19 De tal suerte que ya no sois extranjeros y
huéspedes, sino que sois ciudadanos de los consagrados y miembros de la familia
de Dios, 20 edificados sobre el fundamento de los
apóstoles y de los profetas. La piedra angular de este edificio es Cristo
Jesús, 21 en el que todo el edificio, perfectamente
ensamblado, se levanta para convertirse en un templo consagrado al Señor; 22 por él también vosotros estáis integrados en el edificio, para
ser mediante el Espíritu morada de Dios.
Salmo 18, 2-5
2 Los cielos narran la gloria de Dios,
el firmamento
pregona la obra de sus manos,
3 un día comunica el pregón al otro día
y una noche
transmite la noticia a la otra noche.
4 No es un pregón, no son palabras,
no son voces
que puedan escucharse,
5 mas su sonido se extiende por la tierra
entera
y hasta el
confín del mundo sus palabras.
Lucas 6,
12-19
12 Por aquellos días fue Jesús a la montaña a
orar, y pasó la noche orando a Dios. 13
Cuando llegó el día, llamó a sus discípulos y eligió doce de entre ellos, a los
que llamó también apóstoles: 14 Simón,
a quien llamó Pedro; su hermano Andrés, Santiago, Juan, Felipe, Bartolomé, 15 Mateo, Tomás, Santiago el hijo de Alfeo, Simón el llamado
cananeo, 16 Judas hijo de Santiago y Judas Iscariote,
el que le traicionó. 17 Bajó con ellos y se detuvo en una
explanada en la que había un gran número de discípulos y mucha gente del pueblo
de toda Judea, de Jerusalén y del litoral de Tiro y Sidón, 18 que habían
llegado para
escucharlo y ser curados de sus enfermedades. Los que eran atormentados por
espíritus inmundos también eran curados. 19
Toda la gente quería tocarlo, porque salía de él una fuerza que curaba a todos.
La oración fue
una compañera inseparable de Jesús. En todo el Evangelio le vemos orando, sobre
todo en los momentos más decisivos de su vida: antes del Bautismo, al realizar
varios milagros, en la
Última Cena, en el Huerto de los Olivos, en la Cruz, etc.
Aquí se nos
narra la elección de los Doce apóstoles. Eran los hombres con los que iba a
comenzar la Iglesia y debían ser aptos para llevarla a buen término con paso
firme. Por tanto, era una decisión importante, que no podía hacerse con prisas
y a la ligera.
Necesitaba dedicar una noche entera para consultarla con su
Padre.
De la misma
manera, todas nuestras grandes decisiones deberían surgir tras un encuentro con
Dios en la oración. Por
ejemplo, al elegir una carrera, al optar por la vida matrimonial o seguir una
vocación religiosa, etc. También debemos rezar cuando llegan situaciones
difíciles en el trabajo o en la familia, ya que Dios nos puede ayudar a
encontrar la solución más adecuada.
¿Y cómo
sabemos si la respuesta viene realmente de Dios? Cuando Dios
“ilumina” un alma por la acción del Espíritu Santo le envía algunas
señales, por ejemplo, una profunda paz interior, alegría, amor, etc. Es lo que
llamamos “frutos del Espíritu”.
Judas y Simón,
hombres que cambiaron sus valores
Vamos a
contemplar en estos dos Apóstoles ese cambio profundo de vida. Son para
nosotros los hombres que cambiaron sus valores políticos religiosos por una
vida al lado de Cristo basada en la humildad, en la mansedumbre y en el perdón.
Pertenecían
según podemos saber al grupo de los celotes, un grupo de judíos convencidos de
su fe y de sus tradiciones, que combatían al opresor romano y esperaban un
Mesías que los liberara de aquella opresión. Cristo les sale al paso, sin
importarle su militancia y sus convicciones, y les invita a seguirle. Ello va a
suponer un cambio de mentalidad, una conversión interior, un abandono de algo muy
metido en sus corazones. Así se convertirán con el tiempo en hombres que
lucharán por liberar al hombre de otras esclavitudes distintas a las políticas:
la esclavitud del pecado, la esclavitud de las pasiones, la esclavitud, sobre
todo, del propio yo. En este contexto vamos a contemplar el cambio que
lógicamente se tuvo que realizar en ellos.
Del odio al
amor.
Sabemos que
todo judío odiaba a los romanos. Aquello sólo era símbolo de una realidad que
se repite en el corazón del hombre: el rencor, el odio, la acepción de
personas. Al ser llamados por Cristo Judas y Simón empiezan a comprender que el
Maestro centra su mensaje en el amor, en el perdón, en el olvido de las
ofensas. Sin duda, en su interior tuvo que darse una revolución profunda,
difícil, sangrante. Pero poco a poco empezó a entrar en ellos la comprensión de
una nueva visión del hombre, no como enemigo, sino como hermano, hijo del mismo
Padre, que ama a todos y hace salir el sol sobre buenos y malos. Así el odio,
el rencor, la venganza fueron desapareciendo y en su lugar se situaron la paz,
la oración por los enemigos, el amor.
De la ira a la
mansedumbre.
Los zelotes
emprendían campañas de acoso violentas contra los romanos, aunque casi siempre
llevaron las de perder. Les movía en rencor, y el rencor engendra ira y
violencia. Desde el principio Judas y Simón empezaron a escuchar del Maestro
palabras de mansedumbre: Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en
herencia la tierra (Mt 5,4). ¡Qué difícil debió ser para ellos abandonar el
camino de la ira para acercarse a los hombres con bondad, con respeto, con
comprensión! Sin embargo, estamos seguros de que pronto comprendieron que aquel
camino lograba mejores frutos en la relación entre los hombres. No les pedía
Cristo que destruyeran su forma de ser, sino que emplearan para el bien aquella
fuerza interior que un día usaron mal, porque la pusieron al servicio de sus
pasiones.
Del Dios de la
venganza al Dios del amor.
También Judas
y Simón tuvieron que entrar por medio de Cristo, Dios hecho hombre, a la
comprensión de un Dios distinto, un Dios que es Padre bondadoso, amable, bueno.
Esta conversión debió ser dura para hombres que tenían una clara conciencia de
ser parte del pueblo elegido y que precisamente rechazaban a los romanos porque
éstos intentaban arrebatarles su fe, sus costumbres, sus tradiciones. Es
curioso, pero Dios nos pide que amemos incluso a quienes le odian a Él, a
quienes le persiguen en su Iglesia, a quienes parecen enemigos irreconciliables
de la fe. Más
aún, nos asegura que con el amor convenceremos al mundo de la autenticidad de
nuestra fe.
A la luz del
Evangelio de Cristo y del ejemplo de estos dos Apóstoles, nosotros, hombres de
hoy, tenemos que revisar nuestra vida y decidir qué cambios debemos realizar
para ser cristianos de veras. ¿Qué nos puede pedir Dios tomando como punto de
referencia los valores de la humildad, de la pobreza y de la abnegación? Sin
duda, podrían ser muchísimas cosas e, incluso, cada uno tendrá necesidades
distintas. Sin embargo, vamos a repasar algunas de las exigencias contenidas en
estos valores para nosotros, hombres, padres de familia, esposos,
profesionales, miembros de la Iglesia.
Dios nos pide
en primer lugar un cambio de mentalidad. Con frecuencia nuestra mente, nuestra
inteligencia, nuestra razón están prisioneras de lo material, de lo cotidiano,
de lo intrascendente, de lo inmediato. Parecemos ciudadanos de una tierra sin
horizontes y sin futuro. Nos parecemos a aquel hombre rico que, tras una buena
cosecha, se construye unos grandes graneros y se invita a sí mismo a vivir bien
(Lc 12, 16-21). ¡Cómo necesitamos levantar nuestra mirada a la eternidad, dar
prioridad a lo espiritual, apreciar más las realidades importantes de la vida
como la fe, la familia, la amistad! No nos resulta fácil esta liberación,
porque además vivimos en una sociedad que sólo nos habla de bienestar, de
comodidad, de éxito, de eficacia. Sin embargo, con los días y con los años
vamos saboreando el sabor amargo de una vida que se encierra sobre sí misma sin
horizontes y sin futuro.
Tenemos que
decidirnos, pues, por dar prioridad al espíritu y a sus cosas sobre la materia,
poniendo a Dios como centro de nuestro vida, y no a nosotros como centro de
Dios. Tenemos que optar por la oración, por los sacramentos, por las practicas
religiosas en lugar de dejarlas relegadas por culpa de nuestras ocupaciones.
Tenemos que ser hombres de vida interior más que de acción. Tenemos que
defender más la familia que el trabajo. Tenemos que cuidar más la paz interior
que las cuentas bancarias.
Dios nos pide
en segundo lugar un cambio de corazón. Y os daré un corazón nuevo, infundiré en
vosotros un espíritu nuevo, quitaré de vuestra carne el corazón de piedra y os
daré un corazón de carne (Ez 36, 26). El corazón de piedra es ese corazón
endurecido por el racionalismo, el orgullo, la autosuficiencia, la vanidad, el
sentido de superioridad. Y el corazón de carne es ese otro corazón humilde,
anclado en la fe, sencillo, sin complicaciones, cordial. Es muy necesario para
nosotros los hombres abandonar esa falsa madurez que nos conduce frecuentemente
a actitudes marcadas por el individualismo, la seguridad, la fuerza, pero que
encierran tal vez posturas egoístas, cobardías inconfesables, miedo a la verdad. Tenemos
que hacernos como niños. Tenemos que aceptarnos como limitados. Tenemos que
aprender a equivocarnos sin rubores. Tenemos que decidirnos a pedir ayuda a los
demás y a recibir de los demás con paz sugerencias, correcciones. Tenemos, en
definitiva, que dejar los hábitos del hombre viejo para asumir los del hombre
nuevo, creado a imagen de Cristo.
Dios nos pide
en tercer lugar un cambio de actitudes. Con frecuencia nuestra vida responde a
un esquema que difícilmente alteramos con los años. Nos convencemos de unas
prioridades que casi sacralizamos; nos instalamos en unas costumbres que no
dejamos por ningún motivo; nos hacemos dueños de unos prejuicios que nadie nos
hará cambiar; nos aficionamos a un estilo de vida que no nos complique nuestra
relación con el entorno; nos ponemos unos límites para no dar más de nosotros
mismos; nos diferenciamos de todos para poder vivir a gusto con nuestra
mediocridad. Hay que cambiar en todos estos campos, tras los cuales se puede
ocultar desde la pereza hasta la presunción, desde la mentira hasta la
avaricia, desde la cobardía hasta la falsa prudencia.
Por el
contrario, tenemos que abrirnos al cambio, abandonar prejuicios, convencernos
de nuestras mentiras, romper con nuestros hábitos egoístas, abrir las puertas a
una vida más marcada por los sentimientos y la afectividad. Y
evidentemente todo ello para ser personas equilibradas, ricas interiormente,
abiertas a la felicidad, pues Dios nos quiere así.
Mariología
XXXIV
María
Corredentora: Respuesta a 7 Objeciones Comunes.(I/VII)
El Doctor
Miravalle es Profesor de teología y mariología de la Universidad Franciscana
de Steubenville y Presidente del movimiento internacional católico, Vox Populi
Mariae Mediatrici. Es autor y editor de varios libros y antologías en
mariología.
El 23 de
Diciembre del 2000, la
revista New York Times publicó en la portada de su sección
"Artes e Ideas," un artículo sobre el movimiento Vox Populi Mariae Mediatrici,
que busca la definición papal de la Santísima Virgen María
como Corredentora, Mediadora de todas las gracias y Abogada. A su vez, este
artículo se reimprimió en la mayoría de los principales periódicos de Estados
Unidos, produciendo la chispa de lo que sería un nuevo y bizarro debate en todo
el país, tanto dentro como fuera de los círculos católicos de pensamiento,
sobre el concepto de nuestra Señora como "Corredentora."
La mayoría de
las objeciones al título de Corredentora de nuestra Señora, aunque formuladas
de distintas maneras, recaen fundamentalmente sobre las mismas categorías
(muchas de las cuales fueron debatidas en publicaciones recientes en respuesta
al artículo del New York Times). Existe una urgente necesidad de pronunciar
claramente al público en general (sobre todo al creciente género de fieles
católicos no catequizados), las verdades básicas doctrinales contenidas en el
término Corredentora que utiliza la Iglesia, así como los avances que ha tenido
el debate por una posible definición papal.
El llamado
que hace el concilio Vaticano II de "traer a Cristo al mundo," con un
enfoque evangélico no limitado a los confines de la Iglesia sino para el mundo
entero, se aplica también a la verdad cristiana sobre la Madre de Cristo. Este
llamado conciliar a proclamar la verdad cristiana al mundo, incluyendo la
verdad cristiana sobre María, es al mismo tiempo un llamado evangélico que debe
estar libre de cualquier compromiso doctrinal al presentar la verdad completa
de María, según la doctrina oficial de la Iglesia Católica
-una verdad que, esencialmente, debe incluir la corredención mariana-.
Por lo tanto,
lo que presentamos a continuación es una síntesis de siete objeciones comunes
al título de María como Corredentora y el papel que juega en la doctrina la
corredención mariana, tomadas principalmente de publicaciones recientes, tanto
seculares como cristianas. A cada objeción se ofrece una respuesta resumida
pero fundamental, tomando en consideración tanto al lector católico como al no
católico. En un esfuerzo por hacer que cada respuesta sea independiente de la
otra, algunos contenidos se repiten dentro de las mismas y sólo en donde se ha
juzgado pertinente.
1ª Objeción:
Nombrar a María "Corredentora," la pone a un mismo nivel con
Jesucristo, el Divino Hijo de Dios, lo que la hace una especie de cuarta
persona de la Trinidad, una diosa o quasi diosa divina, lo cual es blasfemia
para cualquier verdadero cristiano.
El uso que la Iglesia Católica
da al título "Corredentora" aplicado a la Madre de Jesús, de ninguna
manera sitúa a María a un nivel de igualdad con Jesucristo, el divino Redentor.
Existe una diferencia infinita entre la persona divina de Jesucristo y la
persona humana de María. Antes bien, la enseñanza papal ha hecho uso del título
"Corredentora" para referirse a la eminente y singular participación
que tuvo la Madre de Jesús, secundaria y subordinada a su divino Hijo, en la
obra de la redención humana.
El término
"Corredentora" se traduce correctamente como "la mujer con el
Redentor," o literalmente como "la que restaura de nuevo con (el
Redentor)." El prefijo "co" viene del latín "cum," que
significa "con" y no "igual a." Por lo tanto Corredentora,
aplicado a María, se refiere a su singular cooperación, secundaria y
subordinada a su divino Hijo Jesucristo, en la redención de la familia humana,
conforme lo atestigua la Escritura.
María, al dar
su "fiat" voluntario y eficaz a la invitación del ángel Gabriel para
convertirse en la Madre de Jesús, "hágase en mí según tu palabra"
(Lc. 1:38), cooperó de modo eminentísimo a la obra de la redención, dándole al
Redentor un cuerpo que sería el instrumento mismo de la redención humana.
"...somos santificados, merced a la oblación de una vez para siempre del
cuerpo de Jesucristo" (Hb. 10:10), y Jesucristo toma de ella la naturaleza
humana, gracias al consentimiento voluntario, eficaz y del todo singular de la Virgen María. En
virtud de haber dado carne a la "Palabra hecha carne" (Jn 1:14), quien
a su vez redimió a la humanidad, la Virgen de Nazaret merece de modo
enteramente impar el título de Corredentora. En palabras de la extinta Madre Teresa
de Calcuta: "Por supuesto que María es Corredentora -le dio a Jesús un
cuerpo, y su cuerpo fue el que nos salvó-."1
La profecía
de Simeón en el templo, en el Nuevo Testamento, revela asimismo la misión
dolorosa y corredentora de María directamente unida con la de su Hijo Redentor,
en una sola obra redentora de perfecta unidad: "Simeón les bendijo y dijo
a María, su madre: "Éste está puesto para caída y elevación de muchos en
Israel, y para ser señal de contradicción -¡y a ti misma una espada te
atravesará el alma!-" (Lc. 2:34-35).
Sin embargo
el papel de María como Corredentora, subordinado a su divino Hijo, llega a su
culminación al pie de la cruz en donde, sufriendo profundamente, une
obedientemente su corazón de Madre a los sufrimientos del corazón del Hijo
consintiendo con el plan de redención del Padre (cf. Ga. 4:4). Como fruto de
este sufrimiento redentor, el Salvador crucificado da a María como Madre
espiritual de todos los pueblos, "´Mujer, he ahí a tu hijo´. Luego dice al
discípulo, ´He ahí a tu madre´" (Jn. 19:27). El Papa Juan Pablo II
describió a María "crucificada espiritualmente con su Hijo
crucificado" en el calvario y "su oficio de Corredentora no terminó
con la glorificación de su Hijo."2 Aún después de haber adquirido las
gracias logradas por la redención consumada en el calvario, María continúa su
oficio corredentor distribuyendo esas gracias salvíficas a los corazones
humanos.
Los más
antiguos escritores cristianos y Padres de la Iglesia explicaron la
corredención mariana con profunda sencillez, con lo que expusieron el primer
modelo teológico de María como la "nueva Eva." En esencia,
dilucidaron que así como Eva, la primer "Madre de los vivientes"
(Gn.3:20) cooperó directamente con Adán, Padre de la raza humana, en la pérdida
de la gracia para toda la humanidad, así también María, la "nueva Eva,"
cooperó directamente con Jesucristo, a quien San Pablo llama el "nuevo
Adán" (1Co. 15:45-48) en restaurar la gracia para toda la humanidad. Citando
a San Ireneo, padre de la Iglesia del siglo II: "Así como aquella [Eva]
que tenía por marido a Adán, aunque todavía era virgen, fue desobediente
haciéndose causa de la muerte para sí misma y para todo el linaje humano, así
también María, que tenía destinado un esposo pero era virgen, fue por su
obediencia la causa de la salvación para sí misma y para todo el linaje
humano."3
En virtud de
haber cooperado con el Redentor de forma singular y directa para restaurar la
gracia al género humano (Gn. 3:15), María fue universalmente conocida en la
Iglesia primitiva como la "nueva Madre de los Vivientes," y su
corredención objetiva junto con Cristo, fue resumida correcta y brevemente por
San Jerónimo, padre de la Iglesia del siglo IV: "la muerte nos vino por
Eva, la vida por María."4
Ya desde la
antigua tradición cristiana se encuentran referencias explícitas a la
corredención mariana, que hablan de la singular cooperación de María
-secundaria y subordinada a Jesucristo- en la redención o
"restauración" del linaje humano de la esclavitud de Satanás y del
pecado. Por ejemplo, Modesto de Jerusalén, escritor de la Iglesia del siglo VII,
declaró que por medio de María somos "redimidos de la tiranía del
demonio."5 San Juan Damasceno (siglo VIII) la saluda diciendo:
"Bendita tú, por quien somos redimidos de la maldición."6 San
Bernardo de Claraval (siglo XII) predica que "por su cooperación el hombre
fue redimido."7 El célebre doctor franciscano, San Buenaventura (siglo
XIII), sintetizó correctamente la tradición cristiana en esta frase:
"Aquella mujer (Eva), fue la causa de nuestro destierro del paraíso y nos
perdió; pero ésta (María) nos rescató de nuevo y nos salvó."8
Si bien los
padres y doctores de la Iglesia no dudaban de que la participación de la Virgen María en la
redención, basada en la divina obra y méritos de Jesucristo, había estado total
y radicalmente subordinada al Hijo, la primitiva tradición cristiana no tuvo
reparos en enseñar y predicar la íntima y singular cooperación de la mujer,
María, en la "restauración" o redención del linaje humano de la
esclavitud de Satanás. Así como la humanidad se perdió por causa de un hombre y
una mujer, fue también la voluntad de Dios que la humanidad fuera rescatada por
un Hombre y una Mujer.
Sobre este
valioso fundamento cristiano, los papas y santos del siglo XX han usado el
título de Corredentora para referirse a la singular cooperación de María en la
redención humana, según se puede constatar en la actualidad por las seis
ocasiones en las que el Papa Juan Pablo II se ha referido a María con el título
de Corredentora durante su pontificado.9 "Corredentora," a la usanza
de los papas, no significa que María sea una diosa semejante a Jesucristo, más
que la identificación de San Pablo de todos los cristianos como
"colaboradores de Dios" (1 Co. 3:9), no significa que los cristianos
son dioses a la semejanza del único Dios.
Todos los
cristianos están legítimamente llamados a ser colaboradores o
"corredentores" con Jesucristo (cf. Col. 1:24) al recibir y cooperar
con la gracia necesaria para la propia redención y la redención de otros -la
redención subjetiva personal, lograda por la redención histórica objetiva o
"restauración" obrada por Jesucristo, el "nuevo Adán," el
Redentor, y por María, la "nueva Eva," la Corredentora.
Que la
gracia y la bendición del Padre se derrame sobre todos nosotros
La Palabra es fuente de Vida:
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"Id por todo el mundo y proclamad la buena
noticia a toda criatura"
Marcos 16,15
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18 Estimo, en efecto, que los padecimientos
del tiempo presente no se pueden comparar con la gloria que ha de manifestarse
en nosotros. 19 Porque la creación está aguardando en
anhelante espera la manifestación de los hijos de Dios, 20 ya que la creación fue sometida al fracaso, no por su
propia voluntad, sino por el que la sometió, con la esperanza 21 de que la creación será librada de la esclavitud de la
destrucción para ser admitida a la libertad gloriosa de los hijos de Dios. 22 Sabemos que toda la creación gime y está en dolores de
parto hasta el momento presente. 23 No
sólo ella, sino también nosotros, que tenemos las primicias del Espíritu, gemimos
dentro de nosotros mismos, esperando la adopción filial, la redención de
nuestro cuerpo. 24 Porque en la esperanza fuimos salvados;
pero la esperanza que se ve no es esperanza, porque lo que uno ve, ¿cómo puede
esperarlo? 25 Si esperamos lo que no vemos, debemos
esperarlo con paciencia.
Salmo 125,1-6
1 Canción de las subidas
Cuando el
Señor repatrió a los prisioneros de Sión,
nos parecía
que estábamos soñando.
2 Nuestra boca se nos llenó de risa
y nuestra
lengua de cantares.
Entonces se
decía entre las gentes:
«El Señor ha
hecho por ellos grandes cosas».
3 El Señor ha hecho por nosotros grandes
cosas,
y estamos
alegres.
4 Señor, haz volver a nuestros prisioneros
como torrentes
en el Negueb.
5 Los que siembran con lágrimas,
cosecharán
entre cantares;
6 van, sí, llorando van al llevar la
semilla;
mas volverán,
cantando volverán trayendo sus gavillas.
Lucas
13,18-21
18 Jesús les dijo: «¿A qué se parece el reino
de Dios y a qué lo compararé? 19 Es
como un grano de mostaza, que toma un hombre, lo echa en su huerto y crece
hasta llegar a ser como un árbol, en cuyas ramas anidan las aves. 20 ¿A qué compararé el reino de Dios? 21 Es como la levadura que una mujer toma y la mete en tres
medidas de harina, hasta que fermenta toda la masa».
Rezar no es
sólo para los curas y las monjas. Ir a Misa no está reservado sólo a las
“beatas”. Aprender la fe católica no es exclusivo para los niños de
primera comunión. Hay muchos tópicos que deben abandonarse si queremos ser
fieles al Evangelio. ¿Por qué? En este pasaje encontramos dos ejemplos.
Jesús habló a
los campesinos en su lenguaje. Les explicó cómo era el Reino de Dios
comparándolo con un grano de mostaza. Quería que los agricultores entraran a
formar parte del grupo de sus discípulos. También habló de la fecundidad de sus
enseñanzas diciendo que se transmiten como la levadura en la masa de pan.
Porque quería que también las mujeres, las amas de casa, se convirtieran en
difusoras de las virtudes evangélicas, y que con su ejemplo, toda la sociedad
se viera transformada.
Por tanto, el
papel de los laicos es imprescindible en esta tarea. Todos somos
evangelizadores, no sólo los sacerdotes y las religiosas misioneras. Y hay que
predicar con el lenguaje de hoy: con la televisión, el cine, la prensa, las
redes de Internet... todos esos son medios puestos a nuestra disposición para
hacer avanzar, aunque sea sólo un milímetro al día, el Reino de Cristo.
Santos Vicente,
Sabina y Cristeta
Vicente,
Sabina y Cristeta son hermanos. Han nacido y viven en Talavera (Toledo). Los
tres disfrutan de su juventud —Cristeta, casi niña- y, como en tantos
hogares después del fallecimiento de los padres, hace cabeza Vicente que es el
mayor.
Manda en el
Imperio la tetrarquía hecha por Diocleciano con el fin de poner término a la
decadencia que se viene arrastrando a lo largo del siglo III por las
innumerables causas internas y por las rebeliones y amenazas cada vez más
apremiantes en las fronteras. Diocleciano, augusto, reside en Nicomedia y ocupa
la cumbre de la jerarquía; su césar Galerio reside en Sirmio y se ocupa de
Oriente; Maximiano es el otro augusto que se establece en Milán, con su césar
Constancio, en Tréveris, gobiernan Occidente.
El presidente
en España es Daciano hombre cruel, bárbaro y perverso, que odia sin límites el
nombre cristiano y que va dejando un riego de mártires en Barcelona y en
Zaragoza. Llega a Toledo y sus colaboradores buscan en Talavera seguidores de
Cristo.
Allí es
conocido como tal Vicente, que se desvive por la ayuda al prójimo y es ejemplo
de alegría, nobleza y rectitud.
Llevado a la
presencia del Presidente, se repite el esquema clásico, en parte verídico y en
parte parenético de las actas de los mártires. Halagos por parte del poderoso
juez pagano con promesas fáciles, y, por parte del cristiano, profesiones de fe
en el Dios que es Trinidad, en Jesucristo-Señor y en la vida eterna prometida.
Amenazas de la autoridad que se muestra dispuesta a hacer cumplir de modo
implacable las leyes y exposición tan larga como firme de las disposiciones a
perder todo antes de la renuncia a la fe nutriente de su vida que hace el
cristiano. De ahí se pasa al martirio descrito con tonos en parte dramáticos y
en parte triunfales, con el añadido de algún hecho sobrenatural con el que se
manifiesta la complacencia divina ante la fidelidad libre del fiel.
Bueno, pues el
caso es que a Vicente lo condenan a muerte por su pertinacia en perseverar en
la fe cristiana. Lo meten en la cárcel y, en espera de que se cumpla la
sentencia, es visitado por sus dos hermanas que, entre llantos y confirmándole
en su decisión de ser fiel a Jesucristo, le sugieren la posibilidad de una fuga
con el fin de que, sin padres que les tutelen, siga él siendo su apoyo y
valedor. La escapada se realiza, pero los soldados romanos los encuentran en la
cercana Ávila donde son los tres martirizados, en el año 304.
El amor a Dios
no supone una dejación, olvido o deserción de los nobles compromisos humanos.
Vicente, aceptando los planes divinos hasta el martirio, hizo cuanto
legítimamente estuvo de su parte para sacar adelante su compromiso familiar.
Mariología
XXXIII
La Teología
Mariana de Von Balthasar
Y la Definición Propuesta
de María Corredentora
La hermana
Thomas Mary McBride es miembro de la Sociedad Mariológica
de América y se especializa en la teología y mariología de Urs von Balthasar.
En los
círculos teológicos se ha vaticinado que el teólogo suizo, Hans Urs von
Balthasar (1905-1988) será el teólogo más importante del siglo veinte. La
característica de mayor impacto de la abundante producción de Balthasar, es su
orientación contemplativa, que él mismo ha descrito como "teología de
rodillas." Ciertamente, su propia vocación teológica la percibió y
entendió durante la oración, en un momento preciso de gracia, durante un retiro
que hacía en la Selva
Negra en Basle; una gracia que posteriormente, él contaría
con gran precisión.
La actitud
devota y receptiva que se percibe en la obra de von Balthasar, se entiende de
mejor manera a través del fiat mariano, que nos demuestra que la teología
comienza con la respuesta de la criatura a la automanifestación de Dios. Según
von Balthasar, María, a través del don de la gracia, le dio a Dios la perfecta
respuesta nupcial de fe y, por esta razón, el fiat mariano se ha convertido en
el tipo y ejemplo acabadísimo de la respuesta fiel de toda la Iglesia. , Este
artículo, por lo tanto, tiene como propósito presentar un breve recuento de la
teología mariana de von Balthasar, desarrollada en torno al leitmotiv del fiat
nupcial, que explícita o implícitamente, penetra por completo su corpus
teológico.
En virtud de
que von Balthasar, siguiendo la Tradición de los primeros padres, ve a María
como la imagen típica de la Iglesia, se sigue que su concepción de la Iglesia
es mariana, femenina y nupcial. Él ve a la Iglesia como una persona, un cuerpo,
una estructura, y finalmente, como novia. En primer lugar y ante todo, por
supuesto, la Iglesia es Cristo; pero cuando se le considera como Cabeza y
cuerpo, la Iglesia también constituye una respuesta a Cristo, es decir, un
abandono esponsal a Cristo en fe. Por medio de esta respuesta que la Iglesia da
en fe, su fiat personal a la
divina Palabra, la Iglesia lleva en su propia carne el
espíritu y el fruto de Cristo. Aunque está conformada por muchos miembros, la
Iglesia no es una mera colectividad de personas: una realidad sociológica.
Todos sus miembros participan, mediante la gracia infusa, de un solo sujeto
normativo y de su conciencia. Su incohabitabilidad se realiza en el misterio
del Espíritu Santo dentro de su más ser íntimo, y quien por sí solo puede
constituirla en sujeto y novia. Mediante su estructura sacramental, la Iglesia
comunica a las personas reales que la forman, la más intima vida divina de
Cristo, en un vínculo de amor como en un matrimonio. Para von Balthasar, esta
realidad de la Iglesia, que la revelación llama la novia de Cristo, es un misterio
de fe.
En el tercer
volumen de su Theo-Drama: Personas en Cristo, von Balthasar subraya la figura
arquetípica de la Virgen
María, a quien él considera como "el verdadero
símbolo" de la
Iglesia. Basándose en los padres y la Tradición, von
Balthasar presenta a la Virgen de Nazaret como la mujer individual que
personifica y es la epítome misma de la Iglesia, en su abandono a Dios
esencialmente nupcial. Toda la vida de María se engloba, dice el escritor, en
su fiat, el consentimiento perfecto que "todo lo permite," y al
permitir que de este modo la Palabra de Dios tome completa posesión de ella en
cuerpo y alma, "se convierte en vientre y novia y Madre del Dios
encarnado."
De acuerdo
con von Balthasar, el consentimiento de María es primeramente un consentimiento
virginal, que sólo después se convertirá en un consentimiento maternal y
finalmente, esponsal. Su consentimiento virginal se funda en la gracia de la Inmaculada Concepción,
fuente de su impecable virginidad. María fue agraciada con la perfecta libertad
finita: la capacidad de la plena realización personal, como un ser total y
exclusivamente vuelto hacia el Verbo de Dios al responder obedientemente en fe.
Su
consentimiento virginal se convierte en consentimiento maternal, al permitir
voluntariamente que la iniciativa divina confeccione un nuevo comienzo en el
nacimiento virginal de su Hijo y ella se convierte en la Madre de Cristo.
Finalmente, la Madre de Cristo se torna en la Novia de Cristo en el calvario,
en donde su consentimiento voluntario, pleno en la fe y ahora esponsal a la
voluntad salvífica de Dios, es llevado a su realización más alta. Al pie de la
cruz de Jesús, María recibe con perfectísima fe y amor, la infinita fecundidad
que brota de la herida abierta del Corazón de Jesús. La nueva Eva recibe la
efusión de Vida y la gracia sobreabundante de parte del nuevo Adán, al cooperar
íntimamente con su fiat irrestricto, en la misión de amor redentivo de Cristo.
Como Virgen,
Madre y Novia de Cristo, María se convierte en Madre de la Iglesia, mediante la
fecunda semilla espiritual que la Novia Inmaculada recibió de su Hijo crucificado:
su Cuerpo ofrecido y su Sangre derramada. Como Virgen, Novia, y Madre, ella
engendra a la Iglesia una y otra vez por toda la eternidad.
Por lo tanto,
en su teología mariana, von Balthasar presenta a la Iglesia como arquetipo de
la vida y amor propios de María. Ambas, María y la Iglesia, son fecundas
precisamente por su amor virginal. En el nacimiento virginal, que es signo
sacramental, la Iglesia se pone en contacto con el nuevo nacimiento de la vida
divina, de la que ella, como María, es Madre. María y la Iglesia son cada una
transformadas en la Novia de Cristo, participando interiormente de la pasión,
recibiendo la fecundidad espiritual que fluye del Corazón abierto del
Crucificado. Finalmente, de esta recepción activa, María, y luego la Iglesia,
pasan a ser el vientre productivo de todas las gracias cristianas. Mediante el
fiat nupcial, literalmente inmaculado sólo en el modelo mariano de la Iglesia,
María comparte con la comunión de los santos su propia experiencia arquetípica
como Virgen, Madre y Novia de Cristo.
Según von
Balthasar, el "si" nupcial que María da con una fe íntegra, la que
continúa en la Iglesia como virginidad fructífera, no sólo tiene implicaciones
para la Iglesia, ciertamente, sino que es el fiat mariano lo que define a la Iglesia. El fiat y la
redención están de tal forma entrelazados, son tan inseparablemente uno, que la
criatura no puede decir "si" a Dios sin que sea redimida, pero tampoco
la criatura puede ser redimida sin haber dado su "si" de alguna
manera. El único "sí" de María, su fiat personal con una disposición
sin límites al designio divino, fue suficiente para que el Señor encarnado
dijera "si" a todas sus criaturas, y se ha convertido "por
gracia, en el vientre de la novia, matrix y mater" dentro y por medio del
cual cada criatura puede decir "si" a Dios, y por el que
"también forma a la
verdadera Iglesia universal." Por lo tanto, el fiat de
María, como el fiat voluntas tua del Señor, es un fiat vicario, católico, que
abarca la totalidad del amor de Dios para todo su pueblo, y es también un
modelo. Apoyado en el fiat, tipo de María, la novia Iglesia, como
María, concibe, engendra y da a luz a Cristo.
Una parte
integral de la teología mariana de von Balthasar, está constituida por los
modelos apostólicos Pedro, Juan y Pablo quienes, junto con María, forman en la
Iglesia un grupo necesario e indisoluble de personas que giran alrededor de la
vida humana de Cristo. Von Balthasar considera el fiat mariano como la forma
fundacional que abarca y sostiene los modelos apostólicos, ya que fue María la
primera en experimentarlo, y por ello condiciona de manera total la experiencia
apostólica.
La Iglesia
por lo tanto, habiendo nacido de Cristo, "encuentra su propio eje en
María, así como la plena realización de su concepto como Iglesia." Su fe
mariana, al responder al Novio Divino-Humano, se eleva en la Iglesia a la
posición de principio, y es co-extensiva con el principio masculino del Oficio
y los Sacramentos al producir el fruto de Cristo para todo el mundo. Sabiendo
que en el plan de Dios están contemplados todos los pueblos, la Iglesia puede
reconocer con humildad que ella es la escogida para ser la representante de la
humanidad ante Dios "con fe, en oración y con sacrificio, teniendo
esperanza para todos, y más que nada, con un gran amor por todos." Como
novia, imitando a su modelo mariano, ella se dirige al Novio para poder servir
como esclava, y regresarle una progenie nueva modelada a la imagen de Cristo,
así como recibir de su Cabeza, "en lo más profundo de su intimidad,"
la vida trinitaria íntegra. Su total disposición sólo puede ser una dependencia
femenina de Dios, encarnada en el fiat de María.
La teología mariana
de Von Balthasar tiene una orientación contemplativa. Esto es claro al ver su
insistencia en que la primera obligación que tiene la novia-Iglesia con su
Novio, es la glorificación del amor divino. Este amor divino fue vaciado en el
vientre puro de María como primer fruto de la gracia redentiva y ella respondió
plenamente con su fiat de fe y adoración. Esta receptividad y respuesta
marianas al Verbo de Dios, es el único propósito de la vida contemplativa de la
Iglesia en dondequiera que ésta se encuentre.
La prioridad
más importante pertenece, sin excepción, a nuestra disposición de servir al
Amor divino, una disposición que no tiene ningún otro fin que el de sí mismo, y
que aparentemente no tiene sentido en un mundo atrapado en tantas ocupaciones
urgentes y razonables.
El alma
contemplativa, al igual que su modelo mariano, desea dar una respuesta
semejante de obediencia y adoración, un servicio puro de agradecimiento y
alabanza al Amor absoluto. Como María, el alma contemplativa se identifica con
"el centro más íntimo de la Iglesia, donde ella es simplemente la novia en
presencia del Novio." Es la vida que Jesús alabó en el Evangelio, la vida
de María a sus pies:
Nunca se
podrá prescindir de María de Betania. Personam Ecclesiae gerit: en su especial
función, ella representa a la Iglesia misma. Ella actualiza, en el mundo de la
conciencia humana, el misterio más profundo de las nupcias entre Cristo y la
Iglesia, Dios y el mundo, gracia y naturaleza, una relación que es el misterio
tanto de la fecundidad de María, Madre, como el de la Iglesia.
Confirmación
por Santo Tomás de Aquino
Santo Tomás
de Aquino, al discernir sobre el fiat de María, parece confirmar el fundamental
punto de vista de von Balthasar. Según Santo Tomás, el fiat de María era
necesario con objeto de mostrar que se estaba decretando un matrimonio
espiritual entre el Hijo de Dios y la naturaleza humana. El "sí" de
María representó el "sí" de todo el pueblo de Dios, permitiendo con
ello que cada persona pueda pronunciar su propio fiat personal y estar
íntimamente unidos con la naturaleza divina. Al comentar sobre el significado
místico de las bodas de Caná, el seráfico Doctor enseña que María está presente
en la mística unión nupcial del alma con Dios y que es ella la que prepara las
nupcias, porque es mediante su intercesión, que el alma se une a Cristo por la gracia. Santo Tomás
llama a María consolatrix y mediatrix. Al hacer comentarios sobre la
encarnación, Santo Tomás afirma que María está tan llena de la gracia, que se
desborda hacia nosotros, y en esta plenitud de gracia desbordante, María supera
a todos los santos.
Desde la
perspectiva de una evaluación, la teología mariana de von Balthasar es en sí
una valoración crítica de la mariología de la Iglesia desde el periodo
patrístico hasta el concilio Vaticano II. Él retoma el pensamiento de la fe
irreflexiva que había en tiempos anteriores a la crítica, desde el punto de
vista de la situación histórica actual que ha pasado por la Reforma y el
Renacimiento. Haciendo un razonamiento riguroso de sus línea de pensamiento, el
teólogo muestra la catolicidad fundamental del fiat mariano y la validez que
tiene el desarrollo de la imagen arquetípica de María como Virgen, Madre y
Novia. Resalta las exageraciones que emergieron a través de los siglos y que
fueron podadas en el Capítulo VIII de Lumen gentium. Sin embargo, hace hincapié
en "la limitada mariología que hubo en el concilio" y la llama una
presentación minimalista. Consecuentemente, le da a la mariología un nuevo
comienzo, presentando su propia visión tríptica de María como un
"personaje dramático."
María es un personaje
dramático, según von Balthasar, porque su Inmaculada Concepción sitúa su
existencia personal "entre una existencia de paraíso (supralapsarian) y la
vida humana en su estado caído." Esto necesariamente tiene que ser así,
porque el privilegio de su Inmaculada Concepción la liberó de toda mancha de
pecado; sin embargo, vivió su existencia humana en el mundo caído del pecado.
Es así, en segundo lugar, porque su vida personal se sitúa en el tránsito entre
la Antigua Alianza
de la ley y el pecado, y la
Nueva Alianza de la gracia y el Espíritu.
Como Madre
carnal, su sucesión es directa con las generaciones que descienden de Adán vía
Abraham, mientras que como Madre Virgen, quien al dar su consentimiento
engendró por medio del Espíritu, representa un hito y un nuevo comienzo.
Finalmente,
es así porque su existencia se sitúa en la tensión escatológica entre el tiempo
y la eternidad.
Aunque ella misma ha recobrado el Paraíso en su asunción,
como Madre de todos los vivientes, María "engendra la era del Mesías y a
sus hermanos, en los dolores de parto de la cruz." Según el pensamiento
de von Balthasar,
El dramático
oficio de María surge tanto de su centro -siendo la Madre virginal de Cristo-
como de la totalidad de su ser, que comienza con la humanidad en el estado
paradisíaco (supralapsarian), abraza a la humanidad caída y redimida y abarca
la posición escatológica de la
humanidad. Su oficio es universal y en cierto sentido (que
debemos analizar con mayor detalle) co-extensivo al de Cristo.
Una propuesta
para el desarrollo a futuro
Quizás la
mariología de von Balthasar, que penetra profundamente el fiat mariano, podría
obtener una base más sólida enraizándola, metafísicamente, con la participación
metafísica de Santo Tomás de Aquino, especialmente a la luz de su desarrollo
por tomistas contemporáneos.
Según la
teoría de Santo Tomás sobre la participación del ser, Dios es ipsum subsistens
esse y cada criatura finita participa de la existencia, procediendo en un orden
ascendente. En tanto que los cuerpos participan sólo del ser, las almas
participan, según su naturaleza, del ser y de la vida, y el intelecto participa
del ser, la vida y la inteligencia.
Cornelio
Fabro, posiblemente el mayor expositor de la metafísica tomista, al comentar
sobre la declaración anterior, dice:
En esta
extensión metafísica de la noción de participación, todas las relaciones
esenciales del ser se actualizan, ambas con respecto a la estructura y la
causalidad, hasta su grado más alto. Ello consiste en la obtención de su fin
último, que es la imitación y semejanza del ser, y principalmente, en la acción
conjunta de una substancia inferior o facultad y un principio superior.
En cuanto a
la persona de María, ¿no podría ser esto un apoyo a la luz de la Inmaculada Virgen Madre,
quien es la única y más excelsa de las criaturas humanas en el plan de
salvación?. La impecabilidad de su ser participó, por encima de todos los
demás, de la vida y del Ser de Dios. Su fiat abrió la puerta para que la
humanidad caída participara de su fiat, y poder ascender a Dios por medio de
incontables gracias a imitación y semejanza del Ser. Un estudio al respecto,
podría bien profundizar y fructificar el conocimiento que tiene la Iglesia de
María como Mediadora de todas las gracias y contribuir significativamente a la
discusión del dogma propuesto. Como dice W. Norris Clarke al concluir su
exposición sobre la elevación metafísica hacia Dios mediante la participación
tomista -ligeramente adaptada para ajustar "nuestras alas metafísicas"-
podría ser que la eficacia de los argumentos esté tan intrincadamente
involucrada en un compromiso profundo existencial del espíritu, dinámico y
vital, hacia una verdadera búsqueda personal por comprender plenamente el (fiat
mariano), que podría permanecer opacado si se sigue viendo desde una
perspectiva meramente desapegada, abstracta y lógica. Podría ser, como en el
caso de Plotinus, que los hilos de la búsqueda metafísica y mística estén tan
estrechamente entretejidos, que se podrán separar de lleno solamente con
violencia. La búsqueda del centro oculto de la (Iglesia universal) cuya
presencia -o más bien, la exigencia de cuya presencia- la mayoría de la
humanidad siente -en los lugares más recónditos e inefables de sus mentes y
corazones- como obscura, reducida e inarticulada, quizás tendría que ser una
búsqueda íntegra de la persona, de todo el ser del hombre o la mujer.
Dos mil años
de tradición cristiana atestiguan la presencia permanente de la Madre de Dios
en el corazón y centro de la
Iglesia. Quizás la búsqueda del "pleno
entendimiento" del misterio de su fiat, como el centro oculto de la
Iglesia universal, necesitaría ser un entretejido de ambos hilos, el metafísico
y el místico, una búsqueda "de la integridad personal, de todo el ser del
hombre o la mujer."
Epílogo
En una
entrevista otorgada por el Honorable Howard Q. Dee, ex Embajador de las
Filipinas ante la Santa
Sede, y hablando sobre el dogma a proponerse de nuestra
Señora como Corredentora, Mediadora de todas las gracias y Abogada, el Embajador
Dee sometió la siguiente declaración de un ensayo que Su Eminencia, el cardenal
Cristoph Schoenborn, O.P., Arzobispo de Viena, Austria, ofreció en el Simposio
de Fátima sobre la Alianza de los Dos Corazones.
¿Porqué la
teología encuentra el centro de su corazón en el corazón de una mujer que es la
Madre de Jesús? María es la garante del realismo Cristiano; en ella se
manifiesta que la palabra de Dios no sólo fue hablada, sino también escuchada;
que Dios no sólo ha hablado, sino que el hombre ha contestado; que la salvación
no sólo fue presentada, sino también recibida. Cristo es la palabra de Dios,
María es la respuesta; en Cristo, Dios ha bajada del cielo; en María la tierra
se ha hecho fértil. María es el sello perfecto de las criaturas; en ella se
ilustra de antemano, lo que Dios quería para la creación.
Estas
palabras inspiraron el siguiente discernimiento del Embajador Dee:
Según lo que
ha expresado el cardenal Schoenborn, yo simplemente entiendo que el don de la
redención, que se otorga libre y de manera perfecta, debe ser recibido en
libertad y de manera perfecta...A la luz de lo anterior, y según el plan de
Dios, María es indispensable para la redención del hombre. Ella es
indispensable no porque Dios sea incapaz de redimirnos por Sí Mismo, sino
porque Él quiere que el hombre, a quien ha creado con libre albedrío, coopere
libremente con su propia redención... El Redentor necesita que el hombre
coopere con su propia redención.
Este oficio
de corredención se ofreció a María porque fue concebida sin la mancha del
pecado original. Sólo ella estaba en posibilidades de comenzar con un nuevo
linaje de sangre libre de la esclavitud del pecado; solamente a ella se le
preparó para ser Corredentora y quien, al igual que el cordero pascual, debía
ser inmaculada. El Señor le hizo este ofrecimiento por medio del ángel Gabriel,
y con su fiat, ella consintió en nombre de toda la humanidad, convirtiéndose en
Corredentora.
El suscrito
está sugiriendo que la participación metafísica de Santo Tomás, que sostiene el
penetrante entendimiento teológico de von Balthasar en cuanto al ilimitado fiat
de María -que brota por haber sido creada de manera única como la Inmaculada Concepción-
podría ser un recurso fresco y fundamental para el dogma a proponerse de
nuestra Señora como Corredentora, Mediadora de todas las gracias y Abogada.
Que la
gracia y la bendición del Padre se derrame sobre todos nosotros
La Palabra es fuente de Vida:
¡Ayúdanos a difundirla!
"Id por todo el mundo y proclamad la buena
noticia a toda criatura"
Marcos 16,15
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La gente se regocijaba por los milagros que él hacía
Romanos
8,12-17
12 Así pues, hermanos, no somos deudores de
los bajos instintos para tener que vivir de acuerdo con ellos. 13 Porque si vivís según los bajos instintos, moriréis; pero si,
conforme al Espíritu, dais muerte a las acciones carnales, viviréis. 14 Los que se dejan guiar por el Espíritu de Dios son hijos de
Dios. 15 Porque no recibisteis el espíritu de esclavitud
para recaer de nuevo en el temor, sino que recibisteis el espíritu de hijos
adoptivos, que nos hace exclamar: ¡Abba! ¡Padre! 16 El
mismo Espíritu da testimonio juntamente con nuestro espíritu de que somos hijos
de Dios. 17 Y si somos hijos, somos también herederos:
herederos de Dios, coherederos de Cristo; si es que padecemos con él, para ser
también glorificados con él.
Salmo 67,2.4.6-7.20-21
2 Se alza el Señor y sus enemigos se
dispersan,
huyen de su
presencia sus contrarios.
4 Los justos se regocijan en la presencia
del Señor,
se alborozan y
saltan de alegría.
6 Padre de los huérfanos, defensor de las
viudas,
tal es Dios en
su morada santa.
7 Dios da una casa a los abandonados,
da a los
prisioneros la libertad dichosa;
sólo los
rebeldes viven en su tierra abrasada.
20 Bendito sea el Señor día tras día,
él cuida de
nosotros, es nuestro salvador.
21 Nuestro Dios es el Dios libertador,
el Señor,
nuestro Dios, nos libra de la muerte.
Lucas
13,10-17
10 Un sábado estaba enseñando en una
sinagoga. 11 Había allí una mujer poseída de un
espíritu inmundo, que la tenía enferma hacía dieciocho años; estaba encorvada y
no podía de ninguna manera enderezarse. 12
Jesús, al verla, la llamó y le dijo: «Mujer, quedas libre de tu enfermedad». 13 Le impuso las manos y, al instante, se enderezó y empezó a
alabar a Dios. 14 El jefe de la sinagoga, indignado porque
Jesús había curado en sábado, decía al pueblo: «Hay seis días para trabajar;
venid en ésos y curaos; no vengáis en sábado». 15
Jesús le respondió: «¡Hipócritas! ¿No suelta cada uno de vosotros su buey o su
asno del pesebre en sábado y lo lleva a beber? 16 Y
a esta mujer, que es una hija de Abrahán, a la que Satanás tenía
atada desde hace dieciocho años, ¿no se la puede soltar de su atadura en
sábado?». 17 Y al decir esto, todos sus adversarios
quedaron avergonzados, mientras que la gente se regocijaba por los milagros que
él hacía.
Todos nos
maravillamos de los signos que realizaba Jesús. ¡Y cuántas veces le hemos
pedido la curación de alguna enfermedad, nuestra o de alguna persona a la que
queremos!
Sin duda, las
enfermedades de aquella época eran difíciles de curar. No contaban con los
medios actuales de diagnosis y terapias. No había salas de operaciones con la
higiene que conocemos hoy, ni ecografías, ni vacunas, ni anestesias locales.
Todo eso ha venido con el progreso técnico, médico y farmacológico. Parece como
si Dios hubiera dejado en manos de los médicos el cuidado del cuerpo para poder
dedicar a los sacerdotes, sus más íntimos colaboradores, a la tarea más
importante: el cuidado espiritual. Es increíble recuperar la vida de gracia y
de intimidad con Dios. Es maravilloso ver nacer a Cristo cada día en la Eucaristía.
Porque la vida
espiritual, aunque esté oculta a los ojos, tiene una dimensión infinitamente
superior a las acciones puramente materiales. Por ejemplo, un acto de caridad
hecho por amor a Dios embellece al alma de tal manera que nos quedaríamos
extasiados si pudiéramos contemplarla. Es impresionante lo que realizan en
nosotros los sacramentos. Porque recibimos gracias especiales de Dios. Sin
embargo, tenemos que reconocer que estamos sujetos a las realidades de la
tierra y que no podemos percibir nuestra transformación en el mundo espiritual.
Pero si tenemos fe, y perseveramos hasta el final, un día podremos ver con
claridad, sin misterios, la grandeza de cada alma humana.
San Evaristo
Nació por los
años 60, de una familia judía asentada en tierras griegas. Recibió educación
judía y aprendió en los liceos helénicos.
No se conocen
datos de su conversión al cristianismo, pero se le ve ya en Roma como uno de
los presbíteros muy estimados por los fieles que, lleno de celo, eleva el nivel
de la comunidad de cristianos de la ciudad, entregándose por completo a
mostrarle a Jesucristo. Amplio conocedor de la Sagrada Escritura,
es docto en la predicación y humilde en el servicio.
Muerto mártir
el Papa Anacleto, sucesor de Clemente, la atención se fija en Evaristo. Por
humildad se resistió con todas las fuerzas posibles a asumir la dignidad que
comportaba tan alto servicio. El día 27 de Julio del año 108 tuvo la Iglesia
por Papa a Evaristo.
Atendió
cuidadosamente las necesidades del rebaño: Defiende la verdadera fe contra los
errores gnósticos. Establece normas que afectan a la consagración y trabajo
pastoral de los Obispos y de los diáconos. Manda la celebración pública de los
matrimonios. Se ocupa de la vida de los fieles, esbozándose ya una cierta
administración territorial, para su mejor atención y gobierno. También escribió
cartas a los fieles de África y de Egipto.
Murió mártir,
siendo Trajano emperador, hacia el 117.
Mariología XXXII
Desarrollo
doctrinal y ecumenismo.
El oficio
salvador de María... Su mediación maternal...
El doctor
Scott Hahn es Profesor de teología y estudios bíblicos en la Universidad Franciscana
de Steubenville, y reconocido internacionalmente como autor y conferenciante de
apologética, ecumenismo y estudios bíblicos.
Con
frecuencia, la
Divina Providencia suscita historias irónicas sobre los
vaivenes por los que pasan los católicos convertidos en su peregrinar de
regreso al hogar de la Iglesia católica. En mi caso, como ex ministro
protestante y con profundas convicciones anticatólicas, fue mi cruzada —tipo
Saulo— contra María, la que fue maravillosamente transformada por la
gracia de Dios, convirtiéndose en un profundo amor filial por la Madre de Dios.
Como dicen por ahí, mientras más grandes se hacen, más fuerte caen
—enamorados—.
Pero si yo
hubiera tenido un encuentro con un movimiento como Vox Populi Mariae Mediatrici
("La Voz del Pueblo por María Mediadora") antes de mi entrada en la
Iglesia en la Pascua de 1986, me habría sentido algo aterrado, pues mis peores
sospechas se habrían confirmado. De verdad, casi puedo escucharme cargando el
cañón, "¿Qué quieren decir con María como ´Corredentora, Mediadora de
todas las gracias y Abogada del pueblo de Dios?´ ¡Al fin, una prueba
contundente de que los Católicos reemplazan las prerrogativas de Cristo con las
de María!" Por muchos años consideré que la doctrina mariana y su devoción
era el síntoma de una infección mortal que aquejaba a los católicos; sentía que
en verdad era la muestra palpable de lo que andaba más mal con los católicos.
Inicialmente, me opuse a la definición del dogma por varias razones, pero más
que nada porque temía que sólo contribuiría a la confusión que ya existía en
esos ámbitos.
Sin embargo,
como maestro, tuve que hacerme la pregunta ¿cuál es la mejor manera de
enfrentar la confusión? Desvanecerla. Y la mejor manera de hacerlo es
alineándose con la Iglesia, proclamar lo que el Papa proclama y después
explicarlo —es exactamente lo que hace un teólogo—.
Paradójicamente,
los puntos de vista antimarianos que yo tenía, han resultado ser de gran valor
para las objeciones que comúnmente surgen en contra de las enseñanzas de la
Iglesia acerca de María, así como la posibilidad de un nuevo dogma mariano que
se espera pueda definir el Papa. Como evangélico, la razón principal por la que
me oponía a la enseñanza mariana de la Iglesia Católica,
era porque creía que socavaba la obra perfecta de Cristo y lo arrebataba de su
gloria. Hoy en día, la razón principal por la que me adhiero a la enseñanza de
la Iglesia, es porque ahora veo a María como la obra perfecta de Cristo y una
mayor revelación de su gloria; María no le roba más gloria al Hijo, de lo que
la luna le roba al sol.
En virtud de
los baches y desviaciones por los que me he enfrentado en mi camino hacia Roma,
quizás sería útil aclarar cómo este evangélico llegó a aceptar las enseñanzas
de la Iglesia, y explicar porqué aceptaría una definición de un nuevo dogma
mariano, si eso es lo que el papa Juan Pablo II decide hacer.
El Evangelio
de Jesús toma forma en María.
Jesús anunció
el Evangelio y después procedió a cumplirlo; pero el Evangelio no cambió a la segunda Persona de
la Trinidad. El Hijo
eterno no ganó ni una sola gota de gloria para sí mismo—después de haber
vivido, muerto y resucitado como humano— de lo que careció desde un
principio. Dios no creó y redimió al mundo con el objeto de tener más gloria,
sino más bien para darla. No existe una contienda entre el Creador y Sus
criaturas. El Padre nos hizo y redimió por medio del Hijo y el Espíritu, pero
lo hicieron por nosotros —comenzando con María, en quien se cumplió no
sólo primera sino perfectamente—.
¿Desvirtuaríamos,
por lo tanto, la obra acabada de Cristo al afirmar su perfecta realización en
María? Al contrario, celebramos su obra, fijando nuestra atención en la persona
humana que lo manifiesta de la manera más perfecta.
María no es
Dios, pero ella es la Madre de Dios. Ella es sólo una criatura, pero es la
creación más grande de Dios. Así como los artistas anhelan pintar una obra
maestra de entre sus muchas obras, así Jesús hizo de su Madre su gran obra
maestra. El hecho de afirmar la verdad sobre María, no hace menos a Jesús; sin
embargo, no hacer tal afirmación sí podría hacerlo.
De entre
todas las criaturas, María es la que está directamente relacionada con Dios por
una unión natural emparentada con la alianza, como Madre de Jesús, a quien ella
dio su propia carne y sangre. Esta unión es la que nos permite compartir la
gracia de la Nueva
Alianza de Cristo por la adopción. Más aún,
Jesús estaba legalmente obligado por medio de la ley de su Padre
("Honrarás a tu padre y a tu madre"), de compartir su honor, como
Hijo, con María. Y verdaderamente cumplió con esta ley más perfectamente que
ningún otro hijo lo haya hecho jamás, enriqueciéndola con los dones de su
divina gloria, y simplemente estamos llamados a imitarlo.
La salvación
es una dinámica de trabajo compartido.
El papa Juan
Pablo II ha declarado: "Dios, en su misterio más profundo, no es soledad
sino una familia, ya que tiene en sí mismo paternidad, filiación de hijo y la
esencia de la familia, que es amor." La obra de salvación es la obra en
conjunto de las tres Personas de la Santísima Trinidad. Por
lo tanto, nuestra redención asume proporciones trinitarias y familiares.
La primer
Persona de la Trinidad es ahora nuestro Padre (Jn. 20:17), en
virtud de la obra salvadora del Hijo, quien es "el primogénito entre muchos
hermanos" (Rm. 8:29) y, por lo tanto, el Espíritu Santo es "el
Espíritu de hijos adoptivos" que nos hace exclamar "Abbá, Padre"
(Rm. 8:15). Esto es lo que caracteriza a la religión cristiana como única y
definitiva; es el Evangelio de Dios que comparte su vida familiar y su amor con
la humanidad, y todo comenzó con el don de María como Madre; ella obedeció al
Padre concibiendo al Hijo con el poder del Espíritu Santo —por
nosotros—.
El apóstol
Pablo habló del misterio cuando declaró: "Somos colaboradores de
Dios" (1 Co 3:9). ¿Cómo es esto? ¿No puede Dios hacer la obra por Sí
Mismo? Por supuesto que puede, pero ya que es Padre, su trabajo consiste en
criar hijos e hijas maduros, hacernos sus colaboradores para que finalmente su
obra sea nuestra redención. Esta obra la compartió de manera eminente y
singular con María, a quien Dios confió oficios tales como alimentar a su Hijo
con su propia leche, cantarle para que se durmiera y acompañarlo a lo largo de
todo el camino hasta la cruz, donde ella dio su doloroso sí al ofrecimiento
voluntario de su Hijo. En resumen, el Padre quiso que toda la existencia del
Hijo como hombre dependiera, por así decirlo, del continuo fiat de María.
¿Puede existir un "colaborador" más íntimo?
Ser
discípulo, colaborador con Jesús, implica esfuerzo. En ocasiones, implica
sufrimientos. Un pasaje que parece haber escapado de mi atención cuando era
protestante, fue la frase un tanto curiosa de Sn. Pablo, "Ahora me alegro
por los padecimientos que soporto por vosotros, y completo en mi carne lo que
falta a las tribulaciones de Cristo, a favor de su Cuerpo, que es la
Iglesia." (Col. 1:24) Los católicos de nacimiento recordarán con cierto
cariño que se les haya dicho alguna vez (cuando se fallaba en una prueba de
equipo, o en el caso de una rodilla pelada, o un corazón roto)
"ofrécelo." Esta sencilla palabra contiene la llave que abre el
misterio de nuestra corredención. Al unir conscientemente nuestros sufrimientos
con los sufrimientos redentores de nuestro Señor, nos convertimos en colaboradores.
La Santísima Madre
se convirtió en la colaboradora por excelencia, al haber unido su corazón con
el de Jesús, especialmente en el calvario.
Esta verdad
está contenida en el Catecismo de la Iglesia Católica:
"La maternidad de María perdura sin cesar en la economía de la gracia,
desde el consentimiento que dio fielmente en la anunciación, y que mantuvo sin
vacilar al pie de la cruz, hasta la realización plena y definitiva de todos los
escogidos." Sin embargo, la maternidad divina de María no terminó con la
resurrección y ascensión de su Hijo, y tampoco después de su asunción, como lo
indica el Catecismo: "En efecto, con su asunción a los cielos no abandonó
su misión salvadora, sino que continúa procurándonos con su múltiple
intercesión los dones de la salvación eterna(…) Por eso la Santísima Virgen
es invocada en la Iglesia con los títulos de Abogada, Auxiliadora, Socorro,
Mediadora" (CIC 969, citando Lumen gentium 62). Es significativo que el
Catecismo describa la divina maternidad de María como una "misión
salvadora," que después utiliza para explicar sus asombrosos títulos. Pero
¿qué se quiere decir con la frase "misión salvadora"?
El
"oficio salvador" de María: mediación maternal.
El papa Juan
Pablo II ha utilizado estos títulos en numerosas ocasiones (así como el término
"corredentora") a lo largo de su pontificado. De igual forma, ha
encontrado la formula perfecta para hacer posible que el mundo católico no sólo
los crea, cosa que ya sucede, sino para comprenderlos tanto con la cabeza como
con el corazón —y también celebrarlos—. Como un teólogo bien
entrenado en su propio campo de acción, el Papa ha introducido la sucinta frase
"mediación maternal" en el uso común del vocabulario teológico de la
Iglesia, y al parecer, ha capturar el corazón mismo de la doctrina y devoción
marianas.
Como
evangélico, me aferré al único verso que parecía destruir esta chispa
aparentemente herética: la categórica aseveración de Sn. Pablo de que Cristo es
el único "mediador entre Dios y el hombre" (1Tm 2:5). ¿Cómo nos
atrevemos a hablar de la mediación maternal de María o llamarla
"Mediadora"?.
En primer
lugar, la palabra griega que se utiliza aquí para "uno" es eis, que
significa "primero" o "principal," no monos, que significa
"solamente" o "sólo." Así como hay sólo un mediador,
también hay sólo una filiación divina de hijo, misma que todos compartimos
—por medio de la participación— con Cristo (filii in Filio, hijos
en el Hijo). La mediación de Cristo no excluye a María, sino que más bien la
establece, por medio de su participación.
Más aún, la
Epístola a los Hebreos explica que Cristo es Sumo Sacerdote en virtud de haber
sido el Hijo primogénito de Dios (Hb. 1:6-2:17), lo cual sirve como fundamento
para nuestra calidad divina de hijos (Hb. 2:10-17), así como de nuestra
santidad sacerdotal y servicio (Hb. 13:10-16: 1P 2:5). De nueva cuenta, no hay
una especie de contienda entre nosotros.
Como Hijo
primogénito en la familia de Dios, Jesús media como Sumo Sacerdote entre el
Padre y sus hijos; mientras que María media como Reina-Madre (ver 1R 2:19 y Ap.
12:1-17). De esto trata su mediación maternal. Para el Padre, María es la Madre
del Hijo. Para nosotros pecadores, ella es la Madre de nuestro Salvador, y para
su Hijo, ella es la Madre de sus hermanos. Cuando se habla del papel de María
en el plan salvífico de Dios, la palabra "madre" no sólo es
sustantivo sino verbo y, por lo tanto, un oficio.
Como Madre de
Dios y de sus hijos, María nos muestra cómo glorificar al Padre no en actitud
servil, sino recibiendo el don de su Hijo en la plenitud del Espíritu. Así es
como la soberana gracia de Dios nos permite compartir su gloria y convertirnos,
por ello, en "partícipes de la naturaleza divina" (2 P 1:4). Por lo
tanto, si quieres tener una correcta apreciación del entendimiento que tiene
alguna persona del Evangelio en su esencia, investiga hasta qué punto tiene a
Dios como su Padre —y a María como su Madre—.
A juzgar por
esta norma, yo diría que el papa Juan Pablo II aprecia el Evangelio tanto como
cualquier otro hombre de nuestra época, y su intuición magisterial en la
mediación maternal puede ser definitivamente la prueba de ello.
Cristo
mereció la capacidad de María de merecer.
Si entendemos
el mérito como un término puramente económico, esto resultaría falso y
ofensivo; pero si se utiliza en el sentido de familia, es tan natural como una
herencia o una pensión. ¿Qué padre regatea a sus hijos los bienes que les da?
¿O se siente ofendido por aquellos a los que premia? San Agustín escribió:
"Cuando Dios premia nuestras labores, sólo está coronando su propia obra
en nosotros" (CIC 2006).
Según el
Catecismo, la "acción paternal de Dios" es la que nos permite
merecer: "La adopción filial, haciéndonos partícipes por la gracia de la
naturaleza divina, puede conferirnos, según la justicia gratuita de Dios, un
verdadero mérito. Se trata de un derecho por gracia, el pleno derecho del amor,
que nos hace "coherederos" de Cristo (CIC 2008-2009).
Cristo ha
merecido nuestra capacidad para merecer —que nos confiere con la gracia
de su filiación divina y la vida de su Espíritu—. En verdad, Jesús no se
hizo merecedor de absolutamente nada para sí mismo, ya que no tenía necesidad
de nada; por lo tanto, todos sus méritos van de acuerdo a nuestras necesidades.
¿En dónde
muestra Dios Padre al mundo cuánto fue lo que en realidad mereció su Hijo? En
cada uno de nosotros, seguramente, pero sobre todo en María. A diferencia del
resto de nosotros —en quienes con frecuencia existe una gran brecha entre
lo que queremos y los que Dios quiere— en María no hay brecha tal. Por un
don de gracia infinita, María alcanzó la meta de la Alianza: una perfecta unión
interpersonal de voluntades divinas y humanas. Con María, la realidad y lo
ideal son una y la misma cosa.
Mater Et
Magistra.
¿Cuál es el
papel que juega el magisterio en todo esto? Es engañoso reducir la función que
tiene el magisterio a un grupo de adversarios reunidos en un salón del
tribunal, en donde los teólogos son juzgados por los obispos, quienes deben
rendir un veredicto —a menos que se requiera la presencia del Papa para
otorgar una decisión final, como Presidente de la Suprema Corte de
Justicia—. Es cierto que el magisterio tiene un papel jurídico en la
Iglesia, pero su naturaleza y propósito es más propiamente, el evangélico y
profético. Jesucristo realmente formó y dio poder al magisterio para que
sirviera como su Cuerpo apostólico dedicado a ir predicando y enseñando la Buena Nueva a un mundo
que trágicamente se ha acostumbrado a las malas noticias.
El magisterio
es la voz profética más consistente de la Iglesia en el mundo. Habla con la voz
autoritaria de nuestro Señor, quien mantiene su promesa fiel a Pedro y sus
sucesores, poseedores de las llaves (Mt. 16:17-19). Jesús también guía al
magisterio papal, con el objeto de que penetre más profundamente en las vastas
profundidades y riquezas del depósito sagrado de la fe, para que la plenitud de
la verdad sea siempre proclamada con pureza y poder. Jesús garantiza este
carisma de infalibilidad con su propio amor omnipotente. No es opresión humana,
sino luz divina.
Esta manera
de entender el magisterio, se ve reflejada en la forma en que fueron
proclamados los dos dogmas marianos anteriores, en virtud de que por la misma
época se definía el propio dogma de la infalibilidad papal. Ni la Inmaculada Concepción
en 1854 ni la
Asunción Corporal en 1950, fueron definidos para
contrarrestar herejías o resolver un prolongado debate doctrinal. Al contrario,
fueron definidos con el propósito evangelista de proclamar el evangelio, ya que
éste se encuentra perfectamente encarnado en la Madre de Dios y Madre nuestra.
En un mundo desgarrado por la incredulidad y el pecado, María se mantiene, por
lo tanto, como un signo vital de la manera en que Dios restaura a su familia.
Poco después
de haberse definido la asunción, el arzobispo Fulton Sheen escribió que este
dogma, de hecho, estaba apuntando hacia otro: "Hay otra verdad que aún
queda por definir, y es la de que ella es Mediadora, bajo su Hijo, de todas las
gracias; así como Sn. Pablo habla de la ascensión de nuestro Señor como un
preludio de su intercesión por nosotros, asimismo nosotros, adecuadamente,
deberíamos hablar de la asunción de nuestra Señora como un preludio de su
intercesión por nosotros. En primera instancia, está el lugar: el cielo;
después la función: intercesión. "Por lo tanto, los dogmas marianos
anteriores establecieron la trayectoria que aparentemente conducían (no por
lógica necesidad por supuesto, sino por adecuación) de una identidad personal
de la Santísima
Virgen, al oficio maternal que tiene María en la Iglesia, la
familia de Dios.
Providencialmente,
el concilio Vaticano II fue principalmente un concilio dogmático y no pastoral.
Los padres del concilio decidieron no definir un nuevo dogma mariano. En
cambio, el tratamiento que dieron a María fue enmarcado en un contexto
eclesiástico, como el capítulo coronario de Lumen gentium, la "Constitución
Dogmática de la Iglesia." En tanto que el rol corredentor
de María como Medianera y Abogada fue reafirmado, no se definió como tal (LG
62). Quizás la verdad definitiva de María no habría de ser plenamente
dilucidada hasta la elevación de Juan Pablo II, pastor para quien el dogma
propuesto es todo, excepto ajeno.
¿Malo para el
ecumenismo?
La teología
es una verdadera ciencia: la materia que trata consiste en los misterios
revelados por la
Divinidad. A lo largo de los siglos, muchas de las semillas
doctrinales que fueron plantadas por Cristo y los Apóstoles han florecido en
dogmas definidos por el magisterio. De esta manera, la teología se ha
desarrollado a través del tiempo como lo hacen otras ciencias, pero cada una de
forma muy particular.
Los
científicos formulan y prueban varias teorías, algunas de las cuales resultan
bastante certeras como para poderlas llamar leyes (Newton y la gravedad); otras
se descartan como hipótesis no funcionales. De este modo, las leyes se
convierten en indicios del progreso científico. De manera semejante, la
definición de un dogma sirve como el indicio del progreso teológico.
El dogma es
la doctrina llevada a su perfección, y la doctrina no es más que lo que enseña
y predica la Iglesia de las verdades del Evangelio, de la manera en que Jesús
la comisionó y dio poder para hacerlo. Si el Papa escoge definir este dogma
mariano, estaría realizando una acción mucho mayor, que simplemente dando una
valiosa clase de teología al mundo —estaría haciendo uso del carisma que
Dios le dio para llevar a fin su misión apostólica de enseñar el Evangelio a
todas las naciones— (Mt. 28: 18-20).
A lo largo de
la historia de la Iglesia, la definición de dogmas ha estimulado las energías
apostólicas y teológicas de algunas de sus mejores mentes, especialmente cuando
la definición se tornaba en punto de controversia. Más recientemente, muchos
protestantes, incluyendo al difunto Max Thurian de Taize, Francia, presentaron
enérgicas objeciones a rumores de que el papa Pío XII estaba por definir el
dogma de la asunción de María. ¿En dónde está eso en la Biblia? (casualmente,
Max Thurian murió como sacerdote católico en la fiesta de la Asunción, en
1996).
El progreso
auténticamente ecuménico no es el simple resultado de nuestras propias energías
humanas; y lo que es más, tampoco es causado por un compromiso de ninguna de
las partes. "No se trata aquí de alterar el depósito de la fe,"
escribe Juan Pablo II, "cambiando el significado de los dogmas, eliminando
las palabras esenciales de éstos, acomodando las verdades a las preferencias de
una época en particular…La unidad deseada por Dios, solamente se puede llegar
a lograr por medio de la adhesión de todos a los contenidos de la fe revelada
en su totalidad" (Ut Unum Sint, 18).
Por lo tanto,
la unidad ecuménica requiere de una gracia especial y de la palabra de Dios,
que siempre actúa para el bien de su familia. Consecuentemente, no debemos
esperar que Dios obre de manera independiente, sino a través de la Madre que Él
mismo nos dio para que fungiera como símbolo y fuente de la unidad familiar.
A este
respecto, podría ser significativo señalar que los expertos datan con
frecuencia el surgimiento del ecumenismo católico, a principios de los años
1950s. Inmediatamente después vino la definición de la asunción y la
celebración de un Año Mariano en 1954, como celebración del centenario de la
definición de la
Inmaculada Concepción. Si alguna vez se habría esperado que
el ecumenismo católico entrara en un profundo congelamiento, esa hubiera sido la década. Pero en lugar
del desánimo, tanto católicos como protestantes experimentaron el comienzo de
un gran deshielo.
Conforme nos
aproximamos al tercer milenio, yo creo que Dios quiere usar a María para
suscitar la gracia de una profunda conversión en toda la cristiandad, no sólo
en los protestantes y ortodoxos, sino también en los católicos. Esto encaja con
el llamado del Santo Padre para que haya un auténtico ecumenismo que se
fundamente sobre el "diálogo de conversión." Más que comités, esto
requiere de santos; en vez de simples compromisos, la valentía de nuestras
convicciones.
Quizás
nuestro mejor modelo sea la
Madre Teresa, quien fuera universalmente amada como santa
—por quien hoy en día se enlutan y echan de menos— todos los
pueblos.
En mayor
medida que ninguna otra mujer de nuestro siglo, ella dio el gran ejemplo de
cómo la gracia y la devoción deben exponerse para el servicio mariano.
De manera
consistente fue también una infatigable defensora del dogma mariano propuesto:
"María es nuestra Corredentora con Jesús," escribió. "Ella le
dio un cuerpo a Jesús y sufrió con Él en la cruz. María es la
Mediadora de todas las gracias. Ella nos dio a Jesús y como Madre nuestra, ella
obtiene para nosotros todas las gracias. La definición papal de María como
Corredentora, Mediadora y Abogada, acarreará a la Iglesia gracias
mayúsculas."
Los
detractores del dogma tienden a clasificarse en dos grupos: aquellos que creen,
pero piensan que sencillamente no es el momento apropiado para definir otro
dogma, o por lo menos éste; y aquellos que no creen y quizás puedan hasta
sentirse avergonzados de nombrarlo. Habiéndome encontrado yo mismo en ambos
grupos en épocas diferentes, entiendo sus preocupaciones y sigo sintiendo una
genuina simpatía por ellos.
Al mismo
tiempo, sin embargo, veo surgir otro tipo de oposición, especialmente en
algunos sectores de difusión, que casi raya en el engaño. Por ejemplo, se
circuló un falso reporte de que una camarilla de cabilderos marianos estaba
presionando al Papa para que hiciera de María la cuarta persona de la
Divinidad; o más recientemente se reportó falsamente que el vocero oficial del
Papa había anunciado la oposición de éste al nuevo dogma mariano.
Me recuerda
de un viejo dicho, "La única manera de combatir un dogma es con un
estigma."
No importando
cuáles sean nuestros desacuerdos, estos son "asuntos familiares" más
que problemas políticos. No cabe duda que todos deberíamos resistir la
tentación de reducir asuntos de este tipo a políticas eclesiales, o de
responder con la impugnación de motivos a nuestras diferencias reales. Resulta
totalmente descabellado esforzarse por honrar a María de manera tal, que acabe
deshonrándola.
En tanto que
no me considero ingenuo, sí albergo una gran esperanza, pero solamente porque
el Padre desea derramar su poder sobrenatural para poder reunir a todos sus
hijos alrededor de su Hijo y de "nuestra Madre común" (Redemptoris
Mater 25). Esta es la razón por la que le daría la bienvenida a un nuevo dogma
mariano, si el Vicario de mi Señor eligiese definir alguno. Habiendo celebrado
recientemente el Jubileo de la encarnación, no cabe duda que sería muy propicio
un dogma que celebre y ponga de manifiesto la función y la plena identidad de
la Mujer que hizo posible la encarnación.
Que la
gracia y la bendición del Padre se derrame sobre todos nosotros
La Palabra es fuente de Vida:
¡Ayúdanos a difundirla!
"Id por todo el mundo y proclamad la buena
noticia a toda criatura"
Marcos 16,15
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veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir
y bajar sobre el hijo del hombre
Daniel 7,
9-11.13-14
9 Yo seguía observando: se instalaron unos
tronos, y un anciano se sentó. Sus vestiduras eran blancas como la nieve; como
lana pura el cabello de su cabeza; su trono era de llamas, con ruedas de fuego
ardiente. 10 Un río de fuego manaba y salía delante de
él. Miles de millares le servían, millones y millones estaban de pie en su presencia.
El tribunal se sentó y los libros se abrieron. 11 Yo
seguía mirando, atraído por el ruido de las palabras monstruosas que aquel
cuerno profería, hasta que mataron a la bestia, la descuartizaron y la
arrojaron a las llamas ardientes.
13 Yo seguía contemplando en mis visiones
nocturnas: En las nubes del cielo venía uno como un hijo de hombre; se dirigió
hacia el anciano y se presentó ante él. 14 Se
le dio poder, gloria e imperio, y todos los pueblos, naciones y lenguas le
servían. Su poder era un poder eterno, que nunca pasará, y su reino no será
destruido jamás.
Salmo 137,1-2b.3-5.8
1 De David
Te doy
gracias, Señor, de todo corazón,
frente a los
dioses cantaré para ti.
2 Yo me postro hacia tu santo templo,
doy gracias a
tu nombre por tu amor y tu verdad.
3 El día que te llamé,
tú me
respondiste y me diste valor.
4 Que te den gracias, Señor,
todos los
reyes de la tierra,
cuando
escuchen las palabras de tu boca;
5 que ensalcen los caminos del Señor:
«¡Qué grande
es la gloria del Señor!»,
8 El Señor lo hará todo por mí.
Señor, tu amor
es eterno,
no abandones
la obra de tus manos.
Juan 1,47-51
47 Jesús vio a Natanael, que se le acercaba,
y dijo de él: «Éste es un israelita auténtico, en el que no hay engaño». 48 Natanael le dijo: «¿De qué me conoces?». Jesús le contestó:
«Antes que Felipe te llamase, te vi yo, cuando estabas debajo de la higuera». 49 Natanael le respondió: «Rabí, tú eres el hijo de Dios, tú
eres el rey de Israel». Jesús le contestó: 50
«¿Porque te he dicho que te vi debajo de la higuera crees? Cosas mayores que
éstas verás». 51 Y añadió: «Os aseguro que veréis el cielo
abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el hijo del hombre».
Los grandes
arcángeles de Dios testimonian para nosotros la fidelidad y la pasión y celo
con que los hijos de Dios han de alabar a su Creador. Ellos, lejos de ser seres
desconocidos y “mitológicos” representan los mejores compañeros de
viaje, los mejores sanadores del corazón, los mejores defensores de los intereses
de Dios en el mundo.
San Miguel es
el fiero defensor de Dios. La narración del Apocalipsis nos lo muestra
expulsando a satanás de los dominios de Dios, al gran traidor y padre de la
mentira que osó rebelarse contra un Dios tan bondadoso. Encendido de celo por
el Señor blandió la espada y arrojó a todos los obradores de iniquidad al único
lugar en donde pudiesen soportar su soberbia y su rebelión. Por eso san Miguel
es en quien el cristiano halla el mejor baluarte para defenderse de las
asechanzas demoníacas y gran modelo de fidelidad a Dios. De él hemos de
aprender el celo por las cosas de Dios, celo que consume de pasión y que lleva
a una acción inmediata, tajante, sobre todo cuando Dios se está viendo ofendido
por sus enemigos que incitan sin cesar a la rebelión y desunión.
San Gabriel
quizás fue el más afortunado de entre todas las criaturas celestes. A él
siempre lo mandaron a dar mensajes. A él le tocó dar el mensaje más hermoso
jamás oído a la criatura más hermosa jamás vista. Hablar de él lleva irremediablemente
a la contemplación de la
Toda Pura, Nuestra Madre de cielo, María. Su ejemplo nos debe
enseñar a predicar sin miedos los designios de Dios a nuestros hermanos en la
fe y, sobre todo, a testimoniar las maravillas obradas por Dios en Ella. Levantemos
confiados la mirada a la Madre y pidamos auxilio al arcángel mensajero para ser
fieles a la palabra de Dios en el mundo.
San Rafael
representa la mano providente de Dios que no se olvida de sus hijos que sufren
en el mundo. A él le tocó sanar muchas heridas del cuerpo y, sobre todo, del
alma. Por eso es el arcángel que cura, que alivia las penas del alma, que sabe
confortar y comprender al que sufre. De él hemos de aprender a ser un consuelo
más que un horrible peso, para el hermano que lo necesita. De él, la confianza
inamovible en la acción cierta de Dios en el mundo.
De los tres
hemos de aprender a saber servir más que ser servidos. Porque los ángeles son
ministros de Dios. Y de los tres a estar pendientes de su cierta acción en
favor nuestro. ¿Quién sabe si un día cualquiera hemos sido ayudados por un
ángel del Señor?
No cerremos
las puertas a nadie, no sea que se las estemos cerrando a uno de estos
mensajeros, o más terriblemente, al mismo Señor de la vida y de la historia.
Miguel,
Gabriel y Rafael, Arcángeles
Martirologio
Romano: Fiesta de los santos arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael. En el día de
la dedicación de la basílica bajo el título de San Miguel, en la vía Salaria, a seis
miliarios de Roma, se celebran juntamente los tres arcángeles, de quienes la Sagrada Escritura
revela misiones singulares y que, sirviendo a Dios día y noche, y contemplando su
rostro, a él glorifican sin cesarSon los nombres con que se presentan en la Sagrada Escritura
estos tres príncipes de la corte celestial.
Miguel aparece
en defensa de los intereses divinos ante la rebelión de los ángeles malos;
Gabriel, enviado por el Señor a diferentes misiones, anunció a la Virgen Maria el
misterio de la Encarnación del Hijo de Dios y su maternidad divina; Rafael
acompañó al joven Tobías cuando cumplia un difícil encargo y se ocupó de
solucionar difíciles asuntos de su esposa.
Misión de los
ángeles
Los ángeles
son seres espirituales creados por Dios por una libre decisión de su Voluntad
divina. Son seres inmortales, dotados de inteligencia y voluntad.
Debido a su
naturaleza espiritual, los ángeles no pueden ser vistos ni captados por los
sentidos.
En algunas
ocasiones muy especiales, con la intervención de Dios, se han visto y oído
materialmente. La reacción de las personas al verlos u oírlos ha sido de
asombro y de respeto. Por ejemplo, los profetas Daniel y Zacarías.
En el siglo
IV, el arte religioso representó a los ángeles con forma de figura humana. En
el siglo V, se le añadieron las alas, como símbolo de su prontitud en realizar
la Voluntad divina y en trasladarse de un lugar a otro sin la menor dificultad.
En la Biblia
encontramos algunos motivos para que los ángeles sean representados como seres
brillantes, de aspecto humano y alados. Por ejemplo, el profeta Daniel escribe
que un "ser que parecía varón" -se refería al arcángel Gabriel- volando
rápidamente, vino a él (Daniel 8, 15-16; 9,21). Y, en el libro del Apocalipsis,
son frecuente las apariciones de ángeles que claman, tocan las trompetas,
llevan mensajes o son portadores de copas e incensarios; otros que suben, bajan
o vuelan; otros que están de pie en cada uno de los cuatro puntos cardinales de
la tierra o junto al trono del Cordero, Cristo.
La misión de
los ángeles es amar, servir y dar gloria a Dios, ser mensajeros y cuidar y
ayudar a los hombres. Ellos están constantemente en la presencia de Dios,
atentos a sus órdenes, orando, adorando, vigilando, cantando y alabando a Dios
y pregonando sus perfecciones. Se puede decir que son mediadores, custodios,
guardianes, protectores y ministros de la justicia divina.
La presencia y
la acción de los ángeles aparece a lo largo del Antiguo Testamento, en muchos
de sus libros sagrados. Aparece frecuentemente, también, en la vida y
enseñanzas de Nuestro Señor, Jesucristo, en la Carta de san Pablo, en los
Hechos de los Apóstoles y, principalmente, en el Apocalipsis.
Con la lectura
de estos textos, podemos descubrir algo más acerca de los ángeles: nos
protegen, nos defienden físicamente y nos fortalecen al combatir las fuerzas
del mal y luchan con todo su poder por y con nosotros.
Como ejemplo,
está la milagrosa liberación de San Pedro que pudo huir de la prisión ayudado
por un ángel (Hechos 12, 7 y siguientes). También, aparece un ángel deteniendo
el brazo de Abraham, para que no sacrificara a su hijo, Isaac.
Los ángeles
nos comunican mensajes importantes del Señor en determinadas circunstancias de la vida. En momentos de
dificultad, se les puede pedir luz para tomar una decisión, para solucionar un
problema, actuar acertadamente y para descubrir la verdad.
Por ejemplo,
tenemos las apariciones a la
Virgen María, a San José y a Zacarías. Todos ellos recibieron
mensajes de los ángeles.
Los ángeles
cumplen, también, las sentencias de castigo del Señor, como el castigo a
Herodes Agripa (Hechos de los Apóstoles) y la muerte de los primogénitos
egipcios (Exódo 12, 29).
Los ángeles
presentan nuestras oraciones al Señor y nos conducen a Él. Nos acompañan a lo
largo de nuestra vida y nos conducirán, con toda bondad, después de nuestra
muerte, hasta el trono de Dios para nuestro encuentro definitivo con Él. Este
será el último servicio que nos presten pero el más importante. El arcángel
Rafael dice a Tobías: "Cuando ustedes oraban, yo presentaba sus oraciones
al Señor", (Tob 12, 12 - 16).
Ellos nos
animan a ser buenos pues ven continuamente el rostro de Dios y también ven el
nuestro. Debemos tener presentes las inspiraciones de los ángeles para saber
obrar correctamente en todas las circunstancias de la vida. "Los ángeles
se regocijan cuando un pecador se arrepiente", (Lucas 15, 10).
Jerarquía de
los ángeles
Se suelen
enumerar nueve coros u órdenes angélicos. Esta jerarquía se basa en los
distintos nombres que se encuentran en la Biblia para referirse a ellos. Dentro
de esta jerarquía, los superiores hacen participar a los inferiores de sus
conocimientos.
Cada tres
coros de ángeles constituyen una jerarquía y todos ellos forman la corte
celestial.
Jerarquía
Suprema:
serafines
querubines
tronos
Jerarquía
Media:
dominaciones
virtudes
potestades
Jerarquía
Inferior:
principados
arcángeles
ángeles
Serafines: Son
los "alabadores" de Dios. Serafín significa "amor
ardiente". Los serafines alaban constantemente al Señor y proclaman su
santidad.
(Isaías 6, 17)
Querubines:
Son los "guardianes" de las cosas de Dios. Aparecen como encargados
de guardar el arca de la alianza y el camino que lleva al árbol de la vida. Entre dos
querubines comunica Yahvé sus revelaciones. "Se sienta sobre
querubines".
(Génesis,
Éxodo, en la visión de Ezequiel, 1, 4 y Carta a los Hebreos, 9,5).
Potestades,
Virtudes, Tronos, Principados y Dominaciones:
En la Biblia
encontramos estos diversos nombres cuando se habla del mundo angélico. Hay
quien interpreta los nombres de los ángeles como correspondientes a su grado de
perfección. Para San Gregorio, los nombres de los ángeles se refieren a su
ministerio:
Los
principados son los encargados de la repartición de los bienes espirituales
Las virtudes
son los encargados de hacer los milagros
Las potestades
son los que luchan contra las fuerzas adversas
Las
dominaciones son los que participarán en el gobierno de las sociedades
Los tronos son
los que están atentos a las razones del obrar divino.
Existe,
también, una jerarquía basada en los distintos nombres que se encuentran en la
Biblia para referirse a ellos. A los arcángeles les podríamos llamar los
"asistentes de Dios". Son ángeles que están al servicio directo del
Señor para cumplir misiones especiales.
Arcángel San
Miguel: es el que arrojó del Cielo a Lucifer y a los ángeles que le seguían y
quien mantiene la batalla contra Satanás y demás demonios para destruir su
poder y ayudar a la Iglesia militante a obtener la victoria final. El nombre de
Miguel significa "quien como Dios". Su conducta y fidelidad nos debe
invitar a reconocer siempre el señoría e Jesús y buscar en todo momento la
gloria de Dios.
Arcángel San
Gabriel: en hebreo significa "Dios es fuerte", "Fortaleza de
Dios". Aparece siempre como el mensajero de Yahvé para cumplir misiones
especiales y como portador de buenas noticias. Anunció a Zacarías el nacimiento
de Juan, el Bautista y a la
Virgen María, la Encarnación del Hijo de Dios.
Arcángel San
Rafael: su nombre quiere decir "medicina de Dios". Tiene un papel muy
importante en la vida del profeta Tobías, al mostrarle el camino a seguir y lo
que tenía que hacer. Tobías obedeció en todo al arcángel San Rafael, sin saber
que era un mensajero de Dios. Él se encargó de presentar sus oraciones y obras
buenas a Dios, dejándole como mensaje bendecir y alabar al Señor, hacer siempre
el bien y no dejar de orar. Se le considera patrono de los viajeros por haber
guiado a Tobías en sus viajes. Es patrono, también, de los médicos (de cuerpo y
alma) por las curaciones que realizó en Tobit y Sara, el padre y la esposa de
Tobías.
Mariología
XXXI
Contreversias
y asuntos doctrinales.
¿Cuál es la
polémica doctrinal relacionada con la corredención de María? Controversias y
respuestas...
Jean Galot,
S.J., Profesor de teología en la Universidad
Gregoriana Pontificia de Roma, es conocido internacionalmente
por sus amplios estudios bíblicos y teológicos, particularmente en el área de
cristología. Colabora frecuentemente con L´Osservatore Romano.
La manera de
poder entender la cooperación que tuvo María en la redención ha sido objeto de
muchas discusiones entre los teólogos. Algunos han expresado repugnancia u
objeciones prematuras en contra de los términos "corredención" y
"Corredentora." Esta corriente de oposición ha tenido como resultado una
abstención por parte del concilio Vaticano II, que evadió esos términos en su
exposición sobre la doctrina mariana, en el capítulo VIII de Lumen gentium
(LG). De hecho, el concilio se abstuvo de querer determinar asuntos que al
parecer no estaban suficientemente claros y que seguían siendo fuentes de
controversia. No hay razón para sorprenderse de controversias similares, que
surgen en muchos sectores de la teología; en el pasado, éstos caracterizaron el
desarrollo de la doctrina mariana. Basta con recordar el título de "Madre
de Dios," al que se opuso Nestorio antes de que fuera proclamado por el
consejo de Efeso y cómo la Inmaculada Concepción provocó largas y animadas
discusiones a lo largo de los siglos, antes de ser definido por Pío IX en 1854.
En cuanto a
la corredención, algunos teólogos mantienen sus reservas o temores doctrinales
de estado; pero podemos afirmar que, en términos generales, la cooperación de
María al sacrificio redentor, encuentra cada ver mayor aceptación. Nos gustaría
aclarar los puntos esenciales de esta doctrina, recordando los problemas
teológicos que han causado las controversias y la solución que se les ha dado o
que sería apropiado dárseles.
El Título de
Corredentora.
La omisión
del título Corredentora en la exposición conciliar sobre la doctrina mariana se
vuelve mucho más significativa, en virtud de que la petición a favor de la
definición de María como Corredentora de la raza humana, fue propuesta por
alrededor de cincuenta de los padres. Sin embargo, en tanto se abstuvo de
atribuir este calificativo a María, el concilio no rechazó para nada la idea de
una cooperación en la obra de la redención. De hecho, subrayó la unión de la Madre
con el Hijo en la obra de salvación, una unión que "se hace manifiesta
desde el momento de la concepción virginal de Cristo hasta su muerte" (LG,
n.57). Esta cooperación podría llamarse corredención, dado que el término en sí
mismo significa cooperación en la redención, sin más especificaciones. El
concilio habría estado en posibilidades de utilizarlo sin hacer mención de que
alguna teología en particular lo había aprobado, como lo hizo con el título de
"mediadora", que introdujo, además de otras designaciones, la de
abogada, auxiliadora y benefactora, con objeto de no darle significados
técnicos precisos (LG. n.62). Además, manifestó un apego definitivo a este
título, cuando rechazó una enmienda que quiso eliminarlo, en virtud de la
ambigüedad que podría tener ese término en relación con la mediación única de
Cristo, y a la conveniencia ecuménica. Como compensación, rechazó cualquier uso
del título Corredentora.
Si evadió
este título fue porque el concilio fue acusado de sugerir que rol de María era
demasiado similar al de Cristo, una especie de competencia o igualdad que es
incompatible con la unicidad del Salvador. Ya en el siglo XVII, A. Widenfeld
expresó por boca de la Virgen a sus "indiscretos devotos": "No
me llamen salvadora o Corredentora" para que nada le sea quitado a Dios. En
efecto, el término "salvadora" podría suscitar reservas y requeriría
de una explicación basada en la naturaleza de la Madre del Salvador; pero el
término "Corredentora" no presenta la misma dificultad, ya que
expresa claramente una cooperación y no pone en peligro la acción soberana de
Cristo. Cuando apareció en un himno del siglo XV, fue señal de evolución con
respecto al título de "redentora" que hasta ese momento fue atribuido
a María como Madre del Redentor. Aquí hubo un progreso: "redentora"
podría haber sugerido un rol paralelo o idéntico al de Cristo, mientras que
"Corredentora" indicaba, en el himno, "aquella que sufrió con el
Redentor." Al principio, María era considerada, sobre todo, como la mujer
que había dado a luz al Redentor; en virtud de esta maternidad, el origen de la
obra de salvación se reconoció en ella y fue llamada "Madre de la
salvación," "Madre de la restauración de todas las cosas." Una
reflexión doctrinal más detallada, había hecho entender cómo María no sólo era
la Madre que había dado a luz al Redentor para la humanidad, sino también
aquella que había participado muy especialmente de los sufrimientos de la
pasión y del ofrecimiento del sacrificio. El título de Corredentora expresa
esta nueva perspectiva: la asociación de la Madre en la obra redentora del
Hijo. Se debe hacer notar que este título no reta la absoluta primacía de
Cristo, ya que en ningún momento sugiere una igualdad. Sólo Cristo es llamado
el Redentor; Él no es Corredentor, sino simplemente Redentor. En su función
como Corredentora,
María ofreció
su colaboración maternal en la obra de su Hijo, una colaboración que implica
dependencia y sumisión, ya que sólo Cristo es el maestro absoluto de su propia
obra.
La
corredención asume una forma única en María, en virtud de su oficio de Madre.
Sin embargo, debemos hablar de la corredención en un contexto mucho más amplio,
con el objeto de incluir a todos los que están llamados a unirse en la obra de la redención. En este
sentido, todos están destinados a vivir como "corredentores," y la
Iglesia misma es Corredentora. A este respecto, no nos podemos olvidar de lo
que afirma Pablo en cuanto a que somos partícipes de la senda redentora de
Cristo: en el bautismo somos "sepultados con Cristo" (Rm. 6:4); en fe
estamos ya "resucitados con" Él (Col. 2:13; 3:1); "Dios...nos
vivificó juntamente con Cristo...y con él nos resucitó y nos hizo sentar en los
cielos en Cristo Jesús" (Ef. 2:5-6). Esta participación es el resultado de
la acción soberana del Padre, pero implica igualmente que nos involucremos
personalmente. Siendo partícipes de esta nueva vida de Cristo, somos capaces de
cooperar en la obra de salvación. San Pablo tenía una clara conciencia de su
misión cuando dijo: "Somos colaboradores de Dios" (I Co. 3:9).
La afirmación
es atrevida; sin embargo, el Apóstol no perdió su sentido de trascendencia
divina y no quiso igualarse a Dios. Su actividad fue guiada por un designio
divino. Llamando a Jesús Señor, lo reconoció como maestro absoluto de su vida y
de su actividad, pero esta total dependencia no lo privó de estar consciente de
que verdaderamente estaba cooperando con Dios. Si todos están llamados a ser
cooperadores con Dios, según la expresión paulina, la "corredención"
asume su extensión más amplia. El debate suscitado por la legitimidad del
título "Corredentora," nos ayuda a descubrir de mejor manera nuestra
propia misión de corredención.
Algunos han
hecho acusaciones de que con los privilegios Marianos se crea un surco entre la
Madre de Jesús y nosotros; en realidad, esos privilegios están destinados, en
el plan divino, a acercar a María con la humanidad, con el objeto de que la
gracia tenga un despliegue más abundante. Entretanto, la cooperación de María
en la redención, con un carácter único y a un nivel sin igual, nos invita a
acoger de manera más ardiente nuestra misión y nuestra responsabilidad en un
mundo que necesita salvación. Si María no puede ser llamada la Corredentora,
tampoco los Cristianos pueden ser considerados como corredentores. La condición
que tiene toda la Iglesia en su misión Corredentora, vierte luz sobre María, el
primer modelo de cada redención.
El Carácter
Único de Corredención.
El carácter
único de la corredención propio de María, se manifiesta sobre todo en su
cooperación en el misterio de la encarnación. Con su cooperación, María ejercitó
una influencia en toda la obra de salvación y en el destino de todos los seres
humanos. Su corredención asume una extensión universal que la diferencía de
cualquier otra. Con objeto de poder entender de mejor manera esta diferencia,
uno debe recordar la distinción que propuso Scheeben y que adoptaron muchos
teólogos, entre la redención objetiva y la subjetiva. La
primera, indica la obra que adquirió todas las gracias de la salvación para la
humanidad; esta obra llega a su cumplimiento con la muerte y la glorificación
de Cristo. En virtud de la redención objetiva, podemos afirmar que todos los
hombres han sido salvados, incluso aquellos que nacerán en el futuro, hasta el
fin del mundo. Sin embargo, la redención objetiva alcanza concretamente su
efecto, solamente por medio de la redención subjetiva, esto es, por medio de la
aplicación de los frutos del sacrificio redentor en las personas individuales.
Esta aplicación se realiza en el curso de la historia en todos los hombres que
viven sobre la tierra con la correspondencia de su libertad. Particularmente en
los Cristianos, esto consiste en su crecimiento conforme a la gracia, lo cual
es favorecido por los sacramentos y por su participación en la vida de la Iglesia. La gracia
redentora penetra cada persona con objeto de transformarla, en la medida de su
apertura y respuesta.
María cooperó
de manera personal para que la gracia se incrementara en su vida. Asimismo,
participó en el desarrollo de la comunidad primitiva; con su oración, su
testimonio y acción, sostuvo la fortaleza de los primeros discípulos en su
unión con Cristo y en su misión evangelizadora. Desde este punto de vista, ella
ha sido Corredentora en el campo de la redención subjetiva y su corredención ha
tomado la forma más pura y perfecta. No obstante, su corredención se ejercita
sobre todo en la obra de la redención objetiva. Con su cooperación maternal en
el nacimiento del Salvador, María ha contribuido de una manera totalmente
singular al don de la salvación para toda la humanidad. Ella es
la única creatura que recibió el privilegio de cooperar en la ejecución de la
redención objetiva: su consentimiento al plan divino era decisivo en el momento
de la anunciación. La
afirmación de la corredención no se limita a iluminar el oficio maternal que
ganó al Salvador para la humanidad, sino que también le atribuye a María una
cooperación que tiene una relación directa en el sacrificio redentor. En tanto
que la grandeza de la
"Madre de Dios" ha sido afirmada desde los primeros
siglos, ha sido necesario un tiempo más largo para tomar explícitamente en
consideración su compromiso en el sacrificio redentor. En el Este, un monje
bizantino a finales del Siglo X, Juan el Geómetra, fue el primero en enunciar
la participación de María en la pasión con una intención de redención. En
Occidente, San Bernardo (+1153) subraya, en relación a la presentación de Jesús
en el templo, el ofrecimiento que hizo María para nuestra reconciliación con
Dios. Su discípulo y amigo, Arnoldo de Chartres (+ después de 1156), al
contemplar el sacrificio del calvario, discierne en la cruz "dos altares,
uno en el corazón de María, el otro en el cuerpo de Cristo. Cristo inmoló su
propia carne, María su propia alma." "Ambos ofrecieron igualmente a
Dios el mismo holocausto." De esta manera, María "obtuvo con Cristo
la meta común de la salvación del mundo." Arnoldo ha sido llamado
protagonista de la corredención mariana, porque expresó claramente el elemento
más específico que caracterizaría entonces la doctrina de la corredención: una
cooperación en la redención objetiva, no sólo con la maternidad que obtiene al
Salvador para la humanidad (cooperación llamada mediata o indirecta), sino
también al asociarse en el ofrecimiento del sacrificio redentor (redención
inmediata o directa). Esta cooperación en la obra redentora encuentra un
fundamento sólido en el Evangelio. De hecho, el mensaje de la anunciación no
sólo ilustra a María sobre la personalidad de su Hijo, sino también sobre su
obra mesiánica, por lo que su consentimiento implica sumisión al servicio de
esta obra. La presentación de Jesús en el templo toma un nuevo significado
después de la profecía de Simeón, ya que María puede vislumbrar la espada que
está destinada a perforar su alma: el gesto del ofrecimiento de su Hijo está
orientado hacia un drama misterioso, al punto que aquí podemos ver delineado el
primer ofrecimiento del sacrificio redentor, un ofrecimiento más
específicamente materno. La presencia de María en el calvario, al lado de
Cristo crucificado, manifiesta la voluntad de la Madre de unirse con la
intención del Hijo, y de compartir su sufrimiento para el cumplimiento de su
obra.
El concilio
Vaticano II reconoció claramente esta cooperación. Al comentar la respuesta de
María al mensaje del ángel, el Vaticano II afirmó que María "se consagró
totalmente como esclava del Señor a la persona y a la obra de su Hijo,
sirviendo con diligencia al misterio de la redención con Él y bajo Él, con la
gracia de Dios omnipotente" (LG. n. 56). Esto es lo que acentúa su
continua unión con Cristo al cooperar con su obra: "concibiendo a Cristo,
engendrándolo, alimentándolo, presentándolo al Padre en el templo, padeciendo
con su Hijo cuando moría en la cruz, cooperó en forma enteramente impar a la
obra del Salvador con la obediencia, la fe, la esperanza y la ardiente caridad
con el fin de restaurar la vida sobrenatural de las almas. Por eso es nuestra
Madre en el orden de la gracia." (ibid., n. 61).
Sin utilizar
el término "Corredentora," el concilio claramente enunció la
doctrina: una cooperación de índole única, una cooperación maternal en la vida
y obra del Salvador, que alcanza su ápice al participar del sacrificio en el
calvario, y que está orientada a restaurar sobrenaturalmente a las almas. Esta
cooperación está en los orígenes de la maternidad espiritual de María.
María fue
Redimida para poder ser Corredentora.
La
cooperación de María en la redención objetiva plantea con un mayor enfoque el
problema del único Salvador. Jesús mismo está considerado como el único
Redentor, al declarar que el Hijo del Hombre vino a servir y "a dar su
vida como rescate por muchos" (Mc. 10:45; Mt. 20:28). No hay otro rescate
más que el de su propia vida; ninguna otra fuente de salvación, fuera de su
sacrificio. Esta declaración encuentra un eco en la afirmación de la Primera Epístola
a Timoteo: "Porque hay un solo Dios, y también un solo mediador entre Dios
y los hombres, Cristo Jesús, hombre también, que se entregó a sí mismo como
rescate por todos" (1Tm 2:5-6).
Este último
texto ha sido frecuentemente invocado con el objeto de excluir, tanto la
corredención, como el título de mediadora aplicado a María. Algunos no dejan de
mencionar esta afirmación sobre el único mediador, para combatir la doctrina
mariana. No obstante, como lo ha subrayado el Vaticano II: "la mediación
única del Redentor no excluye, sino que suscita en las criaturas diversas
clases de cooperación, participada de la única fuente" (LG. n. 62). En su
misión de cooperación, María de ninguna manera entra en competencia con Cristo
y tampoco se convierte en otra fuente de gracia junto a Él. Ella recibe del
único Redentor su habilidad de cooperar, por lo que Cristo permanece siendo la
única fuente. El concilio enuncia de manera más precisa esta verdad que es
esencial para entender la doctrina de la corredención: la influencia que ejerce
la Virgen para la salvación del hombre "fluye de la superabundancia de los
méritos de Cristo; se apoya en la mediación de éste, depende totalmente de ella
y de la misma saca todo su poder" (LG. n. 60).
En la carta a
Timoteo, es claro que el principio del único mediador no excluye otras mediaciones
participativas, ya que el autor recomienda oraciones e intercesiones por todos
los hombres, que es como decir, una mediación de intercesión fundada en la
mediación de Cristo. Es más, recordemos que la afirmación del único mediador
que se ofrece a sí mismo como rescate por todos simplemente transfiere, en
términos consonantes al idioma griego, la palabra de Jesús acerca del Hijo del
Hombre que ha venido para dar su propia vida como rescate por muchos. Ahora
bien, conforme enunciaba que su misión era aquella del único Salvador, Jesús
deseaba que sus discípulos compartieran esta actitud de servicio y sacrificio.
En este sentido, Él quería que ellos participaran de su misión. Su intención no
era en lo absoluto excluir cualquier participación.
No obstante,
la doctrina de participación en la redención objetiva, tenía que enfrentar otra
objeción. ¿Cómo pudo María haber contribuido con la redención objetiva, cuando
ella misma necesitaba ser redimida? Si ella cooperó con esta redención, fue
porque sin ella, la redención no se había cumplido aún. Pero en el caso de que
esta redención no se había cumplido aún, ella misma no podía beneficiarse de
ella. Asimismo, la corredención supondría que la redención está en el acto de
ser cumplida y que ya se ha realizado, algo que es contradictorio. La
contradicción desaparece cuando uno entiende la naturaleza particular de la
redención ya prevista y que pertenece a la Corredentora. Es
muy cierto que María tenía que ser rescatada para poder colaborar activamente
en la obra de salvación. Debemos también añadir que esta condición de ser
rescatada contribuye a darle un sentido a su cooperación: María se distingue de
Cristo por su contribución en la obra, no sólo porque es simplemente una
criatura y porque es mujer, sino también porque ha sido rescatada. Su ejemplo
nos ayuda a entender de mejor manera, que incluso aquellos que necesitan ser
redimidos, están llamados a colaborar en la obra de la redención. Sin
embargo, en María existe algo único: de acuerdo con la Bula que definió la Inmaculada Concepción,
ella ha sido rescatada "de una manera más sublime."
Esta
distinción más elevada consiste sobre todo en el hecho de que María fue
rescatada antes de que se efectuara la redención de toda la humanidad y con el
objeto de que se efectuara con su cooperación. La primera intención del
sacrificio redentor, según el plan divino, tenía que ver con el rescate de
María, realizado con miras a nuestro rescate. Cristo redimió en primer término
a su propia Madre, después, con su colaboración, al resto de la humanidad. Por lo
tanto, mientras ella fue asociada al sacrificio del calvario, María ya se había
beneficiado, ante todo, de los frutos del sacrificio, y actuó en la capacidad
de una criatura rescatada. Pero ella cooperó verdaderamente en la redención
objetiva, en la adquisición de las gracias de la salvación para toda la humanidad. Su
redención fue comprada antes que la de otros seres humanos. María fue rescatada
únicamente por Cristo, para que toda la humanidad fuera rescatada por Cristo con
la colaboración de su Madre. Por ello, no existe contradicción: la corredención
implica la redención prevista de María, pero no el cumplimiento previsto de la
redención de la humanidad; expresa la situación única de la Madre quien, al
haber recibido una gracia singular de su propio Hijo, coopera con Él para
obtener la salvación de todos.
El
Ofrecimiento Materno.
¿Cómo puede
uno cualificar con exactitud la actitud de María en el drama del calvario? Los
primeros defensores de la corredención en Occidente, San Bernardo y Arnoldo de
Chartres, definieron esta actitud como un ofrecimiento: María ofreció a su
propio Hijo, o junto con su propio Hijo, ofreció un solo holocausto. Pero al
parecer, en el tiempo que se desarrollaba el concilio, la afirmación de un solo
ofrecimiento provocó algo de resistencia. En el borrador que se sometió a los
padres del concilio, se decía que María ofreció a la víctima que ella había
engendrado, con Cristo y a través de Él; sin embargo, el texto ya revisado, se
limitó a decir que María había consentido con amor a la inmolación de la
víctima, porque el Vaticano II no quiso decidir sobre una cuestión que había
sido objeto de recientes discusiones. Más específicamente, algunos teólogos
prefirieron hablar de aceptación en lugar de ofrecimiento. Un teólogo alemán,
H.M. Köster, había publicado un trabajo que llamaba la atención, por la forma
en que presentaba la cooperación de María como una simple aceptación de la obra
redentora realizada por Cristo. Basando su punto de referencia en la teología
de la Alianza, reconocía la necesidad de consentir con la obra de salvación, y
afirmaba que, como representante de la humanidad, María había aceptado la obra
llevada a cabo por Cristo, pero sin haberse asociado ella misma de manera
activa. Deseaba evitar atribuir a María una acción que le habría podido quitar
a Cristo la propiedad de ser el único Salvador; por lo tanto, se limitó a
afirmar una causalidad receptiva. Sin embargo, incluso una simple aceptación no
podría haber sido asimilada en una mera pasividad o receptividad. La aceptación
del mensaje del ángel implicaba para María un compromiso en la obra redentora.
Más aún, la actitud de María no se limitó a la aceptación: en la presentación
de Jesús en el templo, ofrece a su propio Hijo, sabiendo que este ofrecimiento
la expone a una espada de sufrimiento. En el calvario ella muestra, con su
deliberada presencia junto a la cruz de su Hijo, que ella quiere compartir su
sacrificio. Jesús mismo acepta esta intención de participar en su obra, confiriéndole
una nueva maternidad.
En tanto que
el concilio se abstuvo de hablar de ofrecimiento con el objeto de no declararse
por una opinión teológica en detrimento de otra, describe la participación de
María en el drama de la pasión al declarar que, manteniéndose según el designio
divino, "sufriendo profundamente con su Unigénito y asociándose con
entrañas de Madre a su sacrificio" (LG. n. 58). El haber consentido con
amor a la inmolación de la víctima, le proporcionó la unión más profunda con el
sacrificio redentor, una participación significativa en el ofrecimiento.
No hay razón
para temer afirmar este ofrecimiento, que no es una repetición inútil del
ofrecimiento de Cristo ni tampoco compite con él. No pone en duda la unicidad
del ofrecimiento supremo del Redentor; más bien, recibe su realidad de éste.
María no hace más que ofrecer a su propio Hijo y ofrecerse ella misma y su
dolor personal, y esto lo hace sólo a través de su propio Hijo. Más
particularmente, el ofrecimiento con el que María se une al sacrificio redentor
no es un ofrecimiento sacerdotal, que implicaría para la Madre una
participación en el sacerdocio de Jesús. Es un ofrecimiento de madre muy
particular y lo diferencía del ofrecimiento sacerdotal. Al tener un carácter
maternal, no es una copia del ofrecimiento de Cristo y tiene su propia raison
d´être. Ofrece una contribución específica al aspecto humano del drama de la pasión. Esto también
aclara la posición de la mujer con respecto al sacerdocio. María no se ocupa
del ministerio sacerdotal pero, en su capacidad como mujer, juega un papel
importante e indispensable en la obra de la salvación. Está
profundamente comprometida con el sacrificio redentor por derecho maternal y
ofrece una cooperación tan necesaria a la obra sacerdotal de Cristo, que el
Padre, en su soberano designio, requirió de esta presencia femenina para poder
otorgar la salvación al mundo.
Mérito
Corredentor.
Totalmente
asociada al sacrificio redentor, María está unida al mérito de Cristo. Con su
ofrecimiento, el Redentor mereció la salvación de la humanidad. La
oblación maternal de la Corredentora ha tenido por igual un valor
universalmente meritorio, pero un valor que no puede quitarle mérito al propio
efecto del sacrificio sacerdotal de Cristo. El Salvador obtuvo para todos los
hombres una sobreabundancia de gracias que no admite deficiencias y no puede
necesitar un complemento. Por ello el problema: Si Cristo ha obtenido el mérito
de todas las gracias, ¿cuál puede ser el objeto del mérito corredentor de
María?
Los estudios
doctrinales que admiten una especie de fusión entre la cooperación de María y
la actividad redentora de Jesús, evitan el problema de tal forma, que la Madre
y el Hijo forman un sólo principio de eficacia salvífica, sin que sea necesario
hacer una distinción entre la parte que le toca a uno y la parte del otro. Pero
esta manera tan radical de concebir la asociación de María en la obra de Cristo
es muy debatible, porque no puede reconocer a Cristo como el único Redentor de
la humanidad y porque tiende a hacer de María una redentora unida al Redentor.
La mayoría de
los teólogos que han reflexionado sobre la corredención, han buscado lo que
podría distinguirse entre el mérito de María y el de Cristo. Afirmaron que
María había merecido en virtud del mérito de congruo [di convenienza], lo que
Cristo había merecido por el mérito de condigno [di condignità]. El mérito de
condigno se basa, proporcionalmente, entre la acción meritoria y su objeto.
Jesús, teniendo el poder de ser Salvador, mereció en estricta justicia (de
condigno), la salvación de la humanidad, ya que hay una proporción entre el
valor de su ofrecimiento redentor y los beneficios que se revirtieron sobre la
humanidad.
No obstante,
y de acuerdo con muchos teólogos, el mérito de María sólo podría ser de congruo
[di convenienza]: en tanto que no está en proporción con la salvación de la
humanidad, sin embargo ha sido elevado, por la intervención divina, a un nivel
superior de eficacia, por lo que María pudo contribuir al merecimiento de la
salvación eterna. El principio se enuncia con frecuencia: "Todo lo que
Cristo mereció en estricta justicia (de condigno), María lo mereció por
benevolencia (de congruo)," un principio que también fue adoptado en una
encíclica de Pío X, con una ligera modificación de perspectiva. A veces el
mérito de María también ha sido llamado "supercongruo" en virtud de
su excelencia excepcional.
Sin embargo,
esta solución que se ha propuesto de manera común para indicar la distinción
que existe entre el mérito de Cristo y el de María, enfrenta una dificultad
fundamental: ¿no es superfluo un mérito que consiste en obtener, por medio de
un título inferior, lo que otro mérito ya ha obtenido? ¿Porqué habría uno de
querer merecer lo que ya ha sido adquirido por el mérito de otros? Todo lo que
se ha merecido por Cristo en la obra de redención no debe -- y no puede --
constituir el objeto de otro mérito. La dificultad puede superarse sólo si uno
considera más atentamente en qué consiste el mérito de Cristo. Cristo ha
merecido con su sacrificio, su glorioso triunfo; el primer objeto de su mérito,
es su resurrección. Habiendo merecido su propia glorificación, mereció para la
humanidad la gracia que se comunica por medio del poder del Salvador
glorificado. El mérito de María debe ser entendido a la luz de este mérito de
Cristo. Con su participación en el sacrificio redentor, la Madre de Jesús
mereció tener poder maternal para colaborar en la distribución de la gracia. Ella mereció
la redención bajo un aspecto particular: la gracia que alcanza al hombre por
medio de su mediación maternal. He aquí el objeto específico de su mérito.
María merece apropiadamente la modalidad, en virtud de la cual la gracia asume
un aspecto maternal con el objeto de ser comunicada a la humanidad. Por
ello, se afirma la diferencia que existe entre su función y la de Cristo.
De la
Corredención a la Maternidad de la Gracia.
Al reconocer
la maternidad universal de María en el orden de la gracia como el objeto propio
de su mérito en la cooperación del sacrificio redentor, uno evita las
afirmaciones que se hacen de un mérito superfluo o algo que sea añadido o
superlativo, y es llevado a discernir el valor que tiene la contribución de
María en la obra de la
salvación. De manera más precisa, se hace posible proponer
una solución que ofrezca una respuesta al conflicto doctrinal sobre la
naturaleza del mérito, el conflicto entre aquellos que se limitan a atribuir a
María un mérito de congruo [di convenienza], al subrayar con mayor claridad la
primacía de Cristo, y aquellos que no dudan en afirmar un mérito de condigno
[di condignità]. Por otro lado, es importante admitir la congruencia apropiada
de la actividad
Corredentora de María. Para la redención de la humanidad esta
actividad no era necesaria y el plan divino de salvación habría podido prever
de manera única, la acción redentora del Hijo de Dios hecho hombre sin requerir
de la colaboración de su Madre. En virtud del sacrificio redentor, la humanidad
habría recibido abundantemente las gracias de salvación merecidas por Cristo.
Pero el plan divino proporcionó la cooperación maternal de María, otorgando a
la mujer una función esencial en la obra de salvación. Hubo aquí congruencia
con la intención divina, al conferir a la mujer la plenitud de su dignidad,
comprometiéndola plenamente al emprender la restauración del mundo. Esta
intención fue manifestada en el oráculo del Protoevangelio, al anunciar la
lucha entre la mujer y los poderes del mal. Era apropiado que al asociar al
hombre y a la mujer en el drama de la caída, correspondiera una asociación de la nueva Eva con el nuevo
Adán. Desde esta perspectiva, el mérito corredentor de María puede dársele el
calificativo de mérito de adecuación.
Por otro lado
y con objeto de poder apreciar el valor de ese mérito, es también importante
considerar las condiciones en las que alcanzó su propio objetivo. Uno debe
preguntarse sobre todo, si la propiedad característica del mérito de estricta
justicia [di condignità], verifica la proporción que existe entre la actividad
meritoria y el efecto obtenido. Esta proporción existe en María en virtud de su
oficio de Madre de Dios, que le permite adquirir su función como Madre de todos
los hombres en el orden de la gracia. Como Madre de Dios, María posee una
maternidad que está abierta hacia el infinito, y precisamente esta maternidad
se convierte, con la corredención, en una maternidad universal que distribuye la gracia. Esta
maternidad universal -y es correcto subrayar esto- no es simplemente la
consecuencia inmediata de la maternidad divina, sino que es el fruto del
sacrificio. Lo mismo se dice en primera instancia de Cristo, quien no se
convirtió en la Cabeza de la humanidad salvada, solamente en virtud de la
encarnación, sino que por haberse humillado a sí mismo en obediencia de la
cruz, mereció este glorioso poder como Salvador. Analógicamente, ella que se
convirtió en Madre de Dios en el misterio de la encarnación mereció, con su
obediencia y su ofrecimiento materno, la maternidad espiritual sobre todos los
hombres. Jesús mismo nos da a entender esta verdad cuando pronuncia las
palabras en el calvario: "Mujer, ahí tienes a tu hijo" (Jn. 19:26).
Al darle a María como hijo al discípulo amado, Él le pide que acepte el
cumplimiento del sacrificio: María debe aceptar perder a su propio y único
Hijo, para poder recibir otro hijo. Como fruto de su unión con el sacrificio
redentor, María se convierte en la Madre del discípulo, en una nueva maternidad
que tipifica una maternidad universal.
Esto aclara
la proporción que caracteriza el mérito de la Corredentora. Como Madre
de Dios, María consintió perder a su propio Hijo, el Hijo de Dios, y recibió a
cambio como hijos, a todos los hombres destinados a compartir la filiación
divina de Jesús. Ella no mereció la gracia en su realidad fundamental, sino en
la modalidad materna con la cual es comunicada a la humanidad. Por lo
tanto, su mérito corredentor, siendo un mérito de condigno [di condignità],
tiene sólo un valor secundario con respecto al mérito de Cristo. Los cristianos
no pueden olvidar que, si reciben el afecto y la ayuda maternal de María, se lo
deben al sacrificio ofrecido en el calvario por la Madre del Redentor. María pagó
un precio muy alto, el de la corredención, la maternidad que hace que la vida
cristiana sea más segura y más regocijante.
Que la
gracia y la bendición del Padre se derrame sobre todos nosotros
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Marcos 16,15
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El más pequeño entre todos vosotros, ése es el más
grande
Zacarías
8,1-8
1 El Señor todopoderoso me dirigió esta
palabra: Esto
dice el Señor
todopoderoso:
2 «Estoy enamorado de Sión
con un amor
lleno de celos,
y una gran
cólera se enciende en mí a favor suyo».
3 Esto dice el Señor omnipotente:
«Vuelvo a Sión
y habitaré en Jerusalén.
Jerusalén será
llamada de nuevo ciudad fiel,
y la montaña
del Señor omnipotente, montaña santa».
4 Esto dice el Señor omnipotente:
«Ancianos y
ancianas se sentarán todavía
en las plazas
de Jerusalén;
tendrán un
bastón en su mano
a causa de sus
muchos años,
5 y las calles de la ciudad estarán llenas
de niños y niñas
que jugarán en
sus plazas».
6 Esto dice el Señor omnipotente:
«Si el resto
de este pueblo juzga que esto es imposible,
¿lo tendré yo
que juzgar también como imposible?»,
palabra del
Señor omnipotente.
7 Esto dice el Señor omnipotente:
«Libraré a mi
pueblo del país de oriente
y del país de
occidente;
8 yo los traeré para que habiten en
Jerusalén.
Ellos serán mi
pueblo,
y yo seré su
Dios en la fidelidad y en la justicia».
Salmo 101,16-21.29.22-23
16 Las naciones respetarán el nombre del
Señor
y los reyes de
la tierra tu gloria,
17 cuando el Señor reconstruya a Sión
y aparezca en
su gloria,
18 cuando atienda la oración del expoliado,
y no rechace
sus ruegos.
19 Que esto quede escrito para la edad
futura,
y los que
luego nazcan alaben al Señor.
20 El Señor se asomó desde su excelso
santuario,
miró desde los
cielos a la tierra,
21 para escuchar el gemido de los
encarcelados
y libertar a
los condenados a muerte;
29 Los hijos de tus siervos tendrán una
morada
y su
descendencia será estable ante ti.
22 para que se pregone en Sión el nombre del
Señor
y su alabanza
en Jerusalén;
23 cuando se congreguen a una los pueblos
y los reyes
para dar culto al Señor.
Lucas
9,46-50
46 Los discípulos se pusieron a discutir
sobre quién de ellos sería el más grande. 47
Pero Jesús, conociendo sus pensamientos, tomó un niño, lo puso a su lado 48 y les dijo: «El que acoge a este niño en mi nombre me acoge
a mí, y el que me acoge a mí acoge al que me ha enviado; porque el más pequeño
entre todos vosotros, ése es el más grande». 49
Juan dijo a Jesús: «Maestro, hemos visto a uno que echaba los demonios en tu
nombre y se lo hemos prohibido, porque no anda con nosotros». 50 Jesús le dijo: «No se lo impidáis, porque el que no está
contra vosotros está a vuestro favor».
En esta
ocasión, los discípulos también se preocupan por saber quién sería el mayor de
entre ellos. Suele suceder que en un grupo humano siempre hay uno o unos pocos
que mandan y que en definitiva son los importantes. Los importantes en este
mundo ocupan los primeros puestos, tienen muchos servidores a su disposición y
quieren que se les tome en cuenta.
Cristo conocía
el corazón humano y conocía el corazón de sus doce pescadores. Por ello, les
previene de la forma más sencilla, a través del ejemplo de un niño. Porque si
hay alguien en esta vida que nos da ejemplo de sencillez, naturalidad,
candidez, franqueza son los niños. Quien sino ellos son el ejemplo auténtico de
humildad de espíritu.
Por tanto,
recibir a un niño en medio de nosotros significa acoger en nuestro corazón
todas las virtudes que él representa. Y del mismo modo si queremos llegar a
Cristo no nos queda otro camino más que el de la sencillez y humildad, el del
servicio desinteresado a nuestro prójimo y en definitiva el camino de hacernos
pequeños ante los demás que significa cortar todo engreimiento, vanidad y
presunción delante de nuestro prójimo, y vivir para los demás olvidado
totalmente de uno mismo.
San Venceslao
(Wenceslao) de Bohemia
Martirologio
Romano: San Wenceslao, mártir, duque de Bohemia, que, educado por su abuela
santa Ludmila en sabiduría divina y humana, fue severo consigo, pacífico en la
administración del reino y misericordioso para con los pobres, redimiendo para
ser bautizados a esclavos paganos que estaban en Praga para ser vendidos.
Después de sufrir muchas dificultades en gobernar a sus súbditos y formarles en
la fe, traicionado por su hermano Boleslao fue asesinado por sicarios en la
iglesia de Stara Boleslav, en Bohemia (929/935).
Hijo del rey
de Bohemia, Ratislav, el joven príncipe nació en el 907 cerca de Praga. Su
abuela, Santa Ludimila, se encargó de la educación de su nieto, inculcándole
siempre el amor y servicio al Padre Celestial. Cuando era todavía muy joven, el
santo perdió a su padre en una de las batallas contra los magiares; su madre
asumió el poder e instauró -bajo la influencia de la nobleza pagana- una
política anticristiana y secularista, que convirtió al pueblo en un caos total.
Ante esta terrible situación, su abuela trató de persuadir al príncipe para que
asumiese el trono para salvarguardia del cristianismo, lo que provocó que los
nobles la asesinaran al considerarla una latente amenaza para sus intereses.
Sin embargo,
por desconocidas circunstancias, la reina fue expulsada del trono, y Wenceslao
fue proclamado rey por la voluntad del pueblo, y como primera medida, anunció
que apoyaría decididamente a la Ley de la Iglesia de Dios. Instauró el orden
social al imponer severos castigos a los culpables de asesinato o de ejercer
esclavitud y además gobernó siempre con justicia y misericordia.
Por oscuros
intereses políticos, Boleslao -que ambicionaba el trono de su hermano-, invitó
a Wenceslao a su reino para que participara de los festejos del santo patrono y
al terminar las festividades, Boleslao asesinó de una puñalada al santo rey. El
pueblo lo proclamó como mártir de la fe, y pronto la Iglesia de San Vito -donde
se encuentran sus restos- se convirtió en centro de peregrinaciones. Ha sido
proclamado como patrón del pueblo de Bohemia y hoy su devoción es tan grande
que se le profesa también como Patrono de Checoslovaquia.
Mariología XXX
El Misterio
de María Corredentora en el Magisterio Papal. (VI/VI)
VI.
Evaluación
A estas
alturas, considero indispensable introducir en esta discusión el # 25 de la constitución Dogmática
de la Iglesia Lumen
gentium, del concilio Vaticano II, un texto de capital importancia relativo al
magisterio del Papa o el oficio de enseñar:
Este obsequio
religioso de la voluntad y del entendimiento de modo particular ha de ser
prestado al magisterio auténtico del Romano Pontífice aun cuando no hable ex
cathedra; de tal manera que se reconozca con reverencia su magisterio supremo y
con sinceridad se preste adhesión al parecer expresado por él, según su
manifiesta mente y voluntad, que se colige principalmente ya sea (1) por la
índole de los documentos, ya sea (2) por la frecuente proposición de la misma
doctrina, ya sea (3) por la forma de decirlo.
En base a un
cuidadoso análisis de este pasaje, he argumentado en mi libro Totus Tuus, que
la enseñanza del Papa en relación a la consagración o entrega a María, es una
parte importante de su "magisterio ordinario" y que ha llevado esta
doctrina a un nuevo nivel de importancia.
Creo que se
podría decir lo mismo en el caso de su instrucción sobre el singular oficio
que, en su conjunto, tiene María en la obra de nuestra redención, e incluso
también para el uso que él le da al término Corredentora. Por supuesto que yo
no discutiría que las veces que el Papa ha usado la palabra Corredentora,
aparecen en documentos papales de la más alta autoridad docente o que ha
proclamado la doctrina o usado la palabra de la manera más solemne. Creo, sin
embargo, que esta presentación y los demás ensayos que he escrito sobre el
tema, demuestran más allá de la sombra de la duda, que la enseñanza del Santo
Padre sobre la singular colaboración en, y contribución a, la obra de nuestra
redención, ha llevado a la enseñanza a una nueva claridad, y es un componente
inequívoco de su magisterio ordinario - precisamente en base al segundo
criterio indicado en Lumen gentium # 25, la frecuencia con la que ha propuesto
esta doctrina -. Daré un paso más y argumentaré que, seis ocasiones en las que
el Papa ha usado el término Corredentora para caracterizar la colaboración de
nuestra Señora en la obra de nuestra redención - especialmente a la luz del uso
magisterial anterior - no merecen ser fácilmente descartadas como
"marginales [y] por lo tanto, carentes de autoridad doctrinal."
Le agradezco
al padre Ignazio Calabuig, O.S.M., uno de los firmantes de la Declaración de
Czestochowa y Presidente de la Facultad Pontificia
Marianum, y a sus colaboradores que recientemente han
reconocido que mi estudio sobre el uso del término Corredentora, publicado en
Maria Corredentrice: Storia e Teologia I, fue realizado con encomiable
precisión, y que es una clara indicación de que el título no está prohibido y
es susceptible de una lectura correcta. Sin embargo, y respetuosamente, sigo
estando en desacuerdo con ellos, cuando afirman que la palabra aparece sólo en
documentos que no tienen índole magisterial.
Una pregunta
y respuesta finales: "¿Cómo podemos describir de la mejor manera este oficio
secundario y subordinado, y no obstante activo y único, designado por Dios para
María en la obra de nuestra redención?" Nuestro Santo Padre ha usado un
buen número de títulos descriptivos, tales como colaboradora y cooperadora,
asociada y aliada. La ha llamado "la perfecta co-laboradora en el
sacrificio de Cristo" (perfetta cooperatrice del sacrificio di Cristo186
), y "el modelo perfecto para los que buscan unirse a su Hijo en su obra
de salvar a la humanidad entera."
Este es un
asunto por el que ni nuestro actual Santo Padre, ni ninguno de sus predecesores
se ha pronunciado, y estamos en completa libertad de debatirlo. Es del todo
obvio que los hombres de letras, teólogos y las personas de buena voluntad,
tienen opiniones varias a este respecto. Mi argumento sería solamente que,
ninguno de los títulos que contienen una sola palabra, tales como Colaboradora,
Cooperadora, Asociada, Socia y Aliada, acentúa suficientemente la singularísima
función de María, mientras que otros me parece que son, o frases muy largas o
ambages difíciles de manejar.
En tanto que
reconozco que de las cinco veces que el Papa Juan Pablo II ha usado el término
Corredentora han sido referencias pasajeras, no creo que éstas deban ser
subestimadas más que las tres veces que lo han usado congregaciones romanas al
principios del siglo pasado, o tres veces que lo mencionó el papa Pío XI. Estas
referencias constituyen un testimonio de la tradición viva de la Iglesia y del
legítimo empleo del término. Lo que sencillamente presentaría yo aquí es que,
una vez que se ha aclarado que el "co" de Corredentora no significa
igualdad con el Redentor, sino subordinada a Él, se puede argumentar que expresa
la realidad de la participación única y activa de María en su totalidad, mejor
que ningún otro título.
De cualquier
modo, el estudio que el magisterio haga de este asunto me convence de que el
Espíritu Santo está, inevitablemente, moviendo a la Iglesia y cada vez de
manera más apremiante, en una dirección: la de iluminar la activa colaboración
de María en nuestra redención. Hemos visto que la enseñanza papal se ha vuelto
cada vez más vigorosa e insistente a este respecto - y por supuesto que no me
ha sido posible presentarla en su totalidad -. De hecho, ¡solamente lo que ha
producido este pontificado, excede a lo que han producido todos los
pontificados anteriores juntos!
Conforme se
vaya estudiando, entendiendo y proclamando cada vez más esta enseñanza, se
podrá esperar obtener resultados más positivos y poderosos para la Iglesia y el
mundo. Verdaderamente, mientras más entendamos la colaboración que, por
designio divino, tuvo María en nuestra salvación, más nos sentiremos motivados
a acudir a aquella que es la Mediadora de todas las gracias y la Abogada del
pueblo de Dios. En la dramática hora de crisis en que vivimos, seguramente
muchos discutirán que existen asuntos mucho más urgentes que resolver, y sin
embargo, en la lucha con el poder de las tinieblas, que continúa sin disminuir,
¿a quién nos ha confiado el Padre como nuestra defensa junto con el "nuevo
Adán," sino a la "nueva Eva"? Creo que esta es una verdad muy
honda, de la que el Espíritu le ha estado hablando a la Iglesia en tiempos
modernos - y nunca como ahora por medio de nuestro actual Santo Padre -.
Que la
gracia y la bendición del Padre se derrame sobre todos nosotros
La Palabra es fuente de Vida:
¡Ayúdanos a difundirla!
"Id por todo el mundo y proclamad la buena
noticia a toda criatura"
Marcos 16,15
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Os hemos tocado la flauta y no habéis bailado. Hemos
cantado lamentaciones y no habéis llorado
1 Timoteo
3,14-16
14 Aunque espero ir a verte pronto, te
escribo estas cosas 15 por si tardo, para que sepas cómo has de
conducirte en la casa de Dios, que es la Iglesia de Dios vivo, columna y
fundamento de la verdad. 16 Y sin duda alguna es grande el misterio de
nuestra religión: «Que se ha manifestado como hombre, ha sido acreditado por el
Espíritu, se ha mostrado a los ángeles, ha sido anunciado a las naciones, creído
en el mundo, elevado a la gloria».
Salmo 110,1-6
1 ¡Aleluya!
Doy gracias al
Señor de todo corazón
en la reunión
de los hombres justos
y en la
asamblea general.
2 Grandes son las obras del Señor,
dignas de
estudio para los que las aman.
3 Su obra resplandece de esplendor
y su justicia
permanece para siempre.
4 Él ha hecho memorables sus milagros,
el Señor es
misericordioso y lleno de ternura.
5 Él da de comer a sus leales
y recuerda
siempre su alianza.
6 Manifiesta a su pueblo el poder de sus
obras,
dándole la
heredad de las naciones.
Lucas
7,31-35
31 «¿A qué compararé esta generación? ¿A
quién se parece? 32 Se parece a esos chiquillos sentados en la
plaza, que se gritan unos a otros: Os hemos tocado la flauta y no habéis
bailado. Hemos cantado lamentaciones y no habéis llorado. 33 Porque ha venido Juan, el Bautista, que ni comía ni bebía,
y dijisteis: Tiene un demonio.34 Ha venido el hijo del hombre, que come y bebe,
y decís: Éste es un comilón y un borracho. 35 Pero la sabiduría ha sido justificada por
todos sus discípulos».
Las sectas se
aprovechan de la indecisión de muchos cristianos para derrumbarles su fe y para
incorporarlos en sus organizaciones. Por eso hemos de estar vigilantes,
afianzando cada vez más los principios de nuestra fe católica. Jesús compara a
los indecisos con unos chiquillos que han perdido la capacidad de reaccionar
ante las invitaciones de sus amigos, pues ni bailan ni lloran. Es como cuando
vemos el telediario y, después de una noticia trágica, pasamos a la información
deportiva como si nada. Nos conmovimos unos segundos y luego nos olvidamos.
Cristo espera
que nuestro corazón vuelva a palpitar y reaccione ante nuestra realidad y la
del mundo. Si nuestra fe está marchita, es hora de que rejuvenezca. Si Jesús
sigue clavado en la cruz por nosotros, es tiempo de aprovechar la redención.
Porque si no
abrimos los ojos, vendrá alguien a tocar a nuestra puerta y nos arrebatará lo
más valioso que tenemos, sin darnos cuenta.
Santos Cipriano
y Cornelio
Martirologio
Romano: Memoria de los santos Cornelio, papa, y Cipriano, obispo, mártires,
acerca de los cuales el catorce de septiembre se relata la sepultura del
primero y la pasión del segundo. Juntos son celebrados en esta memoria por el
orbe cristiano, porque ambos testimoniaron, en días de persecución, su amor por
la verdad indefectible ante Dios y el mundo (252, 258).
Víctimas
ilustres de la persecución de Valeriano, respectivamente en junio del 253 y el
14 de septiembre del 258, son el Papa Cornelio y Cipriano el obispo de Cartago,
cuyas memorias aparecen unidas en los antiguos libros litúrgicos de Roma desde
mediados del siglo IV. Su historia, en efecto, se entrelaza, aunque sobresale más
la imagen del gran obispo africano.
San Cipriano
Nacido en el
año 200 en Cartago (Africa), se convirtió al cristianismo cuando era mayor de
40 años. Su mayor inspiración fue un sacerdote llamado Cecilio. Una vez
bautizado descubrió la fuerza del Espíritu Santo capacitándolo para ser un
hombre nuevo. Se consagró al celibato.
Tuvo un gran
amor al estudio de las Sagradas Escrituras por lo que renunció a libros
mundanos que antes le eran de gran agrado.
Es famoso su
comentario del Padrenuestro.
Fue ordenado
obispo por aclamación popular, el año 248, al morir el obispo de Cartago. Quiso
resistir pero reconoció que Dios le llamaba. "Me parece que Dios ha
expresado su voluntad por medio del clamor del pueblo y de la aclamación de los
sacerdotes". Fue gran maestro y predicador.
En el año 251,
el emperador Decio decreta una persecución contra los cristianos, sobre todo
contra los obispos y libros sagrados. Muchos cristianos, para evitar la muerte,
ofrecen incienso a los dioses, lo cual representa caer en apostasía.
Cipriano se
esconde pero no deja de gobernar, enviando frecuentes cartas a los creyentes,
exhortándoles a no apostatar. Cuando cesó la persecución y volvió a la ciudad
se opuso a que permitieran regresar a la Iglesia a los que habían apostatado
sin exigirles penitencia. Todo apóstata debía hacer un tiempo de penitencia
antes de volver a los sacramentos. Esta práctica no era para el bien del
penitente que de esta forma profundizaba su arrepentimiento y fortalecía su
propósito de mantenerse fiel en futuras pruebas. Esto ayudó mucho a fortalecer
la fe y prepararse ya que pronto comenzaron de nuevo las persecuciones.
El año 252,
Cartago sufre la peste de tifo y mueren centenares de cristianos. El obispo
Cipriano organiza la ayuda a los sobrevivientes. Vende sus posesiones y predica
con gran unción la importancia de la limosna.
El año 257 el
emperador Valeriano decreta otra persecución aun mas intensa. Todo creyente que
asistiera a la Santa Misa
corre peligro de destierro. Los obispos y sacerdotes tienen pena de muerte
celebrar una ceremonia religiosa. El año 157 decretan el destierro de Cipriano
pero el sigue celebrando la misa, por lo que en el año 258 lo condenan a
muerte.
Actas del
juicio:
Juez: "El
emperador Valeriano ha dado órdenes de que no se permite celebrar ningún otro
culto, sino el de nuestros dioses. ¿Ud. Qué responde?"
Cipriano:
"Yo soy cristiano y soy obispo. No reconozco a ningún otro Dios, sino al
único y verdadero Dios que hizo el cielo y la tierra. A El rezamos
cada día los cristianos".
El 14 de
septiembre una gran multitud de cristianos se reunió frente a la casa del juez.
Este le preguntó a Cipriano: "¿Es usted el responsable de toda esta
gente?"
Cipriano:
"Si, lo soy".
El juez:
"El emperador le ordena que ofrezca sacrificios a los dioses".
Cipriano:
"No lo haré nunca".
El juez:
"Píenselo bien".
Cipriano:
"Lo que le han ordenado hacer, hágalo pronto. Que en estas cosas tan
importantes mi decisión es irrevocable, y no va a cambiar".
El juez
Valerio consultó a sus consejeros y luego de mala gana dictó esta sentencia:
"Ya que se niega a obedecer las órdenes del emperador Valeriano y no
quiere adorar a nuestros dioses, y es responsable de que todo este gentío siga
sus creencias religiosas, Cipriano: queda condenado a muerte. Le cortarán la
cabeza con una espada".
Al oír la
sentencia, Cipriano exclamó: "¡Gracias sean dadas a Dios!"
Toda la
inmensa multitud gritaba: "Que nos maten también a nosotros, junto con
él", y lo siguieron en gran tumulto hacia el sitio del martirio.
Al llegar al
lugar donde lo iban a matar Cipriano mandó regalarle 25 monedas de oro al
verdugo que le iba a cortar la
cabeza. Los fieles colocaron sábanas blancas en el suelo para
recoger su sangre y llevarla como reliquias.
El santo
obispo se vendó él mismo los ojos y se arrodilló. El verdugo le cortó la cabeza
con un golpe de espada. Esa noche los fieles llevaron en solemne procesión, con
antorchas y cantos, el cuerpo del glorioso mártir para darle honrosa sepultura.
A los pocos
días murió de repente el juez Valerio. Pocas semanas después, el emperador
Valeriano fue hecho prisionero por sus enemigos en una guerra en Persia y
esclavo prisionero estuvo hasta su muerte.
Cornelio había
sido elegido Papa en el 251, después de un largo periodo de sede vacante, a
causa de la terrible persecución de Decio. Su elección no fue aceptada por
Novaciano, que acusaba al Papa de ser un libelático. Cipriano, y con él los
obispos africanos, se puso de parte de Cornelio.
El emperador
Galo confinó al Papa en Civitavecchia, en donde murió. Fue enterrado en las
catacumbas de Calixto. Cipriano, a su vez, fue relegado en Capo Bon, pero
cuando supo que habia sido condenado a la pena capital, regresó a Cartago,
porque quería dar su testimonio de amor a Cristo frente a toda su grey. Fue
decapitado el 14 de septiembre del 258. Los cristianos de Cartago pusieron
pañuelos blancos sobre su cabeza para conservarlos, así manchados de sangre,
como reliquias preciosas. El emperador Valeriano, al hacer decapitar al obispo
Cipriano y al Papa Esteban, inconscientemente puso fin a una disputa entre los
dos sobre la validez del bautismo administrado por herejes, no aceptada por
Cipriano y afirmada por el pontífice.
Mariología
XXIX
IV. La Activa Participación
de María en el Sacrificio del Calvario
Consideremos
ahora el ápice de la actividad corredentora de nuestra Señora, su participación
en la pasión y muerte de su Hijo. El papa Juan Pablo II, en la catequesis que
impartió con un gran significado el 25 de octubre de 1995, nos permite
vislumbrar el crecimiento interior que ha tenido la Iglesia en cuanto a la
participación activa de María en la redención. Comenta
que la intuición de San Ireneo de que María "con su ´si´, se convirtió en
´causa de salvación´ para ella y para toda la humanidad"
no fue
desarrollado de manera consistente y sistemática por los demás padres de la
Iglesia.
En cambio, se
trabajó sistemáticamente en esta doctrina por primera vez, a finales del siglo
X en la Vida de Maria escrita por un monje bizantino, Juan el Geómetra. 126 En
este documento, María está unida a Cristo en toda la obra de la redención,
participando, según designio divino, de la cruz y el sufrimiento por nuestra
salvación. Ella permaneció unida al Hijo "en cada acto, actitud y deseo"
(cf. Life of Mary, Bol. 196,
f. 123 v.). 127
La permanente
unión de María con Jesús "en cada acto, actitud y deseo," es un dato
que la Iglesia vendría a entender más claramente con el paso del tiempo,
conforme continuaba rumiando en el persona y la función de María bajo la guía
del Espíritu Santo. Parece ser que Juan el Geómetra fue el primero en habernos
dejado reflexiones escritas acerca del lazo inseparable que existe entre Jesús
y María en la obra de nuestra salvación. Él explícitamente afirma que "La
Virgen, después de haber dado a luz a su Hijo, jamás se separó de Él, de su
actividad, sus disposiciones, su voluntad." 128 Esto obviamente implica el
consentimiento voluntario de María a (1) el sacrificio de su Hijo, que también,
por necesidad, implica (2) el sacrificio de sí misma en unión con Él. Mientras
que haré una distinción lógica entre estos dos ofrecimientos en las siguientes
sub-secciones, en realidad fueron simultáneos y los textos papales que he
citado así los tratarán con frecuencia.
A. María Ofrece
a la Víctima
Bajo la guía
del Espíritu Santo, la Iglesia llegó a entender cada vez más convencida, que el
"fiat" de María en el momento de la anunciación, floreció en su
"fiat" bajo la cruz, y que al consentir con el ofrecimiento del
sacrificio de su Hijo, de su parte esto significó un ofrecimiento real del
sacrificio. A continuación, se transcribe un texto de capital importancia de
León XIII, carta encíclica Jucunda Semper del 8 de septiembre de 1894 que
asocia estos dos "fíats":
Cuando se
declaró a sí misma la esclava del Señor para el cargo de ser Madre, y cuando,
al pie del altar, ofreció todo su ser con su niño Jesús -entonces y después-
tomó su parte en la dolorosa expiación que ofreció su hijo por los pecados del
mundo. Por lo tanto, es seguro que ella sufrió en lo más profundo de su alma
los sufrimientos más amargos de su Hijo y con sus tormentos. Finalmente, fue
ante los ojos de María que el divino Sacrificio, por quien ella había
engendrado y alimentado a la Víctima, iba a llegar a su término. Al contemplar
al Hijo en el último y más piadoso de estos misterios, vemos que "Junto a
la cruz de Jesús estaba su Madre" (Jn. 19:25), quien, en un milagro de
amor, y para poder recibirnos como sus hijos, ofreció generosamente a la divina Justicia su
propio Hijo, y en su corazón, murió con Él, apuñalada por la espada del dolor.
129
Lo que deseo
señalar aquí, es que León vincula estos dos "fíats" mediante la
presentación de Jesús en el templo por María (Lc. 2:22-24), que es vista como
una anticipación de su presentación en la cruz. Él habla explícitamente de
María como la que "generosamente alimentó a la Víctima" y quien
"ofreció [a Él] a la
divina Justicia."
El Santo Papa
Pío X sigue la misma línea, pero de forma más concisa aún, en su encíclica Ad
Diem Illum del 2 de febrero de 1904:
La Santísima
Madre
de Dios, de conformidad, habilitó la "materia para la carne del unigénito
Hijo de Dios que nacería entre los miembros de la humanidad" y que así
hubiera una Víctima para la salvación del hombre. Pero este no es su único título
digno de alabanza. Adicionalmente, se le confió la tarea de cuidar a la misma Víctima, de
alimentarla, e incluso, de ofrecerla sobre el altar en el momento señalado. 130
Aún cuando no
encontramos en este texto ninguna referencia al sacrificio de Abraham (Gn. 22),
el lenguaje empleado sugiere un sorprendente paralelo. Aquí se describe a María
preparando a la divina
Víctima para el sacrificio, incluso como Abraham preparó a
Isaac. La diferencia, por supuesto, estriba en que Abraham fue eximido de tener
que llevar a cabo el sacrificio, mientras que María no lo fue.
El Papa
Benedicto XV hizo una enfática afirmación sobre el ofrecimiento de María, en su
carta Inter Sodalicia del 22 de marzo de 1918. Manifestó que:
Según la
enseñanza común de los Doctores, fue el designio de Dios que la Santísima Virgen María,
aparentemente ausente de la vida pública de Jesús, lo asistiera cuando estaba
muriendo clavado a la
cruz. María sufrió y, por decirlo así, casi murió con su Hijo
sufriente; por la salvación de la humanidad, ella renunció a sus derechos de
madre y, en cuanto dependió de ella, ofreció a su Hijo para aplacar la divina Justicia;
por lo que bien podemos decir que ella, junto con Cristo, redimió a la
humanidad. 131
Nótese que
Benedicto indica que la presencia de María bajo la cruz de Cristo "no
estuvo desprovista del designio divino" [non sine divino consilio], y el
mismo lenguaje es reproducido verbatim en Lumen gentium # 58, aunque sin hacer
referencia a este texto. De manera semejante, derivando del principio de que
"Dios, por el único y mismo decreto, había establecido el origen de María
y la encarnación de la
divina Sabiduría"132 , Benedicto XV sostiene que Dios
había predestinado también la unión de María con su Hijo en su sacrificio, al
grado de sacrificarse con Él quantum ad se pertinebat.
El siguiente
planteamiento papal que consideraremos, vino diez años después del de Benedicto
XV y fue destinado para la Iglesia universal. Tiene lugar durante la conclusión
de la encíclica del Papa Pío XI relativa a la reparación del Sagrado Corazón de
Jesús, Miserentissimus Redemptor, el 8 de mayo de 1928:
Que la bondadosísima Madre
de Dios, que nos dio a Jesús como Redentor, que lo crió, y al pie de la cruz lo
ofreció como Víctima, quien por su misteriosa unión con Cristo y por su gracia
inigualable amerita el nombre de Reparadora, se digne sonreír a Nuestros deseos
y a todo lo que hagamos. 133
Aquí Pío XI
habla claramente de que María ofrece a Jesús al Padre como víctima. Más aún,
por virtud de su íntima unión con Cristo y todas las gracias singulares que
tiene, el Papa dice que correctamente se le puede llamar
"Reparadora." Este título ya le había sido atribuido a María por el
Beato Pío IX, quien le llamó "Reparadora de los primeros padres" en
su constitución apostólica Ineffabilis Deus, 134 , por León XIII quien citó a
San Tarasio de Constantinopla135 como su autoridad para llamarla
"Reparadora del mundo entero," en su encíclica Adiutricem Populi136 y
por San Pío X quien citó a Eadmer de Cantorbery137 nombrándola "la
Reparadora del mundo perdido" en su encíclica Ad Diem Illum138 El título
es obviamente significativo porque habla, como Pío XI testifica, de la íntima
unión de María con Cristo y de la reparación que ella hace al Padre en unión
con el Redentor (Reparador).
El
ofrecimiento que María hace de Cristo al Padre se le da una expresión clásica
en la encíclica de Pío XII Mystici Corporis del 29 de junio de 1943:
Ella fue
quien, inmune de todo pecado, personal o heredado, y más unida a su Hijo que
nunca, lo ofreció en el Gólgota al Padre eterno junto con el holocausto de sus
derechos maternales y su amor de madre, como una nueva Eva, por todos los hijos
de Adán contaminados por medio de esta infeliz caída, y por eso ella, que era
la madre de nuestra Cabeza según la carne, se convirtió por un nuevo título de
dolor y gloria, la madre espiritual de todos sus miembros. 139
Una vez más,
tenemos una clara afirmación de que María ofreció a Jesús al Padre. Pío XII
añade que nuestra Señora hizo este ofrecimiento "junto con el holocausto
de sus derechos maternales y su amor de madre." Benedicto XV en Inter
Sodalicia hizo la interpretación de que María había "renunciado (o
abdicado) a sus derechos maternales." Los padres del concilio Vaticano II
eficazmente le hicieron eco cuando afirmaron en Lumen gentium # 58, que María
"consintió amorosamente en la inmolación de la víctima que ella misma
había engendrado."
El Beato Papa
Juan XXIII, desarrolló el tema del "ofrecimiento de la divina Víctima"
que hizo María, en su mensaje de radio a los obispos de Italia en Catania, con
ocasión del 16avo. Congreso Nacional Eucarístico y la consagración de Italia al
Inmaculado Corazón de María el 13 de septiembre de 1959:
Confiamos en
que, como resultado del homenaje que acaban de rendirle a la Virgen María, todos
los italianos sean fortalecidos en su fervor y veneración de la Santísima Virgen
como Madre del Cuerpo Místico, del cual la Eucaristía es el símbolo y el centro
vital. Confiamos en que imitarán de ella el modelo más perfecto de unión con
Jesús, nuestra Cabeza; Confiamos en que se unirán a María en su ofrecimiento de
la divina Víctima,
y que pedirán su mediación maternal para obtener para la Iglesia los dones de
la unidad, de la paz, y especialmente de un nuevo y superabundante
florecimiento de vocaciones religiosas. 140
En esta
ocasión, el Papa Juan hizo una petición ligando el ofrecimiento de Jesús por
María a la participación de los fieles en la misa. Este
co-ofrecimiento, por supuesto, no quita para nada el hecho de que es el mismo
Jesús el sacerdote principal del sacrificio. Más bien, es un reconocimiento de
que María era la principal co-oferente del sacrificio junto con el propio
Jesús, 141 así como todos los miembros de la feligresía presentes en la misa,
están llamados a ser co-oferentes del sacrificio junto con el sacerdote que
actúa in persona Christi. 142
En el # 20 de
su exhortación apostólica Marialis Cultus del 2 de febrero de 1974, el papa
Paulo VI propuso a los fieles que María fuera "la Virgen presentando
ofrecimientos" [Virgo offerens]:
La Iglesia
misma, especialmente de la
Edad Media en adelante, ha descubierto en el corazón de la
Virgen, cuando llevaba a su Hijo a Jerusalén a presentarlo al Señor (cf. Lc.
2:22), un deseo de hacer un ofrecimiento, un deseo que excede el significado
ordinario del rito. Un testimonio de esta intuición se puede encontrar en la
amorosa oración de San Bernardo: "Ofrece a tu Hijo, Virgen sacrosanta, y
presenta el fruto de tu vientre al Señor. Para nuestra reconciliación con todo,
ofrece la Víctima celestial agradable a Dios."
Esta unión de
la Madre y del Hijo en la obra de la redención alcanza su culminación en el
calvario, donde Cristo "se ofreció a sí mismo a Dios como el sacrificio
perfecto" (Hb. 9:14) y donde María estuvo al pie de la cruz (cf. Jn.
19:25), "sufriendo penosamente con su Hijo unigénito. Allí ella se unió
con un corazón de madre a su sacrificio, y amorosamente consintió en la
inmolación de esta víctima que ella misma había engendrado" ofreciéndolo
también al Padre eterno. 143
Me limitaré
en esta parte a hacer comentarios sobre las fuentes del Papa. En primer lugar,
cita el texto de San Bernardo que el Papa Juan Pablo II también usó en su
catequesis sobre la colaboración de María en la obra de la redención del 25 de
octubre de 1995. 144 En segundo lugar, hace una cita del texto Lumen gentium #
58, añadiendo, para darle énfasis, que María, también, "estaba ofreciendo
(a la víctima) al Padre eterno," y da como su referencia el texto de Pío
XII en Mystici Corporis.145
El Papa Juan
Pablo II es el heredero de la enseñanza magisterial de todos sus predecesores y
hace gala de ello, en su discurso durante el Angelus del 5 de junio de 1983, la
festividad de Corpus Christi:
Nacido de la
Virgen para ser una oblación pura, santa e inmaculada, Cristo ofreció en la
cruz el único Sacrificio perfecto que en cada misa, de manera incruenta, se renueva
y actualiza. En ese único Sacrificio, María, la primera redimida, la Madre de
la Iglesia, participó de manera activa. Ella permaneció cerca del Crucificado,
sufriendo profundamente con su Primogénito; con un corazón de madre, se asoció
ella misma a su Sacrificio; con amor consintió a su inmolación (cf. Lumen
gentium, 58; Marialis Cultus, 20): lo ofreció a Él y se ofreció a sí misma al
Padre. Cada Eucaristía es un memorial de ese sacrificio y esa pascua que
restauró la vida al mundo; cada misa nos pone en íntima comunión con ella, la
Madre, cuyo sacrificio "se hace presente" así como el Sacrificio de
su Hijo "se hace presente" a las palabras de la consagración del pan
y el vino pronunciadas por el sacerdote. 146
Notemos cómo
el Papa vincula el ofrecimiento que María hace de Cristo con el ofrecimiento de
ella misma, como muchos de sus predecesores lo han hecho. Nuevamente, esto es
resultado de la teología de la misa: los fieles están llamados a ofrecerse al
Padre en unión con el ofrecimiento que hacen de Cristo.
En su
discurso durante la audiencia general del 7 de diciembre de 1983, el Santo
Padre vinculó el ofrecimiento de Cristo por María a su Inmaculada Concepción:
Debemos, por
encima de cualquier cosa, observar que María fue creada inmaculada con el
objeto de estar en mejores condiciones de poder actuar por nosotros. La
plenitud de gracia le permitió cumplir con su misión de manera perfecta, al
colaborar con la obra de salvación; le dio el máximo valor a su cooperación en
el sacrificio. Cuando María presentó al Padre su Hijo clavado a la cruz, su
doloroso ofrecimiento fue completamente puro. 147
En
consecuencia, podemos decir que, aunque a un nivel totalmente subordinado, el
ofrecimiento de María, como el de Cristo, es un ofrecimiento perfecto, totalmente
puro. En esto, ella es un modelo para todos los fieles.
El Día de San
José en 1995, en el Santuario de nuestra Señora de los Dolores en
Castelpetroso, el Papa hizo estos comentarios:
Queridos
hermanos y hermanas, que también ustedes ofrezcan al Señor sus alegrías y
trabajos diarios en comunión con Cristo y mediante la intercesión de su Madre,
venerada aquí al ofrecer al Padre el Hijo que se sacrificó a sí mismo por
nuestra salvación. 148
Nótese en
este texto, la precisión teológica del Papa: él habla de María que ofrece el
Hijo al Padre, pero además califica al Hijo como el "que se sacrificó a sí
mismo por nuestra salvación." Al ofrecer María a Cristo, también implicó
que Él mismo se ofreciera.
En su
encíclica Evangelium Vitae del 25 de marzo de 1995, el Papa vincula el
ofrecimiento de Jesús por María a su fiat y a su maternidad espiritual:
"Permaneciendo
al pie de la cruz de Jesús (Jn. 19:25), María comparte el don que el Hijo hace
de sí mismo: ella ofrece a Jesús, lo entrega, y lo engendra hasta el fin por
nosotros. El "si" que había dado el día de la anunciación, alcanza su
completa madurez el día de la cruz, cuando llega el momento para que María
reciba y engendre como hijos a todos aquellos que se hicieron discípulos,
derramando sobre ellos el amor salvífico de su Hijo: "Jesús, viendo a su
madre y junto a ella al discípulo a quien amaba, dice a su madre: ´Mujer, ahí
tienes a tu hijo´" (Jn. 19:26). 149
Este pasaje
también evoca sutilmente el texto del Apocalipsis 12:17 que se refiere "al
resto de sus hijos" de "la Mujer vestida del sol" (Ap. 12:1): en
tanto que María dio a luz a Jesús sin dolor, sus intensos sufrimientos en unión
con Jesús en el calvario, fueron los dolores de parto por los que ella
"engendra como sus hijos a todos aquellos que se hagan discípulos de
Jesús."
B. María se
ofrece a sí misma.
Ya hemos
visto numerosos textos papales, que hablan de la forma en que María ofrece su
ser y sus sufrimientos en el calvario al Padre eterno por nuestra salvación. El
hecho de distinguir entre el ofrecimiento que hace María de su Hijo y el que
hace de ella misma al Padre, se explica porque es una distinción legítimamente
lógica - y por supuesto hecha por el magisterio, porque involucra el
ofrecimiento de dos personas distintas, una divina y la otra humana - pero,
incluso, es difícil separar un ofrecimiento del otro. No obstante, creo que
también es de singular valor el subrayar el ofrecimiento que hace María de sí
misma, que vino a formar parte del único precio para nuestra salvación.
De hecho, ese
es precisamente el propósito de un texto que nos viene del Ppa Pío VII
(1800-1823):
No cabe duda
que la obligación que tienen los cristianos con la Santísima Virgen María,
como hijos de tan bondadosa Madre, es el honrar sin cesar y con fervor
afectivo, la memoria de los amargos dolores por los que ella pasó con admirable
fortaleza y constancia invencible, especialmente cuando permaneció al pie de la
cruz y ofreció esos dolores al Padre eterno por nuestra salvación.
León XIII
hace la misma observación en forma muy eficaz, en su encíclica del rosario
Iucunda Semper del 8 de septiembre de 1894, cuando habla del misterio de la
presentación del niño Jesús en el templo:
Cuando se
declaró a sí misma la esclava del Señor para el oficio de ser madre, y cuando,
al pie del altar, ofreció todo su ser con su niño Jesús, entonces y a partir de
ese momento, ella tomó su parte en la dolorosa expiación ofrecida por su hijo
por los pecados del mundo. 151
San Pío X
habla elocuentemente en Ad Diem Illum, de la "comunión de dolores y
voluntades" que compartieron Jesús y María en el calvario:
De ahí que la
inseparable vida y trabajos del Hijo y de la Madre, permitan la aplicación a
ambos de las palabras del Salmista: "Mi vida se consume en dolor y en
suspiros mis años." Cuando la hora suprema del Hijo había llegado, junto a
la cruz de Jesús estaba María, su Madre, quien no se ocupaba simplemente en
contemplar el cruel espectáculo, sino que se regocijaba de que su único Hijo se
ofrecía por la salvación del mundo; y participaba de tal manera en su pasión
que, de haber sido posible, "ella gustosamente habría cargado con todos
los tormentos que su Hijo padecía."
De esta
comunión de voluntades y aflicciones entre Cristo y María, "ella mereció
convertirse dignamente en la Reparadora del mundo perdido" (Eadmer, De
Excellentia Virg. Mariae, c. 9) y Dispensadora de todos los dones que nuestro
Salvador compró para nosotros por su muerte y por su sangre. 152
Ya hemos
considerado el famoso texto de Benedicto XV, Inter Sodalicia, desde la
perspectiva del ofrecimiento de Cristo por María, pero sería provechoso para
nosotros ahora examinar ese texto desde la perspectiva del auto ofrecimiento de
María y de "haber pagado el precio de la redención humana" junto con
Cristo.
María sufrió
y, por así decirlo, casi murió con su Hijo sufriente; por la salvación de la
humanidad, ella renunció a sus derechos de madre y, en tanto dependió de ella,
ofreció a su Hijo para aplacar la justicia divina; por lo que bien podríamos
decir que ella con Cristo redimió a la humanidad. 153
Benedicto
habla como si nuestra redención fuese un esfuerzo común. Esto, por supuesto, no
quita nada al hecho de que los méritos de Jesús fueron suficientes, o de que
María, como una creatura humana, jamás podrá igualar a su divino Hijo. Por el
contrario, él reconoce que la presencia de María en el calvario "no estuvo
exenta del designio divino"154 , que fue querido por Dios como
consecuencia de su decreto que predestinaba a Jesús y María para la obra de
salvación. A manera de comentario, dos años después, y en su homilía durante la
canonización de San Gabriel de la Virgen Dolorosa y Santa Margarita María Alacoque,
el Papa dijo que "los sufrimientos de Jesús no pueden separarse de los
dolores de María"155 : lógicamente pueden distinguirse, pero Dios los ve
como uno solo.
Durante una
alocución que dirigió a parejas de recién casados el 30 de octubre de 1933, Pío
XI habló de una manera semejante. Al terminar de regalarles a éstas jóvenes
parejas un rosario y una medalla de nuestra Señora, comentó sobre éste último
regalo:
La imagen de
la Virgen, la Madre de Dios, recuerda, y gentilmente amonesta, que uno no puede
pasar un día sin recordar a la Madre celestial, quien fue confiada a nosotros
bajo la cruz y unió sus sufrimientos y los del Redentor por la salvación de sus
hijos. 156
Un mes
después, habló de una manera semejante a los peregrinos de Vicenza:
Por la propia
naturaleza de su relación, el Redentor no podía no haber asociado a su Madre
con su obra. Por esta razón Nosotros la invocamos bajo el título de
Corredentora. Ella nos dio al Salvador, ella lo acompañó en la obra de
redención hasta la propia cruz, compartiendo con Él de los dolores de la agonía
y de la muerte, en donde Jesús consumó la redención de la humanidad. 157
Este último
texto es de lo más interesante, no sólo por el uso que hace del término
Corredentora, sino también porque el Papa habla de una especie de necesidad
interior [per necessità di cose] que requería la participación de María en la
pasión y muerte de Jesús. Al parecer, aquí se hace eco de la convicción que
tenía Benedicto XV, de que María estuvo involucrada por una necesidad según el
plan inescrutable de Dios, que "no fue sin designio divino" [non sine
divino consilio] es decir, que fluye de la "lógica de la encarnación"
[uno eodemque decreto].
Aparentemente
tenemos una repetición de este mismo tema, en una declaración que hizo Pío XII
en su mensaje de radio al Congreso Mariano de la Unión Sudafricana
el 4 de mayo de 1952:
Sí,
amadísimos, en la amorosa providencia de Dios, fue la respuesta de María
"hágase en mí según tu palabra," lo que hizo posible la pasión y
muerte y resurrección del divino Redentor del mundo. Por este motivo, no nos
atrevemos a separar a la Madre del Hijo. La muerte de su Hijo en el Gólgota,
fue su martirio; el triunfo de Jesús, es la exaltación de María. 158
Sin embargo,
la aseveración más brillante y sucinta que hace Pío XII de la participación
conjunta de María en la obra de la redención, ocurre en su gran encíclica del
Sagrado Corazón el 15 de mayo de 1956, Haurietis Aquas:
Por la
voluntad de Dios, la
Santísima Virgen María estuvo inseparablemente unida con
Cristo en llevar a cabo la obra de la redención del hombre, por lo que nuestra
salvación, fluye del amor de Jesucristo y de sus sufrimientos que estuvieron
íntimamente unidos al amor y dolores de su Madre. 159
En este
clásico pasaje, cada palabra está cuidadosamente sopesada y medida para poder hacer
una declaración sobre la redención y la función que tuvo María en la misma, y
que permanece sin paralelo alguno, por su claridad y precisión. Sin duda, será
por está razón que se incluye en el Enchiridion Symbolorum de Denzinger-
Hünermann. 160 Pío declara que "nuestra salvación fluye del amor de
Jesucristo y de sus sufrimientos" [ex Iesu Christi caritate eiusque
cruciatibus] que están "íntimamente unidos con el amor y dolores de su
Madre" [cum amore doloribusque ipsius Matris intime consociatis]. La preposición
latina ex, indica que Jesús es la fuente de nuestra redención, en tanto que
otras tres palabras latinas, cum e intime consociatis, indican la
inseparabilidad de María de la fuente. 161 Finalmente, notemos la insistencia
que hace Pío sobre el hecho de que ésta unión de Jesús con María por nuestra
salvación, ha sido ordenada "por la voluntad de Dios" [ex Dei
voluntate].
En un sermón
predicado por Juan XXIII, al concluir una novena solemne en honor de la Inmaculada Concepción
en Santi Apostoli, el 7 de diciembre de 1959, también trató de la lógica
interior del "fiat" de María que encontró su conclusión en el
calvario. Hablando de la alegría que trajo al mundo el nacimiento de María,
dijo:
Esta alegría,
sin embargo, también es una flor de sacrificio color escarlata: el sacrificio
de la Santísima Madre
de Jesús, quien, habiendo dado su oportuno "fiat," al mismo tiempo
estuvo de acuerdo en compartir la suerte de su Hijo, la pobreza de Belén,
negarse a sí misma llevando una vida oculta, y en el martirio del calvario. 162
Continuando
con la línea de sus predecesores, Paulo VI también confirmó la participación de
María en el sacrificio de Jesús, al punto de haberse sacrificado ella misma. En
un mensaje de radio a sacerdotes inválidos peregrinos en Lourdes, el 30 de
julio de 1966, habló así:
Que la Virgen Inmaculada,
quien pronunció el "fiat" de perfecta conformidad con la voluntad
divina y quien, aceptando ser la Madre del Verbo Encarnado, escogió participar
voluntariamente en los sufrimientos de su Hijo, el Redentor, mire con bondad
los sufrimientos de esta banda de confidentes hijos suyos, habiéndose hecho
dignos de seguir a Cristo, con ella, en el camino real de la santa cruz. 163
Aquí el Papa
subraya el tema familiar de que el "fiat" de la anunciación lleva a
la cruz, pero - aún más - insiste en que el "fiat" de María
representó una elección deliberada de participar en los sufrimientos de su
Hijo. En su exhortación apostólica Signum Magnum del 13 de mayo de 1967,
enfatizó de nuestra Señora
su caridad,
fuerte y constante en el cumplimiento de su misión al punto de sacrificarse
ella misma, en plena comunión de sentimientos con su Hijo que se inmoló a Sí
mismo en la cruz para darle a los hombres vida nueva. 164
Ocho años
después, el 13 de mayo de 1975, entrelazó estos dos temas en su carta al
cardenal Suenens, con ocasión del 14avo. Congreso Internacional Mariano:
Fue el
Espíritu Santo el que sostuvo a la Madre de Jesús, presente al pie de su cruz,
inspirándola, como lo había hecho en la anunciación, con el Fiat a la voluntad
del Padre celestial, quien quiso que ella estuviese maternalmente asociada con
el sacrificio de su Hijo para la redención de la humanidad (cf. Jn. 19:25). 165
Como sus
predecesores, el Papa Juan Pablo II consistentemente afirma que el
consentimiento de María al cruento sacrificio de la cruz, fue el resultado de
todo lo que implicaba dar su "si" en la anunciación. El
alegre fiat dado al Angel Gabriel, se convierte, en el calvario, la razón por
la que el Papa pudo decir en Guayaquil el 31 de enero de 1985:
Crucificada
espiritualmente con su hijo crucificado (cf. Ga 2:20), ella contempló con
heroico amor la muerte de su Dios, ella "consintió amorosamente en la
inmolación de la Víctima que ella misma había engendrado" (Lumen gentium,
58). 166
Mientras que
para algunos podría parecer audaz que el Papa hable de María como
"crucificada espiritualmente con su hijo crucificado," vemos que en
su texto, el Papa también nos da su punto de referencia, y es la epístola de
San Pablo a los Gálatas 2:20, donde asegura "He sido crucificado con
Cristo." Si Pablo pudo reclamar esto refiriéndose a sí mismo, hay una
razón más fuerte aún, para decir lo mismo de María en el calvario. En un
discurso a la juventud, en Vicenza, Italia, el 8 de septiembre de 1991, el Papa
ofreció un comentario adicional a lo que había dicho en Guayaquil:
Entonces
llega el momento de la crucifixión. Ciertamente, cuando Jesús murió en
la cruz, el propio ser de María, su corazón, su maternidad, todo, fue
crucificado. Cuando escribí la encíclica Redemptoris
Mater, comparé este momento de la vida de María a una noche
obscura, más obscura que todas las noches que las almas de los místicos hayan
experimentado jamás a lo largo de la historia de la Iglesia. 167
Aquí
encontramos la terminología paulina de la corredención, aplicada al sacrificio
de María de "su propio ser, su corazón, su maternidad," de una manera
tal, que es al mismo tiempo original e impresionante. Nuevamente, hablándole a
la juventud pero esta vez el 9 de mayo de 1993, en el estadio deportivo en
Agrigento, Sicilia, el Santo Padre habló del auto ofrecimiento de nuestra
Señora de esta manera:
La Virgen de
Nazaret va delante de ustedes en su camino, la mujer que se hizo santa por la
pascua del Hijo de Dios, aquella que se ofreció con Cristo por la redención de
toda la humanidad. 168
En esta cita
final, el Papa se refiere hábilmente al ofrecimiento de María, como unido al
ofrecimiento de Cristo. Sin restar en nada al hecho de que el sacrifico de
Cristo es más que suficiente para la salvación del mundo, la afirmación del
Papa indica que nuestra salvación se ha realizado eficazmente por medio del
sacrificio ofrecido por Cristo, al que se une el auto ofrecimiento de María.
169
Si bien sería
posible citar otros numerosos textos de la enseñanza de Juan Pablo II, en los
que apoya el sacrificio que hizo María de sí misma en el calvario en unión con
Jesús, deseo citar solamente uno más, que viene de su carta apostólica
Salvifici Doloris del 11 de febrero de 1984, y que puede servir también como una
maravillosa recapitulación de su magisterio y el de sus predecesores, sobre
este punto:
Es
especialmente consolador notar - y también puntualizar de acuerdo con el
Evangelio y la historia - que al lado de Cristo, en el primer y más exaltado
lugar, está siempre su Madre continuando de principio a fin, el ejemplar
testimonio que ella soporta a lo largo de toda su vida a este particular
Evangelio de sufrimiento. En ella, se acumularon tantos e intensos sufrimientos
conectados entre sí de tal manera, que no sólo fueron una prueba de su
inquebrantable fe, sino también una contribución a la redención de todos... Fue
en el calvario donde el sufrimiento de María, junto con el sufrimiento de
Jesús, alcanzó una intensidad que difícilmente se puede imaginar desde un punto
de vista humano, pero que fue misteriosa y sobrenaturalmente fructífero para la
redención del mundo. su ascensión al calvario y el haberse mantenido al pie de
la cruz, junto con el discípulo amado, fue una manera especial de tomar parte
en la muerte redentora de su Hijo. 170
Otra mención
de Salvifici Doloris, podría ayudar a poner en contexto las verdades que
sostienen el misterio de María como Corredentora: "Los sufrimientos de
Cristo crearon el bien de la redención mundial. Este bien, por sí mismo, es
inagotable e infinito. Ningún hombre puede añadir nada a él." 171
Pero al mismo
tiempo, "el sufrimiento de María [en el calvario], al lado de Jesús
sufriente... fue misteriosa y sobrenaturalmente fructífero para la redención
del mundo." Por ello, el Papa traza ese delicado balance, que siempre es
una marca pura de la verdad católica: sostiene el principio de que los
sufrimientos de Cristo fueron del todo suficientes para la salvación del mundo,
en tanto que defiende que el sacrificio de María fue, sin embargo, "una
contribución a la redención de todos."
C. El
Ofrecimiento Conjunto de Jesús y María
Habiendo
revisado ampliamente la forma en que el magisterio papal presenta el
ofrecimiento de Jesús por María y el ofrecimiento de ella misma en el calvario,
consideremos ahora textos en los que el papa Juan Pablo II enfatiza cómo el
sacrificio de María es inseparable del de Jesús, cómo es una "acción
conjunta pero subordinada con Cristo el Redentor." 172 Comencemos con el
hermoso comentario que hizo el Papa en Lumen gentium # 58 en su catequesis del
2 de abril de 1997:
Con nuestra
mirada iluminada por el resplandor de la resurrección, hacemos una pausa para
reflexionar en la participación de la Madre en la pasión redentora de su Hijo,
y que fue completada al haber compartido sus sufrimientos. Regresemos
nuevamente, pero ahora en la perspectiva de la Resurrección, al pie de la cruz
donde la Madre soportó "con su Hijo unigénito la intensidad de su
sufrimiento, asociándose con entrañas de madre a su sacrificio, consintiendo
amorosamente en la inmolación de la víctima que ella misma había engendrado"
(ibid., n. 58).
Con estas
palabras, el concilio nos recuerda la "compasión de María"; en su
corazón retumba todo lo que sufre Jesús en cuerpo y alma, enfatizando su
disposición de compartir el sacrificio redentor de su Hijo y de unir sus
propios sufrimientos maternales a su ofrecimiento sacerdotal.
El texto del
concilio recalca también que su consentimiento a la inmolación de Jesús no es
una aceptación pasiva, sino un genuino acto de amor, por el cual ella ofrece a
su Hijo como una "víctima" de expiación por los pecados de toda la
humanidad.
Finalmente,
Lumen gentium relaciona a la Santísima Virgen con Cristo, que es el
protagonista de la redención, aclarando que al haberse asociado ella "con
su sacrificio," ella permanece subordinada a su divino Hijo. 173
Permítasenos
hacer notar brevemente, cómo el Santo Padre junta estas dos dimensiones del
ofrecimiento de María, refiriéndose a su "compasión" o
"sufrimiento con" Jesús, así como la insistencia de que el
"consentimiento a la inmolación de Jesús" fue "un genuino acto
de amor, por el cual ella ofrece a su Hijo como una ´víctima´ de expiación por
los pecados de toda la humanidad." Otro punto que debe ser notado, es la
manera tan hermosa y cuidadosa en que el Papa pone "la participación de la
Madre en la pasión redentora de su Hijo" en la correcta perspectiva
teológica: siempre deberá entenderse como "subordinada," pero al
mismo tiempo "el haber compartido su sufrimiento" completa "la
pasión redentora de su Hijo."
El Santo
Padre en su catequesis del 10 de septiembre de 1997, entremezcla airosamente
estas dos dimensiones del ofrecimiento de María, presentándola como "el
modelo de la Iglesia a seguir, en la participación generosa del
sacrificio":
Al presentar
a Jesús en el templo y, especialmente, al pie de la cruz, María completa el don
que hace de sí misma y que la asocia como Madre con los sufrimientos y
aflicciones de su Hijo. 174
El don que
hace de sí misma es visto como completado al asociarse con el sufrimiento de su
Hijo, a quien ella ofreció en el templo cuando era niño y ahora ofrece
nuevamente en el calvario.
Esta
entremezcla del ofrecimiento de Jesús por María y de sí misma, fue
magníficamente expresada en la homilía del Papa durante la conmemoración de
Abraham "nuestro padre en la fe" en el Gran Jubileo del año 2000:
Hija de
Abraham en la fe así como en la carne, María personalmente compartió esta
experiencia. Como Abraham, ella también aceptó el sacrificio de su Hijo pero,
si bien a Abraham no se le obligó llevar a cabo el sacrificio propiamente dicho
de Isaac, Cristo tomó la copa del sufrimiento hasta la última gota. María tomó
parte personalmente en la aflicción de su Hijo, creyendo y esperando al pie de
la cruz (cf. Jn. 19:25).
Este fue el
epílogo de una larga espera. Habiendo sido instruida en la meditación de los
textos proféticos, María pudo entrever lo que le esperaba, y alabando la
misericordia de Dios, que guarda fidelidad a su pueblo de generación en
generación, dio su propio consentimiento a su plan de salvación;
particularmente, dio su "si" al evento central de este plan, el
sacrificio de ese Niño que ella había llevado en el vientre. Como Abraham, ella
aceptó el sacrificio de su Hijo. 175
En esta
referencia, el amalgamamiento de estos dos sacrificios de María es sutil, pero
real. María es comparada a Abraham en que ambos dieron su consentimiento al
sacrificio de su único hijo, pero en el caso de Abraham, el consentimiento era
todo lo que se requería. En el caso de María, sin embargo, el sacrificio fue
llevado a cabo de manera efectiva, requiriendo de su parte el sacrificio de su
corazón maternal176 ,ciertamente de su vida misma.
El sacrificio
"conjunto pero subordinado" de parte de María, tiene repercusiones
eclesiales profundas. El Papa, al discurrir que la "mujer vestida del
sol" que aparece en el capítulo doce del libro del Apocalipsis, es una
imagen de la Iglesia y de María, hace el siguiente comentario, en su catequesis
del 29 de mayo de 1996:
Identificada
por la maternidad, la mujer "está encinta, y grita con los dolores del
parto y con el tormento de dar a luz" (12:2). Esta nota se refiere a la
Madre de Jesús en la cruz (cf. Jn. 19:25), donde comparte con angustia el
nacimiento de la comunidad de discípulos, teniendo el alma atravesada por una
espada (cf. Lc. 2:35). A pesar de sus sufrimientos, ella está "vestida con
el sol" - esto es, ella refleja el esplendor divino - y aparece como una
"gran señal" de la relación esponsal con su pueblo. 177
En efecto, el
Papa propone aquí un dato de la tradición, esto es, que mientras María dio a
luz a Jesús sin dolor, sus intensos sufrimientos en unión con Jesús en el
calvario fueron los dolores de parto por los que ella "engendra como
hijos, a todos aquellos que se hicieron discípulos de Jesús."
Al pie de la
cruz, entonces, María no sólo es socia de la pasión (socia passionis) 178 ,
sino que es un instrumento para que nazca la Iglesia. Nótese
bien que hay dos sorprendentes símbolos para la procreación de la Iglesia en el
calvario: el corazón traspasado de Jesús del que brotan sangre y agua, "la
fuente de la vida sacramental de la Iglesia"179 y el Corazón de María, al
que el Santo Padre alude en el texto arriba citado refiriéndose a Lc. 2:35.
Es bastante
claro, entonces, que hay una sociedad para nuestra salvación, pero no es una
sociedad de estricta igualdad, como nos dice el Santo Padre en la misma
catequesis del 29 de mayo de 1996:
Era
conveniente que, al igual que Cristo, el nuevo Adán, María, la nueva Eva, no conociera
pecado y, por lo tanto, fuera apta para cooperar en la redención.
El pecado,
que inunda a la humanidad como un torrente, se detiene ante el Redentor y su
fiel Colaboradora. Con una diferencia substancial: Cristo es totalmente santo
en virtud de la gracia que en su humanidad, deriva de la persona divina: María
es totalmente santa en virtud de la gracia recibida de los méritos del
Salvador. 180
Al
desarrollar la idea de los dolores de parto que sufrió María en el calvario
para el nacimiento de la Iglesia (cf. Ap. 12:2), el Papa manifestó en su
catequesis del 17 de septiembre de 1997:
En el
calvario, María se unió al sacrificio de su Hijo e hizo su propia contribución
maternal a la obra de salvación, que tomó la forma de dolores de parto, el
nacimiento de la nueva humanidad.
Al dirigir a
María las palabras "Mujer, ahí tienes a tu hijo," el Crucificado
proclama su maternidad, no sólo refiriéndose el Apóstol Juan, sino también a
cada discípulo. El Evangelista, al decir que Jesús tenía que morir "para
reunir en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos" (Jn. 11:52), está
indicando el nacimiento de la Iglesia como fruto del sacrificio redentor al que
María está maternalmente asociada. 181
La
"contribución maternal en la obra de salvación" de María, siempre subordinada
y secundaria es, sin embargo, única, y el sacrificio por el cual nació la
Iglesia no puede ser separado de su colaboración maternal.
Que la
gracia y la bendición del Padre se derrame sobre todos nosotros
La Palabra es fuente de
Vida: ¡Ayúdanos a difundirla!
"Id por todo el mundo y proclamad la buena
noticia a toda criatura"
Marcos 16,15
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7 Él, en los días de su vida mortal, presentó
con gran clamor y lágrimas oraciones y súplicas al que podía salvarle de la
muerte, y fue escuchado en atención a su obediencia; 8 aunque era hijo, en el sufrimiento aprendió a obedecer; 9 así alcanzó la perfección y se convirtió para todos
aquellos que le obedecen en principio de salvación eterna,
Salmo 30, 2-6.15-16.20
2 A ti, Señor, me acojo;
que jamás
quede yo defraudado;
libérame, pues
tú eres justo;
3 atiéndeme, ven corriendo a liberarme;
sé tú mi roca
de refugio,
la fortaleza
de mi salvación;
4 ya que eres tú mi roca y mi fortaleza,
por el honor
de tu nombre,
condúceme tú y
guíame;
5 sácame de la red que me han tendido,
pues tú eres
mi refugio.
6 En tus manos encomiendo mi espíritu;
tú me
rescatarás, Señor, Dios verdadero.
15 Pero yo confío en ti, Señor;
lo confirmo:
«Tú eres mi Dios»;
16 mi vida está en tus manos,
líbrame de mis
enemigos,
de mis
perseguidores;
20 Qué grande es tu bondad, Señor,
la que tú
reservas para tus leales
y repartes, a
la vista de todos,
a los que en
ti confían.
Juan 19,25-27
25 Estaban en pie junto a la cruz de Jesús su
madre, María de Cleofás, hermana de su madre, y María Magdalena. 26 Jesús, al ver a su madre y junto a ella al discípulo preferido,
dijo a su madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo». 27
Luego dijo al discípulo: «Ahí tienes a tu madre». Y desde aquel momento el
discípulo se la llevó con él.
Cuando Dios
había decidido venir a la tierra había pensado ya desde toda la eternidad en
encarnarse por medio de la criatura más bella jamás creada. Su madre habría de
ser la más hermosa de entre las hijas de esta tierra de dolor, embellecida con
la altísima dignidad de su pureza inmaculada y virginal. Y así fue. Todos
conocemos la grandeza de María.
Pero María no
fue obligada a recibir al Hijo del Altísimo. Ella quiso libremente cooperar. Y
sabía, además, que el precio del amor habría de ser muy caro. “Una espada
de dolor atravesará tu alma” le profetizó el viejo Simeón. Pero, ¡cómo no
dejar que el Verbo de Dios se entrañara en ella! Lo concibió, lo portó en su
vientre, lo dio a luz en un pobre pesebre, lo cargó en sus brazos de huida a Egipto,
lo educó con esmero en Nazaret, lo vio partir con lágrimas en los ojos a los 33
años, lo siguió silenciosa, como fue su vida, en su predicación apostólica...
Lo seguiría
incondicionalmente. No se había arrepentido de haber dicho al ángel en la
Anunciación: “Hágase”. A pesar de los sufrimientos que habría de
padecer. ¡Pero si el amor es donación total al amado! Ahora allí, fiel como
siempre, a los pies de la cruz, dejaba que la espada de dolor le desencarnara
el corazón tan sensible, tan puro de ella, su madre. A Jesús debieron
estremecérsele todas las entrañas de ver a su Purísima Madre, tan delicada como
la más bella rosa, con sus ojos desencajados de dolor. Los dos más inocentes de
esta tierra. Aquella única inocente, a la que no cargaba sus pecados. La Virgen
de los Dolores. La Corredentora.
Ella nos
enseña la gallardía con que el cristiano debe sobrellevar el dolor. El dolor no
es ya un maldito hijo del pecado que nos atormenta tontamente; es el precio del
amor a los demás. No es el castigo de un Dios que se regocija en hacer sufrir a
sus criaturas, es el momento en que podemos ofrecer ese dolor por el bien
espiritual de los demás, es la experiencia de la corredención, como María. Ella
miró la cruz y a su Hijo y ofreció su dolor por todos nosotros.
¿No podríamos
hacer también lo mismo cuando sufrimos? Mirar la cruz. Salvar almas.
La diferencia con Nuestra Madre es que en esa cruz el sufrir de nuestra vida
está cargado en las carnes del Hijo de Dios. Él sufrió por nuestros pecados. Él
nos redimió sufriendo. Ella simplemente miró y ayudó a su Hijo a redimirnos.
Nuestra Señora
de los Dolores
Los Evangelios
muestran a la Virgen
Santísima presente, con inmenso amor y dolor de Madre, junto
a la cruz en el momento de la muerte redentora de su Hijo, uniéndose a sus
padecimientos y mereciendo por ello el título de Corredentora.
La
representación pictórica e iconográfica de la Virgen Dolorosa
mueve el corazón de los creyentes a justipreciar el valor de la redención y a
descubrir mejor la malicia del pecado.
Un poco de
historia
Bajo el título
de la Virgen de la Soledad o de los Dolores se venera a María en muchos
lugares. La fiesta de nuestra Señora de los Dolores se celebra el 15 de
septiembre y recordamos en ella los sufrimientos por los que pasó María a lo
largo de su vida, por haber aceptado ser la Madre del Salvador.
Este día se
acompaña a María en su experiencia de un muy profundo dolor, el dolor de una
madre que ve a su amado Hijo incomprendido, acusado, abandonado por los
temerosos apóstoles, flagelado por los soldados romanos, coronado con espinas,
escupido, abofeteado, caminando descalzo debajo de un madero astilloso y muy
pesado hacia el monte Calvario, donde finalmente presenció la agonía de su
muerte en una cruz, clavado de pies y manos.
María saca su
fortaleza de la oración y de la confianza en que la Voluntad de Dios es lo
mejor para nosotros, aunque nosotros no la comprendamos.
Es Ella quien,
con su compañía, su fortaleza y su fe, nos da fuerza en los momentos de dolor,
en los sufrimientos diarios. Pidámosle la gracia de sufrir unidos a Jesucristo,
en nuestro corazón, para así unir los sacrificios de nuestra vida a los de Ella
y comprender que, en el dolor, somos más parecidos a Cristo y somos capaces de
amarlo con mayor intensidad.
¿Que nos
enseña la Virgen de los Dolores?
La imagen de la Virgen Dolorosa
nos enseña a tener fortaleza ante los sufrimientos de la vida. Encontremos
en Ella una compañía y una fuerza para dar sentido a los propios sufri-mientos.
Cuida tu fe:
Algunos te
dirán que Dios no es bueno porque permite el dolor y el sufrimiento en las
personas. El sufrimiento humano es parte de la naturaleza del hombre, es algo
inevitable en la vida, y Jesús nos ha enseñado, con su propio sufrimiento, que
el dolor tiene valor de salvación. Lo importante es el sentido que nosotros le
demos. Debemos ser fuertes ante el dolor y ofrecerlo a Dios por la salvación
de las almas. De este modo podremos convertir el sufrimiento en sacrificio
(sacrum-facere = hacer algo sagrado). Esto nos ayudará a amar más a Dios y,
además, llevaremos a muchas almas al Cielo, uniendo nuestro sacrificio al de
Cristo.
Mariología XXVIII
El Misterio
de María Corredentora en el Magisterio Papal. (III/VI)
III. La
Colaboración de María en la Obra de Redención
Ahora queda
por señalar la consistente perspectiva que el magisterio papal ha tenido en
relación con el oficio corredentor de María, asunto de mucha mayor importancia
que el simple uso del término Corredentora. En tanto que citar cada uno de los
textos papales que existen en esta amplio materia, prolongaría nuestro estudio
indebidamente, intento, sin embargo, ilustrar cada uno de los aspectos más
importantes con pasajes representativos de varios pontificados. Al hacer esto,
me esforzaré por seguir la orientación básica que ya hemos notado en el
capítulo 8 de Lumen gentium, que también sigue un orden histórico indicado por
el Papa Juan Pablo II en su audiencia general dirigida el 25 de octubre de 199576
esto es, estableciendo en primer lugar, la colaboración de María en la obra de
la redención como la "nueva Eva" y "asociada del Redentor"
y después, analizando su activa participación en el ofrecimiento del sacrificio
para nuestra redención. Sin embargo, será inmediatamente obvio que cualquier
texto citado, encajará con frecuencia en más de una categoría.
A. La "Nueva Eva"
- Asociada del "Nuevo Adán"
Hicimos notar
ya con anterioridad, cuando el Santo Padre, en su catequesis del 25 de octubre
de 1995, se refirió a la enseñanza de San Ireneo quien mostró a María como la
"nueva Eva." Verdaderamente, tanto San Justino Mártir (+165), San
Ireneo (+ después de 193), como Tertuliano (+ después del 220), todos
pertenecientes al período post-apostólico, señalaron el paralelismo y el
contraste que existe entre María y Eva. Este fascinante paralelismo, que nunca
se ha ausentado de la liturgia de la Iglesia77 y del magisterio78 , fue
resaltado en Lumen gentium # 56 y en el Catecismo de la Iglesia Católica
# 411. Este tema vierte una notable luz sobre la función que tuvo María en
nuestra redención, y ha sido ampliamente ilustrado por el magisterio papal en
los tiempos modernos. A continuación tenemos un ejemplo que nos viene de la
enseñanza del Papa Benedicto XV (1914-1922). En su homilía del 13 de mayo de
1920, en ocasión de la canonización de San Gabriel de la Virgen Dolorosa y
Santa Margarita María Alacoque, declaró:
Pero los
sufrimientos de Jesús no pueden separarse de los dolores de María. Así como el
primer Adán tuvo a una mujer como cómplice en su rebelión contra Dios, así el
nuevo Adán quiso tener a una mujer que compartiera su obra al re- abrir las
puertas del cielo para los hombres. Desde la cruz, Él se dirige a su propia
Madre Dolorosa como la "mujer," y la proclama la nueva Eva, la Madre de
todos los hombres, por quienes Él moría para que tuvieran vida.
El Papa Pío
XII se refirió al tema en varias ocasiones. En un extracto de su alocución
dirigida a los peregrinos de Génova el 22 de abril de 1940, dijo:
De hecho, ¿no
son Jesús y María los dos amores sublimes del pueblo Cristiano? ¿No son acaso
el nuevo Adán y la nueva Eva
a quienes el Árbol de la cruz une en el dolor y el amor para redimir el pecado
de nuestros primeros padres en el Edén?
En su encíclica
Mystici Corporis, del 29 de junio de 1943, describe a María "como una
nueva Eva" y en su constitución apostólica Munificentissimus Deus, del 1
de noviembre de 1950, por la que definió solemnemente el dogma de la Asunción
de María al cielo, atrae nuestra atención la antigüedad de este tema:
Debemos
recordar de manera especial que desde el siglo segundo, los santos padres
designaban a la Virgen
María como la
nueva Eva quien, aunque sujeta al nuevo Adán, está
íntimamente asociada con Él en esa lucha contra el enemigo infernal y que, como
se predijo en el proto-evangelio, tendrá como resultado final la victoria total
sobre el pecado y la muerte, que siempre van mencionados a la par en los
escritos del Apóstol de los Gentiles.
El Papa
subraya que así como Eva estuvo sujeta a Adán, así la nueva Eva está sujeta al
nuevo Adán. Sin embargo, continúa el Papa, ella está " íntimamente
asociada con Él en esa lucha contra el enemigo infernal y que ... tendrá como
resultado final la victoria total sobre el pecado y la muerte." De este
modo, el Papa mantiene balanceada la verdad católica que reconoce a ambos,
Jesús como el único Redentor y María como subordinada y, sin embargo,
"íntimamente asociada con Él" en la obra de la redención.
En su
encíclica Ad Caeli Reginam del 11 de octubre de 1954, Pío XII continuó
ampliando esta analogía entre Eva y María, refiriéndose al testimonio de San
Ireneo:
De estas
consideraciones podemos concluir lo siguiente: en la obra de la redención,
María, por designio de Dios, fue unida con Jesucristo, la causa de salvación,
de manera muy semejante a la
que Eva fue unida con Adán, la causa de la muerte. Por lo tanto,
puede decirse que la obra de nuestra salvación fue llevada a cabo por una
"restauración" (San Ireneo) en la que la raza humana, así como fue
sentenciada a morir por una virgen, fue salvada por una virgen.
En su
Professio Fidei o "Credo del Pueblo de Dios," el 30 de junio de 1968,
el Papa Paulo VI unió los temas estrechamente relacionados de "asociada
del Redentor" y "nueva Eva," al formular la creencia de la
Iglesia en la Virgen
María:
Unida por un
vínculo indisoluble al misterio de la encarnación y redención, la Santísima Virgen María,
la Inmaculada, cumplido el curso de su vida terrena, fue llevada en cuerpo y
alma a la gloria del cielo, en donde participa ya en la gloria de la
resurrección de su Hijo, anticipando la resurrección de todos los justos; y
Nosotros creemos que la
Santísima Madre de Dios, nueva Eva, Madre de la Iglesia,
continúa en el cielo ejercitando su oficio materno con respecto a los miembros
de Cristo, cooperando para que las almas redimidas nazcan y crezcan en la vida
divina.
Este artículo
es verdaderamente una obra de arte al sintetizar los principales dogmas
marianos, es decir, que María es Madre de Dios, siempre Virgen, concebida
inmaculada, asunta al cielo y, al mismo tiempo, subraya su espiritualidad
maternal y sus oficios corredentores y mediadores.
Finalmente,
veamos la elegante alusión que hizo Paulo VI sobre el tema de la "nueva
Eva," en su exhortación apostólica Marialis Cultus, del 2 de febrero de
1974, afirmando que: "María, la nueva mujer, está al lado de Cristo, el
nuevo hombre, en cuyo misterio, el misterio propio del hombre encuentra la verdadera
luz."
Virtualmente
inseparable del concepto de María como "nueva Eva," está su
asociación íntima con la vida, sufrimientos y muerte de Cristo. Por lo tanto,
el hecho de describirla como asociada o compañera del Redentor [socia
Redemptoris] , se convierte en otra manera de reconocer la participación activa
única que tuvo en la
redención. La primera aparición explícita de esta
terminología en relación con María, ocurrió en los escritos de Ambrosio Autpert
(+784), utilizando la forma verbal sociata para expresar la idea. "Según
el conocimiento actual, fue Ekbert de Schönau (+1184) quien usó por primera vez
el sustantivo socia para María."
El Beato Pío
IX (1846-1878) en su constitución apostólica Ineffabilis Deus, del 8 de
diciembre de 1854, enunció un principio de importancia capital para la
mariología, mismo que por largo tiempo había sido sostenido por la escuela
franciscana de teología, es decir, que "Dios, por el único y mismo
decreto, había establecido el origen de María y la encarnación de la divina Sabiduría."
Con base en este principio, confirmado frecuentemente por el magisterio, la
íntima asociación de María con Jesús como la "nueva Eva" en la obra
de redención, es axiomática, y por ello, Pío IX declara en la misma
constitución apostólica:
De ahí que,
así como Cristo, el Mediador entre Dios y el hombre, asumió una naturaleza
humana, borrando lo que estaba escrito en el decreto y que estaba contra
nosotros, y lo ató triunfalmente a la cruz, así la Santísima Virgen,
unida a Él por el vínculo más estrecho e indisoluble, fue, con Él y mediante
Él, eternamente enemistada con la serpiente maligna, triunfando victoriosamente
sobre él, aplastándole la cabeza con su pie inmaculado.
El Papa León
XIII (1878-1903) en su encíclica sobre el rosario del 1 de septiembre de 1883,
Supremi Apostolatus, argumenta sobre esta misma base, que María es la
"augusta asociada con Jesús en la obra de la salvación humana"
[servandi hominum generis consors]:
La Santísima
Virgen estuvo exenta de la mancha del pecado original y fue escogida para ser
la Madre de Dios. Por esta misma razón ella fue asociada con Él en la obra de
la salvación humana, y con su Hijo, goza de favor y poder mayores a los que
ningún hombre o ángel haya alcanzado o podrá jamás alcanzar.
Este breve
texto que habla tan claramente de María como la asociada de Cristo en la obra
de nuestra salvación, echa los cimientos para su mediación. El Papa desarrolla
exactamente la misma línea de argumentos, en su encíclica del rosario del 5 de
septiembre de 1895, Adiutricem Populi, nombrando literalmente a María "la
ministro por quien se efectúa el misterio de la redención humana"
[sacramenti humanae redemptionis patrandi administra] y por lo tanto
enfatizando su función como Corredentora en el pasado y Mediadora en el
presente:
Desde la
morada celestial comenzó, por decreto de Dios, a cuidar de la Iglesia para
ayudarnos y ganarnos como amiga y Madre; de tal forma que ella, que estuvo tan
íntimamente asociada con el misterio de la salvación humana, está de igual
manera estrechamente asociada con la distribución de las gracias que desde
siempre brotarán de la redención.
Finalmente,
en su constitución apostólica Ubi primum del 2 de octubre de 1898, expresa que
María fue "la cooperadora en la redención del hombre y siempre el refugio
principal y supremo de los católicos en todas las pruebas que pasaron."
El Santo Papa
Pío X (1903-1914), en su carta encíclica Ad Diem Illum del 2 de febrero de
1904, al conmemorar el cincuenta aniversario de la proclamación de la Inmaculada Concepción,
se refiere a María como "la compañera constante de Jesús" [assidua
comes] al hacer esta pregunta:
¿No creen
ustedes que es correcto y apropiado afirmar que María, a quien Jesús hizo su
constante compañera desde la casa de Nazaret hasta el lugar del calvario, y
quien sabía, mejor que nadie, los secretos de su corazón, distribuye con
derecho de madre los tesoros de sus méritos, y es la ayuda más segura para
conocer y amar a Cristo?
En la misma
encíclica, el Santo continúa refiriéndose a María como "partícipe en los
sufrimientos de Cristo y la asociada en su pasión" [particeps passionum
Christi sociaque].
Siguiendo la
línea de pensamiento desarrollada por el Beato Pío IX y León XIII, Pío XI
presenta la
Inmaculada Concepción de María como una preparación necesaria
para su misión de "asociada a la redención de la humanidad" [generis
humani consors], en su carta del 28 de enero de 1933, Auspicatus profecto, al
cardenal Binet:
De hecho, la augusta Virgen,
concebida sin pecado original, fue escogida para ser la Madre de Cristo con el
objeto de que pudiera estar asociada con Él en la redención de la humanidad. Por esa
razón fue adornada con tan abundante gracia y tan gran poder a la vista de su
Hijo, que ninguna naturaleza humana o angélica podrá jamás adquirir una
semejanza en gracia o poder.
Durante su
pontificado, el Siervo de Dios Papa Pío XII (1939-1958), mostraría una
preferencia particular en describir a María como la muy amada asociada de
Cristo [alma socia Christi]. En su mensaje de radio a Fátima el 13 de mayo de
1946, usó la forma verbal para describir la íntima colaboración de María en la
redención:
Él, el Hijo
de Dios, le dio a su Madre celestial una parte de su gloria, su majestad, su
reinado; porque, asociada como Madre y Ministro del Rey de los mártires en la
obra inefable de la redención del hombre, asimismo está asociada con Él para
siempre, con un poder por así decirlo infinito, en la distribución de las
gracias que fluyen de la redención.
En el texto
anterior, vemos de nueva cuenta el vínculo acostumbrado en las enseñanzas
papales, de corredención con mediación.
El Papa Pío
XII, en su constitución apostólica Munificentissimus Deus del 1 de noviembre de
1950, por la que declaró la asunción de María al cielo un dogma de fe, se
refirió a ella como "la noble asociada del divino Redentor" [generosa
Divini Redemptoris socia]. También subrayaría esta asociación en su encíclica
sobre la dignidad regia de María, Ad Caeli Reginam del 11 de octubre de 1954,
explicando que "en esta obra de redención, la Santísima Virgen María
estaba estrechamente asociada con Cristo," que ella es "su asociada
en la obra de redención" y después, citando a Francisco Suarez, de que:
Así como
Cristo, porque Él nos redimió, es por un título especial nuestro Rey y nuestro
Señor, así también María Santísima es [nuestra Reina y Señora] en virtud de la
singular manera en que ella cooperó en nuestra redención.
Finalmente,
en su excelente encíclica sobre el Sagrado Corazón de Jesús, Haurietis Aquas
del 15 de mayo de 1956, describió a María como "su asociada [de nuestro
Redentor] al llamar a los hijos de Eva a la vida de la divina gracia."
El Beato Juan
XXIII (1958-1963) se refirió en dos ocasiones a nuestra Señora como asociada a
la obra de la redención.
En un mensaje de radio a los fieles de Ecuador, se refirió a
María como "Aquella que, en su vida terrena, estuvo tan íntimamente
asociada en la obra de Cristo", y el 9 de diciembre de 1962, durante la
canonización de Pedro Julian Eymard, Antonio Pucci y Francisco de Camporosso,
declaró:
Junto a Jesús
se encuentra su Madre - Regina sanctorum omnium - aquella que anima la santidad
en la Iglesia y es la primer flor de su gracia. nuestra Señora, íntimamente
asociada con la redención en los planes eternos del Altísimo, y como lo cantó
Severiano de Gabala, "es la madre de la salvación, la fuente de la luz que
se ha hecho visible" (PG 56, 498).
El Siervo de
Dios Papa Paulo VI (1963-1978) en el curso de su pontificado, siguió muy de
cerca los textos desarrollados en el octavo capítulo de Lumen gentium. Durante
su discurso más importante, al concluir la tercera sesión del concilio Vaticano
II en la que declaró a María Madre de la Iglesia y a quien confió nuevamente la
Iglesia, dijo:
Porque la
Iglesia no sólo está constituida por su orden jerárquico, su sagrada liturgia,
sus sacramentos, su estructura institucional. su vitalidad interior y peculiar
naturaleza, fuente principal en la santificación efectiva del hombre, debe
encontrarse en su unión mística con Cristo. No podemos concebir esta unión
fuera de la que es Madre del Verbo Encarnado, y a quien Cristo asoció tan
íntimamente con Él para lograr nuestra salvación.
De manera
semejante se refirió a María en su exhortación apostólica Signum Magnum del 13
de mayo de 1967, llamándola "la Madre de Cristo y su más íntima
asociada" y "la cooperadora del Hijo en la obra de restaurar la vida
sobrenatural en las almas". Asimismo, en su exhortación apostólica
Marialis Cultus del 2 de febrero de 1974, habló de María como "la asociada
del Redentor" y "Madre y asociada del Salvador."
En su mensaje
a los obispos y pueblo de Chile, el 24 de noviembre de 1974, Paulo VI
caracterizó a María como "misteriosamente asociada y para siempre con la
obra de Cristo." Pero quizás el uso más original que le dio al término,
fue en su carta del 13 de mayo de 1975, E´ con sentimenti, al cardenal Leo
Jozef Suenens, con ocasión del Decimocuarto Congreso Internacional Mariano. En
esa carta expresó:
La Iglesia
Católica, además, siempre ha creído que el Espíritu Santo,
interviniendo personalmente aunque en comunión indivisible con las otras
Personas de la
Santísima Trinidad en la obra de la salvación humana (cf. G.
Philips, L´Union personelle avec le Dieu vivant. Essai sur l´origine et le sens
de la grâce crée, 1974), ha asociado a la humilde virgen de Nazaret con Él
mismo.
Lo que
resulta particularmente interesante en este texto, es que Paulo VI habla en
efecto de María como la "asociada del Espíritu Santo en la obra de la
salvación humana." Si bien es cuidadoso al justificar teológicamente su
afirmación, introduce aquí, sin embargo, un matiz nuevo al conceptualizar la
colaboración única de María en la obra de salvación.
El Papa Juan
Pablo ha continuado en la línea de sus predecesores, iluminando el papel de
María como la "nueva Eva" y "asociada del Redentor." En un
extraordinario discurso que dio en audiencia general el 4 de mayo de 1983, el
Santo Padre habló del tema, enfatizando el concepto de "asociada":
Muy queridos
hermanos y hermanas, en el mes de mayo alzamos nuestros ojos a María, la mujer
que fue asociada de una manera única en la obra de la reconciliación de la
humanidad con Dios. Según el designio del Padre, Cristo debía llevar a cabo esta
obra por medio de su sacrificio. Sin embargo, una mujer estaría asociada con
Él, la Virgen
Inmaculada, quien por eso se presenta ante nuestros ojos como
el modelo más perfecto de cooperación en la obra de salvación...
El
"Sí" de la anunciación constituyó no sólo aceptar la maternidad que
se le ofrecía, sino que significó, sobre todo, el compromiso de María de servir
al misterio de la
redención. La redención fue la obra de su Hijo; María fue
asociada a esta obra en un nivel subordinado. Sin embargo, su participación fue
real y exigente. Al dar su consentimiento al mensaje del Ángel, María accedió a
colaborar en la totalidad de la obra de reconciliación de la humanidad con
Dios, al momento que su Hijo la llevara a cabo.
Consideremos
ahora ocasiones más recientes, en las que él subraya a María, en particular,
como la "nueva Eva." He aquí una exposición de su catequesis del 15
de octubre de 1997:
San Justino y
San Ireneo hablan de María como la
nueva Eva quien, por su fe y obediencia, enmienda la incredulidad
y desobediencia de la primer mujer. Según el Obispo de Lyons, no fue suficiente
para Adán haber sido redimido en Cristo, sino que "era justo y necesario
que Eva fuera restaurada en María" (Demonstratio apostolica, 33). De esta
forma enfatiza la importancia que tiene la mujer en la obra de salvación y echa
los cimientos para que la devoción a María sea inseparable de la que se muestra
a Jesús, que perdurará a lo largo de los siglos cristianos.
Además, habla
de María como la " nueva mujer que, según el designio de Dios, repararía
la caída de Eva." El Papa Juan Pablo dice que:
El paralelo,
establecido por Pablo entre Adán y Cristo, se completa por el que se da entre
Eva y María: el rol de la mujer, tan importante en el drama del pecado, lo es de
igual manera en la redención de la humanidad.
San Ireneo
presenta a María como la
nueva Eva, quien por su fe y obediencia enmendó la
incredulidad y desobediencia de Eva. Una función como ésta en la economía de la
salvación, requiere de la ausencia del pecado.
Nuevamente
nos dice que:
La maternidad
universal de María, la
"Mujer" de las bodas de Cana y del calvario, nos
recuerda a Eva, "madre de todos los vivientes" (Gn. 3:20). Sin
embargo, mientras que esta última ayudó a que entrara el pecado en el mundo, la nueva Eva, María,
coopera en el evento salvífico de la redención. Así, en la Santísima Virgen
la figura de la "mujer" se rehabilita y su maternidad asume la tarea
de expandir entre los hombres la vida nueva en Cristo.
Así como Eva
fue la ayuda adecuada para Adán (cf. Gn. 2:18-20), el Papa nos dice que:
Habiendo
creado el hombre, "macho y hembra" (cf. Gn. 1:27), el Señor también
quiere situar a la nueva Eva
al lado del nuevo Adán en la redención. Nuestros primeros padres, siendo
pareja, escogieron el camino del pecado; una nueva pareja, el Hijo de Dios con
la cooperación de su Madre, re-establecería a la raza humana en su dignidad
original.
El Papa, al
impartir su enseñanza sobre la gloriosa asunción de María al cielo, especifica
adicionalmente que, si bien podemos hablar de Jesús y María como de "una
pareja, un nuevo par," asimismo debemos reconocer que también hay una
diferencia importante:
De manera
análoga a lo que pasó en los comienzos de la raza humana y de la historia de la
salvación, el ideal de la escatología en el plan de Dios, no era que se
revelara en un individuo, sino en una pareja. Por eso en la gloria celeste,
además del Cristo resucitado, hay una mujer que ha sido elevada, María; el
nuevo Adán y la nueva Eva,
los primeros frutos de la resurrección en general de los cuerpos de toda la
humanidad.
Por supuesto
que las condiciones escatológicas de Cristo y María no deben ser puestas al
mismo nivel. María, la nueva
Eva, recibió de Cristo, el nuevo Adán, la plenitud de gracia
y la gloria celestial, habiendo sido elevada por medio del Espíritu Santo por
el poder soberano del Hijo.
Desde hace
mucho, tiempo, la mariología clásica ha sabido y enseñado que existe una
analogía, una cierta "semejanza en la diferencia" entre Cristo y
María, una cierta simetría y complementariedad, aunque no identidad, entre
ellos. Este principio analógico es muy pertinente al tema en discusión y no
cabe duda que la entera disertación acerca del rol que tuvo María en la obra de
nuestra redención, no puede ser entendido fuera de éste. De ahí que en la
catequesis arriba mencionada, el Santo Padre es cuidadoso al subrayar e
ilustrar este principio. Así también lo hace en la catequesis a continuación,
en la que trata del reinado de Cristo y la dignidad de María como Reina:
Mi venerable
predecesor Pío XII, en su encíclica Ad coeli Reginam al que se refiere el texto
de la constitución
Lumen gentium, señala como fundamento de la dignidad de María
como Reina, además de su maternidad, su cooperación en la obra de redención. La
encíclica recuerda el texto litúrgico: "Allí estaba Santa María, Reina del
cielo y Soberana del mundo, sufriendo cerca de la cruz de nuestro Señor
Jesucristo" (AAS 46 [1954]634). Posteriormente, establece una analogía
entre María y Cristo que nos ayuda a entender el significado que tiene la
posición de realeza de la Santísima Virgen. Cristo es Rey no sólo porque es
Hijo de Dios, sino también porque Él es el Redentor; María es Reina no sólo
porque es Madre de Dios, sino también porque, asociada al nuevo Adán como la nueva Eva, cooperó en la
obra de redención de la raza humana (AAS 46 (1954) 635).
Veamos bien
la "semejanza en la diferencia": Cristo es Rey porque (1) es Hijo de
Dios y (2) porque es Redentor; María es Reina porque (1) es Madre de Dios y (2)
porque cooperó en la obra de la redención.
Que la
gracia y la bendición del Padre se derrame sobre todos nosotros
La Palabra es fuente de Vida:
¡Ayúdanos a difundirla!
"Id por todo el mundo y proclamad la buena
noticia a toda criatura"
Marcos 16,15
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1 Pablo, apóstol de Cristo Jesús, por mandato
de Dios, nuestro Salvador, y de Cristo Jesús, nuestra esperanza, 2 a Timoteo, verdadero hijo en la fe. Te deseo la gracia, la misericordia
y la paz de Dios Padre y de Jesucristo, nuestro Señor.
12 Doy gracias a Cristo Jesús, Señor nuestro,
que me ha fortalecido y me ha juzgado digno de confianza llamándome a su
servicio 13 a mí, que fui antes un blasfemo y violento perseguidor de la Iglesia. Pero tuvo misericordia
conmigo, porque, careciendo de fe, obré por ignorancia; 14 la gracia de nuestro Señor me colmó de fe y de amor
cristiano.
Salmo 15,1-2.5.7-8.11
1 Canto de David
Guárdame, Dios
mío, pues me refugio en ti.
2 Yo digo al Señor: «Tú eres mi Señor,
mi bien sólo
está en ti».
5 Señor, tú eres mi copa y mi porción de
herencia,
tú eres quien
mi suerte garantiza.
7 Yo bendigo al Señor, que me aconseja,
hasta de noche
mi conciencia me advierte;
8 tengo siempre al Señor en mi presencia,
lo tengo a mi
derecha y así nunca tropiezo.
11 Me enseñarás el camino de la vida,
plenitud de
gozo en tu presencia,
alegría
perpetua a tu derecha.
Lucas
6,39-42
39 Y les dijo una parábola: «¿Puede un ciego
guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en el hoyo? 40 El discípulo no es superior a su maestro; el discípulo bien
formado será como su maestro. 41
¿Cómo es que ves la paja en el ojo de tu hermano si no adviertes la viga en el
tuyo? 42 ¿Cómo puedes decir a tu hermano: Deja que
saque la paja de tu ojo, tú que no ves la viga en el tuyo? Hipócrita, quita
primero la viga de tu ojo, y entonces verás para quitar la paja del ojo de tu
hermano».
Hoy vemos que
la perseverancia en esa lucha por lograr unirse cada vez más a la voluntad
santísima de Dios, pues en ello estriba la verdadera perfección, tiene su
premio.
Aunque la vida
esté llena de dificultades, desalientos y trabajos, también es verdad que es
muy corta y que es pasajero el sufrir. Pronto llegará el fin de la jornada y
ahí encontraremos el descanso y el premio si hemos sabido luchar por
Jesucristo.
Qué hermoso
programa el seguir a Cristo buscando hacer felices a los que viven a nuestro
lado sin pensar en nosotros mismos y a la vez cuánta fuerza de voluntad y
cuánta abnegación nos exige y qué premio tan grande nos conquista para el
cielo. Ser viriles en la caridad, ser generosos y magnánimos, sin entregarnos a
la estrechez tacaña de lo que es obligación estricta. Más allá comienza el
amplio campo de la delicadeza y de las atenciones, del sacrificio y de la
afabilidad ingeniosa para dar gusto a los demás en todo. Hay que llegar al
detalle y no despreciar las pequeñas ocasiones de sacrificarse dando a nuestro
hermano una muestra de atención, un rostro alegre, una palabra de aliento, una
condescendencia en la conversación.
Hay que
aprovechar esa vida tan pequeña, que es un punto en medio de la eternidad, pues
al final nos espera el premio, la corona; nos espera la inefable dicha de
poseer a Dios, a Jesús, con plenitud y sin temor de perderle más.
San Juan
Gabriel
Etimológicamente
significa “ Dios es misericordia”. Viene de la lengua hebrea.
Este joven
meditaría muchas veces en su vida las palabras de Jesús en el Evangelio
:"El que no está conmigo, está contra mí, y el que no recoge conmigo,
desparrama". Sus padres eran pobres pero muy religiosos. Es ya una ventaja
para que el hijo aprenda a vivir en las coordenadas del Evangelio. Tuvieron
cuatro hijos, y todos entraron la familia fundada por san Vicente de Paúl.
Juan Gabriel una
vez que le ordenaron de sacerdote, desempeñó varios cargos en la diócesis de
París. Llevado por su ilusión misionera, se embarcó para la China. Le destinaron a
las altas montañas de Hou-Pei para ejercer su celo pastoral. Cada mañana, al
levantarse, le pedía a Dios la gracia del martirio. ¡Qué fe debía tener y qué
arrojo! Y su plegaria la
escuchó Dios. Su martirio se prolongó un año entero.
Un joven le
traicionó. Y ya fue un calvario para él ir de un sitio para otro hasta el día
en que le crucificaron, 11 de septiembre de 1840. Los jueces le pusieron una
condición para lograr la libertad: profanar la cruz del Salvador. Fue entonces
cuando le escribió a sus padres estas palabras:"De los 20 cristianos
arrestados conmigo, los dos tercios han apostatado públicamente".
Los verdugos
lo torturaron a sus anchas y de la forma más inhumana y cruel. Incluso cuando
estaba en la cruz, le daban palizas en sus agónico cuerpo o le daban de beber
sangre de perro. Supo estar siempre en las manos de Dios.
Mariología
XXVII
El Misterio
de María Corredentora en el Magisterio Papal. (II/VI)
II. Un Asunto
de Terminología.
Normalmente y
en el idioma inglés, el término Corredentora requiere de alguna explicación
inicial, porque con frecuencia el prefijo "co" suscita de inmediato
visiones de completa igualdad. Por ejemplo, un co-firmante de un cheque o un
co-propietario de una casa, es considerado co-igual con el otro firmante o
propietario. Por lo tanto, muchos temen que al describir a nuestra Señora como
Corredentora, este término la ponga al mismo nivel que su divino Hijo,
implicando que ella es "Redentora" al igual que Él, reduciendo de
esta forma a que Jesús "sea la mitad de un equipo de redentores." Sin
embargo en latín, del que se deriva el término Corredentora, siempre significa
que la cooperación o colaboración de María en la redención es secundaria,
subordinada, dependiente de la
de Cristo -y sin embargo por todo eso- algo que Dios
"quiso aceptar voluntariamente . . . constituyendo una parte innecesaria,
pero al mismo tiempo maravillosamente agradable, del único gran precio"
que pagó su Hijo por la redención del mundo. Mark Miravalle lo expresa así:
el prefijo
"co" no significa igual, sino que viene de la palabra latina,
"cum" que significa "con." El título Corredentora que se
aplica a la Madre de Jesús, jamás pondrá a María a un nivel de igualdad con Jesucristo,
el divino Señor de todo lo que existe, en el proceso salvífico de la redención
humana. Más bien, denota una singular y única participación con su Hijo en la
obra salvífica de la redención de la familia humana. La Madre de Jesús
participa en la obra redentora de su Hijo Salvador, quien de manera única y en
su gloriosa divinidad y humanidad, reconcilió a la humanidad con el Padre.
En tanto que
se podría argumentar sobre el uso del término Corredentora, en virtud de la
posible confusión que podría traer como resultado, y en cambio proponer el
término predilecto de Pío XII, alma socia Christi (amada asociada de Cristo), igualmente
se podría argumentar que no existe ninguna otra palabra que realce la
participación de la Madre de Dios en nuestra redención, de manera tan definida
y contundente. Es más, ha sido santificada por su uso, especialmente cuando lo
ha utilizado el magisterio tanto en el pasado como al presente, como veremos
más adelante.
A. Primeros
Usos en el Magisterio
La palabra "Corredentora"
hace su primera aparición a nivel magisterial mediante pronunciamientos
oficiales de las congregaciones romanas durante el reinado del Papa San Pío X
(1903-1914), y luego pasa a formar parte del vocabulario papal.
1. El término
aparece por vez primera en el Acta Apostolicae Sedis, como respuesta a una
petición hecha por el padre Giuseppe M. Lucchesi, Superior General de los
Servitas (1907-1913), en la que solicitaba la elevación del rango de la fiesta
de los Siete Dolores de nuestra Señora, a una doble de segunda clase para toda la Iglesia. Al acceder a
la petición, La
Sagrada Congregación de los Ritos expresó el deseo de que con
ello "se incremente el culto a la Madre Dolorosa, y
se intensifique la piedad y agradecimiento de los fieles hacia la misericordiosa
Corredentora de la raza humana."
2. Cinco años
más tarde, la
Sagrada Congregación del Santo Oficio, en un decreto firmado
por el cardenal Mariano Rampolla, expresó su satisfacción con la práctica de
añadir, al nombre de Jesús, el de María, en el saludo "Alabados sean Jesús
y María," a lo que uno responde "Ahora y por siempre":
Hay
cristianos que tienen tan tierna devoción hacia la que es la más bendita de
entre las vírgenes, que no pueden mencionar el nombre de Jesús, sin que vaya acompañado
del nombre glorioso de la Madre, nuestra Corredentora, la Bendita Virgen María.
3. Escasos
seis meses después de esta declaración, el 22 de enero de 1914, la misma Congregación
otorgó una indulgencia parcial de 100 días al que recitara una oración de
reparación a nuestra Señora, comenzando con las palabras en italiano Vergine
bendetta. A continuación se transcribe la parte de la oración que sustenta
nuestro argumento:
Oh Virgen
bendita, Madre de Dios, desde Vuestro trono celestial donde reináis, dirigid
Vuestra mirada misericordiosa sobre mí, miserable pecador, indigno servidor
Vuestro. Aunque bien sé mi propia indignidad, deseo reparar por las ofensas
cometidas contra Vos por lenguas impías y blasfemas, y desde lo más profundo de
mi corazón, Os alabo y exalto como a la creatura más pura, más perfecta, más
santa, de entre todas las obras de las manos de Dios. Bendigo Vuestro santo
Nombre, Os alabo por el exaltado privilegio de ser verdaderamente la Madre de
Dios, siempre Virgen, concebida sin mancha de pecado, Corredentora de la raza
humana.
Monseñor
Brunero Gherardini, en base a estas dos últimas instancias, comenta que
La autoridad
que tiene ese dicasterio (la Sagrada Congregación del Santo Oficio), ahora
designada ´para la Doctrina de la Fe´, llega al punto de poder otorgar a sus
intervenciones, un cierto carácter definitivo en el pensamiento Católico.
4. La primera
vez que un papa usó el término, ocurrió durante una alocución que el papa Pío
XI (1922-1939) dirigió a los peregrinos de Vicenza el 30 de noviembre de 1933:
Por la
naturaleza de su obra, el Redentor debía asociar a su Madre con su obra. Por
esta razón, Nosotros la invocamos bajo el título de Corredentora. Ella nos dio
al Salvador, lo acompañó en la obra de redención hasta la cruz, compartiendo
con Él los sufrimientos, la agonía y la muerte, con los que Jesús dio
cumplimiento cabal a la redención humana.
5. El 23 de
marzo de 1934, día de la conmemoración Cuaresmal de nuestra Señora de los
Dolores, Pío XI recibió a dos grupos de peregrinos españoles, uno de ellos
compuesto por miembros de congregaciones marianas de Cataluña. L´Osservatore
Romano no publicó el texto del discurso del Papa, sino que reportó las
observaciones principales dirigidas a estos grupos. Comentó, al notar con gran
alegría que los peregrinos portaban banderas marianas, que ellos habían ido a
Roma a celebrar con el Vicario de Cristo no solamente el decimonoveno
aniversario de la divina redención, sino también el decimonoveno centenario de
María, el centenario de su Corredención, de su maternidad universal.
Continuó
diciendo, refiriéndose en especial a los jóvenes, que debían:
imitar el
pensamiento y deseos de María Santísima, nuestra Madre y nuestra Corredentora:
también ellos deben hacer un gran esfuerzo para ser corredentores y apóstoles,
siguiendo el espíritu de la acción católica, que es precisamente la cooperación
del laicado en el apostolado jerárquico de la Iglesia.
6.
Finalmente, el papa Pío XI se refirió a nuestra Señora como Corredentora, el 28
de abril de 1935 durante un mensaje de radio con motivo de la clausura del Año
Santo en Lourdes:
Madre, la más
fiel y misericordiosa, Vos, que como Corredentora y socia de los dolores de
Vuestro querido Hijo, lo asististeis cuando ofrecía el sacrificio de nuestra
redención en el altar de la cruz... conservad en nosotros e incrementad día con
día, os lo suplicamos, los frutos preciosos de nuestra redención y Vuestra compasión.
En virtud del
uso que se le confería al término Corredentora en los documentos magisteriales
y en discursos del Supremo Pontífice, el Canónigo René Laurentin escribió al
respecto en 1951:
Utilizado o
protegido por dos papas, aún en el ejercicio más humilde de su magisterio
supremo, el término en lo sucesivo, requiere de nuestro respeto. Sería
gravemente temerario, por decir lo menos, atacar su legitimidad.
A partir de
esa declaración un tanto matizada, el conocido erudito francés hace tiempo ya
que alteró su posición, diciendo que:
El título de
"Corredentora" que se acuñó para ella [María] y que le ha sido
ampliamente atribuido por mariólogos, aunque no lo retienen el magisterio papal
o el Vaticano II, le quedaría bien al Espíritu Santo, en el sentido más
fundamental y estricto del término.
Sin embargo,
creemos que la defensa de la legitimidad del término que había hecho con
anterioridad, podría mantenerse por sí sola. Nos daremos cuenta en lo sucesivo,
que el término ha sido retenido por el magisterio papal.
B. El
Concilio Vaticano II
Otro
argumento surgido contra el uso de este término, fue que estaba específicamente
invalidado por el concilio Vaticano II. En tanto que esta declaración es
verdadera, requiere de varias aclaraciones. En primer lugar, deberá recordarse
que el concilio fue convocado justo en un momento en que la doctrina y piedad
marianas habían llegado a un momento culminante , y que se habían ido formando,
a nivel popular, desde la aparición de nuestra Señora a Santa Catarina Labouré
en 1830 , y a nivel magisterial, desde el tiempo de la definición dogmática de la Inmaculada Concepción
el 8 de diciembre de 1854. Esta orientación mariana se había acelerado
notablemente durante el decimonoveno año del reinado del siervo de Dios, el
Papa Pío XII (1939-1958), con la consagración del mundo al Inmaculado Corazón
de María, el 31 de octubre de 1942, la definición dogmática de la Asunción de
nuestra Señora, el 1 de noviembre de 1950, el establecimiento de la fiesta del
Inmaculado Corazón de María en 1944 y de la dignidad regia de María en el año
mariano de 1954.
En segundo
lugar, y como consecuencia de este extenso "movimiento mariano," se
había dedicado mucho estudio, discusión y debate, a la función que tuvo María
en la historia de la salvación, específicamente a los temas de la corredención
y mediación. En tanto que durante el reinado del Papa Pío XII había habido
fuertes disputas en cuanto a la activa colaboración de María en la obra de
nuestra redención, para cuando se celebró el Congreso Internacional Mariológico
en Lourdes en 1958, existía un consenso bastante unánime relacionado con la
verdadera cooperación que tuvo nuestra Señora para adquirir la gracia universal
de redención. Por lo tanto, no fue sorpresivo que un buen número de obispos
asistiera al concilio, con el deseo de presenciar una manera amplia de tratar
estos asuntos. El padre Michael O´Carroll, C.S.Sp., nos dice que de 54 obispos
presentes en el concilio que querían un pronunciamiento conciliar de María como
Corredentora, 36 pidieron una definición y 11 de ellos, un dogma de fe a este
respecto. Sobre la cuestión relativa a la mediación de María, nos dice que 362
obispos deseaban un pronunciamiento conciliar de la mediación de María,
mientras que 266 de ellos pidieron una definición dogmática. Por otro lado, el
padre Besutti afirma que más de 500 obispos solicitaban esta definición. Una de
las razones fundamentales por las que no se emanó esta definición en el
concilio, la constituye la voluntad expresa del Santo Papa Juan XXIII, de que
el concilio debía tener una orientación primordialmente pastoral, excluyendo
específicamente una nueva definición dogmática de cualquier índole.
En tercer
lugar, en ese mismo momento, otra corriente estaba entrando a la corriente
principal de la vida católica, la de la "sensibilidad ecuménica."
Mientras que el padre Besutti confirma que la palabra "Corredentora"
sí aparecía en el schema original del documento mariano preparado con
antelación para el concilio, la Praenotanda para el primer anteproyecto
conciliar o schema sobre nuestra Señora, contenía estas palabras:
Algunas
expresiones y palabras utilizadas por los Supremos Pontífices han sido
omitidas, mismas que, por sí solas, son absolutamente ciertas, pero que
difícilmente podrían ser entendidas por los hermanos separados (en este caso
Protestantes). Entre éstas palabras, se pueden contar las siguientes:
"Corredentora de la raza humana" (Pío X, Pío XI).
Esta
prohibición inicial fue rigurosamente respetada y, por lo tanto, el término
"Corredentora" no se utilizó en ninguno de los documentos oficiales
promulgados por el concilio y, sin lugar a dudas, la "sensibilidad
ecuménica" fue un factor primordial para evitarlo, al igual que una
insatisfacción en general por este lenguaje de mediación de parte de los
teólogos más progresistas. 4Permanecemos con la libertad de poder debatir la
sabiduría y efectividad de esta estrategia.
C. Lumen
Gentium: Capítulo 8.
En virtud de
estas corrientes dispares presentes en el lugar del concilio, uno habría
esperado que prevaleciera un mínimo de doctrina para toda esta cuestión de la
corredención/mediación marianas. Aún cuando el clima del concilio Vaticano II
no fue propicio para su plena asimilación, se establecieron bases sólidas,
especialmente con respecto al tema de la corredención mariana o la colaboración
de María en la obra de la redención. Juan Pablo II resumió el asunto, en su
audiencia general del 13 de diciembre de 1995, de esta manera:
Durante las
sesiones del concilio, muchos padres deseaban enriquecer mayormente la doctrina
mariana expresando de otra manera el oficio que tuvo María en la obra de
salvación. El contexto particular en el se llevó a cabo el debate mariológico
del Vaticano II, no permitió que estos deseos, aunque substanciales y
difundidos, fueran aceptados, pero toda esta discusión acerca de María durante
el concilio, permanece en vigor y bien balanceada, y los temas en sí, aunque no
están plenamente definidos, recibieron atención significativa al tratárseles de
manera general.
Siendo así
que el titubeo de algunos padres con respecto al título de Mediadora, no fue un
impedimento para que el concilio usara una vez este título, y para que
afirmara, en otros términos, la función mediadora de María cuando consintió a
su maternidad en el orden de la gracia, según el mensaje del Ángel (cf. Lumen
gentium, n. 62). Es más, el concilio afirma que su cooperación en la obra de
restaurar la vida sobrenatural de las almas fue "en forma enteramente
impar".
Esta constituye
una sagaz meditación de alguien que continuamente ha meditando y desarrollado
estos temas en particular. Que yo sepa, es el primer reconocimiento público
oficial por parte de un Papa de la corriente del concilio, mismo que dio forma
a los escritos del capítulo 8 de Lumen gentium. Asimismo, de una manera
imparcial y elegante, hace referencia a los padres que "deseaban
enriquecer mayormente la doctrina mariana expresando de otra manera el oficio
de María en la obra de salvación."
Si bien el
término "Corredentora" no aparece en ninguno de los documentos del
concilio, debe reconocerse sin embargo, que el concepto fue transmitido. De
hecho, el concilio enseñó con mayor claridad y coherencia la función
corredentora de María, que su oficio en la distribución de la gracia, aún
cuando la palabra "Mediadora" se usó una vez en el # 62. Por eso, en
Lumen gentium # 56, se habla directamente de la colaboración de María en la
obra de la redención:
Al abrazar de
todo corazón y sin entorpecimiento de pecado alguno la voluntad salvífica de
Dios, se consagró totalmente como esclava del Señor a la persona y a la obra de
su Hijo, sirviendo con diligencia al misterio de la redención con El y bajo El,
con la gracia de Dios omnipotente.
En el mismo
párrafo, se especifica aún más la naturaleza activa del servicio de María:
Con razón,
pues, piensan los santos padres que María no fue un instrumento puramente
pasivo en las manos de Dios, sino que cooperó a la salvación de los hombres con
fe y obediencia libres. Como dice San Ireneo, "obedeciendo, se convirtió
en causa de salvación para sí misma y para todo el género humano." Por eso
no pocos padres antiguos afirman gustosamente con él en su predicación que
"el nudo de la desobediencia de Eva fue desatado por la obediencia de
María; que lo atado por la
virgen Eva con su incredulidad, fue desatado por la virgen María mediante
su fe"; comparándola con Eva, llaman a María "Madre de los
vivientes," afirmando aún con mayor frecuencia que "la muerte vino
por Eva, la vida por María."
Por lo tanto,
es absolutamente claro que los padres del concilio hablan de la colaboración
activa de María en la obra de la redención y lo ilustran con el paralelo
Eva/María, que encontramos ya en los escritos de los padres post-apostólicos,
San Justino Mártir (+165), Ireneo (+ después de 193) y Tertuliano (+ 220).
Además, los
padres del concilio dan otro paso, y partiendo de la importancia general ya
establecida que le daban a la colaboración de María en la obra de redención,
pasan a subrayar la naturaleza personal de la "unión de la madre con el
Hijo en la obra de la salvación" [Matris cum Filio in opere salutari
coniunctio] a lo largo de la vida oculta de Jesús (# 57) y de su vida pública
(#58). Finalmente, en el número #58, enfatizan la manera en que ella mantuvo
fielmente su unión con el Hijo hasta la cruz, junto a la cual, no sin designio
divino, se mantuvo erguida, sufriendo profundamente con su Unigénito y
asociándose con entrañas de madre a su sacrificio, consintiendo amorosamente en
la inmolación de la víctima que ella misma había engendrado.
Entonces, el
concilio no sólo enseña que María, a lo largo de su vida y en términos
generales, estuvo asociada con Jesús en la obra de la redención, sino que ella
se asoció a sí misma con su sacrificio consintiendo con él. Además, los padres
del concilio afirman en el número #61, que María: padeció con su Hijo cuando
moría en la cruz, cooperando en forma enteramente impar a la obra del Salvador
con la obediencia, la fe, la esperanza y la ardiente caridad con el fin de
restaurar la vida sobrenatural de las almas.
María no sólo
consintió con el sacrificio, sino que también se unió a él. En estos dos
últimos enunciados, encontramos una síntesis de la enseñanza papal anterior
sobre la corredención, así como un sólido punto de referencia para la enseñanza
que darían los papas posteriores al concilio.
Monseñor
Brunero Gherardini señala que con o sin el uso del término Corredentora, los
observadores protestantes ya habían reconocido de buena gana la posición
católica sobre la participación de María en la redención. Ellos
ven cualquier participación humana en la obra de salvación del hombre, por muy
secundaria y subordinada, como contraria al principio Luterano de solus
Christus y, por lo tanto, un "robo que se le hace a Dios y a Cristo."
De ahí que, al elaborar la enseñanza magisterial sobre la colaboración de María
en la redención, estamos tratando con algo más que la simple posibilidad de que
se justifique el término Corredentora, se trata de un dato fundamental de
teología católica, un asunto que no será tratado fácilmente en el diálogo
ecuménico, con la simple substitución de una palabra o frase con otra que
aparezca como más neutral.
D. Uso del
Término por Juan Pablo II
En virtud de
la historia reciente, no es de poca importancia que Juan Pablo II, sin
fanfarrias pero de una manera totalmente pública, haya rehabilitado la palabra Corredentora
y la haya usado de forma análoga, por lo menos seis veces en declaraciones
públicas, esto sin mencionar sus referencias, más numerosas aún, del concepto
que representa este término. Analicemos rápidamente la utilización que le ha
dado a la
palabra Corredentora.
1. En el
saludo que dirigió a los enfermos después de su audiencia general el 8 de
septiembre de 1982, el Papa dijo:
Maria, aunque
concebida y nacida sin mancha de pecado, participó de una manera maravillosa en
los sufrimientos de su divino Hijo, para poder ser la Corredentora de la
humanidad.
2. En ocasión
de la fiesta de su santo patrono, Carlos Borromeo, en 1984, el Papa ofreció
estos pensamientos en su alocución del Angelus en Arona:
Hacia nuestra
Señora - La Corredentora - San Carlos volvió la mirada con acentos
singularmente revelatorios. Comentando la pérdida de Jesús a los doce años en
el Templo, reconstruyó el diálogo interior que pudo haber habido entre la Madre
y el Hijo, y añadió: "sufrirás dolores mayores aún, Oh Madre bendita, y
continuarás viviendo; pero la vida para ti será mil veces más amarga que la muerte. Verás cómo
entregan a tu Hijo inocente en las manos de los pecadores... Lo verás
brutalmente crucificado entre ladrones; verás su santo costado abierto por la
estocada cruel de una lanza; finalmente, verás derramarse la sangre que tú misma
le diste. ¡Y sin embargo no podrás morir!" (De la homilía pronunciada en
la Catedral de Milán el domingo después de Epifanía, 1584).
3. El 31 de
enero de 1985, en un discurso pronunciado en el santuario mariano en Guayaquil,
Ecuador, habló así:
María va
delante de nosotros y nos acompaña. La silenciosa jornada que comienza con la Inmaculada Concepción
y pasa por el "sí" de Nazaret, que la convierte en Madre de Dios,
encuentra en el calvario un momento particularmente importante. Allí también,
aceptando y cooperando con el sacrificio de su Hijo, María es el amanecer de la
redención; . . . Crucificada espiritualmente con su Hijo crucificado (cf. Ga.
2:20), María contempló con amor estoico la muerte de su Dios,
"consintiendo amorosamente en la inmolación de la víctima que ella misma
había engendrado." (Lumen gentium, 58)
De hecho, en
el calvario, María se unió al sacrificio de su Hijo que llevó a la fundación de
la Iglesia; compartió en lo más profundo de su corazón maternal la voluntad de
Cristo "de reunir en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos"
(Jn. 11:52). Habiendo sufrido por la Iglesia, María merecía convertirse en la
Madre de todos los discípulos de su Hijo, la Madre que los uniría...
Los
Evangelios no nos dicen si Cristo resucitado se le apareció a María. Sin
embargo, como ella estaba de manera especial cerca de la cruz de su Hijo,
también ella tuvo que haber tenido la privilegiada experiencia de su
Resurrección. De hecho, el rol de María como Corredentora no terminó con la
glorificación de su Hijo.
En el texto
anterior, tenemos una buena demostración de las varias maneras en que el Papa
describe la colaboración de María en la redención, culminando su referencia con
"el oficio de María como Corredentora." Nótese que en este texto, el
Papa presenta la función corredentora de María en relación con la declaración
de Pablo, "con Cristo estoy crucificado" (Ga. 2:20) y también en
relación con el misterio de su Corazón.
4. El 31 de
marzo de 1985, domingo de Ramos y día mundial de la Juventud, el Papa habló en
este mismo sentido, sobre la inmersión de María en el misterio de la pasión de
Cristo:
A la hora del
Angelus en este domingo de Ramos, que la Liturgia también denomina como el
domingo de la pasión del Señor, nuestros pensamientos corren hacia María,
inmersa en el misterio de un desmesurado dolor.
María
acompañó a su divino Hijo en el más discreto silencio, ponderando todo en las
profundidades de su corazón. En el calvario, permaneciendo al pie de la cruz,
en la inmensidad y profundidad de su sacrificio maternal, tenía a Juan a su
lado, el Apóstol más joven...
Que María,
nuestra Protectora, la Corredentora, a quien ofrecemos nuestra oración con gran
efusión, haga que nuestro deseo corresponda generosamente con el deseo del
Redentor.
5. El 24 de
marzo de 1990, el Santo Padre se dirigió a los participantes voluntarios de una
peregrinación de la
Alianza Confederada del Transporte de Enfermos a Lourdes
(OFTAL), así como a los enfermos que atienden, con estas palabras:
¡Que María Santísima,
Corredentora de la raza humana junto con su Hijo, les otorgue siempre fortaleza
y confianza!
6. Asimismo,
al conmemorar el sexto centenario de la canonización de Santa Brígida de
Suecia, el 6 de octubre de 1991, dijo:
Brigidita
miró a María como su modelo y apoyo en todos los momentos de su vida. Habló
energéticamente del privilegio divino de la Inmaculada Concepción
de María. Contempló su asombroso oficio como Madre del Salvador. La invocó como
la Inmaculada
Concepción, nuestra Señora de los Dolores y Corredentora,
exaltando la singular misión de María en la historia de la salvación y la vida
del pueblo Cristiano.
De una manera
totalmente natural y sin dejar de prestar debida atención al uso que le da a la palabra Corredentora,
el Pontífice simplemente ha resumido el uso de la terminología que ha sido
empleada en la liturgia y por los teólogos desde finales de la Edad Media , y que
también utilizó el magisterio a principios de este siglo, especialmente por el
Papa Pío XI, como ya lo hemos visto.
El Papa Juan
Pablo II también ha usado la palabra "corredentor" o
"corredención" por lo menos en tres ocasiones, al hablar de la
constante colaboración de los cristianos en la obra de la redención.
Tradicionalmente, los teólogos han hecho una distinción entre
la singular colaboración de María en la redención, que estaba efectuándose in
actu primo, de la aplicación de las gracias de redención a personas
individuales, que se lleva a cabo in actu secundo. La redención in actu primo o
"redención objetiva," o fase ascendente de la redención, podría
definirse como la adquisición de la salvación universal, mediante el sacrificio
querido por Dios, con objeto de reconciliar al mundo con Él. La redención in
actu secundo o "redención subjetiva," o la fase descendente de la
redención, o mediación de la gracia, podría definirse como la aplicación de los
frutos de la redención a individuos en particular, por medio de la mediación
querida por Dios. Se ha afirmado de manera consistente, que nuestra Señora
participa en ambas fases de la obra de redención, mientras que los demás
cristianos, pueden participar aplicando estas gracias de redención a personas y
situaciones en particular. En consecuencia, todos podemos ser corredentores in
actu secundo. La manera en la que el Santo Padre ilustró estas distinciones, en
su audiencia general del 9 de abril de 1997, sin haber empleado la terminología
técnica clásica que mencionamos anteriormente, fue la siguiente:
La
colaboración de los cristianos en la salvación tiene lugar después del evento
del calvario, cuyos frutos se esfuerzan por difundir a través de la oración y
el sacrificio. María, en cambio, cooperó durante el evento mismo y en su oficio
de Madre; por lo tanto, su cooperación abarca toda la obra salvífica de Cristo.
Solamente ella estuvo asociada de esta manera con el sacrificio redentor que
mereció la salvación de toda la humanidad. En unión con Cristo y en sumisión a
Él, ella colaboró en obtener la gracia de salvación para toda la humanidad.
El oficio de la Santísima Virgen
como cooperadora, tiene su origen en su divina maternidad. Dando a luz a Aquél
que estaba destinado a obtener la redención del hombre, alimentándolo,
presentándolo al Padre en el templo, y padeciendo con su Hijo cuando moría en
la cruz, "cooperó en forma enteramente impar ... a la obra del
Salvador" (Lumen gentium, n. 61). Aunque la llamada de Dios para cooperar
en la obra de la salvación concierne a cada ser humano, la participación de la
Madre del Salvador en la redención de la humanidad, es un hecho único e
irrepetible.
Revisemos
ahora brevemente, el uso que el Santo Padre ha dado a la palabra
"corredentora" y "corredención," ya que incluye a todos los
cristianos.
1. Al dirigirse
a los enfermos del Hospital de los Hermanos de San Juan de Dios
(Fatebenefratelli) en la
Isla Tiber de Roma, el 5 de abril de 1981, el Papa pidió:
¿Será
necesario recordar a todos ustedes, que penosamente pasan la prueba del
sufrimiento y que me están escuchando, que su dolor los une cada vez más con el
Cordero de Dios que "quita el pecado del mundo" por su pasión (Jn.
1:29), y que por lo tanto ustedes también, asociados con Él en el sufrimiento,
pueden ser corredentores con la humanidad? Ustedes conocen estas verdades
resplandecientes. Nunca se cansen de ofrecer sus sufrimientos por la Iglesia,
para que todos sus hijos sean consistentes con su fe, perseverando en la
oración y fervientes en la esperanza.
2. El 13 de
enero de 1982, después de dar su discurso en la audiencia general, el Papa se
dirigió de esta manera a los enfermos:
A los
enfermos que están presentes y a aquellos que están siendo atendidos en
hospitales, en casas de retiro y en las familias, yo les digo: nunca se sientan
solos, porque el Señor está con ustedes y jamás los abandonará. Anímense y sean
fuertes: unan sus dolores y sufrimientos a los del Crucificado y se convertirán
en corredentores de la humanidad, junto con Cristo.
Debe
señalarse que este es un tema al que constantemente recurre en sus discursos
pastorales el Papa Juan Pablo II, tema que trató con una profundidad e
inspiración asombrosas, en su carta apostólica Salvifici Doloris del 11 de
febrero de 1984, en la que hace una larga exposición de la corredención mariana
in actu primo, y de la corredención Cristiana in actu secundo, sin que
haya utilizado las palabras "Corredentora," "corredención"
o "corredentor."
3. El 8 de
mayo de 1988, el Santo Padre dirigió estas significativas palabras a los
obispos de Uruguay que se habían reunido en la Nunciatura Apostólica
en Montevideo, refiriéndose a los candidatos para el sacerdocio:
"El
candidato debe ser irreprochable" (Tt. 1:6) advierte nuevamente San Pablo.
Deberán cultivar la dirección espiritual personal (candidatos para el
sacerdocio), un amor ilimitado por Cristo y su Madre, y un gran deseo de tener
una cercana unión con la obra de la corredención.
A pesar de
todos los argumentos que con gran esmero he subrayado anteriormente, ha habido
lo que al parecer es un orquestado esfuerzo para afirmar que ninguno de estos
casos tiene algún valor teológico.
En primer
lugar, se llevó a cabo la
"Declaración de la Comisión Teológica
de la
Academia Internacional Mariana Pontificia" realizada en
Czestochowa, Polonia, en agosto de 1996, compuesta por una comisión "ad
hoc" de 18 católicos, 3 ortodoxos, un anglicano y un luterano, y publicada
por L´Osservatore Romano el 4 de junio de 1997. Refiriéndose a los títulos
Corredentora, Mediadora y Abogada, afirma que:
Los títulos,
de la manera en que se proponen, son ambiguos, ya que pueden entenderse de
varias maneras diferentes. Además, la dirección teológica que asumió el
concilio Vaticano II, que no quiso definir ninguno de estos títulos, no se debe
abandonar. El concilio Vaticano II no utilizó el título
"Corredentora," y los títulos de "Medidora" y
"Abogada" los utiliza de manera muy moderada (cf. Lumen gentium, n.
62) De hecho, desde los tiempos del Papa Pío XII, el magisterio papal no ha
utilizado el término "Corredentora" en sus documentos importantes.
Existe evidencia de que el propio Papa Pío XII, intencionalmente evitaba
usarlo.
A la luz de
lo que ya he planteado y documentado, es aparente que esta declaración no está
exenta de criticismo, por la manera en que intenta confrontar los hechos, y
porque no tiene valor magisterial. Pasa por alto el uso que el Papa Juan Pablo
II ha dado al término, como si no apareciera en documentos magisteriales
significativos.
Junto con la
declaración en L´Osservatore Romano, en la misma edición aparecieron dos
comentarios: uno sin firma con el título "¿Un nuevo dogma mariano?" y
el otro firmado por Salvatore M. Perrella, O.S.M., intitulado "La
cooperación de María en la obra de redención: estado actual de la
cuestión." El comentario sin firma, especifica de mejor manera el uso de
este término por el actual Pontífice:
Con respecto
al título de Corredentora, la Declaración de Czestochowa hace notar que
"desde el tiempo del Papa Pío XII, el término Corredentora no ha sido
usado por el magisterio papal en sus documentos significativos" y existe
evidencia de que él mismo intencionalmente evitaba usarlo. Cualidad importante,
porque aquí y allá, en escritos papales marginales y, por lo tanto, carentes de
autoridad doctrinal, uno se puede encontrar con este título, aunque sea muy
raro. Sin embargo, en los documentos que son sustanciales y en aquellos que
tienen alguna importancia doctrinal, se evita absolutamente este término.
A la luz de
estas declaraciones, debemos preguntar: ¿Cuál es el valor doctrinal del término
"Corredentora" y "corredención" que usa Juan Pablo II? Por
supuesto que yo no argumentaría que el Papa ha utilizado la palabra Corredentora
en documentos papales de la más alta autoridad educativa. o que él ha
proclamado la doctrina, o el uso de la palabra, de la manera más solemne. No
obstante, sí creo, que las ocasiones en las que ha utilizado el término
Corredentora para describir la colaboración de nuestra Señora en la obra de
nuestra redención - especialmente a la luz del uso magisterial anterior - no
merece ser pasado por alto desdeñosamente como "marginal (y) por lo tanto,
desprovista de autoridad doctrinal." Aún cuando es cierto que el haber
usado cinco veces el término, puede ser considerado como referencias pasajeras,
no creo que merezcan ser ignoradas. El ejemplo del 31 de enero de 1985 en
Guayaquil constituye, sin embargo, un comentario muy significativo en cuanto al
sentido que tiene la corredención mariana, y merece que se examine
cuidadosamente. Al concluir este ensayo, tendremos la posibilidad de hacer un
análisis más exhaustivo de la autoridad doctrinal que tienen las enseñanzas
papales colectivas relativas a toda esta cuestión.
Una última
pregunta de terminología: ¿Cómo nos podemos explicar que el Papa se haya
abstenido de usar las palabras "Corredentora,"
"corredención" y "corredentor" desde 1991?
Tengo la
dicha de valerme de una respuesta que dio el padre Alessandro Apollonio:
El Papa,
desde el momento en que revivieron en la Iglesia los ecos de la controversia
teológica, como resultado del movimiento Vox populi del Dr. Miravalle, llegando
a los niveles más altos de la jerarquía, de hecho no ha vuelto a usar el título
Corredentora. Esta posición sumamente prudente de parte del Santo Padre, es
totalmente comprensible, porque si se hubiera pronunciado explícitamente a
favor de la corredención, y dadas las circunstancias, ello habría sido como una
clara y directa aprobación a la petición, mientras que la prudencia requeriría
que, antes de hacer un pronunciamiento definitivo sobre un nuevo dogma, el Papa
tendría que convocar comisiones de expertos, promover estudios y la devoción
misma, ilustrar la doctrina de manera exhaustiva y consultar al episcopado en
su conjunto. La catequesis de los miércoles [desde el 6 de septiembre de 1995
al 12 de noviembre de 1997] ilustró claramente la doctrina y, aunque jamás se
mencionó explícitamente el título Corredentora, de este modo preparó el terreno
para el nuevo dogma. En consecuencia si el Papa, después de haber hecho todo
esto prudentemente, proclama el nuevo dogma, no estaría haciendo nada en contra
de su magisterio, sino que lo coronaría de la manera más espléndida, para la
edificación y exultación de todos los fieles.
De hecho, el
Papa Juan Pablo II ha logrado hacer mucho más que simplemente rehabilitar el
uso de una palabra y mostrar que tiene un legítimo uso. Ha logrado otra noble
acción hacia aquellos "muchos padres [del concilio Vaticano II que] deseaban
enriquecer mayormente la doctrina mariana expresando de otra manera la función
de María en la obra de salvación,” e incluso, con el hecho de volver a
proponer la discusión en torno a la mediación mariana, en su encíclica
Redemptoris Mater , después de haber sido ampliamente aceptada por el círculo
teológico. Ha demostrado, una vez más, que el magisterio está por encima de
meras "exactitudes teológicas" y está consciente de la continuidad
con la Tradición. Es
más, el Papa continúa extrayendo los múltiples aspectos de la función
corredentora de María, como lo veremos más adelante.
Que la
gracia y la bendición del Padre se derrame sobre todos nosotros
La Palabra es fuente de Vida:
¡Ayúdanos a difundirla!
"Id por todo el mundo y proclamad la buena
noticia a toda criatura"
Marcos 16,15
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12 Dios os ama y os ha elegido para que seáis
miembros de su pueblo. Por tanto, sed compasivos, bondadosos, humildes,
pacientes y comprensivos. 13 Soportaos unos a
otros y perdonaos si alguno tiene queja contra otro. Del mismo modo que el
Señor os perdonó, así también vosotros debéis perdonaros. 14 Pero, por encima de todo, tened amor, que es el lazo de la
perfección. 15 Que la paz de Cristo reine en vuestros
corazones, en la que fuisteis llamados para formar un solo cuerpo. Y sed agradecidos.
16 Que la palabra de Cristo viva entre vosotros
con toda su riqueza. Enseñaos y aconsejaos unos a otros con talento. Con
profundo agradecimiento cantad a Dios salmos, himnos y canciones religiosas. 17 Y todo lo que hagáis o digáis, hacedlo en nombre de Jesús,
el Señor, dando gracias a Dios Padre por medio de él.
Salmo 149,1-6
1 ¡Aleluya!
Alabad al
Señor en su santuario,
alabadlo en su
majestuoso firmamento,
2 alabadlo por sus grandes hazañas,
alabadlo por
su inmensa grandeza,
3 alabadlo al son de las trompetas,
alabadlo con
la cítara y el arpa,
4 alabadlo con danzas y tambores,
alabadlo con
cuerdas y con flautas,
5 alabadlo con címbalos sonoros,
alabadlo con
címbalos vibrantes.
6 Que alabe al Señor todo cuanto vive.
¡Aleluya!
Lucas
6,27-38
27 «Yo os digo a vosotros que me escucháis:
Amad a vuestros enemigos; haced el bien a los que os odian; 28 bendecid a los que os maldicen; orad por los que os calumnian.
29 Al que te abofetea en una mejilla,
ofrécele también la otra; a quien te quita el manto, dale también la túnica. 30 Da a quien te pida, y no reclames a quien te roba lo tuyo. 31 Tratad a los hombres como queréis que ellos os traten a
vosotros. 32 Si amáis a los que os aman, ¿qué mérito
tendréis? También los pecadores aman a quienes los aman. 33 Y si hacéis el bien a los que os lo hacen, ¿qué mérito
tendréis? Los pecadores también lo hacen. 34 Y
si prestáis a aquellos de quienes esperáis recibir, ¿qué mérito tendréis?
También los pecadores prestan a los pecadores para recibir de ellos otro tanto.
35 Pero vosotros amad a vuestros enemigos,
haced el bien y prestad sin esperar remuneración; así será grande vuestra
recompensa y seréis hijos del altísimo, porque él es bueno con los
desagradecidos y con los malvados. 36
Sed misericordiosos, como vuestro Padre es misericordioso». 37 «No juzguéis y no seréis juzgados; no condenéis y no seréis
condenados. Perdonad y seréis perdonados. 38 Dad
y se os dará; se os dará una buena medida, apretada, rellena, rebosante; porque
con la medida con que midáis seréis medidos vosotros».
En nuestra
sociedad, amamos a los que nos aman; hacemos el bien a quienes nos lo hacen y
prestamos a quienes sabemos nos lo van a devolver. Una conducta muy razonada,
que no compromete en nada. Pero obrando así, ¿qué es lo que nos distingue de
los que no tienen fe?. Al cristiano se le pide un “plus” en su
vida: amar al prójimo, hacer el bien y prestar sin esperar recompensa, pues eso
es lo que hace Dios con nosotros, que nos ama primero para que nosotros le
amemos.
Tenemos que
adelantarnos a hacer el bien, para despertar en el corazón de los otros
sentimientos de perdón, de entrega, de generosidad, paz y gozo; así nos vamos
pareciendo al Padre del cielo y vamos formando en la tierra la familia de los
hijos.
San Nicolás de
Tolentino
San Nicolás de
Tolentino nació en Castel Sant´ Angelo, el actual Sant´ Angelo in Pontano, en
1245, y murió en Tolentino el 10 de septiembre de 1305.
Fray Pedro de
Monte Rubiano, su biógrafo, nos cuenta que su vida estuvo entretejida de
singularísimas experiencias místicas y de hechos prodigiosos, confirmados en el
proceso de canonización, que se abrió a los veinte años de su muerte y concluyó
en 1446. En ese proceso fueron declarados auténticos 301 milagros.
A San Nicolás
de Tolentino lo invocan los que sufren injusticias, o están en peligro de
perder la vida o la libertad, y también se lo invoca como protector de la
maternidad y la infancia, de las almas del purgatorio, de la buena muerte, y
hasta contra los incendios y las epidemias.
Fue asceta,
austero pero no excéntrico, riguroso consigo mismo, pero dulce y atento con
todos. En 1256 entró donde los agustinos y se ordenó en 1269 en Cingoli;
durante seis años peregrinó por varias ciudades y después fijó su residencia en
Tolentino en donde ejerció su apostolado sobre todo en el confesionario. Su
santificación personal maduró en la sombra, haciendo fructificar los recursos
espirituales que le brindaba la vida religiosa: la obediencia incondicional, el
absoluto desapego de los bienes terrenales y la profunda modestia. Así se
santificó, y al final de su vida pudo exclamar: “Veo a mi Señor
Jesucristo, a su Madre y a San Agustín que me dicen: Muy bien, siervo bueno y
fiel”.
Aunque no se
notaba exteriormente la penitencia a la que se sometía, sabemos por el
testimonio de sus cohermanos que cuatro días a la semana su alimento consistía
en sólo pan y agua, y los otros tres días no tocaba alimentos sustanciosos como
carne, huevos, o fruta. No dormía sino tres o cuatro horas y el resto lo
dedicaba a la oración.
Después de
largas horas que pasaba en el confesionario, se dedicaba a visitar a los
pobres, a los que les llevaba, con el permiso de sus superiores, ayudas
materiales en los casos más urgentes. Los prodigios que hizo en vida y sobre
todo después de la muerte tenían la finalidad de aliviar las miserias humanas.
Cuarenta años
después de su muerte, fue encontrado su cuerpo incorrupto. En esa ocasión se le
quitaron los brazos y de la herida salió bastante sangre. De esos brazos,
conservados en relicarios de plata desde el siglo XV, ha salido periódicamente
mucha sangre. Esto contribuyó a la difusión de su culto en toda Europa y en
América.
Mariología XXVI
El Misterio
de María Corredentora en el Magisterio Papal. (I/VI)
I.
Introducción
A lo largo de
casi doscientos años, el magisterio papal ha ido proporcionado indicios cada
vez más claros acerca de la íntima colaboración que desempeñó nuestra Señora en
la obra de nuestra redención. En un ensayo que escribí con anterioridad,
subrayé algunas de las contribuciones más importantes de nuestro actual Santo
Padre a este respecto. 1 Durante su discurso en la audiencia general del 25 de
octubre de 1995, aportó un sobresaliente preámbulo sobre el desarrollo de este
importante punto de la
doctrina. A grandes rasgos, se delinea el desarrollo
histórico que ha tenido esta doctrina, de una manera sucinta extraordinaria:
Al decir que
"la Virgen María
... es reconocida y venerada como verdadera Madre de Dios y del Redentor"
(Lumen gentium, n. 53), el concilio destaca el vínculo existente entre la
maternidad de María y la redención.
Después de
haber tomado conciencia de la función maternal de María, a quien se había
venerado en la doctrina y culto de los primeros siglos como la Madre virginal
de Jesucristo y por lo tanto, como Madre de Dios, en la Edad Media la piedad de
la Iglesia y la reflexión teológica, hicieron ver la cooperación que ella tuvo
en la obra del Salvador.
Este retraso
se explica por el hecho de que todos los esfuerzos de los padres de la Iglesia
y de los primeros concilios ecuménicos, estaban enfocados a la identidad de
Cristo, dejando necesariamente de lado otros aspectos del dogma. La revelación
de la verdad, en toda su riqueza, se iría descubriendo sólo de manera gradual.
A lo largo de los siglos, la mariología estaría siempre dirigida por la cristología. La
divina maternidad de María se proclamó en el concilio de Efeso, principalmente
para afirmar que la persona de Cristo era única. De igual manera, hubo también
un entendimiento más profundo de la presencia de María en la historia de la
salvación.
A finales del
siglo II, San Ireneo, discípulo de Policarpo, ya había señalado la contribución
de María en la obra de salvación. Este Santo había entendido el valor que tenía
el consentimiento de María al momento de la anunciación, reconociendo en la
obediencia a, y fe en, el mensaje del ángel de la Virgen de Nazaret, la
perfecta antítesis de la desobediencia e incredulidad de Eva, lo cual tuvo un
efecto benéfico para el destino de la humanidad. De hecho, así como Eva causó la
muerte, María con su "sí," se convirtió "en causa de
salvación" para sí misma y para toda la humanidad (cf. Adv. Haer., III,
22, 4; SC 211, 441). Pero esta afirmación no tuvo un desarrollo consistente y
sistemático por parte de los demás padres de la Iglesia.
En cambio,
esta doctrina se elaboró sistemáticamente por primera vez a finales del siglo
X, en la Vida de María escrita por un monje bizantino, Juan el Geómetra. Aquí
se describe a María como unida a Cristo en la totalidad de la obra de
redención, participando, según el designio de Dios, de la cruz y el sufrimiento
por nuestra salvación. Ella permaneció unida al Hijo "en cada acto,
actitud y deseo" (cf. Life of Mary, Bol. 196, f. 123 v.)
En Occidente,
San Bernardo, fallecido en 1153, dirigiéndose a María, comenta la presentación
de Jesús en el templo: "Ofrece a tu hijo, Virgen sacrosanta, y presenta el
fruto de tu vientre al Señor. Para nuestra reconciliación con todo, ofrece la
Víctima celestial agradable a Dios" (Serm. 3 en Purif., 2: PL 183, 370).
Arnoldo de
Chartres, discípulo y amigo de San Bernardo, iluminó particularmente el
ofrecimiento de María en el sacrificio del calvario, al distinguir en la cruz
"dos altares: uno en el corazón de María, el otro en el cuerpo de Cristo.
Cristo sacrificó su carne, María su alma." María se sacrificó
espiritualmente en profunda comunión con Cristo, implorando la salvación del
mundo: "Lo que pide la Madre, el Hijo lo aprueba y el Padre lo
concede" (cf. De septem verbis Domini in cruce, 3: PL 189, 1694).
Desde ese
momento, otros autores han explicado la doctrina de la especial cooperación de
María en el sacrificio redentor. 2
En virtud de
que el Santo Padre ya ha delineado los puntos más importantes de este tema en
su desarrollo teológico, yo intentaré señalar los sucesos más importantes que
ha habido en el magisterio papal relacionados con este tema. El enfoque
específico que el magisterio papal ha dado a la colaboración de María en la
obra de redención es relativamente reciente, ya que el camino que ha seguido el
desarrollo teológico ha sido lento. 3 Sólo después de haber meditado largamente
este misterio, como lo hiciera la propia María, 4 es que la Iglesia comienza a
enseñarlo de una manera más solemne.
A. Período
Moderno: 1740 al Presente
No cabe duda
que sería muy aleccionador e interesante investigar los primeros bosquejos que
existen tocantes a la doctrina de la mediación mariana en la enseñanza de los
papas de los primeros periodos de la vida de la Iglesia, pero debemos dejar
esto a otros investigadores. 5 Según un convencionalismo ampliamente aceptado,
la codificación del magisterio papal del periodo moderno comienza con el
pontificado de Benedicto XIV (1740-1758) 6 , en tanto que con el pontificado
del Beato Pío IX (1846-1878), la doctrina mariana empieza a concentrarse y
consolidarse de manera más notable. Precisamente es este periodo moderno del
magisterio papal el que se intenta estudiar en este documento.
B. Íntima
Conexión entre Corredención y Mediación
Finalmente,
debemos aclarar otro punto antes de empezar a analizar los textos mismos de los
papas. Desde por lo menos principios del siglo veinte, los autores han manejado
de manera consistente y conjuntamente la corredención y mediación marianas,
generalmente con el título de "mediación." 7 Por ejemplo, el padre Gabriele
M. Roschini, O.S.M., fundador de la facultad teológica romana especializada en
estudios mariológicos, Marianum, expresó que algunos mariólogos restringen el
título de "Mediadora" a la segunda fase de la mediación (a la
cooperación de María en la distribución de la gracia), reservando el título de
"Corredentora" a la primera fase, pero incluso esta primer fase,
afirma el padre, es una mediación verdadera y apropiada, ya que es una
participación en la
obra Mediadora de Cristo. 8 Esto se sigue lógicamente del
hecho de que ambas fases podrían ser vistas como subdivisiones de la amplia
categoría que tiene la "mediación mariana," o de lo que
consistentemente describiera el difunto padre Giuseppe Besutti, en su
Bibliografía Mariana desde 1968, como "María en la historia de la
salvación (historia salutis)." 9 Estas dos fases de la redención se
diferencian frecuentemente como "objetiva" y "subjetiva,"
así como por otras distinciones.10 De hecho, muchos de los documentos
pontificios que examinaremos en este documento, enseñan claramente que la
cooperación de nuestra Señora en la distribución de la gracia, fluye
directamente de su función corredentora. 11 Por esta razón, veremos que no
pocos de los textos papales que citamos y que apoyan la corredención mariana,
justamente también se citan para apoyar la función de María en la distribución
de las gracias de la redención.
Que la
gracia y la bendición del Padre se derrame sobre todos nosotros
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Marcos 16,15
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¿Está permitido en sábado hacer el bien o el mal,
salvar una vida o destruirla?
Colosenses
1,24-29; 2,3
24 Ahora me alegro de sufrir por vosotros, y
por mi parte completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo
por su cuerpo, que es la Iglesia, 25 de
la que fui hecho ministro según la misión que Dios me dio para bien vuestro,
con el fin de dar cumplimiento a su mensaje divino, 26 el plan secreto de Dios, escondido desde los siglos y desde
las generaciones y ahora manifestado a los creyentes, 27 a quienes Dios quiso descubrir cuál es la riqueza
sublime de este secreto entre los paganos, que es Cristo entre vosotros, la
esperanza de la gloria, 28 a quien nosotros anunciamos amonestando e
instruyendo a todos los hombres en toda sabiduría, para presentarlos perfectos
en Jesucristo; 29 con miras a lo cual me fatigo y lucho
apoyado en la fuerza de Cristo, que obra poderosamente en mí.
3 En el que se encuentran ocultos todos los
tesoros de la sabiduría y de la ciencia.
Salmo 61,6-7.9
6 Mi alma sólo descansa en Dios,
mi salvación
viene de él;
7 sólo él es mi roca, mi salvación, mi
fortaleza;
no sucumbiré.
9 Confiad en él, oh pueblo, en todo tiempo;
Dios es
nuestro refugio.
Lucas 6, 6-11
6 Otro sábado entró en la sinagoga y se puso
a enseñar. Allí había un hombre que tenía seca su mano derecha. 7 Los maestros de la ley y los fariseos espiaban a Jesús a ver
si curaba en sábado, para acusarlo. 8 Él,
que conocía sus pensamientos, dijo al hombre de la mano seca: «Levántate y
ponte en medio». Él se levantó y se puso. 9
Jesús les dijo: «¿Está permitido en sábado hacer el bien o el mal, salvar una
vida o destruirla?». 10 Y mirando a todos los circundantes, le
dijo: «Extiende tu mano». La extendió, y quedó sana. 11 Pero ellos, en el colmo de su locura, discutían sobre lo
que tenían que hacer con Jesús.
Todos, alguna
vez, nos hemos sentido seguros y satisfechos con la guarda de la ley: hicimos
lo que estaba mandado. Y claro que está bien guardar la ley; pero convertir la
ley en un fin, ponerla por encima de la persona es lo que ya se pone en
cuestionamiento. Cualquier hombre es imagen de Dios y merece tanto aprecio y
respeto que todas las leyes deben estar a su servicio; porque el sábado se hizo
para el hombre y no el hombre para el sábado, como hacemos frecuentemente.
La inseguridad
interior que vivimos nos hace aferrarnos a las normas y las leyes que nos
proporcionan tranquilidad, porque nos da miedo quedarnos sin esquemas mentales
y andar sin apoyos. ¡Tantas veces somos como paralíticos que nos arrastramos
por la vida! Pero aquí está la fuerza de Jesús que se adelanta en nuestra
ayuda: ¡Levántate! Sólo queda creer en la Palabra, confiar y ponerse en pié. La
vida hace lo que falta.
Santa Regina
Hija de un
ciudadano pagano de Alise, en Borgoña, la santa -cuya madre falleció al dar la
luz- fue entregada a una nodriza que era cristiana y que la educó en la fe. Su belleza atrajo las
miradas del prefecto Olybrius, quien, al saber que era de noble linaje, quiso
casarse con ella, pero ella se negó a aceptarlo y no quiso atender los
discursos de su padre, quien trataba de convencerla para que se casara con un
hombre tan rico.-
Ante su
obstinación, su padre decidió encerrarla en un calabozo y, como pasaba el
tiempo sin que Regina cediese, Olybrius desahogó su cólera haciendo azotar a la
joven y sometiéndola a otros tormentos.-
Una de
aquellas noches, recibió en su calabozo el consuelo de una visión de la cruz al
tiempo que una voz le decía que su liberación estaba próxima. En el momento de
la ejecución (decapitación), apareció una paloma blanquísima que causó la
conversión de muchos de los presentes.-
La devoción a
la santa aumentó a partir del siglo VII.
Mariología
XXV
¿Cuáles son
los fundamentos para considerar a María "Corredentora"? (IV/IV)
9) Cautelas
que deben ser estrictamente observadas en cualquier formulación dogmática de
María Corredentora.
Es claro que
cualquier dogma de María como Corredentora, tendría que excluir de manera
absoluta, cualquier confusión que pudiera surgir de la distinción que se debe
hacer entre la obra redentora de Cristo y la manera puramente humana de María
de participar en la redención y de convertirse en Corredentora. María por su
propia cuenta, no es más capaz de redimir al mundo, que los padres son de crear
el alma de sus hijos de la
nada. En este sentido, María no es Corredentora y nunca podrá
ser nuestra redentora. Sin embargo, y al mismo tiempo, un dogma como éste,
debería enfatizar también el carácter único del lazo que existe entre el
Dios-hombre y su acto redentor, y la libertad de María de ser co-causa de la
redención -en unión con y recibiendo la fuerza de- la redención de Cristo.
Ciertamente,
como lo mencionamos anteriormente, también los actos voluntarios de los
ancestros de Cristo, especialmente la fe y el sacrificio de Abraham, se
convirtieron de manera remota, en actos "corredentores", prefigurando
el modo único de participar directamente en la causa divina de la redención, la
cual fue confiada a María.
Me parecería
particularmente oportuno que nuestro actual querido y amado Santo Padre quien,
además de ser profundamente mariano, ha desarrollado -como ningún otro Papa-
una visión sobre la dignidad de cada persona humana y quien con tanta
frecuencia ha confiado al cuidado de María a toda la raza humana, podría, al
declarar este dogma, completar su acción de consagrar a la humanidad entera a
la intercesión de María, a nuestra Madre y a la gran Abogada de toda
la Iglesia ante Dios; a María, quien también es la Mediadora de todas las
gracias de las que nuestro mundo caído, nuestra raza humana actual, hambrienta,
devastada por las guerras y pecadora, tiene tan desesperada necesidad, y
únicamente mediante las cuales la humanidad podría salir del abismo de nuestros
pecados y sufrimientos, lo que una vez más, no puede suceder sin nuestra libre
cooperación.
Deseándole al
Santo Padre la santa fortaleza de Dios y luz para ver si es o no voluntad de
Dios declarar solemnemente al mundo esas grandes verdades de María, y que por
medio de esta declaración, también se pregone más plenamente la verdad de la
persona humana como tal, concluyo mis observaciones confiando esta gran causa a
la incomprensible e infinita sabiduría y amor de Cristo y a la sabiduría y amor
de María, la Madre de Dios, nuestra celestial Corredentora, Mediadora y Abogada.
Que la
gracia y la bendición del Padre se derrame sobre todos nosotros
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¿pueden ayunar los invitados a la boda mientras el
esposo está con ellos?
Colosenses
1,15-20
15 Cristo es imagen de Dios invisible,
primogénito de toda la creación, 16
porque por él mismo fueron creadas todas las cosas, las de los cielos y las de
la tierra, lo invisible y lo visible, tanto los tronos como las dominaciones,
los principados como las potestades; absolutamente todo fue creado por él y
para él; 17 y él mismo existe antes que todas las
cosas, y todas subsisten en él. 18 Él
es también la cabeza del cuerpo, de la Iglesia, siendo el principio, el
primogénito entre los muertos, para ser el primero en todo, 19 ya que en él quiso el Padre que habitase toda la plenitud. 20 Quiso también por medio de él reconciliar consigo todas las
cosas, tanto las de la tierra como las del cielo, pacificándolas por la sangre de
su cruz.
Salmo 99,2-5
2 Servid al Señor con alegría,
entrad en su
presencia con gritos jubilosos.
3 Reconoced que el Señor es Dios:
él nos ha
hecho y somos suyos,
su pueblo, las
ovejas que él guarda.
4 Entrad en sus pórticos dándole gracias,
alabadlo,
bendecid su nombre:
5 porque el Señor es bueno, su amor es
eterno,
y su lealtad
perpetua por todas las edades.
Lucas
5,33-39
33 Ellos le dijeron: «Los discípulos de Juan
y los de los fariseos ayunan con frecuencia y hacen oraciones, pero tus
discípulos comen y beben». 34
Jesús les contestó: «¿Es que pueden ayunar los invitados a la boda mientras el
esposo está con ellos? 35 Pero vendrán días en que les quiten al
esposo; entonces ayunarán». 36
Les dijo además una parábola: «Nadie corta una pieza de un traje nuevo para
remendar un vestido viejo, pues estropearía el nuevo y la pieza nueva no caería
bien en el viejo. 37 Y nadie echa vino nuevo en odres viejos,
porque el vino nuevo reventaría los odres, el vino se derramaría y los odres se
perderían; 38 sino que el vino nuevo se echa en odres
nuevos. 39 Y nadie, después de haber bebido vino añejo,
quiere luego el nuevo, pues dice: El vino añejo es mejor».
Todos deseamos
momentos para estar con las personas o la persona que nos cae bien, que
estimamos, que amamos. Entre amigos, el novio con la novia o entre esposos. Y
cuando alguien viene a arrebatarnos esos momentos más los anhelamos y más
deseamos que vengan.
A los
apóstoles les sucede algo semejante en este evangelio porque los fariseos, no
sabiendo ya por donde fastidiar, pretenden hacer ver a Jesús que los suyos no
se comportan como los discípulos de Juan que ayunan y rezan mucho. Pero
perfectamente podríamos haberles dicho a los fariseos aquella frase de san
Agustín que dice: “teme a la gracia de Dios que pasa y no vuelve”.
Y los apóstoles preferían disfrutar de la compañía del Mesías que ayunar y
estar lejos de Él. O también les podríamos haber respondido con la misma frase
que Jesús le dijo a la mujer de Betania: “Marta, Marta muchas cosas te
preocupan pero una sola es importante y María ha elegido la mejor”, que
fue la de sentarse a sus pies.
He aquí por
tanto la clave de este evangelio, la presencia de Cristo en nuestra vida. De
qué nos sirve ayunar, rezar mucho, hacer penitencia si a la hora de la hora no
acompañamos a Cristo donde realmente está que es en la Eucaristía.
Estaríamos
ayunando y rezando por deporte. Por ello, si hasta ahora nuestros rezos o
ayunos son sin una presencia de Cristo dominical o más frecuente pensemos que
estamos desaprovechando la verdadera gracia de Dios para nuestra alma, que es
la de estar cerca de Él.
San Bonifacio
I.
Etimología:
Bonifacio = que hace el bien. Viene de la lengua latina.
Elegido el 28
diciembre del 418; falleció en Roma, el 4 de septiembre del 422. Poco se conoce
de su vida previa a su elección. El "Liber Pontificalis" lo llama un
romano, e hijo del presbítero Jocundus. Se cree que ge ordenado por el Papa Damasus
I (366-384) y que fue representante de Inocencio I en Constantinopla (c. 405).
A la muerte
del Papa Zosimus, la
Iglesia Romana entró en el quinto de sus cismas, con el
resultado de dobles elecciones papales que perturbaron su paz durante las primeras
centurias. Poco después de las exequias de Zosimus, el 27 diciembre, 418, una
facción del clero romano formada principalmente por diáconos, tomó la basílica
de Lateran y eligió como papa al Archidiácono Eulalius. El alto clero intentó
entrar, pero fue violentamente rechazado por una chusma de partidarios de
Eulalian.
Al día
siguiente, ellos se reunieron en la iglesia de Theodora y eligieron como Papa,
contra su voluntad, al anciano Bonifacio, un sacerdote muy estimado por su
caridad, conocimientos, y buen carácter. El domingo 29 diciembre, fueron
consagrados los dos, Bonifacio en la Basílica de San Marcelo, apoyado por nueve
obispos provinciales y unos setenta sacerdotes; Eulalius en la basílica de
Lateran en presencia de los diáconos, unos pocos sacerdotes y el Obispo de
Ostia que fue convocado desde su lecho de enfermo para ayudar en la ordenación. Los
dos procedieron a actuar como papas, y Roma comenzó a vivir en una tumultuosa
confusión por el ruido producido por las facciones de ambos rivales. El Prefecto
de Roma, Symmachus, hostil a Bonifacio, informó el problema al Emperador
Honorius de Ravenna, y aseguró la confirmación imperial de la elección de
Eulalius. Bonifacio fue expulsado de la ciudad. Sus partidarios, sin embargo, lograron
hacerse oír por el emperador que convocó a un sínodo de obispos italianos en
Ravenna para reunir a los papas rivales y discutir la situación (febrero,
marzo, 419). Incapaz de alcanzar una decisión, el sínodo tomó unas pocas
decisiones prácticas pendientes hasta un concilio general de obispos italianos,
galos y africanos, a ser convocados en mayo para solucionar la dificultad. Pidió
que ambos demandantes dejaran Roma hasta que se alcanzara una decisión, y
prohibió el retorno bajo pena de condenación. Como Pascua, el 30 de marzo,
estaba acercándose, Achilleus, Obispo de Spoleto, fue delegado para encabezar
los servicios Pascuales en la vacante sede romana. Bonifacio fue enviado,
aparentemente, al cementerio de Santa Felicitas en la Vía Salaria, y
Eulalius a Antium. El 18 marzo, Eulalius volvió audazmente a Roma, reunió a sus
partidarios avivando nuevamente la disputa, y rechazó con desprecio las órdenes
del prefecto para dejar la ciudad; tomó la basílica de Lateran el sábado Santo
(29 marzo), decidido a presidir las ceremonias pascuales. Las tropas imperiales
fueron convocadas para deponerlo y hacer posible para Achilleus dirigir los
servicios. El emperador, profundamente indignado con estos procedimientos, se
negó a considerar nuevamente las demandas de Eulalius reconociéndose a
Bonifacio como Papa legítimo (3 de abril, 418). Este último volvió a Roma el 10
abril y ge aclamado por el pueblo. Eulalius fue designado Obispo de Nepi en
Toscana o de alguna sede en Campania, según los contradictorios datos de las
fuentes del "Liber Pontificalis". El cisma había durado quince
semanas. A comienzos de 420, la crítica enfermedad del papa, animó a los
partidarios de Eulalius a hacer otro intento. Ya recuperado, Bonifacio pidió al
emperador (1o. de julio, 420) prever alguna manera de evitar un nuevo cisma en
el caso de su muerte. Honorius promulgó una ley estableciendo que, en el caso
de elecciones Papales disputadas, no debe reconocerse ningún candidato, y debe
efectuarse una nueva elección.
El reino de
Bonifacio fue marcado por el gran celo y actividad en organizar la disciplina y
la autoridad.
Revirtió la política de su predecesor de dotar a ciertos
obispos Occidentales con poderes extraordinarios del vicariato papal. Zosimus
había dado a Patroclus, Obispo de Arles, extensa jurisdicción en las provincias
de Viena y Narbonne, y lo había hecho intermediario entre estas provincias y la Sede Apostólica.
Bonifacio disminuyó estos derechos primados y restauró los
poderes metropolitanos de los obispos principales de provincias. Así él
respaldó a Hilary, Arzobispo de Narbonne, en su elección de un obispo de la
sede vacante de Lodeve, contra Patroclus que intentó designar a otro (422).
Así, también, insistió para que Maximus, Obispo de Valencia, fuera juzgado por
sus supuestos crímenes, no por un primado, sino por un sínodo de obispos galos,
y prometió sostener su decisión (419). Bonifacio tuvo éxito en las dificultades
de Zosimus con la Iglesia africana con respecto a las apelaciones a Roma y, en
particular, en el caso de Apiarius. El Concilio de Cartago, habiendo escuchado
las presentaciones de los delegados de Zosimus, envió a Bonifacio el 31 mayo,
419, una carta en respuesta al commonitorium de su predecesor. Declaraba que el
concilio había sido incapaz de verificar los cánones que los delegados habían
citado como de Nicena, pero que más tarde resultaron ser de Sardican. Estaba de
acuerdo, sin embargo en observarlos hasta que pudiera efectuarse la comprobación. Esta
carta se cita a menudo para ilustrar la actitud desafiante de la Iglesia
africana ante la Sede
Romana. Un estudio imparcial de la misma, sin embargo, debe
llevar a una conclusión no más extrema que la de Dom Chapman:
"fue escrita con considerable irritación, aunque en un muy estudiado tono
moderado"(Revisión de Dublín. Julio, 1901, 109-119). Los africanos estaban
irritados ante la insolencia de los delegados de Zosimus y se indignaron por
ser instados a obedecer leyes que pensaron no tenían una consistente fuerza en
Roma. Esto ellos se lo manifestaron a Bonifacio directamente; todavía, lejos de
repudiar su autoridad, le prometieron obedecer las leyes sospechosas, mientras
que reconocieron la función del Papa como guardián de la disciplina de la Iglesia. En 422
Bonifacio recibió la apelación de Anthony de Fussula que, a través de los esfuerzos
de San Agustín, había sido depuesto por un sínodo provincial de Numidia, y
decidió que debía ser restaurado en el caso de que su inocencia se
estableciera. Bonifacio apoyó ardientemente a San Agustín en su combate contra
el Pelagianismo. Habiendo recibido dos cartas de Pelagian que calumniaban a
Agustín, se las envió. En reconocimiento de esta lealtad Agustín dedicó a
Bonifacio su respuesta, contenida en "Contra das Epístolas Pelagianoruin
Libri quatuor".
En el Este,
mantuvo celosamente su jurisdicción sobre las provincias eclesiásticas de
Illyricurn, sobre las que el Patriarca de Constantinopla estaba intentando
afianzar el mando a causa de volverse una parte del imperio Oriental. El Obispo
de Thessalonica había sido constituido vicario papal en este territorio,
mientras ejercía su jurisdicción por encima de los metropolitanos y obispos.
Por las cartas a Rufus, el titular contemporáneo de la sede, Bonifacio vigiló
estrechamente los intereses de la iglesia de Illyrian e insistió en la
obediencia a Roma. En 421, el descontento expresado por ciertos obispos, a
causa de la negativa del Papa para confirmar la elección de Perigines como
Obispo de Corinto a menos que el candidato fuera reconocido por Rufus, sirvió
como pretexto para que el joven emperador Theodosius II concediera el dominio
eclesiástico de Illyricurn al Patriarca de Constantinopla (14 julio, 421).
Bonifacio protestó ante Honorius por la violación de los derechos de su sede, y
prevaleció sobre él, que instó a Theodosius para que rescinda su promulgación.
La ley no fue promulgada, pero permaneció en los códigos de Theodosian (439) y
Justiniano (534) y causó muchos problemas a los papas subsiguientes. Por una
carta del 11 marzo, 422, Bonifacio prohibió la consagración en Illyricum de
cualquier obispo que Rufus no hubiera reconocido. Bonifacio renovó la
legislación del Papa Soter, prohibiendo a las mujeres tocar los sagrados linos
o intervenir en el quemado de incienso. Dio fuerza a las leyes que prohibían a
los esclavos ser clérigos. Fue enterrado en el cementerio de Maximus en la Vía Salaria, cerca de
la tumba de su favorito, San. Felicitas en cuyo honor y en gratitud por su
ayuda, le había erigido un oratorio encima del cementerio que lleva su nombre.
Mariología
XXIV
¿Cuáles son
los fundamentos para considerar a María "Corredentora"? (III/IV)
4) María
Corredentora, visto como un dogma mariano que implica una verdad universal que
es verdadera para todos los cristianos.
Al mismo
tiempo, el dogma sobre el carácter corredentor de María, no estaría únicamente
vinculado a una prerrogativa especial de María (como es el caso de su
Inmaculada Concepción, esto es, el estar libre de cualquier mancha del pecado
original, por medio del singular efecto anticipante del acto redentor de
Cristo), sino que sería una cualidad análoga a todos los cristianos y a las
personas verdaderamente religiosas, que compartirían con María en menor grado,
el formar parte activa del acto redentor y la dispensación de la gracia de la redención. Esto
aplica a los papas, los obispos, cada sacerdote y religioso, y a todos
nosotros. Y ninguna criatura participó de manera tan activa y sublime en esta
obra de la redención de Cristo, más que una Mujer y Madre: ¡María!
5) María
Corredentora -- una victoria para el auténtico feminismo católico y una
respuesta oportuna a formas erróneas del feminismo.
Parecería que
este dogma también sería muy oportuno en nuestros días, como una expresión del
"feminismo católico," o mejor aún, como una respuesta católica a la
teología feminista, ya que este dogma no sólo mostraría, como lo han hecho los
anteriores dogmas marianos, que nuestra Señora -como mujer- fue creada por Dios
con una dignidad superior a todos los hombres y ángeles creados, y ocupa un
segundo lugar después de Cristo, quien asimismo, es "Dios hecho
hombre." Ya este hecho está suficientemente probado por los cuatro dogmas
marianos anteriores. Este nuevo dogma de María en su función de Corredentora
-más importante aún que la declaración de María como Madre de Dios- expresaría
también la verdad de la singular participación activa y efectiva de María en el
misterio de la
redención. Vendría a contrarrestar la idea de que los seres
humanos en general, y en particular las mujeres, son sólo vasos pasivos de la
gracia divina, y que la
Virgen María se convirtió en Madre de Dios, libre de todo
pecado y exaltada sobre todas las criaturas, solamente por la gracia y elección
de Dios, sin mayor necesidad de su propio y libre albedrío. Ahora bien, la
necesidad de que María tomara una decisión voluntaria a efecto de lograr
nuestra salvación, está implícita pero no explícitamente expuesta en ninguno de
los anteriores dogmas marianos. Por lo tanto, esta nueva declaración de la
doctrina tradicional, mostraría de una manera fresca, una eterna verdad sobre
María y sobre la mujer; una verdad que siempre ha sido sostenida por la
Iglesia, pero nunca establecida de manera clara e indubitable: la obra más
grande del bondadoso amor de Dios - la redención de la humanidad y nuestra
salvación-- es en cierto sentido, también la consecuencia del acto voluntario
de una mujer y, por ello, también el regalo de una mujer a la humanidad. Y en tanto
es verdadero el hecho de que existe un rol corredentor, de alguna manera
amplio, en nuestra participación voluntaria con la dispensación de las gracias
de Dios entre los miembros de la Iglesia, sigue siendo cierto que la forma eminente
y singular es sólo de María y por ello sólo de una mujer.
La grandeza
de esta enseñanza es que la Madre de Dios no sólo fue una mujer y un vaso
escogido por la gracia de Dios, sino que a través de su fiat voluntario y
totalmente libre y de sus obras (que incluyeron también haber aceptado con
libertad el sacrificio de su Hijo único, como sucedió con Abraham), ella se
convirtió -reconocidamente sólo de manera humana- en la co-causa de nuestra
salvación, y ésta sería la prueba más fehaciente para mostrar la dignidad de la
mujer y, asimismo, se complementarían los dogmas marianos y la carta apostólica
Sobre la Dignidad de la
Mujer. Sin duda, los sueños feministas más radicales acerca
de la dignidad de la mujer y de su igualdad con el hombre, o incluso el
llamamiento a reconocer un estatus superior para las mujeres en comparación con
los hombres (con la excepción de Cristo), no tendrían parangón con la dignidad
de una mujer vista a la luz de este nuevo dogma. Este dogma proferiría dignidad
a los actos de la mujer que exceden en actividad, sublimidad y efectividad, a
las obras de todas las demás criaturas puras y del hombre: de todos los reyes y
políticos, pensadores, científicos, filósofos, artistas y artesanos, desde el
principio del mundo hasta el fin del juicio y, en cierta manera, incluso de
todos los sacerdotes exceptuando a Cristo; ya que todas las demás acciones
sacerdotales actualizan solamente la gracia redentora y la acción de Cristo,
pero el acto de María hizo que nuestra redención en sí fuera posible y, por lo
tanto, interviniendo para que la humanidad recibiera el regalo más grande del
divino Salvador en persona.
De todas
estas evidencias se infiere, sin lugar a dudas, que María, de manera más
perfecta que Abraham cuya acción el mismo Dios declaró ser co-causa de
redención, debe ser proclamada como la Corredentora de todos nosotros.
6) Momento
propicio para la declaración del dogma sobre María como Corredentora, como una
formulación de la dignidad de la mujer y de la manera única en que María, como
Mujer, participó del sacerdocio real conferido a todos los cristianos en el
bautismo.
Asimismo,
este dogma complementaría de una manera importante, el veredicto irreversible
de la Iglesia
Católica que va en contra de la ordenación de sacerdotisas.
Este "No" de la Iglesia al sacerdocio de la mujer, tiene que verse a
la luz del hecho de que la representación especial de Cristo a través del
sacerdote, quien ofrece el sacrificio de la Misa renovando con ello de una
manera no sangrienta el sacrificio de Cristo en la cruz, fue reservada, por la
voluntad de Dios, únicamente para los hombres. Pero el dogma a proponerse de
María como Corredentora, daría una magnífica defensa tanto del sacerdocio real
de todos los cristianos, y de un único y sublime "sacerdocio femenino de
María" (y de otras madres y mujeres de manera menos perfecta,).21 Debemos
recordar que: Cada cristiano, hombres y mujeres, reciben en el bautismo el
sacerdocio real, junto con la dignidad y vocación de reyes y profetas. Por lo
tanto, el nuevo dogma a proponerse, pondría de relieve un verdadero carácter de
María como única Mediadora de la gracia y así constituiría una importante
verdad que vendría a complementar la insistencia de la Iglesia sobre la
imposibilidad de que la mujer reciba el orden sacerdotal y que el sacerdocio
especialmente ordenado, es aquél que Cristo ha reservado únicamente para los
hombres. Si al menos uno de los elementos esenciales del sacerdocio es el de la
"mediación" entre Dios y el hombre y una "mediación de la
gracia," María, por medio de este dogma, también sería declarada como la
más sublime Mediadora de Dios quien, por medio de su libre actuación, nos
alcanza las gracias divinas y la propia salvación para toda la humanidad. Su acción
no solamente actualiza el sacrificio y la gracia de Cristo después de su obra
redentora, como lo hacen los sacerdotes, sino que de alguna manera, a través de
su precedente "fiat", hizo posible la obra redentora de Dios mismo.22
Situación semejante es también verdadera para cualquier madre que pueda
interceder, en cierto sentido, para que sus hijos reciban todas las gracias y,
por lo tanto, también puede convertirse en co-causa de todos sus bienes
temporales y eternos, incluyendo su redención.
El hecho de
que el acto redentor divino dependiera de la libre elección y el fíat de María,
es sólo la manifestación más sublime de un fenómeno mucho más universal que
ilustra la esencia y la dignidad de las personas. Con frecuencia, Dios vincula
su actividad divina con la libertad humana, como es el caso de la procreación
de los seres humanos, la acción sacerdotal de celebrar la Santa Eucaristía,
e inclusive con la propia redención.
7) Sobre el
significado ético y bioético del nuevo dogma mariano propuesto: María
Corredentora y la enseñanza de la Iglesia sobre la transmisión de la vida
humana.
Un nuevo
dogma sobre María como Corredentora también vertería una nueva luz sobre el rol
de la familia en la Iglesia y sobre los aspectos metafísico y teológico de la
procreación, ya que, de manera análoga a la obra corredentora de María, la
procreación humana es principalmente un servicio a, y una cooperación con, un
acto esencialmente divino de la creación, a través del cual sólo el alma humana
y la persona del embrión, pueden ser creadas de la nada. Sin embargo, en el
orden de la naturaleza y de la creación (a pesar del hecho de que "Dios
puede de estas piedras dar hijos a Abraham," como dice San Juan el
Bautista)23 la creación divina de personas humanas es mediada por la acción
libre y la cooperación humana. Esta constituye una de las principales razones
por las que la anticoncepción resulta inmoral.24 A este respecto, el que se
pronunciara el nuevo dogma de María como Corredentora a través de nuestro Papa,
constituiría una hermosa continuación de la misión especial del Papa actual, de
extender las razones internas y los fundamentos metafísicos de la enseñanza de
la Iglesia sobre la transmisión de la vida humana, que es en cierto sentido una
co-creación -un ministerio que es sólo para y es co-causa de la creación
divina-. De una manera sobrenatural pero verdaderamente semejante, el fíat de
María y toda su vida y pasión espiritual al pie de la cruz, es un servicio a,
una co-causa de nuestra redención.
De hecho, la
teología del Nuevo Testamento podría aclarar la conexión que existe a este
respecto entre la unión de María con Dios y la pareja humana, y la unión de la
familiar con Dios, ya que también en la creación de cada persona humana nueva.
Dios respeta la libertad humana y permite que los actos humanos voluntarios de
los padres, se conviertan en co-causa de la creación de sus hijos de la nada. De una manera
similar, el acto voluntario de María fue la co-causa de nuestra redención. Al
mismo tiempo, y ya que los padres no pueden de ninguna manera crear ellos
mismos una nueva alma humana sino solamente Dios, así María no puede redimir al
mundo sino solamente Cristo. Por lo tanto, el nuevo dogma propuesto, de ninguna
manera podría borrar el abismo que existe entre Dios y la persona creada de
María, y tampoco la parte de María en la redención se asemejaría, y mucho menos
se igualaría, al acto redentor de Dios.
8) María
Corredentora y la culminación de los cuatro dogmas marianos.
Este dogma
también arrojaría nueva luz en los otros dogmas marianos y en particular,
explicaría de mejor manera el dogma de la Concepción Inmaculada
y la razón por la que la Corredentora fue, debido a un singular privilegio de
Dios, preservada de toda mancha de pecado original y personal, en virtud de que
este hecho se presenta como muy adecuado para su función de Mediadora de la
salvación como segunda Eva. Lo mismo se podría decir con certeza de su asunción
corporal a los cielos y que es propio de la dignidad de aquella que, no sólo
fue el vaso de la gracia de Dios, sino que a través de su libre cooperación, es
Corredentora. Incluso el primer y más importante dogma mariano, que ella es
verdaderamente la Madre de Dios, recibe un nuevo significado cuando uno
contempla el activo rol de cooperación que desempeñó por lograr nuestra
salvación y redención, mismo que era necesario para convertirse en la Madre de
Dios. El nuevo dogma, como culminación de los dogmas marianos que le anteceden,
los complementaría y completaría, explicando porqué no sólo adoramos y rendimos
culto a Dios, quien ha creado y se ha servido de María como un vaso singular de
su gracia, sino también la razón por la cual veneramos (y por supuesto nunca
adoramos) a la persona de María como la Madre de Dios, que ciertamente lo es
por la gracia de Dios, pero no sin ella misma, no sin su libre y heroica
participación, por haber creído en la palabra del ángel y por la concepción de
Jesús y la aceptación de las profecías de Simeón y lo que siguió, hasta el
calvario.
Que la
gracia y la bendición del Padre se derrame sobre todos nosotros
La Palabra es fuente de Vida:
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"Id por todo el mundo y proclamad la buena
noticia a toda criatura"
Marcos 16,15
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9 Por esta razón nosotros, desde el día en
que lo oímos, no cesamos de rogar y pedir por vosotros, para que seáis llenos
del conocimiento de su voluntad con toda sabiduría e inteligencia espiritual, 10 y os comportéis de una manera digna del Señor, intentando
complacerle en todo, fructificando en toda obra buena y creciendo en el conocimiento
de Dios, 11 dotados de una fortaleza a toda prueba por
el poder de su gloria para así soportar todo con alegría y con paciencia; 12 dando gracias al mismo tiempo a Dios, que os ha hecho
capaces de participar en la herencia de su pueblo en la gloria, 13 que nos rescató del poder de las tinieblas y nos transportó
al reino de su Hijo querido, 14 en
quien tenemos la liberación y el perdón de los pecados.
Salmo 97,2-4
2 El Señor ha dado a conocer su victoria,
ha revelado a
las naciones su justicia;
3 se acordó de su amor y su lealtad
para con la
casa de Israel;
todos los
confines de la tierra han contemplado
la victoria de
nuestro Dios.
4 Aclamad al Señor toda la tierra,
alegraos,
regocijaos, cantad,
Lucas 5,1-11
1 Mientras la gente se agolpaba en torno a él
para oír la palabra de Dios, él estaba junto al lago de Genesaret 2 y vio dos barcas situadas al borde del lago. Los pescadores
habían bajado a tierra y estaban lavando las redes. 3 Subió a una de las barcas, que era de Simón, y le pidió que
la separase un poco de la
tierra. Se sentó en ella, y enseñaba a la gente desde la
barca. 4 Cuando terminó de hablar, dijo a Simón:
«Rema mar adentro y echad vuestras redes para la pesca». 5 Simón le respondió: «Maestro, hemos estado trabajando toda
la noche y no hemos pescado nada, pero ya que tú lo dices, echaremos las
redes». 6 Así lo hicieron, y pescaron tan gran
cantidad de peces que casi se rompían las redes. 7
Hicieron señas a sus compañeros de la otra barca para que fueran a ayudarlos.
Ellos acudieron, y llenaron tanto las dos barcas que casi se hundían. 8 Al ver esto Simón Pedro, cayó a los pies de Jesús,
diciendo: «Señor, apártate de mí, que soy un hombre pecador». 9 Y es que tanto él como sus compañeros habían quedado
pasmados ante la pesca realizada; 10 y
lo mismo Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón. Jesús
dijo a Simón: «No tengas miedo; desde ahora serás pescador de hombres». 11 Ellos llevaron las barcas a tierra, lo dejaron todo y lo
siguieron.
Es
sorprendente la suavidad con que Cristo va guiando a sus amigos hacia la conversión. En este
pasaje, se nos cuenta cómo logró conquistar a Pedro.
El apóstol San
Pedro, antes de conocer al Señor, era Simón el pescador. Un hombre recio,
acostumbrado a la dura tarea de la pesca. Seguramente
era uno de los más importantes del negocio y uno de los más respetados, debido
a su carácter fuerte. Jesús se acercó a él, se subió a una de las barcas y le
pidió que se alejara un poco para poder predicar a la muchedumbre. Pedro
estaba pendiente del timón y de los remos, quizás sin escuchar las palabras del
Señor.
Pero luego,
Jesús le miró y le dijo que fuera mar adentro, a pescar. Simón se extrañó.
¿Pero cómo? ¿No sabe éste que yo soy un profesional? Si no he pescado nada
durante la noche, ¿cómo voy a hacerlo a pleno día? Sin embargo, le dijo: Lo
haré porque tú me lo pides.
Jesús esperaba
estas palabras, esperaba un poco de humildad por parte de Pedro, el impetuoso.
Fue entonces cuando se obró el milagro. “Y pescaron gran cantidad de
peces”. Al ver lo sucedido, Pedro se olvidó de la pesca y cayó de
rodillas ante Jesús.
El Señor sabía
muy bien cómo ganárselo, con amabilidad, sin recriminaciones. Y luego le dijo:
“No temas, desde ahora serás pescador de hombres”.
San Gregorio
Magno
Etimológicamente
significa “ vigilante”. Viene de la lengua griega.
GREGORIO
MAGNO, DE LA FAMILIA DE
LOS ANICIOS
Familia
profundamente cristiana de la que ha llegdao a los altares; sus padres y sus
dos tías, Társila y Emiliana. En este ambiente de religiosidad se desarrolló su
espíritu mientras Roma llegaba a lo más bajo de la curva de su caída. Cuando el
poder imperial fue restablecido en Roma, en manos ya de Constantinopla,
Gregorio comienza su formación cultural. No sobresale en la literatura, pero sí
en los estudios jurídicos, donde encuentra una magnífica preparación para sus
futuras actividades. Terminada su carrera de Derecho, acepta del emperador
Justino II el cargo de prefecto de Roma, con todas las funciones
administrativas y judiciales.
GREGORIO MONJE
Per su corazón
aspiraba a cosas más altas, y tras una desgarradora lucha interior, que
manifiesta en una carta a su amigo San Leandro de Sevilla, Roma ve un día cómo
su prefecto cambia sus ricas vestiduras por los austeros hábitos de los
campesinos que San Benito había adoptado para sus monjes. Su mismo palacio del
monte Celio fue transformado en monasterio. Gregorio es feliz en la paz del
claustro, aunque pronto será arrancado de ella por el mismo Sumo Pontífice, que
le envía como Nuncio a Constantinopla. De aquí en adelante añorará siempre
aquellos cuatro años de vida monacal.
EL MONJE
GREGORIO, PAPA
En 586, llega
a Roma cuando las aguas del Tíber se desbordan y siembran la desolación. Personas
ahogadas, palacios destruidos, hambre y la peste. Una de las
víctimas de la peste es el Papa Pelagio II. Y Gregorio es elegido Papa para suceder
a Pelagio, quedando apartado de la soledad que buscaba en el monasterio. Ya no
vivirá más la paz de la vida monacal, pero la espiritualidad de aquellos
hombres entregados a la oración le marcará para siempre. En su fecundo
Pontificado, destaca su celo por la liturgia, la organización definitiva del
canto litúrgico, que se conoce aún con el nombre de "canto
gregoriano". Era el “Psalite sapienter” del salmo y de San
Benito, cuyo estilo y estética litúrgicos, ha heredado también Benedicto XVI, a
más del nombre del Fundador de los Monjes de Occidente y Patrono de Europa: San
Benito.
Gregorio es el
pastor auténtico, que quiere lo mejor para sus ovejas que viven en la unidad
del mismo Amor. No ahorrará para ello trabajos ni sacrificios. Su voz se
levanta potente y su pluma escribe sin descanso; el que no había sobresalido en
sus estudios literarios nos ha legado un tesoro inagotable en sus escritos, de
estilo sencillo y cordial. Y no se contenta con las ovejas que ya están en el
verdadero redil; su corazón se lanza a la conquista de Inglaterra, ganándola
para el catolicismo. Para todos es el padre amante, cuyas preocupaciones son
las de sus hijos. Su honor es el de la Iglesia universal y su grandeza el ser y
llamarse "Siervo de los siervos de Dios", título que pasarán a
utilizar desde entonces todos los Papas.
VIRTUDES DEL
PASTOR
"Importa
que el pastor sea puro en sus pensamientos, intachable en sus obras, discreto
en el silencio, provechoso en las palabras, compasivo con todos, más que todos
levantado en la contemplación, compañero de los buenos por la humildad y firme
en velar por la justicia contra los vicios de los delincuentes. Que la
ocupación de las cosas exteriores no le disminuya el cuidado de las interiores
y el cuidado de las interiores no le impida el proveer a las exteriores",
escribe San Gregorio Magno en su "Regla Pastoral", y éste fue el
programa de su actuación. Genio práctico en la acción, fue ante todo el buen
pastor cuya solicitud se extiende a toda su grey. No es tan sólo Roma la que
merece sus cuidados, sino todas las Iglesias España, Galia, Inglaterra,
Armenia, el Oriente, toda Italia, especialmente las diez provincias
dependientes de la metrópoli romana. Fue incansable restaurador de la
disciplina católica. En su tiempo se convirtió Inglaterra y los visigodos
abjuraron del arrianismo.
EL CULTO Y LA
CARIDAD
Renovó el
culto y la liturgia y reorganizó la caridad en la Iglesia. Sus obras
teológicas y la autoridad de las mismas fueron indiscutidas hasta la llegada
del protestantismo. Dio al pontificado un gran prestigio. Su voz era buscada y
escuchada en toda la
cristiandad. Su obra fue curar, socorrer, ayudar, enseñar,
cicatrizar las llagas sangrantes de una sociedad en ruinas. No tuvo que luchar
con desviaciones dogmáticas, sino con la desesperación de los pueblos vencidos
y la soberbia de los vencedores.
La obra
realizada por San Gregorio Magno fue inmensa; aunque con su gran humildad,
había procurado por todos los medios no aceptar el mando supremo de la Iglesia. Pero una
vez elegido Papa por el clero, el senado y el pueblo fiel, y bien vista su
elección por el emperador, se entregó a aquella tarea para la que toda su vida
anterior había sido una providencial preparación.
JUAN PABLO I
SE PROPUSO IMITARLE
Al tomar
posesión de la Catedral de San Juan de Letrán, pronunció estas palabras Juan
Pablo I: “En Roma, estudiaré en la escuela de San Gregorio Magno, que
dice: «Esté cercano el pastor a cada uno de sus súbditos con la compasión. Y
olvidando su grado, considérese igual a los súbditos buenos, pero no tenga temor
en ejercer, contra los malos, el derecho de su autoridad. Recuerde que mientras
todos los súbditos dan gracias a Dios por cuanto el pastor ha hecho de bueno,
no se atreven a censurar lo que ha hecho mal; cuando reprime los vicios, no
deje de reconocerse, humildemente, igual que los hermanos a quienes ha
corregido y siéntase ante Dios tanto más deudor cuanto más impunes resulten sus
acciones ante los hombres » (Reg. past. parte II, 5 y 6). Murió el 12 de marzo
de 604.
Mariología
XXIII
¿Cuáles son
los fundamentos para considerar a María "Corredentora"? (II/IV)
Dr.
Josef Seifert
1) María
Corredentora es una consecuencia lógica y necesaria de la enseñanza bíblica y
católica sobre la necesidad de cooperar libremente con la gracia.
Es claro que
pocas enseñanzas distinguen más al catolicismo de las varias confesiones
protestantes, como la insistencia que hace la Iglesia Católica
en la Carta de Sn. Santiago y de otros muchos textos bíblicos, según los cuales
no sólo la fe (sola fides) y no sólo la gracia (sola gracia), sino solamente la
fe formada por el amor, una fides caritate formata, y las obras voluntarias,
pueden satisfacer a nuestra justificación. En una palabra, la necesidad de
nuestra libre cooperación con la gracia como una condición necesaria para
nuestra salvación, es un elemento esencial de la fe católica.11 Con San
Agustín, la Iglesia cree: "Qui creavit te sine te, non justificat te sine
te" (Él que te creó sin ti, no te justificará sin ti).
A la luz de
esta enseñanza, se sigue como una consecuencia lógica y necesaria, que María
también tuvo que cooperar libremente con la gracia y, por lo tanto, también con
la gracia muy particular que se le dio de convertirse en la madre de Dios. Su
respuesta al ángel Gabriel fue, según la Biblia y como consecuencia lógica de
los dogmas respecto a la justificación, claramente libre y requerida por Dios
con objeto de convertirla en la madre de Dios. Un dogma sobre la función
corredentora de María tendría, por lo tanto, que fluir necesariamente de los
dogmas precedentes sobre la necesidad de cooperar libremente con la gracia y,
al mismo tiempo, confirmar de manera nueva y solemne la enseñanza católica
clásica sobre la justificación.
A la luz de
la clara enseñanza católica, un dogma sobre la función corredentora de María
sólo confirmaría la eterna enseñanza católica sobre la justificación según la
cual, la libertad personal es un factor indispensable y es necesario que el
hombre coopere libremente con la gracia divina. Sin embargo, la función de
María de cooperar libremente con la gracia y que no se limita a su primer fiat
voluntario, sino que abarca toda su vida, ya que el haber estado libre de todo
pecado personal (que es parte del dogma de la Inmaculada Concepción,
al menos por extensión), también abarcó la cooperación voluntaria que tuvo a lo
largo de su vida, difiere en su carácter sublime y en su efecto, al de todas
las demás criaturas.112 Esta libre cooperación, que posee un significado
corredentor único, culmina con la co-pasión y co-crucifixión de María en el
calvario, donde ella vivió y participó a través de la pasión de su Hijo, tal
como lo había profetizado Simeón,13 ya que no sólo tenía que cooperar con su
propia justificación y con la de otros, sino también con la redención de todo
el mundo. Y esta tan singular cooperación voluntaria con la redención (que es
una consecuencia de su especial caracterización como Madre de Dios y de la
necesidad universal de cooperar voluntariamente con la gracia), distingue la
función corredentora de María del rol más general que se nos exige a nosotros
de cooperar voluntariamente. Además, la función corredentora de María es por
mucho, más significativa que una función similar otorgada a los ancestros de
Cristo y los patriarcas. Por lo tanto, el dogma de María como Corredentora
enfatizaría asimismo un efecto activo único (aunque posible solamente por medio
de la gracia sobrenatural) y un aspecto verdaderamente creativo sobre los actos
libres de María,14 de su fíat voluntario (en unión con y con radical
subordinación como criatura a, el acto redentor de Cristo). El carácter
corredentor único y activo de su fiat voluntario, va mucho más allá de la aceptación
voluntaria de la gracia a la que también están llamados otros cristianos.
2) El dogma
de la corredención, declaración infalible de Dios: Fundamentos bíblicos sólidos
del dogma propuesto de María como Corredentora, el rol singular de los judíos y
el de María (mujer) para nuestra salvación.
Hasta aquí se
hace evidente el porqué este nuevo dogma que se está proponiendo, surge
lógicamente de la enseñanza católica sobre la justificación. Pero,
¿corresponde también con la Biblia?
Existen
algunos textos de la Escritura que pueden ser citados y que apoyan directamente
la función de María como Corredentora.115 De hecho, el Evangelio habla de
manera muy clara del respeto a la libertad del hombre, cuando el ángel de Dios
aguarda la respuesta (de María) después de su anuncio; contesta sus preguntas,
y espera recibir su fiat voluntario antes de irse.16
El Antiguo
Testamento describe esta función corredentora (de María) quizás de una manera
más contundente, al afirmar que Dios pondrá enemistad entre el diablo (la
serpiente) y la mujer, incluso antes de atribuir a su semilla (Cristo) que
"pisaría la cabeza de la serpiente," y posiblemente atribuyendo a la propia María este
acto de pisar la cabeza de Satanás, una aseveración que podría incluso implicar
una manifestación bíblica más directa de su oficio mediador y corredentor.17
Por lo tanto,
existen claras referencias bíblicas con respecto al oficio corredentor de
María, pero yo creo que la prueba bíblica más evidente y directa de la verdad
de este propuesto dogma, viene del Antiguo Testamento, en donde no se habla de
la persona de María, pero nos permite extrapolar lo que se dice de otra persona
y aplicarlo a María, aunque haciéndolo de manera más perfecta. Si se toma la
corredención en un sentido más amplio, obviamente se puede atribuir también a
otras personas además de María; e incluso, en este sentido inferior, el
propuesto dogma (que refiriéndose a María encuentra una mayor justificación)
encuentra en la Biblia, una espléndida y sumamente sólida confirmación. De
hecho, al dirigirse Dios a Abraham, es Él mismo quien declara su oficio
corredentor como causa parcial de la redención, diciéndole directamente, y con
las palabras más fuertes posibles, que porque Abraham no escatimó a su hijo, su
único Hijo, también Dios bendecirá a todas las naciones en él, una promesa que
Dios cumplió cuando envió al su Hijo Unigénito, a quien no salvó de la muerte
como lo había hecho con Isaac, con objeto de que su Hijo Unigénito redimiera al
mundo. Consideremos estas increíbles palabras que Dios le dirigió a Abraham,
después de haber prevenido el sacrificio de Isaac, que inicialmente había
ordenado:
"Por mí
mismo juro, oráculo de YAHVÉH, que por haber hecho esto, por no haberme negado
tu hijo, tu único, yo te colmaré de bendiciones, y...Por tu descendencia se
bendecirán todas las naciones de la tierra; en pago de haber obedecido tú mi
voz (Gn.22:16-18)."18
Al haber
dicho y repetido la maravilla de que el acto redentor de Dios de bendecir a
todas las naciones por medio de la descendencia de Abraham se llevó a cabo por
el acto de Abraham, Dios mismo atribuye un oficio corredentor a Abraham, a cuyo
acto voluntario de sacrificio, Dios responde redimiéndonos.19 Por lo tanto, se
podría decir que en la Biblia, Dios mismo declaró y definió sin ambigüedad el
oficio corredentor de los actos humanos voluntarios como co-causas de la redención. La Iglesia,
al declarar solemnemente a María como Corredentora, sólo confirmaría con ello
la divina declaración de esta verdad y, aplicaría a María de manera singular,
lo que Dios mismo ha pronunciado claramente con Abraham: que en virtud del fiat
voluntario (corredentor) de María, todo el mundo fue redimido. Porque María
dijo "He aquí la esclava del Señor," y no sustrajo de Dios y de su
plan amoroso ni su voluntad, o su vientre, o todo su ser, nisiquiera a su único
hijo, todos hemos sido redimidos. En esta verdadera pero profundamente
misteriosa dependencia del acto redentor de Dios en la humana y libre decisión
de María, emerge con claridad en nuestras mentes, la total e inefable dignidad
y misión de la persona humana.20
El dogma de
María como Corredentora, si se llega a declarar, enfatizaría también la función
universal y la misión que tienen todos los seres humanos quienes, al cooperar
con la gracia de Dios, están completando la obra redentora de Cristo.
Este dogma
también enfatizaría de manera especial el rol corredentor que tienen los
judíos, quienes son hasta cierto punto, co-partícipes con María, del pueblo
escogido por Dios. Existe una razón cristiana específica, por la que los judíos
son la nación de entre las demás naciones: Dios envió a su Hijo a toda la
humanidad, pero lo hizo no por medio de una acción exclusiva de su voluntad
misericordiosa y omnipotente, sino también pidiendo y, presuponiendo, la
cooperación voluntaria de ciertas personas humanas, una cooperación libre a la
que está llamado cada ser humano, pero de manera única a aquellos que sin su
libre cooperación, la encarnación y redención del mundo no se habría llevado a
cabo, e incluso esta libre cooperación puede ser considerada como una mediación
de la salvación, por medio de la libertad humana. Y precisamente esta mediación
- aunque en un sentido más amplio concierne a todas las personas humanas - debe
ser en primer lugar atribuida a los judíos, principalmente a María, la Virgen Madre de Dios
judía, quien fuera la mediación para nuestra salvación por medio de su fiat
voluntario, convirtiéndose así en Corredentora. Sin embargo, esta mediación
única de María como madre de todas las gracias, también se aplica, en un
sentido más amplio, a todos los judíos, desde Noé y Abraham hasta María, quien
participó de alguna manera como mediadora para nuestra redención, y
especialmente para Abraham, cuyo oficio corredentor, Dios mismo asegura de la
manera más directa y enternecedora. Por lo tanto, la salvación de toda la
humanidad - que es la fruta no merecida y gratuita de la voluntad redentora y
la obra de la gracia de Dios - no sólo dependió del fíat voluntario de María,
sino también de que muchos otros patriarcas importantes y ancestros de Cristo
de nacionalidad judía, aceptaron libremente a Dios. En este sentido, todos esos
judíos que participaron en el misterio de la encarnación de Dios, podrían
recibir el título - aunque a un nivel mucho más limitado - que la Iglesia
otorga a María: Ya que ella es corredentora (Co-redemtrix), los judíos quienes,
como Abraham, cooperaron con la voluntad de Dios, también son corredentores.
Por ello, el pronunciamiento de este dogma también enfatizaría, en María, el
rol singular que tienen los judíos y, más propiamente, el de una mujer judía, la Virgen Madre de Dios,
en llevar salvación a la humanidad -no sólo como un objeto del amor divino o un
vaso pasivo de su gracia- sino también como agentes que cooperan libremente.
3)
"María Corredentora" sería el ´dogma personalista´ más explícito de
María y por lo tanto muy oportuno.
Un dogma que
declare a María como Corredentora, ofrecería un testimonio único de la libertad
plena con que cuenta el ser humano, como ya lo hemos visto, y del respeto que
Dios tiene por la libertad humana. Este dogma reconocería de manera
determinante, que la libre decisión de la persona humana de María, quien no se
convertiría en la Madre de Dios sin su fíat voluntario -una decisión que no fue
causada exclusivamente por la gracia divina, sino que también fue el fruto de
su decisión muy personal- fue necesaria para nuestra salvación, o que por lo
menos jugó una parte indispensable en la manera concreta en que Dios escogió nuestra
redención.
En nuestra
era, en la que se ha desarrollado más profundamente una filosofía personalista
como nunca antes en la historia de la humanidad, y en la que al mismo tiempo
reinan terribles ideologías anti-personalistas, un dogma como éste sería bien
recibido, confirmando en máximo grado la dignidad de la libertad humana.
En todo esto,
yo vería que la proclamación de este dogma tendría un valor crucial y un gran
significado para nuestro siglo en el que, tanto ha emergido una nueva
consciencia de la dignidad personal, como en el que la persona ha sido más
humillada en la acción y negada en la teoría (también en muchas teorías
pseudo-personalistas y de orientación ética) como nunca antes se había visto.
Que la
gracia y la bendición del Padre se derrame sobre todos nosotros
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Jesús imponía las manos sobre cada uno de ellos y los
curaba
Colosenses
1,1-8
1 Pablo, apóstol de Jesucristo por voluntad
de Dios, y Timoteo, el hermano, 2 a los creyentes y fieles hermanos en Cristo
residentes en Colosas. Os deseamos la gracia y la paz de Dios nuestro Padre. 3 Damos gracias a Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo,
orando siempre por vosotros, 4
porque estamos informados de vuestra fe en Cristo Jesús y del amor fraterno que
tenéis a todos los creyentes 5 por
la esperanza de lo que os está reservado en los cielos, de la que ya oísteis
hablar por la palabra de la verdad del evangelio 6 que
llegó hasta vosotros, y que, como fructifica y crece en todo el mundo, así
también ha sucedido entre vosotros desde el día en que oísteis y conocisteis la
gracia de Dios en la verdad, 7
conforme la aprendisteis de Epafras, nuestro querido compañero y fiel ministro
de Cristo en lugar nuestro, 8
quien también nos ha manifestado lo que nos amáis en el Espíritu.
Salmo
51,10-11
10 Mas yo, como un olivo verde en la casa de
Dios,
confío
constantemente en la misericordia del Señor.
11 Te estaré eternamente agradecido por todo
lo que has
hecho,
proclamaré las bondades de tu nombre delante de
tus fieles.
Lucas
4,38-44
38 Salió de la sinagoga y fue a casa de Simón.
La suegra de éste se encontraba enferma con fiebre muy alta, y le pidieron que
la curara. 39 Él se inclinó sobre ella, ordenó a la
fiebre, y la fiebre la
dejó. Ella se levantó inmediatamente y se puso a atenderle. 40 A la puesta del sol, todos los que tenían
enfermos de cualquier dolencia se los llevaron; Jesús imponía las manos sobre
cada uno de ellos y los curaba. 41
De muchos salían también los demonios, gritando: «Tú eres el hijo de Dios».
Pero los reprendía y no les dejaba hablar, porque sabían que él era el mesías. 42 Al amanecer se fue a un lugar solitario, y la gente andaba
buscándolo. Lo encontraron y trataron de que no se alejara de ellos. 43 Pero él les dijo: «Debo anunciar también el reino de Dios a
las demás ciudades, porque para esto he sido enviado». 44 E iba predicando por las sinagogas de Judea.
Nunca tiene un
rato de descanso Jesús. No había llegado todavía a casa de su amigo Pedro
cuando ya le piden un milagro. Y por la tarde vinieron a suplicarle que sanara
a otros enfermos. Y al salir el sol le seguían buscando incluso en el desierto.
¡Qué grande es
el Corazón de Cristo! Qué paciente, las veinticuatro horas del día, sin pedir
nada a cambio. La Palabra ablanda cualquier corazón, aunque sea más duro que
las piedras.. Le apasionaba su misión. Sabía que tenía que aprovechar los tres
años de vida pública y no se permitió ni un momento de reposo.
Esto nos
enseña a tomarnos en serio nuestra vida. El tiempo que Dios nos ha concedido no
puede tirarse a la basura con entretenimientos estériles. Hay mucho que hacer,
y algún día nos pedirán cuentas de lo que hayamos hecho. Seguro que tienes
varias tareas pendientes que están esperando su momento. ¿Y cuando llegará?
Quién sabe.
Es cuestión de
organizarse bien, de tener el día programado para rendir al máximo, aun
sacrificando el tiempo dedicado a la televisión. Debemos
ser exigentes con el uso de las horas. No pueden desperdiciarse, porque nunca
más volverán. Primero es necesario establecer una jerarquía. ¿Qué es lo más
importante para mí? No hay que descuidar el trabajo, ni la familia, ni los
momentos para Dios, ni las actividades que enriquezcan a los que viven en la
misma ciudad o país. Sepamos sacarle el jugo a la vida que Dios nos ha
regalado.
San Antolin de
Pamiers
El patrono de
los cazadores españoles y de la ciudad de Palencia fue un joven que anduvo
entre dos frentes: el de la lucha y la soledad.
Había nacido
en la parte sur de Francia, en Narbona cuando mediaba el siglo III de nuestra
era. Como era un espíritu aventurero, se marchó pronto a Italia. En la ciudad
de Palermo lo ordenaron de sacerdote, debido a su predicación y a sus dotes,
entre las cuales se destacaba la santidad de vida personal y su irradiación a
los demás.
En Palermo
estuvo nada menos que 18 años trabajando por el reino de Dios mediante el
anuncio del Evangelio.
Por razones
personales volvió a Francia. Y en ese tiempo reinaba en esta región,
perteneciente a Toulouse, su tío Teodorico. Una vez que se enteró de que su
sobrino era cristiano, lo mandó prender y durante siete días no le dio alimento
ni agua. Sin embargo, un amigo suyo – para algo sirven los auténticos
amigos -, le ayudó a escondidas. Así pudo soportar el hambre a la que le
sometió el pagano gobernante.
Le sobrevino
la muerte a su tío. Entonces quedó libre. Buscó la soledad de un bosque cercano
para vivir en paz, oración y tranquilidad, y alejado del mundanal ruido.
Galacio,
nombre del que sucedió a su tío en el reino, era también de armas tomar.
Siguiendo la conducta de su antecesor, lo metió de nuevo en la cárcel. Esta vez no
estaba ya solo. Un buen grupo de amigos, convertidos al cristianismo, lo
acompañaron para sufrir el martirio por la fe en el Señor. Sus cuerpos se
arrojaron al río Aregia.
Se cuenta que
el rey Sancho de Navarra, muy aficionado a la caza, fue a una cacería de
ciervos. Y andando se encontró con una cueva. Vio un animal e intentó matarlo,
pero su mano quedó paralizada. Esta cueva se mantiene en la cripta de la
catedral de Palencia.
Mariología
XXIII
¿Cuáles son
los fundamentos para considerar a María "Corredentora"? (I/IV)
.
Josef Seifert
El Prof. Dr.
Josef Seifert es Rector de la Academia Internacional de Filosofía en
Liechtenstein y filósofo reconocido internacionalmente. También es miembro de la Academia Pontificia
para la
Mis dudas
iniciales relacionadas con la conveniencia de un dogma de María como
Corredentora y Mediadora1
Cuando el
Profesor Mark Miravalle compartió conmigo la información relacionada con los
esfuerzos y oraciones que muchos católicos estaban haciendo para obtener un
nuevo dogma que declarase a María -en cooperación con, y radicalmente
subordinada como criatura a su divino Hijo- como Corredentora y Mediadora de
todas las gracias, al principio tuve dudas de brindar mi apoyo en favor
de la declaración de este doble (o triple) dogma mariano; ya que llamar a María
Mediadora de todas las gracias, parecería una exageración y casi
contradictorio: ¿cómo podría ser Mediadora de las gracias que recibieron Adán y
Eva, o Abraham, o sus antepasados, o de aquellas gracias que ella misma
recibió, tales como la
Concepción Inmaculada? Por otro lado, el darle a María el
título de Corredentora me parecía en primera instancia, que se trataba de una
creencia católica meramente marginal y que es susceptible de muchos
malentendidos, en virtud de que hay un sólo Salvador y Redentor, Jesucristo.
Pensé que una declaración dogmática de esta verdad, aunque creía firmemente en
ella, sería innecesaria y hasta indeseable por varias razones: Obligaría a todos
los creyentes a aceptar una verdad que
(1) No
parecería estar separada del depósito de la fe,
(2) No
estaría exenta de ocasionar enormes malentendidos que eliminarían la diferencia
que hay entre Dios y el hombre, y convertirían a María en una especie de cuarta
persona divina.
(3) Además,
esta doctrina no me parecía suficientemente importante como para justificar una
formulación dogmática, ya que un dogma no sólo afirma la verdad objetiva e
inmutable de una verdad revelada de manera sobrenatural o de una doctrina
propuesta por la fe (como en el caso de la habilidad del hombre para conocer la
existencia de Dios y algunos de sus atributos por medio de la razón, un
contenido filosófico definido por el Vaticano I), sino que va más allá; un
dogma obliga a que todos los creyentes lo acepten, e involucra, y en algunos
casos hasta crea, la obligación moral de que todos los fieles consientan con
esa verdad de la fe católica que se declaró como dogma, como una condición para
alcanzar la salvación eterna. Por lo tanto, un dogma es un asunto muy serio que
no debe tomarse a la ligera.
Algunos
dogmas, tales como el de la Divinidad de Cristo, están formulados con tan
claros contenidos basados en la Escritura y la fe cristiana, que su fiel
aceptación era algo obligado para los cristianos mucho antes de que se
declararan como dogmas.
Otros dogmas,
sin embargo, bien pudieron haber sido rechazados por buenos y santos cristianos
antes de su declaración dogmática, pero a partir de su declaración, es
obligatorio para todos los católicos aceptarlos como parte de la revelación
infalible del depositum fidei. En esta segunda categoría de dogmas podemos
considerar el dogma mariano de la Inmaculada Concepción
el cual, en el momento de llevarse a cabo y antes de su declaración y contando
con la participación de muchos teólogos importantes, santos y beatos, como por
ejemplo Duns Scoto, era al mismo tiempo rechazado por otros, como Santo Tomás
de Aquino, quien exponía enérgicos argumentos en contra de esta enseñanza. De
cualquier modo, a partir de la declaración dogmática de la Inmaculada Concepción,
ya ningún católico es libre de tener dudas o rechazar este dogma sin ir contra
la fe católica y traicionarla. Al obligar, a través de un dogma, a todos los
fieles a que consientan con la doctrina de María como Corredentora y Mediadora,
daría la impresión de que la Iglesia está otorgando una exagerada importancia a
esta verdad que es meramente significativa, provocando que su aceptación sea
cuestión necesaria para la salvación. Ciertamente parecería cosa difícil
exigir que todos los fieles consientan con este aspecto tan particular e
incomprensible del oficio y las actividades de María, especialmente en una
época en que aún los contenidos más elementales del Credo son desconocidos y
hasta negados por muchos.
(4) Además,
una declaración dogmática de tal envergadura, en la que yo no creí por largo
tiempo, no me parecía especialmente oportuna (por el hecho de que la Iglesia en
la actualidad se encuentra agitada hasta sus cimientos por temas de mayor
importancia, y las máximas doctrinas católicas están en peligro, como es el
caso de la verdadera divinidad de Cristo, la posibilidad de conocer la
existencia de Dios y algunos de sus atributos divinos, la existencia del alma,
la vida inmortal y eterna, la virginidad corporal de María, la existencia
intrínseca de actos malvados,5 etc.).
(5) Más aún,
un dogma mariano como éste, en virtud de que aparentemente no posee ninguna
raíz bíblica, parecería estar basado únicamente en la sagrada tradición oral y,
por ello, pondría nuevos obstáculos en el camino para que los Judíos o los
Protestantes, que se orientan exclusivamente por la Escritura, aceptaran a la Iglesia Católica,
y posiblemente esto también dividiría de nuevo a la propia Iglesia Católica,
sobre un tema innecesario (porque un "dogma" sobre la corredención
mariana sin duda aparecería, para muchos católicos bien intencionados y
ortodoxos, como una enseñanza exagerada y problemática). De hecho, la mayoría
de los católicos y teólogos de la actualidad, sienten algo de vergüenza de que la Iglesia Católica
afirme tener la autoridad del Espíritu Santo para formular proposiciones de
verdad infalible o de poseer, antes de cualquier declaración dogmática, la
infalibilidad general del sensus fidelium en relación con todas las enseñanzas
esenciales dogmáticas y morales de la Iglesia.
Primera
resolución a mis dudas iniciales relacionadas con la conveniencia de un dogma
de María como Corredentora-Mediadora
Si bien estos
reparos dejaron serias dudas en mi mente por largo tiempo, de si sería
justificable la declaración de un dogma como éste, y aún cuando no hay indicio
de que estas dudas se hayan disipado hasta ahora, habiendo reflexionado más
seriamente y en oración, llegué a la conclusión de que ninguno de estos
argumentos son decisivos en contra del dogma que Vox Populi Mariae Mediatrici
busca obtener. Cada vez más me parecía verdad lo contrario de los argumentos
objetados. A continuación deseo mencionar sólo de manera breve, las principales
etapas por las que pasé para llegar a esta conclusión, que aclararé con mayor
profundidad a lo largo de esta disertación, según es mi objetivo:
(Ad 1) Me
parecía cada vez más evidente que esta doctrina de María como Corredentora no
era meramente marginal, sino que estaba esencialmente unida con otros dogmas
católicos, especialmente con el de la justificación a través de la gracia, pero
no sin las obras realizadas voluntariamente, a tal grado, que el dogma de María
Corredentora podría ser considerado como una mera conclusión lógica de los
dogmas que ya existen. De hecho, la creencia en sí de que María es
Corredentora, ya no me parecía marginal, no más que los dogmas marianos
anteriores. Por supuesto que esto resulta bastante obvio para los dos primeros
dogmas marianos. No tengo ninguna duda de que la declaración dogmática del
concilio de Efeso, que pronunció a María como verdadera Madre de Dios, y la
declaración dogmática de su virginidad perpetua, especialmente antes del
nacimiento de Jesús, están centralmente conectadas con la divinidad de Jesús y
con la verdad de su encarnación, y por ende, con la parte medular de nuestra
fe, y en mi opinión, de una mayor manera que la doctrina de María como
Corredentora. Por lo tanto, el dogma de María como Madre de Dios ya estaba
definido en los primeros siglos de la Iglesia y fue crucial en los tiempos del
arrianismo y a lo largo de la historia de la Iglesia. También
la enseñanza de la virginidad de María al momento de concebir a Cristo, fue
definida mucho antes que los otros dos dogmas marianos, y es una sólida
confirmación del verdadero misterio que hay en la encarnación de Dios en Jesús
y que constituye el núcleo de nuestra fe. Los otros dos dogmas marianos que
vinieron después, no se pueden poner al mismo nivel con respecto a su unión
esencial con la fe cristiana. Incluso dentro de la declaración dogmática de la
perpetua virginidad de María (antes, durante y después del nacimiento de
Cristo), encontramos un gradual significado de estas tres verdades, y en tanto
que algunas partes de este dogma tienen un significado mucho más importante
para la fe católica, otros podrían percibirse como menos significativos. La
verdad de la virginidad de María antes del nacimiento de Jesús, podría parecer
más esencial para nuestra fe que la declaración de su sagrada virginidad
después del nacimiento de Jesús, aún cuando es algo hermoso y conveniente. Es
claro que su virginidad antes y después del nacimiento, en el sentido de no
haber tenido relaciones sexuales con José u otro hombre, es más importante para
nuestra fe, que la declaración de -el milagro de- su virginidad puramente
biológica durante el nacimiento, lo cual, de incluirse en un dogma, hasta nos
parecería extraño, a tal grado que algunos han dudado de su carácter dogmático
con serios argumentos.
La enseñanza
de María como Corredentora es, sin embargo, posiblemente más central a la fe
católica que el dogma previamente definido de la Inmaculada Concepción
de María (enseñanza que hasta el universal y seráfico doctor Santo Tomás había
rechazado antes de su definición). Antes de que se declarara este dogma de que
María fue preservada inmune de toda mancha de culpa original antes de la muerte
de Cristo y de estar libre de todo pecado personal, que no parece estar inseparablemente
ligado con ningún dogma cristológico, no obligaba de la misma manera a todos
los católicos a creerlo, ya que, en la percepción de algunos, no está unido de
manera clara con el centro de la fe católica, y hasta le parecía a Santo Tomás
que contradecía con la fe de que toda redención y toda limpieza de pecado
original y de los pecados personales, nos viene solamente a través de la
crucifixión y resurrección de Cristo Jesús. Aún así, esta enseñanza fue
declarada como dogma, a pesar de ser menos importante para nuestra fe. El dogma
de la asunción corporal de María a los cielos, se presenta aún menos unido en
su esencia, con el centro de la fe católica, que el de la Inmaculada Concepción
de María o su función como Corredentora y, sin embargo, esta gloriosa verdad
sobre María, también fue declarada dogma por la Iglesia Católica,
por medio del papa Pío XII. Este dogma que tiene que ver con la fiesta más
importante de María, de ninguna manera tiene una relación más directa con
nuestra fe, que el oficio de María como Corredentora. Muy por el contrario, la
doctrina de María como Corredentora está más esencialmente vinculada con la
enseñanza católica de la justificación y, por lo tanto, más profundamente
ligada al centro de nuestra fe que, incluso, la enseñanza acerca de la asunción
corporal de María a los cielos. Por lo tanto, uno no puede argumentar en contra
del nuevo dogma, desde el punto de vista de que no es esencial para la parte
central de nuestra fe. De hecho, desde este punto de vista, el nuevo dogma
propuesto merece más apoyo aún que algunos de los otros dogmas marianos
definidos anteriormente, a los que el creyente católico se abraza con fuerza
como regalos que le permiten participar de la verdad infalible de los
privilegios especiales de María, en cuya luz la gloria de Cristo, la causa de
todos los privilegios marianos de la gracia, también resplandece con mayor
intensidad.
(Ad 2) En
vista de la conexión esencial y lógica que existe entre los dogmas que se
refieren a la justificación y la libre cooperación con la gracia y el dogma
propuesto de María Corredentora, el declarar la verdad de éste último, no
impondría nuevas cargas a los fieles por "tener que creer" (¡qué
manera tan triste de ver la gloriosa fuerza liberadora que tiene la infalible
revelación de la verdad!) pero es en este momento (antes de la declaración
solemne que tanto se desea) cuando cada católico deberá aceptarla, ya que es
una consecuencia lógica y directa de la necesidad de cooperar libremente con la
gracia y de que María es la Madre de Dios, como veremos más adelante.
(Ad 3) La
sola posibilidad de que existan malos entendidos, no puede ser suficiente para
prevenir que la Iglesia haga una declaración de una verdad religiosa tan
importante como lo es un dogma. La posibilidad de estos malentendidos sólo
requiere que el dogma sea definido de manera clara y sin ambigüedades para
excluir cualquier malentendido.
(Ad 4)
También llegué a la conclusión de que el pronunciamiento de este dogma era
eminentemente propicio, a pesar del hecho de que el oficio de María como
Corredentora no es un tema candente y teológicamente debatido en la actualidad,
como lo había sido la maternidad de Dios antes de su declaración. La propuesta
de este dogma mariano sumamente personalista, provocaría asuntos cruciales
positivos en lo mejor de la filosofía y teología personalista de nuestro siglo.
Simultáneamente, ayudaría a superar la mayor crisis teórica y práctica en el
entendimiento de la dignidad de las personas que, asimismo, encontramos en
nuestro siglo: en el evolucionismo y otras teorías, y en el nazismo o
comunismo, tanto en la teoría como en la práctica, así como en las atroces y
casi universales prácticas del aborto y la eutanasia, sólo por mencionar
algunas de las formas más espantosas del antipersonalismo. ¿Seguiríamos matando
a un bebé o a un anciano si creyéramos que poseen la infinita dignidad de
personas, bajo la perspectiva del hecho de que los más grandes bienes-incluso
nuestra salvación- dependieron de la decisión voluntaria de María? Desde el
punto de visto religioso, pero especialmente filosófico, encontré que este
dogma mariano propuesto, es el mayor antídoto contra el fantasma
antipersonalista que nos acecha: porque es el dogma mariano más personalista,
que subraya la dimensión salvífica que tiene la decisión de una persona creada.
Ningún ser viviente, inferior a la persona, estaría capacitado para jugar un
rol corredentor. Precisamente por su dimensión personalista, juzgué que este
dogma potencial es particularmente oportuno, en un momento en que existen tanto
las filosofías personalistas de nuestro siglo8 , que encontrarían una cierta
"coronación sobrenatural" a través de este dogma, como el
enfrentamiento de una absoluta opresión de personas en nuestro tiempo, que
demanda que la Iglesia declare más plenamente cada vez, la inmensa dignidad de la persona. El momento
propicio para declarar este dogma aparece más claro aún, cuando se piensa en el
feminismo y en la postura del Vaticano que se opone en admitir al orden
sacerdotal a la mujer, un punto al que regresaré más adelante.
(Ad 5)
Además, la falta de fundamentos bíblicos es menos cierta para este dogma
propuesto. Encontré un impresionante y muy directo fundamento bíblico acerca de
esta enseñanza, que explicaré posteriormente. Además de la sagrada tradición de
la Iglesia, llegué a la conclusión de que la propia Biblia
garantiza la verdad infalible de esta doctrina. En cuanto al fundamento bíblico
de esta enseñanza, que podemos encontrar ya desde el Antiguo Testamento, y a su
gran significado ecuménico en relación con los judíos, daré la explicación más
adelante. Y de manera muy paradójica, descubrí un extraordinario significado
ecuménico en esta enseñanza -no sólo en el diálogo con los modernos defensores
del sacerdocio de la mujer y los feministas, sino también, y sobre un
fundamento mucho más firme- con judíos ortodoxos y protestantes. Por lo tanto,
llegué a convencerme de que la declaración de este dogma, lejos de crear
obstáculos para un auténtico ecumenismo, poseería un profundo y oportuno
significado ecuménico.
En cuanto al
extraordinario y oportuno significado de esta personalísima enseñanza sobre
María como Corredentora y a la culminación que vaya a tener el desarrollo de la
fe católica en relación con el sacerdocio universal de todos los cristianos
bautizados por medio de este nuevo dogma, me referiré más adelante.
Por estas
razones, que explicaré más en detalle, es por lo que decidí apoyar plenamente
este dogma. Sin embargo, no me es posible formular un juicio categórico sobre
la diversidad y complejidad de los aspectos pastorales que implicaría una nueva
declaración dogmática de esta índole, y estoy seguro de que provocaría mucha
oposición. Aún cuando estoy convencido de que un dogma como éste podría
fácilmente constituir una piedra de tropiezo para algunos conversos potenciales
y, que podrían surgir nuevos malentendidos y críticas hacia la Iglesia Católica
por parte de algunos protestantes, he podido compartir, sin embargo, con muchos
otros miembros del movimiento Vox Populi Mariae Mediatrici, la profunda
estimación que tienen por la belleza y su deseo objetivo de que se
"completen" los cuatro dogmas marianos de la Iglesia ya existentes,
por medio de este quinto dogma mariano que, además de sus aspectos ecuménicos
positivos, tendría un significado muy singular y personalista, que trataré de
explicar a continuación.
Además de
abundar en los puntos mencionados y de indicar cuáles son algunas de las
razones específicas religiosas y de la Escritura que sustentan este dogma (que
serían mucho mejor explicados por un número de teólogos de lo que yo puedo o me
siento capaz de hacerlo), me gustaría añadir a la discusión de este dogma,
tanto en mi calidad de filósofo como de católico, cuáles son las razones que me
parece hablan a favor de un nuevo dogma mariano como éste, y que quizás no
todas hayan sido señaladas por otros.
Que la
gracia y la bendición del Padre se derrame sobre todos nosotros
La Palabra es fuente de Vida:
¡Ayúdanos a difundirla!
"Id por todo el mundo y proclamad la buena
noticia a toda criatura"
Marcos 16,15
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Fue a Cafarnaún, ciudad de Galilea, donde les enseñaba
los sábados
1 Tesalonicenses 5,1-6.9-11
1 Hermanos, en cuanto al tiempo preciso, no tenéis necesidad
de que se os escriba. 2 Vosotros sabéis perfectamente que el día
del Señor vendrá como el ladrón en la noche. 3
Andarán diciendo: «Todo es paz y seguridad»; y entonces, de improviso, les
sorprenderá la perdición, como los dolores del parto a la mujer encinta, y no
podrán escapar. 4 Hermanos, vosotros no vivís en la
oscuridad para que ese día pueda sorprenderos, como el ladrón. 5 Todos vosotros sois hijos de la luz e hijos del día; no
sois hijos de la noche ni de las tinieblas. 6 Por
tanto, no nos echemos a dormir como los otros, sino estemos alerta y seamos
sobrios.
9 Dios no nos ha destinado al castigo, sino a la adquisición
de la salvación por nuestro Señor Jesucristo, 10
que murió por nosotros para que, vivos o muertos, vivamos siempre con él. 11 Por eso, animaos mutuamente y ayudaos los unos a los otros,
como ya lo venís haciendo.
Salmo 26,1.4
1 De David
El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién
podré temer?
El Señor es la fortaleza de mi vida, ¿ante
quién puedo
temblar?
4 Una cosa pido al Señor, sólo eso busco:
habitar en la casa del Señor
todos los días de mi vida
para gustar la dulzura del Señor
y contemplar la belleza de su templo.
Lucas 4,31-37
31 Fue a Cafarnaún, ciudad de Galilea, donde les enseñaba los
sábados. 32 Y ellos se asombraban de su doctrina
porque hablaba con autoridad. 33 En
la sinagoga había un hombre poseído de un espíritu inmundo, que se puso a
gritar: 34 «¿Qué tenemos que ver contigo, Jesús
nazareno? ¿Has venido a perdernos? Sé quién eres: El Santo de Dios». 35 Jesús le increpó: «Cállate, y sal de él». El demonio lo
tiró por tierra, pero salió de él sin hacerle daño. 36 Todos quedaron estupefactos y se preguntaban unos a otros:
«¿Qué es esto? ¡Manda con autoridad y energía a los espíritus inmundos, y le
obedecen!». 37 Y su fama se extendió por toda la comarca.
Jesús se nos presenta también como
catequista. Dice el evangelio que bajó a Cafarnaún donde enseñaba los sábados
en la sinagoga. ¿Y cómo daba Jesús sus catequesis? Ante todo, con autoridad, es
decir, con credibilidad, porque no llenaba sus predicaciones con palabrería,
sino con verdad, con el Espíritu de Dios que es capaz de transformar los
corazones.
Por tanto, dar catequesis es una actividad
propia del cristiano. Consiste en iluminar las virtudes cristianas con
ejemplos, acercar a otros a los sacramentos...
Al enseñar a otros uno fortalece su propia
fe y aumenta en él la pasión por Cristo y el Evangelio. Porque el que predica,
se predica a sí mismo. El que habla del perdón queda más comprometido a
perdonar, y el que exige debe hacerlo con el propio testimonio.
El catequista se hace así mismo más
cristiano, porque si sabe meterse en el papel de Cristo quedará transformado
por Él.
San Gil o Egidio
Martirologio Romano: En la región de Nimes,
de la Galia
Narbonense (hoy Francia), san Egidio o Gil, cuyo nombre
adopta la población que después se formó en la región de la Camargue y donde se
dice que el santo había erigido un monasterio y acabado el curso de su vida
mortal (s. VI/VII).
También se llamaba Egidio. Parece ser que
tenía origen griego, peregrinó a Roma, luego se hizo religioso y finalmente se
estableció como ermitaño cerca de Nimes. Fundó un monasterio. Conocido y
extendido su culto por toda Europa durante la Edad Media.
Lo que las devociones populares cuentan de
su vida resaltan su bondad cristiana, su misericordia, la delicadeza que
demostraba con los pecadores y la llamada a la conversión. Los
abundantes peregrinos de Santiago le pedían ayuda contra el miedo y las madres
recurrían a él cuando sus hijos eran presa de terrores nocturnos o sufrían
pesadillas.
Mariología
XXII
La Asunción de la Santísima Virgen
a los Cielos.
¿Qué significa que la Virgen es Asunta?
¿Es eso posible?
De la constitución apostólica
Munificentíssimus Deus del Papa Pío XII Con esta constitución apostólica, el
Papa Pío XII proclamó el dogma de la Asunción el 1ro de Noviembre de 1950.
Tu cuerpo es santo y sobremanera glorioso.
Los santos Padres y grandes doctores, en
las homilías y disertaciones dirigidas al pueblo en la fiesta de la Asunción de
la Madre de Dios, hablan de este hecho como de algo ya conocido y aceptado por
los fieles y -lo explican con toda precisión, procurando, sobre todo, hacerles
comprender que lo que se conmemora en esta festividad es, no sólo el hecho de
que el cuerpo sin vida de la Virgen María no estuvo sujeto a la
corrupción, sino también su triunfo sobre la muerte y su glorificación, a
imitación de su Hijo único, Jesucristo.
Y, así, san Juan Damasceno, el más ilustre
transmisor de esta tradición, comparando la asunción de la santa Madre de
Dios con sus demás dotes y privilegios, afirma, con elocuencia vehemente:
"Convenía que aquella que en el parto
había conservado intacta su virginidad conservara su cuerpo también después de
la muerte libre de la corruptibilidad. Convenía que aquella que
había llevado al Creador como un niño en su seno tuviera después su mansión en
el cielo. Convenía que la esposa que el Padre había desposado habitara en el
tálamo celestial. Convenía que aquella que había visto a su hijo en la cruz y
cuya alma había sido atravesada por la espada del dolor, del que se había visto
libre en el momento del parto, lo contemplara sentado a la derecha del Padre.
Convenía que la Madre de Dios poseyera lo mismo que su Hijo y que fuera
venerada por toda criatura como Madre y esclava de Dios."
Según el punto de vista de san Germán de
Constantinopla, el cuerpo de la Virgen María, la Madre de Dios, se mantuvo
incorrupto y fue llevado al cielo, porque así lo pedía no sólo el hecho de su
maternidad divina, sino también la peculiar santidad de su cuerpo virginal:
"Tú, según está escrito, te muestras
con belleza; y tu cuerpo virginal es todo él santo, todo él casto, todo él
morada de Dios, todo lo cual hace que esté exento de disolverse y convertirse
en polvo, y que, sin perder su condición humana, sea transformado en cuerpo
celestial e incorruptible, lleno de vida y sobremanera glorioso, incólume y
participe de la vida perfecta."
Otro antiquísimo escritor afirma:
"La gloriosísima Madre
de Cristo, nuestro Dios y salvador, dador de la vida y de la inmortalidad, por
él es vivificada, con un cuerpo semejante al suyo en la incorruptibilidad, ya
que él la hizo salir del sepulcro y la elevó hacia si mismo, del modo que él
solo conoce."
Todos estos argumentos y consideraciones
de los santos Padres se apoyan, como en su último fundamento, en la sagrada Escritura;
ella, en efecto, nos hace ver a la santa Madre de Dios unida estrechamente a
su Hijo divino y solidaria siempre de su destino.
Y, sobre todo, hay que tener en cuenta
que, ya desde el siglo segundo, los santos Padres presentan a la Virgen María
como la nueva Eva
asociada al nuevo Adán, íntimamente unida a él, aunque de modo subordinado, en
la lucha contra el enemigo infernal, lucha que, como se anuncia en el
protoevangelio, había de desembocar en una victoria absoluta sobre el pecado y
la muerte, dos realidades inseparables en los escritos del Apóstol de los
gentiles. Por lo cual, así como la gloriosa resurrección de Cristo fue la parte
esencial y el ú1timo trofeo de esta victoria, así también la participación que
tuvo la
santísima Virgen en esta lucha de su Hijo había de
concluir con la glorificación de su cuerpo virginal, ya que, como dice el mismo
Apóstol: Cuando esto mortal se vista de inmortalidad, entonces se cumplirá la
palabra escrita: "La muerte ha sido absorbida en la victoria."
Por todo ello, la augusta Madre
de Dios, unida a Jesucristo de modo arcano, desde toda la eternidad, por un
mismo y único decreto de predestinación, inmaculada en su concepción,
asociada generosamente a la obra del divino Redentor, que obtuvo un pleno
triunfo sobre el pecado y sus consecuencias, alcanzó finalmente, como suprema
coronación de todos sus privilegios, el ser preservada inmune de la corrupción
del sepulcro y, a imitación de su Hijo, vencida la muerte, ser llevada en
cuerpo y alma a la gloria celestial, para resplandecer allí como reina a la
derecha de su Hijo, el rey inmortal de los siglos.
La Asunción de María.
Audiencia General del Santo Padre Juan
Pablo II: del 9 de julio de 1997.
La tradición de la Iglesia muestra que
este misterio "forma parte del plan divino, y está enraizado en la
singular participación de María en la misión de su Hijo".
"La misma tradición eclesial ve en la
maternidad divina la razón fundamental de la Asunción. (...) Se puede afirmar,
por tanto, que la maternidad divina, que hizo del cuerpo de María la residencia
inmaculada del Señor, funda su destino glorioso".
Juan Pablo II destacó que "según
algunos Padres de la Iglesia, otro argumento que fundamenta el privilegio de la
Asunción se deduce de la participación de María en la obra de la Redención".
"El Concilio Vaticano II, recordando
el misterio de la Asunción en la Constitución Dogmática
sobre la Iglesia (Lumen Gentium), hace hincapié en el privilegio de la Inmaculada Concepción:
precisamente porque ha sido ´preservada libre de toda mancha de pecado
original´, María no podía permanecer, como los otros hombres, en el estado de
muerte hasta el fin del mundo. La ausencia de pecado original y la santidad,
perfecta desde el primer momento de su existencia, exigían para la Madre de
Dios la plena glorificación de su alma y de su cuerpo".
El Papa señaló que "en la Asunción de
la Virgen podemos ver también la voluntad divina de promover a la mujer. De manera
análoga con lo que había sucedido en el origen del género humano y de la
historia de la salvación, en el proyecto de Dios el ideal escatológico debía
revelarse no en un individuo, sino en una pareja. Por eso, en la gloria
celeste, junto a Cristo resucitado hay una mujer resucitada, María: el nuevo
Adán y la nueva Eva".
Para concluir, el Papa aseguró que
"ante las profanaciones y el envilecimiento al que la sociedad moderna
somete a menudo al cuerpo, especialmente al femenino, el misterio de la
Asunción proclama el destino sobrenatural y la dignidad de todo cuerpo
humano".
Adaptado de: Vatican Information Services
VIS 970709 (350)
Dogma.
Los dogmas marianos, hasta ahora, son
cuatro: María, Madre de Dios; La Virginidad Perpetua
de María, La
Inmaculada Concepción y la Asunción de María.
El Papa Pío XII bajo la inspiración del
Espíritu Santo, y después de consultar con todos los obispos de la Iglesia Católica,
y de escuchar el sentir de los fieles, el primero de Nov. de 1950, definió
solemnemente con su suprema autoridad apostólica, el dogma de la Asunción de
María. Este fue promulgado en la Constitución "Munificentissimus
Deus":
"Después de elevar a Dios muchas y
reiteradas preces y de invocar la luz del Espíritu de la Verdad, para gloria de
Dios omnipotente, que otorgó a la Virgen María su peculiar benevolencia; para
honor de su Hijo, Rey inmortal de los siglos y vencedor del pecado y de la
muerte; para aumentar la gloria de la misma augusta Madre y para gozo y alegría
de toda la Iglesia, con la autoridad de nuestro Señor Jesucristo, de los
bienaventurados apóstoles Pedro y Pablo y con la nuestra, pronunciamos,
declaramos y definimos ser dogma divinamente revelado que La Inmaculada Madre
de Dios y siempre Virgen María, terminado el curso de su vida terrenal, fue
asunta en cuerpo y alma a la gloria del cielo".
¿Cual es el fundamento para este dogma? El
Papa Pío XII presentó varias razones fundamentales para la definición del
dogma:
La inmunidad de
María de todo pecado: La descomposición del cuerpo es consecuencia
del pecado, y como María, careció de todo pecado, entonces Ella estaba
libre de la ley universal de la corrupción, pudiendo entonces, entrar
prontamente, en cuerpo y alma, en la gloria del cielo.
Su Maternidad
Divina: Como el cuerpo de Cristo se había formado del cuerpo de María, era
conveniente que el cuerpo de María participara de la suerte del cuerpo de
Cristo. Ella concibió a Jesús, le dio a luz, le nutrió, le cuido, le
estrecho contra su pecho. No podemos imaginar que Jesús permitiría que el
cuerpo, que le dio vida, llegase a la corrupción.
Su Virginidad
Perpetua: como su cuerpo fue preservado en integridad virginal, (toda para
Jesús y siendo un tabernáculo viviente) era conveniente que después de la
muerte no sufriera la corrupción.
Su participación en
la obra redentora de Cristo: María, la Madre del Redentor, por su íntima
participación en la obra redentora de su Hijo, después de consumado el
curso de su vida sobre la tierra, recibió el fruto pleno de la redención,
que es la glorificación del cuerpo y del alma.
La Asunción es la victoria de Dios
confirmada en María y asegurada para nosotros. La Asunción es una señal y
promesa de la gloria que nos espera cuando en el fin del mundo nuestros cuerpos
resuciten y sean reunidos con nuestras almas.
Que la
gracia y la bendición del Padre se derrame sobre todos nosotros
La Palabra es fuente de Vida:
¡Ayúdanos a difundirla!
"Id por todo el mundo y proclamad la buena
noticia a toda criatura"
Marcos 16,15
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Fue a Cafarnaún, ciudad de Galilea, donde les enseñaba
los sábados
1 Tesalonicenses
5,1-6.9-11
1 Hermanos, en cuanto al tiempo preciso, no
tenéis necesidad de que se os escriba. 2
Vosotros sabéis perfectamente que el día del Señor vendrá como el ladrón en la
noche. 3 Andarán diciendo: «Todo es paz y seguridad»;
y entonces, de improviso, les sorprenderá la perdición, como los dolores del
parto a la mujer encinta, y no podrán escapar. 4
Hermanos, vosotros no vivís en la oscuridad para que ese día pueda
sorprenderos, como el ladrón. 5
Todos vosotros sois hijos de la luz e hijos del día; no sois hijos de la noche
ni de las tinieblas. 6 Por tanto, no nos echemos a dormir como
los otros, sino estemos alerta y seamos sobrios.
9 Dios no nos ha destinado al castigo, sino
a la adquisición de la salvación por nuestro Señor Jesucristo, 10 que murió por nosotros para que, vivos o muertos, vivamos
siempre con él. 11 Por eso, animaos mutuamente y ayudaos los
unos a los otros, como ya lo venís haciendo.
Salmo 26,1.4
1 De David
El Señor es mi
luz y mi salvación, ¿a quién podré temer?
El Señor es la
fortaleza de mi vida, ¿ante quién puedo
temblar?
4 Una cosa pido al Señor, sólo eso busco:
habitar en la
casa del Señor
todos los días
de mi vida
para gustar la
dulzura del Señor
y contemplar
la belleza de su templo.
Lucas
4,31-37
31 Fue a Cafarnaún, ciudad de Galilea, donde
les enseñaba los sábados. 32 Y ellos se
asombraban de su doctrina porque hablaba con autoridad. 33 En la sinagoga había un hombre poseído de un espíritu
inmundo, que se puso a gritar: 34 «¿Qué
tenemos que ver contigo, Jesús nazareno? ¿Has venido a perdernos? Sé quién
eres: El Santo de Dios». 35 Jesús le increpó: «Cállate, y sal de él».
El demonio lo tiró por tierra, pero salió de él sin hacerle daño. 36 Todos quedaron estupefactos y se preguntaban unos a otros: «¿Qué
es esto? ¡Manda con autoridad y energía a los espíritus inmundos, y le
obedecen!». 37 Y su fama se extendió por toda la comarca.
Jesús se nos
presenta también como catequista. Dice el evangelio que bajó a Cafarnaún donde
enseñaba los sábados en la sinagoga. ¿Y cómo daba Jesús sus catequesis? Ante
todo, con autoridad, es decir, con credibilidad, porque no llenaba sus
predicaciones con palabrería, sino con verdad, con el Espíritu de Dios que es
capaz de transformar los corazones.
Por tanto, dar
catequesis es una actividad propia del cristiano. Consiste en iluminar las
virtudes cristianas con ejemplos, acercar a otros a los sacramentos...
Al enseñar a
otros uno fortalece su propia fe y aumenta en él la pasión por Cristo y el
Evangelio. Porque el que predica, se predica a sí mismo. El que habla del
perdón queda más comprometido a perdonar, y el que exige debe hacerlo con el propio
testimonio.
El catequista
se hace así mismo más cristiano, porque si sabe meterse en el papel de Cristo quedará
transformado por Él.
San Gil o
Egidio
Martirologio
Romano: En la región de Nimes, de la Galia Narbonense
(hoy Francia), san Egidio o Gil, cuyo nombre adopta la población que después se
formó en la región de la Camargue y donde se dice que el santo había erigido un
monasterio y acabado el curso de su vida mortal (s. VI/VII).
También se
llamaba Egidio. Parece ser que tenía origen griego, peregrinó a Roma, luego se
hizo religioso y finalmente se estableció como ermitaño cerca de Nimes. Fundó
un monasterio. Conocido y extendido su culto por toda Europa durante la Edad Media.
Lo que las
devociones populares cuentan de su vida resaltan su bondad cristiana, su
misericordia, la delicadeza que demostraba con los pecadores y la llamada a la conversión. Los
abundantes peregrinos de Santiago le pedían ayuda contra el miedo y las madres
recurrían a él cuando sus hijos eran presa de terrores nocturnos o sufrían
pesadillas.
Mariología
XXII
La Asunción
de la Santísima
Virgen a los Cielos.
¿Qué
significa que la Virgen es Asunta? ¿Es eso posible?
De la
constitución apostólica Munificentíssimus Deus del Papa Pío XII Con esta
constitución apostólica, el Papa Pío XII proclamó el dogma de la Asunción el
1ro de Noviembre de 1950.
Tu cuerpo es
santo y sobremanera glorioso.
Los santos
Padres y grandes doctores, en las homilías y disertaciones dirigidas al pueblo
en la fiesta de la Asunción de la Madre de Dios, hablan de este hecho como de
algo ya conocido y aceptado por los fieles y -lo explican con toda precisión,
procurando, sobre todo, hacerles comprender que lo que se conmemora en esta
festividad es, no sólo el hecho de que el cuerpo sin vida de la Virgen María no
estuvo sujeto a la corrupción, sino también su triunfo sobre la muerte y su
glorificación, a imitación de su Hijo único, Jesucristo.
Y, así, san
Juan Damasceno, el más ilustre transmisor de esta tradición, comparando la
asunción de la santa Madre
de Dios con sus demás dotes y privilegios, afirma, con elocuencia vehemente:
"Convenía
que aquella que en el parto había conservado intacta su virginidad conservara
su cuerpo también después de la muerte libre de la corruptibilidad. Convenía
que aquella que había llevado al Creador como un niño en su seno tuviera
después su mansión en el cielo. Convenía que la esposa que el Padre había
desposado habitara en el tálamo celestial. Convenía que aquella que había visto
a su hijo en la cruz y cuya alma había sido atravesada por la espada del dolor,
del que se había visto libre en el momento del parto, lo contemplara sentado a
la derecha del Padre. Convenía que la Madre de Dios poseyera lo mismo que su
Hijo y que fuera venerada por toda criatura como Madre y esclava de Dios."
Según el
punto de vista de san Germán de Constantinopla, el cuerpo de la Virgen María, la
Madre de Dios, se mantuvo incorrupto y fue llevado al cielo, porque así lo
pedía no sólo el hecho de su maternidad divina, sino también la peculiar
santidad de su cuerpo virginal:
"Tú,
según está escrito, te muestras con belleza; y tu cuerpo virginal es todo él
santo, todo él casto, todo él morada de Dios, todo lo cual hace que esté exento
de disolverse y convertirse en polvo, y que, sin perder su condición humana,
sea transformado en cuerpo celestial e incorruptible, lleno de vida y
sobremanera glorioso, incólume y participe de la vida perfecta."
Otro
antiquísimo escritor afirma:
"La gloriosísima Madre
de Cristo, nuestro Dios y salvador, dador de la vida y de la inmortalidad, por
él es vivificada, con un cuerpo semejante al suyo en la incorruptibilidad, ya
que él la hizo salir del sepulcro y la elevó hacia si mismo, del modo que él
solo conoce."
Todos estos
argumentos y consideraciones de los santos Padres se apoyan, como en su último
fundamento, en la
sagrada Escritura; ella, en efecto, nos hace ver a la santa Madre de Dios
unida estrechamente a su Hijo divino y solidaria siempre de su destino.
Y, sobre
todo, hay que tener en cuenta que, ya desde el siglo segundo, los santos Padres
presentan a la Virgen
María como la
nueva Eva asociada al nuevo Adán, íntimamente unida a él,
aunque de modo subordinado, en la lucha contra el enemigo infernal, lucha que,
como se anuncia en el protoevangelio, había de desembocar en una victoria
absoluta sobre el pecado y la muerte, dos realidades inseparables en los
escritos del Apóstol de los gentiles. Por lo cual, así como la gloriosa
resurrección de Cristo fue la parte esencial y el ú1timo trofeo de esta
victoria, así también la participación que tuvo la santísima Virgen
en esta lucha de su Hijo había de concluir con la glorificación de su cuerpo
virginal, ya que, como dice el mismo Apóstol: Cuando esto mortal se vista de
inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra escrita: "La muerte ha sido
absorbida en la victoria."
Por todo
ello, la augusta Madre
de Dios, unida a Jesucristo de modo arcano, desde toda la eternidad, por un
mismo y único decreto de predestinación, inmaculada en su concepción, asociada
generosamente a la obra del divino Redentor, que obtuvo un pleno triunfo sobre
el pecado y sus consecuencias, alcanzó finalmente, como suprema coronación de
todos sus privilegios, el ser preservada inmune de la corrupción del sepulcro
y, a imitación de su Hijo, vencida la muerte, ser llevada en cuerpo y alma a la
gloria celestial, para resplandecer allí como reina a la derecha de su Hijo, el
rey inmortal de los siglos.
La Asunción
de María.
Audiencia
General del Santo Padre Juan Pablo II: del 9 de julio de 1997.
La tradición
de la Iglesia muestra que este misterio "forma parte del plan divino, y
está enraizado en la singular participación de María en la misión de su
Hijo".
"La
misma tradición eclesial ve en la maternidad divina la razón fundamental de la
Asunción. (...) Se puede afirmar, por tanto, que la maternidad divina, que hizo
del cuerpo de María la residencia inmaculada del Señor, funda su destino
glorioso".
Juan Pablo II
destacó que "según algunos Padres de la Iglesia, otro argumento que
fundamenta el privilegio de la Asunción se deduce de la participación de María
en la obra de la Redención".
"El
Concilio Vaticano II, recordando el misterio de la Asunción en la Constitución Dogmática
sobre la Iglesia (Lumen Gentium), hace hincapié en el privilegio de la Inmaculada Concepción:
precisamente porque ha sido ´preservada libre de toda mancha de pecado
original´, María no podía permanecer, como los otros hombres, en el estado de
muerte hasta el fin del mundo. La ausencia de pecado original y la santidad,
perfecta desde el primer momento de su existencia, exigían para la Madre de
Dios la plena glorificación de su alma y de su cuerpo".
El Papa
señaló que "en la Asunción de la Virgen podemos ver también la voluntad
divina de promover a la
mujer. De manera análoga con lo que había sucedido en el
origen del género humano y de la historia de la salvación, en el proyecto de
Dios el ideal escatológico debía revelarse no en un individuo, sino en una
pareja. Por eso, en la gloria celeste, junto a Cristo resucitado hay una mujer
resucitada, María: el nuevo Adán y la nueva Eva".
Para
concluir, el Papa aseguró que "ante las profanaciones y el envilecimiento
al que la sociedad moderna somete a menudo al cuerpo, especialmente al
femenino, el misterio de la Asunción proclama el destino sobrenatural y la
dignidad de todo cuerpo humano".
Adaptado de:
Vatican Information Services VIS 970709 (350)
Dogma.
Los dogmas
marianos, hasta ahora, son cuatro: María, Madre de Dios; La Virginidad Perpetua
de María, La
Inmaculada Concepción y la Asunción de María.
El Papa Pío
XII bajo la inspiración del Espíritu Santo, y después de consultar con todos
los obispos de la
Iglesia Católica, y de escuchar el sentir de los fieles, el
primero de Nov. de 1950, definió solemnemente con su suprema autoridad
apostólica, el dogma de la Asunción de María. Este fue promulgado en la
Constitución "Munificentissimus Deus":
"Después
de elevar a Dios muchas y reiteradas preces y de invocar la luz del Espíritu de
la Verdad, para gloria de Dios omnipotente, que otorgó a la Virgen María su
peculiar benevolencia; para honor de su Hijo, Rey inmortal de los siglos y
vencedor del pecado y de la muerte; para aumentar la gloria de la misma augusta
Madre y para gozo y alegría de toda la Iglesia, con la autoridad de nuestro
Señor Jesucristo, de los bienaventurados apóstoles Pedro y Pablo y con la
nuestra, pronunciamos, declaramos y definimos ser dogma divinamente revelado
que La Inmaculada
Madre de Dios y siempre Virgen María, terminado el curso de
su vida terrenal, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria del cielo".
¿Cual es el
fundamento para este dogma? El Papa Pío XII presentó varias razones
fundamentales para la definición del dogma:
La
inmunidad de María de todo pecado: La descomposición del cuerpo es
consecuencia del pecado, y como María, careció de todo pecado, entonces
Ella estaba libre de la ley universal de la corrupción, pudiendo entonces,
entrar prontamente, en cuerpo y alma, en la gloria del cielo.
Su
Maternidad Divina: Como el cuerpo de Cristo se había formado del cuerpo de
María, era conveniente que el cuerpo de María participara de la suerte del
cuerpo de Cristo. Ella concibió a Jesús, le dio a luz, le nutrió, le
cuido, le estrecho contra su pecho. No podemos imaginar que Jesús
permitiría que el cuerpo, que le dio vida, llegase a la corrupción.
Su
Virginidad Perpetua: como su cuerpo fue preservado en integridad virginal,
(toda para Jesús y siendo un tabernáculo viviente) era conveniente que
después de la muerte no sufriera la corrupción.
Su
participación en la obra redentora de Cristo: María, la Madre del
Redentor, por su íntima participación en la obra redentora de su Hijo,
después de consumado el curso de su vida sobre la tierra, recibió el fruto
pleno de la redención, que es la glorificación del cuerpo y del alma.
La Asunción
es la victoria de Dios confirmada en María y asegurada para nosotros. La
Asunción es una señal y promesa de la gloria que nos espera cuando en el fin
del mundo nuestros cuerpos resuciten y sean reunidos con nuestras almas.
Que la
gracia y la bendición del Padre se derrame sobre todos nosotros
La Palabra es fuente de Vida:
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"Id por todo el mundo y proclamad la buena
noticia a toda criatura"
Marcos 16,15
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caso lleve anexos, pueden contener información confidencial. Por ello, se
informa a quien lo reciba por error que la información contenida en el mismo es
reservada y su uso no autorizado está prohibido legalmente, por lo que en tal
caso le rogamos que nos lo comunique por la misma vía, se abstenga de realizar
copias del mensaje o remitirlo o entregarlo a otra persona y proceda a borrarlo
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13 Hermanos, no queremos que ignoréis la
suerte de los difuntos, para que no os aflijáis como los que no tienen esperanza.
14 Porque si creemos que Jesús ha muerto y ha
resucitado, así también reunirá consigo a los que murieron unidos a Jesús. 15 Ved, pues, lo que os decimos como palabra del Señor:
nosotros, los vivos, los que estamos todavía en tiempo de la venida del Señor,
no precederemos a los que murieron. 16 Porque
el Señor mismo, a la señal dada por la voz del arcángel y al son de la trompeta
de Dios, bajará del cielo, y los muertos unidos a Cristo resucitarán los
primeros. 17 Después nosotros, los vivos, los que
estemos hasta la venida del Señor, seremos arrebatados juntamente con ellos
entre nubes por los aires al encuentro del Señor. Y ya estaremos siempre con el
Señor. 18 Consolaos, pues, mutuamente con estas
palabras.
Salmo 95,1.3-5.11-13
1 Cantad al Señor un cántico nuevo,
cantad al
Señor toda la tierra;
3 publicad su gloria entre las gentes,
sus portentos
entre todos los pueblos.
4 Grande es el Señor y digno de alabanza,
más temible
que todos los dioses.
5 Pues los dioses de los otros pueblos no
son nada,
mientras que
el Señor hizo los cielos;
11 Que se alegre el cielo y goce la tierra,
que retumbe el
mar y todo lo que encierra,
12 que sonrían los campos con sus frutos,
que griten de
alegría los árboles del bosque
13 delante del Señor, porque ya viene,
porque viene
para gobernar la tierra,
para implantar
en el mundo la justicia,
y entre todos
los pueblos la lealtad.
Lucas
4,16-30
16 Llegó a Nazaret, donde se había criado. El
sábado entró, según su costumbre, en la sinagoga y se levantó a leer. 17 Le entregaron el libro del profeta Isaías, desenrolló el
volumen y encontró el pasaje en el que está escrito: 18 El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido.
Me ha enviado a llevar la buena nueva a los pobres, a anunciar la libertad a
los presos, a dar la vista a los ciegos, a liberar a los oprimidos 19 y a proclamar un año de gracia del Señor. 20 Enrolló el libro, se lo dio al ayudante de la sinagoga y se
sentó; todos tenían sus ojos clavados en él; 21 y
él comenzó a decirles: «Hoy se cumple ante vosotros esta Escritura». 22 Todos daban su aprobación y, admirados de las palabras tan
hermosas que salían de su boca, decían: «¿No es éste el hijo de José?». 23 Él les dijo: «Seguramente me diréis aquel refrán: Médico,
cúrate a ti mismo. Lo que hemos oído que has hecho en Cafarnaún, hazlo también aquí,
en tu patria». 24 Y continuó: «Os aseguro que ningún profeta
es bien recibido en su tierra. 25 Os
aseguro, además, que en tiempo de Elías, cuando se cerró el cielo por tres años
y seis meses y hubo gran hambre en toda la tierra, había muchas viudas en
Israel, 26 y a ninguna de ellas fue enviado Elías,
sino a una mujer viuda de Sarepta, en Sidón. 27 Y
había muchos leprosos en Israel cuando Eliseo profeta, pero ninguno de ellos
fue limpiado de su lepra sino Naamán, el sirio». 28 Al
oír esto, todos los que estaban en la sinagoga se llenaron de ira, 29 se levantaron, lo sacaron de la ciudad y lo llevaron a la
cima del monte sobre el que estaba edificada la ciudad para despeñarlo. 30 Pero Jesús pasó por en medio de todos y se fue.
Es muy común
preguntar a los niños pequeños: ¿qué quieres ser cuando seas grandes? Y para
orgullo de los padres los niños responden: “quiero ser como mi
papá”. Si esta misma pregunta se la hiciéramos a Cristo durante su vida
oculta en Nazaret, no cabe duda que respondería que Él sería lo que su Padre ha
pensado para Él desde siempre. Prueba de ello es la respuesta que dio a su
madre angustiada cuando se perdió en el templo: “pero no sabíais que debo
ocuparme en las cosas de mi Padre”, no debería haber motivo de
preocupación por mi ausencia.
En nuestra
vida como cristianos todos tenemos una misión muy concreta que realizar. Cristo
desenrolló las escrituras (porque estaban en forma de pergaminos) y encontró
justamente aquello que Dios Padre deseaba de Él. “Anunciar la Buena Nueva, proclamar
la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, dar la libertad a los
oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor”. Todo esto lo cumplió
Jesús a lo largo de su vida terrena y aunque algunos se empeñaban en no abrir
su corazón a las enseñanzas de Cristo, como es le caso de los escribas y
fariseos. A pesar de su obstinada actitud Cristo no desmayó en su esfuerzo por
predicarles la ley del amor.
Por ello de la
misma forma que Cristo predicaba las enseñanzas de su Padre nosotros también
atrevámonos a predicar el evangelio sin temor ni vergüenza. Antes bien
pidámosle confianza y valor para que nos haga auténticos defensores de nuestra
fe.
San Ramón Nonato
Nació en los
mismos comienzos del siglo XIII.
Su nombre deja
boquiabierto a quien lo oye o lo lee por primera vez. Nonnato -Nonato por más
breve- sugiere a un santo sólo potencial; como si la palabra fuera un slogan
publicitario que estuviera invitando a quien lo lee o escucha a que se
decidiera a iniciar una programa que acabara con la santidad del guión
preestablecido. De hecho, significa no-nacido. ¿Pretenderá decir el extraño
nombre que, por no haber nacido todavía el santo que rellene el expediente
completo de sus cualidades y virtudes, está como esperando la Iglesia a que
haya uno que se decida de una vez a reproducirlas? Eso sería, lógicamente,
confundir la santidad como algo que brota de la voluntad y decisión humana,
cuando ella es en verdad el resultado de la acción del Espíritu Santo con quien
se coopera libremente. Sería sencillamente pelagianismo.
El
calificativo -que ha pasado ya a ser nombre- le viene a Ramón por el hecho de
haber sido sacado del claustro materno, por medio de una intervención
quirúrgica, cuando ya había muerto su madre. Por so no nació como nacen
normalmente los niños, lo extrajeron. Fue en Portell, en Lérida, cuando se
iniciaba el siglo.
La buena y
alta situación de su padre le posibilitó crecer en buen ambiente y formación,
aunque sin el cariño y los cuidados de una madre. Cuentan de su primera
juventud la devoción especialísima a la santísima Virgen
que le llevaba con frecuencia a visitar la ermita de san Nicolás donde pasaba
ratos mientras sus rebaños pastaban. Luego su padre quiso irlo incorporando
poco a poco a las tareas de administración de sus posesiones y esa fue la razón
por la que se le encuentra en Barcelona en el intento de aprender letras y
números. Allí tuvo ocasión de trabar amistad con Pedro Nolasco -que por aquel
entonces era comerciante- y de compartir mutuamente los deseos de fidelidad a
la fe cristiana vivida con radicalidad, llegando incluso a considerar la
posibilidad de entrar en el estado clerical.
Como el padre
disfruta de un gran sentido práctico, lo reincorpora al terruño de Portell y le
encarga la explotación de varias de sus fincas. Pero, sigue diciendo la antigua
crónica, que la
misma Virgen María le comunica su deseo de que ingrese en la
recién fundada Orden de la Merced y allí está de nuevo en Barcelona puesto a
disposición completa en las manos de su antes amigo Pedro Nolasco.
Noviciado,
profesión, ordenación sacerdotal y ministerio en el hospital de santa Eulalia
se suceden con la normalidad propia de quien tiene prisa para cumplir el cuarto
voto mercedario consistente en redimir a los cautivos y servir de rehén en su
lugar si procede.
En el norte
del continente negro predica, consuela, cura, fortalece, atiende y transmite
paciencia a los cautivos de los piratas berberiscos; comprende bien su
situación y se hace cargo de que están rodeados de todos los peligros para su
fe. Incluso él mismo tuvo que soportar cárcel y la tortura de que sellaran sus
labios por ocho meses con un candado para impedirle la predicación.
A su vuelta a
España entre el clamor de las multitudes, lo nombra Cardenal de la Iglesia el
papa Gregorio IX, reconociendo sus méritos y virtud de la caridad practicada de
modo heroico; pero no le dio tiempo a llegar a Roma por morir, antes de cumplir
los cuarenta años, cuando se disponía a hacerlo.
Por el empeño
de hacerse cargo de su cuerpo tanto los frailes mercedarios como los nobles
señores de Cardona, decidieron de común acuerdo darle sepultura allá donde lo
decidiera una mula ciega que lo llevó a lomos hasta que quiso pararse ante la
ermita de San Nicolás, de Portell.
Desaparecieron
las reliquias, irrecuperables ya para la veneración, en el año 1936.
Lo que no ha
sido relegado al olvido por sus paisanos es la figura del santo y su acción
caritativa. Esa devoción secular que se refleja incluso en las fiestas y en el
folklore. No digamos nada sobre la devoción que le profesan todas las
parturientas que lo tienen como especial patrón para su trance.
Se divulgó por
el mundo la pintura que lo muestra con la Custodia en la mano derecha
expresando así la fuente de su caridad con los hombres.
Mariología
XXI
María... ¿Fue
siempre virgen?
¿Podemos
decir que María fue siempre virgen? María... ¿Quiso esta virginidad? ¿María
había pensado en consagrar a Dios su virginidad antes que viniera el ángel?
¿Qué sentido tiene la virginidad?...
La concepción
virginal de María.
El hecho de
la virginidad de María en el nacimiento de su hijo Jesús se afirma claramente
en la Biblia:
Mt. 1,18: «El
nacimiento de Jesús fue así: Estando desposada María, su madre, con José, antes
que se juntasen, se halló que había concebido del Espíritu Santo.»
Lc. 1, 30-35:
«El ángel Gabriel le dijo: María, no temas, porque has hallado gracia delante
de Dios... y ahora concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo... María dijo
al ángel: ¿Cómo será esto? pues no conozco varón. Respondiendo el ángel le
dijo: El Espíritu Santo vendrá sobre ti... y el Ser Santo que nacerá de ti será
llamado Hijo de Dios.»
Juan 1, 13:
«El que nació no de la sangre, ni del deseo de carne, ni del deseo de hombre,
sino que nació de Dios.»
Estos tres
textos bíblicos son testimonios sólidos para afirmar el hecho de la virginidad
de María en la concepción de Jesús.
¿María quiso
esta virginidad?
El Evangelio
dice que «María era una virgen desposada con un hombre llamado José» (Lc. 1,
27). Este matrimonio de María con José nos mueve, a primera vista, a decir que
María no quiso esta virginidad.
Sin embargo,
el evangelista Lucas nos ofrece otros datos acerca de este compromiso
matrimonial. Leamos atentamente en el Evangelio de Lucas 1, 26-38; en este
relato bíblico vemos cómo Dios respeta a los hombres. El no nos salva sin que
nosotros mismos queramos. Jesús el Salvador ha sido deseado y acogido por una
madre, una jovencita que, libre y conscientemente, acepta ser la servidora del
Señor y llega a ser Madre de Dios.
Vers. 26: «Al
sexto mes el ángel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada
Nazaret, a una virgen desposada con un varón que se llamaba José. José era de
la casa de David y el nombre de la virgen era María.»
San Lucas usa
dos veces la palabra «virgen». ¿Por qué no dijo «una joven» o «una mujer»?
Sencillamente porque el escritor sagrado se refería aquí a las palabras de los
profetas del Antiguo Testamento, que afirmaban que Dios sería recibido por una
«virgen de Israel.»Is. 7, 14: «El Señor, pues, les dará esta señal: la Virgen
está embarazada y da a luz un varón a quien le pondrás el nombre de Emmanuel.»
Durante
siglos, Dios había soportado que su pueblo de mil maneras le fuera infiel y
había perdonado sus pecados. Pero el Dios Salvador, al llegar, debería ser
recibido por un pueblo virgen que hubiera depuesto sus propias ambiciones para
poner su porvenir en manos de su Dios. Dios debía ser acogido con un corazón
virgen, o sea, nuevo y no desgastado por la experiencia de otros amores.
Incluso en
tiempos de Jesús, muchos al leer la profecía de Is. 7, 14 sacaban la conclusión
de que el Mesías nacería de una madre Virgen. Ahora bien, el Evangelio nos
dice: "María es la virgen que da a luz al Mesías."
Versículos
34-35: María dijo al ángel: «¿Cómo será esto, pues no conozco varón?» Contestó
el ángel: «El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te
cubrirá con su sombra, por lo cual el Santo que de ti nacerá será llamado Hijo
de Dios.»
Aunque María
es la esposa legítima de José, la pregunta de ella al ángel indica el propósito
de permanecer virgen. El ángel precisa que el niño nacerá de María sin
intervención de José. El que va a nacer de María en el tiempo es el mismo que
ya existe en Dios, nacido de Dios, Hijo del Padre (Jn. 1, 1). Y la concepción
de Jesús en el seno de María no es otra cosa que la venida de Dios a nuestro
mundo.
¿Qué
significa «la sombra» o «la nube» en este texto bíblico?
Los libros
sagrados del Antiguo Testamento hablan muchas veces de «la sombra» o «la nube»
que llenaba el Templo (1 Reyes 8, 10), signo de la presencia divina que cubría
y amparaba a la ciudad Santa
(Sir. 24, 4).
Al usar esta
figura, el Evangelio quiere decir que María pasa a ser la morada de Dios desde la cual El obra sus
misterios. El Espíritu Santo viene, no sobre su Hijo, sino que primeramente
viene sobre María, para que conciba por obra del Espíritu Santo.
¿Había
pensado María en consagrar a Dios su virginidad antes que viniera el ángel?
El Evangelio
no da precisiones al respecto, solamente encontramos la palabra de María: «No
conozco varón» o «no tengo relación con ningún varón.» (Lc. 1, 34) Recordemos
que María ya está comprometida con José (Lc. 1, 27) lo que según la ley judía,
les da los mismos derechos del matrimonio, aunque no vivan todavía en la misma
casa. (Mt. 1, 20)
En estas
condiciones, la pregunta de María: «¿Cómo podré tener un hijo, pues no conozco
varón?» (Lc. 1, 34) no tendría ningún sentido, si María no estuviese decidida
ya a mantenerse virgen para siempre. María es la esposa legítima de José. Si
este matrimonio quiere tener relaciones conyugales normales, el anuncio del
ángel referente a su maternidad no puede crearle ningún problema.
Sin embargo,
María manifiesta claramente su problema: «pues no conozco varón.» Además esa
pregunta de María permite otra traducción válida en la mentalidad de los
judíos: «¿Cómo será eso, pues no quiero conocer varón?». Sin duda esta pregunta
de María indica en la Virgen un firme propósito de permanecer virgen. Algunos
tendrán dificultades para aceptar esta decisión de María y dirán que tal
decisión es sorprendente por parte de una joven judía; porque es sabido que
Israel no daba gran valor religioso a la virginidad.
No debemos
olvidar que en la Palestina de entonces había grupos de personas que vivían en
celibato (los esenios) y con su estilo de vida esperaban la pronta venida del
Mesías. Por otra parte, el celibato o la virginidad de por vida no existía para
mujeres que, según la costumbre judía, por orden de su padre tenían que aceptar
un matrimonio impuesto. Por eso la joven María que quería guardar virginidad,
difícilmente podía rechazar este compromiso matrimonial impuesto. Y por eso
ella había aceptado este compromiso con José, pero con la decisión de
permanecer virgen.
Como
conclusión podemos decir que este texto bíblico es favorable a la voluntad de
virginidad de María.
Además está
claro en la Biblia que María tenía como hijo único a Jesús y que no tuvo más
hijos.
¿Qué sentido
tiene la virginidad?
María no
expresa sus motivos, pero todo lo que Lucas deja entrever del alma de María
supone que ella tenía motivos elevados. Por medio del ángel, Dios la trata de
«muy amada», «llena de gracia», «el Señor está con ella.» Y María quiere ser su
«sierva», con la nobleza que da a esta palabra la lengua bíblica: «Yo soy la
servidora del Señor, hágase en mí lo que has dicho.» (Lc. 1, 38) Su virginidad
parece así una consagración, un don de amor exclusivo al Señor.
Mucha gente
moderna se extraña ante tal decisión de María: ¿Cómo pensaría María en
mantenerse virgen en el matrimonio, especialmente en el pueblo judío, que no
valoraba la virginidad?
Incluso en
las iglesias no-católicas muchas personas al leer en el Evangelio la expresión
«hermanos de Jesús» concluyen sin más que María tuvo otros hijos después de
Jesús. (En otra carta les he hablado claramente de este asunto y está muy claro
en la Biblia que Jesús no tenía hermanos en el sentido estricto de esta
palabra.)
Decimos que
María no tuvo más hijos porque fue siempre virgen. La Escritura nos testimonia
de una sola concepción virginal, el de Jesús. Por tanto, no habiendo más
concepciones milagrosas, y no habiendo dejado de ser virgen, no tuvo más hijos.
La virginidad
de Nuestra Señora está íntimamente relacionada con su sublime prerrogativa de
Madre de Dios.
Decía San
Bernardo que la maternidad de María es tan maravillosamente singular e
incomparable precisamente porque es virginal.
Lejos de ser
una prerrogativa pasajera, la virginidad de María es permanente. Abarca todas
las etapas de su vida, y en particular los momentos sagrados en que fue hecha
Madre de Dios.
El dogma de
la virginidad perpetua de María significa:
1º que
concibió al Hijo de Dios, segunda persona de la Santísima Trinidad,
virginalmente;
2º le dio a
luz virginalmente;
3º permaneció
virgen a lo largo de toda su vida terrena, y por consiguiente, ahora reina
gloriosa como Virgen de las vírgenes.
La Iglesia
expresa esto con una fórmula muy hermosa según la cual dice que María fue
virgen ante partum, in partu et post partum.
Esta
afirmación no es simplemente un cumplimiento piadoso; expresa la creencia
universal y unánime de la Iglesia de Cristo; es una verdad revelada; está
solemnemente definida como dogma.
El tercer
concilio de Letrán, celebrado bajo el papa San Martín I, en el año 649,
definió: “Si alguno no reconoce, siguiendo a los Santos Padres, que la Santa Madre de Dios y
siempre virgen e inmaculada María, en la plenitud del tiempo y sin cooperación
viril, concibió del Espíritu Santo al Verbo de Dios, que antes de todos los
tiempos fue engendrado por Dios Padre, y que, sin pérdida de su integridad, le
dio a luz, conservando indisoluble su virginidad después del parto, sea
anatema”.
El testimonio
de esta verdad lo encontramos en la misma Escritura.
Concretamente
en el testimonio de San Mateo y San Lucas.
1) San Mateo
(1,18-25): La generación de Jesucristo fue de esta manera: Su madre, María,
estaba desposada con José y, antes de empezar a estar juntos ellos, se encontró
encinta por obra del Espíritu Santo... El Ángel del Señor se apareció [a José]
en sueños y le dijo: «José, hijo de David, no temas tomar contigo a María tu
mujer porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y
tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados.»
Todo esto sucedió para que se cumpliese el oráculo del Señor por medio del
profeta: Ved que la virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrán por
nombre Emmanuel, que traducido significa: «Dios con nosotros.» Despertado José
del sueño, hizo como el Ángel del Señor le había mandado, y tomó consigo a su
mujer. Y no la conocía hasta que ella dio a luz un hijo, y le puso por nombre
Jesús.
San Mateo se
presenta: 1) como testigo de la virginidad de María antes del nacimiento de
Cristo; 2) su cita de Is 7,14, implica, por lo menos, el parto virginal; 3) si
bien no dice nada sobre la virginidad de María posterior al parto, tampoco dice
nada que lo niegue o lo ponga en duda.
2) San Lucas
(1,26-38): Al sexto mes fue enviado por Dios el ángel Gabriel a una ciudad de
Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de
la casa de David; el nombre de la virgen era María. Y entrando, le dijo:
«Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo.» Ella se conturbó por estas
palabras, y discurría qué significaría aquel saludo. El ángel le dijo: «No
temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios; vas a concebir en el
seno y vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. El será
grande y será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de
David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no
tendrá fin.» María respondió al ángel: «¿Cómo será esto, puesto que no conozco
varón?» El ángel le respondió: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder
del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y
será llamado Hijo de Dios. Mira, también Isabel, tu pariente, ha concebido un
hijo en su vejez, y este es ya el sexto mes de aquella que llamaban estéril,
porque ninguna cosa es imposible para Dios.» Dijo María: «He aquí la esclava
del Señor; hágase en mí según tu palabra.» Y el ángel dejándola se fue.
San Lucas es
testigo de:
–la
virginidad de María antes de la anunciación (a una virgen...);
–la
concepción virginal (la virtud del Altísimo te cubrirá);
–la
intención de virginidad futura de María: pues no conozco varón... La expresión
no se refiere al pasado, pues hubiera usado el aoristo (no he conocido varón);
usa el presente absoluto (no conozco; en el sentido de no tengo intención de
conocer varón). Es una referencia implícita al voto de virginidad.
Escribió
Lebretón: “En este versículo la tradición católica ha reconocido el
propósito firme de María de permanecer virgen, y esta interpretación es
necesaria, porque, si hubiera tenido intención de consumar su matrimonio con
José, no hubiera nunca hecho esta pregunta”.
Dice también
Lagrange: “María quiso decir que, siendo virgen, como el ángel ya sabía,
deseaba ella permanecer siéndolo, o, como traducen los teólogos su pregunta,
que ella había hecho un voto de virginidad y pensaba guardarlo”.
San Ireneo
defiende, por eso, el valor profético de Is 7,14 referido a la virginidad de
María. Su argumento es el siguiente: Isaías señala claramente que ocurrirá
“algo inesperado” con respecto a la generación de Cristo; está
aludiendo claramente a una señal. Pero “¿dónde está lo inesperado o qué
señal se os daría en el hecho de que una mujer joven concibiera un hijo por
obra de un varón? Esto es lo que ocurre normalmente a todas las madres. Lo
cierto es que, con el poder de Dios, se iba a empezar una salvación excepcional
para los hombres y, por tanto, se consumó también de una manera excepcional un
nacimiento de una virgen. La señal fue dada por Dios; el efecto no fue
humano”.
La creencia
firme de Occidente en la virginidad corporal de María se resume en la expresión
“Virgen María” y se recoge en esta forma ya en el siglo II, en la
forma romana del credo, como vemos, por ejemplo, en Hipólito: “Creo en
Dios Padre todopoderoso y en Jesucristo, Hijo de Dios, que nació de María
virgen por obra del Espíritu Santo”.
Ireneo tiene
una frase hermosa para referirse al parto virginal: Purus pure puram aperiens
vulvam: el Puro [Verbo Puro] con pureza abrió el seno puro [de su madre].
Y él mismo
compara el nacimiento de Cristo de María con la formación de Adán del suelo
virgen y sin surcos.
San León dice
que es la limpieza de Cristo la que mantuvo intacta la integridad de María.
Y San Zeón lo
proclama: “¡Oh misterio maravilloso! María concibió siendo una virgen
incorrupta; después de la concepción dio a luz como virgen, y así permaneció
siempre después del parto”.
San Jerónimo
resume la fe de la Iglesia escribiendo contra Joviniano: “Cristo es
virgen, y la madre del virgen es virgen también para siempre; es virgen y
madre. Aunque las puertas estaban cerradas, Jesús entró en el interior; en el
sepulcro que fue María, nuevo, tallado en la más dura roca, donde no se había
depositado a nadie ni antes ni después... Ella es la puerta oriental de la que
habla Ezequiel, siempre cerrada y llena de luz, que, cerrada, hace salir de sí
al Santo de los santos; por la cual el Sol de justicia entra y sale. Que ellos
me digan cómo entró Jesús (en el cenáculo) estando las puertas cerradas... y yo
les diré cómo María es, al mismo tiempo, virgen y madre: virgen después del
parto y madre antes del matrimonio”.
Consideración
final.
Para un
hombre o una mujer creyente, no es cosa excepcional renunciar definitivamente
al sexo, es decir, a tener relaciones sexuales.
Hay un
sinnúmero de ejemplos de jóvenes que, desde muy temprano, han intuido que este
camino evangélico es un camino más directo para acercarse mejor a Jesús: Sor
Teresa de Los Andes, el Padre Hurtado y tantos otros.
¿Acaso María
era menos inteligente que ellos o menos capaz de percibir las cosas de Dios?
¿No podía ella captar por sí misma lo que dirá Jesús respecto a la virginidad
elegida por amor al Reino? (Mt. 19,12) Y después de ser visitada en forma única
por el Espíritu Santo, que es el soplo del amor de Dios, ¿necesitaría María
todavía las caricias amorosas de José?
Si la
historia de la Iglesia nos proporciona tantos ejemplos del amor celoso de Dios
para quienes fueron sus amigos y sus santos... ¿Cómo iba a ser menos para
aquella mujer, María, que fue «llena de gracia»?
María deseaba
ser totalmente de Dios y con el «sí» de la Anunciación ella se consagró total y
exclusivamente al plan de Dios: «He aquí la sierva del Señor, hágase en mí
conforme a tu palabra.» (Lc. 1, 38)
Que la
gracia y la bendición del Padre se derrame sobre todos nosotros
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noticia a toda criatura"
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Por tanto, estad en guardia, porque no sabéis el día
ni la hora
1 Tesalonicenses
4,1-8
1 En fin, hermanos, os pedimos y os
exhortamos en el nombre de Jesús, el Señor, a que os portéis de la manera que
os enseñamos para agradar a Dios; ya lo hacíais, pero hacedlo todavía mejor. 2 Bien sabéis las instrucciones que os dimos en nombre de
Jesús, el Señor. 3 Ahora bien, ésta es la voluntad de Dios,
vuestra santificación: que huyáis de la impureza, 4 que cada uno de vosotros sepa tratar su propio cuerpo de
una manera digna y honesta, 5 sin
dejarse llevar por la pasión, como hacen los paganos, que no conocen a Dios. 6 Que en este punto nadie abuse ni engañe a su hermano, pues
el Señor tomará venganza de todo esto, como ya os lo dejamos dicho y recalcado.
7 Y es que Dios no nos ha llamado a la
impureza, sino a vivir en la santidad. 8 Por
tanto, el que desprecie todo esto no desprecia a un hombre, sino a Dios, el
cual os da su Espíritu Santo.
Salmo 96,1-2.5-6.10-12
1 El Señor es rey; que se alegre la tierra
y exulten las
islas incontables.
2 Está rodeado de nubes y tinieblas,
la justicia y
el derecho son las bases de su trono.
5 los montes se derriten como la cera
delante del Señor,
delante del
Señor de todo el mundo.
6 Los cielos proclaman su justicia
y todos los
pueblos ven su gloria.
10 Los que amáis al Señor, detestad la
injusticia;
él guarda la
vida de sus fieles,
los libra de
la mano de los opresores.
11 La luz sale para los que practican la
justicia
y la alegría
para los corazones rectos.
12 Los que practicáis la justicia, alegraos
en el Señor
y bendecid su
santa memoria.
Mateo
25,1-13
1 «Entonces el reino de Dios será semejante
a diez muchachas, que tomaron sus lámparas y salieron al encuentro del esposo. 2 Cinco de ellas eran necias y cinco sensatas. 3 Las necias llevaron sus lámparas, pero no se proveyeron de
aceite, 4 mientras que las sensatas llevaron las
lámparas y aceiteras con aceite. 5
Como tardara el esposo, les entró sueño a todas y se durmieron. 6 A medianoche se oyó un grito: Ya está ahí el
esposo, salid a su encuentro. 7
Entonces se despertaron todas las muchachas y se pusieron a aderezar sus
lámparas. 8 Las necias dijeron a las sensatas: Dadnos
de vuestro aceite, pues nuestras lámparas se apagan. 9 Las sensatas respondieron: No sea que no baste para
nosotras y vosotras, mejor es que vayáis a los vendedores y lo compréis. 10 Mientras fueron a comprarlo, vino el esposo, y las que
estaban dispuestas entraron con él a las bodas y se cerró la puerta. 11 Más tarde llegaron también las otras muchachas diciendo:
¡Señor, señor, ábrenos! 12 Y él respondió: Os aseguro que no os
conozco. 13 Por tanto, estad en guardia, porque no
sabéis el día ni la hora».
Como cuando un
escalador se detiene para ver lo recorrido y para contemplar la cima deseada y
anhelada, así también Dios nos concede a veces momentos que son como esas
paradas, y vemos lo recorrido en la vida y contemplamos la cima deseada y
anhelada: la eternidad. Y
entendemos el sentido de la vida y se nos hacen amargos todos los consuelos de
la Tierra.
En esta
situación estaban estas muchachas: el Esposo deseado... ¡Qué gozo!, ¡Qué
alegría vivir así, esperando al Esposo! ¡Como si ya tuvieran ganada la Cima!
¡Cómo les rebotaría el corazón a estas chicas!
¡Qué contentas
estarían! Así se encontraba Santa Teresi