En el gabinete del ministro
Con las mejorías obtenidas surgía en mí la necesidad de movimiento y
trabajo. Después de tanto tiempo y agotados los años difíciles de luchas, me
volvía el interés por los quehaceres que llenan el día útil de todo hombre
normal, en el mundo. Resultaba innegable que había perdido excelentes
oportunidades en la Tierra y que muchas fallas señalaban mi camino. Ahora recordaba
los quince años de clínica, sintiendo un cierto “vacío” en el
corazón. Me encontraba a mí mismo, como vigoroso agricultor en pleno campo, con
las manos atadas e imposibilitado de acometer el trabajo. Cercado de enfermos
no podía aproximarme, como en otros tiempos, reuniendo en mí al amigo, al
médico y al investigador. Oyendo gemidos incesantes en los departamentos contiguos,
no me era lícita ni siquiera la función de enfermero y colaborador en los casos
de socorro urgente. Claro que no me faltaban deseos. Pero mi posición allí, era
lo bastante humilde para atreverme. Por otra parte, los médicos espirituales
usaban otra técnica diferente. En el planeta sabía que mi derecho de intervenir
comenzaba en los libros conocidos y en los títulos conquistados, pero en aquel
ambiente nuevo la medicina comenzaba en el corazón, exteriorizándose en amor y
cuidado fraternal. Cualquier enfermero, de los más simples, en Nuestro Hogar,
tenía conocimientos y posibilidades muy superiores a mi ciencia. Por tanto, era
imposible realizar cualquier tentativa de trabajo espontáneo, por constituir, a
mi ver, invasión en siembra ajena. Ante tales dificultades, era Lisias el amigo
indicado para mis confidencias de hermano. Consultado aclaró:
–¿Por qué no solicita la ayuda de Clarencio? Lo atenderá enseguida.
Pídale consejos. Él pregunta siempre por usted y sé que hará todo a su favor.
Me animó
gran esperanza. Consultaría al Ministro de Auxilio. Iniciadas mis gestiones, se
me informó que el generoso benefactor podría atenderme a la mañana siguiente en
su gabinete particular. Esperé ansioso el momento oportuno. Al día siguiente,
muy temprano, me dirigí al local indicado. ¡Cuál no sería mi sorpresa al ver
que tres personas se hallaban allí, aguardando a Clarencio, en igualdad de
circunstancias!
El dedicado
Ministro de Auxilio había llegado mucho antes que nosotros y atendía asuntos
más importantes que la recepción de visitas y solicitudes. Terminado el
servicio urgente, comenzó a llamarnos de dos en dos. Me impresionó tal
procedimiento de audiencia. Supe más tarde que él aprovechaba ese método para
que las opiniones suministradas al interesado sirviesen igualmente a otros, atendiendo
así necesidades de orden general, ganando tiempo y provecho. Transcurridos
algunos minutos llegó mi turno. Penetré en el gabinete en compañía de una
señora de edad, que sería oída en primer lugar siguiendo el orden de turno. El ministro
nos recibió cordialmente poniéndose a nuestra disposición para escucharnos.
–Noble
Clarencio –comenzó diciendo la desconocida compañera–. Vengo a
pedir sus buenos oficios a favor de mis dos hijos. ¡Ah! Ya no puedo tolerar
tanta saudade, estando informada de que ambos viven exhaustos y sobrecargados
de infortunios en el ambiente terrestre. Reconozco que los designios del Padre
son justos y amorosos, pero no obstante ¡soy madre y no logro substraerme al
peso de la angustia!…
Y la
pobre criatura se deshizo allí mismo en copioso
llanto. El Ministro, le dirigió una mirada fraterna, aunque conservando intacta
su energía personal, respondiendo con bondad:
–Si
la hermana reconoce que los designios del Padre son justos, ¿qué me corresponde
hacer?
–¡Deseo –replicó afligida– que me conceda recursos para protegerlos
yo misma en las esferas del globo!
–¡Oh amiga! –dijo el benefactor amorosamente–, sólo en el espíritu
de humildad y trabajo nos es posible proteger a alguien.
¿Qué me
dice de un padre terrestre que desease ayudar a los hijitos, manteniéndose en
absoluta quietud en el hogar confortable? El Padre creó el servicio y la
cooperación como leyes que nadie puede traicionar sin perjuicio propio. ¿No le dice
nada la conciencia en ese sentido? ¿Cuántos bonos hora (1) podrá presentar en
beneficio de su pretensión? (1) Punto relativo a cada
hora de servicio. (Nota del Autor Espiritual.)
La
interpelada respondió vacilante:
–Trescientos
cuatro.
–Es
muy lamentable –aclaró Clarencio sonriendo–, pues se hospeda aquí
desde hace más de seis años, apenas dio a la colonia, hasta hoy, trescientas
cuatro horas de trabajo. Pues, tan pronto como se restableció de las luchas
sufridas en la región inferior, le
ofrecí loable actividad en el Grupo de Vigilancia del Ministerio de
Comunicaciones…
–¡Pero aquello era un servicio intolerable! –respondió
la interlocutora–. Era una lucha incesante contra entidades malignas y
resultó natural que no me adaptase.
Imperturbable,
Clarencio continuó: –La situé después entre los Hermanos de Soporte en
tareas regeneradoras.
–¡Peor! –exclamó la señora– aquellos
departamentos andan repletos de personas inmundas. Palabrotas, indecencias, miserias…
–Reconociendo
sus dificultades –esclareció el Ministro–, la envié a cooperar en
la Enfermería de los Perturbados.
–Pero,
¿quién podría tolerarlos sino los santos? –inquirió
la solicitante rebelde–. ¡Hice lo posible pero aquella multitud de almas
desviadas desaniman a cualquiera!
–No
terminaron ahí mis esfuerzos –contestó el benefactor sin perturbarse. La
coloqué en los Gabinetes de Investigaciones y Pesquisas del Ministerio de
Esclarecimiento y, tal vez enfadada por mis disposiciones, la hermana se acogió
deliberadamente a los Campos de Reposo.
–También
era imposible continuar allí –dijo la señora–. Sólo encontré
experiencias exhaustivas, fluidos extraños y jefes crueles.
–Tome
nota, amiga mía – aclaró el consagrado y seguro orientador–. El
trabajo y la humildad son los dos márgenes del camino para el auxilio. Para
ayudar a alguien, necesitamos hermanos que se hagan cooperadores, amigos,
protectores y servidores. Antes de amparar a los que amamos es indispensable establecer
corrientes de simpatía. Sin la cooperación es imposible atender con eficiencia.
El campesino que cultiva la tierra gana la gratitud de los que saborean los
frutos. El operario que atiende a jefes exigentes, ejecutando sus
determinaciones, representa el sostén del hogar en que el Señor lo colocó. El
servidor que obedece construyendo, conquista a superiores, compañeros y demás interesados
en el servicio. Ningún administrador podrá ser útil a los que ama si no sabe
servir y obedecer noblemente. Hiérase el corazón o experiméntese dificultades,
que sepa cada cual que todo servicio útil pertenece al Dador Universal.
Después
de una breve pausa continuó:
–¿Qué hará pues en la Tierra, si todavía no aprendió a soportar cosa
alguna? No dudo de su dedicación a los hijos queridos, pero hay que reconocer
que comparecería por allá como madre paralítica, incapaz de prestar socorro
justo. Para que cualquiera de nosotros alcance la alegría de auxiliar a los
amados, se hace necesaria la interferencia de quienes hayamos ayudado antes.
Los que no cooperan no reciben cooperación. Esto es ley eterna. Si usted,
hermana no acumuló nada de sí para dar, es justo que procure contribuciones
amorosas de otros. Pero, ¿cómo recibir
la colaboración imprescindible si todavía no sembró ni siquiera simple
simpatía? Vuelva a los Campos de Reposo donde se abrigó últimamente y
reflexione. Después examinaremos el asunto con la debida atención.
Enjugando
copiosas lágrimas, se sentó inquieta aquella madre. Enseguida el Ministro me
miró compasivamente y dijo:
–¡Aproxímese amigo mío! Me levanté indeciso para conversar con él.
Extraído del libro
NUESTRO HOGAR
por el Médium
Francisco Cândido Xavier.
por el espíritu
André Luiz