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(Primera parte)
La vida futura no es ya un problema; es un hecho adquirido por la razón y la demostración, para la casi unanimidad de los hombres, puesto que los impugnadores se reducen a una ínfima minoría a pesar del ruido que se empeñan en meter. No nos proponemos, pues, demostrar su realidad, pues no haríamos mas que repetir lo
dicho, sin aumentar en nada la convicción general. Admitido el principio como premisa, lo que nos proponemos es examinar su influencia en el orden social y en la moralización, según el modo como se le considera.
Las consecuencias del principio contrario, es decir, del nihilismo, son igualmente harto conocidas y bien comprendidas para que sea preciso desenvolverlas de nuevo. Diremos únicamente, que, si estuviese demostrado que no existe la vida futura, la vida presente no tendría otro objeto que la conservación de un cuerpo que mañana, dentro de una hora, podría dejar de existir, en cuyo caso, todo acabaría para siempre. La consecuencia lógica de semejante condición de la humanidad, sería la concentración de todos los pensamientos en el acrecentamiento de los goces materiales, sin tener en cuenta el perjuicio ajeno; ¿a que privarse e imponerse sacrificios? ¿Que necesidad habría de violentarse para perfeccionarse y corregir defectos? El remordimiento y el arrepentimiento serían también completamente inútiles, puesto que nada se esperaría; y quedarían, en fin, consagrados el egoísmo y la máxima: El mundo pertenece a los más fuertes y astutos. Sin la vida futura, la moral no pasa de ser una violencia, un código convencional impuesto arbitrariamente, que ninguna raíz tiene en el corazón. Una sociedad fundada en tal creencia, no tendría mas lazo que la fuerza y muy pronto entraría en disolución. Y no se
objete que entre los impugnadores de la vida futura hay personas honradas incapaces de hacer conscientemente daño a otro y susceptibles de la mayor abnegación. Digamos, ante todo, que en muchos incrédulos la negación de la vida futura es mas bien una fanfarronada, una jactancia, un deseo de sentar plaza de escépticos, que el resultado de una convicción absoluta. En el fuero íntimo de su conciencia se agita una duda que les importuna y de aquí, que procuren desvanecerla; pero no sin una secreta prevención pronuncian el terrible nada que les priva del fruto de todos los trabajos intelectuales y rompe para siempre los mas caros afectos. Más de uno de esos que vociferan, son los primeros
en temblar ante la idea de lo desconocido; y así es que, cuando se aproxima el momento fatal de entrar en ese desconocido, pocos son los que se entregan al último sueño con la firme persuasión de que no despertaran en ninguna otra parte, pues nunca abdica la naturaleza de sus derechos.
Digamos, por lo tanto, que la incredulidad del mayor número no es más que relativa; es decir, que no estando satisfecha su razón ni de los dogmas, ni de las creencias religiosas, y no habiendo encontrado en parte alguna con que llenar el vacío que en ellos han hecho, han deducido que nada existe más allá y han levantado sistemas para justificar la negación. Son, pues, incrédulos a falta de algo mejor. Los incrédulos absolutos, si es que los hay, son muy raros. Una intuición latente e inconsciente de lo futuro, puede, por lo tanto, contener a cierto número en la pendiente del mal, y pudiera citarse una multitud de hechos, aún en los más endurecidos, que atestiguan ese sentimiento secreto que, a pesar suyo, los domina.
Debe decirse también que, cualquiera que sea el grado de incredulidad, las gentes de cierta condición social son contenidas por el respeto humano; su posición les obliga a mantenerse en una línea de conducta muy reservada. Lo que más temen es la censura y el desprecio, que, haciéndoles perder, a consecuencia del
decaimiento en el rango que ocupan, la consideración del mundo, les privaría de los goces de que en él disfrutan; así es que, si no siempre son virtuosos en el fondo, tienen, por lo menos, las apariencias de la virtud. Pero en los que no teniendo razón alguna para respetar la opinión, se burlan del que dirán, y no se negará que no sean estos la mayoría, ¿que freno puede imponerse al desbordamiento de las pasiones brutales y de los apetitos groseros? ¿En que base puede apoyarse la teoría del bien y del mal, la necesidad de que reformen sus malas inclinaciones, el deber de que respeten lo que poseen los otros, siendo así que ellos nada poseen? ¿Cuál puede ser el estimulante del honor en gentes a quienes se persuade de que no son más que los animales? Ahí esta la ley para contenerlos, se dirá, pero la ley no es un código moral que llegue al corazos; es una fuerza que esos tales soportan y eluden, si les es posible. En caso de que caigan a sus golpes, lo atribuyen a desgracia o a torpeza, que procuran remediar a la primera ocasión.
Continua... |
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Elena