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#2021 De: "Gonzalo" <lapalabra@...>
Fecha: Mié, 28 de Oct, 2009 12:19 pm
Asunto: Miércoles 28 de octubre de 2009. La Palabra Binaria.
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La Palabra Binaria

Publicación diaria para la Iglesia Católica

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Oficio de la festividad

XXX del tiempo ordinario


San Simón y San Judas, Apóstoles


 

Simón el llamado cananeo, Judas hijo de Santiago

 


 

Efesios 2, 19-22

 

19 De tal suerte que ya no sois extranjeros y huéspedes, sino que sois ciudadanos de los consagrados y miembros de la familia de Dios, 20 edificados sobre el fundamento de los apóstoles y de los profetas. La piedra angular de este edificio es Cristo Jesús, 21 en el que todo el edificio, perfectamente ensamblado, se levanta para convertirse en un templo consagrado al Señor; 22 por él también vosotros estáis integrados en el edificio, para ser mediante el Espíritu morada de Dios.

 

Salmo 18, 2-5

 

2 Los cielos narran la gloria de Dios,

el firmamento pregona la obra de sus manos,

3 un día comunica el pregón al otro día

y una noche transmite la noticia a la otra noche.

4 No es un pregón, no son palabras,

no son voces que puedan escucharse,

5 mas su sonido se extiende por la tierra entera

y hasta el confín del mundo sus palabras.

 

Lucas 6, 12-19

 

12 Por aquellos días fue Jesús a la montaña a orar, y pasó la noche orando a Dios. 13 Cuando llegó el día, llamó a sus discípulos y eligió doce de entre ellos, a los que llamó también apóstoles: 14 Simón, a quien llamó Pedro; su hermano Andrés, Santiago, Juan, Felipe, Bartolomé, 15 Mateo, Tomás, Santiago el hijo de Alfeo, Simón el llamado cananeo, 16 Judas hijo de Santiago y Judas Iscariote, el que le traicionó. 17 Bajó con ellos y se detuvo en una explanada en la que había un gran número de discípulos y mucha gente del pueblo de toda Judea, de Jerusalén y del litoral de Tiro y Sidón, 18 que habían

llegado para escucharlo y ser curados de sus enfermedades. Los que eran atormentados por espíritus inmundos también eran curados. 19 Toda la gente quería tocarlo, porque salía de él una fuerza que curaba a todos.

 


 

La oración fue una compañera inseparable de Jesús. En todo el Evangelio le vemos orando, sobre todo en los momentos más decisivos de su vida: antes del Bautismo, al realizar varios milagros, en la Última Cena, en el Huerto de los Olivos, en la Cruz, etc.

Aquí se nos narra la elección de los Doce apóstoles. Eran los hombres con los que iba a comenzar la Iglesia y debían ser aptos para llevarla a buen término con paso firme. Por tanto, era una decisión importante, que no podía hacerse con prisas y a la ligera. Necesitaba dedicar una noche entera para consultarla con su Padre.

 

De la misma manera, todas nuestras grandes decisiones deberían surgir tras un encuentro con Dios en la oración. Por ejemplo, al elegir una carrera, al optar por la vida matrimonial o seguir una vocación religiosa, etc. También debemos rezar cuando llegan situaciones difíciles en el trabajo o en la familia, ya que Dios nos puede ayudar a encontrar la solución más adecuada.

 

¿Y cómo sabemos si la respuesta viene realmente de Dios? Cuando Dios “ilumina” un alma por la acción del Espíritu Santo le envía algunas señales, por ejemplo, una profunda paz interior, alegría, amor, etc. Es lo que llamamos “frutos del Espíritu”.

 


 

Judas y Simón, hombres que cambiaron sus valores

 

Vamos a contemplar en estos dos Apóstoles ese cambio profundo de vida. Son para nosotros los hombres que cambiaron sus valores políticos religiosos por una vida al lado de Cristo basada en la humildad, en la mansedumbre y en el perdón.

 

Pertenecían según podemos saber al grupo de los celotes, un grupo de judíos convencidos de su fe y de sus tradiciones, que combatían al opresor romano y esperaban un Mesías que los liberara de aquella opresión. Cristo les sale al paso, sin importarle su militancia y sus convicciones, y les invita a seguirle. Ello va a suponer un cambio de mentalidad, una conversión interior, un abandono de algo muy metido en sus corazones. Así se convertirán con el tiempo en hombres que lucharán por liberar al hombre de otras esclavitudes distintas a las políticas: la esclavitud del pecado, la esclavitud de las pasiones, la esclavitud, sobre todo, del propio yo. En este contexto vamos a contemplar el cambio que lógicamente se tuvo que realizar en ellos.

 

Del odio al amor.

 

Sabemos que todo judío odiaba a los romanos. Aquello sólo era símbolo de una realidad que se repite en el corazón del hombre: el rencor, el odio, la acepción de personas. Al ser llamados por Cristo Judas y Simón empiezan a comprender que el Maestro centra su mensaje en el amor, en el perdón, en el olvido de las ofensas. Sin duda, en su interior tuvo que darse una revolución profunda, difícil, sangrante. Pero poco a poco empezó a entrar en ellos la comprensión de una nueva visión del hombre, no como enemigo, sino como hermano, hijo del mismo Padre, que ama a todos y hace salir el sol sobre buenos y malos. Así el odio, el rencor, la venganza fueron desapareciendo y en su lugar se situaron la paz, la oración por los enemigos, el amor.

 

De la ira a la mansedumbre.

 

Los zelotes emprendían campañas de acoso violentas contra los romanos, aunque casi siempre llevaron las de perder. Les movía en rencor, y el rencor engendra ira y violencia. Desde el principio Judas y Simón empezaron a escuchar del Maestro palabras de mansedumbre: Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra (Mt 5,4). ¡Qué difícil debió ser para ellos abandonar el camino de la ira para acercarse a los hombres con bondad, con respeto, con comprensión! Sin embargo, estamos seguros de que pronto comprendieron que aquel camino lograba mejores frutos en la relación entre los hombres. No les pedía Cristo que destruyeran su forma de ser, sino que emplearan para el bien aquella fuerza interior que un día usaron mal, porque la pusieron al servicio de sus pasiones.

 

Del Dios de la venganza al Dios del amor.

 

También Judas y Simón tuvieron que entrar por medio de Cristo, Dios hecho hombre, a la comprensión de un Dios distinto, un Dios que es Padre bondadoso, amable, bueno. Esta conversión debió ser dura para hombres que tenían una clara conciencia de ser parte del pueblo elegido y que precisamente rechazaban a los romanos porque éstos intentaban arrebatarles su fe, sus costumbres, sus tradiciones. Es curioso, pero Dios nos pide que amemos incluso a quienes le odian a Él, a quienes le persiguen en su Iglesia, a quienes parecen enemigos irreconciliables de la fe. Más aún, nos asegura que con el amor convenceremos al mundo de la autenticidad de nuestra fe.

 

A la luz del Evangelio de Cristo y del ejemplo de estos dos Apóstoles, nosotros, hombres de hoy, tenemos que revisar nuestra vida y decidir qué cambios debemos realizar para ser cristianos de veras. ¿Qué nos puede pedir Dios tomando como punto de referencia los valores de la humildad, de la pobreza y de la abnegación? Sin duda, podrían ser muchísimas cosas e, incluso, cada uno tendrá necesidades distintas. Sin embargo, vamos a repasar algunas de las exigencias contenidas en estos valores para nosotros, hombres, padres de familia, esposos, profesionales, miembros de la Iglesia.

 

Dios nos pide en primer lugar un cambio de mentalidad. Con frecuencia nuestra mente, nuestra inteligencia, nuestra razón están prisioneras de lo material, de lo cotidiano, de lo intrascendente, de lo inmediato. Parecemos ciudadanos de una tierra sin horizontes y sin futuro. Nos parecemos a aquel hombre rico que, tras una buena cosecha, se construye unos grandes graneros y se invita a sí mismo a vivir bien (Lc 12, 16-21). ¡Cómo necesitamos levantar nuestra mirada a la eternidad, dar prioridad a lo espiritual, apreciar más las realidades importantes de la vida como la fe, la familia, la amistad! No nos resulta fácil esta liberación, porque además vivimos en una sociedad que sólo nos habla de bienestar, de comodidad, de éxito, de eficacia. Sin embargo, con los días y con los años vamos saboreando el sabor amargo de una vida que se encierra sobre sí misma sin horizontes y sin futuro.

 

Tenemos que decidirnos, pues, por dar prioridad al espíritu y a sus cosas sobre la materia, poniendo a Dios como centro de nuestro vida, y no a nosotros como centro de Dios. Tenemos que optar por la oración, por los sacramentos, por las practicas religiosas en lugar de dejarlas relegadas por culpa de nuestras ocupaciones. Tenemos que ser hombres de vida interior más que de acción. Tenemos que defender más la familia que el trabajo. Tenemos que cuidar más la paz interior que las cuentas bancarias.

 

Dios nos pide en segundo lugar un cambio de corazón. Y os daré un corazón nuevo, infundiré en vosotros un espíritu nuevo, quitaré de vuestra carne el corazón de piedra y os daré un corazón de carne (Ez 36, 26). El corazón de piedra es ese corazón endurecido por el racionalismo, el orgullo, la autosuficiencia, la vanidad, el sentido de superioridad. Y el corazón de carne es ese otro corazón humilde, anclado en la fe, sencillo, sin complicaciones, cordial. Es muy necesario para nosotros los hombres abandonar esa falsa madurez que nos conduce frecuentemente a actitudes marcadas por el individualismo, la seguridad, la fuerza, pero que encierran tal vez posturas egoístas, cobardías inconfesables, miedo a la verdad. Tenemos que hacernos como niños. Tenemos que aceptarnos como limitados. Tenemos que aprender a equivocarnos sin rubores. Tenemos que decidirnos a pedir ayuda a los demás y a recibir de los demás con paz sugerencias, correcciones. Tenemos, en definitiva, que dejar los hábitos del hombre viejo para asumir los del hombre nuevo, creado a imagen de Cristo.

 

Dios nos pide en tercer lugar un cambio de actitudes. Con frecuencia nuestra vida responde a un esquema que difícilmente alteramos con los años. Nos convencemos de unas prioridades que casi sacralizamos; nos instalamos en unas costumbres que no dejamos por ningún motivo; nos hacemos dueños de unos prejuicios que nadie nos hará cambiar; nos aficionamos a un estilo de vida que no nos complique nuestra relación con el entorno; nos ponemos unos límites para no dar más de nosotros mismos; nos diferenciamos de todos para poder vivir a gusto con nuestra mediocridad. Hay que cambiar en todos estos campos, tras los cuales se puede ocultar desde la pereza hasta la presunción, desde la mentira hasta la avaricia, desde la cobardía hasta la falsa prudencia.

 

Por el contrario, tenemos que abrirnos al cambio, abandonar prejuicios, convencernos de nuestras mentiras, romper con nuestros hábitos egoístas, abrir las puertas a una vida más marcada por los sentimientos y la afectividad. Y evidentemente todo ello para ser personas equilibradas, ricas interiormente, abiertas a la felicidad, pues Dios nos quiere así.

 


Mariología XXXIV

 

María Corredentora: Respuesta a 7 Objeciones Comunes.(I/VII)

 

El Doctor Miravalle es Profesor de teología y mariología de la Universidad Franciscana de Steubenville y Presidente del movimiento internacional católico, Vox Populi Mariae Mediatrici. Es autor y editor de varios libros y antologías en mariología.

 

El 23 de Diciembre del 2000, la revista New York Times publicó en la portada de su sección "Artes e Ideas," un artículo sobre el movimiento Vox Populi Mariae Mediatrici, que busca la definición papal de la Santísima Virgen María como Corredentora, Mediadora de todas las gracias y Abogada. A su vez, este artículo se reimprimió en la mayoría de los principales periódicos de Estados Unidos, produciendo la chispa de lo que sería un nuevo y bizarro debate en todo el país, tanto dentro como fuera de los círculos católicos de pensamiento, sobre el concepto de nuestra Señora como "Corredentora."

 

La mayoría de las objeciones al título de Corredentora de nuestra Señora, aunque formuladas de distintas maneras, recaen fundamentalmente sobre las mismas categorías (muchas de las cuales fueron debatidas en publicaciones recientes en respuesta al artículo del New York Times). Existe una urgente necesidad de pronunciar claramente al público en general (sobre todo al creciente género de fieles católicos no catequizados), las verdades básicas doctrinales contenidas en el término Corredentora que utiliza la Iglesia, así como los avances que ha tenido el debate por una posible definición papal.

 

El llamado que hace el concilio Vaticano II de "traer a Cristo al mundo," con un enfoque evangélico no limitado a los confines de la Iglesia sino para el mundo entero, se aplica también a la verdad cristiana sobre la Madre de Cristo. Este llamado conciliar a proclamar la verdad cristiana al mundo, incluyendo la verdad cristiana sobre María, es al mismo tiempo un llamado evangélico que debe estar libre de cualquier compromiso doctrinal al presentar la verdad completa de María, según la doctrina oficial de la Iglesia Católica -una verdad que, esencialmente, debe incluir la corredención mariana-.

 

Por lo tanto, lo que presentamos a continuación es una síntesis de siete objeciones comunes al título de María como Corredentora y el papel que juega en la doctrina la corredención mariana, tomadas principalmente de publicaciones recientes, tanto seculares como cristianas. A cada objeción se ofrece una respuesta resumida pero fundamental, tomando en consideración tanto al lector católico como al no católico. En un esfuerzo por hacer que cada respuesta sea independiente de la otra, algunos contenidos se repiten dentro de las mismas y sólo en donde se ha juzgado pertinente.

 

1ª Objeción: Nombrar a María "Corredentora," la pone a un mismo nivel con Jesucristo, el Divino Hijo de Dios, lo que la hace una especie de cuarta persona de la Trinidad, una diosa o quasi diosa divina, lo cual es blasfemia para cualquier verdadero cristiano.

 

El uso que la Iglesia Católica da al título "Corredentora" aplicado a la Madre de Jesús, de ninguna manera sitúa a María a un nivel de igualdad con Jesucristo, el divino Redentor. Existe una diferencia infinita entre la persona divina de Jesucristo y la persona humana de María. Antes bien, la enseñanza papal ha hecho uso del título "Corredentora" para referirse a la eminente y singular participación que tuvo la Madre de Jesús, secundaria y subordinada a su divino Hijo, en la obra de la redención humana.

 

El término "Corredentora" se traduce correctamente como "la mujer con el Redentor," o literalmente como "la que restaura de nuevo con (el Redentor)." El prefijo "co" viene del latín "cum," que significa "con" y no "igual a." Por lo tanto Corredentora, aplicado a María, se refiere a su singular cooperación, secundaria y subordinada a su divino Hijo Jesucristo, en la redención de la familia humana, conforme lo atestigua la Escritura.

 

María, al dar su "fiat" voluntario y eficaz a la invitación del ángel Gabriel para convertirse en la Madre de Jesús, "hágase en mí según tu palabra" (Lc. 1:38), cooperó de modo eminentísimo a la obra de la redención, dándole al Redentor un cuerpo que sería el instrumento mismo de la redención humana. "...somos santificados, merced a la oblación de una vez para siempre del cuerpo de Jesucristo" (Hb. 10:10), y Jesucristo toma de ella la naturaleza humana, gracias al consentimiento voluntario, eficaz y del todo singular de la Virgen María. En virtud de haber dado carne a la "Palabra hecha carne" (Jn 1:14), quien a su vez redimió a la humanidad, la Virgen de Nazaret merece de modo enteramente impar el título de Corredentora. En palabras de la extinta Madre Teresa de Calcuta: "Por supuesto que María es Corredentora -le dio a Jesús un cuerpo, y su cuerpo fue el que nos salvó-."1

 

La profecía de Simeón en el templo, en el Nuevo Testamento, revela asimismo la misión dolorosa y corredentora de María directamente unida con la de su Hijo Redentor, en una sola obra redentora de perfecta unidad: "Simeón les bendijo y dijo a María, su madre: "Éste está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción -¡y a ti misma una espada te atravesará el alma!-" (Lc. 2:34-35).

 

Sin embargo el papel de María como Corredentora, subordinado a su divino Hijo, llega a su culminación al pie de la cruz en donde, sufriendo profundamente, une obedientemente su corazón de Madre a los sufrimientos del corazón del Hijo consintiendo con el plan de redención del Padre (cf. Ga. 4:4). Como fruto de este sufrimiento redentor, el Salvador crucificado da a María como Madre espiritual de todos los pueblos, "´Mujer, he ahí a tu hijo´. Luego dice al discípulo, ´He ahí a tu madre´" (Jn. 19:27). El Papa Juan Pablo II describió a María "crucificada espiritualmente con su Hijo crucificado" en el calvario y "su oficio de Corredentora no terminó con la glorificación de su Hijo."2 Aún después de haber adquirido las gracias logradas por la redención consumada en el calvario, María continúa su oficio corredentor distribuyendo esas gracias salvíficas a los corazones humanos.

 

Los más antiguos escritores cristianos y Padres de la Iglesia explicaron la corredención mariana con profunda sencillez, con lo que expusieron el primer modelo teológico de María como la "nueva Eva." En esencia, dilucidaron que así como Eva, la primer "Madre de los vivientes" (Gn.3:20) cooperó directamente con Adán, Padre de la raza humana, en la pérdida de la gracia para toda la humanidad, así también María, la "nueva Eva," cooperó directamente con Jesucristo, a quien San Pablo llama el "nuevo Adán" (1Co. 15:45-48) en restaurar la gracia para toda la humanidad. Citando a San Ireneo, padre de la Iglesia del siglo II: "Así como aquella [Eva] que tenía por marido a Adán, aunque todavía era virgen, fue desobediente haciéndose causa de la muerte para sí misma y para todo el linaje humano, así también María, que tenía destinado un esposo pero era virgen, fue por su obediencia la causa de la salvación para sí misma y para todo el linaje humano."3

 

En virtud de haber cooperado con el Redentor de forma singular y directa para restaurar la gracia al género humano (Gn. 3:15), María fue universalmente conocida en la Iglesia primitiva como la "nueva Madre de los Vivientes," y su corredención objetiva junto con Cristo, fue resumida correcta y brevemente por San Jerónimo, padre de la Iglesia del siglo IV: "la muerte nos vino por Eva, la vida por María."4

 

Ya desde la antigua tradición cristiana se encuentran referencias explícitas a la corredención mariana, que hablan de la singular cooperación de María -secundaria y subordinada a Jesucristo- en la redención o "restauración" del linaje humano de la esclavitud de Satanás y del pecado. Por ejemplo, Modesto de Jerusalén, escritor de la Iglesia del siglo VII, declaró que por medio de María somos "redimidos de la tiranía del demonio."5 San Juan Damasceno (siglo VIII) la saluda diciendo: "Bendita tú, por quien somos redimidos de la maldición."6 San Bernardo de Claraval (siglo XII) predica que "por su cooperación el hombre fue redimido."7 El célebre doctor franciscano, San Buenaventura (siglo XIII), sintetizó correctamente la tradición cristiana en esta frase: "Aquella mujer (Eva), fue la causa de nuestro destierro del paraíso y nos perdió; pero ésta (María) nos rescató de nuevo y nos salvó."8

 

Si bien los padres y doctores de la Iglesia no dudaban de que la participación de la Virgen María en la redención, basada en la divina obra y méritos de Jesucristo, había estado total y radicalmente subordinada al Hijo, la primitiva tradición cristiana no tuvo reparos en enseñar y predicar la íntima y singular cooperación de la mujer, María, en la "restauración" o redención del linaje humano de la esclavitud de Satanás. Así como la humanidad se perdió por causa de un hombre y una mujer, fue también la voluntad de Dios que la humanidad fuera rescatada por un Hombre y una Mujer.

 

Sobre este valioso fundamento cristiano, los papas y santos del siglo XX han usado el título de Corredentora para referirse a la singular cooperación de María en la redención humana, según se puede constatar en la actualidad por las seis ocasiones en las que el Papa Juan Pablo II se ha referido a María con el título de Corredentora durante su pontificado.9 "Corredentora," a la usanza de los papas, no significa que María sea una diosa semejante a Jesucristo, más que la identificación de San Pablo de todos los cristianos como "colaboradores de Dios" (1 Co. 3:9), no significa que los cristianos son dioses a la semejanza del único Dios.

 

Todos los cristianos están legítimamente llamados a ser colaboradores o "corredentores" con Jesucristo (cf. Col. 1:24) al recibir y cooperar con la gracia necesaria para la propia redención y la redención de otros -la redención subjetiva personal, lograda por la redención histórica objetiva o "restauración" obrada por Jesucristo, el "nuevo Adán," el Redentor, y por María, la "nueva Eva," la Corredentora.

 


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#2020 De: "Gonzalo" <lapalabra@...>
Fecha: Lun, 26 de Oct, 2009 11:06 pm
Asunto: Martes 27 de octubre de 2009. La Palabra Binaria.
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La Palabra Binaria

Publicación diaria para la Iglesia Católica

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Martes de la segunda

XXX semana del tiempo ordinario


Santos Vicente, Sabina y Cristeta


¿A qué compararé el reino de Dios?


 

Romanos 8,18-25

 

18 Estimo, en efecto, que los padecimientos del tiempo presente no se pueden comparar con la gloria que ha de manifestarse en nosotros. 19 Porque la creación está aguardando en anhelante espera la manifestación de los hijos de Dios, 20 ya que la creación fue sometida al fracaso, no por su propia voluntad, sino por el que la sometió, con la esperanza 21 de que la creación será librada de la esclavitud de la destrucción para ser admitida a la libertad gloriosa de los hijos de Dios. 22 Sabemos que toda la creación gime y está en dolores de parto hasta el momento presente. 23 No sólo ella, sino también nosotros, que tenemos las primicias del Espíritu, gemimos dentro de nosotros mismos, esperando la adopción filial, la redención de nuestro cuerpo. 24 Porque en la esperanza fuimos salvados; pero la esperanza que se ve no es esperanza, porque lo que uno ve, ¿cómo puede esperarlo? 25 Si esperamos lo que no vemos, debemos esperarlo con paciencia.

 

Salmo 125,1-6

 

1 Canción de las subidas

Cuando el Señor repatrió a los prisioneros de Sión,

nos parecía que estábamos soñando.

2 Nuestra boca se nos llenó de risa

y nuestra lengua de cantares.

Entonces se decía entre las gentes:

«El Señor ha hecho por ellos grandes cosas».

3 El Señor ha hecho por nosotros grandes cosas,

y estamos alegres.

4 Señor, haz volver a nuestros prisioneros

como torrentes en el Negueb.

5 Los que siembran con lágrimas,

cosecharán entre cantares;

6 van, sí, llorando van al llevar la semilla;

mas volverán, cantando volverán trayendo sus gavillas.

 

Lucas 13,18-21

 

18 Jesús les dijo: «¿A qué se parece el reino de Dios y a qué lo compararé? 19 Es como un grano de mostaza, que toma un hombre, lo echa en su huerto y crece hasta llegar a ser como un árbol, en cuyas ramas anidan las aves. 20 ¿A qué compararé el reino de Dios? 21 Es como la levadura que una mujer toma y la mete en tres medidas de harina, hasta que fermenta toda la masa».

 


 

Rezar no es sólo para los curas y las monjas. Ir a Misa no está reservado sólo a las “beatas”. Aprender la fe católica no es exclusivo para los niños de primera comunión. Hay muchos tópicos que deben abandonarse si queremos ser fieles al Evangelio. ¿Por qué? En este pasaje encontramos dos ejemplos.

 

Jesús habló a los campesinos en su lenguaje. Les explicó cómo era el Reino de Dios comparándolo con un grano de mostaza. Quería que los agricultores entraran a formar parte del grupo de sus discípulos. También habló de la fecundidad de sus enseñanzas diciendo que se transmiten como la levadura en la masa de pan. Porque quería que también las mujeres, las amas de casa, se convirtieran en difusoras de las virtudes evangélicas, y que con su ejemplo, toda la sociedad se viera transformada.

 

Por tanto, el papel de los laicos es imprescindible en esta tarea. Todos somos evangelizadores, no sólo los sacerdotes y las religiosas misioneras. Y hay que predicar con el lenguaje de hoy: con la televisión, el cine, la prensa, las redes de Internet... todos esos son medios puestos a nuestra disposición para hacer avanzar, aunque sea sólo un milímetro al día, el Reino de Cristo.

 


 

Santos Vicente, Sabina y Cristeta

 

Vicente, Sabina y Cristeta son hermanos. Han nacido y viven en Talavera (Toledo). Los tres disfrutan de su juventud —Cristeta, casi niña- y, como en tantos hogares después del fallecimiento de los padres, hace cabeza Vicente que es el mayor.

 

Manda en el Imperio la tetrarquía hecha por Diocleciano con el fin de poner término a la decadencia que se viene arrastrando a lo largo del siglo III por las innumerables causas internas y por las rebeliones y amenazas cada vez más apremiantes en las fronteras. Diocleciano, augusto, reside en Nicomedia y ocupa la cumbre de la jerarquía; su césar Galerio reside en Sirmio y se ocupa de Oriente; Maximiano es el otro augusto que se establece en Milán, con su césar Constancio, en Tréveris, gobiernan Occidente.

 

El presidente en España es Daciano hombre cruel, bárbaro y perverso, que odia sin límites el nombre cristiano y que va dejando un riego de mártires en Barcelona y en Zaragoza. Llega a Toledo y sus colaboradores buscan en Talavera seguidores de Cristo.

 

Allí es conocido como tal Vicente, que se desvive por la ayuda al prójimo y es ejemplo de alegría, nobleza y rectitud.

 

Llevado a la presencia del Presidente, se repite el esquema clásico, en parte verídico y en parte parenético de las actas de los mártires. Halagos por parte del poderoso juez pagano con promesas fáciles, y, por parte del cristiano, profesiones de fe en el Dios que es Trinidad, en Jesucristo-Señor y en la vida eterna prometida. Amenazas de la autoridad que se muestra dispuesta a hacer cumplir de modo implacable las leyes y exposición tan larga como firme de las disposiciones a perder todo antes de la renuncia a la fe nutriente de su vida que hace el cristiano. De ahí se pasa al martirio descrito con tonos en parte dramáticos y en parte triunfales, con el añadido de algún hecho sobrenatural con el que se manifiesta la complacencia divina ante la fidelidad libre del fiel.

 

Bueno, pues el caso es que a Vicente lo condenan a muerte por su pertinacia en perseverar en la fe cristiana. Lo meten en la cárcel y, en espera de que se cumpla la sentencia, es visitado por sus dos hermanas que, entre llantos y confirmándole en su decisión de ser fiel a Jesucristo, le sugieren la posibilidad de una fuga con el fin de que, sin padres que les tutelen, siga él siendo su apoyo y valedor. La escapada se realiza, pero los soldados romanos los encuentran en la cercana Ávila donde son los tres martirizados, en el año 304.

 

El amor a Dios no supone una dejación, olvido o deserción de los nobles compromisos humanos. Vicente, aceptando los planes divinos hasta el martirio, hizo cuanto legítimamente estuvo de su parte para sacar adelante su compromiso familiar.

 


Mariología XXXIII

La Teología Mariana de Von Balthasar

Y la Definición Propuesta de María Corredentora

 

La hermana Thomas Mary McBride es miembro de la Sociedad Mariológica de América y se especializa en la teología y mariología de Urs von Balthasar.

 

En los círculos teológicos se ha vaticinado que el teólogo suizo, Hans Urs von Balthasar (1905-1988) será el teólogo más importante del siglo veinte. La característica de mayor impacto de la abundante producción de Balthasar, es su orientación contemplativa, que él mismo ha descrito como "teología de rodillas." Ciertamente, su propia vocación teológica la percibió y entendió durante la oración, en un momento preciso de gracia, durante un retiro que hacía en la Selva Negra en Basle; una gracia que posteriormente, él contaría con gran precisión.

 

La actitud devota y receptiva que se percibe en la obra de von Balthasar, se entiende de mejor manera a través del fiat mariano, que nos demuestra que la teología comienza con la respuesta de la criatura a la automanifestación de Dios. Según von Balthasar, María, a través del don de la gracia, le dio a Dios la perfecta respuesta nupcial de fe y, por esta razón, el fiat mariano se ha convertido en el tipo y ejemplo acabadísimo de la respuesta fiel de toda la Iglesia. , Este artículo, por lo tanto, tiene como propósito presentar un breve recuento de la teología mariana de von Balthasar, desarrollada en torno al leitmotiv del fiat nupcial, que explícita o implícitamente, penetra por completo su corpus teológico.

 

En virtud de que von Balthasar, siguiendo la Tradición de los primeros padres, ve a María como la imagen típica de la Iglesia, se sigue que su concepción de la Iglesia es mariana, femenina y nupcial. Él ve a la Iglesia como una persona, un cuerpo, una estructura, y finalmente, como novia. En primer lugar y ante todo, por supuesto, la Iglesia es Cristo; pero cuando se le considera como Cabeza y cuerpo, la Iglesia también constituye una respuesta a Cristo, es decir, un abandono esponsal a Cristo en fe. Por medio de esta respuesta que la Iglesia da en fe, su fiat personal a la divina Palabra, la Iglesia lleva en su propia carne el espíritu y el fruto de Cristo. Aunque está conformada por muchos miembros, la Iglesia no es una mera colectividad de personas: una realidad sociológica. Todos sus miembros participan, mediante la gracia infusa, de un solo sujeto normativo y de su conciencia. Su incohabitabilidad se realiza en el misterio del Espíritu Santo dentro de su más ser íntimo, y quien por sí solo puede constituirla en sujeto y novia. Mediante su estructura sacramental, la Iglesia comunica a las personas reales que la forman, la más intima vida divina de Cristo, en un vínculo de amor como en un matrimonio. Para von Balthasar, esta realidad de la Iglesia, que la revelación llama la novia de Cristo, es un misterio de fe.

 

En el tercer volumen de su Theo-Drama: Personas en Cristo, von Balthasar subraya la figura arquetípica de la Virgen María, a quien él considera como "el verdadero símbolo" de la Iglesia. Basándose en los padres y la Tradición, von Balthasar presenta a la Virgen de Nazaret como la mujer individual que personifica y es la epítome misma de la Iglesia, en su abandono a Dios esencialmente nupcial. Toda la vida de María se engloba, dice el escritor, en su fiat, el consentimiento perfecto que "todo lo permite," y al permitir que de este modo la Palabra de Dios tome completa posesión de ella en cuerpo y alma, "se convierte en vientre y novia y Madre del Dios encarnado."

 

De acuerdo con von Balthasar, el consentimiento de María es primeramente un consentimiento virginal, que sólo después se convertirá en un consentimiento maternal y finalmente, esponsal. Su consentimiento virginal se funda en la gracia de la Inmaculada Concepción, fuente de su impecable virginidad. María fue agraciada con la perfecta libertad finita: la capacidad de la plena realización personal, como un ser total y exclusivamente vuelto hacia el Verbo de Dios al responder obedientemente en fe.

 

Su consentimiento virginal se convierte en consentimiento maternal, al permitir voluntariamente que la iniciativa divina confeccione un nuevo comienzo en el nacimiento virginal de su Hijo y ella se convierte en la Madre de Cristo. Finalmente, la Madre de Cristo se torna en la Novia de Cristo en el calvario, en donde su consentimiento voluntario, pleno en la fe y ahora esponsal a la voluntad salvífica de Dios, es llevado a su realización más alta. Al pie de la cruz de Jesús, María recibe con perfectísima fe y amor, la infinita fecundidad que brota de la herida abierta del Corazón de Jesús. La nueva Eva recibe la efusión de Vida y la gracia sobreabundante de parte del nuevo Adán, al cooperar íntimamente con su fiat irrestricto, en la misión de amor redentivo de Cristo.

 

Como Virgen, Madre y Novia de Cristo, María se convierte en Madre de la Iglesia, mediante la fecunda semilla espiritual que la Novia Inmaculada recibió de su Hijo crucificado: su Cuerpo ofrecido y su Sangre derramada. Como Virgen, Novia, y Madre, ella engendra a la Iglesia una y otra vez por toda la eternidad.

 

Por lo tanto, en su teología mariana, von Balthasar presenta a la Iglesia como arquetipo de la vida y amor propios de María. Ambas, María y la Iglesia, son fecundas precisamente por su amor virginal. En el nacimiento virginal, que es signo sacramental, la Iglesia se pone en contacto con el nuevo nacimiento de la vida divina, de la que ella, como María, es Madre. María y la Iglesia son cada una transformadas en la Novia de Cristo, participando interiormente de la pasión, recibiendo la fecundidad espiritual que fluye del Corazón abierto del Crucificado. Finalmente, de esta recepción activa, María, y luego la Iglesia, pasan a ser el vientre productivo de todas las gracias cristianas. Mediante el fiat nupcial, literalmente inmaculado sólo en el modelo mariano de la Iglesia, María comparte con la comunión de los santos su propia experiencia arquetípica como Virgen, Madre y Novia de Cristo.

 

Según von Balthasar, el "si" nupcial que María da con una fe íntegra, la que continúa en la Iglesia como virginidad fructífera, no sólo tiene implicaciones para la Iglesia, ciertamente, sino que es el fiat mariano lo que define a la Iglesia. El fiat y la redención están de tal forma entrelazados, son tan inseparablemente uno, que la criatura no puede decir "si" a Dios sin que sea redimida, pero tampoco la criatura puede ser redimida sin haber dado su "si" de alguna manera. El único "sí" de María, su fiat personal con una disposición sin límites al designio divino, fue suficiente para que el Señor encarnado dijera "si" a todas sus criaturas, y se ha convertido "por gracia, en el vientre de la novia, matrix y mater" dentro y por medio del cual cada criatura puede decir "si" a Dios, y por el que "también forma a la verdadera Iglesia universal." Por lo tanto, el fiat de María, como el fiat voluntas tua del Señor, es un fiat vicario, católico, que abarca la totalidad del amor de Dios para todo su pueblo, y es también un modelo. Apoyado en el fiat, tipo de María, la novia Iglesia, como María, concibe, engendra y da a luz a Cristo.

 

Una parte integral de la teología mariana de von Balthasar, está constituida por los modelos apostólicos Pedro, Juan y Pablo quienes, junto con María, forman en la Iglesia un grupo necesario e indisoluble de personas que giran alrededor de la vida humana de Cristo. Von Balthasar considera el fiat mariano como la forma fundacional que abarca y sostiene los modelos apostólicos, ya que fue María la primera en experimentarlo, y por ello condiciona de manera total la experiencia apostólica.

 

La Iglesia por lo tanto, habiendo nacido de Cristo, "encuentra su propio eje en María, así como la plena realización de su concepto como Iglesia." Su fe mariana, al responder al Novio Divino-Humano, se eleva en la Iglesia a la posición de principio, y es co-extensiva con el principio masculino del Oficio y los Sacramentos al producir el fruto de Cristo para todo el mundo. Sabiendo que en el plan de Dios están contemplados todos los pueblos, la Iglesia puede reconocer con humildad que ella es la escogida para ser la representante de la humanidad ante Dios "con fe, en oración y con sacrificio, teniendo esperanza para todos, y más que nada, con un gran amor por todos." Como novia, imitando a su modelo mariano, ella se dirige al Novio para poder servir como esclava, y regresarle una progenie nueva modelada a la imagen de Cristo, así como recibir de su Cabeza, "en lo más profundo de su intimidad," la vida trinitaria íntegra. Su total disposición sólo puede ser una dependencia femenina de Dios, encarnada en el fiat de María.

 

La teología mariana de Von Balthasar tiene una orientación contemplativa. Esto es claro al ver su insistencia en que la primera obligación que tiene la novia-Iglesia con su Novio, es la glorificación del amor divino. Este amor divino fue vaciado en el vientre puro de María como primer fruto de la gracia redentiva y ella respondió plenamente con su fiat de fe y adoración. Esta receptividad y respuesta marianas al Verbo de Dios, es el único propósito de la vida contemplativa de la Iglesia en dondequiera que ésta se encuentre.

 

La prioridad más importante pertenece, sin excepción, a nuestra disposición de servir al Amor divino, una disposición que no tiene ningún otro fin que el de sí mismo, y que aparentemente no tiene sentido en un mundo atrapado en tantas ocupaciones urgentes y razonables.

 

El alma contemplativa, al igual que su modelo mariano, desea dar una respuesta semejante de obediencia y adoración, un servicio puro de agradecimiento y alabanza al Amor absoluto. Como María, el alma contemplativa se identifica con "el centro más íntimo de la Iglesia, donde ella es simplemente la novia en presencia del Novio." Es la vida que Jesús alabó en el Evangelio, la vida de María a sus pies:

 

Nunca se podrá prescindir de María de Betania. Personam Ecclesiae gerit: en su especial función, ella representa a la Iglesia misma. Ella actualiza, en el mundo de la conciencia humana, el misterio más profundo de las nupcias entre Cristo y la Iglesia, Dios y el mundo, gracia y naturaleza, una relación que es el misterio tanto de la fecundidad de María, Madre, como el de la Iglesia.

 

Confirmación por Santo Tomás de Aquino

 

Santo Tomás de Aquino, al discernir sobre el fiat de María, parece confirmar el fundamental punto de vista de von Balthasar. Según Santo Tomás, el fiat de María era necesario con objeto de mostrar que se estaba decretando un matrimonio espiritual entre el Hijo de Dios y la naturaleza humana. El "sí" de María representó el "sí" de todo el pueblo de Dios, permitiendo con ello que cada persona pueda pronunciar su propio fiat personal y estar íntimamente unidos con la naturaleza divina. Al comentar sobre el significado místico de las bodas de Caná, el seráfico Doctor enseña que María está presente en la mística unión nupcial del alma con Dios y que es ella la que prepara las nupcias, porque es mediante su intercesión, que el alma se une a Cristo por la gracia. Santo Tomás llama a María consolatrix y mediatrix. Al hacer comentarios sobre la encarnación, Santo Tomás afirma que María está tan llena de la gracia, que se desborda hacia nosotros, y en esta plenitud de gracia desbordante, María supera a todos los santos.

 

Desde la perspectiva de una evaluación, la teología mariana de von Balthasar es en sí una valoración crítica de la mariología de la Iglesia desde el periodo patrístico hasta el concilio Vaticano II. Él retoma el pensamiento de la fe irreflexiva que había en tiempos anteriores a la crítica, desde el punto de vista de la situación histórica actual que ha pasado por la Reforma y el Renacimiento. Haciendo un razonamiento riguroso de sus línea de pensamiento, el teólogo muestra la catolicidad fundamental del fiat mariano y la validez que tiene el desarrollo de la imagen arquetípica de María como Virgen, Madre y Novia. Resalta las exageraciones que emergieron a través de los siglos y que fueron podadas en el Capítulo VIII de Lumen gentium. Sin embargo, hace hincapié en "la limitada mariología que hubo en el concilio" y la llama una presentación minimalista. Consecuentemente, le da a la mariología un nuevo comienzo, presentando su propia visión tríptica de María como un "personaje dramático."

 

María es un personaje dramático, según von Balthasar, porque su Inmaculada Concepción sitúa su existencia personal "entre una existencia de paraíso (supralapsarian) y la vida humana en su estado caído." Esto necesariamente tiene que ser así, porque el privilegio de su Inmaculada Concepción la liberó de toda mancha de pecado; sin embargo, vivió su existencia humana en el mundo caído del pecado. Es así, en segundo lugar, porque su vida personal se sitúa en el tránsito entre la Antigua Alianza de la ley y el pecado, y la Nueva Alianza de la gracia y el Espíritu.

 

Como Madre carnal, su sucesión es directa con las generaciones que descienden de Adán vía Abraham, mientras que como Madre Virgen, quien al dar su consentimiento engendró por medio del Espíritu, representa un hito y un nuevo comienzo.

 

Finalmente, es así porque su existencia se sitúa en la tensión escatológica entre el tiempo y la eternidad. Aunque ella misma ha recobrado el Paraíso en su asunción, como Madre de todos los vivientes, María "engendra la era del Mesías y a sus hermanos, en los dolores de parto de la cruz."  Según el pensamiento de von Balthasar,

 

El dramático oficio de María surge tanto de su centro -siendo la Madre virginal de Cristo- como de la totalidad de su ser, que comienza con la humanidad en el estado paradisíaco (supralapsarian), abraza a la humanidad caída y redimida y abarca la posición escatológica de la humanidad. Su oficio es universal y en cierto sentido (que debemos analizar con mayor detalle) co-extensivo al de Cristo.

 

Una propuesta para el desarrollo a futuro

 

Quizás la mariología de von Balthasar, que penetra profundamente el fiat mariano, podría obtener una base más sólida enraizándola, metafísicamente, con la participación metafísica de Santo Tomás de Aquino, especialmente a la luz de su desarrollo por tomistas contemporáneos.

 

Según la teoría de Santo Tomás sobre la participación del ser, Dios es ipsum subsistens esse y cada criatura finita participa de la existencia, procediendo en un orden ascendente. En tanto que los cuerpos participan sólo del ser, las almas participan, según su naturaleza, del ser y de la vida, y el intelecto participa del ser, la vida y la inteligencia.

 

Cornelio Fabro, posiblemente el mayor expositor de la metafísica tomista, al comentar sobre la declaración anterior, dice:

 

En esta extensión metafísica de la noción de participación, todas las relaciones esenciales del ser se actualizan, ambas con respecto a la estructura y la causalidad, hasta su grado más alto. Ello consiste en la obtención de su fin último, que es la imitación y semejanza del ser, y principalmente, en la acción conjunta de una substancia inferior o facultad y un principio superior.

 

En cuanto a la persona de María, ¿no podría ser esto un apoyo a la luz de la Inmaculada Virgen Madre, quien es la única y más excelsa de las criaturas humanas en el plan de salvación?. La impecabilidad de su ser participó, por encima de todos los demás, de la vida y del Ser de Dios. Su fiat abrió la puerta para que la humanidad caída participara de su fiat, y poder ascender a Dios por medio de incontables gracias a imitación y semejanza del Ser. Un estudio al respecto, podría bien profundizar y fructificar el conocimiento que tiene la Iglesia de María como Mediadora de todas las gracias y contribuir significativamente a la discusión del dogma propuesto. Como dice W. Norris Clarke al concluir su exposición sobre la elevación metafísica hacia Dios mediante la participación tomista -ligeramente adaptada para ajustar "nuestras alas metafísicas"- podría ser que la eficacia de los argumentos esté tan intrincadamente involucrada en un compromiso profundo existencial del espíritu, dinámico y vital, hacia una verdadera búsqueda personal por comprender plenamente el (fiat mariano), que podría permanecer opacado si se sigue viendo desde una perspectiva meramente desapegada, abstracta y lógica. Podría ser, como en el caso de Plotinus, que los hilos de la búsqueda metafísica y mística estén tan estrechamente entretejidos, que se podrán separar de lleno solamente con violencia. La búsqueda del centro oculto de la (Iglesia universal) cuya presencia -o más bien, la exigencia de cuya presencia- la mayoría de la humanidad siente -en los lugares más recónditos e inefables de sus mentes y corazones- como obscura, reducida e inarticulada, quizás tendría que ser una búsqueda íntegra de la persona, de todo el ser del hombre o la mujer.

 

Dos mil años de tradición cristiana atestiguan la presencia permanente de la Madre de Dios en el corazón y centro de la Iglesia. Quizás la búsqueda del "pleno entendimiento" del misterio de su fiat, como el centro oculto de la Iglesia universal, necesitaría ser un entretejido de ambos hilos, el metafísico y el místico, una búsqueda "de la integridad personal, de todo el ser del hombre o la mujer."

 

Epílogo

 

En una entrevista otorgada por el Honorable Howard Q. Dee, ex Embajador de las Filipinas ante la Santa Sede, y hablando sobre el dogma a proponerse de nuestra Señora como Corredentora, Mediadora de todas las gracias y Abogada, el Embajador Dee sometió la siguiente declaración de un ensayo que Su Eminencia, el cardenal Cristoph Schoenborn, O.P., Arzobispo de Viena, Austria, ofreció en el Simposio de Fátima sobre la Alianza de los Dos Corazones.

 

¿Porqué la teología encuentra el centro de su corazón en el corazón de una mujer que es la Madre de Jesús? María es la garante del realismo Cristiano; en ella se manifiesta que la palabra de Dios no sólo fue hablada, sino también escuchada; que Dios no sólo ha hablado, sino que el hombre ha contestado; que la salvación no sólo fue presentada, sino también recibida. Cristo es la palabra de Dios, María es la respuesta; en Cristo, Dios ha bajada del cielo; en María la tierra se ha hecho fértil. María es el sello perfecto de las criaturas; en ella se ilustra de antemano, lo que Dios quería para la creación.

 

Estas palabras inspiraron el siguiente discernimiento del Embajador Dee:

 

Según lo que ha expresado el cardenal Schoenborn, yo simplemente entiendo que el don de la redención, que se otorga libre y de manera perfecta, debe ser recibido en libertad y de manera perfecta...A la luz de lo anterior, y según el plan de Dios, María es indispensable para la redención del hombre. Ella es indispensable no porque Dios sea incapaz de redimirnos por Sí Mismo, sino porque Él quiere que el hombre, a quien ha creado con libre albedrío, coopere libremente con su propia redención... El Redentor necesita que el hombre coopere con su propia redención.

 

Este oficio de corredención se ofreció a María porque fue concebida sin la mancha del pecado original. Sólo ella estaba en posibilidades de comenzar con un nuevo linaje de sangre libre de la esclavitud del pecado; solamente a ella se le preparó para ser Corredentora y quien, al igual que el cordero pascual, debía ser inmaculada. El Señor le hizo este ofrecimiento por medio del ángel Gabriel, y con su fiat, ella consintió en nombre de toda la humanidad, convirtiéndose en Corredentora.

 

El suscrito está sugiriendo que la participación metafísica de Santo Tomás, que sostiene el penetrante entendimiento teológico de von Balthasar en cuanto al ilimitado fiat de María -que brota por haber sido creada de manera única como la Inmaculada Concepción- podría ser un recurso fresco y fundamental para el dogma a proponerse de nuestra Señora como Corredentora, Mediadora de todas las gracias y Abogada.

 


Que la gracia y la bendición del Padre se derrame sobre todos nosotros

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#2019 De: "Gonzalo" <lapalabra@...>
Fecha: Lun, 26 de Oct, 2009 2:13 pm
Asunto: Lunes 26 de octubre de 2009. La Palabra Binaria.
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La Palabra Binaria

Publicación diaria para la Iglesia Católica

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Lunes de la segunda

XXX del tiempo ordinario


San Evaristo


La gente se regocijaba por los milagros que él hacía


 

Romanos 8,12-17

 

12 Así pues, hermanos, no somos deudores de los bajos instintos para tener que vivir de acuerdo con ellos. 13 Porque si vivís según los bajos instintos, moriréis; pero si, conforme al Espíritu, dais muerte a las acciones carnales, viviréis. 14 Los que se dejan guiar por el Espíritu de Dios son hijos de Dios. 15 Porque no recibisteis el espíritu de esclavitud para recaer de nuevo en el temor, sino que recibisteis el espíritu de hijos adoptivos, que nos hace exclamar: ¡Abba! ¡Padre! 16 El mismo Espíritu da testimonio juntamente con nuestro espíritu de que somos hijos de Dios. 17 Y si somos hijos, somos también herederos: herederos de Dios, coherederos de Cristo; si es que padecemos con él, para ser también glorificados con él.

 

Salmo 67,2.4.6-7.20-21

 

2 Se alza el Señor y sus enemigos se dispersan,

huyen de su presencia sus contrarios.

4 Los justos se regocijan en la presencia del Señor,

se alborozan y saltan de alegría.

6 Padre de los huérfanos, defensor de las viudas,

tal es Dios en su morada santa.

7 Dios da una casa a los abandonados,

da a los prisioneros la libertad dichosa;

sólo los rebeldes viven en su tierra abrasada.

20 Bendito sea el Señor día tras día,

él cuida de nosotros, es nuestro salvador.

21 Nuestro Dios es el Dios libertador,

el Señor, nuestro Dios, nos libra de la muerte.

 

Lucas 13,10-17

 

10 Un sábado estaba enseñando en una sinagoga. 11 Había allí una mujer poseída de un espíritu inmundo, que la tenía enferma hacía dieciocho años; estaba encorvada y no podía de ninguna manera enderezarse. 12 Jesús, al verla, la llamó y le dijo: «Mujer, quedas libre de tu enfermedad». 13 Le impuso las manos y, al instante, se enderezó y empezó a alabar a Dios. 14 El jefe de la sinagoga, indignado porque Jesús había curado en sábado, decía al pueblo: «Hay seis días para trabajar; venid en ésos y curaos; no vengáis en sábado». 15 Jesús le respondió: «¡Hipócritas! ¿No suelta cada uno de vosotros su buey o su asno del pesebre en sábado y lo lleva a beber? 16 Y a esta mujer, que es una hija de Abrahán, a la que Satanás tenía atada desde hace dieciocho años, ¿no se la puede soltar de su atadura en sábado?». 17 Y al decir esto, todos sus adversarios quedaron avergonzados, mientras que la gente se regocijaba por los milagros que él hacía.

 


 

Todos nos maravillamos de los signos que realizaba Jesús. ¡Y cuántas veces le hemos pedido la curación de alguna enfermedad, nuestra o de alguna persona a la que queremos!

 

Sin duda, las enfermedades de aquella época eran difíciles de curar. No contaban con los medios actuales de diagnosis y terapias. No había salas de operaciones con la higiene que conocemos hoy, ni ecografías, ni vacunas, ni anestesias locales. Todo eso ha venido con el progreso técnico, médico y farmacológico. Parece como si Dios hubiera dejado en manos de los médicos el cuidado del cuerpo para poder dedicar a los sacerdotes, sus más íntimos colaboradores, a la tarea más importante: el cuidado espiritual. Es increíble recuperar la vida de gracia y de intimidad con Dios. Es maravilloso ver nacer a Cristo cada día en la Eucaristía.

 

Porque la vida espiritual, aunque esté oculta a los ojos, tiene una dimensión infinitamente superior a las acciones puramente materiales. Por ejemplo, un acto de caridad hecho por amor a Dios embellece al alma de tal manera que nos quedaríamos extasiados si pudiéramos contemplarla. Es impresionante lo que realizan en nosotros los sacramentos. Porque recibimos gracias especiales de Dios. Sin embargo, tenemos que reconocer que estamos sujetos a las realidades de la tierra y que no podemos percibir nuestra transformación en el mundo espiritual. Pero si tenemos fe, y perseveramos hasta el final, un día podremos ver con claridad, sin misterios, la grandeza de cada alma humana.  

 


 

San Evaristo

 

Nació por los años 60, de una familia judía asentada en tierras griegas. Recibió educación judía y aprendió en los liceos helénicos.

 

No se conocen datos de su conversión al cristianismo, pero se le ve ya en Roma como uno de los presbíteros muy estimados por los fieles que, lleno de celo, eleva el nivel de la comunidad de cristianos de la ciudad, entregándose por completo a mostrarle a Jesucristo. Amplio conocedor de la Sagrada Escritura, es docto en la predicación y humilde en el servicio.

 

Muerto mártir el Papa Anacleto, sucesor de Clemente, la atención se fija en Evaristo. Por humildad se resistió con todas las fuerzas posibles a asumir la dignidad que comportaba tan alto servicio. El día 27 de Julio del año 108 tuvo la Iglesia por Papa a Evaristo.

 

Atendió cuidadosamente las necesidades del rebaño: Defiende la verdadera fe contra los errores gnósticos. Establece normas que afectan a la consagración y trabajo pastoral de los Obispos y de los diáconos. Manda la celebración pública de los matrimonios. Se ocupa de la vida de los fieles, esbozándose ya una cierta administración territorial, para su mejor atención y gobierno. También escribió cartas a los fieles de África y de Egipto.

 

Murió mártir, siendo Trajano emperador, hacia el 117.

 


Mariología XXXII

Desarrollo doctrinal y ecumenismo.

El oficio salvador de María... Su mediación maternal...

 

El doctor Scott Hahn es Profesor de teología y estudios bíblicos en la Universidad Franciscana de Steubenville, y reconocido internacionalmente como autor y conferenciante de apologética, ecumenismo y estudios bíblicos.

 

Con frecuencia, la Divina Providencia suscita historias irónicas sobre los vaivenes por los que pasan los católicos convertidos en su peregrinar de regreso al hogar de la Iglesia católica. En mi caso, como ex ministro protestante y con profundas convicciones anticatólicas, fue mi cruzada —tipo Saulo— contra María, la que fue maravillosamente transformada por la gracia de Dios, convirtiéndose en un profundo amor filial por la Madre de Dios. Como dicen por ahí, mientras más grandes se hacen, más fuerte caen —enamorados—.

 

Pero si yo hubiera tenido un encuentro con un movimiento como Vox Populi Mariae Mediatrici ("La Voz del Pueblo por María Mediadora") antes de mi entrada en la Iglesia en la Pascua de 1986, me habría sentido algo aterrado, pues mis peores sospechas se habrían confirmado. De verdad, casi puedo escucharme cargando el cañón, "¿Qué quieren decir con María como ´Corredentora, Mediadora de todas las gracias y Abogada del pueblo de Dios?´ ¡Al fin, una prueba contundente de que los Católicos reemplazan las prerrogativas de Cristo con las de María!" Por muchos años consideré que la doctrina mariana y su devoción era el síntoma de una infección mortal que aquejaba a los católicos; sentía que en verdad era la muestra palpable de lo que andaba más mal con los católicos. Inicialmente, me opuse a la definición del dogma por varias razones, pero más que nada porque temía que sólo contribuiría a la confusión que ya existía en esos ámbitos.

 

Sin embargo, como maestro, tuve que hacerme la pregunta ¿cuál es la mejor manera de enfrentar la confusión? Desvanecerla. Y la mejor manera de hacerlo es alineándose con la Iglesia, proclamar lo que el Papa proclama y después explicarlo —es exactamente lo que hace un teólogo—.

 

Paradójicamente, los puntos de vista antimarianos que yo tenía, han resultado ser de gran valor para las objeciones que comúnmente surgen en contra de las enseñanzas de la Iglesia acerca de María, así como la posibilidad de un nuevo dogma mariano que se espera pueda definir el Papa. Como evangélico, la razón principal por la que me oponía a la enseñanza mariana de la Iglesia Católica, era porque creía que socavaba la obra perfecta de Cristo y lo arrebataba de su gloria. Hoy en día, la razón principal por la que me adhiero a la enseñanza de la Iglesia, es porque ahora veo a María como la obra perfecta de Cristo y una mayor revelación de su gloria; María no le roba más gloria al Hijo, de lo que la luna le roba al sol.

 

En virtud de los baches y desviaciones por los que me he enfrentado en mi camino hacia Roma, quizás sería útil aclarar cómo este evangélico llegó a aceptar las enseñanzas de la Iglesia, y explicar porqué aceptaría una definición de un nuevo dogma mariano, si eso es lo que el papa Juan Pablo II decide hacer.

 

El Evangelio de Jesús toma forma en María.

 

Jesús anunció el Evangelio y después procedió a cumplirlo; pero el Evangelio no cambió a la segunda Persona de la Trinidad. El Hijo eterno no ganó ni una sola gota de gloria para sí mismo—después de haber vivido, muerto y resucitado como humano— de lo que careció desde un principio. Dios no creó y redimió al mundo con el objeto de tener más gloria, sino más bien para darla. No existe una contienda entre el Creador y Sus criaturas. El Padre nos hizo y redimió por medio del Hijo y el Espíritu, pero lo hicieron por nosotros —comenzando con María, en quien se cumplió no sólo primera sino perfectamente—.

 

¿Desvirtuaríamos, por lo tanto, la obra acabada de Cristo al afirmar su perfecta realización en María? Al contrario, celebramos su obra, fijando nuestra atención en la persona humana que lo manifiesta de la manera más perfecta.

 

María no es Dios, pero ella es la Madre de Dios. Ella es sólo una criatura, pero es la creación más grande de Dios. Así como los artistas anhelan pintar una obra maestra de entre sus muchas obras, así Jesús hizo de su Madre su gran obra maestra. El hecho de afirmar la verdad sobre María, no hace menos a Jesús; sin embargo, no hacer tal afirmación sí podría hacerlo.

 

De entre todas las criaturas, María es la que está directamente relacionada con Dios por una unión natural emparentada con la alianza, como Madre de Jesús, a quien ella dio su propia carne y sangre. Esta unión es la que nos permite compartir la gracia de la Nueva Alianza de Cristo por la adopción. Más aún, Jesús estaba legalmente obligado por medio de la ley de su Padre ("Honrarás a tu padre y a tu madre"), de compartir su honor, como Hijo, con María. Y verdaderamente cumplió con esta ley más perfectamente que ningún otro hijo lo haya hecho jamás, enriqueciéndola con los dones de su divina gloria, y simplemente estamos llamados a imitarlo.

 

La salvación es una dinámica de trabajo compartido.

 

El papa Juan Pablo II ha declarado: "Dios, en su misterio más profundo, no es soledad sino una familia, ya que tiene en sí mismo paternidad, filiación de hijo y la esencia de la familia, que es amor." La obra de salvación es la obra en conjunto de las tres Personas de la Santísima Trinidad. Por lo tanto, nuestra redención asume proporciones trinitarias y familiares.

 

La primer Persona de la Trinidad es ahora nuestro Padre (Jn. 20:17), en virtud de la obra salvadora del Hijo, quien es "el primogénito entre muchos hermanos" (Rm. 8:29) y, por lo tanto, el Espíritu Santo es "el Espíritu de hijos adoptivos" que nos hace exclamar "Abbá, Padre" (Rm. 8:15). Esto es lo que caracteriza a la religión cristiana como única y definitiva; es el Evangelio de Dios que comparte su vida familiar y su amor con la humanidad, y todo comenzó con el don de María como Madre; ella obedeció al Padre concibiendo al Hijo con el poder del Espíritu Santo —por nosotros—.

 

El apóstol Pablo habló del misterio cuando declaró: "Somos colaboradores de Dios" (1 Co 3:9). ¿Cómo es esto? ¿No puede Dios hacer la obra por Sí Mismo? Por supuesto que puede, pero ya que es Padre, su trabajo consiste en criar hijos e hijas maduros, hacernos sus colaboradores para que finalmente su obra sea nuestra redención. Esta obra la compartió de manera eminente y singular con María, a quien Dios confió oficios tales como alimentar a su Hijo con su propia leche, cantarle para que se durmiera y acompañarlo a lo largo de todo el camino hasta la cruz, donde ella dio su doloroso sí al ofrecimiento voluntario de su Hijo. En resumen, el Padre quiso que toda la existencia del Hijo como hombre dependiera, por así decirlo, del continuo fiat de María. ¿Puede existir un "colaborador" más íntimo?

 

Ser discípulo, colaborador con Jesús, implica esfuerzo. En ocasiones, implica sufrimientos. Un pasaje que parece haber escapado de mi atención cuando era protestante, fue la frase un tanto curiosa de Sn. Pablo, "Ahora me alegro por los padecimientos que soporto por vosotros, y completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, a favor de su Cuerpo, que es la Iglesia." (Col. 1:24) Los católicos de nacimiento recordarán con cierto cariño que se les haya dicho alguna vez (cuando se fallaba en una prueba de equipo, o en el caso de una rodilla pelada, o un corazón roto) "ofrécelo." Esta sencilla palabra contiene la llave que abre el misterio de nuestra corredención. Al unir conscientemente nuestros sufrimientos con los sufrimientos redentores de nuestro Señor, nos convertimos en colaboradores. La Santísima Madre se convirtió en la colaboradora por excelencia, al haber unido su corazón con el de Jesús, especialmente en el calvario.

 

Esta verdad está contenida en el Catecismo de la Iglesia Católica: "La maternidad de María perdura sin cesar en la economía de la gracia, desde el consentimiento que dio fielmente en la anunciación, y que mantuvo sin vacilar al pie de la cruz, hasta la realización plena y definitiva de todos los escogidos." Sin embargo, la maternidad divina de María no terminó con la resurrección y ascensión de su Hijo, y tampoco después de su asunción, como lo indica el Catecismo: "En efecto, con su asunción a los cielos no abandonó su misión salvadora, sino que continúa procurándonos con su múltiple intercesión los dones de la salvación eterna(…) Por eso la Santísima Virgen es invocada en la Iglesia con los títulos de Abogada, Auxiliadora, Socorro, Mediadora" (CIC 969, citando Lumen gentium 62). Es significativo que el Catecismo describa la divina maternidad de María como una "misión salvadora," que después utiliza para explicar sus asombrosos títulos. Pero ¿qué se quiere decir con la frase "misión salvadora"?

 

El "oficio salvador" de María: mediación maternal.

 

El papa Juan Pablo II ha utilizado estos títulos en numerosas ocasiones (así como el término "corredentora") a lo largo de su pontificado. De igual forma, ha encontrado la formula perfecta para hacer posible que el mundo católico no sólo los crea, cosa que ya sucede, sino para comprenderlos tanto con la cabeza como con el corazón —y también celebrarlos—. Como un teólogo bien entrenado en su propio campo de acción, el Papa ha introducido la sucinta frase "mediación maternal" en el uso común del vocabulario teológico de la Iglesia, y al parecer, ha capturar el corazón mismo de la doctrina y devoción marianas.

 

Como evangélico, me aferré al único verso que parecía destruir esta chispa aparentemente herética: la categórica aseveración de Sn. Pablo de que Cristo es el único "mediador entre Dios y el hombre" (1Tm 2:5). ¿Cómo nos atrevemos a hablar de la mediación maternal de María o llamarla "Mediadora"?.

 

En primer lugar, la palabra griega que se utiliza aquí para "uno" es eis, que significa "primero" o "principal," no monos, que significa "solamente" o "sólo." Así como hay sólo un mediador, también hay sólo una filiación divina de hijo, misma que todos compartimos —por medio de la participación— con Cristo (filii in Filio, hijos en el Hijo). La mediación de Cristo no excluye a María, sino que más bien la establece, por medio de su participación.

 

Más aún, la Epístola a los Hebreos explica que Cristo es Sumo Sacerdote en virtud de haber sido el Hijo primogénito de Dios (Hb. 1:6-2:17), lo cual sirve como fundamento para nuestra calidad divina de hijos (Hb. 2:10-17), así como de nuestra santidad sacerdotal y servicio (Hb. 13:10-16: 1P 2:5). De nueva cuenta, no hay una especie de contienda entre nosotros.

 

Como Hijo primogénito en la familia de Dios, Jesús media como Sumo Sacerdote entre el Padre y sus hijos; mientras que María media como Reina-Madre (ver 1R 2:19 y Ap. 12:1-17). De esto trata su mediación maternal. Para el Padre, María es la Madre del Hijo. Para nosotros pecadores, ella es la Madre de nuestro Salvador, y para su Hijo, ella es la Madre de sus hermanos. Cuando se habla del papel de María en el plan salvífico de Dios, la palabra "madre" no sólo es sustantivo sino verbo y, por lo tanto, un oficio.

 

Como Madre de Dios y de sus hijos, María nos muestra cómo glorificar al Padre no en actitud servil, sino recibiendo el don de su Hijo en la plenitud del Espíritu. Así es como la soberana gracia de Dios nos permite compartir su gloria y convertirnos, por ello, en "partícipes de la naturaleza divina" (2 P 1:4). Por lo tanto, si quieres tener una correcta apreciación del entendimiento que tiene alguna persona del Evangelio en su esencia, investiga hasta qué punto tiene a Dios como su Padre —y a María como su Madre—.

 

A juzgar por esta norma, yo diría que el papa Juan Pablo II aprecia el Evangelio tanto como cualquier otro hombre de nuestra época, y su intuición magisterial en la mediación maternal puede ser definitivamente la prueba de ello.

 

Cristo mereció la capacidad de María de merecer.

 

Si entendemos el mérito como un término puramente económico, esto resultaría falso y ofensivo; pero si se utiliza en el sentido de familia, es tan natural como una herencia o una pensión. ¿Qué padre regatea a sus hijos los bienes que les da? ¿O se siente ofendido por aquellos a los que premia? San Agustín escribió: "Cuando Dios premia nuestras labores, sólo está coronando su propia obra en nosotros" (CIC 2006).

 

Según el Catecismo, la "acción paternal de Dios" es la que nos permite merecer: "La adopción filial, haciéndonos partícipes por la gracia de la naturaleza divina, puede conferirnos, según la justicia gratuita de Dios, un verdadero mérito. Se trata de un derecho por gracia, el pleno derecho del amor, que nos hace "coherederos" de Cristo (CIC 2008-2009).

 

Cristo ha merecido nuestra capacidad para merecer —que nos confiere con la gracia de su filiación divina y la vida de su Espíritu—. En verdad, Jesús no se hizo merecedor de absolutamente nada para sí mismo, ya que no tenía necesidad de nada; por lo tanto, todos sus méritos van de acuerdo a nuestras necesidades.

 

¿En dónde muestra Dios Padre al mundo cuánto fue lo que en realidad mereció su Hijo? En cada uno de nosotros, seguramente, pero sobre todo en María. A diferencia del resto de nosotros —en quienes con frecuencia existe una gran brecha entre lo que queremos y los que Dios quiere— en María no hay brecha tal. Por un don de gracia infinita, María alcanzó la meta de la Alianza: una perfecta unión interpersonal de voluntades divinas y humanas. Con María, la realidad y lo ideal son una y la misma cosa.

 

Mater Et Magistra.

 

¿Cuál es el papel que juega el magisterio en todo esto? Es engañoso reducir la función que tiene el magisterio a un grupo de adversarios reunidos en un salón del tribunal, en donde los teólogos son juzgados por los obispos, quienes deben rendir un veredicto —a menos que se requiera la presencia del Papa para otorgar una decisión final, como Presidente de la Suprema Corte de Justicia—. Es cierto que el magisterio tiene un papel jurídico en la Iglesia, pero su naturaleza y propósito es más propiamente, el evangélico y profético. Jesucristo realmente formó y dio poder al magisterio para que sirviera como su Cuerpo apostólico dedicado a ir predicando y enseñando la Buena Nueva a un mundo que trágicamente se ha acostumbrado a las malas noticias.

 

El magisterio es la voz profética más consistente de la Iglesia en el mundo. Habla con la voz autoritaria de nuestro Señor, quien mantiene su promesa fiel a Pedro y sus sucesores, poseedores de las llaves (Mt. 16:17-19). Jesús también guía al magisterio papal, con el objeto de que penetre más profundamente en las vastas profundidades y riquezas del depósito sagrado de la fe, para que la plenitud de la verdad sea siempre proclamada con pureza y poder. Jesús garantiza este carisma de infalibilidad con su propio amor omnipotente. No es opresión humana, sino luz divina.

 

Esta manera de entender el magisterio, se ve reflejada en la forma en que fueron proclamados los dos dogmas marianos anteriores, en virtud de que por la misma época se definía el propio dogma de la infalibilidad papal. Ni la Inmaculada Concepción en 1854 ni la Asunción Corporal en 1950, fueron definidos para contrarrestar herejías o resolver un prolongado debate doctrinal. Al contrario, fueron definidos con el propósito evangelista de proclamar el evangelio, ya que éste se encuentra perfectamente encarnado en la Madre de Dios y Madre nuestra. En un mundo desgarrado por la incredulidad y el pecado, María se mantiene, por lo tanto, como un signo vital de la manera en que Dios restaura a su familia.

 

Poco después de haberse definido la asunción, el arzobispo Fulton Sheen escribió que este dogma, de hecho, estaba apuntando hacia otro: "Hay otra verdad que aún queda por definir, y es la de que ella es Mediadora, bajo su Hijo, de todas las gracias; así como Sn. Pablo habla de la ascensión de nuestro Señor como un preludio de su intercesión por nosotros, asimismo nosotros, adecuadamente, deberíamos hablar de la asunción de nuestra Señora como un preludio de su intercesión por nosotros. En primera instancia, está el lugar: el cielo; después la función: intercesión. "Por lo tanto, los dogmas marianos anteriores establecieron la trayectoria que aparentemente conducían (no por lógica necesidad por supuesto, sino por adecuación) de una identidad personal de la Santísima Virgen, al oficio maternal que tiene María en la Iglesia, la familia de Dios.

 

Providencialmente, el concilio Vaticano II fue principalmente un concilio dogmático y no pastoral. Los padres del concilio decidieron no definir un nuevo dogma mariano. En cambio, el tratamiento que dieron a María fue enmarcado en un contexto eclesiástico, como el capítulo coronario de Lumen gentium, la "Constitución Dogmática de la Iglesia." En tanto que el rol corredentor de María como Medianera y Abogada fue reafirmado, no se definió como tal (LG 62). Quizás la verdad definitiva de María no habría de ser plenamente dilucidada hasta la elevación de Juan Pablo II, pastor para quien el dogma propuesto es todo, excepto ajeno.

 

¿Malo para el ecumenismo?

 

La teología es una verdadera ciencia: la materia que trata consiste en los misterios revelados por la Divinidad. A lo largo de los siglos, muchas de las semillas doctrinales que fueron plantadas por Cristo y los Apóstoles han florecido en dogmas definidos por el magisterio. De esta manera, la teología se ha desarrollado a través del tiempo como lo hacen otras ciencias, pero cada una de forma muy particular.

 

Los científicos formulan y prueban varias teorías, algunas de las cuales resultan bastante certeras como para poderlas llamar leyes (Newton y la gravedad); otras se descartan como hipótesis no funcionales. De este modo, las leyes se convierten en indicios del progreso científico. De manera semejante, la definición de un dogma sirve como el indicio del progreso teológico.

 

El dogma es la doctrina llevada a su perfección, y la doctrina no es más que lo que enseña y predica la Iglesia de las verdades del Evangelio, de la manera en que Jesús la comisionó y dio poder para hacerlo. Si el Papa escoge definir este dogma mariano, estaría realizando una acción mucho mayor, que simplemente dando una valiosa clase de teología al mundo —estaría haciendo uso del carisma que Dios le dio para llevar a fin su misión apostólica de enseñar el Evangelio a todas las naciones— (Mt. 28: 18-20).

 

A lo largo de la historia de la Iglesia, la definición de dogmas ha estimulado las energías apostólicas y teológicas de algunas de sus mejores mentes, especialmente cuando la definición se tornaba en punto de controversia. Más recientemente, muchos protestantes, incluyendo al difunto Max Thurian de Taize, Francia, presentaron enérgicas objeciones a rumores de que el papa Pío XII estaba por definir el dogma de la asunción de María. ¿En dónde está eso en la Biblia? (casualmente, Max Thurian murió como sacerdote católico en la fiesta de la Asunción, en 1996).

 

El progreso auténticamente ecuménico no es el simple resultado de nuestras propias energías humanas; y lo que es más, tampoco es causado por un compromiso de ninguna de las partes. "No se trata aquí de alterar el depósito de la fe," escribe Juan Pablo II, "cambiando el significado de los dogmas, eliminando las palabras esenciales de éstos, acomodando las verdades a las preferencias de una época en particular…La unidad deseada por Dios, solamente se puede llegar a lograr por medio de la adhesión de todos a los contenidos de la fe revelada en su totalidad" (Ut Unum Sint, 18).

 

Por lo tanto, la unidad ecuménica requiere de una gracia especial y de la palabra de Dios, que siempre actúa para el bien de su familia. Consecuentemente, no debemos esperar que Dios obre de manera independiente, sino a través de la Madre que Él mismo nos dio para que fungiera como símbolo y fuente de la unidad familiar.

 

A este respecto, podría ser significativo señalar que los expertos datan con frecuencia el surgimiento del ecumenismo católico, a principios de los años 1950s. Inmediatamente después vino la definición de la asunción y la celebración de un Año Mariano en 1954, como celebración del centenario de la definición de la Inmaculada Concepción. Si alguna vez se habría esperado que el ecumenismo católico entrara en un profundo congelamiento, esa hubiera sido la década. Pero en lugar del desánimo, tanto católicos como protestantes experimentaron el comienzo de un gran deshielo.

 

Conforme nos aproximamos al tercer milenio, yo creo que Dios quiere usar a María para suscitar la gracia de una profunda conversión en toda la cristiandad, no sólo en los protestantes y ortodoxos, sino también en los católicos. Esto encaja con el llamado del Santo Padre para que haya un auténtico ecumenismo que se fundamente sobre el "diálogo de conversión." Más que comités, esto requiere de santos; en vez de simples compromisos, la valentía de nuestras convicciones.

 

Quizás nuestro mejor modelo sea la Madre Teresa, quien fuera universalmente amada como santa —por quien hoy en día se enlutan y echan de menos— todos los pueblos.

 

En mayor medida que ninguna otra mujer de nuestro siglo, ella dio el gran ejemplo de cómo la gracia y la devoción deben exponerse para el servicio mariano.

 

De manera consistente fue también una infatigable defensora del dogma mariano propuesto: "María es nuestra Corredentora con Jesús," escribió. "Ella le dio un cuerpo a Jesús y sufrió con Él en la cruz. María es la Mediadora de todas las gracias. Ella nos dio a Jesús y como Madre nuestra, ella obtiene para nosotros todas las gracias. La definición papal de María como Corredentora, Mediadora y Abogada, acarreará a la Iglesia gracias mayúsculas."

 

Los detractores del dogma tienden a clasificarse en dos grupos: aquellos que creen, pero piensan que sencillamente no es el momento apropiado para definir otro dogma, o por lo menos éste; y aquellos que no creen y quizás puedan hasta sentirse avergonzados de nombrarlo. Habiéndome encontrado yo mismo en ambos grupos en épocas diferentes, entiendo sus preocupaciones y sigo sintiendo una genuina simpatía por ellos.

 

Al mismo tiempo, sin embargo, veo surgir otro tipo de oposición, especialmente en algunos sectores de difusión, que casi raya en el engaño. Por ejemplo, se circuló un falso reporte de que una camarilla de cabilderos marianos estaba presionando al Papa para que hiciera de María la cuarta persona de la Divinidad; o más recientemente se reportó falsamente que el vocero oficial del Papa había anunciado la oposición de éste al nuevo dogma mariano.

 

Me recuerda de un viejo dicho, "La única manera de combatir un dogma es con un estigma."

 

No importando cuáles sean nuestros desacuerdos, estos son "asuntos familiares" más que problemas políticos. No cabe duda que todos deberíamos resistir la tentación de reducir asuntos de este tipo a políticas eclesiales, o de responder con la impugnación de motivos a nuestras diferencias reales. Resulta totalmente descabellado esforzarse por honrar a María de manera tal, que acabe deshonrándola.

 

En tanto que no me considero ingenuo, sí albergo una gran esperanza, pero solamente porque el Padre desea derramar su poder sobrenatural para poder reunir a todos sus hijos alrededor de su Hijo y de "nuestra Madre común" (Redemptoris Mater 25). Esta es la razón por la que le daría la bienvenida a un nuevo dogma mariano, si el Vicario de mi Señor eligiese definir alguno. Habiendo celebrado recientemente el Jubileo de la encarnación, no cabe duda que sería muy propicio un dogma que celebre y ponga de manifiesto la función y la plena identidad de la Mujer que hizo posible la encarnación.

 


Que la gracia y la bendición del Padre se derrame sobre todos nosotros

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#2018 De: "Gonzalo" <lapalabra@...>
Fecha: Mar, 29 de Sep, 2009 11:03 am
Asunto: Martes 29 de septiembre de 2009. La Palabra Binaria.
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Publicación diaria para la Iglesia Católica

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Oficio de la festividad

XXVI del tiempo ordinario


Santos Arcángeles Miguel, Rafael y Gabriel


veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el hijo del hombre


 

Daniel 7, 9-11.13-14

 

9 Yo seguía observando: se instalaron unos tronos, y un anciano se sentó. Sus vestiduras eran blancas como la nieve; como lana pura el cabello de su cabeza; su trono era de llamas, con ruedas de fuego ardiente. 10 Un río de fuego manaba y salía delante de él. Miles de millares le servían, millones y millones estaban de pie en su presencia. El tribunal se sentó y los libros se abrieron. 11 Yo seguía mirando, atraído por el ruido de las palabras monstruosas que aquel cuerno profería, hasta que mataron a la bestia, la descuartizaron y la arrojaron a las llamas ardientes.

 

13 Yo seguía contemplando en mis visiones nocturnas: En las nubes del cielo venía uno como un hijo de hombre; se dirigió hacia el anciano y se presentó ante él. 14 Se le dio poder, gloria e imperio, y todos los pueblos, naciones y lenguas le servían. Su poder era un poder eterno, que nunca pasará, y su reino no será destruido jamás.

 

Salmo 137,1-2b.3-5.8

 

1 De David

Te doy gracias, Señor, de todo corazón,

frente a los dioses cantaré para ti.

2 Yo me postro hacia tu santo templo,

doy gracias a tu nombre por tu amor y tu verdad.

3 El día que te llamé,

tú me respondiste y me diste valor.

4 Que te den gracias, Señor,

todos los reyes de la tierra,

cuando escuchen las palabras de tu boca;

5 que ensalcen los caminos del Señor:

«¡Qué grande es la gloria del Señor!»,

8 El Señor lo hará todo por mí.

Señor, tu amor es eterno,

no abandones la obra de tus manos.

 

Juan 1,47-51

 

47 Jesús vio a Natanael, que se le acercaba, y dijo de él: «Éste es un israelita auténtico, en el que no hay engaño». 48 Natanael le dijo: «¿De qué me conoces?». Jesús le contestó: «Antes que Felipe te llamase, te vi yo, cuando estabas debajo de la higuera». 49 Natanael le respondió: «Rabí, tú eres el hijo de Dios, tú eres el rey de Israel». Jesús le contestó: 50 «¿Porque te he dicho que te vi debajo de la higuera crees? Cosas mayores que éstas verás». 51 Y añadió: «Os aseguro que veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el hijo del hombre».

 


 

Los grandes arcángeles de Dios testimonian para nosotros la fidelidad y la pasión y celo con que los hijos de Dios han de alabar a su Creador. Ellos, lejos de ser seres desconocidos y “mitológicos” representan los mejores compañeros de viaje, los mejores sanadores del corazón, los mejores defensores de los intereses de Dios en el mundo.

 

San Miguel es el fiero defensor de Dios. La narración del Apocalipsis nos lo muestra expulsando a satanás de los dominios de Dios, al gran traidor y padre de la mentira que osó rebelarse contra un Dios tan bondadoso. Encendido de celo por el Señor blandió la espada y arrojó a todos los obradores de iniquidad al único lugar en donde pudiesen soportar su soberbia y su rebelión. Por eso san Miguel es en quien el cristiano halla el mejor baluarte para defenderse de las asechanzas demoníacas y gran modelo de fidelidad a Dios. De él hemos de aprender el celo por las cosas de Dios, celo que consume de pasión y que lleva a una acción inmediata, tajante, sobre todo cuando Dios se está viendo ofendido por sus enemigos que incitan sin cesar a la rebelión y desunión.

 

San Gabriel quizás fue el más afortunado de entre todas las criaturas celestes. A él siempre lo mandaron a dar mensajes. A él le tocó dar el mensaje más hermoso jamás oído a la criatura más hermosa jamás vista. Hablar de él lleva irremediablemente a la contemplación de la Toda Pura, Nuestra Madre de cielo, María. Su ejemplo nos debe enseñar a predicar sin miedos los designios de Dios a nuestros hermanos en la fe y, sobre todo, a testimoniar las maravillas obradas por Dios en Ella. Levantemos confiados la mirada a la Madre y pidamos auxilio al arcángel mensajero para ser fieles a la palabra de Dios en el mundo.

 

San Rafael representa la mano providente de Dios que no se olvida de sus hijos que sufren en el mundo. A él le tocó sanar muchas heridas del cuerpo y, sobre todo, del alma. Por eso es el arcángel que cura, que alivia las penas del alma, que sabe confortar y comprender al que sufre. De él hemos de aprender a ser un consuelo más que un horrible peso, para el hermano que lo necesita. De él, la confianza inamovible en la acción cierta de Dios en el mundo.

 

De los tres hemos de aprender a saber servir más que ser servidos. Porque los ángeles son ministros de Dios. Y de los tres a estar pendientes de su cierta acción en favor nuestro. ¿Quién sabe si un día cualquiera hemos sido ayudados por un ángel del Señor?

 

No cerremos las puertas a nadie, no sea que se las estemos cerrando a uno de estos mensajeros, o más terriblemente, al mismo Señor de la vida y de la historia.  

 


 

Miguel, Gabriel y Rafael, Arcángeles

 

Martirologio Romano: Fiesta de los santos arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael. En el día de la dedicación de la basílica bajo el título de San Miguel, en la vía Salaria, a seis miliarios de Roma, se celebran juntamente los tres arcángeles, de quienes la Sagrada Escritura revela misiones singulares y que, sirviendo a Dios día y noche, y contemplando su rostro, a él glorifican sin cesarSon los nombres con que se presentan en la Sagrada Escritura estos tres príncipes de la corte celestial.

 

Miguel aparece en defensa de los intereses divinos ante la rebelión de los ángeles malos; Gabriel, enviado por el Señor a diferentes misiones, anunció a la Virgen Maria el misterio de la Encarnación del Hijo de Dios y su maternidad divina; Rafael acompañó al joven Tobías cuando cumplia un difícil encargo y se ocupó de solucionar difíciles asuntos de su esposa.

 

Misión de los ángeles

 

Los ángeles son seres espirituales creados por Dios por una libre decisión de su Voluntad divina. Son seres inmortales, dotados de inteligencia y voluntad.

Debido a su naturaleza espiritual, los ángeles no pueden ser vistos ni captados por los sentidos.

 

En algunas ocasiones muy especiales, con la intervención de Dios, se han visto y oído materialmente. La reacción de las personas al verlos u oírlos ha sido de asombro y de respeto. Por ejemplo, los profetas Daniel y Zacarías.

 

En el siglo IV, el arte religioso representó a los ángeles con forma de figura humana. En el siglo V, se le añadieron las alas, como símbolo de su prontitud en realizar la Voluntad divina y en trasladarse de un lugar a otro sin la menor dificultad.

 

En la Biblia encontramos algunos motivos para que los ángeles sean representados como seres brillantes, de aspecto humano y alados. Por ejemplo, el profeta Daniel escribe que un "ser que parecía varón" -se refería al arcángel Gabriel- volando rápidamente, vino a él (Daniel 8, 15-16; 9,21). Y, en el libro del Apocalipsis, son frecuente las apariciones de ángeles que claman, tocan las trompetas, llevan mensajes o son portadores de copas e incensarios; otros que suben, bajan o vuelan; otros que están de pie en cada uno de los cuatro puntos cardinales de la tierra o junto al trono del Cordero, Cristo.

 

La misión de los ángeles es amar, servir y dar gloria a Dios, ser mensajeros y cuidar y ayudar a los hombres. Ellos están constantemente en la presencia de Dios, atentos a sus órdenes, orando, adorando, vigilando, cantando y alabando a Dios y pregonando sus perfecciones. Se puede decir que son mediadores, custodios, guardianes, protectores y ministros de la justicia divina.

 

La presencia y la acción de los ángeles aparece a lo largo del Antiguo Testamento, en muchos de sus libros sagrados. Aparece frecuentemente, también, en la vida y enseñanzas de Nuestro Señor, Jesucristo, en la Carta de san Pablo, en los Hechos de los Apóstoles y, principalmente, en el Apocalipsis.

 

Con la lectura de estos textos, podemos descubrir algo más acerca de los ángeles: nos protegen, nos defienden físicamente y nos fortalecen al combatir las fuerzas del mal y luchan con todo su poder por y con nosotros.

 

Como ejemplo, está la milagrosa liberación de San Pedro que pudo huir de la prisión ayudado por un ángel (Hechos 12, 7 y siguientes). También, aparece un ángel deteniendo el brazo de Abraham, para que no sacrificara a su hijo, Isaac.

 

Los ángeles nos comunican mensajes importantes del Señor en determinadas circunstancias de la vida. En momentos de dificultad, se les puede pedir luz para tomar una decisión, para solucionar un problema, actuar acertadamente y para descubrir la verdad.

 

Por ejemplo, tenemos las apariciones a la Virgen María, a San José y a Zacarías. Todos ellos recibieron mensajes de los ángeles.

 

Los ángeles cumplen, también, las sentencias de castigo del Señor, como el castigo a Herodes Agripa (Hechos de los Apóstoles) y la muerte de los primogénitos egipcios (Exódo 12, 29).

 

Los ángeles presentan nuestras oraciones al Señor y nos conducen a Él. Nos acompañan a lo largo de nuestra vida y nos conducirán, con toda bondad, después de nuestra muerte, hasta el trono de Dios para nuestro encuentro definitivo con Él. Este será el último servicio que nos presten pero el más importante. El arcángel Rafael dice a Tobías: "Cuando ustedes oraban, yo presentaba sus oraciones al Señor", (Tob 12, 12 - 16).

 

Ellos nos animan a ser buenos pues ven continuamente el rostro de Dios y también ven el nuestro. Debemos tener presentes las inspiraciones de los ángeles para saber obrar correctamente en todas las circunstancias de la vida. "Los ángeles se regocijan cuando un pecador se arrepiente", (Lucas 15, 10).

 

Jerarquía de los ángeles

 

Se suelen enumerar nueve coros u órdenes angélicos. Esta jerarquía se basa en los distintos nombres que se encuentran en la Biblia para referirse a ellos. Dentro de esta jerarquía, los superiores hacen participar a los inferiores de sus conocimientos.

Cada tres coros de ángeles constituyen una jerarquía y todos ellos forman la corte celestial.

 

Jerarquía Suprema:

  • serafines
  • querubines
  • tronos

 

Jerarquía Media:

  • dominaciones
  • virtudes
  • potestades

 

Jerarquía Inferior:

  • principados
  • arcángeles
  • ángeles

 

Serafines: Son los "alabadores" de Dios. Serafín significa "amor ardiente". Los serafines alaban constantemente al Señor y proclaman su santidad.

(Isaías 6, 17)

 

Querubines: Son los "guardianes" de las cosas de Dios. Aparecen como encargados de guardar el arca de la alianza y el camino que lleva al árbol de la vida. Entre dos querubines comunica Yahvé sus revelaciones. "Se sienta sobre querubines".

(Génesis, Éxodo, en la visión de Ezequiel, 1, 4 y Carta a los Hebreos, 9,5).

 

Potestades, Virtudes, Tronos, Principados y Dominaciones:

 

En la Biblia encontramos estos diversos nombres cuando se habla del mundo angélico. Hay quien interpreta los nombres de los ángeles como correspondientes a su grado de perfección. Para San Gregorio, los nombres de los ángeles se refieren a su ministerio:

Los principados son los encargados de la repartición de los bienes espirituales

 

Las virtudes son los encargados de hacer los milagros

 

Las potestades son los que luchan contra las fuerzas adversas

 

Las dominaciones son los que participarán en el gobierno de las sociedades

 

Los tronos son los que están atentos a las razones del obrar divino.

 

Existe, también, una jerarquía basada en los distintos nombres que se encuentran en la Biblia para referirse a ellos. A los arcángeles les podríamos llamar los "asistentes de Dios". Son ángeles que están al servicio directo del Señor para cumplir misiones especiales.

 

Arcángel San Miguel: es el que arrojó del Cielo a Lucifer y a los ángeles que le seguían y quien mantiene la batalla contra Satanás y demás demonios para destruir su poder y ayudar a la Iglesia militante a obtener la victoria final. El nombre de Miguel significa "quien como Dios". Su conducta y fidelidad nos debe invitar a reconocer siempre el señoría e Jesús y buscar en todo momento la gloria de Dios.

 

Arcángel San Gabriel: en hebreo significa "Dios es fuerte", "Fortaleza de Dios". Aparece siempre como el mensajero de Yahvé para cumplir misiones especiales y como portador de buenas noticias. Anunció a Zacarías el nacimiento de Juan, el Bautista y a la Virgen María, la Encarnación del Hijo de Dios.

 

Arcángel San Rafael: su nombre quiere decir "medicina de Dios". Tiene un papel muy importante en la vida del profeta Tobías, al mostrarle el camino a seguir y lo que tenía que hacer. Tobías obedeció en todo al arcángel San Rafael, sin saber que era un mensajero de Dios. Él se encargó de presentar sus oraciones y obras buenas a Dios, dejándole como mensaje bendecir y alabar al Señor, hacer siempre el bien y no dejar de orar. Se le considera patrono de los viajeros por haber guiado a Tobías en sus viajes. Es patrono, también, de los médicos (de cuerpo y alma) por las curaciones que realizó en Tobit y Sara, el padre y la esposa de Tobías.

 


Mariología XXXI

Contreversias y asuntos doctrinales.

¿Cuál es la polémica doctrinal relacionada con la corredención de María? Controversias y respuestas...

 

Jean Galot, S.J., Profesor de teología en la Universidad Gregoriana Pontificia de Roma, es conocido internacionalmente por sus amplios estudios bíblicos y teológicos, particularmente en el área de cristología. Colabora frecuentemente con L´Osservatore Romano.

 

La manera de poder entender la cooperación que tuvo María en la redención ha sido objeto de muchas discusiones entre los teólogos. Algunos han expresado repugnancia u objeciones prematuras en contra de los términos "corredención" y "Corredentora." Esta corriente de oposición ha tenido como resultado una abstención por parte del concilio Vaticano II, que evadió esos términos en su exposición sobre la doctrina mariana, en el capítulo VIII de Lumen gentium (LG). De hecho, el concilio se abstuvo de querer determinar asuntos que al parecer no estaban suficientemente claros y que seguían siendo fuentes de controversia. No hay razón para sorprenderse de controversias similares, que surgen en muchos sectores de la teología; en el pasado, éstos caracterizaron el desarrollo de la doctrina mariana. Basta con recordar el título de "Madre de Dios," al que se opuso Nestorio antes de que fuera proclamado por el consejo de Efeso y cómo la Inmaculada Concepción provocó largas y animadas discusiones a lo largo de los siglos, antes de ser definido por Pío IX en 1854.

 

En cuanto a la corredención, algunos teólogos mantienen sus reservas o temores doctrinales de estado; pero podemos afirmar que, en términos generales, la cooperación de María al sacrificio redentor, encuentra cada ver mayor aceptación. Nos gustaría aclarar los puntos esenciales de esta doctrina, recordando los problemas teológicos que han causado las controversias y la solución que se les ha dado o que sería apropiado dárseles.

 

El Título de Corredentora.

 

La omisión del título Corredentora en la exposición conciliar sobre la doctrina mariana se vuelve mucho más significativa, en virtud de que la petición a favor de la definición de María como Corredentora de la raza humana, fue propuesta por alrededor de cincuenta de los padres. Sin embargo, en tanto se abstuvo de atribuir este calificativo a María, el concilio no rechazó para nada la idea de una cooperación en la obra de la redención. De hecho, subrayó la unión de la Madre con el Hijo en la obra de salvación, una unión que "se hace manifiesta desde el momento de la concepción virginal de Cristo hasta su muerte" (LG, n.57). Esta cooperación podría llamarse corredención, dado que el término en sí mismo significa cooperación en la redención, sin más especificaciones. El concilio habría estado en posibilidades de utilizarlo sin hacer mención de que alguna teología en particular lo había aprobado, como lo hizo con el título de "mediadora", que introdujo, además de otras designaciones, la de abogada, auxiliadora y benefactora, con objeto de no darle significados técnicos precisos (LG. n.62). Además, manifestó un apego definitivo a este título, cuando rechazó una enmienda que quiso eliminarlo, en virtud de la ambigüedad que podría tener ese término en relación con la mediación única de Cristo, y a la conveniencia ecuménica. Como compensación, rechazó cualquier uso del título Corredentora.

 

Si evadió este título fue porque el concilio fue acusado de sugerir que rol de María era demasiado similar al de Cristo, una especie de competencia o igualdad que es incompatible con la unicidad del Salvador. Ya en el siglo XVII, A. Widenfeld expresó por boca de la Virgen a sus "indiscretos devotos": "No me llamen salvadora o Corredentora" para que nada le sea quitado a Dios. En efecto, el término "salvadora" podría suscitar reservas y requeriría de una explicación basada en la naturaleza de la Madre del Salvador; pero el término "Corredentora" no presenta la misma dificultad, ya que expresa claramente una cooperación y no pone en peligro la acción soberana de Cristo. Cuando apareció en un himno del siglo XV, fue señal de evolución con respecto al título de "redentora" que hasta ese momento fue atribuido a María como Madre del Redentor. Aquí hubo un progreso: "redentora" podría haber sugerido un rol paralelo o idéntico al de Cristo, mientras que "Corredentora" indicaba, en el himno, "aquella que sufrió con el Redentor." Al principio, María era considerada, sobre todo, como la mujer que había dado a luz al Redentor; en virtud de esta maternidad, el origen de la obra de salvación se reconoció en ella y fue llamada "Madre de la salvación," "Madre de la restauración de todas las cosas." Una reflexión doctrinal más detallada, había hecho entender cómo María no sólo era la Madre que había dado a luz al Redentor para la humanidad, sino también aquella que había participado muy especialmente de los sufrimientos de la pasión y del ofrecimiento del sacrificio. El título de Corredentora expresa esta nueva perspectiva: la asociación de la Madre en la obra redentora del Hijo. Se debe hacer notar que este título no reta la absoluta primacía de Cristo, ya que en ningún momento sugiere una igualdad. Sólo Cristo es llamado el Redentor; Él no es Corredentor, sino simplemente Redentor. En su función como Corredentora,

 

María ofreció su colaboración maternal en la obra de su Hijo, una colaboración que implica dependencia y sumisión, ya que sólo Cristo es el maestro absoluto de su propia obra.

 

La corredención asume una forma única en María, en virtud de su oficio de Madre. Sin embargo, debemos hablar de la corredención en un contexto mucho más amplio, con el objeto de incluir a todos los que están llamados a unirse en la obra de la redención. En este sentido, todos están destinados a vivir como "corredentores," y la Iglesia misma es Corredentora. A este respecto, no nos podemos olvidar de lo que afirma Pablo en cuanto a que somos partícipes de la senda redentora de Cristo: en el bautismo somos "sepultados con Cristo" (Rm. 6:4); en fe estamos ya "resucitados con" Él (Col. 2:13; 3:1); "Dios...nos vivificó juntamente con Cristo...y con él nos resucitó y nos hizo sentar en los cielos en Cristo Jesús" (Ef. 2:5-6). Esta participación es el resultado de la acción soberana del Padre, pero implica igualmente que nos involucremos personalmente. Siendo partícipes de esta nueva vida de Cristo, somos capaces de cooperar en la obra de salvación. San Pablo tenía una clara conciencia de su misión cuando dijo: "Somos colaboradores de Dios" (I Co. 3:9).

La afirmación es atrevida; sin embargo, el Apóstol no perdió su sentido de trascendencia divina y no quiso igualarse a Dios. Su actividad fue guiada por un designio divino. Llamando a Jesús Señor, lo reconoció como maestro absoluto de su vida y de su actividad, pero esta total dependencia no lo privó de estar consciente de que verdaderamente estaba cooperando con Dios. Si todos están llamados a ser cooperadores con Dios, según la expresión paulina, la "corredención" asume su extensión más amplia. El debate suscitado por la legitimidad del título "Corredentora," nos ayuda a descubrir de mejor manera nuestra propia misión de corredención.

 

Algunos han hecho acusaciones de que con los privilegios Marianos se crea un surco entre la Madre de Jesús y nosotros; en realidad, esos privilegios están destinados, en el plan divino, a acercar a María con la humanidad, con el objeto de que la gracia tenga un despliegue más abundante. Entretanto, la cooperación de María en la redención, con un carácter único y a un nivel sin igual, nos invita a acoger de manera más ardiente nuestra misión y nuestra responsabilidad en un mundo que necesita salvación. Si María no puede ser llamada la Corredentora, tampoco los Cristianos pueden ser considerados como corredentores. La condición que tiene toda la Iglesia en su misión Corredentora, vierte luz sobre María, el primer modelo de cada redención.

 

El Carácter Único de Corredención.

 

El carácter único de la corredención propio de María, se manifiesta sobre todo en su cooperación en el misterio de la encarnación. Con su cooperación, María ejercitó una influencia en toda la obra de salvación y en el destino de todos los seres humanos. Su corredención asume una extensión universal que la diferencía de cualquier otra. Con objeto de poder entender de mejor manera esta diferencia, uno debe recordar la distinción que propuso Scheeben y que adoptaron muchos teólogos, entre la redención objetiva y la subjetiva. La primera, indica la obra que adquirió todas las gracias de la salvación para la humanidad; esta obra llega a su cumplimiento con la muerte y la glorificación de Cristo. En virtud de la redención objetiva, podemos afirmar que todos los hombres han sido salvados, incluso aquellos que nacerán en el futuro, hasta el fin del mundo. Sin embargo, la redención objetiva alcanza concretamente su efecto, solamente por medio de la redención subjetiva, esto es, por medio de la aplicación de los frutos del sacrificio redentor en las personas individuales. Esta aplicación se realiza en el curso de la historia en todos los hombres que viven sobre la tierra con la correspondencia de su libertad. Particularmente en los Cristianos, esto consiste en su crecimiento conforme a la gracia, lo cual es favorecido por los sacramentos y por su participación en la vida de la Iglesia. La gracia redentora penetra cada persona con objeto de transformarla, en la medida de su apertura y respuesta.

 

María cooperó de manera personal para que la gracia se incrementara en su vida. Asimismo, participó en el desarrollo de la comunidad primitiva; con su oración, su testimonio y acción, sostuvo la fortaleza de los primeros discípulos en su unión con Cristo y en su misión evangelizadora. Desde este punto de vista, ella ha sido Corredentora en el campo de la redención subjetiva y su corredención ha tomado la forma más pura y perfecta. No obstante, su corredención se ejercita sobre todo en la obra de la redención objetiva. Con su cooperación maternal en el nacimiento del Salvador, María ha contribuido de una manera totalmente singular al don de la salvación para toda la humanidad. Ella es la única creatura que recibió el privilegio de cooperar en la ejecución de la redención objetiva: su consentimiento al plan divino era decisivo en el momento de la anunciación. La afirmación de la corredención no se limita a iluminar el oficio maternal que ganó al Salvador para la humanidad, sino que también le atribuye a María una cooperación que tiene una relación directa en el sacrificio redentor. En tanto que la grandeza de la "Madre de Dios" ha sido afirmada desde los primeros siglos, ha sido necesario un tiempo más largo para tomar explícitamente en consideración su compromiso en el sacrificio redentor. En el Este, un monje bizantino a finales del Siglo X, Juan el Geómetra, fue el primero en enunciar la participación de María en la pasión con una intención de redención.  En Occidente, San Bernardo (+1153) subraya, en relación a la presentación de Jesús en el templo, el ofrecimiento que hizo María para nuestra reconciliación con Dios.  Su discípulo y amigo, Arnoldo de Chartres (+ después de 1156), al contemplar el sacrificio del calvario, discierne en la cruz "dos altares, uno en el corazón de María, el otro en el cuerpo de Cristo. Cristo inmoló su propia carne, María su propia alma." "Ambos ofrecieron igualmente a Dios el mismo holocausto." De esta manera, María "obtuvo con Cristo la meta común de la salvación del mundo." Arnoldo ha sido llamado protagonista de la corredención mariana, porque expresó claramente el elemento más específico que caracterizaría entonces la doctrina de la corredención: una cooperación en la redención objetiva, no sólo con la maternidad que obtiene al Salvador para la humanidad (cooperación llamada mediata o indirecta), sino también al asociarse en el ofrecimiento del sacrificio redentor (redención inmediata o directa). Esta cooperación en la obra redentora encuentra un fundamento sólido en el Evangelio. De hecho, el mensaje de la anunciación no sólo ilustra a María sobre la personalidad de su Hijo, sino también sobre su obra mesiánica, por lo que su consentimiento implica sumisión al servicio de esta obra. La presentación de Jesús en el templo toma un nuevo significado después de la profecía de Simeón, ya que María puede vislumbrar la espada que está destinada a perforar su alma: el gesto del ofrecimiento de su Hijo está orientado hacia un drama misterioso, al punto que aquí podemos ver delineado el primer ofrecimiento del sacrificio redentor, un ofrecimiento más específicamente materno. La presencia de María en el calvario, al lado de Cristo crucificado, manifiesta la voluntad de la Madre de unirse con la intención del Hijo, y de compartir su sufrimiento para el cumplimiento de su obra.

 

El concilio Vaticano II reconoció claramente esta cooperación. Al comentar la respuesta de María al mensaje del ángel, el Vaticano II afirmó que María "se consagró totalmente como esclava del Señor a la persona y a la obra de su Hijo, sirviendo con diligencia al misterio de la redención con Él y bajo Él, con la gracia de Dios omnipotente" (LG. n. 56). Esto es lo que acentúa su continua unión con Cristo al cooperar con su obra: "concibiendo a Cristo, engendrándolo, alimentándolo, presentándolo al Padre en el templo, padeciendo con su Hijo cuando moría en la cruz, cooperó en forma enteramente impar a la obra del Salvador con la obediencia, la fe, la esperanza y la ardiente caridad con el fin de restaurar la vida sobrenatural de las almas. Por eso es nuestra Madre en el orden de la gracia." (ibid., n. 61).

 

Sin utilizar el término "Corredentora," el concilio claramente enunció la doctrina: una cooperación de índole única, una cooperación maternal en la vida y obra del Salvador, que alcanza su ápice al participar del sacrificio en el calvario, y que está orientada a restaurar sobrenaturalmente a las almas. Esta cooperación está en los orígenes de la maternidad espiritual de María.

 

María fue Redimida para poder ser Corredentora.

 

La cooperación de María en la redención objetiva plantea con un mayor enfoque el problema del único Salvador. Jesús mismo está considerado como el único Redentor, al declarar que el Hijo del Hombre vino a servir y "a dar su vida como rescate por muchos" (Mc. 10:45; Mt. 20:28). No hay otro rescate más que el de su propia vida; ninguna otra fuente de salvación, fuera de su sacrificio. Esta declaración encuentra un eco en la afirmación de la Primera Epístola a Timoteo: "Porque hay un solo Dios, y también un solo mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, hombre también, que se entregó a sí mismo como rescate por todos" (1Tm 2:5-6).

 

Este último texto ha sido frecuentemente invocado con el objeto de excluir, tanto la corredención, como el título de mediadora aplicado a María. Algunos no dejan de mencionar esta afirmación sobre el único mediador, para combatir la doctrina mariana. No obstante, como lo ha subrayado el Vaticano II: "la mediación única del Redentor no excluye, sino que suscita en las criaturas diversas clases de cooperación, participada de la única fuente" (LG. n. 62). En su misión de cooperación, María de ninguna manera entra en competencia con Cristo y tampoco se convierte en otra fuente de gracia junto a Él. Ella recibe del único Redentor su habilidad de cooperar, por lo que Cristo permanece siendo la única fuente. El concilio enuncia de manera más precisa esta verdad que es esencial para entender la doctrina de la corredención: la influencia que ejerce la Virgen para la salvación del hombre "fluye de la superabundancia de los méritos de Cristo; se apoya en la mediación de éste, depende totalmente de ella y de la misma saca todo su poder" (LG. n. 60).

 

En la carta a Timoteo, es claro que el principio del único mediador no excluye otras mediaciones participativas, ya que el autor recomienda oraciones e intercesiones por todos los hombres, que es como decir, una mediación de intercesión fundada en la mediación de Cristo. Es más, recordemos que la afirmación del único mediador que se ofrece a sí mismo como rescate por todos simplemente transfiere, en términos consonantes al idioma griego, la palabra de Jesús acerca del Hijo del Hombre que ha venido para dar su propia vida como rescate por muchos. Ahora bien, conforme enunciaba que su misión era aquella del único Salvador, Jesús deseaba que sus discípulos compartieran esta actitud de servicio y sacrificio. En este sentido, Él quería que ellos participaran de su misión. Su intención no era en lo absoluto excluir cualquier participación.

 

No obstante, la doctrina de participación en la redención objetiva, tenía que enfrentar otra objeción. ¿Cómo pudo María haber contribuido con la redención objetiva, cuando ella misma necesitaba ser redimida? Si ella cooperó con esta redención, fue porque sin ella, la redención no se había cumplido aún. Pero en el caso de que esta redención no se había cumplido aún, ella misma no podía beneficiarse de ella. Asimismo, la corredención supondría que la redención está en el acto de ser cumplida y que ya se ha realizado, algo que es contradictorio. La contradicción desaparece cuando uno entiende la naturaleza particular de la redención ya prevista y que pertenece a la Corredentora. Es muy cierto que María tenía que ser rescatada para poder colaborar activamente en la obra de salvación. Debemos también añadir que esta condición de ser rescatada contribuye a darle un sentido a su cooperación: María se distingue de Cristo por su contribución en la obra, no sólo porque es simplemente una criatura y porque es mujer, sino también porque ha sido rescatada. Su ejemplo nos ayuda a entender de mejor manera, que incluso aquellos que necesitan ser redimidos, están llamados a colaborar en la obra de la redención. Sin embargo, en María existe algo único: de acuerdo con la Bula que definió la Inmaculada Concepción, ella ha sido rescatada "de una manera más sublime."

 

Esta distinción más elevada consiste sobre todo en el hecho de que María fue rescatada antes de que se efectuara la redención de toda la humanidad y con el objeto de que se efectuara con su cooperación. La primera intención del sacrificio redentor, según el plan divino, tenía que ver con el rescate de María, realizado con miras a nuestro rescate. Cristo redimió en primer término a su propia Madre, después, con su colaboración, al resto de la humanidad. Por lo tanto, mientras ella fue asociada al sacrificio del calvario, María ya se había beneficiado, ante todo, de los frutos del sacrificio, y actuó en la capacidad de una criatura rescatada. Pero ella cooperó verdaderamente en la redención objetiva, en la adquisición de las gracias de la salvación para toda la humanidad. Su redención fue comprada antes que la de otros seres humanos. María fue rescatada únicamente por Cristo, para que toda la humanidad fuera rescatada por Cristo con la colaboración de su Madre. Por ello, no existe contradicción: la corredención implica la redención prevista de María, pero no el cumplimiento previsto de la redención de la humanidad; expresa la situación única de la Madre quien, al haber recibido una gracia singular de su propio Hijo, coopera con Él para obtener la salvación de todos.

 

El Ofrecimiento Materno.

 

¿Cómo puede uno cualificar con exactitud la actitud de María en el drama del calvario? Los primeros defensores de la corredención en Occidente, San Bernardo y Arnoldo de Chartres, definieron esta actitud como un ofrecimiento: María ofreció a su propio Hijo, o junto con su propio Hijo, ofreció un solo holocausto. Pero al parecer, en el tiempo que se desarrollaba el concilio, la afirmación de un solo ofrecimiento provocó algo de resistencia. En el borrador que se sometió a los padres del concilio, se decía que María ofreció a la víctima que ella había engendrado, con Cristo y a través de Él; sin embargo, el texto ya revisado, se limitó a decir que María había consentido con amor a la inmolación de la víctima, porque el Vaticano II no quiso decidir sobre una cuestión que había sido objeto de recientes discusiones. Más específicamente, algunos teólogos prefirieron hablar de aceptación en lugar de ofrecimiento. Un teólogo alemán, H.M. Köster, había publicado un trabajo que llamaba la atención, por la forma en que presentaba la cooperación de María como una simple aceptación de la obra redentora realizada por Cristo. Basando su punto de referencia en la teología de la Alianza, reconocía la necesidad de consentir con la obra de salvación, y afirmaba que, como representante de la humanidad, María había aceptado la obra llevada a cabo por Cristo, pero sin haberse asociado ella misma de manera activa. Deseaba evitar atribuir a María una acción que le habría podido quitar a Cristo la propiedad de ser el único Salvador; por lo tanto, se limitó a afirmar una causalidad receptiva. Sin embargo, incluso una simple aceptación no podría haber sido asimilada en una mera pasividad o receptividad. La aceptación del mensaje del ángel implicaba para María un compromiso en la obra redentora. Más aún, la actitud de María no se limitó a la aceptación: en la presentación de Jesús en el templo, ofrece a su propio Hijo, sabiendo que este ofrecimiento la expone a una espada de sufrimiento. En el calvario ella muestra, con su deliberada presencia junto a la cruz de su Hijo, que ella quiere compartir su sacrificio. Jesús mismo acepta esta intención de participar en su obra, confiriéndole una nueva maternidad.

 

En tanto que el concilio se abstuvo de hablar de ofrecimiento con el objeto de no declararse por una opinión teológica en detrimento de otra, describe la participación de María en el drama de la pasión al declarar que, manteniéndose según el designio divino, "sufriendo profundamente con su Unigénito y asociándose con entrañas de Madre a su sacrificio" (LG. n. 58). El haber consentido con amor a la inmolación de la víctima, le proporcionó la unión más profunda con el sacrificio redentor, una participación significativa en el ofrecimiento.

 

No hay razón para temer afirmar este ofrecimiento, que no es una repetición inútil del ofrecimiento de Cristo ni tampoco compite con él. No pone en duda la unicidad del ofrecimiento supremo del Redentor; más bien, recibe su realidad de éste. María no hace más que ofrecer a su propio Hijo y ofrecerse ella misma y su dolor personal, y esto lo hace sólo a través de su propio Hijo. Más particularmente, el ofrecimiento con el que María se une al sacrificio redentor no es un ofrecimiento sacerdotal, que implicaría para la Madre una participación en el sacerdocio de Jesús. Es un ofrecimiento de madre muy particular y lo diferencía del ofrecimiento sacerdotal. Al tener un carácter maternal, no es una copia del ofrecimiento de Cristo y tiene su propia raison d´être. Ofrece una contribución específica al aspecto humano del drama de la pasión. Esto también aclara la posición de la mujer con respecto al sacerdocio. María no se ocupa del ministerio sacerdotal pero, en su capacidad como mujer, juega un papel importante e indispensable en la obra de la salvación. Está profundamente comprometida con el sacrificio redentor por derecho maternal y ofrece una cooperación tan necesaria a la obra sacerdotal de Cristo, que el Padre, en su soberano designio, requirió de esta presencia femenina para poder otorgar la salvación al mundo.

 

Mérito Corredentor.

 

Totalmente asociada al sacrificio redentor, María está unida al mérito de Cristo. Con su ofrecimiento, el Redentor mereció la salvación de la humanidad. La oblación maternal de la Corredentora ha tenido por igual un valor universalmente meritorio, pero un valor que no puede quitarle mérito al propio efecto del sacrificio sacerdotal de Cristo. El Salvador obtuvo para todos los hombres una sobreabundancia de gracias que no admite deficiencias y no puede necesitar un complemento. Por ello el problema: Si Cristo ha obtenido el mérito de todas las gracias, ¿cuál puede ser el objeto del mérito corredentor de María?

 

Los estudios doctrinales que admiten una especie de fusión entre la cooperación de María y la actividad redentora de Jesús, evitan el problema de tal forma, que la Madre y el Hijo forman un sólo principio de eficacia salvífica, sin que sea necesario hacer una distinción entre la parte que le toca a uno y la parte del otro. Pero esta manera tan radical de concebir la asociación de María en la obra de Cristo es muy debatible, porque no puede reconocer a Cristo como el único Redentor de la humanidad y porque tiende a hacer de María una redentora unida al Redentor.

 

La mayoría de los teólogos que han reflexionado sobre la corredención, han buscado lo que podría distinguirse entre el mérito de María y el de Cristo. Afirmaron que María había merecido en virtud del mérito de congruo [di convenienza], lo que Cristo había merecido por el mérito de condigno [di condignità]. El mérito de condigno se basa, proporcionalmente, entre la acción meritoria y su objeto. Jesús, teniendo el poder de ser Salvador, mereció en estricta justicia (de condigno), la salvación de la humanidad, ya que hay una proporción entre el valor de su ofrecimiento redentor y los beneficios que se revirtieron sobre la humanidad.

 

No obstante, y de acuerdo con muchos teólogos, el mérito de María sólo podría ser de congruo [di convenienza]: en tanto que no está en proporción con la salvación de la humanidad, sin embargo ha sido elevado, por la intervención divina, a un nivel superior de eficacia, por lo que María pudo contribuir al merecimiento de la salvación eterna. El principio se enuncia con frecuencia: "Todo lo que Cristo mereció en estricta justicia (de condigno), María lo mereció por benevolencia (de congruo)," un principio que también fue adoptado en una encíclica de Pío X, con una ligera modificación de perspectiva. A veces el mérito de María también ha sido llamado "supercongruo" en virtud de su excelencia excepcional.

 

Sin embargo, esta solución que se ha propuesto de manera común para indicar la distinción que existe entre el mérito de Cristo y el de María, enfrenta una dificultad fundamental: ¿no es superfluo un mérito que consiste en obtener, por medio de un título inferior, lo que otro mérito ya ha obtenido? ¿Porqué habría uno de querer merecer lo que ya ha sido adquirido por el mérito de otros? Todo lo que se ha merecido por Cristo en la obra de redención no debe -- y no puede -- constituir el objeto de otro mérito. La dificultad puede superarse sólo si uno considera más atentamente en qué consiste el mérito de Cristo. Cristo ha merecido con su sacrificio, su glorioso triunfo; el primer objeto de su mérito, es su resurrección. Habiendo merecido su propia glorificación, mereció para la humanidad la gracia que se comunica por medio del poder del Salvador glorificado. El mérito de María debe ser entendido a la luz de este mérito de Cristo. Con su participación en el sacrificio redentor, la Madre de Jesús mereció tener poder maternal para colaborar en la distribución de la gracia. Ella mereció la redención bajo un aspecto particular: la gracia que alcanza al hombre por medio de su mediación maternal. He aquí el objeto específico de su mérito. María merece apropiadamente la modalidad, en virtud de la cual la gracia asume un aspecto maternal con el objeto de ser comunicada a la humanidad. Por ello, se afirma la diferencia que existe entre su función y la de Cristo.

 

 

De la Corredención a la Maternidad de la Gracia.

 

Al reconocer la maternidad universal de María en el orden de la gracia como el objeto propio de su mérito en la cooperación del sacrificio redentor, uno evita las afirmaciones que se hacen de un mérito superfluo o algo que sea añadido o superlativo, y es llevado a discernir el valor que tiene la contribución de María en la obra de la salvación. De manera más precisa, se hace posible proponer una solución que ofrezca una respuesta al conflicto doctrinal sobre la naturaleza del mérito, el conflicto entre aquellos que se limitan a atribuir a María un mérito de congruo [di convenienza], al subrayar con mayor claridad la primacía de Cristo, y aquellos que no dudan en afirmar un mérito de condigno [di condignità]. Por otro lado, es importante admitir la congruencia apropiada de la actividad Corredentora de María. Para la redención de la humanidad esta actividad no era necesaria y el plan divino de salvación habría podido prever de manera única, la acción redentora del Hijo de Dios hecho hombre sin requerir de la colaboración de su Madre. En virtud del sacrificio redentor, la humanidad habría recibido abundantemente las gracias de salvación merecidas por Cristo. Pero el plan divino proporcionó la cooperación maternal de María, otorgando a la mujer una función esencial en la obra de salvación. Hubo aquí congruencia con la intención divina, al conferir a la mujer la plenitud de su dignidad, comprometiéndola plenamente al emprender la restauración del mundo. Esta intención fue manifestada en el oráculo del Protoevangelio, al anunciar la lucha entre la mujer y los poderes del mal. Era apropiado que al asociar al hombre y a la mujer en el drama de la caída, correspondiera una asociación de la nueva Eva con el nuevo Adán. Desde esta perspectiva, el mérito corredentor de María puede dársele el calificativo de mérito de adecuación.

 

Por otro lado y con objeto de poder apreciar el valor de ese mérito, es también importante considerar las condiciones en las que alcanzó su propio objetivo. Uno debe preguntarse sobre todo, si la propiedad característica del mérito de estricta justicia [di condignità], verifica la proporción que existe entre la actividad meritoria y el efecto obtenido. Esta proporción existe en María en virtud de su oficio de Madre de Dios, que le permite adquirir su función como Madre de todos los hombres en el orden de la gracia. Como Madre de Dios, María posee una maternidad que está abierta hacia el infinito, y precisamente esta maternidad se convierte, con la corredención, en una maternidad universal que distribuye la gracia. Esta maternidad universal -y es correcto subrayar esto- no es simplemente la consecuencia inmediata de la maternidad divina, sino que es el fruto del sacrificio. Lo mismo se dice en primera instancia de Cristo, quien no se convirtió en la Cabeza de la humanidad salvada, solamente en virtud de la encarnación, sino que por haberse humillado a sí mismo en obediencia de la cruz, mereció este glorioso poder como Salvador. Analógicamente, ella que se convirtió en Madre de Dios en el misterio de la encarnación mereció, con su obediencia y su ofrecimiento materno, la maternidad espiritual sobre todos los hombres. Jesús mismo nos da a entender esta verdad cuando pronuncia las palabras en el calvario: "Mujer, ahí tienes a tu hijo" (Jn. 19:26). Al darle a María como hijo al discípulo amado, Él le pide que acepte el cumplimiento del sacrificio: María debe aceptar perder a su propio y único Hijo, para poder recibir otro hijo. Como fruto de su unión con el sacrificio redentor, María se convierte en la Madre del discípulo, en una nueva maternidad que tipifica una maternidad universal.

 

Esto aclara la proporción que caracteriza el mérito de la Corredentora. Como Madre de Dios, María consintió perder a su propio Hijo, el Hijo de Dios, y recibió a cambio como hijos, a todos los hombres destinados a compartir la filiación divina de Jesús. Ella no mereció la gracia en su realidad fundamental, sino en la modalidad materna con la cual es comunicada a la humanidad. Por lo tanto, su mérito corredentor, siendo un mérito de condigno [di condignità], tiene sólo un valor secundario con respecto al mérito de Cristo. Los cristianos no pueden olvidar que, si reciben el afecto y la ayuda maternal de María, se lo deben al sacrificio ofrecido en el calvario por la Madre del Redentor. María pagó un precio muy alto, el de la corredención, la maternidad que hace que la vida cristiana sea más segura y más regocijante.

 


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Asunto: Lunes 28 de septiembre de 2009. La Palabra Binaria.
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La Palabra Binaria

Publicación diaria para la Iglesia Católica

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Lunes de la segunda

XXVI del tiempo ordinario


San Wenceslao


El más pequeño entre todos vosotros, ése es el más grande


 

Zacarías 8,1-8

 

1 El Señor todopoderoso me dirigió esta palabra: Esto

dice el Señor todopoderoso:

2 «Estoy enamorado de Sión

con un amor lleno de celos,

y una gran cólera se enciende en mí a favor suyo».

3 Esto dice el Señor omnipotente:

«Vuelvo a Sión y habitaré en Jerusalén.

Jerusalén será llamada de nuevo ciudad fiel,

y la montaña del Señor omnipotente, montaña santa».

4 Esto dice el Señor omnipotente:

«Ancianos y ancianas se sentarán todavía

en las plazas de Jerusalén;

tendrán un bastón en su mano

a causa de sus muchos años,

5 y las calles de la ciudad estarán llenas de niños y niñas

que jugarán en sus plazas».

6 Esto dice el Señor omnipotente:

«Si el resto de este pueblo juzga que esto es imposible,

¿lo tendré yo que juzgar también como imposible?»,

palabra del Señor omnipotente.

7 Esto dice el Señor omnipotente:

«Libraré a mi pueblo del país de oriente

y del país de occidente;

8 yo los traeré para que habiten en Jerusalén.

Ellos serán mi pueblo,

y yo seré su Dios en la fidelidad y en la justicia».

 

Salmo 101,16-21.29.22-23

 

16 Las naciones respetarán el nombre del Señor

y los reyes de la tierra tu gloria,

17 cuando el Señor reconstruya a Sión

y aparezca en su gloria,

18 cuando atienda la oración del expoliado,

y no rechace sus ruegos.

19 Que esto quede escrito para la edad futura,

y los que luego nazcan alaben al Señor.

20 El Señor se asomó desde su excelso santuario,

miró desde los cielos a la tierra,

21 para escuchar el gemido de los encarcelados

y libertar a los condenados a muerte;

29 Los hijos de tus siervos tendrán una morada

y su descendencia será estable ante ti.

22 para que se pregone en Sión el nombre del Señor

y su alabanza en Jerusalén;

23 cuando se congreguen a una los pueblos

y los reyes para dar culto al Señor.

 

Lucas 9,46-50

 

46 Los discípulos se pusieron a discutir sobre quién de ellos sería el más grande. 47 Pero Jesús, conociendo sus pensamientos, tomó un niño, lo puso a su lado 48 y les dijo: «El que acoge a este niño en mi nombre me acoge a mí, y el que me acoge a mí acoge al que me ha enviado; porque el más pequeño entre todos vosotros, ése es el más grande». 49 Juan dijo a Jesús: «Maestro, hemos visto a uno que echaba los demonios en tu nombre y se lo hemos prohibido, porque no anda con nosotros». 50 Jesús le dijo: «No se lo impidáis, porque el que no está contra vosotros está a vuestro favor».


 

En esta ocasión, los discípulos también se preocupan por saber quién sería el mayor de entre ellos. Suele suceder que en un grupo humano siempre hay uno o unos pocos que mandan y que en definitiva son los importantes. Los importantes en este mundo ocupan los primeros puestos, tienen muchos servidores a su disposición y quieren que se les tome en cuenta.

 

Cristo conocía el corazón humano y conocía el corazón de sus doce pescadores. Por ello, les previene de la forma más sencilla, a través del ejemplo de un niño. Porque si hay alguien en esta vida que nos da ejemplo de sencillez, naturalidad, candidez, franqueza son los niños. Quien sino ellos son el ejemplo auténtico de humildad de espíritu.

 

Por tanto, recibir a un niño en medio de nosotros significa acoger en nuestro corazón todas las virtudes que él representa. Y del mismo modo si queremos llegar a Cristo no nos queda otro camino más que el de la sencillez y humildad, el del servicio desinteresado a nuestro prójimo y en definitiva el camino de hacernos pequeños ante los demás que significa cortar todo engreimiento, vanidad y presunción delante de nuestro prójimo, y vivir para los demás olvidado totalmente de uno mismo.

 


 

San Venceslao (Wenceslao) de Bohemia

 

Martirologio Romano: San Wenceslao, mártir, duque de Bohemia, que, educado por su abuela santa Ludmila en sabiduría divina y humana, fue severo consigo, pacífico en la administración del reino y misericordioso para con los pobres, redimiendo para ser bautizados a esclavos paganos que estaban en Praga para ser vendidos. Después de sufrir muchas dificultades en gobernar a sus súbditos y formarles en la fe, traicionado por su hermano Boleslao fue asesinado por sicarios en la iglesia de Stara Boleslav, en Bohemia (929/935).

 

Hijo del rey de Bohemia, Ratislav, el joven príncipe nació en el 907 cerca de Praga. Su abuela, Santa Ludimila, se encargó de la educación de su nieto, inculcándole siempre el amor y servicio al Padre Celestial. Cuando era todavía muy joven, el santo perdió a su padre en una de las batallas contra los magiares; su madre asumió el poder e instauró -bajo la influencia de la nobleza pagana- una política anticristiana y secularista, que convirtió al pueblo en un caos total. Ante esta terrible situación, su abuela trató de persuadir al príncipe para que asumiese el trono para salvarguardia del cristianismo, lo que provocó que los nobles la asesinaran al considerarla una latente amenaza para sus intereses.

 

Sin embargo, por desconocidas circunstancias, la reina fue expulsada del trono, y Wenceslao fue proclamado rey por la voluntad del pueblo, y como primera medida, anunció que apoyaría decididamente a la Ley de la Iglesia de Dios. Instauró el orden social al imponer severos castigos a los culpables de asesinato o de ejercer esclavitud y además gobernó siempre con justicia y misericordia.

 

Por oscuros intereses políticos, Boleslao -que ambicionaba el trono de su hermano-, invitó a Wenceslao a su reino para que participara de los festejos del santo patrono y al terminar las festividades, Boleslao asesinó de una puñalada al santo rey. El pueblo lo proclamó como mártir de la fe, y pronto la Iglesia de San Vito -donde se encuentran sus restos- se convirtió en centro de peregrinaciones. Ha sido proclamado como patrón del pueblo de Bohemia y hoy su devoción es tan grande que se le profesa también como Patrono de Checoslovaquia.

 


Mariología XXX

El Misterio de María Corredentora en el Magisterio Papal. (VI/VI)

 

VI. Evaluación

 

A estas alturas, considero indispensable introducir en esta discusión el # 25 de la constitución Dogmática de la Iglesia Lumen gentium, del concilio Vaticano II, un texto de capital importancia relativo al magisterio del Papa o el oficio de enseñar:

 

Este obsequio religioso de la voluntad y del entendimiento de modo particular ha de ser prestado al magisterio auténtico del Romano Pontífice aun cuando no hable ex cathedra; de tal manera que se reconozca con reverencia su magisterio supremo y con sinceridad se preste adhesión al parecer expresado por él, según su manifiesta mente y voluntad, que se colige principalmente ya sea (1) por la índole de los documentos, ya sea (2) por la frecuente proposición de la misma doctrina, ya sea (3) por la forma de decirlo.

 

En base a un cuidadoso análisis de este pasaje, he argumentado en mi libro Totus Tuus, que la enseñanza del Papa en relación a la consagración o entrega a María, es una parte importante de su "magisterio ordinario" y que ha llevado esta doctrina a un nuevo nivel de importancia.

 

Creo que se podría decir lo mismo en el caso de su instrucción sobre el singular oficio que, en su conjunto, tiene María en la obra de nuestra redención, e incluso también para el uso que él le da al término Corredentora. Por supuesto que yo no discutiría que las veces que el Papa ha usado la palabra Corredentora, aparecen en documentos papales de la más alta autoridad docente o que ha proclamado la doctrina o usado la palabra de la manera más solemne. Creo, sin embargo, que esta presentación y los demás ensayos que he escrito sobre el tema, demuestran más allá de la sombra de la duda, que la enseñanza del Santo Padre sobre la singular colaboración en, y contribución a, la obra de nuestra redención, ha llevado a la enseñanza a una nueva claridad, y es un componente inequívoco de su magisterio ordinario - precisamente en base al segundo criterio indicado en Lumen gentium # 25, la frecuencia con la que ha propuesto esta doctrina -. Daré un paso más y argumentaré que, seis ocasiones en las que el Papa ha usado el término Corredentora para caracterizar la colaboración de nuestra Señora en la obra de nuestra redención - especialmente a la luz del uso magisterial anterior - no merecen ser fácilmente descartadas como "marginales [y] por lo tanto, carentes de autoridad doctrinal."

 

Le agradezco al padre Ignazio Calabuig, O.S.M., uno de los firmantes de la Declaración de Czestochowa y Presidente de la Facultad Pontificia Marianum, y a sus colaboradores que recientemente han reconocido que mi estudio sobre el uso del término Corredentora, publicado en Maria Corredentrice: Storia e Teologia I, fue realizado con encomiable precisión, y que es una clara indicación de que el título no está prohibido y es susceptible de una lectura correcta. Sin embargo, y respetuosamente, sigo estando en desacuerdo con ellos, cuando afirman que la palabra aparece sólo en documentos que no tienen índole magisterial.

 

Una pregunta y respuesta finales: "¿Cómo podemos describir de la mejor manera este oficio secundario y subordinado, y no obstante activo y único, designado por Dios para María en la obra de nuestra redención?" Nuestro Santo Padre ha usado un buen número de títulos descriptivos, tales como colaboradora y cooperadora, asociada y aliada. La ha llamado "la perfecta co-laboradora en el sacrificio de Cristo" (perfetta cooperatrice del sacrificio di Cristo186 ), y "el modelo perfecto para los que buscan unirse a su Hijo en su obra de salvar a la humanidad entera."

 

Este es un asunto por el que ni nuestro actual Santo Padre, ni ninguno de sus predecesores se ha pronunciado, y estamos en completa libertad de debatirlo. Es del todo obvio que los hombres de letras, teólogos y las personas de buena voluntad, tienen opiniones varias a este respecto. Mi argumento sería solamente que, ninguno de los títulos que contienen una sola palabra, tales como Colaboradora, Cooperadora, Asociada, Socia y Aliada, acentúa suficientemente la singularísima función de María, mientras que otros me parece que son, o frases muy largas o ambages difíciles de manejar.  

 

En tanto que reconozco que de las cinco veces que el Papa Juan Pablo II ha usado el término Corredentora han sido referencias pasajeras, no creo que éstas deban ser subestimadas más que las tres veces que lo han usado congregaciones romanas al principios del siglo pasado, o tres veces que lo mencionó el papa Pío XI. Estas referencias constituyen un testimonio de la tradición viva de la Iglesia y del legítimo empleo del término. Lo que sencillamente presentaría yo aquí es que, una vez que se ha aclarado que el "co" de Corredentora no significa igualdad con el Redentor, sino subordinada a Él, se puede argumentar que expresa la realidad de la participación única y activa de María en su totalidad, mejor que ningún otro título.

 

De cualquier modo, el estudio que el magisterio haga de este asunto me convence de que el Espíritu Santo está, inevitablemente, moviendo a la Iglesia y cada vez de manera más apremiante, en una dirección: la de iluminar la activa colaboración de María en nuestra redención. Hemos visto que la enseñanza papal se ha vuelto cada vez más vigorosa e insistente a este respecto - y por supuesto que no me ha sido posible presentarla en su totalidad -. De hecho, ¡solamente lo que ha producido este pontificado, excede a lo que han producido todos los pontificados anteriores juntos!

 

Conforme se vaya estudiando, entendiendo y proclamando cada vez más esta enseñanza, se podrá esperar obtener resultados más positivos y poderosos para la Iglesia y el mundo. Verdaderamente, mientras más entendamos la colaboración que, por designio divino, tuvo María en nuestra salvación, más nos sentiremos motivados a acudir a aquella que es la Mediadora de todas las gracias y la Abogada del pueblo de Dios. En la dramática hora de crisis en que vivimos, seguramente muchos discutirán que existen asuntos mucho más urgentes que resolver, y sin embargo, en la lucha con el poder de las tinieblas, que continúa sin disminuir, ¿a quién nos ha confiado el Padre como nuestra defensa junto con el "nuevo Adán," sino a la "nueva Eva"? Creo que esta es una verdad muy honda, de la que el Espíritu le ha estado hablando a la Iglesia en tiempos modernos - y nunca como ahora por medio de nuestro actual Santo Padre -.

 


Que la gracia y la bendición del Padre se derrame sobre todos nosotros

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#2016 De: "Gonzalo" <lapalabra@...>
Fecha: Mié, 16 de Sep, 2009 9:30 am
Asunto: Miércoles 16 de septiembre de 2009. La Palabra Binaria.
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Miércoles de la cuarta

XXIV del tiempo ordinario


Santos Cipriano y Cornelio


Os hemos tocado la flauta y no habéis bailado. Hemos cantado lamentaciones y no habéis llorado


 

1 Timoteo 3,14-16

 

14 Aunque espero ir a verte pronto, te escribo estas cosas 15 por si tardo, para que sepas cómo has de conducirte en la casa de Dios, que es la Iglesia de Dios vivo, columna y fundamento de la verdad. 16 Y sin duda alguna es grande el misterio de nuestra religión: «Que se ha manifestado como hombre, ha sido acreditado por el Espíritu, se ha mostrado a los ángeles, ha sido anunciado a las naciones, creído en el mundo, elevado a la gloria».

 

Salmo 110,1-6

 

1 ¡Aleluya!

Doy gracias al Señor de todo corazón

en la reunión de los hombres justos

y en la asamblea general.

2 Grandes son las obras del Señor,

dignas de estudio para los que las aman.

3 Su obra resplandece de esplendor

y su justicia permanece para siempre.

4 Él ha hecho memorables sus milagros,

el Señor es misericordioso y lleno de ternura.

5 Él da de comer a sus leales

y recuerda siempre su alianza.

6 Manifiesta a su pueblo el poder de sus obras,

dándole la heredad de las naciones.

 

Lucas 7,31-35

 

31 «¿A qué compararé esta generación? ¿A quién se parece? 32 Se parece a esos chiquillos sentados en la plaza, que se gritan unos a otros: Os hemos tocado la flauta y no habéis bailado. Hemos cantado lamentaciones y no habéis llorado.  33 Porque ha venido Juan, el Bautista, que ni comía ni bebía, y dijisteis: Tiene un demonio. 34 Ha venido el hijo del hombre, que come y bebe, y decís: Éste es un comilón y un borracho. 35 Pero la sabiduría ha sido justificada por todos sus discípulos».

 


 

Las sectas se aprovechan de la indecisión de muchos cristianos para derrumbarles su fe y para incorporarlos en sus organizaciones. Por eso hemos de estar vigilantes, afianzando cada vez más los principios de nuestra fe católica. Jesús compara a los indecisos con unos chiquillos que han perdido la capacidad de reaccionar ante las invitaciones de sus amigos, pues ni bailan ni lloran. Es como cuando vemos el telediario y, después de una noticia trágica, pasamos a la información deportiva como si nada. Nos conmovimos unos segundos y luego nos olvidamos.

 

Cristo espera que nuestro corazón vuelva a palpitar y reaccione ante nuestra realidad y la del mundo. Si nuestra fe está marchita, es hora de que rejuvenezca. Si Jesús sigue clavado en la cruz por nosotros, es tiempo de aprovechar la redención.

 

Porque si no abrimos los ojos, vendrá alguien a tocar a nuestra puerta y nos arrebatará lo más valioso que tenemos, sin darnos cuenta.

 


 

Santos Cipriano y Cornelio

 

Martirologio Romano: Memoria de los santos Cornelio, papa, y Cipriano, obispo, mártires, acerca de los cuales el catorce de septiembre se relata la sepultura del primero y la pasión del segundo. Juntos son celebrados en esta memoria por el orbe cristiano, porque ambos testimoniaron, en días de persecución, su amor por la verdad indefectible ante Dios y el mundo (252, 258).

 

Víctimas ilustres de la persecución de Valeriano, respectivamente en junio del 253 y el 14 de septiembre del 258, son el Papa Cornelio y Cipriano el obispo de Cartago, cuyas memorias aparecen unidas en los antiguos libros litúrgicos de Roma desde mediados del siglo IV. Su historia, en efecto, se entrelaza, aunque sobresale más la imagen del gran obispo africano.

 

San Cipriano

 

Nacido en el año 200 en Cartago (Africa), se convirtió al cristianismo cuando era mayor de 40 años. Su mayor inspiración fue un sacerdote llamado Cecilio. Una vez bautizado descubrió la fuerza del Espíritu Santo capacitándolo para ser un hombre nuevo. Se consagró al celibato.

Tuvo un gran amor al estudio de las Sagradas Escrituras por lo que renunció a libros mundanos que antes le eran de gran agrado.

 

Es famoso su comentario del Padrenuestro.

 

Fue ordenado obispo por aclamación popular, el año 248, al morir el obispo de Cartago. Quiso resistir pero reconoció que Dios le llamaba. "Me parece que Dios ha expresado su voluntad por medio del clamor del pueblo y de la aclamación de los sacerdotes". Fue gran maestro y predicador.

 

En el año 251, el emperador Decio decreta una persecución contra los cristianos, sobre todo contra los obispos y libros sagrados. Muchos cristianos, para evitar la muerte, ofrecen incienso a los dioses, lo cual representa caer en apostasía.

 

Cipriano se esconde pero no deja de gobernar, enviando frecuentes cartas a los creyentes, exhortándoles a no apostatar. Cuando cesó la persecución y volvió a la ciudad se opuso a que permitieran regresar a la Iglesia a los que habían apostatado sin exigirles penitencia. Todo apóstata debía hacer un tiempo de penitencia antes de volver a los sacramentos. Esta práctica no era para el bien del penitente que de esta forma profundizaba su arrepentimiento y fortalecía su propósito de mantenerse fiel en futuras pruebas. Esto ayudó mucho a fortalecer la fe y prepararse ya que pronto comenzaron de nuevo las persecuciones.

 

El año 252, Cartago sufre la peste de tifo y mueren centenares de cristianos. El obispo Cipriano organiza la ayuda a los sobrevivientes. Vende sus posesiones y predica con gran unción la importancia de la limosna.

 

El año 257 el emperador Valeriano decreta otra persecución aun mas intensa. Todo creyente que asistiera a la Santa Misa corre peligro de destierro. Los obispos y sacerdotes tienen pena de muerte celebrar una ceremonia religiosa. El año 157 decretan el destierro de Cipriano pero el sigue celebrando la misa, por lo que en el año 258 lo condenan a muerte.

 

Actas del juicio:

Juez: "El emperador Valeriano ha dado órdenes de que no se permite celebrar ningún otro culto, sino el de nuestros dioses. ¿Ud. Qué responde?"

Cipriano: "Yo soy cristiano y soy obispo. No reconozco a ningún otro Dios, sino al único y verdadero Dios que hizo el cielo y la tierra. A El rezamos cada día los cristianos".

El 14 de septiembre una gran multitud de cristianos se reunió frente a la casa del juez. Este le preguntó a Cipriano: "¿Es usted el responsable de toda esta gente?"

Cipriano: "Si, lo soy".

El juez: "El emperador le ordena que ofrezca sacrificios a los dioses".

Cipriano: "No lo haré nunca".

El juez: "Píenselo bien".

Cipriano: "Lo que le han ordenado hacer, hágalo pronto. Que en estas cosas tan importantes mi decisión es irrevocable, y no va a cambiar".

 

El juez Valerio consultó a sus consejeros y luego de mala gana dictó esta sentencia: "Ya que se niega a obedecer las órdenes del emperador Valeriano y no quiere adorar a nuestros dioses, y es responsable de que todo este gentío siga sus creencias religiosas, Cipriano: queda condenado a muerte. Le cortarán la cabeza con una espada".

 

Al oír la sentencia, Cipriano exclamó: "¡Gracias sean dadas a Dios!"

 

Toda la inmensa multitud gritaba: "Que nos maten también a nosotros, junto con él", y lo siguieron en gran tumulto hacia el sitio del martirio.

 

Al llegar al lugar donde lo iban a matar Cipriano mandó regalarle 25 monedas de oro al verdugo que le iba a cortar la cabeza. Los fieles colocaron sábanas blancas en el suelo para recoger su sangre y llevarla como reliquias.

 

El santo obispo se vendó él mismo los ojos y se arrodilló. El verdugo le cortó la cabeza con un golpe de espada. Esa noche los fieles llevaron en solemne procesión, con antorchas y cantos, el cuerpo del glorioso mártir para darle honrosa sepultura.

 

A los pocos días murió de repente el juez Valerio. Pocas semanas después, el emperador Valeriano fue hecho prisionero por sus enemigos en una guerra en Persia y esclavo prisionero estuvo hasta su muerte.

 

Cornelio había sido elegido Papa en el 251, después de un largo periodo de sede vacante, a causa de la terrible persecución de Decio. Su elección no fue aceptada por Novaciano, que acusaba al Papa de ser un libelático. Cipriano, y con él los obispos africanos, se puso de parte de Cornelio.

 

El emperador Galo confinó al Papa en Civitavecchia, en donde murió. Fue enterrado en las catacumbas de Calixto. Cipriano, a su vez, fue relegado en Capo Bon, pero cuando supo que habia sido condenado a la pena capital, regresó a Cartago, porque quería dar su testimonio de amor a Cristo frente a toda su grey. Fue decapitado el 14 de septiembre del 258. Los cristianos de Cartago pusieron pañuelos blancos sobre su cabeza para conservarlos, así manchados de sangre, como reliquias preciosas. El emperador Valeriano, al hacer decapitar al obispo Cipriano y al Papa Esteban, inconscientemente puso fin a una disputa entre los dos sobre la validez del bautismo administrado por herejes, no aceptada por Cipriano y afirmada por el pontífice.

 


Mariología XXIX

IV. La Activa Participación de María en el Sacrificio del Calvario

 

Consideremos ahora el ápice de la actividad corredentora de nuestra Señora, su participación en la pasión y muerte de su Hijo. El papa Juan Pablo II, en la catequesis que impartió con un gran significado el 25 de octubre de 1995, nos permite vislumbrar el crecimiento interior que ha tenido la Iglesia en cuanto a la participación activa de María en la redención. Comenta que la intuición de San Ireneo de que María "con su ´si´, se convirtió en ´causa de salvación´ para ella y para toda la humanidad"

 

no fue desarrollado de manera consistente y sistemática por los demás padres de la Iglesia.

 

En cambio, se trabajó sistemáticamente en esta doctrina por primera vez, a finales del siglo X en la Vida de Maria escrita por un monje bizantino, Juan el Geómetra. 126 En este documento, María está unida a Cristo en toda la obra de la redención, participando, según designio divino, de la cruz y el sufrimiento por nuestra salvación. Ella permaneció unida al Hijo "en cada acto, actitud y deseo" (cf. Life of Mary, Bol. 196, f. 123 v.). 127

 

La permanente unión de María con Jesús "en cada acto, actitud y deseo," es un dato que la Iglesia vendría a entender más claramente con el paso del tiempo, conforme continuaba rumiando en el persona y la función de María bajo la guía del Espíritu Santo. Parece ser que Juan el Geómetra fue el primero en habernos dejado reflexiones escritas acerca del lazo inseparable que existe entre Jesús y María en la obra de nuestra salvación. Él explícitamente afirma que "La Virgen, después de haber dado a luz a su Hijo, jamás se separó de Él, de su actividad, sus disposiciones, su voluntad." 128 Esto obviamente implica el consentimiento voluntario de María a (1) el sacrificio de su Hijo, que también, por necesidad, implica (2) el sacrificio de sí misma en unión con Él. Mientras que haré una distinción lógica entre estos dos ofrecimientos en las siguientes sub-secciones, en realidad fueron simultáneos y los textos papales que he citado así los tratarán con frecuencia.

 

A. María Ofrece a la Víctima

 

Bajo la guía del Espíritu Santo, la Iglesia llegó a entender cada vez más convencida, que el "fiat" de María en el momento de la anunciación, floreció en su "fiat" bajo la cruz, y que al consentir con el ofrecimiento del sacrificio de su Hijo, de su parte esto significó un ofrecimiento real del sacrificio. A continuación, se transcribe un texto de capital importancia de León XIII, carta encíclica Jucunda Semper del 8 de septiembre de 1894 que asocia estos dos "fíats":

 

Cuando se declaró a sí misma la esclava del Señor para el cargo de ser Madre, y cuando, al pie del altar, ofreció todo su ser con su niño Jesús -entonces y después- tomó su parte en la dolorosa expiación que ofreció su hijo por los pecados del mundo. Por lo tanto, es seguro que ella sufrió en lo más profundo de su alma los sufrimientos más amargos de su Hijo y con sus tormentos. Finalmente, fue ante los ojos de María que el divino Sacrificio, por quien ella había engendrado y alimentado a la Víctima, iba a llegar a su término. Al contemplar al Hijo en el último y más piadoso de estos misterios, vemos que "Junto a la cruz de Jesús estaba su Madre" (Jn. 19:25), quien, en un milagro de amor, y para poder recibirnos como sus hijos, ofreció generosamente a la divina Justicia su propio Hijo, y en su corazón, murió con Él, apuñalada por la espada del dolor. 129

 

Lo que deseo señalar aquí, es que León vincula estos dos "fíats" mediante la presentación de Jesús en el templo por María (Lc. 2:22-24), que es vista como una anticipación de su presentación en la cruz. Él habla explícitamente de María como la que "generosamente alimentó a la Víctima" y quien "ofreció [a Él] a la divina Justicia."

 

El Santo Papa Pío X sigue la misma línea, pero de forma más concisa aún, en su encíclica Ad Diem Illum del 2 de febrero de 1904:

 

La Santísima Madre de Dios, de conformidad, habilitó la "materia para la carne del unigénito Hijo de Dios que nacería entre los miembros de la humanidad" y que así hubiera una Víctima para la salvación del hombre. Pero este no es su único título digno de alabanza. Adicionalmente, se le confió la tarea de cuidar a la misma Víctima, de alimentarla, e incluso, de ofrecerla sobre el altar en el momento señalado. 130

 

Aún cuando no encontramos en este texto ninguna referencia al sacrificio de Abraham (Gn. 22), el lenguaje empleado sugiere un sorprendente paralelo. Aquí se describe a María preparando a la divina Víctima para el sacrificio, incluso como Abraham preparó a Isaac. La diferencia, por supuesto, estriba en que Abraham fue eximido de tener que llevar a cabo el sacrificio, mientras que María no lo fue.

 

El Papa Benedicto XV hizo una enfática afirmación sobre el ofrecimiento de María, en su carta Inter Sodalicia del 22 de marzo de 1918. Manifestó que:

 

Según la enseñanza común de los Doctores, fue el designio de Dios que la Santísima Virgen María, aparentemente ausente de la vida pública de Jesús, lo asistiera cuando estaba muriendo clavado a la cruz. María sufrió y, por decirlo así, casi murió con su Hijo sufriente; por la salvación de la humanidad, ella renunció a sus derechos de madre y, en cuanto dependió de ella, ofreció a su Hijo para aplacar la divina Justicia; por lo que bien podemos decir que ella, junto con Cristo, redimió a la humanidad. 131

 

Nótese que Benedicto indica que la presencia de María bajo la cruz de Cristo "no estuvo desprovista del designio divino" [non sine divino consilio], y el mismo lenguaje es reproducido verbatim en Lumen gentium # 58, aunque sin hacer referencia a este texto. De manera semejante, derivando del principio de que "Dios, por el único y mismo decreto, había establecido el origen de María y la encarnación de la divina Sabiduría"132 , Benedicto XV sostiene que Dios había predestinado también la unión de María con su Hijo en su sacrificio, al grado de sacrificarse con Él quantum ad se pertinebat.

 

El siguiente planteamiento papal que consideraremos, vino diez años después del de Benedicto XV y fue destinado para la Iglesia universal. Tiene lugar durante la conclusión de la encíclica del Papa Pío XI relativa a la reparación del Sagrado Corazón de Jesús, Miserentissimus Redemptor, el 8 de mayo de 1928:

 

Que la bondadosísima Madre de Dios, que nos dio a Jesús como Redentor, que lo crió, y al pie de la cruz lo ofreció como Víctima, quien por su misteriosa unión con Cristo y por su gracia inigualable amerita el nombre de Reparadora, se digne sonreír a Nuestros deseos y a todo lo que hagamos. 133

 

Aquí Pío XI habla claramente de que María ofrece a Jesús al Padre como víctima. Más aún, por virtud de su íntima unión con Cristo y todas las gracias singulares que tiene, el Papa dice que correctamente se le puede llamar "Reparadora." Este título ya le había sido atribuido a María por el Beato Pío IX, quien le llamó "Reparadora de los primeros padres" en su constitución apostólica Ineffabilis Deus, 134 , por León XIII quien citó a San Tarasio de Constantinopla135 como su autoridad para llamarla "Reparadora del mundo entero," en su encíclica Adiutricem Populi136 y por San Pío X quien citó a Eadmer de Cantorbery137 nombrándola "la Reparadora del mundo perdido" en su encíclica Ad Diem Illum138 El título es obviamente significativo porque habla, como Pío XI testifica, de la íntima unión de María con Cristo y de la reparación que ella hace al Padre en unión con el Redentor (Reparador).

 

El ofrecimiento que María hace de Cristo al Padre se le da una expresión clásica en la encíclica de Pío XII Mystici Corporis del 29 de junio de 1943:

 

Ella fue quien, inmune de todo pecado, personal o heredado, y más unida a su Hijo que nunca, lo ofreció en el Gólgota al Padre eterno junto con el holocausto de sus derechos maternales y su amor de madre, como una nueva Eva, por todos los hijos de Adán contaminados por medio de esta infeliz caída, y por eso ella, que era la madre de nuestra Cabeza según la carne, se convirtió por un nuevo título de dolor y gloria, la madre espiritual de todos sus miembros. 139

 

Una vez más, tenemos una clara afirmación de que María ofreció a Jesús al Padre. Pío XII añade que nuestra Señora hizo este ofrecimiento "junto con el holocausto de sus derechos maternales y su amor de madre." Benedicto XV en Inter Sodalicia hizo la interpretación de que María había "renunciado (o abdicado) a sus derechos maternales." Los padres del concilio Vaticano II eficazmente le hicieron eco cuando afirmaron en Lumen gentium # 58, que María "consintió amorosamente en la inmolación de la víctima que ella misma había engendrado."

 

El Beato Papa Juan XXIII, desarrolló el tema del "ofrecimiento de la divina Víctima" que hizo María, en su mensaje de radio a los obispos de Italia en Catania, con ocasión del 16avo. Congreso Nacional Eucarístico y la consagración de Italia al Inmaculado Corazón de María el 13 de septiembre de 1959:

 

Confiamos en que, como resultado del homenaje que acaban de rendirle a la Virgen María, todos los italianos sean fortalecidos en su fervor y veneración de la Santísima Virgen como Madre del Cuerpo Místico, del cual la Eucaristía es el símbolo y el centro vital. Confiamos en que imitarán de ella el modelo más perfecto de unión con Jesús, nuestra Cabeza; Confiamos en que se unirán a María en su ofrecimiento de la divina Víctima, y que pedirán su mediación maternal para obtener para la Iglesia los dones de la unidad, de la paz, y especialmente de un nuevo y superabundante florecimiento de vocaciones religiosas. 140

 

En esta ocasión, el Papa Juan hizo una petición ligando el ofrecimiento de Jesús por María a la participación de los fieles en la misa. Este co-ofrecimiento, por supuesto, no quita para nada el hecho de que es el mismo Jesús el sacerdote principal del sacrificio. Más bien, es un reconocimiento de que María era la principal co-oferente del sacrificio junto con el propio Jesús, 141 así como todos los miembros de la feligresía presentes en la misa, están llamados a ser co-oferentes del sacrificio junto con el sacerdote que actúa in persona Christi. 142

 

En el # 20 de su exhortación apostólica Marialis Cultus del 2 de febrero de 1974, el papa Paulo VI propuso a los fieles que María fuera "la Virgen presentando ofrecimientos" [Virgo offerens]:

 

La Iglesia misma, especialmente de la Edad Media en adelante, ha descubierto en el corazón de la Virgen, cuando llevaba a su Hijo a Jerusalén a presentarlo al Señor (cf. Lc. 2:22), un deseo de hacer un ofrecimiento, un deseo que excede el significado ordinario del rito. Un testimonio de esta intuición se puede encontrar en la amorosa oración de San Bernardo: "Ofrece a tu Hijo, Virgen sacrosanta, y presenta el fruto de tu vientre al Señor. Para nuestra reconciliación con todo, ofrece la Víctima celestial agradable a Dios."

 

Esta unión de la Madre y del Hijo en la obra de la redención alcanza su culminación en el calvario, donde Cristo "se ofreció a sí mismo a Dios como el sacrificio perfecto" (Hb. 9:14) y donde María estuvo al pie de la cruz (cf. Jn. 19:25), "sufriendo penosamente con su Hijo unigénito. Allí ella se unió con un corazón de madre a su sacrificio, y amorosamente consintió en la inmolación de esta víctima que ella misma había engendrado" ofreciéndolo también al Padre eterno. 143

 

Me limitaré en esta parte a hacer comentarios sobre las fuentes del Papa. En primer lugar, cita el texto de San Bernardo que el Papa Juan Pablo II también usó en su catequesis sobre la colaboración de María en la obra de la redención del 25 de octubre de 1995. 144 En segundo lugar, hace una cita del texto Lumen gentium # 58, añadiendo, para darle énfasis, que María, también, "estaba ofreciendo (a la víctima) al Padre eterno," y da como su referencia el texto de Pío XII en Mystici Corporis.145

 

El Papa Juan Pablo II es el heredero de la enseñanza magisterial de todos sus predecesores y hace gala de ello, en su discurso durante el Angelus del 5 de junio de 1983, la festividad de Corpus Christi:

 

Nacido de la Virgen para ser una oblación pura, santa e inmaculada, Cristo ofreció en la cruz el único Sacrificio perfecto que en cada misa, de manera incruenta, se renueva y actualiza. En ese único Sacrificio, María, la primera redimida, la Madre de la Iglesia, participó de manera activa. Ella permaneció cerca del Crucificado, sufriendo profundamente con su Primogénito; con un corazón de madre, se asoció ella misma a su Sacrificio; con amor consintió a su inmolación (cf. Lumen gentium, 58; Marialis Cultus, 20): lo ofreció a Él y se ofreció a sí misma al Padre. Cada Eucaristía es un memorial de ese sacrificio y esa pascua que restauró la vida al mundo; cada misa nos pone en íntima comunión con ella, la Madre, cuyo sacrificio "se hace presente" así como el Sacrificio de su Hijo "se hace presente" a las palabras de la consagración del pan y el vino pronunciadas por el sacerdote. 146

 

Notemos cómo el Papa vincula el ofrecimiento que María hace de Cristo con el ofrecimiento de ella misma, como muchos de sus predecesores lo han hecho. Nuevamente, esto es resultado de la teología de la misa: los fieles están llamados a ofrecerse al Padre en unión con el ofrecimiento que hacen de Cristo.

 

En su discurso durante la audiencia general del 7 de diciembre de 1983, el Santo Padre vinculó el ofrecimiento de Cristo por María a su Inmaculada Concepción:

 

Debemos, por encima de cualquier cosa, observar que María fue creada inmaculada con el objeto de estar en mejores condiciones de poder actuar por nosotros. La plenitud de gracia le permitió cumplir con su misión de manera perfecta, al colaborar con la obra de salvación; le dio el máximo valor a su cooperación en el sacrificio. Cuando María presentó al Padre su Hijo clavado a la cruz, su doloroso ofrecimiento fue completamente puro. 147

 

En consecuencia, podemos decir que, aunque a un nivel totalmente subordinado, el ofrecimiento de María, como el de Cristo, es un ofrecimiento perfecto, totalmente puro. En esto, ella es un modelo para todos los fieles.

 

El Día de San José en 1995, en el Santuario de nuestra Señora de los Dolores en Castelpetroso, el Papa hizo estos comentarios:

 

Queridos hermanos y hermanas, que también ustedes ofrezcan al Señor sus alegrías y trabajos diarios en comunión con Cristo y mediante la intercesión de su Madre, venerada aquí al ofrecer al Padre el Hijo que se sacrificó a sí mismo por nuestra salvación. 148

 

Nótese en este texto, la precisión teológica del Papa: él habla de María que ofrece el Hijo al Padre, pero además califica al Hijo como el "que se sacrificó a sí mismo por nuestra salvación." Al ofrecer María a Cristo, también implicó que Él mismo se ofreciera.

 

En su encíclica Evangelium Vitae del 25 de marzo de 1995, el Papa vincula el ofrecimiento de Jesús por María a su fiat y a su maternidad espiritual:

 

"Permaneciendo al pie de la cruz de Jesús (Jn. 19:25), María comparte el don que el Hijo hace de sí mismo: ella ofrece a Jesús, lo entrega, y lo engendra hasta el fin por nosotros. El "si" que había dado el día de la anunciación, alcanza su completa madurez el día de la cruz, cuando llega el momento para que María reciba y engendre como hijos a todos aquellos que se hicieron discípulos, derramando sobre ellos el amor salvífico de su Hijo: "Jesús, viendo a su madre y junto a ella al discípulo a quien amaba, dice a su madre: ´Mujer, ahí tienes a tu hijo´" (Jn. 19:26). 149

 

Este pasaje también evoca sutilmente el texto del Apocalipsis 12:17 que se refiere "al resto de sus hijos" de "la Mujer vestida del sol" (Ap. 12:1): en tanto que María dio a luz a Jesús sin dolor, sus intensos sufrimientos en unión con Jesús en el calvario, fueron los dolores de parto por los que ella "engendra como sus hijos a todos aquellos que se hagan discípulos de Jesús."

 

B. María se ofrece a sí misma.

 

Ya hemos visto numerosos textos papales, que hablan de la forma en que María ofrece su ser y sus sufrimientos en el calvario al Padre eterno por nuestra salvación. El hecho de distinguir entre el ofrecimiento que hace María de su Hijo y el que hace de ella misma al Padre, se explica porque es una distinción legítimamente lógica - y por supuesto hecha por el magisterio, porque involucra el ofrecimiento de dos personas distintas, una divina y la otra humana - pero, incluso, es difícil separar un ofrecimiento del otro. No obstante, creo que también es de singular valor el subrayar el ofrecimiento que hace María de sí misma, que vino a formar parte del único precio para nuestra salvación.

 

De hecho, ese es precisamente el propósito de un texto que nos viene del Ppa Pío VII (1800-1823):

 

No cabe duda que la obligación que tienen los cristianos con la Santísima Virgen María, como hijos de tan bondadosa Madre, es el honrar sin cesar y con fervor afectivo, la memoria de los amargos dolores por los que ella pasó con admirable fortaleza y constancia invencible, especialmente cuando permaneció al pie de la cruz y ofreció esos dolores al Padre eterno por nuestra salvación.

 

León XIII hace la misma observación en forma muy eficaz, en su encíclica del rosario Iucunda Semper del 8 de septiembre de 1894, cuando habla del misterio de la presentación del niño Jesús en el templo:

 

Cuando se declaró a sí misma la esclava del Señor para el oficio de ser madre, y cuando, al pie del altar, ofreció todo su ser con su niño Jesús, entonces y a partir de ese momento, ella tomó su parte en la dolorosa expiación ofrecida por su hijo por los pecados del mundo. 151

 

San Pío X habla elocuentemente en Ad Diem Illum, de la "comunión de dolores y voluntades" que compartieron Jesús y María en el calvario:

 

De ahí que la inseparable vida y trabajos del Hijo y de la Madre, permitan la aplicación a ambos de las palabras del Salmista: "Mi vida se consume en dolor y en suspiros mis años." Cuando la hora suprema del Hijo había llegado, junto a la cruz de Jesús estaba María, su Madre, quien no se ocupaba simplemente en contemplar el cruel espectáculo, sino que se regocijaba de que su único Hijo se ofrecía por la salvación del mundo; y participaba de tal manera en su pasión que, de haber sido posible, "ella gustosamente habría cargado con todos los tormentos que su Hijo padecía."

 

De esta comunión de voluntades y aflicciones entre Cristo y María, "ella mereció convertirse dignamente en la Reparadora del mundo perdido" (Eadmer, De Excellentia Virg. Mariae, c. 9) y Dispensadora de todos los dones que nuestro Salvador compró para nosotros por su muerte y por su sangre. 152

 

Ya hemos considerado el famoso texto de Benedicto XV, Inter Sodalicia, desde la perspectiva del ofrecimiento de Cristo por María, pero sería provechoso para nosotros ahora examinar ese texto desde la perspectiva del auto ofrecimiento de María y de "haber pagado el precio de la redención humana" junto con Cristo.

 

María sufrió y, por así decirlo, casi murió con su Hijo sufriente; por la salvación de la humanidad, ella renunció a sus derechos de madre y, en tanto dependió de ella, ofreció a su Hijo para aplacar la justicia divina; por lo que bien podríamos decir que ella con Cristo redimió a la humanidad. 153

 

Benedicto habla como si nuestra redención fuese un esfuerzo común. Esto, por supuesto, no quita nada al hecho de que los méritos de Jesús fueron suficientes, o de que María, como una creatura humana, jamás podrá igualar a su divino Hijo. Por el contrario, él reconoce que la presencia de María en el calvario "no estuvo exenta del designio divino"154 , que fue querido por Dios como consecuencia de su decreto que predestinaba a Jesús y María para la obra de salvación. A manera de comentario, dos años después, y en su homilía durante la canonización de San Gabriel de la Virgen Dolorosa y Santa Margarita María Alacoque, el Papa dijo que "los sufrimientos de Jesús no pueden separarse de los dolores de María"155 : lógicamente pueden distinguirse, pero Dios los ve como uno solo.

 

Durante una alocución que dirigió a parejas de recién casados el 30 de octubre de 1933, Pío XI habló de una manera semejante. Al terminar de regalarles a éstas jóvenes parejas un rosario y una medalla de nuestra Señora, comentó sobre éste último regalo:

 

La imagen de la Virgen, la Madre de Dios, recuerda, y gentilmente amonesta, que uno no puede pasar un día sin recordar a la Madre celestial, quien fue confiada a nosotros bajo la cruz y unió sus sufrimientos y los del Redentor por la salvación de sus hijos. 156

 

Un mes después, habló de una manera semejante a los peregrinos de Vicenza:

 

Por la propia naturaleza de su relación, el Redentor no podía no haber asociado a su Madre con su obra. Por esta razón Nosotros la invocamos bajo el título de Corredentora. Ella nos dio al Salvador, ella lo acompañó en la obra de redención hasta la propia cruz, compartiendo con Él de los dolores de la agonía y de la muerte, en donde Jesús consumó la redención de la humanidad. 157

 

Este último texto es de lo más interesante, no sólo por el uso que hace del término Corredentora, sino también porque el Papa habla de una especie de necesidad interior [per necessità di cose] que requería la participación de María en la pasión y muerte de Jesús. Al parecer, aquí se hace eco de la convicción que tenía Benedicto XV, de que María estuvo involucrada por una necesidad según el plan inescrutable de Dios, que "no fue sin designio divino" [non sine divino consilio] es decir, que fluye de la "lógica de la encarnación" [uno eodemque decreto].

 

Aparentemente tenemos una repetición de este mismo tema, en una declaración que hizo Pío XII en su mensaje de radio al Congreso Mariano de la Unión Sudafricana el 4 de mayo de 1952:

 

Sí, amadísimos, en la amorosa providencia de Dios, fue la respuesta de María "hágase en mí según tu palabra," lo que hizo posible la pasión y muerte y resurrección del divino Redentor del mundo. Por este motivo, no nos atrevemos a separar a la Madre del Hijo. La muerte de su Hijo en el Gólgota, fue su martirio; el triunfo de Jesús, es la exaltación de María. 158

 

Sin embargo, la aseveración más brillante y sucinta que hace Pío XII de la participación conjunta de María en la obra de la redención, ocurre en su gran encíclica del Sagrado Corazón el 15 de mayo de 1956, Haurietis Aquas:

 

Por la voluntad de Dios, la Santísima Virgen María estuvo inseparablemente unida con Cristo en llevar a cabo la obra de la redención del hombre, por lo que nuestra salvación, fluye del amor de Jesucristo y de sus sufrimientos que estuvieron íntimamente unidos al amor y dolores de su Madre. 159

 

En este clásico pasaje, cada palabra está cuidadosamente sopesada y medida para poder hacer una declaración sobre la redención y la función que tuvo María en la misma, y que permanece sin paralelo alguno, por su claridad y precisión. Sin duda, será por está razón que se incluye en el Enchiridion Symbolorum de Denzinger- Hünermann. 160 Pío declara que "nuestra salvación fluye del amor de Jesucristo y de sus sufrimientos" [ex Iesu Christi caritate eiusque cruciatibus] que están "íntimamente unidos con el amor y dolores de su Madre" [cum amore doloribusque ipsius Matris intime consociatis]. La preposición latina ex, indica que Jesús es la fuente de nuestra redención, en tanto que otras tres palabras latinas, cum e intime consociatis, indican la inseparabilidad de María de la fuente. 161 Finalmente, notemos la insistencia que hace Pío sobre el hecho de que ésta unión de Jesús con María por nuestra salvación, ha sido ordenada "por la voluntad de Dios" [ex Dei voluntate].

 

En un sermón predicado por Juan XXIII, al concluir una novena solemne en honor de la Inmaculada Concepción en Santi Apostoli, el 7 de diciembre de 1959, también trató de la lógica interior del "fiat" de María que encontró su conclusión en el calvario. Hablando de la alegría que trajo al mundo el nacimiento de María, dijo:

 

Esta alegría, sin embargo, también es una flor de sacrificio color escarlata: el sacrificio de la Santísima Madre de Jesús, quien, habiendo dado su oportuno "fiat," al mismo tiempo estuvo de acuerdo en compartir la suerte de su Hijo, la pobreza de Belén, negarse a sí misma llevando una vida oculta, y en el martirio del calvario. 162

 

Continuando con la línea de sus predecesores, Paulo VI también confirmó la participación de María en el sacrificio de Jesús, al punto de haberse sacrificado ella misma. En un mensaje de radio a sacerdotes inválidos peregrinos en Lourdes, el 30 de julio de 1966, habló así:

 

Que la Virgen Inmaculada, quien pronunció el "fiat" de perfecta conformidad con la voluntad divina y quien, aceptando ser la Madre del Verbo Encarnado, escogió participar voluntariamente en los sufrimientos de su Hijo, el Redentor, mire con bondad los sufrimientos de esta banda de confidentes hijos suyos, habiéndose hecho dignos de seguir a Cristo, con ella, en el camino real de la santa cruz. 163

 

Aquí el Papa subraya el tema familiar de que el "fiat" de la anunciación lleva a la cruz, pero - aún más - insiste en que el "fiat" de María representó una elección deliberada de participar en los sufrimientos de su Hijo. En su exhortación apostólica Signum Magnum del 13 de mayo de 1967, enfatizó de nuestra Señora

 

su caridad, fuerte y constante en el cumplimiento de su misión al punto de sacrificarse ella misma, en plena comunión de sentimientos con su Hijo que se inmoló a Sí mismo en la cruz para darle a los hombres vida nueva. 164

 

Ocho años después, el 13 de mayo de 1975, entrelazó estos dos temas en su carta al cardenal Suenens, con ocasión del 14avo. Congreso Internacional Mariano:

 

Fue el Espíritu Santo el que sostuvo a la Madre de Jesús, presente al pie de su cruz, inspirándola, como lo había hecho en la anunciación, con el Fiat a la voluntad del Padre celestial, quien quiso que ella estuviese maternalmente asociada con el sacrificio de su Hijo para la redención de la humanidad (cf. Jn. 19:25). 165

 

Como sus predecesores, el Papa Juan Pablo II consistentemente afirma que el consentimiento de María al cruento sacrificio de la cruz, fue el resultado de todo lo que implicaba dar su "si" en la anunciación. El alegre fiat dado al Angel Gabriel, se convierte, en el calvario, la razón por la que el Papa pudo decir en Guayaquil el 31 de enero de 1985:

 

Crucificada espiritualmente con su hijo crucificado (cf. Ga 2:20), ella contempló con heroico amor la muerte de su Dios, ella "consintió amorosamente en la inmolación de la Víctima que ella misma había engendrado" (Lumen gentium, 58). 166

 

Mientras que para algunos podría parecer audaz que el Papa hable de María como "crucificada espiritualmente con su hijo crucificado," vemos que en su texto, el Papa también nos da su punto de referencia, y es la epístola de San Pablo a los Gálatas 2:20, donde asegura "He sido crucificado con Cristo." Si Pablo pudo reclamar esto refiriéndose a sí mismo, hay una razón más fuerte aún, para decir lo mismo de María en el calvario. En un discurso a la juventud, en Vicenza, Italia, el 8 de septiembre de 1991, el Papa ofreció un comentario adicional a lo que había dicho en Guayaquil:

 

Entonces llega el momento de la crucifixión. Ciertamente, cuando Jesús murió en la cruz, el propio ser de María, su corazón, su maternidad, todo, fue crucificado. Cuando escribí la encíclica Redemptoris Mater, comparé este momento de la vida de María a una noche obscura, más obscura que todas las noches que las almas de los místicos hayan experimentado jamás a lo largo de la historia de la Iglesia. 167

 

Aquí encontramos la terminología paulina de la corredención, aplicada al sacrificio de María de "su propio ser, su corazón, su maternidad," de una manera tal, que es al mismo tiempo original e impresionante. Nuevamente, hablándole a la juventud pero esta vez el 9 de mayo de 1993, en el estadio deportivo en Agrigento, Sicilia, el Santo Padre habló del auto ofrecimiento de nuestra Señora de esta manera:

 

La Virgen de Nazaret va delante de ustedes en su camino, la mujer que se hizo santa por la pascua del Hijo de Dios, aquella que se ofreció con Cristo por la redención de toda la humanidad. 168

 

En esta cita final, el Papa se refiere hábilmente al ofrecimiento de María, como unido al ofrecimiento de Cristo. Sin restar en nada al hecho de que el sacrifico de Cristo es más que suficiente para la salvación del mundo, la afirmación del Papa indica que nuestra salvación se ha realizado eficazmente por medio del sacrificio ofrecido por Cristo, al que se une el auto ofrecimiento de María. 169

 

Si bien sería posible citar otros numerosos textos de la enseñanza de Juan Pablo II, en los que apoya el sacrificio que hizo María de sí misma en el calvario en unión con Jesús, deseo citar solamente uno más, que viene de su carta apostólica Salvifici Doloris del 11 de febrero de 1984, y que puede servir también como una maravillosa recapitulación de su magisterio y el de sus predecesores, sobre este punto:

 

Es especialmente consolador notar - y también puntualizar de acuerdo con el Evangelio y la historia - que al lado de Cristo, en el primer y más exaltado lugar, está siempre su Madre continuando de principio a fin, el ejemplar testimonio que ella soporta a lo largo de toda su vida a este particular Evangelio de sufrimiento. En ella, se acumularon tantos e intensos sufrimientos conectados entre sí de tal manera, que no sólo fueron una prueba de su inquebrantable fe, sino también una contribución a la redención de todos... Fue en el calvario donde el sufrimiento de María, junto con el sufrimiento de Jesús, alcanzó una intensidad que difícilmente se puede imaginar desde un punto de vista humano, pero que fue misteriosa y sobrenaturalmente fructífero para la redención del mundo. su ascensión al calvario y el haberse mantenido al pie de la cruz, junto con el discípulo amado, fue una manera especial de tomar parte en la muerte redentora de su Hijo. 170

 

Otra mención de Salvifici Doloris, podría ayudar a poner en contexto las verdades que sostienen el misterio de María como Corredentora: "Los sufrimientos de Cristo crearon el bien de la redención mundial. Este bien, por sí mismo, es inagotable e infinito. Ningún hombre puede añadir nada a él." 171

Pero al mismo tiempo, "el sufrimiento de María [en el calvario], al lado de Jesús sufriente... fue misteriosa y sobrenaturalmente fructífero para la redención del mundo." Por ello, el Papa traza ese delicado balance, que siempre es una marca pura de la verdad católica: sostiene el principio de que los sufrimientos de Cristo fueron del todo suficientes para la salvación del mundo, en tanto que defiende que el sacrificio de María fue, sin embargo, "una contribución a la redención de todos."

 

C. El Ofrecimiento Conjunto de Jesús y María

 

Habiendo revisado ampliamente la forma en que el magisterio papal presenta el ofrecimiento de Jesús por María y el ofrecimiento de ella misma en el calvario, consideremos ahora textos en los que el papa Juan Pablo II enfatiza cómo el sacrificio de María es inseparable del de Jesús, cómo es una "acción conjunta pero subordinada con Cristo el Redentor." 172 Comencemos con el hermoso comentario que hizo el Papa en Lumen gentium # 58 en su catequesis del 2 de abril de 1997:

 

Con nuestra mirada iluminada por el resplandor de la resurrección, hacemos una pausa para reflexionar en la participación de la Madre en la pasión redentora de su Hijo, y que fue completada al haber compartido sus sufrimientos. Regresemos nuevamente, pero ahora en la perspectiva de la Resurrección, al pie de la cruz donde la Madre soportó "con su Hijo unigénito la intensidad de su sufrimiento, asociándose con entrañas de madre a su sacrificio, consintiendo amorosamente en la inmolación de la víctima que ella misma había engendrado" (ibid., n. 58).

 

Con estas palabras, el concilio nos recuerda la "compasión de María"; en su corazón retumba todo lo que sufre Jesús en cuerpo y alma, enfatizando su disposición de compartir el sacrificio redentor de su Hijo y de unir sus propios sufrimientos maternales a su ofrecimiento sacerdotal.

 

El texto del concilio recalca también que su consentimiento a la inmolación de Jesús no es una aceptación pasiva, sino un genuino acto de amor, por el cual ella ofrece a su Hijo como una "víctima" de expiación por los pecados de toda la humanidad.

 

Finalmente, Lumen gentium relaciona a la Santísima Virgen con Cristo, que es el protagonista de la redención, aclarando que al haberse asociado ella "con su sacrificio," ella permanece subordinada a su divino Hijo. 173

 

Permítasenos hacer notar brevemente, cómo el Santo Padre junta estas dos dimensiones del ofrecimiento de María, refiriéndose a su "compasión" o "sufrimiento con" Jesús, así como la insistencia de que el "consentimiento a la inmolación de Jesús" fue "un genuino acto de amor, por el cual ella ofrece a su Hijo como una ´víctima´ de expiación por los pecados de toda la humanidad." Otro punto que debe ser notado, es la manera tan hermosa y cuidadosa en que el Papa pone "la participación de la Madre en la pasión redentora de su Hijo" en la correcta perspectiva teológica: siempre deberá entenderse como "subordinada," pero al mismo tiempo "el haber compartido su sufrimiento" completa "la pasión redentora de su Hijo."

 

El Santo Padre en su catequesis del 10 de septiembre de 1997, entremezcla airosamente estas dos dimensiones del ofrecimiento de María, presentándola como "el modelo de la Iglesia a seguir, en la participación generosa del sacrificio":

 

Al presentar a Jesús en el templo y, especialmente, al pie de la cruz, María completa el don que hace de sí misma y que la asocia como Madre con los sufrimientos y aflicciones de su Hijo. 174

 

El don que hace de sí misma es visto como completado al asociarse con el sufrimiento de su Hijo, a quien ella ofreció en el templo cuando era niño y ahora ofrece nuevamente en el calvario.

 

Esta entremezcla del ofrecimiento de Jesús por María y de sí misma, fue magníficamente expresada en la homilía del Papa durante la conmemoración de Abraham "nuestro padre en la fe" en el Gran Jubileo del año 2000:

 

Hija de Abraham en la fe así como en la carne, María personalmente compartió esta experiencia. Como Abraham, ella también aceptó el sacrificio de su Hijo pero, si bien a Abraham no se le obligó llevar a cabo el sacrificio propiamente dicho de Isaac, Cristo tomó la copa del sufrimiento hasta la última gota. María tomó parte personalmente en la aflicción de su Hijo, creyendo y esperando al pie de la cruz (cf. Jn. 19:25).

 

Este fue el epílogo de una larga espera. Habiendo sido instruida en la meditación de los textos proféticos, María pudo entrever lo que le esperaba, y alabando la misericordia de Dios, que guarda fidelidad a su pueblo de generación en generación, dio su propio consentimiento a su plan de salvación; particularmente, dio su "si" al evento central de este plan, el sacrificio de ese Niño que ella había llevado en el vientre. Como Abraham, ella aceptó el sacrificio de su Hijo. 175

 

En esta referencia, el amalgamamiento de estos dos sacrificios de María es sutil, pero real. María es comparada a Abraham en que ambos dieron su consentimiento al sacrificio de su único hijo, pero en el caso de Abraham, el consentimiento era todo lo que se requería. En el caso de María, sin embargo, el sacrificio fue llevado a cabo de manera efectiva, requiriendo de su parte el sacrificio de su corazón maternal176 ,ciertamente de su vida misma.

 

El sacrificio "conjunto pero subordinado" de parte de María, tiene repercusiones eclesiales profundas. El Papa, al discurrir que la "mujer vestida del sol" que aparece en el capítulo doce del libro del Apocalipsis, es una imagen de la Iglesia y de María, hace el siguiente comentario, en su catequesis del 29 de mayo de 1996:

 

Identificada por la maternidad, la mujer "está encinta, y grita con los dolores del parto y con el tormento de dar a luz" (12:2). Esta nota se refiere a la Madre de Jesús en la cruz (cf. Jn. 19:25), donde comparte con angustia el nacimiento de la comunidad de discípulos, teniendo el alma atravesada por una espada (cf. Lc. 2:35). A pesar de sus sufrimientos, ella está "vestida con el sol" - esto es, ella refleja el esplendor divino - y aparece como una "gran señal" de la relación esponsal con su pueblo. 177

 

En efecto, el Papa propone aquí un dato de la tradición, esto es, que mientras María dio a luz a Jesús sin dolor, sus intensos sufrimientos en unión con Jesús en el calvario fueron los dolores de parto por los que ella "engendra como hijos, a todos aquellos que se hicieron discípulos de Jesús."

 

Al pie de la cruz, entonces, María no sólo es socia de la pasión (socia passionis) 178 , sino que es un instrumento para que nazca la Iglesia. Nótese bien que hay dos sorprendentes símbolos para la procreación de la Iglesia en el calvario: el corazón traspasado de Jesús del que brotan sangre y agua, "la fuente de la vida sacramental de la Iglesia"179 y el Corazón de María, al que el Santo Padre alude en el texto arriba citado refiriéndose a Lc. 2:35.

 

Es bastante claro, entonces, que hay una sociedad para nuestra salvación, pero no es una sociedad de estricta igualdad, como nos dice el Santo Padre en la misma catequesis del 29 de mayo de 1996:

 

Era conveniente que, al igual que Cristo, el nuevo Adán, María, la nueva Eva, no conociera pecado y, por lo tanto, fuera apta para cooperar en la redención.

 

El pecado, que inunda a la humanidad como un torrente, se detiene ante el Redentor y su fiel Colaboradora. Con una diferencia substancial: Cristo es totalmente santo en virtud de la gracia que en su humanidad, deriva de la persona divina: María es totalmente santa en virtud de la gracia recibida de los méritos del Salvador. 180

 

Al desarrollar la idea de los dolores de parto que sufrió María en el calvario para el nacimiento de la Iglesia (cf. Ap. 12:2), el Papa manifestó en su catequesis del 17 de septiembre de 1997:

 

En el calvario, María se unió al sacrificio de su Hijo e hizo su propia contribución maternal a la obra de salvación, que tomó la forma de dolores de parto, el nacimiento de la nueva humanidad.

 

Al dirigir a María las palabras "Mujer, ahí tienes a tu hijo," el Crucificado proclama su maternidad, no sólo refiriéndose el Apóstol Juan, sino también a cada discípulo. El Evangelista, al decir que Jesús tenía que morir "para reunir en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos" (Jn. 11:52), está indicando el nacimiento de la Iglesia como fruto del sacrificio redentor al que María está maternalmente asociada. 181

 

La "contribución maternal en la obra de salvación" de María, siempre subordinada y secundaria es, sin embargo, única, y el sacrificio por el cual nació la Iglesia no puede ser separado de su colaboración maternal.

 


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#2015 De: "Gonzalo" <lapalabra@...>
Fecha: Mar, 15 de Sep, 2009 11:51 am
Asunto: Martes 15 de septiembre de 2009. La Palabra Binaria.
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Martes de la cuarta

XXIV del tiempo ordinario


Nuestra Señora de los Dolores


en pie junto a la cruz de Jesús su madre


 

Hebreos 5, 7-9

 

7 Él, en los días de su vida mortal, presentó con gran clamor y lágrimas oraciones y súplicas al que podía salvarle de la muerte, y fue escuchado en atención a su obediencia;  8 aunque era hijo, en el sufrimiento aprendió a obedecer; 9 así alcanzó la perfección y se convirtió para todos aquellos que le obedecen en principio de salvación eterna,

 

Salmo 30, 2-6.15-16.20

 

2 A ti, Señor, me acojo;

que jamás quede yo defraudado;

libérame, pues tú eres justo;

3 atiéndeme, ven corriendo a liberarme;

sé tú mi roca de refugio,

la fortaleza de mi salvación;

4 ya que eres tú mi roca y mi fortaleza,

por el honor de tu nombre,

condúceme tú y guíame;

5 sácame de la red que me han tendido,

pues tú eres mi refugio.

6 En tus manos encomiendo mi espíritu;

tú me rescatarás, Señor, Dios verdadero.

15 Pero yo confío en ti, Señor;

lo confirmo: «Tú eres mi Dios»;

16 mi vida está en tus manos,

líbrame de mis enemigos,

de mis perseguidores;

20 Qué grande es tu bondad, Señor,

la que tú reservas para tus leales

y repartes, a la vista de todos,

a los que en ti confían.

 

Juan 19,25-27

 

25 Estaban en pie junto a la cruz de Jesús su madre, María de Cleofás, hermana de su madre, y María Magdalena. 26 Jesús, al ver a su madre y junto a ella al discípulo preferido, dijo a su madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo». 27 Luego dijo al discípulo: «Ahí tienes a tu madre». Y desde aquel momento el discípulo se la llevó con él.

 


 

Cuando Dios había decidido venir a la tierra había pensado ya desde toda la eternidad en encarnarse por medio de la criatura más bella jamás creada. Su madre habría de ser la más hermosa de entre las hijas de esta tierra de dolor, embellecida con la altísima dignidad de su pureza inmaculada y virginal. Y así fue. Todos conocemos la grandeza de María.

 

Pero María no fue obligada a recibir al Hijo del Altísimo. Ella quiso libremente cooperar. Y sabía, además, que el precio del amor habría de ser muy caro. “Una espada de dolor atravesará tu alma” le profetizó el viejo Simeón. Pero, ¡cómo no dejar que el Verbo de Dios se entrañara en ella! Lo concibió, lo portó en su vientre, lo dio a luz en un pobre pesebre, lo cargó en sus brazos de huida a Egipto, lo educó con esmero en Nazaret, lo vio partir con lágrimas en los ojos a los 33 años, lo siguió silenciosa, como fue su vida, en su predicación apostólica...

 

Lo seguiría incondicionalmente. No se había arrepentido de haber dicho al ángel en la Anunciación: “Hágase”. A pesar de los sufrimientos que habría de padecer. ¡Pero si el amor es donación total al amado! Ahora allí, fiel como siempre, a los pies de la cruz, dejaba que la espada de dolor le desencarnara el corazón tan sensible, tan puro de ella, su madre. A Jesús debieron estremecérsele todas las entrañas de ver a su Purísima Madre, tan delicada como la más bella rosa, con sus ojos desencajados de dolor. Los dos más inocentes de esta tierra. Aquella única inocente, a la que no cargaba sus pecados. La Virgen de los Dolores. La Corredentora.

 

Ella nos enseña la gallardía con que el cristiano debe sobrellevar el dolor. El dolor no es ya un maldito hijo del pecado que nos atormenta tontamente; es el precio del amor a los demás. No es el castigo de un Dios que se regocija en hacer sufrir a sus criaturas, es el momento en que podemos ofrecer ese dolor por el bien espiritual de los demás, es la experiencia de la corredención, como María. Ella miró la cruz y a su Hijo y ofreció su dolor por todos nosotros.

 

¿No podríamos hacer también lo mismo cuando sufrimos? Mirar la cruz. Salvar almas. La diferencia con Nuestra Madre es que en esa cruz el sufrir de nuestra vida está cargado en las carnes del Hijo de Dios. Él sufrió por nuestros pecados. Él nos redimió sufriendo. Ella simplemente miró y ayudó a su Hijo a redimirnos.

 


 

Nuestra Señora de los Dolores

 

Los Evangelios muestran a la Virgen Santísima presente, con inmenso amor y dolor de Madre, junto a la cruz en el momento de la muerte redentora de su Hijo, uniéndose a sus padecimientos y mereciendo por ello el título de Corredentora.

 

La representación pictórica e iconográfica de la Virgen Dolorosa mueve el corazón de los creyentes a justipreciar el valor de la redención y a descubrir mejor la malicia del pecado.

 

Un poco de historia

 

Bajo el título de la Virgen de la Soledad o de los Dolores se venera a María en muchos lugares. La fiesta de nuestra Señora de los Dolores se celebra el 15 de septiembre y recordamos en ella los sufrimientos por los que pasó María a lo largo de su vida, por haber aceptado ser la Madre del Salvador.

 

Este día se acompaña a María en su experiencia de un muy profundo dolor, el dolor de una madre que ve a su amado Hijo incomprendido, acusado, abandonado por los temerosos apóstoles, flagelado por los soldados romanos, coronado con espinas, escupido, abofeteado, caminando descalzo debajo de un madero astilloso y muy pesado hacia el monte Calvario, donde finalmente presenció la agonía de su muerte en una cruz, clavado de pies y manos.

 

María saca su fortaleza de la oración y de la confianza en que la Voluntad de Dios es lo mejor para nosotros, aunque nosotros no la comprendamos.

 

Es Ella quien, con su compañía, su fortaleza y su fe, nos da fuerza en los momentos de dolor, en los sufrimientos diarios. Pidámosle la gracia de sufrir unidos a Jesucristo, en nuestro corazón, para así unir los sacrificios de nuestra vida a los de Ella y comprender que, en el dolor, somos más parecidos a Cristo y somos capaces de amarlo con mayor intensidad.

 

¿Que nos enseña la Virgen de los Dolores?

 

La imagen de la Virgen Dolorosa nos enseña a tener fortaleza ante los sufrimientos de la vida. Encontremos en Ella una compañía y una fuerza para dar sentido a los propios sufri-mientos.

 

Cuida tu fe:

 

Algunos te dirán que Dios no es bueno porque permite el dolor y el sufrimiento en las personas. El sufrimiento humano es parte de la naturaleza del hombre, es algo inevitable en la vida, y Jesús nos ha enseñado, con su propio sufrimiento, que el dolor tiene valor de salvación. Lo importante es el sentido que nosotros le demos.  Debemos ser fuertes ante el dolor y ofrecerlo a Dios por la salvación de las almas. De este modo podremos convertir el sufrimiento en sacrificio (sacrum-facere = hacer algo sagrado). Esto nos ayudará a amar más a Dios y, además, llevaremos a muchas almas al Cielo, uniendo nuestro sacrificio al de Cristo.

 


Mariología XXVIII

El Misterio de María Corredentora en el Magisterio Papal. (III/VI)

 

III. La Colaboración de María en la Obra de Redención

 

Ahora queda por señalar la consistente perspectiva que el magisterio papal ha tenido en relación con el oficio corredentor de María, asunto de mucha mayor importancia que el simple uso del término Corredentora. En tanto que citar cada uno de los textos papales que existen en esta amplio materia, prolongaría nuestro estudio indebidamente, intento, sin embargo, ilustrar cada uno de los aspectos más importantes con pasajes representativos de varios pontificados. Al hacer esto, me esforzaré por seguir la orientación básica que ya hemos notado en el capítulo 8 de Lumen gentium, que también sigue un orden histórico indicado por el Papa Juan Pablo II en su audiencia general dirigida el 25 de octubre de 199576 esto es, estableciendo en primer lugar, la colaboración de María en la obra de la redención como la "nueva Eva" y "asociada del Redentor" y después, analizando su activa participación en el ofrecimiento del sacrificio para nuestra redención. Sin embargo, será inmediatamente obvio que cualquier texto citado, encajará con frecuencia en más de una categoría.

 

A. La "Nueva Eva" - Asociada del "Nuevo Adán"

 

Hicimos notar ya con anterioridad, cuando el Santo Padre, en su catequesis del 25 de octubre de 1995, se refirió a la enseñanza de San Ireneo quien mostró a María como la "nueva Eva." Verdaderamente, tanto San Justino Mártir (+165), San Ireneo (+ después de 193), como Tertuliano (+ después del 220), todos pertenecientes al período post-apostólico, señalaron el paralelismo y el contraste que existe entre María y Eva. Este fascinante paralelismo, que nunca se ha ausentado de la liturgia de la Iglesia77 y del magisterio78 , fue resaltado en Lumen gentium # 56 y en el Catecismo de la Iglesia Católica # 411. Este tema vierte una notable luz sobre la función que tuvo María en nuestra redención, y ha sido ampliamente ilustrado por el magisterio papal en los tiempos modernos. A continuación tenemos un ejemplo que nos viene de la enseñanza del Papa Benedicto XV (1914-1922). En su homilía del 13 de mayo de 1920, en ocasión de la canonización de San Gabriel de la Virgen Dolorosa y Santa Margarita María Alacoque, declaró:

 

Pero los sufrimientos de Jesús no pueden separarse de los dolores de María. Así como el primer Adán tuvo a una mujer como cómplice en su rebelión contra Dios, así el nuevo Adán quiso tener a una mujer que compartiera su obra al re- abrir las puertas del cielo para los hombres. Desde la cruz, Él se dirige a su propia Madre Dolorosa como la "mujer," y la proclama la nueva Eva, la Madre de todos los hombres, por quienes Él moría para que tuvieran vida.

 

El Papa Pío XII se refirió al tema en varias ocasiones. En un extracto de su alocución dirigida a los peregrinos de Génova el 22 de abril de 1940, dijo:

 

De hecho, ¿no son Jesús y María los dos amores sublimes del pueblo Cristiano? ¿No son acaso el nuevo Adán y la nueva Eva a quienes el Árbol de la cruz une en el dolor y el amor para redimir el pecado de nuestros primeros padres en el Edén?

 

En su encíclica Mystici Corporis, del 29 de junio de 1943, describe a María "como una nueva Eva" y en su constitución apostólica Munificentissimus Deus, del 1 de noviembre de 1950, por la que definió solemnemente el dogma de la Asunción de María al cielo, atrae nuestra atención la antigüedad de este tema:

 

Debemos recordar de manera especial que desde el siglo segundo, los santos padres designaban a la Virgen María como la nueva Eva quien, aunque sujeta al nuevo Adán, está íntimamente asociada con Él en esa lucha contra el enemigo infernal y que, como se predijo en el proto-evangelio, tendrá como resultado final la victoria total sobre el pecado y la muerte, que siempre van mencionados a la par en los escritos del Apóstol de los Gentiles.

 

El Papa subraya que así como Eva estuvo sujeta a Adán, así la nueva Eva está sujeta al nuevo Adán. Sin embargo, continúa el Papa, ella está " íntimamente asociada con Él en esa lucha contra el enemigo infernal y que ... tendrá como resultado final la victoria total sobre el pecado y la muerte." De este modo, el Papa mantiene balanceada la verdad católica que reconoce a ambos, Jesús como el único Redentor y María como subordinada y, sin embargo, "íntimamente asociada con Él" en la obra de la redención.

 

En su encíclica Ad Caeli Reginam del 11 de octubre de 1954, Pío XII continuó ampliando esta analogía entre Eva y María, refiriéndose al testimonio de San Ireneo:

 

De estas consideraciones podemos concluir lo siguiente: en la obra de la redención, María, por designio de Dios, fue unida con Jesucristo, la causa de salvación, de manera muy semejante a la que Eva fue unida con Adán, la causa de la muerte. Por lo tanto, puede decirse que la obra de nuestra salvación fue llevada a cabo por una "restauración" (San Ireneo) en la que la raza humana, así como fue sentenciada a morir por una virgen, fue salvada por una virgen.

 

En su Professio Fidei o "Credo del Pueblo de Dios," el 30 de junio de 1968, el Papa Paulo VI unió los temas estrechamente relacionados de "asociada del Redentor" y "nueva Eva," al formular la creencia de la Iglesia en la Virgen María:

 

Unida por un vínculo indisoluble al misterio de la encarnación y redención, la Santísima Virgen María, la Inmaculada, cumplido el curso de su vida terrena, fue llevada en cuerpo y alma a la gloria del cielo, en donde participa ya en la gloria de la resurrección de su Hijo, anticipando la resurrección de todos los justos; y Nosotros creemos que la Santísima Madre de Dios, nueva Eva, Madre de la Iglesia, continúa en el cielo ejercitando su oficio materno con respecto a los miembros de Cristo, cooperando para que las almas redimidas nazcan y crezcan en la vida divina.

 

Este artículo es verdaderamente una obra de arte al sintetizar los principales dogmas marianos, es decir, que María es Madre de Dios, siempre Virgen, concebida inmaculada, asunta al cielo y, al mismo tiempo, subraya su espiritualidad maternal y sus oficios corredentores y mediadores.

 

Finalmente, veamos la elegante alusión que hizo Paulo VI sobre el tema de la "nueva Eva," en su exhortación apostólica Marialis Cultus, del 2 de febrero de 1974, afirmando que: "María, la nueva mujer, está al lado de Cristo, el nuevo hombre, en cuyo misterio, el misterio propio del hombre encuentra la verdadera luz."

 

Virtualmente inseparable del concepto de María como "nueva Eva," está su asociación íntima con la vida, sufrimientos y muerte de Cristo. Por lo tanto, el hecho de describirla como asociada o compañera del Redentor [socia Redemptoris] , se convierte en otra manera de reconocer la participación activa única que tuvo en la redención. La primera aparición explícita de esta terminología en relación con María, ocurrió en los escritos de Ambrosio Autpert (+784), utilizando la forma verbal sociata para expresar la idea. "Según el conocimiento actual, fue Ekbert de Schönau (+1184) quien usó por primera vez el sustantivo socia para María."

 

El Beato Pío IX (1846-1878) en su constitución apostólica Ineffabilis Deus, del 8 de diciembre de 1854, enunció un principio de importancia capital para la mariología, mismo que por largo tiempo había sido sostenido por la escuela franciscana de teología,  es decir, que "Dios, por el único y mismo decreto, había establecido el origen de María y la encarnación de la divina Sabiduría."  Con base en este principio, confirmado frecuentemente por el magisterio,  la íntima asociación de María con Jesús como la "nueva Eva" en la obra de redención, es axiomática, y por ello, Pío IX declara en la misma constitución apostólica:

 

De ahí que, así como Cristo, el Mediador entre Dios y el hombre, asumió una naturaleza humana, borrando lo que estaba escrito en el decreto y que estaba contra nosotros, y lo ató triunfalmente a la cruz, así la Santísima Virgen, unida a Él por el vínculo más estrecho e indisoluble, fue, con Él y mediante Él, eternamente enemistada con la serpiente maligna, triunfando victoriosamente sobre él, aplastándole la cabeza con su pie inmaculado.

 

El Papa León XIII (1878-1903) en su encíclica sobre el rosario del 1 de septiembre de 1883, Supremi Apostolatus, argumenta sobre esta misma base, que María es la "augusta asociada con Jesús en la obra de la salvación humana" [servandi hominum generis consors]:

 

La Santísima Virgen estuvo exenta de la mancha del pecado original y fue escogida para ser la Madre de Dios. Por esta misma razón ella fue asociada con Él en la obra de la salvación humana, y con su Hijo, goza de favor y poder mayores a los que ningún hombre o ángel haya alcanzado o podrá jamás alcanzar.

 

Este breve texto que habla tan claramente de María como la asociada de Cristo en la obra de nuestra salvación, echa los cimientos para su mediación. El Papa desarrolla exactamente la misma línea de argumentos, en su encíclica del rosario del 5 de septiembre de 1895, Adiutricem Populi, nombrando literalmente a María "la ministro por quien se efectúa el misterio de la redención humana" [sacramenti humanae redemptionis patrandi administra] y por lo tanto enfatizando su función como Corredentora en el pasado y Mediadora en el presente:

 

Desde la morada celestial comenzó, por decreto de Dios, a cuidar de la Iglesia para ayudarnos y ganarnos como amiga y Madre; de tal forma que ella, que estuvo tan íntimamente asociada con el misterio de la salvación humana, está de igual manera estrechamente asociada con la distribución de las gracias que desde siempre brotarán de la redención.

 

Finalmente, en su constitución apostólica Ubi primum del 2 de octubre de 1898, expresa que María fue "la cooperadora en la redención del hombre y siempre el refugio principal y supremo de los católicos en todas las pruebas que pasaron."

 

El Santo Papa Pío X (1903-1914), en su carta encíclica Ad Diem Illum del 2 de febrero de 1904, al conmemorar el cincuenta aniversario de la proclamación de la Inmaculada Concepción, se refiere a María como "la compañera constante de Jesús" [assidua comes] al hacer esta pregunta:

 

¿No creen ustedes que es correcto y apropiado afirmar que María, a quien Jesús hizo su constante compañera desde la casa de Nazaret hasta el lugar del calvario, y quien sabía, mejor que nadie, los secretos de su corazón, distribuye con derecho de madre los tesoros de sus méritos, y es la ayuda más segura para conocer y amar a Cristo?

 

En la misma encíclica, el Santo continúa refiriéndose a María como "partícipe en los sufrimientos de Cristo y la asociada en su pasión" [particeps passionum Christi sociaque].

 

Siguiendo la línea de pensamiento desarrollada por el Beato Pío IX y León XIII, Pío XI presenta la Inmaculada Concepción de María como una preparación necesaria para su misión de "asociada a la redención de la humanidad" [generis humani consors], en su carta del 28 de enero de 1933, Auspicatus profecto, al cardenal Binet:

 

De hecho, la augusta Virgen, concebida sin pecado original, fue escogida para ser la Madre de Cristo con el objeto de que pudiera estar asociada con Él en la redención de la humanidad. Por esa razón fue adornada con tan abundante gracia y tan gran poder a la vista de su Hijo, que ninguna naturaleza humana o angélica podrá jamás adquirir una semejanza en gracia o poder.  

 

Durante su pontificado, el Siervo de Dios Papa Pío XII (1939-1958), mostraría una preferencia particular en describir a María como la muy amada asociada de Cristo [alma socia Christi].  En su mensaje de radio a Fátima el 13 de mayo de 1946, usó la forma verbal para describir la íntima colaboración de María en la redención:

 

Él, el Hijo de Dios, le dio a su Madre celestial una parte de su gloria, su majestad, su reinado; porque, asociada como Madre y Ministro del Rey de los mártires en la obra inefable de la redención del hombre, asimismo está asociada con Él para siempre, con un poder por así decirlo infinito, en la distribución de las gracias que fluyen de la redención.

 

En el texto anterior, vemos de nueva cuenta el vínculo acostumbrado en las enseñanzas papales, de corredención con mediación.

 

El Papa Pío XII, en su constitución apostólica Munificentissimus Deus del 1 de noviembre de 1950, por la que declaró la asunción de María al cielo un dogma de fe, se refirió a ella como "la noble asociada del divino Redentor" [generosa Divini Redemptoris socia]. También subrayaría esta asociación en su encíclica sobre la dignidad regia de María, Ad Caeli Reginam del 11 de octubre de 1954, explicando que "en esta obra de redención, la Santísima Virgen María estaba estrechamente asociada con Cristo," que ella es "su asociada en la obra de redención" y después, citando a Francisco Suarez, de que:

 

Así como Cristo, porque Él nos redimió, es por un título especial nuestro Rey y nuestro Señor, así también María Santísima es [nuestra Reina y Señora] en virtud de la singular manera en que ella cooperó en nuestra redención.

 

Finalmente, en su excelente encíclica sobre el Sagrado Corazón de Jesús, Haurietis Aquas del 15 de mayo de 1956, describió a María como "su asociada [de nuestro Redentor] al llamar a los hijos de Eva a la vida de la divina gracia."

 

El Beato Juan XXIII (1958-1963) se refirió en dos ocasiones a nuestra Señora como asociada a la obra de la redención. En un mensaje de radio a los fieles de Ecuador, se refirió a María como "Aquella que, en su vida terrena, estuvo tan íntimamente asociada en la obra de Cristo", y el 9 de diciembre de 1962, durante la canonización de Pedro Julian Eymard, Antonio Pucci y Francisco de Camporosso, declaró:

 

Junto a Jesús se encuentra su Madre - Regina sanctorum omnium - aquella que anima la santidad en la Iglesia y es la primer flor de su gracia. nuestra Señora, íntimamente asociada con la redención en los planes eternos del Altísimo, y como lo cantó Severiano de Gabala, "es la madre de la salvación, la fuente de la luz que se ha hecho visible" (PG 56, 498).

 

El Siervo de Dios Papa Paulo VI (1963-1978) en el curso de su pontificado, siguió muy de cerca los textos desarrollados en el octavo capítulo de Lumen gentium. Durante su discurso más importante, al concluir la tercera sesión del concilio Vaticano II en la que declaró a María Madre de la Iglesia y a quien confió nuevamente la Iglesia, dijo:

 

Porque la Iglesia no sólo está constituida por su orden jerárquico, su sagrada liturgia, sus sacramentos, su estructura institucional. su vitalidad interior y peculiar naturaleza, fuente principal en la santificación efectiva del hombre, debe encontrarse en su unión mística con Cristo. No podemos concebir esta unión fuera de la que es Madre del Verbo Encarnado, y a quien Cristo asoció tan íntimamente con Él para lograr nuestra salvación.

 

De manera semejante se refirió a María en su exhortación apostólica Signum Magnum del 13 de mayo de 1967, llamándola "la Madre de Cristo y su más íntima asociada" y "la cooperadora del Hijo en la obra de restaurar la vida sobrenatural en las almas". Asimismo, en su exhortación apostólica Marialis Cultus del 2 de febrero de 1974, habló de María como "la asociada del Redentor" y "Madre y asociada del Salvador."

 

En su mensaje a los obispos y pueblo de Chile, el 24 de noviembre de 1974, Paulo VI caracterizó a María como "misteriosamente asociada y para siempre con la obra de Cristo."  Pero quizás el uso más original que le dio al término, fue en su carta del 13 de mayo de 1975, E´ con sentimenti, al cardenal Leo Jozef Suenens, con ocasión del Decimocuarto Congreso Internacional Mariano. En esa carta expresó:

 

La Iglesia Católica, además, siempre ha creído que el Espíritu Santo, interviniendo personalmente aunque en comunión indivisible con las otras Personas de la Santísima Trinidad en la obra de la salvación humana (cf. G. Philips, L´Union personelle avec le Dieu vivant. Essai sur l´origine et le sens de la grâce crée, 1974), ha asociado a la humilde virgen de Nazaret con Él mismo.

 

Lo que resulta particularmente interesante en este texto, es que Paulo VI habla en efecto de María como la "asociada del Espíritu Santo en la obra de la salvación humana." Si bien es cuidadoso al justificar teológicamente su afirmación, introduce aquí, sin embargo, un matiz nuevo al conceptualizar la colaboración única de María en la obra de salvación.

 

El Papa Juan Pablo ha continuado en la línea de sus predecesores, iluminando el papel de María como la "nueva Eva" y "asociada del Redentor." En un extraordinario discurso que dio en audiencia general el 4 de mayo de 1983, el Santo Padre habló del tema, enfatizando el concepto de "asociada":

 

Muy queridos hermanos y hermanas, en el mes de mayo alzamos nuestros ojos a María, la mujer que fue asociada de una manera única en la obra de la reconciliación de la humanidad con Dios. Según el designio del Padre, Cristo debía llevar a cabo esta obra por medio de su sacrificio. Sin embargo, una mujer estaría asociada con Él, la Virgen Inmaculada, quien por eso se presenta ante nuestros ojos como el modelo más perfecto de cooperación en la obra de salvación...

 

El "Sí" de la anunciación constituyó no sólo aceptar la maternidad que se le ofrecía, sino que significó, sobre todo, el compromiso de María de servir al misterio de la redención. La redención fue la obra de su Hijo; María fue asociada a esta obra en un nivel subordinado. Sin embargo, su participación fue real y exigente. Al dar su consentimiento al mensaje del Ángel, María accedió a colaborar en la totalidad de la obra de reconciliación de la humanidad con Dios, al momento que su Hijo la llevara a cabo.

 

Consideremos ahora ocasiones más recientes, en las que él subraya a María, en particular, como la "nueva Eva." He aquí una exposición de su catequesis del 15 de octubre de 1997:

 

San Justino y San Ireneo hablan de María como la nueva Eva quien, por su fe y obediencia, enmienda la incredulidad y desobediencia de la primer mujer. Según el Obispo de Lyons, no fue suficiente para Adán haber sido redimido en Cristo, sino que "era justo y necesario que Eva fuera restaurada en María" (Demonstratio apostolica, 33). De esta forma enfatiza la importancia que tiene la mujer en la obra de salvación y echa los cimientos para que la devoción a María sea inseparable de la que se muestra a Jesús, que perdurará a lo largo de los siglos cristianos.

 

Además, habla de María como la " nueva mujer que, según el designio de Dios, repararía la caída de Eva." El Papa Juan Pablo dice que:

 

El paralelo, establecido por Pablo entre Adán y Cristo, se completa por el que se da entre Eva y María: el rol de la mujer, tan importante en el drama del pecado, lo es de igual manera en la redención de la humanidad.

 

San Ireneo presenta a María como la nueva Eva, quien por su fe y obediencia enmendó la incredulidad y desobediencia de Eva. Una función como ésta en la economía de la salvación, requiere de la ausencia del pecado.

 

Nuevamente nos dice que:

 

La maternidad universal de María, la "Mujer" de las bodas de Cana y del calvario, nos recuerda a Eva, "madre de todos los vivientes" (Gn. 3:20). Sin embargo, mientras que esta última ayudó a que entrara el pecado en el mundo, la nueva Eva, María, coopera en el evento salvífico de la redención. Así, en la Santísima Virgen la figura de la "mujer" se rehabilita y su maternidad asume la tarea de expandir entre los hombres la vida nueva en Cristo.

 

Así como Eva fue la ayuda adecuada para Adán (cf. Gn. 2:18-20), el Papa nos dice que:

 

Habiendo creado el hombre, "macho y hembra" (cf. Gn. 1:27), el Señor también quiere situar a la nueva Eva al lado del nuevo Adán en la redención. Nuestros primeros padres, siendo pareja, escogieron el camino del pecado; una nueva pareja, el Hijo de Dios con la cooperación de su Madre, re-establecería a la raza humana en su dignidad original.

 

El Papa, al impartir su enseñanza sobre la gloriosa asunción de María al cielo, especifica adicionalmente que, si bien podemos hablar de Jesús y María como de "una pareja, un nuevo par," asimismo debemos reconocer que también hay una diferencia importante:

 

De manera análoga a lo que pasó en los comienzos de la raza humana y de la historia de la salvación, el ideal de la escatología en el plan de Dios, no era que se revelara en un individuo, sino en una pareja. Por eso en la gloria celeste, además del Cristo resucitado, hay una mujer que ha sido elevada, María; el nuevo Adán y la nueva Eva, los primeros frutos de la resurrección en general de los cuerpos de toda la humanidad.

 

Por supuesto que las condiciones escatológicas de Cristo y María no deben ser puestas al mismo nivel. María, la nueva Eva, recibió de Cristo, el nuevo Adán, la plenitud de gracia y la gloria celestial, habiendo sido elevada por medio del Espíritu Santo por el poder soberano del Hijo.  

 

Desde hace mucho, tiempo, la mariología clásica ha sabido y enseñado que existe una analogía, una cierta "semejanza en la diferencia" entre Cristo y María, una cierta simetría y complementariedad, aunque no identidad, entre ellos.  Este principio analógico es muy pertinente al tema en discusión y no cabe duda que la entera disertación acerca del rol que tuvo María en la obra de nuestra redención, no puede ser entendido fuera de éste. De ahí que en la catequesis arriba mencionada, el Santo Padre es cuidadoso al subrayar e ilustrar este principio. Así también lo hace en la catequesis a continuación, en la que trata del reinado de Cristo y la dignidad de María como Reina:

 

Mi venerable predecesor Pío XII, en su encíclica Ad coeli Reginam al que se refiere el texto de la constitución Lumen gentium, señala como fundamento de la dignidad de María como Reina, además de su maternidad, su cooperación en la obra de redención. La encíclica recuerda el texto litúrgico: "Allí estaba Santa María, Reina del cielo y Soberana del mundo, sufriendo cerca de la cruz de nuestro Señor Jesucristo" (AAS 46 [1954]634). Posteriormente, establece una analogía entre María y Cristo que nos ayuda a entender el significado que tiene la posición de realeza de la Santísima Virgen. Cristo es Rey no sólo porque es Hijo de Dios, sino también porque Él es el Redentor; María es Reina no sólo porque es Madre de Dios, sino también porque, asociada al nuevo Adán como la nueva Eva, cooperó en la obra de redención de la raza humana (AAS 46 (1954) 635).

 

Veamos bien la "semejanza en la diferencia": Cristo es Rey porque (1) es Hijo de Dios y (2) porque es Redentor; María es Reina porque (1) es Madre de Dios y (2) porque cooperó en la obra de la redención.

 


Que la gracia y la bendición del Padre se derrame sobre todos nosotros

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Marcos 16,15


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#2014 De: "Gonzalo" <lapalabra@...>
Fecha: Vie, 11 de Sep, 2009 9:57 am
Asunto: Viernes 11 de septiembre de 2009. La Palabra Binaria.
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La Palabra Binaria

Publicación diaria para la Iglesia Católica

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Viernes de la tercera

XXIII del tiempo ordinario


San Juan Gabriel


quita primero la viga de tu ojo


 

1 Timoteo 1,1-2.12-14

 

1 Pablo, apóstol de Cristo Jesús, por mandato de Dios, nuestro Salvador, y de Cristo Jesús, nuestra esperanza, 2 a Timoteo, verdadero hijo en la fe. Te deseo la gracia, la misericordia y la paz de Dios Padre y de Jesucristo, nuestro Señor.

 

12 Doy gracias a Cristo Jesús, Señor nuestro, que me ha fortalecido y me ha juzgado digno de confianza llamándome a su servicio 13 a mí, que fui antes un blasfemo y violento perseguidor de la Iglesia. Pero tuvo misericordia conmigo, porque, careciendo de fe, obré por ignorancia; 14 la gracia de nuestro Señor me colmó de fe y de amor cristiano.  

 

Salmo 15,1-2.5.7-8.11

 

1 Canto de David

Guárdame, Dios mío, pues me refugio en ti.

2 Yo digo al Señor: «Tú eres mi Señor,

mi bien sólo está en ti».

5 Señor, tú eres mi copa y mi porción de herencia,

tú eres quien mi suerte garantiza.

7 Yo bendigo al Señor, que me aconseja,

hasta de noche mi conciencia me advierte;

8 tengo siempre al Señor en mi presencia,

lo tengo a mi derecha y así nunca tropiezo.

11 Me enseñarás el camino de la vida,

plenitud de gozo en tu presencia,

alegría perpetua a tu derecha.

 

Lucas 6,39-42

 

39 Y les dijo una parábola: «¿Puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en el hoyo? 40 El discípulo no es superior a su maestro; el discípulo bien formado será como su maestro. 41 ¿Cómo es que ves la paja en el ojo de tu hermano si no adviertes la viga en el tuyo? 42 ¿Cómo puedes decir a tu hermano: Deja que saque la paja de tu ojo, tú que no ves la viga en el tuyo? Hipócrita, quita primero la viga de tu ojo, y entonces verás para quitar la paja del ojo de tu hermano».

 


 

Hoy vemos que la perseverancia en esa lucha por lograr unirse cada vez más a la voluntad santísima de Dios, pues en ello estriba la verdadera perfección, tiene su premio.

 

Aunque la vida esté llena de dificultades, desalientos y trabajos, también es verdad que es muy corta y que es pasajero el sufrir. Pronto llegará el fin de la jornada y ahí encontraremos el descanso y el premio si hemos sabido luchar por Jesucristo.

 

Qué hermoso programa el seguir a Cristo buscando hacer felices a los que viven a nuestro lado sin pensar en nosotros mismos y a la vez cuánta fuerza de voluntad y cuánta abnegación nos exige y qué premio tan grande nos conquista para el cielo. Ser viriles en la caridad, ser generosos y magnánimos, sin entregarnos a la estrechez tacaña de lo que es obligación estricta. Más allá comienza el amplio campo de la delicadeza y de las atenciones, del sacrificio y de la afabilidad ingeniosa para dar gusto a los demás en todo. Hay que llegar al detalle y no despreciar las pequeñas ocasiones de sacrificarse dando a nuestro hermano una muestra de atención, un rostro alegre, una palabra de aliento, una condescendencia en la conversación.

 

Hay que aprovechar esa vida tan pequeña, que es un punto en medio de la eternidad, pues al final nos espera el premio, la corona; nos espera la inefable dicha de poseer a Dios, a Jesús, con plenitud y sin temor de perderle más.

 


 

San Juan Gabriel

 

Etimológicamente significa “ Dios es misericordia”. Viene de la lengua hebrea.

 

Este joven meditaría muchas veces en su vida las palabras de Jesús en el Evangelio :"El que no está conmigo, está contra mí, y el que no recoge conmigo, desparrama". Sus padres eran pobres pero muy religiosos. Es ya una ventaja para que el hijo aprenda a vivir en las coordenadas del Evangelio. Tuvieron cuatro hijos, y todos entraron la familia fundada por san Vicente de Paúl.

 

Juan Gabriel una vez que le ordenaron de sacerdote, desempeñó varios cargos en la diócesis de París. Llevado por su ilusión misionera, se embarcó para la China. Le destinaron a las altas montañas de Hou-Pei para ejercer su celo pastoral. Cada mañana, al levantarse, le pedía a Dios la gracia del martirio. ¡Qué fe debía tener y qué arrojo! Y su plegaria la escuchó Dios. Su martirio se prolongó un año entero.

 

Un joven le traicionó. Y ya fue un calvario para él ir de un sitio para otro hasta el día en que le crucificaron, 11 de septiembre de 1840. Los jueces le pusieron una condición para lograr la libertad: profanar la cruz del Salvador. Fue entonces cuando le escribió a sus padres estas palabras:"De los 20 cristianos arrestados conmigo, los dos tercios han apostatado públicamente".

 

Los verdugos lo torturaron a sus anchas y de la forma más inhumana y cruel. Incluso cuando estaba en la cruz, le daban palizas en sus agónico cuerpo o le daban de beber sangre de perro. Supo estar siempre en las manos de Dios.

 


Mariología XXVII

El Misterio de María Corredentora en el Magisterio Papal. (II/VI)

 

II. Un Asunto de Terminología.

 

Normalmente y en el idioma inglés, el término Corredentora requiere de alguna explicación inicial, porque con frecuencia el prefijo "co" suscita de inmediato visiones de completa igualdad. Por ejemplo, un co-firmante de un cheque o un co-propietario de una casa, es considerado co-igual con el otro firmante o propietario. Por lo tanto, muchos temen que al describir a nuestra Señora como Corredentora, este término la ponga al mismo nivel que su divino Hijo, implicando que ella es "Redentora" al igual que Él, reduciendo de esta forma a que Jesús "sea la mitad de un equipo de redentores." Sin embargo en latín, del que se deriva el término Corredentora, siempre significa que la cooperación o colaboración de María en la redención es secundaria, subordinada, dependiente de la de Cristo -y sin embargo por todo eso- algo que Dios "quiso aceptar voluntariamente . . . constituyendo una parte innecesaria, pero al mismo tiempo maravillosamente agradable, del único gran precio" que pagó su Hijo por la redención del mundo. Mark Miravalle lo expresa así:

 

el prefijo "co" no significa igual, sino que viene de la palabra latina, "cum" que significa "con." El título Corredentora que se aplica a la Madre de Jesús, jamás pondrá a María a un nivel de igualdad con Jesucristo, el divino Señor de todo lo que existe, en el proceso salvífico de la redención humana. Más bien, denota una singular y única participación con su Hijo en la obra salvífica de la redención de la familia humana. La Madre de Jesús participa en la obra redentora de su Hijo Salvador, quien de manera única y en su gloriosa divinidad y humanidad, reconcilió a la humanidad con el Padre.

 

En tanto que se podría argumentar sobre el uso del término Corredentora, en virtud de la posible confusión que podría traer como resultado, y en cambio proponer el término predilecto de Pío XII, alma socia Christi (amada asociada de Cristo), igualmente se podría argumentar que no existe ninguna otra palabra que realce la participación de la Madre de Dios en nuestra redención, de manera tan definida y contundente. Es más, ha sido santificada por su uso, especialmente cuando lo ha utilizado el magisterio tanto en el pasado como al presente, como veremos más adelante.

 

A. Primeros Usos en el Magisterio

 

La palabra "Corredentora" hace su primera aparición a nivel magisterial mediante pronunciamientos oficiales de las congregaciones romanas durante el reinado del Papa San Pío X (1903-1914), y luego pasa a formar parte del vocabulario papal.

 

1. El término aparece por vez primera en el Acta Apostolicae Sedis, como respuesta a una petición hecha por el padre Giuseppe M. Lucchesi, Superior General de los Servitas (1907-1913), en la que solicitaba la elevación del rango de la fiesta de los Siete Dolores de nuestra Señora, a una doble de segunda clase para toda la Iglesia. Al acceder a la petición, La Sagrada Congregación de los Ritos expresó el deseo de que con ello "se incremente el culto a la Madre Dolorosa, y se intensifique la piedad y agradecimiento de los fieles hacia la misericordiosa Corredentora de la raza humana."

 

2. Cinco años más tarde, la Sagrada Congregación del Santo Oficio, en un decreto firmado por el cardenal Mariano Rampolla, expresó su satisfacción con la práctica de añadir, al nombre de Jesús, el de María, en el saludo "Alabados sean Jesús y María," a lo que uno responde "Ahora y por siempre":

 

Hay cristianos que tienen tan tierna devoción hacia la que es la más bendita de entre las vírgenes, que no pueden mencionar el nombre de Jesús, sin que vaya acompañado del nombre glorioso de la Madre, nuestra Corredentora, la Bendita Virgen María.

 

3. Escasos seis meses después de esta declaración, el 22 de enero de 1914, la misma Congregación otorgó una indulgencia parcial de 100 días al que recitara una oración de reparación a nuestra Señora, comenzando con las palabras en italiano Vergine bendetta. A continuación se transcribe la parte de la oración que sustenta nuestro argumento:

 

Oh Virgen bendita, Madre de Dios, desde Vuestro trono celestial donde reináis, dirigid Vuestra mirada misericordiosa sobre mí, miserable pecador, indigno servidor Vuestro. Aunque bien sé mi propia indignidad, deseo reparar por las ofensas cometidas contra Vos por lenguas impías y blasfemas, y desde lo más profundo de mi corazón, Os alabo y exalto como a la creatura más pura, más perfecta, más santa, de entre todas las obras de las manos de Dios. Bendigo Vuestro santo Nombre, Os alabo por el exaltado privilegio de ser verdaderamente la Madre de Dios, siempre Virgen, concebida sin mancha de pecado, Corredentora de la raza humana.

 

Monseñor Brunero Gherardini, en base a estas dos últimas instancias, comenta que

 

La autoridad que tiene ese dicasterio (la Sagrada Congregación del Santo Oficio), ahora designada ´para la Doctrina de la Fe´, llega al punto de poder otorgar a sus intervenciones, un cierto carácter definitivo en el pensamiento Católico.

 

4. La primera vez que un papa usó el término, ocurrió durante una alocución que el papa Pío XI (1922-1939) dirigió a los peregrinos de Vicenza el 30 de noviembre de 1933:

 

Por la naturaleza de su obra, el Redentor debía asociar a su Madre con su obra. Por esta razón, Nosotros la invocamos bajo el título de Corredentora. Ella nos dio al Salvador, lo acompañó en la obra de redención hasta la cruz, compartiendo con Él los sufrimientos, la agonía y la muerte, con los que Jesús dio cumplimiento cabal a la redención humana.

 

5. El 23 de marzo de 1934, día de la conmemoración Cuaresmal de nuestra Señora de los Dolores, Pío XI recibió a dos grupos de peregrinos españoles, uno de ellos compuesto por miembros de congregaciones marianas de Cataluña. L´Osservatore Romano no publicó el texto del discurso del Papa, sino que reportó las observaciones principales dirigidas a estos grupos. Comentó, al notar con gran alegría que los peregrinos portaban banderas marianas, que ellos habían ido a Roma a celebrar con el Vicario de Cristo no solamente el decimonoveno aniversario de la divina redención, sino también el decimonoveno centenario de María, el centenario de su Corredención, de su maternidad universal.

 

Continuó diciendo, refiriéndose en especial a los jóvenes, que debían:

 

imitar el pensamiento y deseos de María Santísima, nuestra Madre y nuestra Corredentora: también ellos deben hacer un gran esfuerzo para ser corredentores y apóstoles, siguiendo el espíritu de la acción católica, que es precisamente la cooperación del laicado en el apostolado jerárquico de la Iglesia.

 

6. Finalmente, el papa Pío XI se refirió a nuestra Señora como Corredentora, el 28 de abril de 1935 durante un mensaje de radio con motivo de la clausura del Año Santo en Lourdes:

 

Madre, la más fiel y misericordiosa, Vos, que como Corredentora y socia de los dolores de Vuestro querido Hijo, lo asististeis cuando ofrecía el sacrificio de nuestra redención en el altar de la cruz... conservad en nosotros e incrementad día con día, os lo suplicamos, los frutos preciosos de nuestra redención y Vuestra compasión.

 

En virtud del uso que se le confería al término Corredentora en los documentos magisteriales y en discursos del Supremo Pontífice, el Canónigo René Laurentin escribió al respecto en 1951:

 

Utilizado o protegido por dos papas, aún en el ejercicio más humilde de su magisterio supremo, el término en lo sucesivo, requiere de nuestro respeto. Sería gravemente temerario, por decir lo menos, atacar su legitimidad.

 

A partir de esa declaración un tanto matizada, el conocido erudito francés hace tiempo ya que alteró su posición, diciendo que:

 

El título de "Corredentora" que se acuñó para ella [María] y que le ha sido ampliamente atribuido por mariólogos, aunque no lo retienen el magisterio papal o el Vaticano II, le quedaría bien al Espíritu Santo, en el sentido más fundamental y estricto del término.

 

Sin embargo, creemos que la defensa de la legitimidad del término que había hecho con anterioridad, podría mantenerse por sí sola. Nos daremos cuenta en lo sucesivo, que el término ha sido retenido por el magisterio papal.

 

B. El Concilio Vaticano II

 

Otro argumento surgido contra el uso de este término, fue que estaba específicamente invalidado por el concilio Vaticano II. En tanto que esta declaración es verdadera, requiere de varias aclaraciones. En primer lugar, deberá recordarse que el concilio fue convocado justo en un momento en que la doctrina y piedad marianas habían llegado a un momento culminante , y que se habían ido formando, a nivel popular, desde la aparición de nuestra Señora a Santa Catarina Labouré en 1830 , y a nivel magisterial, desde el tiempo de la definición dogmática de la Inmaculada Concepción el 8 de diciembre de 1854. Esta orientación mariana se había acelerado notablemente durante el decimonoveno año del reinado del siervo de Dios, el Papa Pío XII (1939-1958), con la consagración del mundo al Inmaculado Corazón de María, el 31 de octubre de 1942,  la definición dogmática de la Asunción de nuestra Señora, el 1 de noviembre de 1950,  el establecimiento de la fiesta del Inmaculado Corazón de María en 1944 y de la dignidad regia de María en el año mariano de 1954.

 

En segundo lugar, y como consecuencia de este extenso "movimiento mariano," se había dedicado mucho estudio, discusión y debate, a la función que tuvo María en la historia de la salvación, específicamente a los temas de la corredención y mediación. En tanto que durante el reinado del Papa Pío XII había habido fuertes disputas en cuanto a la activa colaboración de María en la obra de nuestra redención, para cuando se celebró el Congreso Internacional Mariológico en Lourdes en 1958, existía un consenso bastante unánime relacionado con la verdadera cooperación que tuvo nuestra Señora para adquirir la gracia universal de redención. Por lo tanto, no fue sorpresivo que un buen número de obispos asistiera al concilio, con el deseo de presenciar una manera amplia de tratar estos asuntos. El padre Michael O´Carroll, C.S.Sp., nos dice que de 54 obispos presentes en el concilio que querían un pronunciamiento conciliar de María como Corredentora, 36 pidieron una definición y 11 de ellos, un dogma de fe a este respecto. Sobre la cuestión relativa a la mediación de María, nos dice que 362 obispos deseaban un pronunciamiento conciliar de la mediación de María, mientras que 266 de ellos pidieron una definición dogmática. Por otro lado, el padre Besutti afirma que más de 500 obispos solicitaban esta definición. Una de las razones fundamentales por las que no se emanó esta definición en el concilio, la constituye la voluntad expresa del Santo Papa Juan XXIII, de que el concilio debía tener una orientación primordialmente pastoral, excluyendo específicamente una nueva definición dogmática de cualquier índole.  

 

En tercer lugar, en ese mismo momento, otra corriente estaba entrando a la corriente principal de la vida católica, la de la "sensibilidad ecuménica." Mientras que el padre Besutti confirma que la palabra "Corredentora" sí aparecía en el schema original del documento mariano preparado con antelación para el concilio, la Praenotanda para el primer anteproyecto conciliar o schema sobre nuestra Señora, contenía estas palabras:

 

Algunas expresiones y palabras utilizadas por los Supremos Pontífices han sido omitidas, mismas que, por sí solas, son absolutamente ciertas, pero que difícilmente podrían ser entendidas por los hermanos separados (en este caso Protestantes). Entre éstas palabras, se pueden contar las siguientes: "Corredentora de la raza humana" (Pío X, Pío XI).

 

Esta prohibición inicial fue rigurosamente respetada y, por lo tanto, el término "Corredentora" no se utilizó en ninguno de los documentos oficiales promulgados por el concilio y, sin lugar a dudas, la "sensibilidad ecuménica" fue un factor primordial para evitarlo, al igual que una insatisfacción en general por este lenguaje de mediación de parte de los teólogos más progresistas. 4Permanecemos con la libertad de poder debatir la sabiduría y efectividad de esta estrategia.

 

C. Lumen Gentium: Capítulo 8.

 

En virtud de estas corrientes dispares presentes en el lugar del concilio, uno habría esperado que prevaleciera un mínimo de doctrina para toda esta cuestión de la corredención/mediación marianas. Aún cuando el clima del concilio Vaticano II no fue propicio para su plena asimilación, se establecieron bases sólidas, especialmente con respecto al tema de la corredención mariana o la colaboración de María en la obra de la redención. Juan Pablo II resumió el asunto, en su audiencia general del 13 de diciembre de 1995, de esta manera:

 

Durante las sesiones del concilio, muchos padres deseaban enriquecer mayormente la doctrina mariana expresando de otra manera el oficio que tuvo María en la obra de salvación. El contexto particular en el se llevó a cabo el debate mariológico del Vaticano II, no permitió que estos deseos, aunque substanciales y difundidos, fueran aceptados, pero toda esta discusión acerca de María durante el concilio, permanece en vigor y bien balanceada, y los temas en sí, aunque no están plenamente definidos, recibieron atención significativa al tratárseles de manera general.

 

Siendo así que el titubeo de algunos padres con respecto al título de Mediadora, no fue un impedimento para que el concilio usara una vez este título, y para que afirmara, en otros términos, la función mediadora de María cuando consintió a su maternidad en el orden de la gracia, según el mensaje del Ángel (cf. Lumen gentium, n. 62). Es más, el concilio afirma que su cooperación en la obra de restaurar la vida sobrenatural de las almas fue "en forma enteramente impar".

 

Esta constituye una sagaz meditación de alguien que continuamente ha meditando y desarrollado estos temas en particular. Que yo sepa, es el primer reconocimiento público oficial por parte de un Papa de la corriente del concilio, mismo que dio forma a los escritos del capítulo 8 de Lumen gentium. Asimismo, de una manera imparcial y elegante, hace referencia a los padres que "deseaban enriquecer mayormente la doctrina mariana expresando de otra manera el oficio de María en la obra de salvación."

 

Si bien el término "Corredentora" no aparece en ninguno de los documentos del concilio, debe reconocerse sin embargo, que el concepto fue transmitido. De hecho, el concilio enseñó con mayor claridad y coherencia la función corredentora de María, que su oficio en la distribución de la gracia, aún cuando la palabra "Mediadora" se usó una vez en el # 62. Por eso, en Lumen gentium # 56, se habla directamente de la colaboración de María en la obra de la redención:

 

Al abrazar de todo corazón y sin entorpecimiento de pecado alguno la voluntad salvífica de Dios, se consagró totalmente como esclava del Señor a la persona y a la obra de su Hijo, sirviendo con diligencia al misterio de la redención con El y bajo El, con la gracia de Dios omnipotente.

 

En el mismo párrafo, se especifica aún más la naturaleza activa del servicio de María:

 

Con razón, pues, piensan los santos padres que María no fue un instrumento puramente pasivo en las manos de Dios, sino que cooperó a la salvación de los hombres con fe y obediencia libres. Como dice San Ireneo, "obedeciendo, se convirtió en causa de salvación para sí misma y para todo el género humano." Por eso no pocos padres antiguos afirman gustosamente con él en su predicación que "el nudo de la desobediencia de Eva fue desatado por la obediencia de María; que lo atado por la virgen Eva con su incredulidad, fue desatado por la virgen María mediante su fe"; comparándola con Eva, llaman a María "Madre de los vivientes," afirmando aún con mayor frecuencia que "la muerte vino por Eva, la vida por María."

 

Por lo tanto, es absolutamente claro que los padres del concilio hablan de la colaboración activa de María en la obra de la redención y lo ilustran con el paralelo Eva/María, que encontramos ya en los escritos de los padres post-apostólicos, San Justino Mártir (+165), Ireneo (+ después de 193) y Tertuliano (+ 220).

 

Además, los padres del concilio dan otro paso, y partiendo de la importancia general ya establecida que le daban a la colaboración de María en la obra de redención, pasan a subrayar la naturaleza personal de la "unión de la madre con el Hijo en la obra de la salvación" [Matris cum Filio in opere salutari coniunctio] a lo largo de la vida oculta de Jesús (# 57) y de su vida pública (#58). Finalmente, en el número #58, enfatizan la manera en que ella mantuvo fielmente su unión con el Hijo hasta la cruz, junto a la cual, no sin designio divino, se mantuvo erguida, sufriendo profundamente con su Unigénito y asociándose con entrañas de madre a su sacrificio, consintiendo amorosamente en la inmolación de la víctima que ella misma había engendrado.

 

Entonces, el concilio no sólo enseña que María, a lo largo de su vida y en términos generales, estuvo asociada con Jesús en la obra de la redención, sino que ella se asoció a sí misma con su sacrificio consintiendo con él. Además, los padres del concilio afirman en el número #61, que María: padeció con su Hijo cuando moría en la cruz, cooperando en forma enteramente impar a la obra del Salvador con la obediencia, la fe, la esperanza y la ardiente caridad con el fin de restaurar la vida sobrenatural de las almas.

 

María no sólo consintió con el sacrificio, sino que también se unió a él. En estos dos últimos enunciados, encontramos una síntesis de la enseñanza papal anterior sobre la corredención, así como un sólido punto de referencia para la enseñanza que darían los papas posteriores al concilio.

 

Monseñor Brunero Gherardini señala que con o sin el uso del término Corredentora, los observadores protestantes ya habían reconocido de buena gana la posición católica sobre la participación de María en la redención. Ellos ven cualquier participación humana en la obra de salvación del hombre, por muy secundaria y subordinada, como contraria al principio Luterano de solus Christus y, por lo tanto, un "robo que se le hace a Dios y a Cristo." De ahí que, al elaborar la enseñanza magisterial sobre la colaboración de María en la redención, estamos tratando con algo más que la simple posibilidad de que se justifique el término Corredentora, se trata de un dato fundamental de teología católica, un asunto que no será tratado fácilmente en el diálogo ecuménico, con la simple substitución de una palabra o frase con otra que aparezca como más neutral.

 

D. Uso del Término por Juan Pablo II

 

En virtud de la historia reciente, no es de poca importancia que Juan Pablo II, sin fanfarrias pero de una manera totalmente pública, haya rehabilitado la palabra Corredentora y la haya usado de forma análoga, por lo menos seis veces en declaraciones públicas, esto sin mencionar sus referencias, más numerosas aún, del concepto que representa este término. Analicemos rápidamente la utilización que le ha dado a la palabra Corredentora.

 

1. En el saludo que dirigió a los enfermos después de su audiencia general el 8 de septiembre de 1982, el Papa dijo:

 

Maria, aunque concebida y nacida sin mancha de pecado, participó de una manera maravillosa en los sufrimientos de su divino Hijo, para poder ser la Corredentora de la humanidad.

 

2. En ocasión de la fiesta de su santo patrono, Carlos Borromeo, en 1984, el Papa ofreció estos pensamientos en su alocución del Angelus en Arona:

 

Hacia nuestra Señora - La Corredentora - San Carlos volvió la mirada con acentos singularmente revelatorios. Comentando la pérdida de Jesús a los doce años en el Templo, reconstruyó el diálogo interior que pudo haber habido entre la Madre y el Hijo, y añadió: "sufrirás dolores mayores aún, Oh Madre bendita, y continuarás viviendo; pero la vida para ti será mil veces más amarga que la muerte. Verás cómo entregan a tu Hijo inocente en las manos de los pecadores... Lo verás brutalmente crucificado entre ladrones; verás su santo costado abierto por la estocada cruel de una lanza; finalmente, verás derramarse la sangre que tú misma le diste. ¡Y sin embargo no podrás morir!" (De la homilía pronunciada en la Catedral de Milán el domingo después de Epifanía, 1584).

 

3. El 31 de enero de 1985, en un discurso pronunciado en el santuario mariano en Guayaquil, Ecuador, habló así:

 

María va delante de nosotros y nos acompaña. La silenciosa jornada que comienza con la Inmaculada Concepción y pasa por el "sí" de Nazaret, que la convierte en Madre de Dios, encuentra en el calvario un momento particularmente importante. Allí también, aceptando y cooperando con el sacrificio de su Hijo, María es el amanecer de la redención; . . . Crucificada espiritualmente con su Hijo crucificado (cf. Ga. 2:20), María contempló con amor estoico la muerte de su Dios, "consintiendo amorosamente en la inmolación de la víctima que ella misma había engendrado." (Lumen gentium, 58)

 

De hecho, en el calvario, María se unió al sacrificio de su Hijo que llevó a la fundación de la Iglesia; compartió en lo más profundo de su corazón maternal la voluntad de Cristo "de reunir en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos" (Jn. 11:52). Habiendo sufrido por la Iglesia, María merecía convertirse en la Madre de todos los discípulos de su Hijo, la Madre que los uniría...

 

Los Evangelios no nos dicen si Cristo resucitado se le apareció a María. Sin embargo, como ella estaba de manera especial cerca de la cruz de su Hijo, también ella tuvo que haber tenido la privilegiada experiencia de su Resurrección. De hecho, el rol de María como Corredentora no terminó con la glorificación de su Hijo.

 

En el texto anterior, tenemos una buena demostración de las varias maneras en que el Papa describe la colaboración de María en la redención, culminando su referencia con "el oficio de María como Corredentora." Nótese que en este texto, el Papa presenta la función corredentora de María en relación con la declaración de Pablo, "con Cristo estoy crucificado" (Ga. 2:20) y también en relación con el misterio de su Corazón.

 

4. El 31 de marzo de 1985, domingo de Ramos y día mundial de la Juventud, el Papa habló en este mismo sentido, sobre la inmersión de María en el misterio de la pasión de Cristo:

 

A la hora del Angelus en este domingo de Ramos, que la Liturgia también denomina como el domingo de la pasión del Señor, nuestros pensamientos corren hacia María, inmersa en el misterio de un desmesurado dolor.

 

María acompañó a su divino Hijo en el más discreto silencio, ponderando todo en las profundidades de su corazón. En el calvario, permaneciendo al pie de la cruz, en la inmensidad y profundidad de su sacrificio maternal, tenía a Juan a su lado, el Apóstol más joven...

 

Que María, nuestra Protectora, la Corredentora, a quien ofrecemos nuestra oración con gran efusión, haga que nuestro deseo corresponda generosamente con el deseo del Redentor.

 

5. El 24 de marzo de 1990, el Santo Padre se dirigió a los participantes voluntarios de una peregrinación de la Alianza Confederada del Transporte de Enfermos a Lourdes (OFTAL), así como a los enfermos que atienden, con estas palabras:

 

¡Que María Santísima, Corredentora de la raza humana junto con su Hijo, les otorgue siempre fortaleza y confianza!

 

6. Asimismo, al conmemorar el sexto centenario de la canonización de Santa Brígida de Suecia, el 6 de octubre de 1991, dijo:

 

Brigidita miró a María como su modelo y apoyo en todos los momentos de su vida. Habló energéticamente del privilegio divino de la Inmaculada Concepción de María. Contempló su asombroso oficio como Madre del Salvador. La invocó como la Inmaculada Concepción, nuestra Señora de los Dolores y Corredentora, exaltando la singular misión de María en la historia de la salvación y la vida del pueblo Cristiano.

 

De una manera totalmente natural y sin dejar de prestar debida atención al uso que le da a la palabra Corredentora, el Pontífice simplemente ha resumido el uso de la terminología que ha sido empleada en la liturgia y por los teólogos desde finales de la Edad Media , y que también utilizó el magisterio a principios de este siglo, especialmente por el Papa Pío XI, como ya lo hemos visto.

 

El Papa Juan Pablo II también ha usado la palabra "corredentor" o "corredención" por lo menos en tres ocasiones, al hablar de la constante colaboración de los cristianos en la obra de la redención. Tradicionalmente, los teólogos han hecho una distinción entre la singular colaboración de María en la redención, que estaba efectuándose in actu primo, de la aplicación de las gracias de redención a personas individuales, que se lleva a cabo in actu secundo. La redención in actu primo o "redención objetiva," o fase ascendente de la redención, podría definirse como la adquisición de la salvación universal, mediante el sacrificio querido por Dios, con objeto de reconciliar al mundo con Él. La redención in actu secundo o "redención subjetiva," o la fase descendente de la redención, o mediación de la gracia, podría definirse como la aplicación de los frutos de la redención a individuos en particular, por medio de la mediación querida por Dios.  Se ha afirmado de manera consistente, que nuestra Señora participa en ambas fases de la obra de redención, mientras que los demás cristianos, pueden participar aplicando estas gracias de redención a personas y situaciones en particular. En consecuencia, todos podemos ser corredentores in actu secundo. La manera en la que el Santo Padre ilustró estas distinciones, en su audiencia general del 9 de abril de 1997, sin haber empleado la terminología técnica clásica que mencionamos anteriormente, fue la siguiente:

 

La colaboración de los cristianos en la salvación tiene lugar después del evento del calvario, cuyos frutos se esfuerzan por difundir a través de la oración y el sacrificio. María, en cambio, cooperó durante el evento mismo y en su oficio de Madre; por lo tanto, su cooperación abarca toda la obra salvífica de Cristo. Solamente ella estuvo asociada de esta manera con el sacrificio redentor que mereció la salvación de toda la humanidad. En unión con Cristo y en sumisión a Él, ella colaboró en obtener la gracia de salvación para toda la humanidad.

 

El oficio de la Santísima Virgen como cooperadora, tiene su origen en su divina maternidad. Dando a luz a Aquél que estaba destinado a obtener la redención del hombre, alimentándolo, presentándolo al Padre en el templo, y padeciendo con su Hijo cuando moría en la cruz, "cooperó en forma enteramente impar ... a la obra del Salvador" (Lumen gentium, n. 61). Aunque la llamada de Dios para cooperar en la obra de la salvación concierne a cada ser humano, la participación de la Madre del Salvador en la redención de la humanidad, es un hecho único e irrepetible.

 

Revisemos ahora brevemente, el uso que el Santo Padre ha dado a la palabra "corredentora" y "corredención," ya que incluye a todos los cristianos.

 

1. Al dirigirse a los enfermos del Hospital de los Hermanos de San Juan de Dios (Fatebenefratelli) en la Isla Tiber de Roma, el 5 de abril de 1981, el Papa pidió:

 

¿Será necesario recordar a todos ustedes, que penosamente pasan la prueba del sufrimiento y que me están escuchando, que su dolor los une cada vez más con el Cordero de Dios que "quita el pecado del mundo" por su pasión (Jn. 1:29), y que por lo tanto ustedes también, asociados con Él en el sufrimiento, pueden ser corredentores con la humanidad? Ustedes conocen estas verdades resplandecientes. Nunca se cansen de ofrecer sus sufrimientos por la Iglesia, para que todos sus hijos sean consistentes con su fe, perseverando en la oración y fervientes en la esperanza.

 

2. El 13 de enero de 1982, después de dar su discurso en la audiencia general, el Papa se dirigió de esta manera a los enfermos:

 

A los enfermos que están presentes y a aquellos que están siendo atendidos en hospitales, en casas de retiro y en las familias, yo les digo: nunca se sientan solos, porque el Señor está con ustedes y jamás los abandonará. Anímense y sean fuertes: unan sus dolores y sufrimientos a los del Crucificado y se convertirán en corredentores de la humanidad, junto con Cristo.

 

Debe señalarse que este es un tema al que constantemente recurre en sus discursos pastorales el Papa Juan Pablo II, tema que trató con una profundidad e inspiración asombrosas, en su carta apostólica Salvifici Doloris del 11 de febrero de 1984, en la que hace una larga exposición de la corredención mariana in actu primo, y de la corredención Cristiana in actu secundo, sin que haya utilizado las palabras "Corredentora," "corredención" o "corredentor."

 

3. El 8 de mayo de 1988, el Santo Padre dirigió estas significativas palabras a los obispos de Uruguay que se habían reunido en la Nunciatura Apostólica en Montevideo, refiriéndose a los candidatos para el sacerdocio:

 

"El candidato debe ser irreprochable" (Tt. 1:6) advierte nuevamente San Pablo. Deberán cultivar la dirección espiritual personal (candidatos para el sacerdocio), un amor ilimitado por Cristo y su Madre, y un gran deseo de tener una cercana unión con la obra de la corredención.

 

A pesar de todos los argumentos que con gran esmero he subrayado anteriormente, ha habido lo que al parecer es un orquestado esfuerzo para afirmar que ninguno de estos casos tiene algún valor teológico.

 

En primer lugar, se llevó a cabo la "Declaración de la Comisión Teológica de la Academia Internacional Mariana Pontificia" realizada en Czestochowa, Polonia, en agosto de 1996, compuesta por una comisión "ad hoc" de 18 católicos, 3 ortodoxos, un anglicano y un luterano, y publicada por L´Osservatore Romano el 4 de junio de 1997. Refiriéndose a los títulos Corredentora, Mediadora y Abogada, afirma que:

 

Los títulos, de la manera en que se proponen, son ambiguos, ya que pueden entenderse de varias maneras diferentes. Además, la dirección teológica que asumió el concilio Vaticano II, que no quiso definir ninguno de estos títulos, no se debe abandonar. El concilio Vaticano II no utilizó el título "Corredentora," y los títulos de "Medidora" y "Abogada" los utiliza de manera muy moderada (cf. Lumen gentium, n. 62) De hecho, desde los tiempos del Papa Pío XII, el magisterio papal no ha utilizado el término "Corredentora" en sus documentos importantes. Existe evidencia de que el propio Papa Pío XII, intencionalmente evitaba usarlo.

 

A la luz de lo que ya he planteado y documentado, es aparente que esta declaración no está exenta de criticismo, por la manera en que intenta confrontar los hechos, y porque no tiene valor magisterial. Pasa por alto el uso que el Papa Juan Pablo II ha dado al término, como si no apareciera en documentos magisteriales significativos.

 

Junto con la declaración en L´Osservatore Romano, en la misma edición aparecieron dos comentarios: uno sin firma con el título "¿Un nuevo dogma mariano?"  y el otro firmado por Salvatore M. Perrella, O.S.M., intitulado "La cooperación de María en la obra de redención: estado actual de la cuestión."  El comentario sin firma, especifica de mejor manera el uso de este término por el actual Pontífice:

 

Con respecto al título de Corredentora, la Declaración de Czestochowa hace notar que "desde el tiempo del Papa Pío XII, el término Corredentora no ha sido usado por el magisterio papal en sus documentos significativos" y existe evidencia de que él mismo intencionalmente evitaba usarlo. Cualidad importante, porque aquí y allá, en escritos papales marginales y, por lo tanto, carentes de autoridad doctrinal, uno se puede encontrar con este título, aunque sea muy raro. Sin embargo, en los documentos que son sustanciales y en aquellos que tienen alguna importancia doctrinal, se evita absolutamente este término.

 

A la luz de estas declaraciones, debemos preguntar: ¿Cuál es el valor doctrinal del término "Corredentora" y "corredención" que usa Juan Pablo II? Por supuesto que yo no argumentaría que el Papa ha utilizado la palabra Corredentora en documentos papales de la más alta autoridad educativa. o que él ha proclamado la doctrina, o el uso de la palabra, de la manera más solemne. No obstante, sí creo, que las ocasiones en las que ha utilizado el término Corredentora para describir la colaboración de nuestra Señora en la obra de nuestra redención - especialmente a la luz del uso magisterial anterior - no merece ser pasado por alto desdeñosamente como "marginal (y) por lo tanto, desprovista de autoridad doctrinal."  Aún cuando es cierto que el haber usado cinco veces el término, puede ser considerado como referencias pasajeras, no creo que merezcan ser ignoradas. El ejemplo del 31 de enero de 1985 en Guayaquil constituye, sin embargo, un comentario muy significativo en cuanto al sentido que tiene la corredención mariana, y merece que se examine cuidadosamente. Al concluir este ensayo, tendremos la posibilidad de hacer un análisis más exhaustivo de la autoridad doctrinal que tienen las enseñanzas papales colectivas relativas a toda esta cuestión.

 

Una última pregunta de terminología: ¿Cómo nos podemos explicar que el Papa se haya abstenido de usar las palabras "Corredentora," "corredención" y "corredentor" desde 1991?

Tengo la dicha de valerme de una respuesta que dio el padre Alessandro Apollonio:

 

El Papa, desde el momento en que revivieron en la Iglesia los ecos de la controversia teológica, como resultado del movimiento Vox populi del Dr. Miravalle, llegando a los niveles más altos de la jerarquía, de hecho no ha vuelto a usar el título Corredentora. Esta posición sumamente prudente de parte del Santo Padre, es totalmente comprensible, porque si se hubiera pronunciado explícitamente a favor de la corredención, y dadas las circunstancias, ello habría sido como una clara y directa aprobación a la petición, mientras que la prudencia requeriría que, antes de hacer un pronunciamiento definitivo sobre un nuevo dogma, el Papa tendría que convocar comisiones de expertos, promover estudios y la devoción misma, ilustrar la doctrina de manera exhaustiva y consultar al episcopado en su conjunto. La catequesis de los miércoles [desde el 6 de septiembre de 1995 al 12 de noviembre de 1997] ilustró claramente la doctrina y, aunque jamás se mencionó explícitamente el título Corredentora, de este modo preparó el terreno para el nuevo dogma. En consecuencia si el Papa, después de haber hecho todo esto prudentemente, proclama el nuevo dogma, no estaría haciendo nada en contra de su magisterio, sino que lo coronaría de la manera más espléndida, para la edificación y exultación de todos los fieles.

 

De hecho, el Papa Juan Pablo II ha logrado hacer mucho más que simplemente rehabilitar el uso de una palabra y mostrar que tiene un legítimo uso. Ha logrado otra noble acción hacia aquellos "muchos padres [del concilio Vaticano II que] deseaban enriquecer mayormente la doctrina mariana expresando de otra manera la función de María en la obra de salvación,”  e incluso, con el hecho de volver a proponer la discusión en torno a la mediación mariana, en su encíclica Redemptoris Mater , después de haber sido ampliamente aceptada por el círculo teológico.  Ha demostrado, una vez más, que el magisterio está por encima de meras "exactitudes teológicas" y está consciente de la continuidad con la Tradición. Es más, el Papa continúa extrayendo los múltiples aspectos de la función corredentora de María, como lo veremos más adelante.

 


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#2013 De: "Gonzalo" <lapalabra@...>
Fecha: Jue, 10 de Sep, 2009 12:22 pm
Asunto: Jueves 10 de septiembre de 2009. La Palabra Binaria.
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Jueves de la tercera

XXII del tiempo ordinario


San Nicolás de Tolentino


Si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tendréis?


 

Colosenses 3,12-17

 

12 Dios os ama y os ha elegido para que seáis miembros de su pueblo. Por tanto, sed compasivos, bondadosos, humildes, pacientes y comprensivos. 13 Soportaos unos a otros y perdonaos si alguno tiene queja contra otro. Del mismo modo que el Señor os perdonó, así también vosotros debéis perdonaros. 14 Pero, por encima de todo, tened amor, que es el lazo de la perfección. 15 Que la paz de Cristo reine en vuestros corazones, en la que fuisteis llamados para formar un solo cuerpo. Y sed agradecidos. 16 Que la palabra de Cristo viva entre vosotros con toda su riqueza. Enseñaos y aconsejaos unos a otros con talento. Con profundo agradecimiento cantad a Dios salmos, himnos y canciones religiosas. 17 Y todo lo que hagáis o digáis, hacedlo en nombre de Jesús, el Señor, dando gracias a Dios Padre por medio de él.

 

Salmo 149,1-6

 

1 ¡Aleluya!

Alabad al Señor en su santuario,

alabadlo en su majestuoso firmamento,

2 alabadlo por sus grandes hazañas,

alabadlo por su inmensa grandeza,

3 alabadlo al son de las trompetas,

alabadlo con la cítara y el arpa,

4 alabadlo con danzas y tambores,

alabadlo con cuerdas y con flautas,

5 alabadlo con címbalos sonoros,

alabadlo con címbalos vibrantes.

6 Que alabe al Señor todo cuanto vive. ¡Aleluya!

 

Lucas 6,27-38

 

27 «Yo os digo a vosotros que me escucháis: Amad a vuestros enemigos; haced el bien a los que os odian; 28 bendecid a los que os maldicen; orad por los que os calumnian. 29 Al que te abofetea en una mejilla, ofrécele también la otra; a quien te quita el manto, dale también la túnica. 30 Da a quien te pida, y no reclames a quien te roba lo tuyo. 31 Tratad a los hombres como queréis que ellos os traten a vosotros. 32 Si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tendréis? También los pecadores aman a quienes los aman. 33 Y si hacéis el bien a los que os lo hacen, ¿qué mérito tendréis? Los pecadores también lo hacen. 34 Y si prestáis a aquellos de quienes esperáis recibir, ¿qué mérito tendréis? También los pecadores prestan a los pecadores para recibir de ellos otro tanto. 35 Pero vosotros amad a vuestros enemigos, haced el bien y prestad sin esperar remuneración; así será grande vuestra recompensa y seréis hijos del altísimo, porque él es bueno con los desagradecidos y con los malvados. 36 Sed misericordiosos, como vuestro Padre es misericordioso». 37 «No juzguéis y no seréis juzgados; no condenéis y no seréis condenados. Perdonad y seréis perdonados. 38 Dad y se os dará; se os dará una buena medida, apretada, rellena, rebosante; porque con la medida con que midáis seréis medidos vosotros».

 


 

En nuestra sociedad, amamos a los que nos aman; hacemos el bien a quienes nos lo hacen y prestamos a quienes sabemos nos lo van a devolver. Una conducta muy razonada, que no compromete en nada. Pero obrando así, ¿qué es lo que nos distingue de los que no tienen fe?. Al cristiano se le pide un “plus” en su vida: amar al prójimo, hacer el bien y prestar sin esperar recompensa, pues eso es lo que hace Dios con nosotros, que nos ama primero para que nosotros le amemos.

 

Tenemos que adelantarnos a hacer el bien, para despertar en el corazón de los otros sentimientos de perdón, de entrega, de generosidad, paz y gozo; así nos vamos pareciendo al Padre del cielo y vamos formando en la tierra la familia de los hijos.

 


 

San Nicolás de Tolentino

 

San Nicolás de Tolentino nació en Castel Sant´ Angelo, el actual Sant´ Angelo in Pontano, en 1245, y murió en Tolentino el 10 de septiembre de 1305.

 

Fray Pedro de Monte Rubiano, su biógrafo, nos cuenta que su vida estuvo entretejida de singularísimas experiencias místicas y de hechos prodigiosos, confirmados en el proceso de canonización, que se abrió a los veinte años de su muerte y concluyó en 1446. En ese proceso fueron declarados auténticos 301 milagros.

 

A San Nicolás de Tolentino lo invocan los que sufren injusticias, o están en peligro de perder la vida o la libertad, y también se lo invoca como protector de la maternidad y la infancia, de las almas del purgatorio, de la buena muerte, y hasta contra los incendios y las epidemias.

 

Fue asceta, austero pero no excéntrico, riguroso consigo mismo, pero dulce y atento con todos. En 1256 entró donde los agustinos y se ordenó en 1269 en Cingoli; durante seis años peregrinó por varias ciudades y después fijó su residencia en Tolentino en donde ejerció su apostolado sobre todo en el confesionario. Su santificación personal maduró en la sombra, haciendo fructificar los recursos espirituales que le brindaba la vida religiosa: la obediencia incondicional, el absoluto desapego de los bienes terrenales y la profunda modestia. Así se santificó, y al final de su vida pudo exclamar: “Veo a mi Señor Jesucristo, a su Madre y a San Agustín que me dicen: Muy bien, siervo bueno y fiel”.

 

Aunque no se notaba exteriormente la penitencia a la que se sometía, sabemos por el testimonio de sus cohermanos que cuatro días a la semana su alimento consistía en sólo pan y agua, y los otros tres días no tocaba alimentos sustanciosos como carne, huevos, o fruta. No dormía sino tres o cuatro horas y el resto lo dedicaba a la oración.

 

Después de largas horas que pasaba en el confesionario, se dedicaba a visitar a los pobres, a los que les llevaba, con el permiso de sus superiores, ayudas materiales en los casos más urgentes. Los prodigios que hizo en vida y sobre todo después de la muerte tenían la finalidad de aliviar las miserias humanas.

 

Cuarenta años después de su muerte, fue encontrado su cuerpo incorrupto. En esa ocasión se le quitaron los brazos y de la herida salió bastante sangre. De esos brazos, conservados en relicarios de plata desde el siglo XV, ha salido periódicamente mucha sangre. Esto contribuyó a la difusión de su culto en toda Europa y en América.

 


Mariología XXVI

 

El Misterio de María Corredentora en el Magisterio Papal. (I/VI)

 

I. Introducción

 

A lo largo de casi doscientos años, el magisterio papal ha ido proporcionado indicios cada vez más claros acerca de la íntima colaboración que desempeñó nuestra Señora en la obra de nuestra redención. En un ensayo que escribí con anterioridad, subrayé algunas de las contribuciones más importantes de nuestro actual Santo Padre a este respecto. 1 Durante su discurso en la audiencia general del 25 de octubre de 1995, aportó un sobresaliente preámbulo sobre el desarrollo de este importante punto de la doctrina. A grandes rasgos, se delinea el desarrollo histórico que ha tenido esta doctrina, de una manera sucinta extraordinaria:

 

Al decir que "la Virgen María ... es reconocida y venerada como verdadera Madre de Dios y del Redentor" (Lumen gentium, n. 53), el concilio destaca el vínculo existente entre la maternidad de María y la redención.

 

Después de haber tomado conciencia de la función maternal de María, a quien se había venerado en la doctrina y culto de los primeros siglos como la Madre virginal de Jesucristo y por lo tanto, como Madre de Dios, en la Edad Media la piedad de la Iglesia y la reflexión teológica, hicieron ver la cooperación que ella tuvo en la obra del Salvador.

 

Este retraso se explica por el hecho de que todos los esfuerzos de los padres de la Iglesia y de los primeros concilios ecuménicos, estaban enfocados a la identidad de Cristo, dejando necesariamente de lado otros aspectos del dogma. La revelación de la verdad, en toda su riqueza, se iría descubriendo sólo de manera gradual. A lo largo de los siglos, la mariología estaría siempre dirigida por la cristología. La divina maternidad de María se proclamó en el concilio de Efeso, principalmente para afirmar que la persona de Cristo era única. De igual manera, hubo también un entendimiento más profundo de la presencia de María en la historia de la salvación.

 

A finales del siglo II, San Ireneo, discípulo de Policarpo, ya había señalado la contribución de María en la obra de salvación. Este Santo había entendido el valor que tenía el consentimiento de María al momento de la anunciación, reconociendo en la obediencia a, y fe en, el mensaje del ángel de la Virgen de Nazaret, la perfecta antítesis de la desobediencia e incredulidad de Eva, lo cual tuvo un efecto benéfico para el destino de la humanidad. De hecho, así como Eva causó la muerte, María con su "sí," se convirtió "en causa de salvación" para sí misma y para toda la humanidad (cf. Adv. Haer., III, 22, 4; SC 211, 441). Pero esta afirmación no tuvo un desarrollo consistente y sistemático por parte de los demás padres de la Iglesia.

 

En cambio, esta doctrina se elaboró sistemáticamente por primera vez a finales del siglo X, en la Vida de María escrita por un monje bizantino, Juan el Geómetra. Aquí se describe a María como unida a Cristo en la totalidad de la obra de redención, participando, según el designio de Dios, de la cruz y el sufrimiento por nuestra salvación. Ella permaneció unida al Hijo "en cada acto, actitud y deseo" (cf. Life of Mary, Bol. 196, f. 123 v.)

 

En Occidente, San Bernardo, fallecido en 1153, dirigiéndose a María, comenta la presentación de Jesús en el templo: "Ofrece a tu hijo, Virgen sacrosanta, y presenta el fruto de tu vientre al Señor. Para nuestra reconciliación con todo, ofrece la Víctima celestial agradable a Dios" (Serm. 3 en Purif., 2: PL 183, 370).

 

Arnoldo de Chartres, discípulo y amigo de San Bernardo, iluminó particularmente el ofrecimiento de María en el sacrificio del calvario, al distinguir en la cruz "dos altares: uno en el corazón de María, el otro en el cuerpo de Cristo. Cristo sacrificó su carne, María su alma." María se sacrificó espiritualmente en profunda comunión con Cristo, implorando la salvación del mundo: "Lo que pide la Madre, el Hijo lo aprueba y el Padre lo concede" (cf. De septem verbis Domini in cruce, 3: PL 189, 1694).

 

Desde ese momento, otros autores han explicado la doctrina de la especial cooperación de María en el sacrificio redentor. 2

 

En virtud de que el Santo Padre ya ha delineado los puntos más importantes de este tema en su desarrollo teológico, yo intentaré señalar los sucesos más importantes que ha habido en el magisterio papal relacionados con este tema. El enfoque específico que el magisterio papal ha dado a la colaboración de María en la obra de redención es relativamente reciente, ya que el camino que ha seguido el desarrollo teológico ha sido lento. 3 Sólo después de haber meditado largamente este misterio, como lo hiciera la propia María, 4 es que la Iglesia comienza a enseñarlo de una manera más solemne.

 

A. Período Moderno: 1740 al Presente

 

No cabe duda que sería muy aleccionador e interesante investigar los primeros bosquejos que existen tocantes a la doctrina de la mediación mariana en la enseñanza de los papas de los primeros periodos de la vida de la Iglesia, pero debemos dejar esto a otros investigadores. 5 Según un convencionalismo ampliamente aceptado, la codificación del magisterio papal del periodo moderno comienza con el pontificado de Benedicto XIV (1740-1758) 6 , en tanto que con el pontificado del Beato Pío IX (1846-1878), la doctrina mariana empieza a concentrarse y consolidarse de manera más notable. Precisamente es este periodo moderno del magisterio papal el que se intenta estudiar en este documento.

 

B. Íntima Conexión entre Corredención y Mediación

 

Finalmente, debemos aclarar otro punto antes de empezar a analizar los textos mismos de los papas. Desde por lo menos principios del siglo veinte, los autores han manejado de manera consistente y conjuntamente la corredención y mediación marianas, generalmente con el título de "mediación." 7 Por ejemplo, el padre Gabriele M. Roschini, O.S.M., fundador de la facultad teológica romana especializada en estudios mariológicos, Marianum, expresó que algunos mariólogos restringen el título de "Mediadora" a la segunda fase de la mediación (a la cooperación de María en la distribución de la gracia), reservando el título de "Corredentora" a la primera fase, pero incluso esta primer fase, afirma el padre, es una mediación verdadera y apropiada, ya que es una participación en la obra Mediadora de Cristo. 8 Esto se sigue lógicamente del hecho de que ambas fases podrían ser vistas como subdivisiones de la amplia categoría que tiene la "mediación mariana," o de lo que consistentemente describiera el difunto padre Giuseppe Besutti, en su Bibliografía Mariana desde 1968, como "María en la historia de la salvación (historia salutis)." 9 Estas dos fases de la redención se diferencian frecuentemente como "objetiva" y "subjetiva," así como por otras distinciones.10 De hecho, muchos de los documentos pontificios que examinaremos en este documento, enseñan claramente que la cooperación de nuestra Señora en la distribución de la gracia, fluye directamente de su función corredentora. 11 Por esta razón, veremos que no pocos de los textos papales que citamos y que apoyan la corredención mariana, justamente también se citan para apoyar la función de María en la distribución de las gracias de la redención.

 


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#2012 De: "Gonzalo" <lapalabra@...>
Fecha: Lun, 7 de Sep, 2009 2:37 pm
Asunto: Lunes 7 de septiembre de 2009. La Palabra Binaria.
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Lunes de la tercera

XXI del tiempo ordinario


Santa Regina


¿Está permitido en sábado hacer el bien o el mal, salvar una vida o destruirla?


 

Colosenses 1,24-29; 2,3

 

24 Ahora me alegro de sufrir por vosotros, y por mi parte completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo por su cuerpo, que es la Iglesia, 25 de la que fui hecho ministro según la misión que Dios me dio para bien vuestro, con el fin de dar cumplimiento a su mensaje divino, 26 el plan secreto de Dios, escondido desde los siglos y desde las generaciones y ahora manifestado a los creyentes, 27 a quienes Dios quiso descubrir cuál es la riqueza sublime de este secreto entre los paganos, que es Cristo entre vosotros, la esperanza de la gloria, 28 a quien nosotros anunciamos amonestando e instruyendo a todos los hombres en toda sabiduría, para presentarlos perfectos en Jesucristo; 29 con miras a lo cual me fatigo y lucho apoyado en la fuerza de Cristo, que obra poderosamente en mí.

 

3 En el que se encuentran ocultos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia.

 

Salmo 61,6-7.9

 

6 Mi alma sólo descansa en Dios,

mi salvación viene de él;

7 sólo él es mi roca, mi salvación, mi fortaleza;

no sucumbiré.

9 Confiad en él, oh pueblo, en todo tiempo;

Dios es nuestro refugio.

 

Lucas 6, 6-11

 

6 Otro sábado entró en la sinagoga y se puso a enseñar. Allí había un hombre que tenía seca su mano derecha. 7 Los maestros de la ley y los fariseos espiaban a Jesús a ver si curaba en sábado, para acusarlo. 8 Él, que conocía sus pensamientos, dijo al hombre de la mano seca: «Levántate y ponte en medio». Él se levantó y se puso. 9 Jesús les dijo: «¿Está permitido en sábado hacer el bien o el mal, salvar una vida o destruirla?». 10 Y mirando a todos los circundantes, le dijo: «Extiende tu mano». La extendió, y quedó sana. 11 Pero ellos, en el colmo de su locura, discutían sobre lo que tenían que hacer con Jesús.

 


 

Todos, alguna vez, nos hemos sentido seguros y satisfechos con la guarda de la ley: hicimos lo que estaba mandado. Y claro que está bien guardar la ley; pero convertir la ley en un fin, ponerla por encima de la persona es lo que ya se pone en cuestionamiento. Cualquier hombre es imagen de Dios y merece tanto aprecio y respeto que todas las leyes deben estar a su servicio; porque el sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado, como hacemos frecuentemente.

 

La inseguridad interior que vivimos nos hace aferrarnos a las normas y las leyes que nos proporcionan tranquilidad, porque nos da miedo quedarnos sin esquemas mentales y andar sin apoyos. ¡Tantas veces somos como paralíticos que nos arrastramos por la vida! Pero aquí está la fuerza de Jesús que se adelanta en nuestra ayuda: ¡Levántate! Sólo queda creer en la Palabra, confiar y ponerse en pié. La vida hace lo que falta.

 


 

Santa Regina

 

Hija de un ciudadano pagano de Alise, en Borgoña, la santa -cuya madre falleció al dar la luz- fue entregada a una nodriza que era cristiana y que la educó en la fe. Su belleza atrajo las miradas del prefecto Olybrius, quien, al saber que era de noble linaje, quiso casarse con ella, pero ella se negó a aceptarlo y no quiso atender los discursos de su padre, quien trataba de convencerla para que se casara con un hombre tan rico.-

 

Ante su obstinación, su padre decidió encerrarla en un calabozo y, como pasaba el tiempo sin que Regina cediese, Olybrius desahogó su cólera haciendo azotar a la joven y sometiéndola a otros tormentos.-

 

Una de aquellas noches, recibió en su calabozo el consuelo de una visión de la cruz al tiempo que una voz le decía que su liberación estaba próxima. En el momento de la ejecución (decapitación), apareció una paloma blanquísima que causó la conversión de muchos de los presentes.-

 

La devoción a la santa aumentó a partir del siglo VII.

 


Mariología XXV

¿Cuáles son los fundamentos para considerar a María "Corredentora"?  (IV/IV)

 

9) Cautelas que deben ser estrictamente observadas en cualquier formulación dogmática de María Corredentora.

 

Es claro que cualquier dogma de María como Corredentora, tendría que excluir de manera absoluta, cualquier confusión que pudiera surgir de la distinción que se debe hacer entre la obra redentora de Cristo y la manera puramente humana de María de participar en la redención y de convertirse en Corredentora. María por su propia cuenta, no es más capaz de redimir al mundo, que los padres son de crear el alma de sus hijos de la nada. En este sentido, María no es Corredentora y nunca podrá ser nuestra redentora. Sin embargo, y al mismo tiempo, un dogma como éste, debería enfatizar también el carácter único del lazo que existe entre el Dios-hombre y su acto redentor, y la libertad de María de ser co-causa de la redención -en unión con y recibiendo la fuerza de- la redención de Cristo.

 

Ciertamente, como lo mencionamos anteriormente, también los actos voluntarios de los ancestros de Cristo, especialmente la fe y el sacrificio de Abraham, se convirtieron de manera remota, en actos "corredentores", prefigurando el modo único de participar directamente en la causa divina de la redención, la cual fue confiada a María.

 

Me parecería particularmente oportuno que nuestro actual querido y amado Santo Padre quien, además de ser profundamente mariano, ha desarrollado -como ningún otro Papa- una visión sobre la dignidad de cada persona humana y quien con tanta frecuencia ha confiado al cuidado de María a toda la raza humana, podría, al declarar este dogma, completar su acción de consagrar a la humanidad entera a la intercesión de María, a nuestra Madre y a la gran Abogada de toda la Iglesia ante Dios; a María, quien también es la Mediadora de todas las gracias de las que nuestro mundo caído, nuestra raza humana actual, hambrienta, devastada por las guerras y pecadora, tiene tan desesperada necesidad, y únicamente mediante las cuales la humanidad podría salir del abismo de nuestros pecados y sufrimientos, lo que una vez más, no puede suceder sin nuestra libre cooperación.

 

Deseándole al Santo Padre la santa fortaleza de Dios y luz para ver si es o no voluntad de Dios declarar solemnemente al mundo esas grandes verdades de María, y que por medio de esta declaración, también se pregone más plenamente la verdad de la persona humana como tal, concluyo mis observaciones confiando esta gran causa a la incomprensible e infinita sabiduría y amor de Cristo y a la sabiduría y amor de María, la Madre de Dios, nuestra celestial Corredentora, Mediadora y Abogada.

 


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#2011 De: "Gonzalo" <lapalabra@...>
Fecha: Vie, 4 de Sep, 2009 1:26 pm
Asunto: Viernes 4 de septiembre de 2009. La Palabra Binaria.
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Publicación diaria para la Iglesia Católica

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Viernes de la segunda

XXII del tiempo ordinario


San Bonifacio I


¿pueden ayunar los invitados a la boda mientras el esposo está con ellos?


 

Colosenses 1,15-20

 

15 Cristo es imagen de Dios invisible, primogénito de toda la creación, 16 porque por él mismo fueron creadas todas las cosas, las de los cielos y las de la tierra, lo invisible y lo visible, tanto los tronos como las dominaciones, los principados como las potestades; absolutamente todo fue creado por él y para él; 17 y él mismo existe antes que todas las cosas, y todas subsisten en él. 18 Él es también la cabeza del cuerpo, de la Iglesia, siendo el principio, el primogénito entre los muertos, para ser el primero en todo, 19 ya que en él quiso el Padre que habitase toda la plenitud. 20 Quiso también por medio de él reconciliar consigo todas las cosas, tanto las de la tierra como las del cielo, pacificándolas por la sangre de su cruz.

 

Salmo 99,2-5

 

2 Servid al Señor con alegría,

entrad en su presencia con gritos jubilosos.

3 Reconoced que el Señor es Dios:

él nos ha hecho y somos suyos,

su pueblo, las ovejas que él guarda.

4 Entrad en sus pórticos dándole gracias,

alabadlo, bendecid su nombre:

5 porque el Señor es bueno, su amor es eterno,

y su lealtad perpetua por todas las edades.

 

Lucas 5,33-39

 

33 Ellos le dijeron: «Los discípulos de Juan y los de los fariseos ayunan con frecuencia y hacen oraciones, pero tus discípulos comen y beben». 34 Jesús les contestó: «¿Es que pueden ayunar los invitados a la boda mientras el esposo está con ellos? 35 Pero vendrán días en que les quiten al esposo; entonces ayunarán». 36 Les dijo además una parábola: «Nadie corta una pieza de un traje nuevo para remendar un vestido viejo, pues estropearía el nuevo y la pieza nueva no caería bien en el viejo. 37 Y nadie echa vino nuevo en odres viejos, porque el vino nuevo reventaría los odres, el vino se derramaría y los odres se perderían; 38 sino que el vino nuevo se echa en odres nuevos. 39 Y nadie, después de haber bebido vino añejo, quiere luego el nuevo, pues dice: El vino añejo es mejor».

 


 

Todos deseamos momentos para estar con las personas o la persona que nos cae bien, que estimamos, que amamos. Entre amigos, el novio con la novia o entre esposos. Y cuando alguien viene a arrebatarnos esos momentos más los anhelamos y más deseamos que vengan.

 

A los apóstoles les sucede algo semejante en este evangelio porque los fariseos, no sabiendo ya por donde fastidiar, pretenden hacer ver a Jesús que los suyos no se comportan como los discípulos de Juan que ayunan y rezan mucho. Pero perfectamente podríamos haberles dicho a los fariseos aquella frase de san Agustín que dice: “teme a la gracia de Dios que pasa y no vuelve”. Y los apóstoles preferían disfrutar de la compañía del Mesías que ayunar y estar lejos de Él. O también les podríamos haber respondido con la misma frase que Jesús le dijo a la mujer de Betania: “Marta, Marta muchas cosas te preocupan pero una sola es importante y María ha elegido la mejor”, que fue la de sentarse a sus pies.

 

He aquí por tanto la clave de este evangelio, la presencia de Cristo en nuestra vida. De qué nos sirve ayunar, rezar mucho, hacer penitencia si a la hora de la hora no acompañamos a Cristo donde realmente está que es en la Eucaristía.

 

Estaríamos ayunando y rezando por deporte. Por ello, si hasta ahora nuestros rezos o ayunos son sin una presencia de Cristo dominical o más frecuente pensemos que estamos desaprovechando la verdadera gracia de Dios para nuestra alma, que es la de estar cerca de Él.

 


 

San Bonifacio I.

 

Etimología: Bonifacio = que hace el bien. Viene de la lengua latina.

 

Elegido el 28 diciembre del 418; falleció en Roma, el 4 de septiembre del 422. Poco se conoce de su vida previa a su elección. El "Liber Pontificalis" lo llama un romano, e hijo del presbítero Jocundus. Se cree que ge ordenado por el Papa Damasus I (366-384) y que fue representante de Inocencio I en Constantinopla (c. 405).

 

A la muerte del Papa Zosimus, la Iglesia Romana entró en el quinto de sus cismas, con el resultado de dobles elecciones papales que perturbaron su paz durante las primeras centurias. Poco después de las exequias de Zosimus, el 27 diciembre, 418, una facción del clero romano formada principalmente por diáconos, tomó la basílica de Lateran y eligió como papa al Archidiácono Eulalius. El alto clero intentó entrar, pero fue violentamente rechazado por una chusma de partidarios de Eulalian.

 

Al día siguiente, ellos se reunieron en la iglesia de Theodora y eligieron como Papa, contra su voluntad, al anciano Bonifacio, un sacerdote muy estimado por su caridad, conocimientos, y buen carácter. El domingo 29 diciembre, fueron consagrados los dos, Bonifacio en la Basílica de San Marcelo, apoyado por nueve obispos provinciales y unos setenta sacerdotes; Eulalius en la basílica de Lateran en presencia de los diáconos, unos pocos sacerdotes y el Obispo de Ostia que fue convocado desde su lecho de enfermo para ayudar en la ordenación. Los dos procedieron a actuar como papas, y Roma comenzó a vivir en una tumultuosa confusión por el ruido producido por las facciones de ambos rivales. El Prefecto de Roma, Symmachus, hostil a Bonifacio, informó el problema al Emperador Honorius de Ravenna, y aseguró la confirmación imperial de la elección de Eulalius. Bonifacio fue expulsado de la ciudad. Sus partidarios, sin embargo, lograron hacerse oír por el emperador que convocó a un sínodo de obispos italianos en Ravenna para reunir a los papas rivales y discutir la situación (febrero, marzo, 419). Incapaz de alcanzar una decisión, el sínodo tomó unas pocas decisiones prácticas pendientes hasta un concilio general de obispos italianos, galos y africanos, a ser convocados en mayo para solucionar la dificultad. Pidió que ambos demandantes dejaran Roma hasta que se alcanzara una decisión, y prohibió el retorno bajo pena de condenación. Como Pascua, el 30 de marzo, estaba acercándose, Achilleus, Obispo de Spoleto, fue delegado para encabezar los servicios Pascuales en la vacante sede romana. Bonifacio fue enviado, aparentemente, al cementerio de Santa Felicitas en la Vía Salaria, y Eulalius a Antium. El 18 marzo, Eulalius volvió audazmente a Roma, reunió a sus partidarios avivando nuevamente la disputa, y rechazó con desprecio las órdenes del prefecto para dejar la ciudad; tomó la basílica de Lateran el sábado Santo (29 marzo), decidido a presidir las ceremonias pascuales. Las tropas imperiales fueron convocadas para deponerlo y hacer posible para Achilleus dirigir los servicios. El emperador, profundamente indignado con estos procedimientos, se negó a considerar nuevamente las demandas de Eulalius reconociéndose a Bonifacio como Papa legítimo (3 de abril, 418). Este último volvió a Roma el 10 abril y ge aclamado por el pueblo. Eulalius fue designado Obispo de Nepi en Toscana o de alguna sede en Campania, según los contradictorios datos de las fuentes del "Liber Pontificalis". El cisma había durado quince semanas. A comienzos de 420, la crítica enfermedad del papa, animó a los partidarios de Eulalius a hacer otro intento. Ya recuperado, Bonifacio pidió al emperador (1o. de julio, 420) prever alguna manera de evitar un nuevo cisma en el caso de su muerte. Honorius promulgó una ley estableciendo que, en el caso de elecciones Papales disputadas, no debe reconocerse ningún candidato, y debe efectuarse una nueva elección.

 

El reino de Bonifacio fue marcado por el gran celo y actividad en organizar la disciplina y la autoridad. Revirtió la política de su predecesor de dotar a ciertos obispos Occidentales con poderes extraordinarios del vicariato papal. Zosimus había dado a Patroclus, Obispo de Arles, extensa jurisdicción en las provincias de Viena y Narbonne, y lo había hecho intermediario entre estas provincias y la Sede Apostólica. Bonifacio disminuyó estos derechos primados y restauró los poderes metropolitanos de los obispos principales de provincias. Así él respaldó a Hilary, Arzobispo de Narbonne, en su elección de un obispo de la sede vacante de Lodeve, contra Patroclus que intentó designar a otro (422). Así, también, insistió para que Maximus, Obispo de Valencia, fuera juzgado por sus supuestos crímenes, no por un primado, sino por un sínodo de obispos galos, y prometió sostener su decisión (419). Bonifacio tuvo éxito en las dificultades de Zosimus con la Iglesia africana con respecto a las apelaciones a Roma y, en particular, en el caso de Apiarius. El Concilio de Cartago, habiendo escuchado las presentaciones de los delegados de Zosimus, envió a Bonifacio el 31 mayo, 419, una carta en respuesta al commonitorium de su predecesor. Declaraba que el concilio había sido incapaz de verificar los cánones que los delegados habían citado como de Nicena, pero que más tarde resultaron ser de Sardican. Estaba de acuerdo, sin embargo en observarlos hasta que pudiera efectuarse la comprobación. Esta carta se cita a menudo para ilustrar la actitud desafiante de la Iglesia africana ante la Sede Romana. Un estudio imparcial de la misma, sin embargo, debe llevar a una conclusión no más extrema que la de Dom Chapman: "fue escrita con considerable irritación, aunque en un muy estudiado tono moderado"(Revisión de Dublín. Julio, 1901, 109-119). Los africanos estaban irritados ante la insolencia de los delegados de Zosimus y se indignaron por ser instados a obedecer leyes que pensaron no tenían una consistente fuerza en Roma. Esto ellos se lo manifestaron a Bonifacio directamente; todavía, lejos de repudiar su autoridad, le prometieron obedecer las leyes sospechosas, mientras que reconocieron la función del Papa como guardián de la disciplina de la Iglesia. En 422 Bonifacio recibió la apelación de Anthony de Fussula que, a través de los esfuerzos de San Agustín, había sido depuesto por un sínodo provincial de Numidia, y decidió que debía ser restaurado en el caso de que su inocencia se estableciera. Bonifacio apoyó ardientemente a San Agustín en su combate contra el Pelagianismo. Habiendo recibido dos cartas de Pelagian que calumniaban a Agustín, se las envió. En reconocimiento de esta lealtad Agustín dedicó a Bonifacio su respuesta, contenida en "Contra das Epístolas Pelagianoruin Libri quatuor".

 

En el Este, mantuvo celosamente su jurisdicción sobre las provincias eclesiásticas de Illyricurn, sobre las que el Patriarca de Constantinopla estaba intentando afianzar el mando a causa de volverse una parte del imperio Oriental. El Obispo de Thessalonica había sido constituido vicario papal en este territorio, mientras ejercía su jurisdicción por encima de los metropolitanos y obispos. Por las cartas a Rufus, el titular contemporáneo de la sede, Bonifacio vigiló estrechamente los intereses de la iglesia de Illyrian e insistió en la obediencia a Roma. En 421, el descontento expresado por ciertos obispos, a causa de la negativa del Papa para confirmar la elección de Perigines como Obispo de Corinto a menos que el candidato fuera reconocido por Rufus, sirvió como pretexto para que el joven emperador Theodosius II concediera el dominio eclesiástico de Illyricurn al Patriarca de Constantinopla (14 julio, 421). Bonifacio protestó ante Honorius por la violación de los derechos de su sede, y prevaleció sobre él, que instó a Theodosius para que rescinda su promulgación. La ley no fue promulgada, pero permaneció en los códigos de Theodosian (439) y Justiniano (534) y causó muchos problemas a los papas subsiguientes. Por una carta del 11 marzo, 422, Bonifacio prohibió la consagración en Illyricum de cualquier obispo que Rufus no hubiera reconocido. Bonifacio renovó la legislación del Papa Soter, prohibiendo a las mujeres tocar los sagrados linos o intervenir en el quemado de incienso. Dio fuerza a las leyes que prohibían a los esclavos ser clérigos. Fue enterrado en el cementerio de Maximus en la Vía Salaria, cerca de la tumba de su favorito, San. Felicitas en cuyo honor y en gratitud por su ayuda, le había erigido un oratorio encima del cementerio que lleva su nombre.

 


Mariología XXIV

¿Cuáles son los fundamentos para considerar a María "Corredentora"?  (III/IV)

 

4) María Corredentora, visto como un dogma mariano que implica una verdad universal que es verdadera para todos los cristianos.

 

Al mismo tiempo, el dogma sobre el carácter corredentor de María, no estaría únicamente vinculado a una prerrogativa especial de María (como es el caso de su Inmaculada Concepción, esto es, el estar libre de cualquier mancha del pecado original, por medio del singular efecto anticipante del acto redentor de Cristo), sino que sería una cualidad análoga a todos los cristianos y a las personas verdaderamente religiosas, que compartirían con María en menor grado, el formar parte activa del acto redentor y la dispensación de la gracia de la redención. Esto aplica a los papas, los obispos, cada sacerdote y religioso, y a todos nosotros. Y ninguna criatura participó de manera tan activa y sublime en esta obra de la redención de Cristo, más que una Mujer y Madre: ¡María!

 

5) María Corredentora -- una victoria para el auténtico feminismo católico y una respuesta oportuna a formas erróneas del feminismo.

 

Parecería que este dogma también sería muy oportuno en nuestros días, como una expresión del "feminismo católico," o mejor aún, como una respuesta católica a la teología feminista, ya que este dogma no sólo mostraría, como lo han hecho los anteriores dogmas marianos, que nuestra Señora -como mujer- fue creada por Dios con una dignidad superior a todos los hombres y ángeles creados, y ocupa un segundo lugar después de Cristo, quien asimismo, es "Dios hecho hombre." Ya este hecho está suficientemente probado por los cuatro dogmas marianos anteriores. Este nuevo dogma de María en su función de Corredentora -más importante aún que la declaración de María como Madre de Dios- expresaría también la verdad de la singular participación activa y efectiva de María en el misterio de la redención. Vendría a contrarrestar la idea de que los seres humanos en general, y en particular las mujeres, son sólo vasos pasivos de la gracia divina, y que la Virgen María se convirtió en Madre de Dios, libre de todo pecado y exaltada sobre todas las criaturas, solamente por la gracia y elección de Dios, sin mayor necesidad de su propio y libre albedrío. Ahora bien, la necesidad de que María tomara una decisión voluntaria a efecto de lograr nuestra salvación, está implícita pero no explícitamente expuesta en ninguno de los anteriores dogmas marianos. Por lo tanto, esta nueva declaración de la doctrina tradicional, mostraría de una manera fresca, una eterna verdad sobre María y sobre la mujer; una verdad que siempre ha sido sostenida por la Iglesia, pero nunca establecida de manera clara e indubitable: la obra más grande del bondadoso amor de Dios - la redención de la humanidad y nuestra salvación-- es en cierto sentido, también la consecuencia del acto voluntario de una mujer y, por ello, también el regalo de una mujer a la humanidad. Y en tanto es verdadero el hecho de que existe un rol corredentor, de alguna manera amplio, en nuestra participación voluntaria con la dispensación de las gracias de Dios entre los miembros de la Iglesia, sigue siendo cierto que la forma eminente y singular es sólo de María y por ello sólo de una mujer.

 

La grandeza de esta enseñanza es que la Madre de Dios no sólo fue una mujer y un vaso escogido por la gracia de Dios, sino que a través de su fiat voluntario y totalmente libre y de sus obras (que incluyeron también haber aceptado con libertad el sacrificio de su Hijo único, como sucedió con Abraham), ella se convirtió -reconocidamente sólo de manera humana- en la co-causa de nuestra salvación, y ésta sería la prueba más fehaciente para mostrar la dignidad de la mujer y, asimismo, se complementarían los dogmas marianos y la carta apostólica Sobre la Dignidad de la Mujer. Sin duda, los sueños feministas más radicales acerca de la dignidad de la mujer y de su igualdad con el hombre, o incluso el llamamiento a reconocer un estatus superior para las mujeres en comparación con los hombres (con la excepción de Cristo), no tendrían parangón con la dignidad de una mujer vista a la luz de este nuevo dogma. Este dogma proferiría dignidad a los actos de la mujer que exceden en actividad, sublimidad y efectividad, a las obras de todas las demás criaturas puras y del hombre: de todos los reyes y políticos, pensadores, científicos, filósofos, artistas y artesanos, desde el principio del mundo hasta el fin del juicio y, en cierta manera, incluso de todos los sacerdotes exceptuando a Cristo; ya que todas las demás acciones sacerdotales actualizan solamente la gracia redentora y la acción de Cristo, pero el acto de María hizo que nuestra redención en sí fuera posible y, por lo tanto, interviniendo para que la humanidad recibiera el regalo más grande del divino Salvador en persona.

 

De todas estas evidencias se infiere, sin lugar a dudas, que María, de manera más perfecta que Abraham cuya acción el mismo Dios declaró ser co-causa de redención, debe ser proclamada como la Corredentora de todos nosotros.

 

6) Momento propicio para la declaración del dogma sobre María como Corredentora, como una formulación de la dignidad de la mujer y de la manera única en que María, como Mujer, participó del sacerdocio real conferido a todos los cristianos en el bautismo.

 

Asimismo, este dogma complementaría de una manera importante, el veredicto irreversible de la Iglesia Católica que va en contra de la ordenación de sacerdotisas. Este "No" de la Iglesia al sacerdocio de la mujer, tiene que verse a la luz del hecho de que la representación especial de Cristo a través del sacerdote, quien ofrece el sacrificio de la Misa renovando con ello de una manera no sangrienta el sacrificio de Cristo en la cruz, fue reservada, por la voluntad de Dios, únicamente para los hombres. Pero el dogma a proponerse de María como Corredentora, daría una magnífica defensa tanto del sacerdocio real de todos los cristianos, y de un único y sublime "sacerdocio femenino de María" (y de otras madres y mujeres de manera menos perfecta,).21 Debemos recordar que: Cada cristiano, hombres y mujeres, reciben en el bautismo el sacerdocio real, junto con la dignidad y vocación de reyes y profetas. Por lo tanto, el nuevo dogma a proponerse, pondría de relieve un verdadero carácter de María como única Mediadora de la gracia y así constituiría una importante verdad que vendría a complementar la insistencia de la Iglesia sobre la imposibilidad de que la mujer reciba el orden sacerdotal y que el sacerdocio especialmente ordenado, es aquél que Cristo ha reservado únicamente para los hombres. Si al menos uno de los elementos esenciales del sacerdocio es el de la "mediación" entre Dios y el hombre y una "mediación de la gracia," María, por medio de este dogma, también sería declarada como la más sublime Mediadora de Dios quien, por medio de su libre actuación, nos alcanza las gracias divinas y la propia salvación para toda la humanidad. Su acción no solamente actualiza el sacrificio y la gracia de Cristo después de su obra redentora, como lo hacen los sacerdotes, sino que de alguna manera, a través de su precedente "fiat", hizo posible la obra redentora de Dios mismo.22 Situación semejante es también verdadera para cualquier madre que pueda interceder, en cierto sentido, para que sus hijos reciban todas las gracias y, por lo tanto, también puede convertirse en co-causa de todos sus bienes temporales y eternos, incluyendo su redención.

 

El hecho de que el acto redentor divino dependiera de la libre elección y el fíat de María, es sólo la manifestación más sublime de un fenómeno mucho más universal que ilustra la esencia y la dignidad de las personas. Con frecuencia, Dios vincula su actividad divina con la libertad humana, como es el caso de la procreación de los seres humanos, la acción sacerdotal de celebrar la Santa Eucaristía, e inclusive con la propia redención.

 

7) Sobre el significado ético y bioético del nuevo dogma mariano propuesto: María Corredentora y la enseñanza de la Iglesia sobre la transmisión de la vida humana.

 

Un nuevo dogma sobre María como Corredentora también vertería una nueva luz sobre el rol de la familia en la Iglesia y sobre los aspectos metafísico y teológico de la procreación, ya que, de manera análoga a la obra corredentora de María, la procreación humana es principalmente un servicio a, y una cooperación con, un acto esencialmente divino de la creación, a través del cual sólo el alma humana y la persona del embrión, pueden ser creadas de la nada. Sin embargo, en el orden de la naturaleza y de la creación (a pesar del hecho de que "Dios puede de estas piedras dar hijos a Abraham," como dice San Juan el Bautista)23 la creación divina de personas humanas es mediada por la acción libre y la cooperación humana. Esta constituye una de las principales razones por las que la anticoncepción resulta inmoral.24 A este respecto, el que se pronunciara el nuevo dogma de María como Corredentora a través de nuestro Papa, constituiría una hermosa continuación de la misión especial del Papa actual, de extender las razones internas y los fundamentos metafísicos de la enseñanza de la Iglesia sobre la transmisión de la vida humana, que es en cierto sentido una co-creación -un ministerio que es sólo para y es co-causa de la creación divina-. De una manera sobrenatural pero verdaderamente semejante, el fíat de María y toda su vida y pasión espiritual al pie de la cruz, es un servicio a, una co-causa de nuestra redención.

 

De hecho, la teología del Nuevo Testamento podría aclarar la conexión que existe a este respecto entre la unión de María con Dios y la pareja humana, y la unión de la familiar con Dios, ya que también en la creación de cada persona humana nueva. Dios respeta la libertad humana y permite que los actos humanos voluntarios de los padres, se conviertan en co-causa de la creación de sus hijos de la nada. De una manera similar, el acto voluntario de María fue la co-causa de nuestra redención. Al mismo tiempo, y ya que los padres no pueden de ninguna manera crear ellos mismos una nueva alma humana sino solamente Dios, así María no puede redimir al mundo sino solamente Cristo. Por lo tanto, el nuevo dogma propuesto, de ninguna manera podría borrar el abismo que existe entre Dios y la persona creada de María, y tampoco la parte de María en la redención se asemejaría, y mucho menos se igualaría, al acto redentor de Dios.

 

8) María Corredentora y la culminación de los cuatro dogmas marianos.

 

Este dogma también arrojaría nueva luz en los otros dogmas marianos y en particular, explicaría de mejor manera el dogma de la Concepción Inmaculada y la razón por la que la Corredentora fue, debido a un singular privilegio de Dios, preservada de toda mancha de pecado original y personal, en virtud de que este hecho se presenta como muy adecuado para su función de Mediadora de la salvación como segunda Eva. Lo mismo se podría decir con certeza de su asunción corporal a los cielos y que es propio de la dignidad de aquella que, no sólo fue el vaso de la gracia de Dios, sino que a través de su libre cooperación, es Corredentora. Incluso el primer y más importante dogma mariano, que ella es verdaderamente la Madre de Dios, recibe un nuevo significado cuando uno contempla el activo rol de cooperación que desempeñó por lograr nuestra salvación y redención, mismo que era necesario para convertirse en la Madre de Dios. El nuevo dogma, como culminación de los dogmas marianos que le anteceden, los complementaría y completaría, explicando porqué no sólo adoramos y rendimos culto a Dios, quien ha creado y se ha servido de María como un vaso singular de su gracia, sino también la razón por la cual veneramos (y por supuesto nunca adoramos) a la persona de María como la Madre de Dios, que ciertamente lo es por la gracia de Dios, pero no sin ella misma, no sin su libre y heroica participación, por haber creído en la palabra del ángel y por la concepción de Jesús y la aceptación de las profecías de Simeón y lo que siguió, hasta el calvario.

 


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#2010 De: "Gonzalo" <lapalabra@...>
Fecha: Jue, 3 de Sep, 2009 10:51 am
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Jueves de la segunda

XXII del tiempo ordinario


San Gregorio Magno


Al ver esto Simón Pedro, cayó a los pies de Jesús


 

Colosenses 1,9-14

 

9 Por esta razón nosotros, desde el día en que lo oímos, no cesamos de rogar y pedir por vosotros, para que seáis llenos del conocimiento de su voluntad con toda sabiduría e inteligencia espiritual, 10 y os comportéis de una manera digna del Señor, intentando complacerle en todo, fructificando en toda obra buena y creciendo en el conocimiento de Dios, 11 dotados de una fortaleza a toda prueba por el poder de su gloria para así soportar todo con alegría y con paciencia; 12 dando gracias al mismo tiempo a Dios, que os ha hecho capaces de participar en la herencia de su pueblo en la gloria, 13 que nos rescató del poder de las tinieblas y nos transportó al reino de su Hijo querido, 14 en quien tenemos la liberación y el perdón de los pecados.

 

Salmo 97,2-4

 

2 El Señor ha dado a conocer su victoria,

ha revelado a las naciones su justicia;

3 se acordó de su amor y su lealtad

para con la casa de Israel;

todos los confines de la tierra han contemplado

la victoria de nuestro Dios.

4 Aclamad al Señor toda la tierra,

alegraos, regocijaos, cantad,

 

Lucas 5,1-11

 

1 Mientras la gente se agolpaba en torno a él para oír la palabra de Dios, él estaba junto al lago de Genesaret 2 y vio dos barcas situadas al borde del lago. Los pescadores habían bajado a tierra y estaban lavando las redes. 3 Subió a una de las barcas, que era de Simón, y le pidió que la separase un poco de la tierra. Se sentó en ella, y enseñaba a la gente desde la barca. 4 Cuando terminó de hablar, dijo a Simón: «Rema mar adentro y echad vuestras redes para la pesca». 5 Simón le respondió: «Maestro, hemos estado trabajando toda la noche y no hemos pescado nada, pero ya que tú lo dices, echaremos las redes». 6 Así lo hicieron, y pescaron tan gran cantidad de peces que casi se rompían las redes. 7 Hicieron señas a sus compañeros de la otra barca para que fueran a ayudarlos. Ellos acudieron, y llenaron tanto las dos barcas que casi se hundían. 8 Al ver esto Simón Pedro, cayó a los pies de Jesús, diciendo: «Señor, apártate de mí, que soy un hombre pecador». 9 Y es que tanto él como sus compañeros habían quedado pasmados ante la pesca realizada; 10 y lo mismo Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón. Jesús dijo a Simón: «No tengas miedo; desde ahora serás pescador de hombres». 11 Ellos llevaron las barcas a tierra, lo dejaron todo y lo siguieron.

 


 

Es sorprendente la suavidad con que Cristo va guiando a sus amigos hacia la conversión. En este pasaje, se nos cuenta cómo logró conquistar a Pedro.

 

El apóstol San Pedro, antes de conocer al Señor, era Simón el pescador. Un hombre recio, acostumbrado a la dura tarea de la pesca. Seguramente era uno de los más importantes del negocio y uno de los más respetados, debido a su carácter fuerte. Jesús se acercó a él, se subió a una de las barcas y le pidió que se alejara un poco para poder predicar a la muchedumbre. Pedro estaba pendiente del timón y de los remos, quizás sin escuchar las palabras del Señor.

 

Pero luego, Jesús le miró y le dijo que fuera mar adentro, a pescar. Simón se extrañó. ¿Pero cómo? ¿No sabe éste que yo soy un profesional? Si no he pescado nada durante la noche, ¿cómo voy a hacerlo a pleno día? Sin embargo, le dijo: Lo haré porque tú me lo pides.

 

Jesús esperaba estas palabras, esperaba un poco de humildad por parte de Pedro, el impetuoso. Fue entonces cuando se obró el milagro. “Y pescaron gran cantidad de peces”. Al ver lo sucedido, Pedro se olvidó de la pesca y cayó de rodillas ante Jesús.

 

El Señor sabía muy bien cómo ganárselo, con amabilidad, sin recriminaciones. Y luego le dijo: “No temas, desde ahora serás pescador de hombres”.

 


 

San Gregorio Magno

 

Etimológicamente significa “ vigilante”. Viene de la lengua griega.

 

GREGORIO MAGNO, DE LA FAMILIA DE LOS ANICIOS

 

Familia profundamente cristiana de la que ha llegdao a los altares; sus padres y sus dos tías, Társila y Emiliana. En este ambiente de religiosidad se desarrolló su espíritu mientras Roma llegaba a lo más bajo de la curva de su caída. Cuando el poder imperial fue restablecido en Roma, en manos ya de Constantinopla, Gregorio comienza su formación cultural. No sobresale en la literatura, pero sí en los estudios jurídicos, donde encuentra una magnífica preparación para sus futuras actividades. Terminada su carrera de Derecho, acepta del emperador Justino II el cargo de prefecto de Roma, con todas las funciones administrativas y judiciales.

 

GREGORIO MONJE

 

Per su corazón aspiraba a cosas más altas, y tras una desgarradora lucha interior, que manifiesta en una carta a su amigo San Leandro de Sevilla, Roma ve un día cómo su prefecto cambia sus ricas vestiduras por los austeros hábitos de los campesinos que San Benito había adoptado para sus monjes. Su mismo palacio del monte Celio fue transformado en monasterio. Gregorio es feliz en la paz del claustro, aunque pronto será arrancado de ella por el mismo Sumo Pontífice, que le envía como Nuncio a Constantinopla. De aquí en adelante añorará siempre aquellos cuatro años de vida monacal.

 

EL MONJE GREGORIO, PAPA

 

En 586, llega a Roma cuando las aguas del Tíber se desbordan y siembran la desolación. Personas ahogadas, palacios destruidos, hambre y la peste. Una de las víctimas de la peste es el Papa Pelagio II. Y Gregorio es elegido Papa para suceder a Pelagio, quedando apartado de la soledad que buscaba en el monasterio. Ya no vivirá más la paz de la vida monacal, pero la espiritualidad de aquellos hombres entregados a la oración le marcará para siempre. En su fecundo Pontificado, destaca su celo por la liturgia, la organización definitiva del canto litúrgico, que se conoce aún con el nombre de "canto gregoriano". Era el “Psalite sapienter” del salmo y de San Benito, cuyo estilo y estética litúrgicos, ha heredado también Benedicto XVI, a más del nombre del Fundador de los Monjes de Occidente y Patrono de Europa: San Benito.

 

Gregorio es el pastor auténtico, que quiere lo mejor para sus ovejas que viven en la unidad del mismo Amor. No ahorrará para ello trabajos ni sacrificios. Su voz se levanta potente y su pluma escribe sin descanso; el que no había sobresalido en sus estudios literarios nos ha legado un tesoro inagotable en sus escritos, de estilo sencillo y cordial. Y no se contenta con las ovejas que ya están en el verdadero redil; su corazón se lanza a la conquista de Inglaterra, ganándola para el catolicismo. Para todos es el padre amante, cuyas preocupaciones son las de sus hijos. Su honor es el de la Iglesia universal y su grandeza el ser y llamarse "Siervo de los siervos de Dios", título que pasarán a utilizar desde entonces todos los Papas.

 

VIRTUDES DEL PASTOR

 

"Importa que el pastor sea puro en sus pensamientos, intachable en sus obras, discreto en el silencio, provechoso en las palabras, compasivo con todos, más que todos levantado en la contemplación, compañero de los buenos por la humildad y firme en velar por la justicia contra los vicios de los delincuentes. Que la ocupación de las cosas exteriores no le disminuya el cuidado de las interiores y el cuidado de las interiores no le impida el proveer a las exteriores", escribe San Gregorio Magno en su "Regla Pastoral", y éste fue el programa de su actuación. Genio práctico en la acción, fue ante todo el buen pastor cuya solicitud se extiende a toda su grey. No es tan sólo Roma la que merece sus cuidados, sino todas las Iglesias España, Galia, Inglaterra, Armenia, el Oriente, toda Italia, especialmente las diez provincias dependientes de la metrópoli romana. Fue incansable restaurador de la disciplina católica. En su tiempo se convirtió Inglaterra y los visigodos abjuraron del arrianismo.

 

EL CULTO Y LA CARIDAD

 

Renovó el culto y la liturgia y reorganizó la caridad en la Iglesia. Sus obras teológicas y la autoridad de las mismas fueron indiscutidas hasta la llegada del protestantismo. Dio al pontificado un gran prestigio. Su voz era buscada y escuchada en toda la cristiandad. Su obra fue curar, socorrer, ayudar, enseñar, cicatrizar las llagas sangrantes de una sociedad en ruinas. No tuvo que luchar con desviaciones dogmáticas, sino con la desesperación de los pueblos vencidos y la soberbia de los vencedores.

 

La obra realizada por San Gregorio Magno fue inmensa; aunque con su gran humildad, había procurado por todos los medios no aceptar el mando supremo de la Iglesia. Pero una vez elegido Papa por el clero, el senado y el pueblo fiel, y bien vista su elección por el emperador, se entregó a aquella tarea para la que toda su vida anterior había sido una providencial preparación.

 

JUAN PABLO I SE PROPUSO IMITARLE

 

Al tomar posesión de la Catedral de San Juan de Letrán, pronunció estas palabras Juan Pablo I: “En Roma, estudiaré en la escuela de San Gregorio Magno, que dice: «Esté cercano el pastor a cada uno de sus súbditos con la compasión. Y olvidando su grado, considérese igual a los súbditos buenos, pero no tenga temor en ejercer, contra los malos, el derecho de su autoridad. Recuerde que mientras todos los súbditos dan gracias a Dios por cuanto el pastor ha hecho de bueno, no se atreven a censurar lo que ha hecho mal; cuando reprime los vicios, no deje de reconocerse, humildemente, igual que los hermanos a quienes ha corregido y siéntase ante Dios tanto más deudor cuanto más impunes resulten sus acciones ante los hombres » (Reg. past. parte II, 5 y 6). Murió el 12 de marzo de 604.

 


Mariología XXIII

¿Cuáles son los fundamentos para considerar a María "Corredentora"?  (II/IV)

 

Dr. Josef Seifert

 

1) María Corredentora es una consecuencia lógica y necesaria de la enseñanza bíblica y católica sobre la necesidad de cooperar libremente con la gracia.

 

Es claro que pocas enseñanzas distinguen más al catolicismo de las varias confesiones protestantes, como la insistencia que hace la Iglesia Católica en la Carta de Sn. Santiago y de otros muchos textos bíblicos, según los cuales no sólo la fe (sola fides) y no sólo la gracia (sola gracia), sino solamente la fe formada por el amor, una fides caritate formata, y las obras voluntarias, pueden satisfacer a nuestra justificación. En una palabra, la necesidad de nuestra libre cooperación con la gracia como una condición necesaria para nuestra salvación, es un elemento esencial de la fe católica.11 Con San Agustín, la Iglesia cree: "Qui creavit te sine te, non justificat te sine te" (Él que te creó sin ti, no te justificará sin ti).

 

A la luz de esta enseñanza, se sigue como una consecuencia lógica y necesaria, que María también tuvo que cooperar libremente con la gracia y, por lo tanto, también con la gracia muy particular que se le dio de convertirse en la madre de Dios. Su respuesta al ángel Gabriel fue, según la Biblia y como consecuencia lógica de los dogmas respecto a la justificación, claramente libre y requerida por Dios con objeto de convertirla en la madre de Dios. Un dogma sobre la función corredentora de María tendría, por lo tanto, que fluir necesariamente de los dogmas precedentes sobre la necesidad de cooperar libremente con la gracia y, al mismo tiempo, confirmar de manera nueva y solemne la enseñanza católica clásica sobre la justificación.

 

A la luz de la clara enseñanza católica, un dogma sobre la función corredentora de María sólo confirmaría la eterna enseñanza católica sobre la justificación según la cual, la libertad personal es un factor indispensable y es necesario que el hombre coopere libremente con la gracia divina. Sin embargo, la función de María de cooperar libremente con la gracia y que no se limita a su primer fiat voluntario, sino que abarca toda su vida, ya que el haber estado libre de todo pecado personal (que es parte del dogma de la Inmaculada Concepción, al menos por extensión), también abarcó la cooperación voluntaria que tuvo a lo largo de su vida, difiere en su carácter sublime y en su efecto, al de todas las demás criaturas.112 Esta libre cooperación, que posee un significado corredentor único, culmina con la co-pasión y co-crucifixión de María en el calvario, donde ella vivió y participó a través de la pasión de su Hijo, tal como lo había profetizado Simeón,13 ya que no sólo tenía que cooperar con su propia justificación y con la de otros, sino también con la redención de todo el mundo. Y esta tan singular cooperación voluntaria con la redención (que es una consecuencia de su especial caracterización como Madre de Dios y de la necesidad universal de cooperar voluntariamente con la gracia), distingue la función corredentora de María del rol más general que se nos exige a nosotros de cooperar voluntariamente. Además, la función corredentora de María es por mucho, más significativa que una función similar otorgada a los ancestros de Cristo y los patriarcas. Por lo tanto, el dogma de María como Corredentora enfatizaría asimismo un efecto activo único (aunque posible solamente por medio de la gracia sobrenatural) y un aspecto verdaderamente creativo sobre los actos libres de María,14 de su fíat voluntario (en unión con y con radical subordinación como criatura a, el acto redentor de Cristo). El carácter corredentor único y activo de su fiat voluntario, va mucho más allá de la aceptación voluntaria de la gracia a la que también están llamados otros cristianos.

 

2) El dogma de la corredención, declaración infalible de Dios: Fundamentos bíblicos sólidos del dogma propuesto de María como Corredentora, el rol singular de los judíos y el de María (mujer) para nuestra salvación.

 

Hasta aquí se hace evidente el porqué este nuevo dogma que se está proponiendo, surge lógicamente de la enseñanza católica sobre la justificación. Pero, ¿corresponde también con la Biblia?

 

Existen algunos textos de la Escritura que pueden ser citados y que apoyan directamente la función de María como Corredentora.115 De hecho, el Evangelio habla de manera muy clara del respeto a la libertad del hombre, cuando el ángel de Dios aguarda la respuesta (de María) después de su anuncio; contesta sus preguntas, y espera recibir su fiat voluntario antes de irse.16

 

El Antiguo Testamento describe esta función corredentora (de María) quizás de una manera más contundente, al afirmar que Dios pondrá enemistad entre el diablo (la serpiente) y la mujer, incluso antes de atribuir a su semilla (Cristo) que "pisaría la cabeza de la serpiente," y posiblemente atribuyendo a la propia María este acto de pisar la cabeza de Satanás, una aseveración que podría incluso implicar una manifestación bíblica más directa de su oficio mediador y corredentor.17

 

Por lo tanto, existen claras referencias bíblicas con respecto al oficio corredentor de María, pero yo creo que la prueba bíblica más evidente y directa de la verdad de este propuesto dogma, viene del Antiguo Testamento, en donde no se habla de la persona de María, pero nos permite extrapolar lo que se dice de otra persona y aplicarlo a María, aunque haciéndolo de manera más perfecta. Si se toma la corredención en un sentido más amplio, obviamente se puede atribuir también a otras personas además de María; e incluso, en este sentido inferior, el propuesto dogma (que refiriéndose a María encuentra una mayor justificación) encuentra en la Biblia, una espléndida y sumamente sólida confirmación. De hecho, al dirigirse Dios a Abraham, es Él mismo quien declara su oficio corredentor como causa parcial de la redención, diciéndole directamente, y con las palabras más fuertes posibles, que porque Abraham no escatimó a su hijo, su único Hijo, también Dios bendecirá a todas las naciones en él, una promesa que Dios cumplió cuando envió al su Hijo Unigénito, a quien no salvó de la muerte como lo había hecho con Isaac, con objeto de que su Hijo Unigénito redimiera al mundo. Consideremos estas increíbles palabras que Dios le dirigió a Abraham, después de haber prevenido el sacrificio de Isaac, que inicialmente había ordenado:

 

"Por mí mismo juro, oráculo de YAHVÉH, que por haber hecho esto, por no haberme negado tu hijo, tu único, yo te colmaré de bendiciones, y...Por tu descendencia se bendecirán todas las naciones de la tierra; en pago de haber obedecido tú mi voz (Gn.22:16-18)."18

 

Al haber dicho y repetido la maravilla de que el acto redentor de Dios de bendecir a todas las naciones por medio de la descendencia de Abraham se llevó a cabo por el acto de Abraham, Dios mismo atribuye un oficio corredentor a Abraham, a cuyo acto voluntario de sacrificio, Dios responde redimiéndonos.19 Por lo tanto, se podría decir que en la Biblia, Dios mismo declaró y definió sin ambigüedad el oficio corredentor de los actos humanos voluntarios como co-causas de la redención. La Iglesia, al declarar solemnemente a María como Corredentora, sólo confirmaría con ello la divina declaración de esta verdad y, aplicaría a María de manera singular, lo que Dios mismo ha pronunciado claramente con Abraham: que en virtud del fiat voluntario (corredentor) de María, todo el mundo fue redimido. Porque María dijo "He aquí la esclava del Señor," y no sustrajo de Dios y de su plan amoroso ni su voluntad, o su vientre, o todo su ser, nisiquiera a su único hijo, todos hemos sido redimidos. En esta verdadera pero profundamente misteriosa dependencia del acto redentor de Dios en la humana y libre decisión de María, emerge con claridad en nuestras mentes, la total e inefable dignidad y misión de la persona humana.20

 

El dogma de María como Corredentora, si se llega a declarar, enfatizaría también la función universal y la misión que tienen todos los seres humanos quienes, al cooperar con la gracia de Dios, están completando la obra redentora de Cristo.

 

Este dogma también enfatizaría de manera especial el rol corredentor que tienen los judíos, quienes son hasta cierto punto, co-partícipes con María, del pueblo escogido por Dios. Existe una razón cristiana específica, por la que los judíos son la nación de entre las demás naciones: Dios envió a su Hijo a toda la humanidad, pero lo hizo no por medio de una acción exclusiva de su voluntad misericordiosa y omnipotente, sino también pidiendo y, presuponiendo, la cooperación voluntaria de ciertas personas humanas, una cooperación libre a la que está llamado cada ser humano, pero de manera única a aquellos que sin su libre cooperación, la encarnación y redención del mundo no se habría llevado a cabo, e incluso esta libre cooperación puede ser considerada como una mediación de la salvación, por medio de la libertad humana. Y precisamente esta mediación - aunque en un sentido más amplio concierne a todas las personas humanas - debe ser en primer lugar atribuida a los judíos, principalmente a María, la Virgen Madre de Dios judía, quien fuera la mediación para nuestra salvación por medio de su fiat voluntario, convirtiéndose así en Corredentora. Sin embargo, esta mediación única de María como madre de todas las gracias, también se aplica, en un sentido más amplio, a todos los judíos, desde Noé y Abraham hasta María, quien participó de alguna manera como mediadora para nuestra redención, y especialmente para Abraham, cuyo oficio corredentor, Dios mismo asegura de la manera más directa y enternecedora. Por lo tanto, la salvación de toda la humanidad - que es la fruta no merecida y gratuita de la voluntad redentora y la obra de la gracia de Dios - no sólo dependió del fíat voluntario de María, sino también de que muchos otros patriarcas importantes y ancestros de Cristo de nacionalidad judía, aceptaron libremente a Dios. En este sentido, todos esos judíos que participaron en el misterio de la encarnación de Dios, podrían recibir el título - aunque a un nivel mucho más limitado - que la Iglesia otorga a María: Ya que ella es corredentora (Co-redemtrix), los judíos quienes, como Abraham, cooperaron con la voluntad de Dios, también son corredentores. Por ello, el pronunciamiento de este dogma también enfatizaría, en María, el rol singular que tienen los judíos y, más propiamente, el de una mujer judía, la Virgen Madre de Dios, en llevar salvación a la humanidad -no sólo como un objeto del amor divino o un vaso pasivo de su gracia- sino también como agentes que cooperan libremente.

 

3) "María Corredentora" sería el ´dogma personalista´ más explícito de María y por lo tanto muy oportuno.

 

Un dogma que declare a María como Corredentora, ofrecería un testimonio único de la libertad plena con que cuenta el ser humano, como ya lo hemos visto, y del respeto que Dios tiene por la libertad humana. Este dogma reconocería de manera determinante, que la libre decisión de la persona humana de María, quien no se convertiría en la Madre de Dios sin su fíat voluntario -una decisión que no fue causada exclusivamente por la gracia divina, sino que también fue el fruto de su decisión muy personal- fue necesaria para nuestra salvación, o que por lo menos jugó una parte indispensable en la manera concreta en que Dios escogió nuestra redención.

 

En nuestra era, en la que se ha desarrollado más profundamente una filosofía personalista como nunca antes en la historia de la humanidad, y en la que al mismo tiempo reinan terribles ideologías anti-personalistas, un dogma como éste sería bien recibido, confirmando en máximo grado la dignidad de la libertad humana.

 

En todo esto, yo vería que la proclamación de este dogma tendría un valor crucial y un gran significado para nuestro siglo en el que, tanto ha emergido una nueva consciencia de la dignidad personal, como en el que la persona ha sido más humillada en la acción y negada en la teoría (también en muchas teorías pseudo-personalistas y de orientación ética) como nunca antes se había visto.

 


Que la gracia y la bendición del Padre se derrame sobre todos nosotros

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#2009 De: "Gonzalo" <lapalabra@...>
Fecha: Mié, 2 de Sep, 2009 9:21 am
Asunto: Miercoles 2 de septiembre de 2009. La Palabra Binaria.
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Miércoles de la segunda

XXII del tiempo ordinario


San Antolin de Pamiers


Jesús imponía las manos sobre cada uno de ellos y los curaba


 

Colosenses 1,1-8

 

1 Pablo, apóstol de Jesucristo por voluntad de Dios, y Timoteo, el hermano,  2 a los creyentes y fieles hermanos en Cristo residentes en Colosas. Os deseamos la gracia y la paz de Dios nuestro Padre. 3 Damos gracias a Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, orando siempre por vosotros, 4 porque estamos informados de vuestra fe en Cristo Jesús y del amor fraterno que tenéis a todos los creyentes 5 por la esperanza de lo que os está reservado en los cielos, de la que ya oísteis hablar por la palabra de la verdad del evangelio 6 que llegó hasta vosotros, y que, como fructifica y crece en todo el mundo, así también ha sucedido entre vosotros desde el día en que oísteis y conocisteis la gracia de Dios en la verdad, 7 conforme la aprendisteis de Epafras, nuestro querido compañero y fiel ministro de Cristo en lugar nuestro, 8 quien también nos ha manifestado lo que nos amáis en el Espíritu.

 

Salmo 51,10-11

 

10 Mas yo, como un olivo verde en la casa de Dios,

confío constantemente en la misericordia del Señor.

11 Te estaré eternamente agradecido por todo lo que has

hecho, proclamaré las bondades de tu nombre delante de

tus fieles.

 

Lucas 4,38-44

 

38 Salió de la sinagoga y fue a casa de Simón. La suegra de éste se encontraba enferma con fiebre muy alta, y le pidieron que la curara. 39 Él se inclinó sobre ella, ordenó a la fiebre, y la fiebre la dejó. Ella se levantó inmediatamente y se puso a atenderle. 40 A la puesta del sol, todos los que tenían enfermos de cualquier dolencia se los llevaron; Jesús imponía las manos sobre cada uno de ellos y los curaba. 41 De muchos salían también los demonios, gritando: «Tú eres el hijo de Dios». Pero los reprendía y no les dejaba hablar, porque sabían que él era el mesías. 42 Al amanecer se fue a un lugar solitario, y la gente andaba buscándolo. Lo encontraron y trataron de que no se alejara de ellos. 43 Pero él les dijo: «Debo anunciar también el reino de Dios a las demás ciudades, porque para esto he sido enviado». 44 E iba predicando por las sinagogas de Judea.

 


 

Nunca tiene un rato de descanso Jesús. No había llegado todavía a casa de su amigo Pedro cuando ya le piden un milagro. Y por la tarde vinieron a suplicarle que sanara a otros enfermos. Y al salir el sol le seguían buscando incluso en el desierto.

 

¡Qué grande es el Corazón de Cristo! Qué paciente, las veinticuatro horas del día, sin pedir nada a cambio. La Palabra ablanda cualquier corazón, aunque sea más duro que las piedras.. Le apasionaba su misión. Sabía que tenía que aprovechar los tres años de vida pública y no se permitió ni un momento de reposo.

 

Esto nos enseña a tomarnos en serio nuestra vida. El tiempo que Dios nos ha concedido no puede tirarse a la basura con entretenimientos estériles. Hay mucho que hacer, y algún día nos pedirán cuentas de lo que hayamos hecho. Seguro que tienes varias tareas pendientes que están esperando su momento. ¿Y cuando llegará? Quién sabe.

 

Es cuestión de organizarse bien, de tener el día programado para rendir al máximo, aun sacrificando el tiempo dedicado a la televisión. Debemos ser exigentes con el uso de las horas. No pueden desperdiciarse, porque nunca más volverán. Primero es necesario establecer una jerarquía. ¿Qué es lo más importante para mí? No hay que descuidar el trabajo, ni la familia, ni los momentos para Dios, ni las actividades que enriquezcan a los que viven en la misma ciudad o país. Sepamos sacarle el jugo a la vida que Dios nos ha regalado.

 


 

San Antolin de Pamiers

 

El patrono de los cazadores españoles y de la ciudad de Palencia fue un joven que anduvo entre dos frentes: el de la lucha y la soledad.

 

Había nacido en la parte sur de Francia, en Narbona cuando mediaba el siglo III de nuestra era. Como era un espíritu aventurero, se marchó pronto a Italia. En la ciudad de Palermo lo ordenaron de sacerdote, debido a su predicación y a sus dotes, entre las cuales se destacaba la santidad de vida personal y su irradiación a los demás.

 

En Palermo estuvo nada menos que 18 años trabajando por el reino de Dios mediante el anuncio del Evangelio.

 

Por razones personales volvió a Francia. Y en ese tiempo reinaba en esta región, perteneciente a Toulouse, su tío Teodorico. Una vez que se enteró de que su sobrino era cristiano, lo mandó prender y durante siete días no le dio alimento ni agua. Sin embargo, un amigo suyo – para algo sirven los auténticos amigos -, le ayudó a escondidas. Así pudo soportar el hambre a la que le sometió el pagano gobernante.

 

Le sobrevino la muerte a su tío. Entonces quedó libre. Buscó la soledad de un bosque cercano para vivir en paz, oración y tranquilidad, y alejado del mundanal ruido.

 

Galacio, nombre del que sucedió a su tío en el reino, era también de armas tomar. Siguiendo la conducta de su antecesor, lo metió de nuevo en la cárcel. Esta vez no estaba ya solo. Un buen grupo de amigos, convertidos al cristianismo, lo acompañaron para sufrir el martirio por la fe en el Señor. Sus cuerpos se arrojaron al río Aregia.

 

Se cuenta que el rey Sancho de Navarra, muy aficionado a la caza, fue a una cacería de ciervos. Y andando se encontró con una cueva. Vio un animal e intentó matarlo, pero su mano quedó paralizada. Esta cueva se mantiene en la cripta de la catedral de Palencia.

 


Mariología XXIII

¿Cuáles son los fundamentos para considerar a María "Corredentora"?  (I/IV)

. Josef Seifert

 

El Prof. Dr. Josef Seifert es Rector de la Academia Internacional de Filosofía en Liechtenstein y filósofo reconocido internacionalmente. También es miembro de la Academia Pontificia para la

 

Mis dudas iniciales relacionadas con la conveniencia de un dogma de María como Corredentora y Mediadora1

 

Cuando el Profesor Mark Miravalle compartió conmigo la información relacionada con los esfuerzos y oraciones que muchos católicos estaban haciendo para obtener un nuevo dogma que declarase a María -en cooperación con, y radicalmente subordinada como criatura a su divino Hijo- como Corredentora y Mediadora de todas las gracias,  al principio tuve dudas de brindar mi apoyo en favor de la declaración de este doble (o triple) dogma mariano; ya que llamar a María Mediadora de todas las gracias, parecería una exageración y casi contradictorio: ¿cómo podría ser Mediadora de las gracias que recibieron Adán y Eva, o Abraham, o sus antepasados, o de aquellas gracias que ella misma recibió, tales como la Concepción Inmaculada? Por otro lado, el darle a María el título de Corredentora me parecía en primera instancia, que se trataba de una creencia católica meramente marginal y que es susceptible de muchos malentendidos, en virtud de que hay un sólo Salvador y Redentor, Jesucristo. Pensé que una declaración dogmática de esta verdad, aunque creía firmemente en ella, sería innecesaria y hasta indeseable por varias razones: Obligaría a todos los creyentes a aceptar una verdad que

 

(1) No parecería estar separada del depósito de la fe,

 

(2) No estaría exenta de ocasionar enormes malentendidos que eliminarían la diferencia que hay entre Dios y el hombre, y convertirían a María en una especie de cuarta persona divina.

 

(3) Además, esta doctrina no me parecía suficientemente importante como para justificar una formulación dogmática, ya que un dogma no sólo afirma la verdad objetiva e inmutable de una verdad revelada de manera sobrenatural o de una doctrina propuesta por la fe (como en el caso de la habilidad del hombre para conocer la existencia de Dios y algunos de sus atributos por medio de la razón, un contenido filosófico definido por el Vaticano I), sino que va más allá; un dogma obliga a que todos los creyentes lo acepten, e involucra, y en algunos casos hasta crea, la obligación moral de que todos los fieles consientan con esa verdad de la fe católica que se declaró como dogma, como una condición para alcanzar la salvación eterna. Por lo tanto, un dogma es un asunto muy serio que no debe tomarse a la ligera.

 

Algunos dogmas, tales como el de la Divinidad de Cristo, están formulados con tan claros contenidos basados en la Escritura y la fe cristiana, que su fiel aceptación era algo obligado para los cristianos mucho antes de que se declararan como dogmas.

 

Otros dogmas, sin embargo, bien pudieron haber sido rechazados por buenos y santos cristianos antes de su declaración dogmática, pero a partir de su declaración, es obligatorio para todos los católicos aceptarlos como parte de la revelación infalible del depositum fidei. En esta segunda categoría de dogmas podemos considerar el dogma mariano de la Inmaculada Concepción el cual, en el momento de llevarse a cabo y antes de su declaración y contando con la participación de muchos teólogos importantes, santos y beatos, como por ejemplo Duns Scoto, era al mismo tiempo rechazado por otros, como Santo Tomás de Aquino, quien exponía enérgicos argumentos en contra de esta enseñanza. De cualquier modo, a partir de la declaración dogmática de la Inmaculada Concepción, ya ningún católico es libre de tener dudas o rechazar este dogma sin ir contra la fe católica y traicionarla. Al obligar, a través de un dogma, a todos los fieles a que consientan con la doctrina de María como Corredentora y Mediadora, daría la impresión de que la Iglesia está otorgando una exagerada importancia a esta verdad que es meramente significativa, provocando que su aceptación sea cuestión necesaria para la salvación. Ciertamente parecería cosa difícil exigir que todos los fieles consientan con este aspecto tan particular e incomprensible del oficio y las actividades de María, especialmente en una época en que aún los contenidos más elementales del Credo son desconocidos y hasta negados por muchos.

 

(4) Además, una declaración dogmática de tal envergadura, en la que yo no creí por largo tiempo, no me parecía especialmente oportuna (por el hecho de que la Iglesia en la actualidad se encuentra agitada hasta sus cimientos por temas de mayor importancia, y las máximas doctrinas católicas están en peligro, como es el caso de la verdadera divinidad de Cristo, la posibilidad de conocer la existencia de Dios y algunos de sus atributos divinos, la existencia del alma, la vida inmortal y eterna, la virginidad corporal de María, la existencia intrínseca de actos malvados,5 etc.).

 

(5) Más aún, un dogma mariano como éste, en virtud de que aparentemente no posee ninguna raíz bíblica, parecería estar basado únicamente en la sagrada tradición oral y, por ello, pondría nuevos obstáculos en el camino para que los Judíos o los Protestantes, que se orientan exclusivamente por la Escritura, aceptaran a la Iglesia Católica, y posiblemente esto también dividiría de nuevo a la propia Iglesia Católica, sobre un tema innecesario (porque un "dogma" sobre la corredención mariana sin duda aparecería, para muchos católicos bien intencionados y ortodoxos, como una enseñanza exagerada y problemática). De hecho, la mayoría de los católicos y teólogos de la actualidad, sienten algo de vergüenza de que la Iglesia Católica afirme tener la autoridad del Espíritu Santo para formular proposiciones de verdad infalible o de poseer, antes de cualquier declaración dogmática, la infalibilidad general del sensus fidelium en relación con todas las enseñanzas esenciales dogmáticas y morales de la Iglesia.

 

Primera resolución a mis dudas iniciales relacionadas con la conveniencia de un dogma de María como Corredentora-Mediadora

 

Si bien estos reparos dejaron serias dudas en mi mente por largo tiempo, de si sería justificable la declaración de un dogma como éste, y aún cuando no hay indicio de que estas dudas se hayan disipado hasta ahora, habiendo reflexionado más seriamente y en oración, llegué a la conclusión de que ninguno de estos argumentos son decisivos en contra del dogma que Vox Populi Mariae Mediatrici busca obtener. Cada vez más me parecía verdad lo contrario de los argumentos objetados. A continuación deseo mencionar sólo de manera breve, las principales etapas por las que pasé para llegar a esta conclusión, que aclararé con mayor profundidad a lo largo de esta disertación, según es mi objetivo:

 

(Ad 1) Me parecía cada vez más evidente que esta doctrina de María como Corredentora no era meramente marginal, sino que estaba esencialmente unida con otros dogmas católicos, especialmente con el de la justificación a través de la gracia, pero no sin las obras realizadas voluntariamente, a tal grado, que el dogma de María Corredentora podría ser considerado como una mera conclusión lógica de los dogmas que ya existen. De hecho, la creencia en sí de que María es Corredentora, ya no me parecía marginal, no más que los dogmas marianos anteriores. Por supuesto que esto resulta bastante obvio para los dos primeros dogmas marianos. No tengo ninguna duda de que la declaración dogmática del concilio de Efeso, que pronunció a María como verdadera Madre de Dios, y la declaración dogmática de su virginidad perpetua, especialmente antes del nacimiento de Jesús, están centralmente conectadas con la divinidad de Jesús y con la verdad de su encarnación, y por ende, con la parte medular de nuestra fe, y en mi opinión, de una mayor manera que la doctrina de María como Corredentora. Por lo tanto, el dogma de María como Madre de Dios ya estaba definido en los primeros siglos de la Iglesia y fue crucial en los tiempos del arrianismo y a lo largo de la historia de la Iglesia. También la enseñanza de la virginidad de María al momento de concebir a Cristo, fue definida mucho antes que los otros dos dogmas marianos, y es una sólida confirmación del verdadero misterio que hay en la encarnación de Dios en Jesús y que constituye el núcleo de nuestra fe. Los otros dos dogmas marianos que vinieron después, no se pueden poner al mismo nivel con respecto a su unión esencial con la fe cristiana. Incluso dentro de la declaración dogmática de la perpetua virginidad de María (antes, durante y después del nacimiento de Cristo), encontramos un gradual significado de estas tres verdades, y en tanto que algunas partes de este dogma tienen un significado mucho más importante para la fe católica, otros podrían percibirse como menos significativos. La verdad de la virginidad de María antes del nacimiento de Jesús, podría parecer más esencial para nuestra fe que la declaración de su sagrada virginidad después del nacimiento de Jesús, aún cuando es algo hermoso y conveniente. Es claro que su virginidad antes y después del nacimiento, en el sentido de no haber tenido relaciones sexuales con José u otro hombre, es más importante para nuestra fe, que la declaración de -el milagro de- su virginidad puramente biológica durante el nacimiento, lo cual, de incluirse en un dogma, hasta nos parecería extraño, a tal grado que algunos han dudado de su carácter dogmático con serios argumentos.

 

La enseñanza de María como Corredentora es, sin embargo, posiblemente más central a la fe católica que el dogma previamente definido de la Inmaculada Concepción de María (enseñanza que hasta el universal y seráfico doctor Santo Tomás había rechazado antes de su definición). Antes de que se declarara este dogma de que María fue preservada inmune de toda mancha de culpa original antes de la muerte de Cristo y de estar libre de todo pecado personal, que no parece estar inseparablemente ligado con ningún dogma cristológico, no obligaba de la misma manera a todos los católicos a creerlo, ya que, en la percepción de algunos, no está unido de manera clara con el centro de la fe católica, y hasta le parecía a Santo Tomás que contradecía con la fe de que toda redención y toda limpieza de pecado original y de los pecados personales, nos viene solamente a través de la crucifixión y resurrección de Cristo Jesús. Aún así, esta enseñanza fue declarada como dogma, a pesar de ser menos importante para nuestra fe. El dogma de la asunción corporal de María a los cielos, se presenta aún menos unido en su esencia, con el centro de la fe católica, que el de la Inmaculada Concepción de María o su función como Corredentora y, sin embargo, esta gloriosa verdad sobre María, también fue declarada dogma por la Iglesia Católica, por medio del papa Pío XII. Este dogma que tiene que ver con la fiesta más importante de María, de ninguna manera tiene una relación más directa con nuestra fe, que el oficio de María como Corredentora. Muy por el contrario, la doctrina de María como Corredentora está más esencialmente vinculada con la enseñanza católica de la justificación y, por lo tanto, más profundamente ligada al centro de nuestra fe que, incluso, la enseñanza acerca de la asunción corporal de María a los cielos. Por lo tanto, uno no puede argumentar en contra del nuevo dogma, desde el punto de vista de que no es esencial para la parte central de nuestra fe. De hecho, desde este punto de vista, el nuevo dogma propuesto merece más apoyo aún que algunos de los otros dogmas marianos definidos anteriormente, a los que el creyente católico se abraza con fuerza como regalos que le permiten participar de la verdad infalible de los privilegios especiales de María, en cuya luz la gloria de Cristo, la causa de todos los privilegios marianos de la gracia, también resplandece con mayor intensidad.

 

(Ad 2) En vista de la conexión esencial y lógica que existe entre los dogmas que se refieren a la justificación y la libre cooperación con la gracia y el dogma propuesto de María Corredentora, el declarar la verdad de éste último, no impondría nuevas cargas a los fieles por "tener que creer" (¡qué manera tan triste de ver la gloriosa fuerza liberadora que tiene la infalible revelación de la verdad!) pero es en este momento (antes de la declaración solemne que tanto se desea) cuando cada católico deberá aceptarla, ya que es una consecuencia lógica y directa de la necesidad de cooperar libremente con la gracia y de que María es la Madre de Dios, como veremos más adelante.

 

(Ad 3) La sola posibilidad de que existan malos entendidos, no puede ser suficiente para prevenir que la Iglesia haga una declaración de una verdad religiosa tan importante como lo es un dogma. La posibilidad de estos malentendidos sólo requiere que el dogma sea definido de manera clara y sin ambigüedades para excluir cualquier malentendido.

 

(Ad 4) También llegué a la conclusión de que el pronunciamiento de este dogma era eminentemente propicio, a pesar del hecho de que el oficio de María como Corredentora no es un tema candente y teológicamente debatido en la actualidad, como lo había sido la maternidad de Dios antes de su declaración. La propuesta de este dogma mariano sumamente personalista, provocaría asuntos cruciales positivos en lo mejor de la filosofía y teología personalista de nuestro siglo. Simultáneamente, ayudaría a superar la mayor crisis teórica y práctica en el entendimiento de la dignidad de las personas que, asimismo, encontramos en nuestro siglo: en el evolucionismo y otras teorías, y en el nazismo o comunismo, tanto en la teoría como en la práctica, así como en las atroces y casi universales prácticas del aborto y la eutanasia, sólo por mencionar algunas de las formas más espantosas del antipersonalismo. ¿Seguiríamos matando a un bebé o a un anciano si creyéramos que poseen la infinita dignidad de personas, bajo la perspectiva del hecho de que los más grandes bienes-incluso nuestra salvación- dependieron de la decisión voluntaria de María? Desde el punto de visto religioso, pero especialmente filosófico, encontré que este dogma mariano propuesto, es el mayor antídoto contra el fantasma antipersonalista que nos acecha: porque es el dogma mariano más personalista, que subraya la dimensión salvífica que tiene la decisión de una persona creada. Ningún ser viviente, inferior a la persona, estaría capacitado para jugar un rol corredentor. Precisamente por su dimensión personalista, juzgué que este dogma potencial es particularmente oportuno, en un momento en que existen tanto las filosofías personalistas de nuestro siglo8 , que encontrarían una cierta "coronación sobrenatural" a través de este dogma, como el enfrentamiento de una absoluta opresión de personas en nuestro tiempo, que demanda que la Iglesia declare más plenamente cada vez, la inmensa dignidad de la persona. El momento propicio para declarar este dogma aparece más claro aún, cuando se piensa en el feminismo y en la postura del Vaticano que se opone en admitir al orden sacerdotal a la mujer, un punto al que regresaré más adelante.

 

(Ad 5) Además, la falta de fundamentos bíblicos es menos cierta para este dogma propuesto. Encontré un impresionante y muy directo fundamento bíblico acerca de esta enseñanza, que explicaré posteriormente. Además de la sagrada tradición de la Iglesia, llegué a la conclusión de que la propia Biblia garantiza la verdad infalible de esta doctrina. En cuanto al fundamento bíblico de esta enseñanza, que podemos encontrar ya desde el Antiguo Testamento, y a su gran significado ecuménico en relación con los judíos, daré la explicación más adelante. Y de manera muy paradójica, descubrí un extraordinario significado ecuménico en esta enseñanza -no sólo en el diálogo con los modernos defensores del sacerdocio de la mujer y los feministas, sino también, y sobre un fundamento mucho más firme- con judíos ortodoxos y protestantes. Por lo tanto, llegué a convencerme de que la declaración de este dogma, lejos de crear obstáculos para un auténtico ecumenismo, poseería un profundo y oportuno significado ecuménico.

 

En cuanto al extraordinario y oportuno significado de esta personalísima enseñanza sobre María como Corredentora y a la culminación que vaya a tener el desarrollo de la fe católica en relación con el sacerdocio universal de todos los cristianos bautizados por medio de este nuevo dogma, me referiré más adelante.

 

Por estas razones, que explicaré más en detalle, es por lo que decidí apoyar plenamente este dogma. Sin embargo, no me es posible formular un juicio categórico sobre la diversidad y complejidad de los aspectos pastorales que implicaría una nueva declaración dogmática de esta índole, y estoy seguro de que provocaría mucha oposición. Aún cuando estoy convencido de que un dogma como éste podría fácilmente constituir una piedra de tropiezo para algunos conversos potenciales y, que podrían surgir nuevos malentendidos y críticas hacia la Iglesia Católica por parte de algunos protestantes, he podido compartir, sin embargo, con muchos otros miembros del movimiento Vox Populi Mariae Mediatrici, la profunda estimación que tienen por la belleza y su deseo objetivo de que se "completen" los cuatro dogmas marianos de la Iglesia ya existentes, por medio de este quinto dogma mariano que, además de sus aspectos ecuménicos positivos, tendría un significado muy singular y personalista, que trataré de explicar a continuación.

 

Además de abundar en los puntos mencionados y de indicar cuáles son algunas de las razones específicas religiosas y de la Escritura que sustentan este dogma (que serían mucho mejor explicados por un número de teólogos de lo que yo puedo o me siento capaz de hacerlo), me gustaría añadir a la discusión de este dogma, tanto en mi calidad de filósofo como de católico, cuáles son las razones que me parece hablan a favor de un nuevo dogma mariano como éste, y que quizás no todas hayan sido señaladas por otros.

 


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#2008 De: "Gonzalo" <lapalabra@...>
Fecha: Mar, 1 de Sep, 2009 12:09 pm
Asunto: Martes 1 de septiembre de 2009. La Palabra Binaria.
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Martes de la segunda

XXII del tiempo ordinario


San Gil


Fue a Cafarnaún, ciudad de Galilea, donde les enseñaba los sábados


 

1 Tesalonicenses 5,1-6.9-11

 

1 Hermanos, en cuanto al tiempo preciso, no tenéis necesidad de que se os escriba. 2 Vosotros sabéis perfectamente que el día del Señor vendrá como el ladrón en la noche. 3 Andarán diciendo: «Todo es paz y seguridad»; y entonces, de improviso, les sorprenderá la perdición, como los dolores del parto a la mujer encinta, y no podrán escapar. 4 Hermanos, vosotros no vivís en la oscuridad para que ese día pueda sorprenderos, como el ladrón. 5 Todos vosotros sois hijos de la luz e hijos del día; no sois hijos de la noche ni de las tinieblas. 6 Por tanto, no nos echemos a dormir como los otros, sino estemos alerta y seamos sobrios.

 

9 Dios no nos ha destinado al castigo, sino a la adquisición de la salvación por nuestro Señor Jesucristo, 10 que murió por nosotros para que, vivos o muertos, vivamos siempre con él. 11 Por eso, animaos mutuamente y ayudaos los unos a los otros, como ya lo venís haciendo.

 

Salmo 26,1.4

 

1 De David

El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién podré temer?

El Señor es la fortaleza de mi vida, ¿ante quién puedo

temblar?

4 Una cosa pido al Señor, sólo eso busco:

habitar en la casa del Señor

todos los días de mi vida

para gustar la dulzura del Señor

y contemplar la belleza de su templo.

 

Lucas 4,31-37

 

31 Fue a Cafarnaún, ciudad de Galilea, donde les enseñaba los sábados. 32 Y ellos se asombraban de su doctrina porque hablaba con autoridad. 33 En la sinagoga había un hombre poseído de un espíritu inmundo, que se puso a gritar: 34 «¿Qué tenemos que ver contigo, Jesús nazareno? ¿Has venido a perdernos? Sé quién eres: El Santo de Dios». 35 Jesús le increpó: «Cállate, y sal de él». El demonio lo tiró por tierra, pero salió de él sin hacerle daño. 36 Todos quedaron estupefactos y se preguntaban unos a otros: «¿Qué es esto? ¡Manda con autoridad y energía a los espíritus inmundos, y le obedecen!». 37 Y su fama se extendió por toda la comarca.

 


 

Jesús se nos presenta también como catequista. Dice el evangelio que bajó a Cafarnaún donde enseñaba los sábados en la sinagoga. ¿Y cómo daba Jesús sus catequesis? Ante todo, con autoridad, es decir, con credibilidad, porque no llenaba sus predicaciones con palabrería, sino con verdad, con el Espíritu de Dios que es capaz de transformar los corazones.

 

Por tanto, dar catequesis es una actividad propia del cristiano. Consiste en iluminar las virtudes cristianas con ejemplos, acercar a otros a los sacramentos...

 

Al enseñar a otros uno fortalece su propia fe y aumenta en él la pasión por Cristo y el Evangelio. Porque el que predica, se predica a sí mismo. El que habla del perdón queda más comprometido a perdonar, y el que exige debe hacerlo con el propio testimonio.

 

El catequista se hace así mismo más cristiano, porque si sabe meterse en el papel de Cristo quedará transformado por Él.  

 


 

San Gil o Egidio

 

Martirologio Romano: En la región de Nimes, de la Galia Narbonense (hoy Francia), san Egidio o Gil, cuyo nombre adopta la población que después se formó en la región de la Camargue y donde se dice que el santo había erigido un monasterio y acabado el curso de su vida mortal (s. VI/VII).

 

También se llamaba Egidio. Parece ser que tenía origen griego, peregrinó a Roma, luego se hizo religioso y finalmente se estableció como ermitaño cerca de Nimes. Fundó un monasterio. Conocido y extendido su culto por toda Europa durante la Edad Media.

 

Lo que las devociones populares cuentan de su vida resaltan su bondad cristiana, su misericordia, la delicadeza que demostraba con los pecadores y la llamada a la conversión. Los abundantes peregrinos de Santiago le pedían ayuda contra el miedo y las madres recurrían a él cuando sus hijos eran presa de terrores nocturnos o sufrían pesadillas.

 


Mariología XXII

La Asunción de la Santísima Virgen a los Cielos.

¿Qué significa que la Virgen es Asunta? ¿Es eso posible?

 

De la constitución apostólica Munificentíssimus Deus del Papa Pío XII Con esta constitución apostólica, el Papa Pío XII proclamó el dogma de la Asunción el 1ro de Noviembre de 1950.

 

Tu cuerpo es santo y sobremanera glorioso.

 

Los santos Padres y grandes doctores, en las homilías y disertaciones dirigidas al pueblo en la fiesta de la Asunción de la Madre de Dios, hablan de este hecho como de algo ya conocido y aceptado por los fieles y -lo explican con toda precisión, procurando, sobre todo, hacerles comprender que lo que se conmemora en esta festividad es, no sólo el hecho de que el cuerpo sin vida de la Virgen María no estuvo sujeto a la corrupción, sino también su triunfo sobre la muerte y su glorificación, a imitación de su Hijo único, Jesucristo.

 

Y, así, san Juan Damasceno, el más ilustre transmisor de esta tradición, comparando la asunción de la santa Madre de Dios con sus demás dotes y privilegios, afirma, con elocuencia vehemente:

 

"Convenía que aquella que en el parto había conservado intacta su virginidad conservara su cuerpo también después de la muerte libre de la corruptibilidad. Convenía que aquella que había llevado al Creador como un niño en su seno tuviera después su mansión en el cielo. Convenía que la esposa que el Padre había desposado habitara en el tálamo celestial. Convenía que aquella que había visto a su hijo en la cruz y cuya alma había sido atravesada por la espada del dolor, del que se había visto libre en el momento del parto, lo contemplara sentado a la derecha del Padre. Convenía que la Madre de Dios poseyera lo mismo que su Hijo y que fuera venerada por toda criatura como Madre y esclava de Dios."

 

Según el punto de vista de san Germán de Constantinopla, el cuerpo de la Virgen María, la Madre de Dios, se mantuvo incorrupto y fue llevado al cielo, porque así lo pedía no sólo el hecho de su maternidad divina, sino también la peculiar santidad de su cuerpo virginal:

 

"Tú, según está escrito, te muestras con belleza; y tu cuerpo virginal es todo él santo, todo él casto, todo él morada de Dios, todo lo cual hace que esté exento de disolverse y convertirse en polvo, y que, sin perder su condición humana, sea transformado en cuerpo celestial e incorruptible, lleno de vida y sobremanera glorioso, incólume y participe de la vida perfecta."

 

Otro antiquísimo escritor afirma:

 

"La gloriosísima Madre de Cristo, nuestro Dios y salvador, dador de la vida y de la inmortalidad, por él es vivificada, con un cuerpo semejante al suyo en la incorruptibilidad, ya que él la hizo salir del sepulcro y la elevó hacia si mismo, del modo que él solo conoce."

 

Todos estos argumentos y consideraciones de los santos Padres se apoyan, como en su último fundamento, en la sagrada Escritura; ella, en efecto, nos hace ver a la santa Madre de Dios unida estrechamente a su Hijo divino y solidaria siempre de su destino.

 

Y, sobre todo, hay que tener en cuenta que, ya desde el siglo segundo, los santos Padres presentan a la Virgen María como la nueva Eva asociada al nuevo Adán, íntimamente unida a él, aunque de modo subordinado, en la lucha contra el enemigo infernal, lucha que, como se anuncia en el protoevangelio, había de desembocar en una victoria absoluta sobre el pecado y la muerte, dos realidades inseparables en los escritos del Apóstol de los gentiles. Por lo cual, así como la gloriosa resurrección de Cristo fue la parte esencial y el ú1timo trofeo de esta victoria, así también la participación que tuvo la santísima Virgen en esta lucha de su Hijo había de concluir con la glorificación de su cuerpo virginal, ya que, como dice el mismo Apóstol: Cuando esto mortal se vista de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra escrita: "La muerte ha sido absorbida en la victoria."

 

Por todo ello, la augusta Madre de Dios, unida a Jesucristo de modo arcano, desde toda la eternidad, por un mismo y único decreto de predestinación, inmaculada en su concepción, asociada generosamente a la obra del divino Redentor, que obtuvo un pleno triunfo sobre el pecado y sus consecuencias, alcanzó finalmente, como suprema coronación de todos sus privilegios, el ser preservada inmune de la corrupción del sepulcro y, a imitación de su Hijo, vencida la muerte, ser llevada en cuerpo y alma a la gloria celestial, para resplandecer allí como reina a la derecha de su Hijo, el rey inmortal de los siglos.

 

La Asunción de María.

 

Audiencia General del Santo Padre Juan Pablo II: del 9 de julio de 1997.

 

La tradición de la Iglesia muestra que este misterio "forma parte del plan divino, y está enraizado en la singular participación de María en la misión de su Hijo".

 

"La misma tradición eclesial ve en la maternidad divina la razón fundamental de la Asunción. (...) Se puede afirmar, por tanto, que la maternidad divina, que hizo del cuerpo de María la residencia inmaculada del Señor, funda su destino glorioso".

 

Juan Pablo II destacó que "según algunos Padres de la Iglesia, otro argumento que fundamenta el privilegio de la Asunción se deduce de la participación de María en la obra de la Redención".

 

"El Concilio Vaticano II, recordando el misterio de la Asunción en la Constitución Dogmática sobre la Iglesia (Lumen Gentium), hace hincapié en el privilegio de la Inmaculada Concepción: precisamente porque ha sido ´preservada libre de toda mancha de pecado original´, María no podía permanecer, como los otros hombres, en el estado de muerte hasta el fin del mundo. La ausencia de pecado original y la santidad, perfecta desde el primer momento de su existencia, exigían para la Madre de Dios la plena glorificación de su alma y de su cuerpo".

 

El Papa señaló que "en la Asunción de la Virgen podemos ver también la voluntad divina de promover a la mujer. De manera análoga con lo que había sucedido en el origen del género humano y de la historia de la salvación, en el proyecto de Dios el ideal escatológico debía revelarse no en un individuo, sino en una pareja. Por eso, en la gloria celeste, junto a Cristo resucitado hay una mujer resucitada, María: el nuevo Adán y la nueva Eva".

 

Para concluir, el Papa aseguró que "ante las profanaciones y el envilecimiento al que la sociedad moderna somete a menudo al cuerpo, especialmente al femenino, el misterio de la Asunción proclama el destino sobrenatural y la dignidad de todo cuerpo humano".

 

Adaptado de: Vatican Information Services VIS 970709 (350)

 

Dogma.

 

Los dogmas marianos, hasta ahora, son cuatro: María, Madre de Dios; La Virginidad Perpetua de María, La Inmaculada Concepción y la Asunción de María.

 

El Papa Pío XII bajo la inspiración del Espíritu Santo, y después de consultar con todos los obispos de la Iglesia Católica, y de escuchar el sentir de los fieles, el primero de Nov. de 1950, definió solemnemente con su suprema autoridad apostólica, el dogma de la Asunción de María. Este fue promulgado en la Constitución "Munificentissimus Deus":

 

"Después de elevar a Dios muchas y reiteradas preces y de invocar la luz del Espíritu de la Verdad, para gloria de Dios omnipotente, que otorgó a la Virgen María su peculiar benevolencia; para honor de su Hijo, Rey inmortal de los siglos y vencedor del pecado y de la muerte; para aumentar la gloria de la misma augusta Madre y para gozo y alegría de toda la Iglesia, con la autoridad de nuestro Señor Jesucristo, de los bienaventurados apóstoles Pedro y Pablo y con la nuestra, pronunciamos, declaramos y definimos ser dogma divinamente revelado que La Inmaculada Madre de Dios y siempre Virgen María, terminado el curso de su vida terrenal, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria del cielo".

 

¿Cual es el fundamento para este dogma? El Papa Pío XII presentó varias razones fundamentales para la definición del dogma:

 

  1. La inmunidad de María de todo pecado: La descomposición del cuerpo es consecuencia del pecado, y como María, careció de todo pecado, entonces Ella estaba libre de la ley universal de la corrupción, pudiendo entonces, entrar prontamente, en cuerpo y alma, en la gloria del cielo.

 

  1. Su Maternidad Divina: Como el cuerpo de Cristo se había formado del cuerpo de María, era conveniente que el cuerpo de María participara de la suerte del cuerpo de Cristo. Ella concibió a Jesús, le dio a luz, le nutrió, le cuido, le estrecho contra su pecho. No podemos imaginar que Jesús permitiría que el cuerpo, que le dio vida, llegase a la corrupción.

 

  1. Su Virginidad Perpetua: como su cuerpo fue preservado en integridad virginal, (toda para Jesús y siendo un tabernáculo viviente) era conveniente que después de la muerte no sufriera la corrupción.

 

  1. Su participación en la obra redentora de Cristo: María, la Madre del Redentor, por su íntima participación en la obra redentora de su Hijo, después de consumado el curso de su vida sobre la tierra, recibió el fruto pleno de la redención, que es la glorificación del cuerpo y del alma.

 

La Asunción es la victoria de Dios confirmada en María y asegurada para nosotros. La Asunción es una señal y promesa de la gloria que nos espera cuando en el fin del mundo nuestros cuerpos resuciten y sean reunidos con nuestras almas.

 


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#2007 De: "Gonzalo" <lapalabra@...>
Fecha: Mar, 1 de Sep, 2009 11:32 am
Asunto: Martes 1 de septiembre de 2009. La Palabra Binaria.
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La Palabra Binaria

Publicación diaria para la Iglesia Católica

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Martes de la segunda

XXII del tiempo ordinario


San Gil


Fue a Cafarnaún, ciudad de Galilea, donde les enseñaba los sábados


 

1 Tesalonicenses 5,1-6.9-11

 

1 Hermanos, en cuanto al tiempo preciso, no tenéis necesidad de que se os escriba. 2 Vosotros sabéis perfectamente que el día del Señor vendrá como el ladrón en la noche. 3 Andarán diciendo: «Todo es paz y seguridad»; y entonces, de improviso, les sorprenderá la perdición, como los dolores del parto a la mujer encinta, y no podrán escapar. 4 Hermanos, vosotros no vivís en la oscuridad para que ese día pueda sorprenderos, como el ladrón. 5 Todos vosotros sois hijos de la luz e hijos del día; no sois hijos de la noche ni de las tinieblas. 6 Por tanto, no nos echemos a dormir como los otros, sino estemos alerta y seamos sobrios.

 

9 Dios no nos ha destinado al castigo, sino a la adquisición de la salvación por nuestro Señor Jesucristo, 10 que murió por nosotros para que, vivos o muertos, vivamos siempre con él. 11 Por eso, animaos mutuamente y ayudaos los unos a los otros, como ya lo venís haciendo.

 

Salmo 26,1.4

 

1 De David

El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién podré temer?

El Señor es la fortaleza de mi vida, ¿ante quién puedo

temblar?

4 Una cosa pido al Señor, sólo eso busco:

habitar en la casa del Señor

todos los días de mi vida

para gustar la dulzura del Señor

y contemplar la belleza de su templo.

 

Lucas 4,31-37

 

31 Fue a Cafarnaún, ciudad de Galilea, donde les enseñaba los sábados. 32 Y ellos se asombraban de su doctrina porque hablaba con autoridad. 33 En la sinagoga había un hombre poseído de un espíritu inmundo, que se puso a gritar: 34 «¿Qué tenemos que ver contigo, Jesús nazareno? ¿Has venido a perdernos? Sé quién eres: El Santo de Dios». 35 Jesús le increpó: «Cállate, y sal de él». El demonio lo tiró por tierra, pero salió de él sin hacerle daño. 36 Todos quedaron estupefactos y se preguntaban unos a otros: «¿Qué es esto? ¡Manda con autoridad y energía a los espíritus inmundos, y le obedecen!». 37 Y su fama se extendió por toda la comarca.

 


 

Jesús se nos presenta también como catequista. Dice el evangelio que bajó a Cafarnaún donde enseñaba los sábados en la sinagoga. ¿Y cómo daba Jesús sus catequesis? Ante todo, con autoridad, es decir, con credibilidad, porque no llenaba sus predicaciones con palabrería, sino con verdad, con el Espíritu de Dios que es capaz de transformar los corazones.

 

Por tanto, dar catequesis es una actividad propia del cristiano. Consiste en iluminar las virtudes cristianas con ejemplos, acercar a otros a los sacramentos...

 

Al enseñar a otros uno fortalece su propia fe y aumenta en él la pasión por Cristo y el Evangelio. Porque el que predica, se predica a sí mismo. El que habla del perdón queda más comprometido a perdonar, y el que exige debe hacerlo con el propio testimonio.

 

El catequista se hace así mismo más cristiano, porque si sabe meterse en el papel de Cristo quedará transformado por Él.  

 


 

San Gil o Egidio

 

Martirologio Romano: En la región de Nimes, de la Galia Narbonense (hoy Francia), san Egidio o Gil, cuyo nombre adopta la población que después se formó en la región de la Camargue y donde se dice que el santo había erigido un monasterio y acabado el curso de su vida mortal (s. VI/VII).

 

También se llamaba Egidio. Parece ser que tenía origen griego, peregrinó a Roma, luego se hizo religioso y finalmente se estableció como ermitaño cerca de Nimes. Fundó un monasterio. Conocido y extendido su culto por toda Europa durante la Edad Media.

 

Lo que las devociones populares cuentan de su vida resaltan su bondad cristiana, su misericordia, la delicadeza que demostraba con los pecadores y la llamada a la conversión. Los abundantes peregrinos de Santiago le pedían ayuda contra el miedo y las madres recurrían a él cuando sus hijos eran presa de terrores nocturnos o sufrían pesadillas.

 


Mariología XXII

La Asunción de la Santísima Virgen a los Cielos.

¿Qué significa que la Virgen es Asunta? ¿Es eso posible?

 

De la constitución apostólica Munificentíssimus Deus del Papa Pío XII Con esta constitución apostólica, el Papa Pío XII proclamó el dogma de la Asunción el 1ro de Noviembre de 1950.

 

Tu cuerpo es santo y sobremanera glorioso.

 

Los santos Padres y grandes doctores, en las homilías y disertaciones dirigidas al pueblo en la fiesta de la Asunción de la Madre de Dios, hablan de este hecho como de algo ya conocido y aceptado por los fieles y -lo explican con toda precisión, procurando, sobre todo, hacerles comprender que lo que se conmemora en esta festividad es, no sólo el hecho de que el cuerpo sin vida de la Virgen María no estuvo sujeto a la corrupción, sino también su triunfo sobre la muerte y su glorificación, a imitación de su Hijo único, Jesucristo.

 

Y, así, san Juan Damasceno, el más ilustre transmisor de esta tradición, comparando la asunción de la santa Madre de Dios con sus demás dotes y privilegios, afirma, con elocuencia vehemente:

 

"Convenía que aquella que en el parto había conservado intacta su virginidad conservara su cuerpo también después de la muerte libre de la corruptibilidad. Convenía que aquella que había llevado al Creador como un niño en su seno tuviera después su mansión en el cielo. Convenía que la esposa que el Padre había desposado habitara en el tálamo celestial. Convenía que aquella que había visto a su hijo en la cruz y cuya alma había sido atravesada por la espada del dolor, del que se había visto libre en el momento del parto, lo contemplara sentado a la derecha del Padre. Convenía que la Madre de Dios poseyera lo mismo que su Hijo y que fuera venerada por toda criatura como Madre y esclava de Dios."

 

Según el punto de vista de san Germán de Constantinopla, el cuerpo de la Virgen María, la Madre de Dios, se mantuvo incorrupto y fue llevado al cielo, porque así lo pedía no sólo el hecho de su maternidad divina, sino también la peculiar santidad de su cuerpo virginal:

 

"Tú, según está escrito, te muestras con belleza; y tu cuerpo virginal es todo él santo, todo él casto, todo él morada de Dios, todo lo cual hace que esté exento de disolverse y convertirse en polvo, y que, sin perder su condición humana, sea transformado en cuerpo celestial e incorruptible, lleno de vida y sobremanera glorioso, incólume y participe de la vida perfecta."

 

Otro antiquísimo escritor afirma:

 

"La gloriosísima Madre de Cristo, nuestro Dios y salvador, dador de la vida y de la inmortalidad, por él es vivificada, con un cuerpo semejante al suyo en la incorruptibilidad, ya que él la hizo salir del sepulcro y la elevó hacia si mismo, del modo que él solo conoce."

 

Todos estos argumentos y consideraciones de los santos Padres se apoyan, como en su último fundamento, en la sagrada Escritura; ella, en efecto, nos hace ver a la santa Madre de Dios unida estrechamente a su Hijo divino y solidaria siempre de su destino.

 

Y, sobre todo, hay que tener en cuenta que, ya desde el siglo segundo, los santos Padres presentan a la Virgen María como la nueva Eva asociada al nuevo Adán, íntimamente unida a él, aunque de modo subordinado, en la lucha contra el enemigo infernal, lucha que, como se anuncia en el protoevangelio, había de desembocar en una victoria absoluta sobre el pecado y la muerte, dos realidades inseparables en los escritos del Apóstol de los gentiles. Por lo cual, así como la gloriosa resurrección de Cristo fue la parte esencial y el ú1timo trofeo de esta victoria, así también la participación que tuvo la santísima Virgen en esta lucha de su Hijo había de concluir con la glorificación de su cuerpo virginal, ya que, como dice el mismo Apóstol: Cuando esto mortal se vista de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra escrita: "La muerte ha sido absorbida en la victoria."

 

Por todo ello, la augusta Madre de Dios, unida a Jesucristo de modo arcano, desde toda la eternidad, por un mismo y único decreto de predestinación, inmaculada en su concepción, asociada generosamente a la obra del divino Redentor, que obtuvo un pleno triunfo sobre el pecado y sus consecuencias, alcanzó finalmente, como suprema coronación de todos sus privilegios, el ser preservada inmune de la corrupción del sepulcro y, a imitación de su Hijo, vencida la muerte, ser llevada en cuerpo y alma a la gloria celestial, para resplandecer allí como reina a la derecha de su Hijo, el rey inmortal de los siglos.

 

La Asunción de María.

 

Audiencia General del Santo Padre Juan Pablo II: del 9 de julio de 1997.

 

La tradición de la Iglesia muestra que este misterio "forma parte del plan divino, y está enraizado en la singular participación de María en la misión de su Hijo".

 

"La misma tradición eclesial ve en la maternidad divina la razón fundamental de la Asunción. (...) Se puede afirmar, por tanto, que la maternidad divina, que hizo del cuerpo de María la residencia inmaculada del Señor, funda su destino glorioso".

 

Juan Pablo II destacó que "según algunos Padres de la Iglesia, otro argumento que fundamenta el privilegio de la Asunción se deduce de la participación de María en la obra de la Redención".

 

"El Concilio Vaticano II, recordando el misterio de la Asunción en la Constitución Dogmática sobre la Iglesia (Lumen Gentium), hace hincapié en el privilegio de la Inmaculada Concepción: precisamente porque ha sido ´preservada libre de toda mancha de pecado original´, María no podía permanecer, como los otros hombres, en el estado de muerte hasta el fin del mundo. La ausencia de pecado original y la santidad, perfecta desde el primer momento de su existencia, exigían para la Madre de Dios la plena glorificación de su alma y de su cuerpo".

 

El Papa señaló que "en la Asunción de la Virgen podemos ver también la voluntad divina de promover a la mujer. De manera análoga con lo que había sucedido en el origen del género humano y de la historia de la salvación, en el proyecto de Dios el ideal escatológico debía revelarse no en un individuo, sino en una pareja. Por eso, en la gloria celeste, junto a Cristo resucitado hay una mujer resucitada, María: el nuevo Adán y la nueva Eva".

 

Para concluir, el Papa aseguró que "ante las profanaciones y el envilecimiento al que la sociedad moderna somete a menudo al cuerpo, especialmente al femenino, el misterio de la Asunción proclama el destino sobrenatural y la dignidad de todo cuerpo humano".

 

Adaptado de: Vatican Information Services VIS 970709 (350)

 

Dogma.

 

Los dogmas marianos, hasta ahora, son cuatro: María, Madre de Dios; La Virginidad Perpetua de María, La Inmaculada Concepción y la Asunción de María.

 

El Papa Pío XII bajo la inspiración del Espíritu Santo, y después de consultar con todos los obispos de la Iglesia Católica, y de escuchar el sentir de los fieles, el primero de Nov. de 1950, definió solemnemente con su suprema autoridad apostólica, el dogma de la Asunción de María. Este fue promulgado en la Constitución "Munificentissimus Deus":

 

"Después de elevar a Dios muchas y reiteradas preces y de invocar la luz del Espíritu de la Verdad, para gloria de Dios omnipotente, que otorgó a la Virgen María su peculiar benevolencia; para honor de su Hijo, Rey inmortal de los siglos y vencedor del pecado y de la muerte; para aumentar la gloria de la misma augusta Madre y para gozo y alegría de toda la Iglesia, con la autoridad de nuestro Señor Jesucristo, de los bienaventurados apóstoles Pedro y Pablo y con la nuestra, pronunciamos, declaramos y definimos ser dogma divinamente revelado que La Inmaculada Madre de Dios y siempre Virgen María, terminado el curso de su vida terrenal, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria del cielo".

 

¿Cual es el fundamento para este dogma? El Papa Pío XII presentó varias razones fundamentales para la definición del dogma:

 

  1. La inmunidad de María de todo pecado: La descomposición del cuerpo es consecuencia del pecado, y como María, careció de todo pecado, entonces Ella estaba libre de la ley universal de la corrupción, pudiendo entonces, entrar prontamente, en cuerpo y alma, en la gloria del cielo.

 

  1. Su Maternidad Divina: Como el cuerpo de Cristo se había formado del cuerpo de María, era conveniente que el cuerpo de María participara de la suerte del cuerpo de Cristo. Ella concibió a Jesús, le dio a luz, le nutrió, le cuido, le estrecho contra su pecho. No podemos imaginar que Jesús permitiría que el cuerpo, que le dio vida, llegase a la corrupción.

 

  1. Su Virginidad Perpetua: como su cuerpo fue preservado en integridad virginal, (toda para Jesús y siendo un tabernáculo viviente) era conveniente que después de la muerte no sufriera la corrupción.

 

  1. Su participación en la obra redentora de Cristo: María, la Madre del Redentor, por su íntima participación en la obra redentora de su Hijo, después de consumado el curso de su vida sobre la tierra, recibió el fruto pleno de la redención, que es la glorificación del cuerpo y del alma.

 

La Asunción es la victoria de Dios confirmada en María y asegurada para nosotros. La Asunción es una señal y promesa de la gloria que nos espera cuando en el fin del mundo nuestros cuerpos resuciten y sean reunidos con nuestras almas.

 


Que la gracia y la bendición del Padre se derrame sobre todos nosotros

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#2006 De: "Gonzalo" <lapalabra@...>
Fecha: Lun, 31 de Ago, 2009 4:04 pm
Asunto: Lunes 31 de agosto de 2009. La Palabra Binaria.
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Lunes de la segunda

XXII del tiempo ordinario


San Ramón Nonato


Hoy se cumple ante vosotros esta Escritura


 

1 Tesalonicenses 4,13-18

 

13 Hermanos, no queremos que ignoréis la suerte de los difuntos, para que no os aflijáis como los que no tienen esperanza. 14 Porque si creemos que Jesús ha muerto y ha resucitado, así también reunirá consigo a los que murieron unidos a Jesús. 15 Ved, pues, lo que os decimos como palabra del Señor: nosotros, los vivos, los que estamos todavía en tiempo de la venida del Señor, no precederemos a los que murieron. 16 Porque el Señor mismo, a la señal dada por la voz del arcángel y al son de la trompeta de Dios, bajará del cielo, y los muertos unidos a Cristo resucitarán los primeros. 17 Después nosotros, los vivos, los que estemos hasta la venida del Señor, seremos arrebatados juntamente con ellos entre nubes por los aires al encuentro del Señor. Y ya estaremos siempre con el Señor. 18 Consolaos, pues, mutuamente con estas palabras.

 

Salmo 95,1.3-5.11-13

 

1 Cantad al Señor un cántico nuevo,

cantad al Señor toda la tierra;

3 publicad su gloria entre las gentes,

sus portentos entre todos los pueblos.

4 Grande es el Señor y digno de alabanza,

más temible que todos los dioses.

5 Pues los dioses de los otros pueblos no son nada,

mientras que el Señor hizo los cielos;

11 Que se alegre el cielo y goce la tierra,

que retumbe el mar y todo lo que encierra,

12 que sonrían los campos con sus frutos,

que griten de alegría los árboles del bosque

13 delante del Señor, porque ya viene,

porque viene para gobernar la tierra,

para implantar en el mundo la justicia,

y entre todos los pueblos la lealtad.

 

Lucas 4,16-30

 

16 Llegó a Nazaret, donde se había criado. El sábado entró, según su costumbre, en la sinagoga y se levantó a leer. 17 Le entregaron el libro del profeta Isaías, desenrolló el volumen y encontró el pasaje en el que está escrito: 18 El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido. Me ha enviado a llevar la buena nueva a los pobres, a anunciar la libertad a los presos, a dar la vista a los ciegos, a liberar a los oprimidos 19 y a proclamar un año de gracia del Señor. 20 Enrolló el libro, se lo dio al ayudante de la sinagoga y se sentó; todos tenían sus ojos clavados en él;  21 y él comenzó a decirles: «Hoy se cumple ante vosotros esta Escritura».  22 Todos daban su aprobación y, admirados de las palabras tan hermosas que salían de su boca, decían: «¿No es éste el hijo de José?». 23 Él les dijo: «Seguramente me diréis aquel refrán: Médico, cúrate a ti mismo. Lo que hemos oído que has hecho en Cafarnaún, hazlo también aquí, en tu patria». 24 Y continuó: «Os aseguro que ningún profeta es bien recibido en su tierra. 25 Os aseguro, además, que en tiempo de Elías, cuando se cerró el cielo por tres años y seis meses y hubo gran hambre en toda la tierra, había muchas viudas en Israel, 26 y a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una mujer viuda de Sarepta, en Sidón. 27 Y había muchos leprosos en Israel cuando Eliseo profeta, pero ninguno de ellos fue limpiado de su lepra sino Naamán, el sirio». 28 Al oír esto, todos los que estaban en la sinagoga se llenaron de ira, 29 se levantaron, lo sacaron de la ciudad y lo llevaron a la cima del monte sobre el que estaba edificada la ciudad para despeñarlo. 30 Pero Jesús pasó por en medio de todos y se fue.

 


 

Es muy común preguntar a los niños pequeños: ¿qué quieres ser cuando seas grandes? Y para orgullo de los padres los niños responden: “quiero ser como mi papá”. Si esta misma pregunta se la hiciéramos a Cristo durante su vida oculta en Nazaret, no cabe duda que respondería que Él sería lo que su Padre ha pensado para Él desde siempre. Prueba de ello es la respuesta que dio a su madre angustiada cuando se perdió en el templo: “pero no sabíais que debo ocuparme en las cosas de mi Padre”, no debería haber motivo de preocupación por mi ausencia.

 

En nuestra vida como cristianos todos tenemos una misión muy concreta que realizar. Cristo desenrolló las escrituras (porque estaban en forma de pergaminos) y encontró justamente aquello que Dios Padre deseaba de Él. “Anunciar la Buena Nueva, proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor”. Todo esto lo cumplió Jesús a lo largo de su vida terrena y aunque algunos se empeñaban en no abrir su corazón a las enseñanzas de Cristo, como es le caso de los escribas y fariseos. A pesar de su obstinada actitud Cristo no desmayó en su esfuerzo por predicarles la ley del amor.

 

Por ello de la misma forma que Cristo predicaba las enseñanzas de su Padre nosotros también atrevámonos a predicar el evangelio sin temor ni vergüenza. Antes bien pidámosle confianza y valor para que nos haga auténticos defensores de nuestra fe.

 


 

San Ramón Nonato

 

Nació en los mismos comienzos del siglo XIII.

 

Su nombre deja boquiabierto a quien lo oye o lo lee por primera vez. Nonnato -Nonato por más breve- sugiere a un santo sólo potencial; como si la palabra fuera un slogan publicitario que estuviera invitando a quien lo lee o escucha a que se decidiera a iniciar una programa que acabara con la santidad del guión preestablecido. De hecho, significa no-nacido. ¿Pretenderá decir el extraño nombre que, por no haber nacido todavía el santo que rellene el expediente completo de sus cualidades y virtudes, está como esperando la Iglesia a que haya uno que se decida de una vez a reproducirlas? Eso sería, lógicamente, confundir la santidad como algo que brota de la voluntad y decisión humana, cuando ella es en verdad el resultado de la acción del Espíritu Santo con quien se coopera libremente. Sería sencillamente pelagianismo.

 

El calificativo -que ha pasado ya a ser nombre- le viene a Ramón por el hecho de haber sido sacado del claustro materno, por medio de una intervención quirúrgica, cuando ya había muerto su madre. Por so no nació como nacen normalmente los niños, lo extrajeron. Fue en Portell, en Lérida, cuando se iniciaba el siglo.

 

La buena y alta situación de su padre le posibilitó crecer en buen ambiente y formación, aunque sin el cariño y los cuidados de una madre. Cuentan de su primera juventud la devoción especialísima a la santísima Virgen que le llevaba con frecuencia a visitar la ermita de san Nicolás donde pasaba ratos mientras sus rebaños pastaban. Luego su padre quiso irlo incorporando poco a poco a las tareas de administración de sus posesiones y esa fue la razón por la que se le encuentra en Barcelona en el intento de aprender letras y números. Allí tuvo ocasión de trabar amistad con Pedro Nolasco -que por aquel entonces era comerciante- y de compartir mutuamente los deseos de fidelidad a la fe cristiana vivida con radicalidad, llegando incluso a considerar la posibilidad de entrar en el estado clerical.

 

Como el padre disfruta de un gran sentido práctico, lo reincorpora al terruño de Portell y le encarga la explotación de varias de sus fincas. Pero, sigue diciendo la antigua crónica, que la misma Virgen María le comunica su deseo de que ingrese en la recién fundada Orden de la Merced y allí está de nuevo en Barcelona puesto a disposición completa en las manos de su antes amigo Pedro Nolasco.

 

Noviciado, profesión, ordenación sacerdotal y ministerio en el hospital de santa Eulalia se suceden con la normalidad propia de quien tiene prisa para cumplir el cuarto voto mercedario consistente en redimir a los cautivos y servir de rehén en su lugar si procede.

 

En el norte del continente negro predica, consuela, cura, fortalece, atiende y transmite paciencia a los cautivos de los piratas berberiscos; comprende bien su situación y se hace cargo de que están rodeados de todos los peligros para su fe. Incluso él mismo tuvo que soportar cárcel y la tortura de que sellaran sus labios por ocho meses con un candado para impedirle la predicación.

 

A su vuelta a España entre el clamor de las multitudes, lo nombra Cardenal de la Iglesia el papa Gregorio IX, reconociendo sus méritos y virtud de la caridad practicada de modo heroico; pero no le dio tiempo a llegar a Roma por morir, antes de cumplir los cuarenta años, cuando se disponía a hacerlo.

 

Por el empeño de hacerse cargo de su cuerpo tanto los frailes mercedarios como los nobles señores de Cardona, decidieron de común acuerdo darle sepultura allá donde lo decidiera una mula ciega que lo llevó a lomos hasta que quiso pararse ante la ermita de San Nicolás, de Portell.

 

Desaparecieron las reliquias, irrecuperables ya para la veneración, en el año 1936.

 

Lo que no ha sido relegado al olvido por sus paisanos es la figura del santo y su acción caritativa. Esa devoción secular que se refleja incluso en las fiestas y en el folklore. No digamos nada sobre la devoción que le profesan todas las parturientas que lo tienen como especial patrón para su trance.

 

Se divulgó por el mundo la pintura que lo muestra con la Custodia en la mano derecha expresando así la fuente de su caridad con los hombres.

 


Mariología XXI

María... ¿Fue siempre virgen?

 

¿Podemos decir que María fue siempre virgen? María... ¿Quiso esta virginidad? ¿María había pensado en consagrar a Dios su virginidad antes que viniera el ángel? ¿Qué sentido tiene la virginidad?...

 

La concepción virginal de María.

 

El hecho de la virginidad de María en el nacimiento de su hijo Jesús se afirma claramente en la Biblia:

 

Mt. 1,18: «El nacimiento de Jesús fue así: Estando desposada María, su madre, con José, antes que se juntasen, se halló que había concebido del Espíritu Santo.»

Lc. 1, 30-35: «El ángel Gabriel le dijo: María, no temas, porque has hallado gracia delante de Dios... y ahora concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo... María dijo al ángel: ¿Cómo será esto? pues no conozco varón. Respondiendo el ángel le dijo: El Espíritu Santo vendrá sobre ti... y el Ser Santo que nacerá de ti será llamado Hijo de Dios.»

Juan 1, 13: «El que nació no de la sangre, ni del deseo de carne, ni del deseo de hombre, sino que nació de Dios.»

 

Estos tres textos bíblicos son testimonios sólidos para afirmar el hecho de la virginidad de María en la concepción de Jesús.

 

¿María quiso esta virginidad?

 

El Evangelio dice que «María era una virgen desposada con un hombre llamado José» (Lc. 1, 27). Este matrimonio de María con José nos mueve, a primera vista, a decir que María no quiso esta virginidad.

 

Sin embargo, el evangelista Lucas nos ofrece otros datos acerca de este compromiso matrimonial. Leamos atentamente en el Evangelio de Lucas 1, 26-38; en este relato bíblico vemos cómo Dios respeta a los hombres. El no nos salva sin que nosotros mismos queramos. Jesús el Salvador ha sido deseado y acogido por una madre, una jovencita que, libre y conscientemente, acepta ser la servidora del Señor y llega a ser Madre de Dios.

 

Vers. 26: «Al sexto mes el ángel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un varón que se llamaba José. José era de la casa de David y el nombre de la virgen era María.»

 

San Lucas usa dos veces la palabra «virgen». ¿Por qué no dijo «una joven» o «una mujer»? Sencillamente porque el escritor sagrado se refería aquí a las palabras de los profetas del Antiguo Testamento, que afirmaban que Dios sería recibido por una «virgen de Israel.»Is. 7, 14: «El Señor, pues, les dará esta señal: la Virgen está embarazada y da a luz un varón a quien le pondrás el nombre de Emmanuel.»

 

Durante siglos, Dios había soportado que su pueblo de mil maneras le fuera infiel y había perdonado sus pecados. Pero el Dios Salvador, al llegar, debería ser recibido por un pueblo virgen que hubiera depuesto sus propias ambiciones para poner su porvenir en manos de su Dios. Dios debía ser acogido con un corazón virgen, o sea, nuevo y no desgastado por la experiencia de otros amores.

 

Incluso en tiempos de Jesús, muchos al leer la profecía de Is. 7, 14 sacaban la conclusión de que el Mesías nacería de una madre Virgen. Ahora bien, el Evangelio nos dice: "María es la virgen que da a luz al Mesías."

 

Versículos 34-35: María dijo al ángel: «¿Cómo será esto, pues no conozco varón?» Contestó el ángel: «El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra, por lo cual el Santo que de ti nacerá será llamado Hijo de Dios.»

Aunque María es la esposa legítima de José, la pregunta de ella al ángel indica el propósito de permanecer virgen. El ángel precisa que el niño nacerá de María sin intervención de José. El que va a nacer de María en el tiempo es el mismo que ya existe en Dios, nacido de Dios, Hijo del Padre (Jn. 1, 1). Y la concepción de Jesús en el seno de María no es otra cosa que la venida de Dios a nuestro mundo.

 

¿Qué significa «la sombra» o «la nube» en este texto bíblico?

 

Los libros sagrados del Antiguo Testamento hablan muchas veces de «la sombra» o «la nube» que llenaba el Templo (1 Reyes 8, 10), signo de la presencia divina que cubría y amparaba a la ciudad Santa (Sir. 24, 4).

 

Al usar esta figura, el Evangelio quiere decir que María pasa a ser la morada de Dios desde la cual El obra sus misterios. El Espíritu Santo viene, no sobre su Hijo, sino que primeramente viene sobre María, para que conciba por obra del Espíritu Santo.

 

¿Había pensado María en consagrar a Dios su virginidad antes que viniera el ángel?

 

El Evangelio no da precisiones al respecto, solamente encontramos la palabra de María: «No conozco varón» o «no tengo relación con ningún varón.» (Lc. 1, 34) Recordemos que María ya está comprometida con José (Lc. 1, 27) lo que según la ley judía, les da los mismos derechos del matrimonio, aunque no vivan todavía en la misma casa. (Mt. 1, 20)

 

En estas condiciones, la pregunta de María: «¿Cómo podré tener un hijo, pues no conozco varón?» (Lc. 1, 34) no tendría ningún sentido, si María no estuviese decidida ya a mantenerse virgen para siempre. María es la esposa legítima de José. Si este matrimonio quiere tener relaciones conyugales normales, el anuncio del ángel referente a su maternidad no puede crearle ningún problema.

 

Sin embargo, María manifiesta claramente su problema: «pues no conozco varón.» Además esa pregunta de María permite otra traducción válida en la mentalidad de los judíos: «¿Cómo será eso, pues no quiero conocer varón?». Sin duda esta pregunta de María indica en la Virgen un firme propósito de permanecer virgen. Algunos tendrán dificultades para aceptar esta decisión de María y dirán que tal decisión es sorprendente por parte de una joven judía; porque es sabido que Israel no daba gran valor religioso a la virginidad.

 

No debemos olvidar que en la Palestina de entonces había grupos de personas que vivían en celibato (los esenios) y con su estilo de vida esperaban la pronta venida del Mesías. Por otra parte, el celibato o la virginidad de por vida no existía para mujeres que, según la costumbre judía, por orden de su padre tenían que aceptar un matrimonio impuesto.  Por eso la joven María que quería guardar virginidad, difícilmente podía rechazar este compromiso matrimonial impuesto. Y por eso ella había aceptado este compromiso con José, pero con la decisión de permanecer virgen.

 

Como conclusión podemos decir que este texto bíblico es favorable a la voluntad de virginidad de María.

 

Además está claro en la Biblia que María tenía como hijo único a Jesús y que no tuvo más hijos.

 

¿Qué sentido tiene la virginidad?

 

María no expresa sus motivos, pero todo lo que Lucas deja entrever del alma de María supone que ella tenía motivos elevados. Por medio del ángel, Dios la trata de «muy amada», «llena de gracia», «el Señor está con ella.» Y María quiere ser su «sierva», con la nobleza que da a esta palabra la lengua bíblica: «Yo soy la servidora del Señor, hágase en mí lo que has dicho.» (Lc. 1, 38) Su virginidad parece así una consagración, un don de amor exclusivo al Señor.

 

Mucha gente moderna se extraña ante tal decisión de María: ¿Cómo pensaría María en mantenerse virgen en el matrimonio, especialmente en el pueblo judío, que no valoraba la virginidad?

 

Incluso en las iglesias no-católicas muchas personas al leer en el Evangelio la expresión «hermanos de Jesús» concluyen sin más que María tuvo otros hijos después de Jesús. (En otra carta les he hablado claramente de este asunto y está muy claro en la Biblia que Jesús no tenía hermanos en el sentido estricto de esta palabra.)

 

Decimos que María no tuvo más hijos porque fue siempre virgen. La Escritura nos testimonia de una sola concepción virginal, el de Jesús. Por tanto, no habiendo más concepciones milagrosas, y no habiendo dejado de ser virgen, no tuvo más hijos.

 

La virginidad de Nuestra Señora está íntimamente relacionada con su sublime prerrogativa de Madre de Dios.

 

Decía San Bernardo que la maternidad de María es tan maravillosamente singular e incomparable precisamente porque es virginal.

 

Lejos de ser una prerrogativa pasajera, la virginidad de María es permanente. Abarca todas las etapas de su vida, y en particular los momentos sagrados en que fue hecha Madre de Dios.

 

El dogma de la virginidad perpetua de María significa:

 

1º que concibió al Hijo de Dios, segunda persona de la Santísima Trinidad, virginalmente;

2º le dio a luz virginalmente;

3º permaneció virgen a lo largo de toda su vida terrena, y por consiguiente, ahora reina gloriosa como Virgen de las vírgenes.

 

La Iglesia expresa esto con una fórmula muy hermosa según la cual dice que María fue virgen ante partum, in partu et post partum.

 

Esta afirmación no es simplemente un cumplimiento piadoso; expresa la creencia universal y unánime de la Iglesia de Cristo; es una verdad revelada; está solemnemente definida como dogma.

 

El tercer concilio de Letrán, celebrado bajo el papa San Martín I, en el año 649, definió: “Si alguno no reconoce, siguiendo a los Santos Padres, que la Santa Madre de Dios y siempre virgen e inmaculada María, en la plenitud del tiempo y sin cooperación viril, concibió del Espíritu Santo al Verbo de Dios, que antes de todos los tiempos fue engendrado por Dios Padre, y que, sin pérdida de su integridad, le dio a luz, conservando indisoluble su virginidad después del parto, sea anatema”.

 

El testimonio de esta verdad lo encontramos en la misma Escritura.

 

Concretamente en el testimonio de San Mateo y San Lucas.

 

1) San Mateo (1,18-25): La generación de Jesucristo fue de esta manera: Su madre, María, estaba desposada con José y, antes de empezar a estar juntos ellos, se encontró encinta por obra del Espíritu Santo... El Ángel del Señor se apareció [a José] en sueños y le dijo: «José, hijo de David, no temas tomar contigo a María tu mujer porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados.» Todo esto sucedió para que se cumpliese el oráculo del Señor por medio del profeta: Ved que la virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrán por nombre Emmanuel, que traducido significa: «Dios con nosotros.» Despertado José del sueño, hizo como el Ángel del Señor le había mandado, y tomó consigo a su mujer. Y no la conocía hasta que ella dio a luz un hijo, y le puso por nombre Jesús.

 

San Mateo se presenta: 1) como testigo de la virginidad de María antes del nacimiento de Cristo; 2) su cita de Is 7,14, implica, por lo menos, el parto virginal; 3) si bien no dice nada sobre la virginidad de María posterior al parto, tampoco dice nada que lo niegue o lo ponga en duda.

 

2) San Lucas (1,26-38): Al sexto mes fue enviado por Dios el ángel Gabriel a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María. Y entrando, le dijo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo.» Ella se conturbó por estas palabras, y discurría qué significaría aquel saludo. El ángel le dijo: «No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios; vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. El será grande y será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin.» María respondió al ángel: «¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?» El ángel le respondió: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios. Mira, también Isabel, tu pariente, ha concebido un hijo en su vejez, y este es ya el sexto mes de aquella que llamaban estéril, porque ninguna cosa es imposible para Dios.» Dijo María: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.» Y el ángel dejándola se fue.

 

San Lucas es testigo de:

 

–la virginidad de María antes de la anunciación (a una virgen...);

 

–la concepción virginal (la virtud del Altísimo te cubrirá);

 

–la intención de virginidad futura de María: pues no conozco varón... La expresión no se refiere al pasado, pues hubiera usado el aoristo (no he conocido varón); usa el presente absoluto (no conozco; en el sentido de no tengo intención de conocer varón). Es una referencia implícita al voto de virginidad.

 

Escribió Lebretón: “En este versículo la tradición católica ha reconocido el propósito firme de María de permanecer virgen, y esta interpretación es necesaria, porque, si hubiera tenido intención de consumar su matrimonio con José, no hubiera nunca hecho esta pregunta”.

 

Dice también Lagrange: “María quiso decir que, siendo virgen, como el ángel ya sabía, deseaba ella permanecer siéndolo, o, como traducen los teólogos su pregunta, que ella había hecho un voto de virginidad y pensaba guardarlo”.

 

San Ireneo defiende, por eso, el valor profético de Is 7,14 referido a la virginidad de María. Su argumento es el siguiente: Isaías señala claramente que ocurrirá “algo inesperado” con respecto a la generación de Cristo; está aludiendo claramente a una señal. Pero “¿dónde está lo inesperado o qué señal se os daría en el hecho de que una mujer joven concibiera un hijo por obra de un varón? Esto es lo que ocurre normalmente a todas las madres. Lo cierto es que, con el poder de Dios, se iba a empezar una salvación excepcional para los hombres y, por tanto, se consumó también de una manera excepcional un nacimiento de una virgen. La señal fue dada por Dios; el efecto no fue humano”.

 

La creencia firme de Occidente en la virginidad corporal de María se resume en la expresión “Virgen María” y se recoge en esta forma ya en el siglo II, en la forma romana del credo, como vemos, por ejemplo, en Hipólito: “Creo en Dios Padre todopoderoso y en Jesucristo, Hijo de Dios, que nació de María virgen por obra del Espíritu Santo”.

 

Ireneo tiene una frase hermosa para referirse al parto virginal: Purus pure puram aperiens vulvam: el Puro [Verbo Puro] con pureza abrió el seno puro [de su madre].

 

Y él mismo compara el nacimiento de Cristo de María con la formación de Adán del suelo virgen y sin surcos.

 

San León dice que es la limpieza de Cristo la que mantuvo intacta la integridad de María.

 

Y San Zeón lo proclama: “¡Oh misterio maravilloso! María concibió siendo una virgen incorrupta; después de la concepción dio a luz como virgen, y así permaneció siempre después del parto”.

 

San Jerónimo resume la fe de la Iglesia escribiendo contra Joviniano: “Cristo es virgen, y la madre del virgen es virgen también para siempre; es virgen y madre. Aunque las puertas estaban cerradas, Jesús entró en el interior; en el sepulcro que fue María, nuevo, tallado en la más dura roca, donde no se había depositado a nadie ni antes ni después... Ella es la puerta oriental de la que habla Ezequiel, siempre cerrada y llena de luz, que, cerrada, hace salir de sí al Santo de los santos; por la cual el Sol de justicia entra y sale. Que ellos me digan cómo entró Jesús (en el cenáculo) estando las puertas cerradas... y yo les diré cómo María es, al mismo tiempo, virgen y madre: virgen después del parto y madre antes del matrimonio”.

 

Consideración final.

 

Para un hombre o una mujer creyente, no es cosa excepcional renunciar definitivamente al sexo, es decir, a tener relaciones sexuales.

 

Hay un sinnúmero de ejemplos de jóvenes que, desde muy temprano, han intuido que este camino evangélico es un camino más directo para acercarse mejor a Jesús: Sor Teresa de Los Andes, el Padre Hurtado y tantos otros.

 

¿Acaso María era menos inteligente que ellos o menos capaz de percibir las cosas de Dios? ¿No podía ella captar por sí misma lo que dirá Jesús respecto a la virginidad elegida por amor al Reino? (Mt. 19,12) Y después de ser visitada en forma única por el Espíritu Santo, que es el soplo del amor de Dios, ¿necesitaría María todavía las caricias amorosas de José?

 

Si la historia de la Iglesia nos proporciona tantos ejemplos del amor celoso de Dios para quienes fueron sus amigos y sus santos... ¿Cómo iba a ser menos para aquella mujer, María, que fue «llena de gracia»?

 

María deseaba ser totalmente de Dios y con el «sí» de la Anunciación ella se consagró total y exclusivamente al plan de Dios: «He aquí la sierva del Señor, hágase en mí conforme a tu palabra.» (Lc. 1, 38)

 


Que la gracia y la bendición del Padre se derrame sobre todos nosotros

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#2005 De: "Gonzalo" <lapalabra@...>
Fecha: Vie, 28 de Ago, 2009 11:37 am
Asunto: Viernes 28 de agosto de 2009. La Palabra Binaria.
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Viernes de la primera

XXI del tiempo ordinario


San Agustín


Por tanto, estad en guardia, porque no sabéis el día ni la hora


 

1 Tesalonicenses 4,1-8

 

1 En fin, hermanos, os pedimos y os exhortamos en el nombre de Jesús, el Señor, a que os portéis de la manera que os enseñamos para agradar a Dios; ya lo hacíais, pero hacedlo todavía mejor. 2 Bien sabéis las instrucciones que os dimos en nombre de Jesús, el Señor. 3 Ahora bien, ésta es la voluntad de Dios, vuestra santificación: que huyáis de la impureza, 4 que cada uno de vosotros sepa tratar su propio cuerpo de una manera digna y honesta, 5 sin dejarse llevar por la pasión, como hacen los paganos, que no conocen a Dios. 6 Que en este punto nadie abuse ni engañe a su hermano, pues el Señor tomará venganza de todo esto, como ya os lo dejamos dicho y recalcado. 7 Y es que Dios no nos ha llamado a la impureza, sino a vivir en la santidad. 8 Por tanto, el que desprecie todo esto no desprecia a un hombre, sino a Dios, el cual os da su Espíritu Santo.

 

Salmo 96,1-2.5-6.10-12

 

1 El Señor es rey; que se alegre la tierra

y exulten las islas incontables.

2 Está rodeado de nubes y tinieblas,

la justicia y el derecho son las bases de su trono.

5 los montes se derriten como la cera delante del Señor,

delante del Señor de todo el mundo.

6 Los cielos proclaman su justicia

y todos los pueblos ven su gloria.

10 Los que amáis al Señor, detestad la injusticia;

él guarda la vida de sus fieles,

los libra de la mano de los opresores.

11 La luz sale para los que practican la justicia

y la alegría para los corazones rectos.

12 Los que practicáis la justicia, alegraos en el Señor

y bendecid su santa memoria.

 

Mateo 25,1-13

 

1 «Entonces el reino de Dios será semejante a diez muchachas, que tomaron sus lámparas y salieron al encuentro del esposo. 2 Cinco de ellas eran necias y cinco sensatas. 3 Las necias llevaron sus lámparas, pero no se proveyeron de aceite, 4 mientras que las sensatas llevaron las lámparas y aceiteras con aceite. 5 Como tardara el esposo, les entró sueño a todas y se durmieron. 6 A medianoche se oyó un grito: Ya está ahí el esposo, salid a su encuentro. 7 Entonces se despertaron todas las muchachas y se pusieron a aderezar sus lámparas. 8 Las necias dijeron a las sensatas: Dadnos de vuestro aceite, pues nuestras lámparas se apagan. 9 Las sensatas respondieron: No sea que no baste para nosotras y vosotras, mejor es que vayáis a los vendedores y lo compréis. 10 Mientras fueron a comprarlo, vino el esposo, y las que estaban dispuestas entraron con él a las bodas y se cerró la puerta. 11 Más tarde llegaron también las otras muchachas diciendo: ¡Señor, señor, ábrenos! 12 Y él respondió: Os aseguro que no os conozco. 13 Por tanto, estad en guardia, porque no sabéis el día ni la hora».

 


 

Como cuando un escalador se detiene para ver lo recorrido y para contemplar la cima deseada y anhelada, así también Dios nos concede a veces momentos que son como esas paradas, y vemos lo recorrido en la vida y contemplamos la cima deseada y anhelada: la eternidad. Y entendemos el sentido de la vida y se nos hacen amargos todos los consuelos de la Tierra.

 

En esta situación estaban estas muchachas: el Esposo deseado... ¡Qué gozo!, ¡Qué alegría vivir así, esperando al Esposo! ¡Como si ya tuvieran ganada la Cima! ¡Cómo les rebotaría el corazón a estas chicas!

 

¡Qué contentas estarían! Así se encontraba Santa Teresi