Con poca barbilla, órbitas oculares saltonas, sin 'dos dedos de frente' y rechoncho: así era el que es considerado nuestro primer ancestro.
En agosto de 1856, dos obreros alemanes que extraían cal en una pequeña gruta del valle de Neander ("Neander Tal", en el oeste de Alemania) encontraron unos extraños y viejos huesos y se los enseñaron a su
capataz.
Este pensó que podían ser restos de un oso cavernícola y se los enseño a un profesor de enseñanza media, Johann Karl Fhulrott, gran amante de las ciencias naturales.
Ahí empezó el largo camino de unos restos que cambiaron la historia del hombre y a los que este agosto Alemania ha querido rendir homenaje con congresos y exposiciones que, sin embargo, no han dilucidado el fascinante misterio que los envuelve desde su hallazgo.
Fuhlrott se dio cuenta inmediatamente que eran humanos y, además, muy antiguos, de hace más de 40.000 años, según las investigaciones actuales.
Sin embargo, en una época en que a duras penas se empezaba a admitir la existencia de animales antediluvianos, la idea de que Dios hubiese creado "a su imagen y semejanza" un hombre tan feo y tan 'bestia' era
inaceptable.
Por eso los sabios alemanes de la época, encabezados por el profesor berlinés Rudolf Virchow, acérrimo enemigo de la teoría de la evolución, concluyeron que no correspondían a ningún tipo de hombre prehistórico desconocido hasta entonces, sino que eran un "caso patológico".
Fue la Inglaterra evolucionista de Darwin la que en 1863 prestó atención a los restos alemanes, que tras un minucioso análisis fueron bautizados por el profesor irlandés William King como "Homo Neanderthalensis".
Pero como nadie es profeta en su tierra, el Hombre de Neandertal fue ignorado por los antropólogos alemanes hasta finales del siglo XIX.
Tampoco tuvo mejor suerte en las décadas sucesivas, y sólo en 1980 Ralf Schmitz, un profesor de arqueología de la universidad alemana de Tubinga (suroeste), se interesó
por unos fragmentos de esqueleto aún más deteriorados por el paso del tiempo.
Puso en marcha unas nuevas excavaciones en Neander Tal y posteriormente publicó un inédito balance de sus investigaciones que ahora vuelve a ser reeditado por una revista científica francesa con motivo del 150 aniversario del hallazgo.
"Actualmente contamos con 73 fragmentos óseos, además de los 16 descubiertos en 1856. Tres se ajustan directamente a éstos y unos 40 pertenecen al mismo individuo probablemente", precisó el arqueólogo, que señaló que hasta ahora se desenterraron fósiles de al menos tres individuos.
Pese a los avances, los científicos siguen enfrentándose con muchas incógnitas, sobre las cuales los 200 expertos de los cinco continentes reunidos en Bonn (oeste) a finales de julio no consiguieron ponerse de acuerdo.
"¿Qué lazos tiene con ese hombre de Cromagnon u Homo Sapiens, que es nuestro antepasado directo?"; "¿Los hombres de Neandertal se mezclaron con los de Cromagnon durante una coexistencia de varios miles de años que protagonizaron en Europa?" y, si así fue, "¿por qué se extinguieron?"
La ciencia ha ofrecido algunas respuestas a través de los análisis de ADN y, así, según estos últimos, el Hombre de Neandertal no es nuestro ancestro, no pertenece a nuestra especie y en cambio representa una rama 'muerta' del árbol genealógico de la humanidad.
La conclusión, sin embargo, no goza de la unanimidad general, por lo que en un futuro próximo se llevarán a cabo nuevos análisis ADN de los núcleos celulares por el Instituto Max-Planck de Leipzig (Alemania) y una empresa estadounidense de biotecnología.
Sin embargo, no hay análisis de ADN que
dilucide el mayor de los enigmas: por qué desaparecieron hace 28.000 años esos Hombres de Neandertal, excelentes cazadores y poseedores de una rica cultura intelectual y material que les había permitido sobrevivir durante 300 milenios en la cruda Europa glacial.
Otros eslabones de la cadena
El Hombre de Neandertal parece haber cedido el cetro de ancestro humano a otros compadres más próximos al hombre actual.
El valle de Neander (Neander Tal) donde en 1856 fueron hallados sus primeros restos parecía ser toda una promesa para la ciencia. De hecho, su nombre se debe al teólogo y compositor del siglo XVII, Joachim Neumann, que lo denominó 'Neander' pues en griego significa "Hombre Nuevo".
Sin embargo, para los sabios de la época no tenían nada de "hombre nuevo" un esqueleto con cráneo "de mono" y
corpulencia de bestia.
Algunos pensaron que eran los restos de un disminuido psíquico y otros los de un cosaco de Mongolia muerto mientras atravesaba la región con las tropas del general ruso Chernichev, en 1814, para atacar a la Francia napoleónica.
En cualquier caso, estaba claro que los huesos eran humanos y pertenecían a un ser de entre 1,55 y 1,70 metros de estatura. Imposible saber si era peludo o cuál era el color de su piel, pues ni entonces ni ahora se han podido realizar reconstrucciones fiables.
Fueron los únicos rastros de un hombre prehistórico hallados en el mundo hasta 1864, año en que se descubrió en el suroeste de Francia un esqueleto de sólo 28.000 años de antigüedad pero 'moderno': era el Hombre de Cromagnon u Hommo Sapiens, nuestro verdadero antepasado directo.
En 1891 le tocó
el turno al 'Pitecantropo' de la isla de Java, en Indonesia, actualmente conocido como Homo Erectus y cuya existencia data de 700.000 años.
En 1924 le llegó la hora al primer 'Australopitecus', hallado en Suráfrica y todavía más primitivo, pues su existencia se fijó en 2,4 millones de años.
Los grandes actores de la evolución parecían haber quedado identificados con el Australopitecus que se transformó en Homo Erectus, luego en Hombre de Neandertal y este en Hombre de Cromagnon.
Sin embargo, para muchos antropólogos actuales, los Australopitecos sólo fueron monos grandes. El Homo Erectus es, en cambio, el primer eslabón.
Así, hace unos 30.000 años, al menos cuatro especies de humanos coexistían en la tierra: en Asia los últimos Homo Erectus con Pigmeos de la isla de Flores y en Europa los Hombres de
Neandertal con los Homo Sapiens.
Además, parece ser que el hombre no es el único humano, pues según ciertos biólogos, entre nosotros y los chimpancés sólo hay una "distancia" genética de menos de un 1 por ciento, por lo que esos primates deben ser clasificados como "Homo".
Paris
AFP
AFP
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