin la opacidad del cuerpo material. Científicos rusos dijeron que este cuerpo espiritual se asemeja al brillo de un cielo intensamente estrellado. Es esto lo que somos, y no materia. Y en esta condición estelar gozamos de la juventud eterna, puesto que el espíritu no está sujeto a desgastes ni al envejecimiento. Jesús respondió, cierta vez, a los judíos que lo interpelaban sobre la naturaleza humana: “No está escrito, en vuestras escrituras, que sois dioses?”
Los dioses no envejecen ni mueren. Formados de aquello que podemos llamar esencia mental – ni materia, ni antimateria – no somos perecederos ni estamos sujetos a enveje-cer. Educar para la muerte es preparar a los hombres para el paso natural del mundo material hacia el mundo espiritual. Esta preparación no demanda un curso especial y rápido, mas exige un progresivo esclarecimiento de la realidad humana a través de la existencia. Tenemos que arrancar de la mente humana la visión errónea de la muerte como oscuridad, soledad y terror, sustituyendo este anatema del terrorismo religioso por la visión de los planos superiores de que la verdadera vida fluye hacia la Tierra. El luto, los velorios sombríos, las lamentaciones de las plañideras antiguas o modernas, la frente arrugada por las pre-ocupaciones pesadas y dolorosas, todo esto debería pasar en el futuro para los museos de antigüedades macabras y estúpidas.
En todo esto nada existe de sobrenatural. En la Tierra o en el Cielo estamos dentro de la Naturaleza. Las leyes naturales que conocemos en la materia son las mismas que abarcan a todo el Universo, en la riqueza y en el esplendor de la naturaleza. La salvación que todos los creyentes desean no viene de los forma-lismos religiosos de ninguna Iglesia, mas de nuestro esfuerzo cotidiano para transformarnos de prisioneros de la materia y de la animalidad primitiva hacia la espiritualidad que cargamos oculta y mal ventilada en nosotros mismos. La Filosofía Exis-tencial de nuestro siglo considera la existencia como subjetividad pura, lo que vale decir que somos espíritus. La juventud eterna del Espíritu es la herencia que nos fue reservada, como hijos de Dios que somos. Porque Dios, la Suprema Consciencia, no nos creó del barro de la Tierra, sino de la luz de las estrellas.
J. Herculano Pires